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- Y ellos de la misma manera seguirán atados a la Rueda, irán de vida en vida..., de desesperación en desesperación -di­jo el lama para sí-. Enfebrecidos, inseguros, ávidos.

- Sí -dijo el viejo soldado, riendo-. Tres comandantes en tres regimientos. Un poco jugadores, pero también lo soy yo. Necesitan tener buenos caballos, y hoy no se pueden tomar los caballos como en tiempos pasados se tomaba a las mujeres. Bien, bien, mis posesiones pueden pagar todo eso. ¿Qué te crees? Es una faja de terreno bien irrigada, pero mis labradores me engañan. Yo no sé pedir más que a cintarazos 14. ¡Huy!, me encolerizo y los maldigo, ellos fingen arrepentirse, pero sé que a mis espaldas me llaman viejo mono desdentado.

- ¿Y no has deseado nunca otras cosas?

14 cintarazo: golpe que se da de plano con la espada.

- Sí..., sí, millares de veces. Una espalda derecha, unas ro­dillas que aprieten con firmeza el flanco del caballo, una mu­ñeca rápida, una vista penetrante, y el nervio que hace a los hombres. ¡Oh los viejos tiempos..., los buenos tiempos de mi fuerza!

- Esa fuerza es debilidad.

- Así es ahora, pero hace cincuenta años podía haber de­mostrado lo contrario -replicó el viejo soldado, golpeando el flaco costillar del poni con el borde del estribo.

- Pero yo sé de un Río capaz de curarlo todo.

- Ya he bebido las aguas del Ganges hasta parecer hidró­pico 15, y todo lo que logré fue una disentería 16, pero nada de fortaleza.

- No es el Ganges. El Río al que me refiero lava de toda mancha de pecado; ascendiendo por la lejana orilla se tiene asegurada la Liberación. No conozco tu vida, pero tu semblante es el de un hombre honrado y cortés. Has permanecido firme en tu Senda, prestando fidelidad en momentos difíciles, en ese Año Negro, del cual ahora recuerdo otras historias. Ven a la Senda Media, que es el camino de la Liberación. Escucha la Ley Excelentísima y no pienses en locos sueños.

- Habla, pues, viejo -dijo el soldado, sonriendo y medio saludando-. A nuestra edad todos somos algo charlatanes.

El lama se acurrucó bajo un mango 17, cuya sombra ajedre­zaba su semblante; el soldado permanecía sentado rígidamente sobre el caballejo, y Kim, después de cerciorarse de que por allí no había culebras, se tumbó en un hueco entre las retorcidas raíces del árbol.

En el aire, caldeado por el sol, se sentía un adormecedor susurro de pequeñas vidas; a través de los campos llegaba el arrullo de las palomas y el somnoliento zumbido de las norias. El lama empezó a hablar con lentitud y solemnidad. Al cabo de diez minutos, el viejo soldado bajó de su poni, para oír mejor, según decía, y se sentó con las riendas pasadas por la muñeca. La voz del lama vacilaba..., las pausas se alargaban. Kim se entretenía en vigilar a una ardilla gris. Cuando el pequeño copo de piel (13) desapareció de la rama a la que se agarraba con fuerza, después de recriminarles por invadir su territorio, predicador y auditorio cayeron dormidos; el viejo oficial, con la cabeza de rasgos enérgicos apoyada sobre el brazo, y la del lama, apoyada contra el tronco del árbol, cuya sombra daba a su semblante un tono amarillo marfil.



15 hidrópico: que padece hidropesía, acumulación anormal de humor seroso -líquido- en cualquier cavidad del cuerpo.

16 disentería: diarrea.

17 mango: árbol de hasta 15 m. de altura, originario de la India, pero muy extendido en América. Su fruto se llama también mango.

(13) acopo de piel» es una metáfora de la ardilla, fundada en la pequeñez y el pelaje algodonoso (copo). Es un dato de humor que Kipling inserta.

Un chiquillo desnudo se acercó dando traspiés, miró asom­brado, y arrastrado por un rápido impulso de reverencia, se inclinó con solemnidad ante el lama... Sólo que el rapaz era tan pequeño y tan gordo que cayó rodando y Kim soltó una car­cajada al ver las piernas regordetas agitarse en el aire. El chi­quillo, asustado y rabioso, empezó a dar gritos.

- ¡Eh! ¡Eh! -dijo el soldado, poniéndose en pie de un salto­¿Qué es esto? ¿Quién da órdenes?... ¡Ah..., es un chiquillo! Es­taba soñando con una alarma. Pequeño..., pequeño..., no llores. ¿Me había dormido? ¡Ha sido una falta de cortesía!

- ¡Miedo! ¡Tengo miedo! -berreaba el chiquillo.

- ¿De qué tienes miedo? ¿De dos viejos y un muchacho? ¿Cómo quieres llegar a ser un buen soldado, pequeño príncipe? El lama también se había depertado; pero, sin darse cuenta de lo que ocurría, comenzó a pasar las cuentas del rosario.

- ¿Qué es eso? -preguntó el niño, cortando un puchero a la mitad-. Nunca he visto eso. Dámelo.

- Ah -dijo el lama, sonriendo y arrastrando parte del ro­sario por la hierba:



Es un puñado de cardamomos.

es un pedazo de ghi 18:

es mijo 19 y ajis 20 y arroz,

¡una comida para los dos!

El niño gritó de alegría y agarró las oscuras cuentas lustro­sas.

- ¡Oh! -dijo el viejo soldado-. ¿Cuándo has aprendido esa canción, tú que dices despreciar el mundo?

- La aprendí en Pathankot..., sentado en el umbral de una puerta -dijo el lama avergonzado-. Hay que ser bondadoso con los niños.



18 ghi: manteca clara, de leche de búfala.

19 mijo: planta de origen asiático. Su grano sirve de alimento.

20 ají: pimiento muy picante.

- Según recuerdo, antes de que el sueño nos venciese, me decías que el matrimonio y la reproducción eran peligros para la luz verdadera; piedras con las que se tropieza en la Senda (14). ¿Caen los chiquillos de las nubes en tu país? ¿Es propio de la Senda el cantarles canciones?

- Ningún hombre es perfecto del todo -dijo el lama con gravedad, recogiendo su rosario-. Vete ahora con tu madre, pequeño.

- ¡Lo oyes! -dijo el soldado dirigiéndose a Kim-. Está aver­gonzado porque ha consolado a un niño. Había en ti un buen padre de familia que se ha perdido, hermano. ¡Vamos, chico! -añadió arrojándole una pasía-. Los dulces siempre son dulces. -Y cuando el pequeñuelo desapareció dando cabriolas 21 a la luz del sol, añadió-: Ellos crecen y se hacen hombres. Santón, siento mucho haberme dormido en medio de tu discurso. Per­dóname.

- Somos muy viejos -repuso el lama-. La culpa es mía. Atendí a tu charla sobre el mundo y sus locuras, y una falta conduce a otra.

- ¡Lo oyes! Pero, ¿qué daño les haces a tus dioses por jugar con un niño? Y la canción estuvo muy bien entonada. Vámonos, y por el camino oirás el canto de Nikal Seyn (15) ante Delhi..., el antiguo cantar.

Salieron del oscuro bosque de mangos, y la fuerte y aguda voz del viejo se extendió a través de los campos. Lamento tras lamento fue desarrollando toda la historia de Nikal Seyn (Ni­cholson), esa canción que aún ahora cantan todos los hombres del Panjab. Kim iba lleno de gozo, y el lama escuchaba con profunda atención.

- ¡Ay! ¡Nikal Seyn ha muerto..., ha muerto ante Delhi! ¡Lan­ceros del Norte, vengad a Nikal Seyn!

Y terminó haciendo gorgoritos y marcando el compás con la vaina de la espada sobre la grupa del poni.

21 cabriolas: brincos, saltos.

(14) La Senda es el camino espiritual que conduce al nirvana, o liberación de las dependencias materiales-el deseo-que ata a los hombres a la Rueda de las Cosas.

(15) Fue John Nicholson, un famoso oficial muerto en el ataque a Delhi en 1857, considerado semidiós por los indígenas. Un conocido poema de sir Henry Newboit recordaba sus hazañas.

- Ya estamos en el Gran Tronco -dijo después de recibir los elogios de Kim, pues el lama se había encerrado en su mu­tismo-. Ya hace tiempo que no cabalgaba por este camino, pero tu conversación, muchacho, ha avivado mis recuerdos. Santón, mira: el Gran Tronco, que es la espina dorsal de la India. En casi toda su longitud está como aquí, sombreada por cuatro hileras de árboles; la parte del centro, de suelo muy duro, es la destinada al tráfico ligero. En tiempos anteriores al ferro­carril, los sahibs pasaban por aquí a centenares. Ahora sólo viajan carros de labradores y de gente del país. A derecha e izquierda están las carreteras ordinarias para las carretas pe­sadas: grano y algodón y madera, boas 22, abonos y cueros. Todo el mundo viaja por aquí seguro, porque basta recorrer algunos kos para encontrar un puesto de policía. Los policías son ladrones que exigen dinero sin derecho (yo en vez de eso pondría patrullas de caballería de jóvenes reclutas, bajo el mando de un capitán enérgico), pero al menos no toleran ningún rival. Por aquí pasan hombres de todas las castas y clases. ¡Mi­rad! Brahmanes (16) y chumars (17), prestamistas y caldereros, bar­beros y bunnias (18), peregrinos y alfareros..., todo el mundo yendo y viniendo. A mí me produce el efecto de un río, del cual estoy apartado después de la crecida.

Y verdaderamente, la Gran Carretera Central, llamada Gran Tronco, constituye un espectáculo maravilloso. Se extiende en línea recta durante mil quinientas millas 23, encauzando sin apreturas todo el intenso tráfico de la India, constituyendo un río de vida como no existe en ninguna otra parte del mundo. Los tres viajeros miraban la verde bóveda y el suelo, que se perdía a lo lejos, salpicado por las sombras, y la blanca cinta manchada por la multitud, que caminaba despacio; enfrente se alzaba el puesto local de policía.

- ¿Quién lleva armas contra la ley? -preguntó a gritos un guardia echándose a reír al ver la espada del viejo soldado-. ¿No basta la policía para desterrar a los maleantes?



22 bhoosa: caña cortada para pienso.

23 milla: medida inglesa equivalente a 1609 m. El Gran Tronco tenía, pues, 2400 km.

(16) Los brahmanes son miembros de la casta sacerdotal más elevada.

(17) Los chumars son curtidores de piel, pertenecientes a la baja casta.

(18) Comerciantes de cereal.

- La he traído precisamente a causa de la policía -fue la respuesta-. ¿Va todo bien en la India?

- Todo va bien, sahib Ressaldar.

- Yo soy como una vieja tortuga que saca por un momento la cabeza del caparazón y la vuelve a meter en seguida. Sí, ésa es la carretera del Indostán. Todo el mundo pasa por este camino...

- Hijo de puta, ¿te figuras que la parte blanda de la carre­tera está hecha para que te rasques la espalda en ella? Padre de todos las hijas bastardas y marido de diez mil mujeres sin vergüenza, tu madre se entregó al demonio, inducida por su propia madre; tus tías han sido desnarigadas(19) durante siete generaciones. Tu hermana... ¿Qué mochuelo loco te aconsejó que cruzaras tus carros en la carretera? ¿Una rueda rota? En­tonces yo te romperé la cabeza y puedes componerlas cuando tengas tiempo.

Estas voces y el escalofriante restallido del látigo salían de un montón de polvo situado a unos cincuenta metros, donde había volcado un carro. Una yegua de Katiwar, alta y flaca, con los ojos y los ollares 24 inyectados, surgió disparada de una nube de polvo resoplando y retorciéndose de dolor cuando su dueño intentó dirigirla en persecución de un hombre que huía dando gritos. El jinete, de elevada estatura y barba gris, se sujetaba sobre el enloquecido animal como si formara parte de él, al mismo tiempo que castigaba concienzudamente al hombre a cada acometida del caballo.

La cara del viejo soldado resplandeció de orgullo.

-¡Mi hijo! -dijo rápidamente, tirando al mismo tiempo de las riendas, para que el cuello de su poni tomase una digna curvatura.

- ¿Y voy a ser golpeado ante la misma policía? -gritaba el carretero-. ¡Justicia! ¡Pediré justicia!...

- ¿Y tiene derecho a interrumpir el paso un mono aullador que deja caer diez mil sacos sobre las narices de un caballo joven? Ésa es la mejor manera de echar a perder una yegua.

- Dice verdad. Dice verdad -exclamó el viejo-. Pero la ye­gua corre detrás del hombre.



24 ollar: orificio de la nariz de las caballerías.

(19) La mutilación de la nariz era el castigo que se aplicaba a las adúlteras.

El carretero se refugió bajo las ruedas de su carro, y desde allí profería toda clase de maldiciones.

- Son fuertes tus hijos -dijo el policía mientras se hurgaba los dientes con toda tranquilidad.

El jinete restalló por última vez su látigo y avanzó a paso largo y tendido.

- ¡Padre! -exclamó. Y paró la yegua a diez metros de dis­tancia, saltando a tierra.

El viejo bajó de su poni en un instante, y se abrazaron como solamente en Oriente se abrazan padres e hijos.

Capítulo IV

La Buena Suerte no es gran dama,

sino la más despreciable de las mujerzuelas.

Una jaca respingona, juguetona y cosquillosa,

difícil de montar o de enganchar.

¡Si la buscáis, os volverá la espalda!

¡Reúnete con ella y se dispondrá para marcharse!

¡Despreciadla como a una mala pécora

y acudirá a tiraros de la manga!

Dones y dádivas, ¡oh Fortuna!,

das o retienes según tu capricho.

¡No haciendo caso de la Fortuna,

la suerte me seguirá!



Los pozos de los deseos.

En seguida se pusieron a hablar en voz baja. Kim se sen­tó a descansar bajo un árbol, pero el lama le tiraba del brazo con impaciencia.

- Sigamos adelante. El Río no está aquí.

- ¡Hai mai! ¿No vamos a descansar un poco después de lo que hemos andado? El Río no se escapará. Ten paciencia y verás cómo nos dan una limosna.

- Éste -dijo de repente el viejo soldado- es el Amigo de las Estrellas. Ayer por la tarde me dio la noticia, pues ha visto en un sueño al hombre en persona dando las órdenes para la guerra.

- ¡Hum! -dijo su hijo, desde lo más profundo de su ancho pecho-. Lo averiguaría por los rumores del bazar y se aprovechó de ello.

Su padre se echó a reír.

- Al menos no vino a pedirme un nuevo corcel y sabe dios cuántas rupias. ¿Han movilizado también los regimientos de tus hermanos?

- No lo sé. Yo pedí licencia y vine rápidamente a verte para...

- Para que ellos no se adelantasen a pedirme. ¡Sois unos jugadores y unos manirrotos 1! Pero tú todavía no has tomado parte en una carga de caballería. Y para ello, realmente ne­cesitas un buen caballo, un criado, y una bestia de carga para las marchas. Veremos..., veremos. -Y tamborileó sobre la pe­rilla de la montura.

- Éste no es sitio para tratar de esos asuntos, padre. Vá­monos a casa.

- Pero al menos paga al muchacho: yo no llevo ni una paísa y él me trajo noticias favorables. Escucha, Amigo de todo el Mundo, se va a emprender una guerra como dijiste.

- No como dije, sino como afirmé: la guerra -replicó Kim con dignidad.

- ¿Eh? -dijo el lama, pasando las cuentas del rosario, an­sioso de emprender la marcha.

- Mi señor no molesta a las estrellas por dinero. Trajimos las noticias... eres testigo de que trajimos las noticias y ahora nos vamos. -Kim se puso en jarras.

El hijo del viejo soldado lanzó una moneda de plata, que brilló a la luz del sol, murmurando en voz baja contra mendigos y adivinos. Era una moneda de cuatro annas, que les permitiría comer durante algunos días. El lama, al ver el destello, rezongó una bendición.

- Sigue tu camino, Amigo de todo el Mundo -gritó el viejo soldado, haciendo caracolear su flaca montura-. Por primera vez en mi vida he encontrado un verdadero profeta... que no perteneciese al Ejército.

Padre e hijo dieron la vuelta y partieron; el viejo iba tan derecho como el joven.

Un policía panjabí, con pantalones de lienzo amarillo, avanzó desgarbadamente, cruzando la carretera. Había visto caer la moneda.

- ¡Alto! -gritó en un inglés muy correcto-. ¿No sabéis que hay un takkus 2 de dos annas por cabeza, que en este caso son un total de cuatro annas, para todo el que entra en la carretera? Es orden del sirkar 3 y ese dinero se emplea en plantar árboles y el embellecimiento de la carretera.

1 manirroto: derrochador.

2 takkus: peaje.

3 sirkar: el Gobernador.

- Y las barrigas de los policías -dijo Kim, brincando fuera del alcance de su brazo-. Medita un momento, si es que tienes algo más que serrín en la cabeza. Tú te crees que hemos salido de la charca más próxima, como la rana de tu suegra. ¿Has oído alguna vez el nombre de tu hermano?

- ¿Quién era su hermano? Deja en paz al muchacho -gritó un policía de mayor graduación. Estaba en cuclillas fumando su pipa en el porche y enormemente divertido con la disputa.

- Su hermano cogió la etiqueta de una botella de belaitee­pani (agua de soda) y, pegándola en un puente, impuso tributos durante un mes a todo el que pasaba, diciendo que era orden del sirkar. Hasta que vino un inglés y le rompió la cabeza. ¡Ah, hermano, soy un cuervo de ciudad, no de campo!

El policía se retiró avergonzado, y Kim lo abucheó hasta que volvió a cruzar la carretera.

- ¿Ha habido alguna vez un discípulo como yo? -dijo Kim alegremente, dirigiéndose al lama-. Todo el mundo hubiera roído tus huesos apenas te hubieras alejado diez millas de la ciudad de Lahore, si no estuviera yo aquí para defenderte.

- Muchas veces me pregunto si eres un aparecido del cielo o un diablillo -dijo el lama sonriendo dulcemente.

- Yo soy tu chela. -Y Kim se colocó al lado del lama, acom­pasando su paso, ese indescriptible paso de los andarines de todas las partes del mundo.



- Ahora, marchemos -murmuró el lama. Y acompañados por el tintineo del rosario, anduvieron en silencio milla tras milla. El lama, como de costumbre, iba abismado en profundas meditaciones, pero los brillantes ojos de Kim lo abarcaban todo, y pensaba que este amplio y sonriente río de vida era un alivio después de las estrechas y atestadas calles de Lahore. A cada zancada veía gente y cosas nuevas; castas ya conocidas y otras que le eran completamente extrañas.

Encontraron una patrulla de sansis (1), de largos cabellos y olor penetrante, que llevaban a su espalda cestos de lagartos y otros asquerosos alimentos, e iban seguidos de flacos y escuálidos perros que olfateaban sus talones. Esta gente mar­chaba por un lugar aparte de la carretera; andaban con un trote sostenido, rápido y furtivo, y todas las demás castas procuraban pasar a distancia de ellos, porque los sansis están muy conta­minados. Detrás, caminando rígidamente a través de la espesa sombra, se deslizaba un presidiario recién salido de la cárcel y que conservaba aún las huellas de los grilletes; su vientre abul­tado y su piel reluciente eran prueba de que el Gobierno ali­menta a sus presos mejor de lo que pueden alimentarse muchos hombres honrados. Kim conocía esa manera de andar, y cuando pasaron por su lado la remedó con burla. En seguida un akali (2), de mirada extraviada y pelo enmarañado, devotamente vestido con el traje -a cuadros azules- de su credo, y llevando res­plandecientes tejos 4 de pulido acero sobre su azul y alto tur­bante, pasó majestuosamente, de regreso de uno de los Estados sijs independientes. Allí habría estado cantando las antiguas glorias del Khalsa (3) a los príncipes educados en colegios ingleses que llevan altas botas de campaña y calzones de terciopelo blanco. Kim tuvo buen cuidado de no burlarse de él, porque la cólera del alcali es fuerte y su brazo rápido. De vez en cuando encontraban o eran dejados atrás por alegres multitudes de aldeanos, con trajes festivos, que regresaban de alguna feria local; las mujeres, con los niños sobre las caderas, marchaban detrás de los hombres, mientras los chiquillos mayorcitos ca­racoleaban montados sobre cañas de azúcar, arrastrando toscas locomotoras de latón de juguete que costaban medio penique, o reflejando el sol en los ojos de sus padres con baratos espejos. A primera vista se notaba lo que cada uno había comprado; y si se tenía alguna duda, bastaba contemplar a las mujeres, que, juntando sus brazos morenos, comparaban los recién adquiridos brazaletes de cristal oscuro que proceden del noroeste. Esta alegre multitud marchaba lentamente, llamándose a gritos y deteniéndose a regatear con un vendedor de dulces, o a rezar ante alguna de las capillitas -unas veces hindúes, otras musul­manas- que se suceden a ambos lados del camino y que las castas bajas de ambas religiones se distribuyen con hermosa imparcialidad. Una ininterrumpida hilera de color azul apa­reció de pronto, oscilando a través del polvo vibrante como una inmensa oruga apresurada, y se esfumó al trote, con unos rá­pidos gritos semejantes a un cacareo marcándole el ritmo. Era una cuadrilla de changars (4), esas mujeres que han acaparado el servicio de todos los andenes de los ferrocarriles del norte: casta de acarreadoras de tierra, de pies planos, grandes, y miembros hercúleos. Vestían faldas azules y viajaban apresuradas hacia el norte en busca de un nuevo destajo; no perdían el tiempo en el camino. Pertenecen a una casta en la que los hombres no son nada, y marchaban con los brazos en jarras, altas las cabezas y moviendo las caderas como mujeres acostumbradas a cargar grandes pesos. Poco después desembocó en la Gran Carretera un cortejo nupcial, acompañado de música y gritos; un olor de caléndulas 5 y jazmín más fuerte que el hedor del polvo se es­parció por el ambiente. A través de la polvareda se tambaleaba la litera de la novia -una mancha de rojo y oropel-, mientras la enjaezada 6 jaca del novio volvía la cabeza para arrebatar un bocado de hierba de un carro de forraje que pasaba a su alcance. Entonces Kim se unió al coro de buenos deseos y pesadas burlas, deseando a la pareja cien hijos y ninguna hija, como es la cos­tumbre. Todavía más interesante y más gozosa era la aparición de algún malabarista ambulante, acompañado de algunos mo­nos medio domesticados, un oso jadeante y débil, o una mujer con cuernos de chivo amarrados a los pies, que danzaba con ellos sobre la cuerda floja, espantando a los caballos y haciendo prorrumpir a las mujeres en prolongados alaridos de admi­ración.

4 tejo: lámina redonda.

5 caléndulas: plantas de jardín de flor amarilla.

6 enjaezar: poner jaeces o adornos a las caballerías.

(1) Este párrafo y el siguiente son una pintoresca descripción de la India bulliciosa y variada, vital y miserable. «El desorden asiático», el mosaico humano de etnias, oficios y castas -sansis, akalis, sljs, changars, uryas- la diferencia de atuendos, costumbres... Los sansis son de una casta de «intocables» que no sólo tenían perros -considerados en la India como animales indesea­bles-, sino que los comían.

(2) Los akalis son una secta de los sijs.

(3) Otra denominación para los sijs; significa «los puros».

(4) Los changars son ferroviarios.

El lama no alzaba los ojos del suelo ni un solo momento. No se daba cuenta de que pasaba apresurado el prestamista, mon­tado en su jaca de ancha grupa, para cobrar los intereses ven cidos; o la pequeña turbamulta 7 -todavía formada militar­mente- de soldados indígenas de permiso, alegres de verse li­bres de sus calzones y polainas, gritando a voz en cuello y diciendo los requiebros 8 más desvergonzados a las mujeres más respetables con que se cruzaban. Ni siquiera vio al vendedor de agua del Ganges, aunque Kim esperaba que por lo menos compraría una botella de ese precioso líquido; miraba fija­mente al suelo, caminando con el mismo paso regular hora tras hora con su alma alejada de aquellos lugares. Pero Kim se encontraba transportado al séptimo cielo. La Gran Carretera, en aquel sitio, está construida sobre un terraplén que la pre­serva de las crecidas invernales, y el camino resultaba un poco elevado sobre el campo; marchaban, pues, como por una ma­jestuosa galería, viendo ensancharse toda la India a derecha e izquierda. Era hermoso contemplar los carros cargados de grano y algodón, que, arrastrados por varias parejas de bueyes, ser­peaban en los caminos vecinales; el chirrido quejumbroso de sus ejes se percibía desde una milla de distancia, e iba acer­cándose poco a poco, mezclado con gritos, aullidos y blasfemias, hasta que ascendiendo los carros por la inclinada rampa de acceso, se hundían en la avenida central entre mutuos insultos de los carreteros. Era también un hermoso espectáculo ver a los campesinos -pequeñas manchitas de rojo, azul, rosa, blanco y azafrán- regresar a sus aldeas por grupos de en dos y de tres en tres, separándose, dispersándose y haciéndose cada vez más pequeños, a través de la inmensa llanura. Kim devoraba todas estas emociones, aunque no podía expresar con palabras sus sentimientos. Se limitaba a comprar caña de azúcar pelada, y escupía generosamente la médula sobre el suelo. De vez en cuando, el lama tomaba rapé; al fin llegó un momento en que Kim no pudo resistir el silencio.

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