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- Pero como nuestra ruta es la misma durante algunos días, creo que no nos apartamos de nuestra Búsqueda acompañán­dola..., por lo menos hasta..., ya he olvidado el nombre de la ciudad...

- ¡Eh! -gritó Kim volviéndose y llamando con un seco su­surro a uno de los uryas, que estaba situado a pocos metros de distancia-. ¿Dónde está la casa de tus amos?

- Un poco más allá de Saharanpur (11)-, entre los huertos de frutales -y dio el nombre de la aldea.

(11) Al norte de Delhi. A Kim y al lama les coge de camino a Benarés. Por eso deciden acompañar a la señora.

- Ése es el sitio -dijo el lama-. Hasta allí, por lo menos, podemos ir con ella.

- Las moscas acuden a la carroña -exclamó el urya en voz baja.

- Para la vaca enferma un cuervo, para el hombre enfermo un brahmán -Kim recitó el proverbio con aire ensimismado, dirigiéndose a las sombrías copas de los árboles que tenía sobre su cabeza.

El urya refunfuñó, callando al fin.

- ¿De modo que nos vamos con ella?

- ¿Ves alguna razón en contra? Iremos a su lado por el camino y buscaré todos los ríos sobre los cuales cruza la carre­tera. Tiene muchos deseos de que la acompañe. Lo desea in­tensamente.

Kim ahogó la risa bajo el cobertor. Pensaba que sería di­vertido escuchar a la imperiosa vieja en cuanto se recobrase del natural respeto que le inspiraba el lama.

Ya estaba casi dormido cuando el lama, repentinamente, recordó un refrán: «Los maridos de las charlatanas tienen una recompensa en el otro mundo». Aún le oyó Kim aspirar rapé tres veces y volvió a quedarse dormido, riendo todavía.

El claro cristal de la aurora despertó al mismo tiempo a hombres, gallos y bueyes. Kim se incorporó y bostezó, despe­rezándose y sacudiéndose con delicia. Veía el mundo en su verdadero aspecto; por todas partes lo rodeaba el bullicio, que tanto le gustaba...; animación y griterío, el enganche de las correas, el aguijoneo de los bueyes, el chirrido de las ruedas, hogueras que se encendían para la cocción de los alimentos, y escenas variadas con cada giro de la mirada complacida. La niebla de la mañana se disipó en una espiral plateada. Una patrulla de verdes papagayos salió volando y gritando en busca de algún río lejano; todas las poleas de los pozos cercanos em­pezaron su trabajo. La India entera despertaba, y Kim se en­contraba en medio de ella, más despierto y más excitado que nadie, mascando un palito que usaba como mondadientes, ab­sorbiendo por todos sus poros las costumbres del país que co­nocía y amaba. No tenía necesidad de preocuparse por el ali­mento..., no tenía que gastar ni un cowrie 24 en los puestos, al­rededor de los cuales se amontonaba la gente. Ahora era el discípulo de un santo, incorporado a la comitiva de una vieja dama de gran voluntad y poder. Todo estaba preparado, y cuando los avisaran respetuosamente, no tendrían más que sen­tarse y comer. Por otra parte -Kim contenía la risa sólo de pensarlo, mientras se limpiaba los dientes-, su anfitriona con­tribuiría a aumentar las delicias del camino. Cuando los bueyes se acercaron resoplando y mugiendo bajo el yugo, el muchacho los examinó con atención. Si acaso andaban demasiado aprisa -lo que era bien difícil-, gozaría de un agradable asiento sobre la lanza; el lama seguramente se acomodaría al lado del con­ductor, y la escolta, naturalmente, seguiría a pie. La vieja dama, como de costumbre, hablaría sin freno, y por lo que había po­dido apreciar, su conversación no pecaría por falta de interés. Ya en aquel momento estaba ordenando, regañando y (preciso es decirlo) maldiciendo a los criados por su tardanza.

24 cowrie: conchas pequeñas y blancas que se usaban como moneda.

- Dadle la pipa. En nombre de los dioses, dadle la pipa y tapad esa boca condenada -gritó un urya, atando los informes bultos de los camastros-. Es igual que los papagayos que chillan al amanecer.

- ¡Los bueyes delanteros! ¡Ay! ¡Sujetad a esos bueyes de­lanteros! -gritaba la vieja, porque sus bueyes se habían engan­chado los cuernos en el eje de un carro cargado de grano, y reculaban dando vueltas-. Hijo de búho, ¿adónde vas? -añadió dirigiéndose al carretero, quien sonreía burlonamente.

- ¡Ai! ¡Ya¡! ¡Ya¡! Esa que está dentro es la reina de Delhi, que va a rogar por su hijo -replicó el hombre desde lo alto de su elevada carga-. ¡Paso a la reina de Delhi y a su primer ministro, el mono gris que trepa por su propia espada! -In­mediatamente detrás venía otra carreta que transportaba un cargamento de cortezas para una curtiduría de tierra adentro, y su conductor añadió unos cuantos requiebros a los del con­ductor del carro de grano, mientras los bueyes del ruth recu­laban una y otra vez.

De pronto, a través de las agitadas cortinillas, surgió una granizada de insultos. No fue muy larga, pero sí de una inten­ción tan aviesa 25 que sobrepasaba cuantos denuestos 26 había escuchado Kim hasta entonces. El desnudo pecho del carretero palpitaba de asombro, mientras que, inclinándose ante la voz con reverentes zalemas, saltó del carro y ayudó al séquito que conducía aquel torbellino de palabras a la carretera principal. Una vez allí, la voz le recompensó diciéndole con qué clase de mujer se había casado y lo que ésta estaría haciendo durante su ausencia.



25 aviesa: perversa, mal intencionada.

26 denuestos: ofensas graves.

- ¡Oh, shabash 27! -murmuró Kim, incapaz de contenerse, al tiempo que el carretero se escabullía avergonzado.

- ¿No he hecho bien? Es un escándalo y una vergüenza que una pobre mujer no pueda ir a rezar a sus dioses sin ser insul­tada por toda la basura del Indostán..., y que tenga que tragar gali (insultos) como los hombres comen ghi. Pero gracias a que tengo aún la lengua expedita 28... Hay ocasiones en que una o dos palabras bien dichas van que ni pintadas. ¡Y aún no me habéis traído el tabaco! ¿Quién es el tuerto y desventurado bastardo que no me ha preparado aún la pipa?

Un montañés introdujo apresuradamente la pipa en el ca­rro, y la difusión del humo espeso a través de las cortinillas indicó que la paz se había restablecido.

Si Kim el día anterior había caminado orgulloso sintiéndose discípulo de un santón, aquel día su orgullo se había centupli­cado al encontrarse formando parte de una comitiva semirregia, donde tenía un puesto destacado bajo la protección de una vieja dama de encantadores modales y de infinitos recursos. Los hom­bres del séquito, con las cabezas cubiertas al estilo del país, marchaban a cada lado del carro levantando enormes nubes de polvo.

El lama y Kim caminaban un poco separados; Kim mascaba su trozo de caña de azúcar y no se apartaba por nadie, dada su condición de sacerdote. Desde allí oía a la vieja, cuya charla sonaba incesantemente, como un descascarillador de arroz. La vetusta dama hacía que sus criados le fuesen contando todo lo que pasaba en la carretera, y en cuanto se alejaron un poco del parao, descorrió las cortinas y se puso a mirar, con el velo cu­briéndole una tercera parte de la cara. Sus hombres no la mi­raban directamente a la cara cuando ella les dirigía la palabra, y así se respetaban las conveniencias sociales.

Un inglés moreno, casi cetrino 29, superintendente de policía e irreprochablemente uniformado, pasó al trote sobre un ca­ballo cansado, y al comprobar por el séquito qué clase de per­sona era la anciana, decidió divertirse a su costa.

27 shabash: ¡Bien hecho!

28 expedita: desembarazada, ligera.

29 cetrino: color aceitunado claro.

- ¡Oh, madre! ¿Es ésta la costumbre de las zenanas 30? ¡Fi­gúrate que pasa un inglés y ve que no tienes nariz!

- ¿Qué? -replicó la vieja con voz aguda-. ¿Que tu propia madre no tiene nariz? ¿Por qué lo aireas así, en medio del camino?

Fue una buena réplica. El inglés alzó el brazo como hombre tocado en un combate de esgrima. Ella se echó a reír e inclinó la cabeza.

- ¿Es que esta cara puede hacer flaquear la virtud de na­die? -dijo alzando el velo y mirándolo fijamente.

Su semblante no era nada encantador; pero el jinete, al mismo tiempo que refrenaba las riendas, la llamó Luna del Paraíso, Perturbadora de la Integridad, y otros fantásticos epí­tetos que consiguieron redoblar las risas de la anciana.

- Éste es un nut-cut (pillastre) -dijo-. Todos los agentes de la policía son nut-cut, pero los wallahs 31 son los peores. Sí, hijo mío, tú no has podido aprender todo eso desde tu llegada de Belait (Europa). ¿Quién te ha amamantado?

- Una pahareen..., una montañesa de Dalhousie, madre mía. Y guarda tu belleza bajo la sombra, ¡oh Dispensadora de De­licias! -dijo alejándose.

- Eso es tener buena educación -dijo la vieja sentencio­samente, atiborrándose de pan-. Ésas son las personas que de­ben supervisar la justicia. Éstos conocen la tierra y las costum­bres del país. Los otros, los que acaban de llegar de Europa, amamantados por mujeres blancas y que aprenden nuestras lenguas en los libros, son peores que la peste. Además, molestan a los reyes. -Y empezó a contar, dirigiéndose a todo el mundo, una larguísima historia referente a un joven policía ignorante, que había molestado a un rajá de las montañas -un primo lejano suyo- con motivo de un trivial pleito por unas tierras, termi­nando el relato con una cita de un libro bien poco devoto.

30 zenanas: habitaciones donde están encerradas las mujeres hindúes. Como el serrallo de los musulmanes.

31 wallahs: superintendentes de policías.

En seguida la vieja cambió de humor y ordenó a uno de su escolta que preguntase al lama si querría caminar a su lado para conversar sobre temas religiosos. De este modo Kim se quedó de nuevo atrás, en medio del polvo, y volvió a mascar su caña de azúcar. Durante una hora o más, la gorra gigantesca del lama se mostraba como una luna a través de la polvareda; y por lo que pudo pescar, dedujo Kim que la mujer lloraba. Uno de los uryas se excusó de su rudeza de la noche anterior, diciendo que nunca había encontrado a su señora de tan buen talante, y atribuía eso a la presencia del extraño sacerdote. Personalmente creía en los brahmanes, aunque, como todos los indígenas, estaba siempre en guardia contra su astucia y co­dicia. Sin embargo, cuando los brahmanes asediaban con sus demandas de mendigo a la madre de la mujer de su amo, y cuando ella los mandaba a paseo encolerizándolos de tal forma que maldecían a todo el cortejo (lo que fue la verdadera causa de que se lisiara el segundo buey del tiro y de que la noche anterior se rompiera la lanza del carro), entonces estaba dis­puesto a aceptar a cualquier sacerdote de cualquier religión de la India o fuera de ella. A esto Kim asintió prudentemente e hizo observar al urya que el lama no aceptaba dinero, y que el coste de los alimentos quedaría pagado con creces por la buena suerte que de allí en adelante acompañaría a la caravana. Les recitó historias de la ciudad de Lahore, y entonó una o dos canciones que hicieron reír a la escolta. Como era un ratón de ciudad y estaba bien al corriente de las últimas coplas produ­cidas por los compositores más de moda -que son mujeres en su mayor parte-, Kim tenía una gran superioridad sobre aque­llos hortelanos de una pequeña aldea con árboles frutales si­tuada al sur de Saharanpur, pero quiso dejar que esa superio­ridad fuese reconocida por ellos poco a poco.

A mediodía se apartaron a un lado del camino para almorzar alejados del polvo, y la comida fue buena, abundante y decen­temente servida sobre platos de limpias hojas. Dieron las sobras a algunos mendigos, para cumplir así con lo que está mandado, y se tumbaron para fumar sibaríticamente 32 durante largo rato. La vieja se había retirado detrás de las cortinillas, pero se mezclaba con absoluta libertad en la conversación, y sus criados discutían y la contradecían como hacen todos los criados en Oriente. Ella comparaba la frescura y los pinos de las montañas de Kangra y Kulú con los mangos del sur; relató una historia referente a algunos antiguos dioses locales, ocurrida en la fron­tera del territorio de su marido; se quejó abiertamente del tabaco que en aquel momento estaba fumando; injurió a todos los brahmanes, y especuló sin reserva acerca del nacimiento de muchos nietos varones.

32 sibaríticamente: con mucho deleite.

Capítulo V

He aquí que a mi propio hogar de nuevo he regresado...

y he sido perdonado, admitido y alimentado...

¡acogido por carne de mi carne,

de nuevo hermano de mi propia sangre!

Para mí aderezan el ternero más cebado,

pero las cáscaras tienen mayor encanto.

Creo que mis cerdos me convienen más,

así que me vuelvo de nuevo a las pocilgas.


El hijo pródigo

La perezosa y desordenada comitiva se puso de nuevo en marcha, y la vieja durmió hasta que llegaron al próximo lugar de descanso. La jornada había sido muy corta y faltaba una hora para la puesta del sol, así es que Kim empezó a buscar la manera de entretenerse.

- ¿Por qué no te sientas a descansar? -le preguntó uno del séquito-. Sólo a los demonios y a los ingleses se les ocurre andar de un lado a otro sin motivo.

- No hagas nunca amistades con los demonios, los niños o los monos. Nadie sabe nunca lo que van a hacer -dijo uno de sus compañeros.

Kim les volvió la espalda desdeñosamente -no tenía ganas de volver a oír la vieja conseja del demonio que se arrepintió de jugar con los niños- y se puso a pasear ociosamente por el campo.

El lama lo seguía. Durante todo el día había inspeccionado con afán todas las corrientes que cruzaron, pero en ningún mo­mento sintió ese arrobamiento 1 que debía indicarle el hallazgo de su Río. Además, el placer de poder hablar con alguien en una lengua razonable y de ser respetado y considerado como consejero espiritual por una dama aristocrática, había apartado un poco sus pensamientos de la Búsqueda. Por otra parte, do­tado de una profunda fe, estaba dispuesto a emplear en su empresa todo el tiempo que hiciese falta para llevarla a cabo y no sentía nada de esa impaciencia propia de los hombres blancos.



1 arrobamiento: embeleso, desentenderse de todo por admiración o placer.

- ¿Adónde vas? -dijo llamando a Kim.

- A ninguna parte; ha sido un trayecto corto y todo esto... -respondió Kim señalando al frente- es nuevo para mí.

- No se puede negar que es una mujer inteligente e ins­truida. Pero es muy difícil meditar cuando...

- Todas las mujeres son iguales -afirmó Kim, como podía haberlo hecho Salomón.

- Delante de mi lamasería se extiende una amplia plata­forma de piedra -murmuró el lama recogiendo su gastado ro­sario-. Sobre ella he dejado marcadas las huellas de mis pies..., yendo y viniendo acompañado de éstas.

Y recogiendo las cuentas de su rosario, empezó a rezar el «Om mane pudme hum» (1) de su devoción, agradecido por la frescura de la tarde, la quietud y la ausencia de polvo.

Una tras otra, todas las cosas de la llanura atraían la mirada ociosa de Kim. Su paseo no tenía más objeto que contemplar el aspecto de unas chozas cercanas cuya forma le era desco­nocida.

Llegaron a una amplia extensión de pastos -que aparecía marrón y púrpura a la luz de la tarde- en cuyo centro se alzaba un denso bosquecillo de mangos. A Kim le sorprendió que en ese sitio tan a propósito no hubiese ninguna capilla: el mucha­cho observaba estas cosas como podía haberlo hecho un sacer­dote. Al otro extremo de la llanura aparecieron cuatro hombres, empequeñecidos por la distancia, que marchaban en fila. Kim los miró atentamente haciendo pantalla con sus manos, y captó el brillo del latón.

- ¡Soldados, soldados blancos! -dijo-. Veamos.

- Siempre aparecen soldados cuando vamos solos. Pero yo no he visto nunca soldados blancos.

- No hacen nada, excepto cuando están borrachos. Escón­dete detrás de este árbol.

Se agazaparon entre los gruesos troncos, a la fresca sombra del bosquecillo de mangos. Dos de las figuritas se pararon; las otras dos avanzaron con aire indeciso. Eran los exploradores de un regimiento en marcha y se habían adelantado, como de costumbre, para elegir dónde acampar. Llevaban unas estacas de cinco pies con ondulantes banderolas, y se llamaban a gritos unos a otros, mientras se diseminaban por la amplia llanura.

(1) Ver cap. II, nota 14.

Al fin se adentraron en el bosquecillo de mangos, mar­chando cansadamente.

- Aquí o en las inmediaciones..., las tiendas de los oficiales bajo los árboles, supongo, y los soldados nos colocaremos fuera. ¿Han marcado ésos el sitio para las carretas de bagajes'?

Los soldados gritaron de nuevo a sus camaradas, y la bronca respuesta sonó tenue y melodiosa, debilitada por la distancia. - Clava aquí la bandera, entonces -dijo uno de ellos.

- ¿Qué es lo que están haciendo? -preguntó el lama ma­ravillado-. Éste es un mundo grande y terrible. ¿Cuál será el emblema de esa bandera?

El primero de los soldados clavó una estaca a poca distancia de ellos, hizo un gesto de descontento, la arrancó, conferenció con su compañero, que contemplaba la sombreada pradera cu­bierta de verdor, y la volvió a plantar.

Kim los miraba con toda atención, y la respiración anhelante y agitada silbaba entre sus labios. Los soldados se alejaron hacia la claridad del sol poniente.

- ¡Oh santo, mi horóscopo! ¡Lo que dibujó en el polvo el sacerdote de Ambala! Recuerda lo que dijo. Primero vienen dos... feraces 3... para prepararlo todo..., en un lugar oscuro, como sucede siempre al principio de una visión.

- Pero esto no es una visión -observó el lama-. Esto es la Ilusión del mundo y nada más.

- Y después viene el Toro..., el Toro Rojo sobre el campo verde. ¡Mira! ¡Allí está!

Y señaló la bandera, que ondeaba agitada por la brisa de la tarde, a menos de diez pies de distancia. No era más que una simple banderola de señales, sólo que el regimiento, siempre puntilloso en cuestiones de pasamanería, la había adornado con el emblema de su regimiento, el Toro Rojo, que es el timbre 4 de los Mavericks, el gran Toro Rojo sobre el verde del campo irlandés.

- Ahora, al verlo, me acuerdo -dijo el lama-. Verdadera­mente, es tu Toro. También es verdad que vinieron dos hombres a prepararlo todo.

2 bagaje: equipaje militar.

3 ferashes: mensajeros, sirvientes.

4 timbre: insignia que se coloca encima del escudo de armas.

- Son soldados..., soldados blancos. ¿Qué fue lo que dijo el sacerdote? «Tu signo del Toro es el signo de la guerra y de los hombres armados». Santo mío, esto se refiere a mi Búsqueda.

- Verdad, es verdad -el lama miraba atentamente el em­blema, que brillaba como un rubí en la oscuridad-. El sacerdote de Ambala dijo que tu signo era el signo de la guerra.

- ¿Qué hacemos ahora?

- Esperar. Vamos a esperar.

- ¡Hasta la oscuridad se aclara! -dijo Kim. Nada más na­tural que al descender el sol, sus últimos rayos horizontales se filtrasen entre los árboles, difundiendo por el bosquecillo nimbos 5 de pálida luz dorada durante unos minutos; pero a Kim le pareció aquello el remate de la profecía del brahmán de Ambala.

- ¡Escucha! -dijo el lama-. ¡Se oye el redoble de un tam­bor... allá lejos!

Al principio, el sonido, diluido en el aire encalmado, recor­daba el latido de una arteria de la sien. Pero bien pronto se destacó del rumor confuso una nota aguda.

- ¡Ah! La música -explicó Kim. El sonido de las bandas de los regimientos le era muy familiar, pero el lama se sorprendió al oírlo.

En el lejano confín de la llanura surgió una columna de polvo y la brisa les transmitió la melodía...



Nosotros imploramos vuestra condescendencia

para contaros todo lo que sabemos

del desfile con los Guardias de Mulligan

hasta más abajo en el Puerto de Sligo.
Aquí hicieron su entrada las agudas lenguas de los pífanos (2).

Con las armas al hombro,

desfilamos..., desfilamos

desde el Parque de Phoenix

a la bahía de Dublín.

Los tambores y los pífanos

¡qué dulcemente suenan cuando marchamos..., marchamos...,

marchamos con los Guardias de Mulligan!

5 nimbos: halos, destellos de luz.

(2) La metáfora alude al mensaje y la música de los pífanos. Los pífanos son flautines militares de tono muy agudo.

Era la banda de los Mavericks, que tocaba mientras las tropas desfilaban para acampar; porque el regimiento iba de marcha con todos los bagajes. La ondulante columna avanzó por la llanura llevando la impedimenta 6 a retaguardia, se di­vidió en dos ramas divergentes, se esparció como un hormi­guero, y...

- Pero, ¡esto es brujería! -dijo el lama.

La pradera se llenó de tiendas que parecían surgir montadas ya de los carros. Otra avalancha humana invadió el bosquecillo, instaló en silencio una inmensa tienda y levantó ocho o nueve más a su costado. Desembalaron ollas, sartenes y otros fardos, de los cuales se hizo cargo una multitud de criados indígenas; ¡y he aquí que el bosque de mangos se convirtió en una orde­nada ciudad, mientras ellos observaban!

- Vamos -dijo el lama, retrocediendo espantado, mientras las hogueras chisporroteaban y los oficiales blancos penetraban en la tienda-comedor, arrastrando los sables con sonido metá­lico.



6 impedimenta: el bagaje, el equipaje de la tropa.

- Escóndete en la sombra. No pueden ver más allá de la luz de las hogueras -dijo Kim contemplando aún la bandera. Nunca hasta entonces había visto la rutinaria operación de establecer un campamento en menos de treinta minutos por un regimiento veterano.

- ¡Mira! ¡Mira! ¡Mira! -exclamó el lama-. ¡Allí viene un sacerdote!

Bennett, el capellán de la Iglesia Anglicana que prestaba sus servicios en el regimiento, se acercaba cojeando, vestido de negro y cubierto de polvo. Uno de sus fieles se había permitido hacer algunas observaciones groseras acerca del brío del capellán y, para demostrar lo contrario, Benett había hecho toda la jornada a pie con el resto de los soldados. Su traje negro, la cruz de oro colgando de la cadena del reloj, la cara afeitada y el negro sombrero de copa baja y alas anchas, lo hubieran señalado como santón en cualquier lugar de la India. Se dejó caer sobre una silla plegable, cerca de la puerta de la tienda­-comedor, y se quitó las botas. Tres o cuatro oficiales se con­gregaron a su alrededor, riendo y bromeando de su hazaña.

- La conversación de los hombres blancos carece por com­pleto de dignidad -dijo el lama, juzgando nada más que por el tono-. Pero observando a ese sacerdote me parece por su as­pecto que debe de ser muy sabio. ¿Crees que podría entender­nos si le habláramos de nuestras cosas? Yo le hablaría con gusto de mi Búsqueda.

- Nunca le hables a un hombre blanco hasta que haya co­mido -dijo Kim citando un viejo proverbio-. Ahora comerán..., y yo creo que no es la hora de pedirles limosna. Volvamos al parao y luego vendremos otra vez. Indiscutiblemente, era un Toro Rojo..., mi Toro Rojo.

Mientras el séquito de la vieja dama les sirvió la comida, ambos se hallaban abstraídos, así es que nadie osó romper su silenciosa reserva, pues no trae suerte incomodar a los hués­pedes.

- Ahora -dijo Kim hurgándose los dientes- volveremos a ese sitio; pero tú, ¡oh santo!, debes esperar un poco alejado, pues tus pies son más pesados que los míos y yo estoy impa­ciente por saber más cosas acerca de ese Toro Rojo.

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