Librodot com



Descargar 1.39 Mb.
Página6/30
Fecha de conversión20.02.2017
Tamaño1.39 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   30


7 turbamulta: multitud desordenada.

8 requiebro: adulación, piropo.

- ¡Es una buena tierra..., la tierra del sur! -dijo-. El aire es bueno, el agua es buena, ¿no es cierto?

- Y todos atados a la Rueda -replicó el lama-. Atados, vida tras vida. A ninguno de éstos les ha sido mostrada la Senda. - Y la agitación lo hizo volver a este mundo.

- Hemos hecho una buena jornada -dijo Kim-. Segura­mente que pronto llegaremos a un parao (lugar de descanso). ¿Nos detendremos allí? Mira, ya se está poniendo el sol.

- ¿Quién nos alojará esta noche?

- Es lo mismo. El país está lleno de buena gente. Además -y bajó la voz hasta que no fue más que un susurro-, tenemos dinero.

La multitud se iba haciendo cada vez más compacta con­forme se acercaban al lugar de descanso que marcaba el fin de la jornada. Una hilera de puestos donde se vende tabaco y comistrajos, un montón de leña, una comisaría de policía, un pozo, un abrevadero, un grupo de árboles, y, bajo ellos, un suelo endurecido por las pisadas y manchado con las cenizas blancas de lumbres apagadas. Tales son los principales rasgos que ca­racterizan a un parao del Gran Tronco, si se añaden los mendigos y los cuervos..., siempre hambrientos.

A la hora de su llegada, los rayos del sol se filtraban a través de las ramas del mango en anchas franjas de oro; los periquitos y las palomas regresaban a centenares en busca de sus nidos; las parlanchinas siete hermanas 9 de grises espaldas, charlaban sobre las aventuras del día, paseando en grupos de dos y tres arriba y abajo, casi entre los mismos pies de los viajeros; y las sacudidas y agitaciones de las ramas indicaban que los murcié­lagos se disponían a salir en sus nocturnas cacerías. Rápida­mente, la luz pareció replegarse en sí misma y pintó por un momento de intenso rojo escarlata los semblantes, las ruedas de los carros y los cuernos de los bueyes. En seguida se hizo de noche, variando el aspecto del paisaje. Una suavísima niebla a ras de tierra surgió como gasa azulada y sutil que se extendía a través de los campos. Y esta bruma difundía poderosamente el humo de leña, el olor del ganado y el agradable aroma de las tortas de trigo asándose en las cenizas. La patrulla de policía en servicio de tarde se dirigió apresuradamente hacia el puesto, con fuertes toses y reiterando órdenes. La bola de carbón en­cendido en la cazoleta de un narguile que pertenecía a un ca­rretero situado a la orilla del camino, brilló con bermejo fulgor; los ojos de Kim percibieron los últimos destellos del sol en las pinzas de latón.



9 sietehermanas: una especie de pájaros.

La vida del parao es muy parecida -en pequeña escala- a la del caravasar de Cachemira, y Kim se sumergió en ese alegre desorden asiático que, a poco que se le conceda algún tiempo, proporciona todo lo que puede apetecer un hombre sencillo.

Sus necesidades eran pocas, porque, como el lama no tenía escrúpulos de casta, les bastaba con la comida ya guisada, adquirida en el puesto más próximo; pero, para mayor comodidad, compró Kim un puñado de tortas de estiércol para en­cender fuego. Por todas partes, yendo y viniendo entre las pe­queñas llamas de las hogueras, los hombres se pedían aceite o grano, dulces o tabaco, dándose empellones 10 unos a otros mien­tras esperaban turno en el pozo; y entre las voces de los hom­bres, se percibían las risas contenidas y los agudos gritos de la mujeres (cuyos rostros no pueden mostrarse en público) en­cerradas en carros cubiertos.

10 empellones: empujones

Hoy, los indígenas bien educados opinan que cuando sus mujeres viajan -y lo hacen muy a menudo para visitarse- es mejor y mas rápido llevarlas por ferrocarril, en departamentos convenientemente aislados; y esa costumbre se va extendiendo cada vez más. Pero siempre hay algunos hindúes de vieja cepa que conservan las costumbres de sus antepasados; y sobre todo, quedan las viejas -mucho más conservadoras que los hombres­ que hacia el fin de sus vidas van de peregrinación. Como estas damas están ya marchitas y no despiertan deseos, no tienen inconveniente en quitarse el velo, en determinadas circunstan­cias. Después de su larga vida de reclusión, durante la cual han estado siempre en trasiegos y cam­balaches con el mundo exterior, gustan del bullicio y la agitación del camino, de los hacinamientos de los templos y las infinitas posibilidades de comadreos con viudas de gustos similares. Muy a menudo acontece, con gran satisfacción de la familia que la sufre, que una vieja dama, de lengua impetuosa y voluntad fé­rrea, se recrea viajando por la India en esta forma: verdaderamente, las peregrinaciones son gratas a los dio­ses. Así ocurre que en toda la India, lo mismo en los lugares más reti­rados que en los más concurridos, se tropieza frecuentemente con un grupo de entrecanos servidores en­cargados de guardar y vigilar a al­guna vieja dama, que permanece más o menos encerrada y oculta en un carro tirado por bueyes. Esos criados son discretos y juiciosos, y, cuando está presente algún europeo o indígena de casta elevada, aíslan a la persona a su cargo con las más esmeradas precauciones; pero en los ordinarios encuentros de la pe­regrinación se permiten mayor lenidad 11. La vieja dama es, después de todo, muy humana, y gusta de contemplar la vida.

Kim se fijó al instante en un ruth o carro familiar que en aquel preciso momento entraba en el parao. Estaba brillantemente ornamentado con un dosel bordado, compuesto de dos cúpulas, como la doble joroba de un camello. Ocho hombres le daban escolta, y dos de ellos iban armados con sables herrumbrosos, signo seguro de que acom­pañaban a una persona distinguida, puesto que la gente co­rriente no lleva armas. Un chorro de palabras rebosante de órdenes, quejas y chanzas, junto a lo que a un europeo le hu­biera parecido un lenguaje malsonante, surgía de detrás de las cortinas. Indudablemente, se trataba de una mujer acostum­brada a mandar.

11 lenidad: falta de rigor, descuido.

Kim observaba a la escolta con aire crítico. La mitad de los hombres que la componían eran uryas (5) de tierra adentro, con barbas grises y piernas delgadas. La otra mitad eran montañeses vestidos de muletón 12, que llevaban sombreros de fieltro; y esta mezcla hablaba por sí sola, aunque no hubiese oído el incesante altercado entre los dos bandos. La vieja dama (6) iba de visita al sur, tal vez a casa de un pariente rico, probable­mente un yerno, que le había enviado una escolta como prueba de respeto. Los montañeses debían de ser sus propios criados (gente de Kulú o de Sangra (7). Se notaba, desde luego, que no conducía a su hija para la boda, pues las cortinas hubieran estado corridas y la escolta no hubiera permitido que nadie se acercase al carro. «Debe de ser una dama de buen humor», pensaba Kim, sopesando en una mano las tortas de estiércol y en la otra la comida, y guiando al lama con empujones del hombro. Algo podía sacarse del encuentro. El lama no le ayu­daría en absoluto, pero, como chela avispado, Kim mendigaría encantado por los dos.

Hizo su fuego lo más cerca que su audacia le permitió del carro, esperando que alguno de los de la escolta lo echase. El lama se desplomó sobre el suelo con pesadez -lo mismo que una albarda 13 cargada de frutas- y volvió a su rosario.

- ¡Márchate de aquí, mendigo! -La orden fue pronunciada en lengua indostaní por uno de los montañeses.

- ¡Vaya! No es más que un pahari (montañés) -dijo Kim sin volver la cabeza-. ¿Desde cuando poseen todo el Indostán los burros de las montañas?

12 muletón: tela afelpada.

13 albarda: aparejo de las caballerías sobre el que va la carga.

(5) Casta de campesinas de Orissa.

(6) Esta vieja dama es un personaje muy bien perfilado, de cierta complejidad sicológica; una significativa referencia de nivel que desempeñará un desta­cado papel en su relación con Kim y el lama. Reaparecerá más adelante.

(7) Kulú está al este del Panjab, ya en las montañas. Kangra también está en las montañas, pero al noroeste.

La réplica fue una rápida y brillante historia de la genea­logía de Kim durante tres generaciones.

- ¡Ah! -la voz de Kim era más suave que nunca, mientras partía en trozos la torta de estiércol-. En mi país decimos que ése es el principio de una conversación amorosa.

Una risita delgada y áspera que sonaba detrás de las cor­tinas picó el amor propio de los montañeses, animándolos a continuar las imprecaciones 14.

- No está mal... no está mal-dijo Kim con calma-. Pero ten cuidado, hermano; de lo contrario, nosotros..., nosotros, digo..., tendremos que contestarte con una maldición. Y nuestras mal­diciones tienen el don de dar en el blanco.

Los uryas se echaron a reír y el montañés avanzó hacia él con aire amenazador; de repente, alzó el lama la cabeza y el resplandor de la hoguera que había encendido Kim iluminó su gorro gigantesco.

- ¿Qué pasa? -dijo.



14 imprecación: maldición.

El montañés se detuvo, como si se hubiese convertido en una estatua de piedra.

- Yo..., yo... -tartamudeó-. ¡Oh!, me he librado de cometer un gran pecado.

- Al fin el extranjero ha encontrado un sacerdote de su credo -murmuró uno de los uryas.

- ¡Vamos! ¿Por qué no le zurráis a ese mocoso mendigo? -gritó la vieja.

El montañés se dirigió al carro y cuchicheó con la persona que estaba detrás de la cortina. Siguió un silencio absoluto, luego un murmullo.

«Esto va bien», pensó Kim, fingiendo que no veía ni oía.

- Cuando..., cuando... haya terminado de comer -dijo el montañés dirigiéndose a Kim con aire servil-, es... esperamos que tu santo nos concederá el honor de visitar a una persona que desea hablarle.

- Después de comer tiene que dormir -respondió Kim con altivez. -No podía prever las consecuencias del nuevo giro que tomaban los acontecimientos, pero estaba resuelto a aprove­charse de ellos-. Ahora voy a buscarle la comida. -Esta última frase, pronunciada en voz muy alta, terminó con un gesto de abatimiento.

- Yo..., yo mismo y los demás paisanos cuidaremos de ello, si nos lo permitís.

- Lo permitimos -dijo Kim, más altivamente que nunca-. ­Santo, esta gente nos dará de comer.

- La tierra es buena... Todo el país del sur es bueno...; un mundo grande y terrible -murmuró el lama somnoliento.

- Dejadle dormir -dijo Kim-, pero cuidad de tener pre­parada una buena comida para cuando despierte. Es un hombre muy santo.

Uno de los uryas pronunció por segunda vez frases despec­tivas.

- No es un faquir, no es un mendigo de tierra adentro -con­tinuó Kim severamente, dirigiéndose a las estrellas-. Es el más santo de todos los santones. Está por encima de todas las castas. Y yo soy su chela.

- ¡Ven aquí! -dijo la aguda y áspera voz detrás de las cortinas.

Y Kim se acercó, consciente de que unos ojos ocultos lo estaban mirando; un dedo huesudo de piel oscura y lleno de sortijas asomaba por el borde del carro. La conversación se deslizó así:

- ¿Quién es ese hombre?

- Un hombre extraordinariamente santo. Viene de muy le­jos. Viene del Tíbet.

- ¿De qué parte del Tíbet?

- Del otro lado de las nieves..., del lugar más lejano. Conoce todas las estrellas; sabe hacer horóscopos y augurios en los natalicios. Pero no hace estas cosas por dinero. Las hace porque es amable y por su gran caridad. Yo soy su discípulo y me llaman el Amigo de las Estrellas.

- Tú no eres montañés.

- Pregúntaselo a él. Te dirá que las estrellas me enviaron para mostrarle el objeto de su peregrinación.

- ¡Hum! Considera, rapaz, que soy vieja y no del todo tonta. Conozco a los lamas y los reverencio, pero así eres tú un fiel chela como mi dedo es la lanza del carro. No eres más que un hindú sin casta..., un mendigo descarado y sinvergüenza, que te has unido al santo acaso nada más que para sacarle dinero.

- ¿Y es que no trabajamos todos para ganar dinero? -Kim cambió rápidamente de tono, para acompasarse a la voz alterada que le hablaba-. Yo he oído... -aquello no era más que un palo de ciego-. He oído...

- ¿Qué es lo que has oído? -preguntó la vieja con brusque­dad, tamborileando con el dedo.

- No recuerdo muy bien, pero se decía en el bazar (claro que debe de ser una mentira) que aun los rajás..., los pequeños rajás de las montañas...

- Pero, a pesar de todo, de buena sangre rajput (8).

- Sí, sí, de buena sangre... Se decía que hasta esos rajás venden a las mujeres más hermosas de sus serrallos 15 para pro­curarse dinero. Las envían hacia el sur para venderlas... a los zemindars 16 y otros hombres ricos del Oudh (9).



15 serrallo: dependencias de la casa que los musulmanes destinan alas mujeres.

16 zemindars: terratenientes.

(8) De la etnia rajput. Se consideraban descendientes de la casta originaria de los soldados. En 1817 los británicos sometieron el territorio de Rajputana, al sur del Panjab.

(9) En esta provincia nació Valmiki, el autor del poema Ramayana. Tras la revuelta cipaya, en 1857, se integró en el imperio Británico.

Si hay algo que niegan con calor los rajás de las montañas, es precisamente esta acusación; pero es una creencia general de los bazares, cuando se discute el misterioso tráfico de escla­vos de la India. La vieja dama explicó a Kim, con voz alterada de indignación, qué género y especie de calumniador era él. Si Kim le hubiese dicho semejante insulto cuando ella era una muchacha, aquella misma tarde hubiera sido aplastado por un elefante. Y así habría ocurrido, efectivamente.

- ¡Ay! Yo no soy más que un mocoso mendigo, como acaba de decir el Ojo de Belleza -exclamó sollozando con un terror desmesurado.

- ¡Ojo de Belleza!, ¿verdad? ¿Quién te crees que soy yo, para lanzarme esos requiebros de mendigo? -y, sin embargo, se echó a reír al oír aquellas palabras ya olvidadas-. Hace cuarenta años podían habérmelo dicho y no hubieran mentido. Sí, y aun hace treinta. Pero la culpa de todo la tiene este corretear de un lado a otro de la India, que expone a la viuda de un rey a codearse con toda la escoria de esta tierra y a ser objeto de mofa por parte de mendigos.

- Gran Reina -dijo Kim rápidamente, porque la sintió tem­blar de indignación-. Yo seré todo lo que la Gran Reina dice que soy; pero no por eso es menos santo mi maestro. Aún no sabe que la Gran Reina le ordenó...

- ¿Ordenó? ¿Ordenar yo a un santo..., a un maestro de la Ley..., que viniera a hablar con una mujer? ¡Nunca!

- Perdona mi estupidez. Yo creí que era una orden...

- Pues no lo era. Se trataba de una súplica. ¿Lo aclarará esto mejor?

Una moneda de plata golpeó en el barandal del carro. Kim la tomó haciendo mil zalemas 17. La vieja dama, considerando que el muchacho era a la vez los ojos y los oídos del lama, creyó conveniente ganarse su buena voluntad.

- Yo no soy más que el discípulo del santón. Cuando ter­mine de comer, tal vez se decida a venir.

- ¡Ah, villano y pillastre sinvergüenza! -El dedo índice lleno de joyas lo amenazó fieramente, pero al mismo tiempo se oía la risa contenida.

17 zalema: reverencia, cortesía sumisa.

- Pero, ¿qué sucede? -murmuró Kim en su tono confiden­cial y acariciador, ese tono (ya lo sabía) al que nadie se podía resistir-. ¿Es que ..., es que hay necesidad de un hijo varón en tu familia? Habla con entera libertad, porque nosotros los sacer­dotes... -Esta última frase era un plagio completo de las que pronunciaba un faquir de la Puerta de Taksali.

- ¡Nosotros los sacerdotes! ¡Todavía no tienes edad ni pa­ra... -se detuvo cortando la frase atrevida con una carcajada-. ­Créeme, ahora y siempre, nosotras las mujeres, ¡oh sacerdote!, nos ocupamos de otros asuntos que de tener hijos. Además, mi hija ya ha parido un niño.

- Dos flechas en el carcaj 18 valen más que una sola; y tres valen más aún. -Kim repitió el viejo refrán con tosecilla refle­xiva, mirando discretamente hacia el suelo.

- Cierto..., muy cierto. Pero quizá lo logremos en el por­venir. Lo cierto es que esos brahmanes de tierra adentro son completamente inútiles. Yo les enviaba a menudo dinero y re­galos y ellos profetizaban.

- ¡Ah! -subrayó Kim con infinito desprecio-, ¡profetizaban! -Un profesional no lo hubiera hecho mejor.

- Y hasta que no acudí a mis propios dioses, mis plegarias no dieron resultado. Elegí una hora propicia y..., tal vez tu maestro haya oído hablar del abad de la lamasería de Lung­-Cho. Le expuse a él el problema, y he aquí que a su debido tiempo todo sucedió tal como deseaba. El brahmán de la casa del padre del hijo de mi hija afirmó después que todo se debía a sus plegarias..., lo que es un pequeño error que pienso quitarle de la cabeza en cuanto lleguemos al final de este viaje. De manera que más adelante iré a Buddh Gaya para ofrecer shraddha19 por el padre de mis hijos.

- Allí vamos nosotros.

- Auspicio doblemente favorable -gorjeó la vieja dama-. ­¡Por lo menos, otro hijo!

- ¡Amigo de todo el Mundo! -El lama había despertado y, como un niño aturdido al encontrarse en un lecho extraño, lla­maba a Kim.

- ¡Ya voy! ¡Ya voy! -Y corrió hacia el fuego, donde encontró al lama rodeado ya de fuentes con comida; los montañeses lo adoraban ostensiblemente y los meridionales lo miraban con acritud.

18 carcaj: aliaba, caja para flechas.

19 shraddha: ofrenda a un dios para conmemorar a un difunto.

- ¡Marchaos! ¡Apartaos! -gritó Kim-. ¿Es que creéis que comemos en público como los perros? -Terminaron la comida en silencio, vueltos cada uno ligeramente hacia un lado, y Kim la coronó con un cigarrillo indígena.

- ¿No te había dicho mil veces que el sur es una buena tierra? Aquí al lado tenemos una notable y virtuosa dama, viuda de un rajá de las montañas, que según dice va de peregrinación a Buddh Gaya. Ella es quien nos ha enviado esta cena; cuando hayas reposado, desearía hablar contigo.

- ¿Ha sido esto también obra tuya? -dijo el lama aspirando profundamente de su caja de rapé.

- ¿Quién ha cuidado de ti desde que empezó nuestro ma­ravilloso viaje? -Los ojos de Kim chispeaban mientras soltaba el humo maloliente por la nariz y se tumbaba sobre el suelo polvoriento-. ¿He dejado alguna vez de cuidar de tu bienestar, santo mío?

- Yo te bendigo -el lama inclinó la cabeza con solemni­dad-. He conocido a muchos hombres en mi larga vida y a no pocos discípulos. Pero ningún hombre, si es que tú eres nacido de mujer, se ha ganado mi corazón como lo has hecho tú..., que eres solícito, inteligente y cortés, aunque algunas veces algo picaruelo.

- Y yo no he visto nunca un sacerdote como tú -dijo Kim contemplando arruga por arruga el benévolo semblante ama­rillo-. Aún no hace tres días que emprendimos juntos el camino, y sin embargo se diría que han transcurrido cien años.

- Quién sabe si en nuestra encarnación anterior te habré prestado algún servicio... -continuó el lama sonriendo-. Tal vez te librara de una trampa, o habiendo caído enganchado en un anzuelo, en épocas en que la luz aún no había descendido sobre mí, te soltase otra vez sobre las aguas.

- Tal vez -murmuró Kim calmosamente. Se sabía de me­moria estas especulaciones por haberlas oído muchas veces en boca de personas a quienes los ingleses consideran faltas de imaginación-. Ahora, volviendo a esa mujer que espera en la carreta, yo creo que lo que desea es un segundo hijo para su hija.

- Eso no tiene nada que ver con la Senda -suspiró el la­ma-. Pero, al menos, esa mujer es de las montañas. ¡Ah, las montañas y la nieve de las montañas!

Tras levantarse, se encaminó a grandes zancadas hacia el carromato. Kim hubiera dado sus dos orejas por acompañarlo, pero el lama no lo invitó, y las pocas palabras que podía alcanzar desde donde estaba eran pronunciadas en una lengua extraña, pues sin duda hablaban algún dialecto montañés. Al parecer, la mujer hacía preguntas que el lama meditaba antes de res­ponder; de vez en cuando se oía la zumbadora cadencia de una frase china. Con los párpados entornados contemplaba Kim la singular escena; el lama permanecía derecho y erguido, y los grandes pliegues de su túnica amarilla se marcaban por líneas de negra sombra a la luz de las hogueras del parao. Semejaba un añoso 20 tronco, listado por los rayos del sol poniente; frente a él se hallaba el dorado ruth 21 lacado, resplandeciente como un joyel multicolor bajo la incierta luz. Los dibujos de las cor­tinas de tisú` trabajadas en oro, subían y bajaban, deshacién­dose y formándose de nuevo, conforme los pliegues de la tela oscilaban y temblaban agitados por la brisa nocturna; y cuando la conversación se hacía más interesante, el dedo índice, car­gado de sortijas, relampagueaba con chispazos de luz entre los bordados. Por detrás de la carroza, salpicado por los puntos brillantes de las hogueras, se extendía un fondo de vaga os­curidad, en el que apenas se vislumbraban rostros y sombras. A las ruidosas conversaciones de la primeras horas de la noche había sucedido un adormecido murmullo, cuya nota más baja era la producida por los bueyes que rumiaban incesantemente su pienso de paja, y la más aguda el punteado de un sitar 23 que tañía una bailarina bengalí (10). La mayor parte de los hombres había terminado de comer y chupaba con fruición sus narguiles, cuyo gorgoteo semejaba un lejano croar de ranas.

Al fin regresó el lama. Un montañés le daba escolta, lle­vando un cobertor de algodón guateado, que extendió cuida­dosamente junto al fuego.

«Merece tener diez mil nietos», pensó Kim. «No obstante, si no hubiese sido por mí no hubiésemos recibido estos regalos.»

20 añoso: viejo.

21 ruth: carromato.

22 tisú: tela de seda con hilos de oro o plata.

23 sitar: es como un laúd, el instrumento indio con cuerdas y brazo largo.

(10) Bengala es la región sur-oriental de la India, en la llanura baja del Ganges y Brahmaputra.

- Es una mujer virtuosa y muy inteligente -dijo el lama desplomándose poco a poco y doblando articulación tras arti­culación, como un lento camello-. El mundo está lleno de ca­ridad para aquellos que siguen la Senda -y tendió sobre el muchacho la mitad del cobertor.

- ¿Qué te ha dicho? -preguntó Kim arrebujándose en la parte que le correspondía.

- Me ha hecho muchas preguntas y me ha planteado muchos problemas..., la mayor parte de los cuales no eran más que historias sin fundamento que les ha oído a esos sacerdotes en­demoniados que pretenden seguir la Senda. He respondido a algunas de sus preguntas, pero otras no eran más que tonterías. Muchos llevan el hábito, pero pocos siguen la Senda.

- Es verdad, es verdad. -Kim empleaba ese tono reflexivo y conciliador del que desea recibir confidencias.

- Pero por sus dotes naturales es mujer de espíritu muy recto. Tiene mucho interés en que vayamos con ella hasta Buddh Gaya; por lo que he podido entender, su camino coincide con el nuestro durante varias jornadas en dirección al sur.

- ¿Y...?


- Ten paciencia. A esto he contestado que mi Búsqueda esta­ba por encima de todo. Aunque conoce muchas falsas leyendas, esta gran verdad de mi Río no la había oído nunca. ¡Así son los sacerdotes de las bajas montañas! Conoce al abad de Lung-Cho, pero no sabe nada de mi Río..., ni de la historia de la Flecha.

- ¿Y...?


- Yo le he hablado de mi Búsqueda y de la Senda y de otros temas provechosos; pero ella no se preocupaba más que de que la acompañase y rezase para lograr un segundo hijo.

- ¡Ah! «Nosotras las mujeres» no pensamos más que en los hijos -dijo Kim medio dormido.

1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   30


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal