Librodot com



Descargar 1.39 Mb.
Página8/30
Fecha de conversión20.02.2017
Tamaño1.39 Mb.
1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   30

- Pero, ¿cómo puedes tú entender su conversación? -re­plicó el lama, inquieto-. Camina más despacio, que la noche está oscura.

Kim dejó sin contestación la pregunta.

- He visto un sitio cerca de los árboles donde puedes sen­tarte y esperar a que yo te llame. No -dijo al notar que el lama hacía un gesto de protesta-; recuerda que se trata de mi Bús­queda..., la Búsqueda de mi Toro Rojo. El signo de las estrellas no era para ti. Yo conozco algo de las costumbres de los soldados blancos, y siempre me gusta ver cosas nuevas.

- ¿Qué es lo que no conocerás tú de este mundo? -El lama se acurrucó, obediente, en un pequeño hoyo del suelo, situado a menos de cien yardas 7 del bosquecillo de mangos, que recor­taba su silueta oscura contra el cielo salpicado de estrellas.

- Estáte aquí hasta que te llame. -Kim se deslizó en la oscuridad. Ya suponía que habría centinelas apostados alre­dedor del campamento, pero se sonrió al oír las pesadas botas de uno de ellos. Un muchacho que puede escabullirse corriendo en una noche de luna por los terrados de la ciudad de Lahore, aprovechando la más pequeña sombra y los rincones más os­curos para escapar de su perseguidor, no va a detenerse por una simple línea de soldados, aunque estén bien adiestrados. Aún les hizo el honor de pasar arrastrándose por entre una pareja, y corriendo, parándose, agachándose y aplastándose contra el suelo, fue avanzando hasta la tienda-comedor, que se destacaba por su mayor iluminación, y oculto tras el tronco de un mango, esperó a que una palabra o frase casual le propor­cionaran alguna pista.

Su único pensamiento era obtener informes completos acerca del Toro Rojo. Por los conocimientos que tenía de los hombres (y las limitaciones de Kim eran tan curiosas y repentinas como sus intuiciones), suponía que los novecientos de­monios de la profecía de su padre adorarían al Toro Rojo des­pués de puesto el sol, de la misma manera que los indios adoran a la Vaca Sagrada. Esto le parecía completamente natural y lógico, y el sacerdote de la cruz dorada sería, por tanto, la persona indicada para consultar sobre ese asunto. Por otra parte, recordando a los sacerdotes de severo semblante de quie­nes se había librado en la ciudad de Lahore, sentía cierto temor de que éste pudiese ser un impertinente curioso que quisiera saber demasiadas cosas. Pero, ¿no le habían profetizado en Am­bala que su destino significaba guerra y hombres de armas? ¿No era verdad que él, el Amigo de las Estrellas, el Amigo de todo el Mundo, poseía los más espantosos secretos? Finalmente, y como resultado de todo su coloquio, Kim consideró que esta aventura (aunque él no conocía la palabra inglesa) era un lance estupendo..., una deliciosa continuación de sus antiguas corre­rías a través de los terrados, y al mismo tiempo el remate de su profecía sublime. Embargado por estos pensamientos, se fue arrastrando con el vientre en tierra hacia la puerta de la tienda-­comedor, manteniendo agarrada con una mano la bolsa de los amuletos, que llevaba colgada del cuello.



7 cien yardas: unos 90 m.

El espectáculo que presenció confirmaba sus sospechas. Los sahibs adoraban a su dios (3), ya que en el centro de la mesa -pues era el único adorno que usaban cuando iban de maniobras- se veía un toro dorado, procedente de un saqueo del palacio de verano de Pekín; un toro dorado, de tono rojizo, con la cabeza baja y rampando sobre un fondo de verde oscuro. Los sahibs alzaban las copas, gritando confusamente en su honor.

Era costumbre del reverendo Arthur Bennett alejarse de la mesa cuando terminaba el brindis, y como aquel día estaba cansado por haber hecho toda la marcha a pie, sus movimientos eran más torpes que de ordinario. Kim estaba contemplando todavía su animal sagrado, colocado sobre la mesa, y tenía la cabeza ligeramente levantada, cuando al salir, el capellán tro­pezó con su hombro derecho. Kim se encogió bajo la presión de la bota y, rodando hacia un costado, derribó a Bennett, quien, como hombre de acción que era, agarró por la garganta al mu­chacho, casi estrangulándolo. Kim empezó entonces a darle de­sesperados puntapiés en el vientre. El capellán se incorporó jadeante, sin abandonar su presa, volvió a rodar por el suelo, y al fin logró arrastrar en silencio a Kim hasta su propia tienda. Como los Mavericks eran unos bromistas empedernidos, el in­glés consideró prudente guardar silencio hasta obtener una completa información.

- Pero, ¡si es un chiquillo! -dijo al conducir su presa hasta la luz de la linterna, que colgaba del palo de la tienda. Entonces, zarandeándolo severamente, le gritó:

- ¿Qué estabas haciendo ahí? Eres un ladrón. ¿Choor? ¿Mallum? 8

8 ¿Choor? ¿Mallum?: ¿Ladrón? ¿Me oyes?

(3) Brindaban con vino.

Sus conocimientos de indostaní eran muy limitados, y Kim, enojado y maltrecho, intentó mantener la personalidad que se le había atribuido. Mientras recobraba el aliento, estaba inventando una historia absolutamente verosímil referente a su parentesco con un pinche de cocina, pero al mismo tiempo no quitaba ojo del brazo izquierdo y del sobaco del capellán. Cuando creyó llegado el momento oportuno, se escabulló en busca de la puerta, pero un largo brazo surgió de repente y le agarró por el cuello, rompiéndose el cordón del amuleto y que­dando éste en las manos del capellán.

- Déme usted eso. ¡Oh, déme usted eso! ¿Se ha roto? Déme usted los papeles.

Las palabras eran inglesas..., ese recortado y metálico inglés de los indígenas, y el reverendo quedó sorprendido.

- Un escapulario -dijo abriendo la mano-. No, es una es­pecie de talismán. ¿Cómo es ..., que hablas inglés? Los chiquillos que roban son castigados. ¿Lo sabías?

- Yo ..., yo no robo. -Kim saltaba desesperado, como un terrier ante la amenaza de una estaca-. ¡Oh, démelo! Es mi talismán'. No me lo quite usted.

El capellán no le prestó la más mínima atención, pero di­rigiéndose a la puerta de la tienda llamó en voz alta. A poco apareció un hombre gordo y recién afeitado.

- Necesito su consejo, padre Víctor -dijo Bennett-. He en­contrado a este muchacho en la oscuridad y al lado de la tienda­c-omedor. En otras circunstancias, lo habría castigado y dejado marchar, porque creo que es un ladronzuelo. Pero parece ser que habla inglés y da mucha importancia a un talismán que lleva atado alrededor del cuello, por lo cual solicito su ayuda.

Creía Bennett que entre él y el cura de la Iglesia Católica Romana (del contingente irlandés) existía un abismo infran­queable (4); pero lo cierto es que siempre que la Iglesia Anglicana tenía que resolver algún problema humano llamaba en su au­xilio a la Iglesia de Roma. El aborrecimiento que oficialmente profesaba Bennett a la Mujer Escarlata (5) -y a su manera de actuar- sólamente se igualaba con el respeto que personal­mente le merecía el padre Víctor.



9 talismán: amuleto, objeto con virtudes mágicas.

(4) Kim es también espejo para reflejar pluralidad de creencias, ideas, gentes. En este pasaje se contrastan diversos credos y actitudes. Los dos clérigos de­muestran un desdén dogmático por otras religiones: los no cristianos son para ellos gentiles, el lama un faquir y su Búsqueda una blasfemia. El padre Bennett es más intransigente y arrogante que el padre Víctor.

(5) Nombre dado por los protestantes a la Roma pontificia.

- Un ladrón que habla inglés, ¿no es eso? Echemos un vis­tazo a su talismán. No, eso no es un escapulario, Bennett -dijo alargando la mano.

- Pero nosotros no tenemos ningún derecho a abrirlos. Unos buenos azotes ...

- Yo no soy un ladrón -protestó Kim-. Usted me ha molido ya todo el cuerpo a golpes. Déme mi amuleto y déjeme marchar.

- No tan de prisa; veamos primero -dijo el padre Víctor, desdoblando tranquilamente el ne varietur del pobre Kimball O'Hara, su «certificado de liberación» y la partida de naci­miento de Kim. Sobre esta última, O’Hara -con una confusa idea de hacer algo en favor de su hijo- había garrapateado docenas de veces «Cuiden del muchacho. Por favor, cuiden del muchacho», firmando con su nombre completo y su número del regimiento.

- ¡Por todos los diablos! -exclamó el padre Víctor, pasando los papeles al señor Bennett-. ¿Sabe usted lo que es esto?

- Sí -dijo Kim-. Son míos y quiero marcharme.

- No entiendo bien -murmuró Bennett-. Probablemente, el muchacho los habrá traído a propósito. Esto puede ser una nueva astucia para mendigar.

- En ese caso, jamás he visto un mendigo más ansioso de escapar. Lo que aquí parece haber es una coincidencia feliz y misteriosa. ¿Cree usted en la providencia, Bennett?

- Sin duda.

- Bien; yo creo en los milagros, que viene a ser lo mismo. ¡Por todos los diablos! ¡Kimball O’Hara! ¡Y su hijo! Pero en­tonces ha nacido en este país, y yo mismo casé a Kimball con Annie Shott. ¿Cuánto tiempo hace que posees estas cosas, muchacho?

- Desde que era un chiquillo.

El padre Víctor se le acercó rápidamente, y entreabriendo su túnica dijo:

- Vea usted, Bennett, no es de piel muy oscura. ¿Cómo te llamas?

- Kim.

- ¿O Kimball?



- Tal vez. ¿Me deja usted marchar?

- ¿Qué más?

- Me llaman Kim Rishti Ke. Esto es, Kim de los Rishti.

- ¿Qué es eso de... Rishti?

- I... rishti... eso era el regimiento... de mi padre.

- ¡Ah, ya: Irish (irlandés)!

- Sí. Eso era lo que me decía mi padre. Cuando mi padre vivía.

- ¿Vivía?

- Vivía. Naturalmente, se ha muerto..., se ha ido.

- ¡Oh! ¿Qué manera de expresarse es ésa?

Bennett interrumpió:

- Tal vez haya sido injusto con el muchacho. Evidente­mente, es blanco, aunque no se han ocupado de él. Estoy con­vencido de que lo he lastimado. Yo no creo que el alcohol...

- Déle usted un vaso de jerez y déjele descansar un poco en el catre. Ahora, Kim -continuó el padre Víctor-, nadie te hará daño. Bebe eso y háblanos de ti. La verdad, si no tienes inconveniente.

Kim tosió un poco mientras devolvía el vaso vacío y meditó un momento. El caso era extraordinario, pero había que pro­ceder con cautela. A lo chiquillos que merodean alrededor de los campamentos los echan, generalmente, después de darles una paliza. Pero a él no le habían pegado; indudablemente, el amuleto lo protegía, y parecía como si el horóscopo de Ambala y las pocas palabras que recordaba de los soliloquios10 de su padre, fueran milagrosamente bien recibidos. Además, ¿por qué aquel sacerdote gordo parecía tan impresionado, y por qué le había dado el vaso de ardiente vino amarillo el otro sacerdote delgado?

- Mi padre murió en la ciudad de Lahore cuando yo era muy pequeño. La mujer que tenía la tienda de kabarri 11 cerca de la parada de los coches de alquiler... -empezó a decir Kim con decisión, no muy seguro de si le convendría decir la verdad.

- ¿Tu madre?



10 soliloquio: lo que se habla a solas.

11 kabarri: trapería, tienda de trastos y objetos usados.

- ¡No! -contestó con un gesto de disgusto-. Mi madre murió al nacer yo. Mi padre sacó esos papeles de la Jadoo-Gher (6)..., ¿no se dice así? -Bennett asintió- porque él tenía... buena re­putación. ¿Cómo lo dicen ustedes? -Bennett volvió a asen­tir-. Mi padre me lo contó. También me dijo, y el brahmán que hizo el dibujo sobre el polvo en Ambala lo confirmó hace dos días, que yo encontraría un Toro Rojo sobre un campo verde y que el Toro me ayudaría.

- ¡Vaya disparate! -murmuró Bennett.

- ¡Por todos los diablos! ¡Y qué país! -exclamó el padre Víctor-. Sigue Kim.

- Yo no he robado. Además, precisamente ahora soy el dis­cípulo de un hombre muy santo. Está ahí fuera sentado. No­sotros vimos venir a dos hombres con banderas para prepararlo todo. Así ocurre siempre en los sueños o cuando va a verificarse una..., una profecía. Por eso comprendí al momento que mi horóscopo era verdad. Vi al Toro Rojo sobre campo verde, y según mi padre decía: «¡Novecientos demonios pukka 12 y el coronel montado a caballo cuidarán de ti cuando encuentres al Toro Rojo!». Yo no sabía lo que hacer al ver el Toro Rojo, pero me marché y volví de nuevo, cuando ya estaba oscuro. Deseaba contemplarlo otra vez y lo vi rodeado de todos... los sahibs, que lo estaban adorando. Yo creo que el Toro me protegerá. El santo me lo dijo también. Ahí fuera está esperando. ¿No le haréis nada si lo llamo y viene? Es muy santo. Podrá confirmar todo lo que yo digo, y sabe que no soy un ladrón.

- «¡Los oficiales adorando a un toro!». ¿Qué demonios quiere decir eso? -dijo Bennett-. «¡Discípulo de un santón!». ¿Está loco este muchacho?

- ¡Verdaderamente, es el hijo de O’Hara! El hijo de O’Hara, aliado con el poder de las tinieblas. Ya bastaba con que su padre lo estuviera... cuando se emborrachaba. Debemos llamar al san­tón. Tal vez sepa algo más.

- Él no sabe absolutamente nada -dijo Kim-. Yo os lo en­señaré si venís conmigo. Es mi maestro. Y en seguida nos iremos.

- ¡Por todos los diablos! -era todo lo que podía decir el padre Víctor, mientras Bennett salía, manteniendo agarrado con fuerza el hombro de Kim.

12 pukka: verdadero. Esta palabra se emplea en muchas ocasiones.

(6) La logia masónica. (Ver cap. I, n. 7).

Encontraron al lama en el sitio en que se había dejado caer.

- La Búsqueda ha terminado para mí -gritó Kim en lengua indígena-. He encontrado al Toro, pero Dios sabe lo que su­cederá ahora. Estos hombes no te harán daño. Vamos a la tienda del sacerdote gordo, con ese hombre delgado, y veremos en qué para todo esto. Todo es nuevo y ellos no entienden el hindi. No son más que unos borricos sin domesticar.

- No está bien burlarse de su ignorancia -replicó el la­ma-.Yo estoy contento si tú lo estás, chela.

Con dignidad y confianza penetró el lama en la tienda, sa­ludó a las dos Iglesias en su calidad de clérigo, y se sentó al lado del brasero. El forro amarillo de la tienda, reflejado por la luz de la lámpara, daba a su semblante un tono rojizo.

Bennett lo miraba con el desdén de una religión que engloba a las nueve décimas partes del mundo bajo el título de «gen­tiles».

- ¿Cuál ha sido el final de tu Búsqueda? ¿Qué presente te ha traído el Toro? -dijo el lama dirigiéndose a Kim.

- Me pregunta «¿Qué van ustedes a hacer?» -Bennett mi­raba con indecisión al padre Víctor, y Kim se atribuyó el papel de intérprete para sus propios fines.

- Yo no entiendo qué clase de relaciones podrá tener el muchacho con ese faquir; probablemente será su víctima o su cómplice -empezó a decir Bennett-. Nosotros no podemos permitir que un muchacho inglés... Admitiendo que sea hijo de un masón, cuanto más pronto vaya al Orfanato Masónico, mejor.

- ¡Ah! Ésa es la opinión de usted como secretario de la Logia del Regimiento -interrumpió el padre Víctor-; pero bien po­demos decirle al viejo qué pensamos hacer con el muchacho. No parece un mal sujeto.

- Mi experiencia es que nadie es capaz de sondear en la mentalidad oriental. Ahora, Kimball, yo deseo que traduzcas a ese hombre lo que voy a decirte, palabra por palabra.

Kim escuchó las primeras frases y empezó a traducir de la siguiente forma:

- Santo mío, ese imbécil delgado que parece un camello dice que yo soy el hijo de un sahib.

- Pero, ¿cómo...?

- ¡Oh, es verdad! Lo sabía desde que era pequeño, pero él sólo lo ha descubierto al quitarme el amuleto que llevaba en el cuello y examinar todos los papeles. Dice que el que nace sahib debe ser siempre un sahib y entre los dos se proponen que me quede en el regimiento o enviarme a una madrasa (es­cuela). Ya otras veces me ha ocurrido esto mismo, pero siempre he podido escapar. El tonto gordo piensa una cosa, y el que parece un camello piensa otra. Pero eso no me importa nada. Puede que tenga que pasar aquí una noche y tal vez la siguiente. Ya me ha ocurrido otras veces. Pero me escaparé y volveré a buscarte.

- Diles que eres mi chela. Cuéntales cómo viniste a mí cuando yo estaba desfallecido y desorientado. Háblales de nues­tra Búsqueda, y seguramente te dejarán marchar.

- Ya se lo he contado, pero se ríen y hablan de la policía para asustarme.

- ¿De qué estáis hablando? -preguntó el señor Bennett.

- Únicamente dice que si ustedes no me dejan marchar le perjudicarán en sus asuntos..., sus asuntos urgentes y perso­nales -esta última frase era una reminiscencia de sus relaciones con un empleado euroasiático del servicio de canales, pero só­lamente consiguió arrancar una sonrisa, que le molestó-. Y si ustedes pudiesen comprender de qué asuntos se trata, no ten­drían tanto empeño en meterse en lo que no les importa.

- ¿De qué se trata entonces? -preguntó el padre Víctor con emoción al contemplar el semblante del lama.

- Hay en este país un Río que busca con gran interés. Fue originado por una Flecha que... -Kim pateó en el suelo con impaciencia, conforme traducía su pensamiento de la lengua indígena a un inglés chabacano-. Sí, fue lanzada, como ustedes ya sabrán, por nuestro Señor Buda, y el que se lava en él queda purificado de todos sus pecados y tan blanco como el algodón en rama -Kim había oído algunas veces a los misioneros-. Yo soy su discípulo y es preciso que encontremos el Río. Es para nosotros una cuestión del mayor interés.

- Repite eso otra vez -dijo Bennett. Kim obedeció, ampli­ficando el relato.

- ¡Pero eso es una gran blasfemia! -gritó la Iglesia An­glicana.

- ¡Bah! ¡Bah! -dijo el padre Víctor con simpatía-. Yo daría cualquier cosa por poder hablar la lengua indígena. ¡Un río que lava todos los pecados! ¿Y cuánto tiempo hace que lo estáis buscando?

- ¡Oh, muchos días! Ahora lo que deseamos es que nos dejen marchar para seguir buscándolo. Como ven ustedes, aquí no está.

- Entiendo-dijo gravemente el padre Víctor-. Pero el chico no puede seguir en compañía del viejo. Sería otra cosa, Kim, si no fueses el hijo de un soldado. Dile que el regimiento te tomará a su cargo y hará de ti un hombre tan bueno como tu..., tan bueno como puede ser un hombre. Dile que si cree en mi­lagros, debe creer que...

- No se debe jugar con su credulidad -interrumpió Bennett.

- No hago semejante cosa. Él debe creer que la llegada del muchacho aquí... con su propio regimiento..., buscando a su Toro Rojo, es una cosa milagrosa. Considere usted las pocas probabilidades de este encuentro, Bennett. ¡Sólamente este niño en toda la India, y precisamente nuestro regimiento entre todos los demás, para que él se lo encontrara! Hay en este hecho una predestinación. Sí, dile que es kismet 13. Kismet, ¿mallum? (¿Entiende usted?).

Y se volvió hacia el lama, a quien lo mismo le podía estar hablando de Mesopotamia.

- Dicen -los ojos del viejo se animaron al escuchar la voz de Kim- que el significado de mi horóscopo se ha revelado ya, y que habiendo vuelto -aunque tú sabes bien que yo vine por mera curiosidad- a encontrar a mi propio pueblo y al Toro Rojo, debo ir a una madrasa y transformarme en un sahib. Ahora voy a fingir que estoy conforme, porque poniéndose en lo peor, todo será tener que hacer unas cuantas comidas lejos de ti. Pero pronto escaparé y te seguiré por la carretera de Saharanpur. Por lo tanto, santo mío, no te apartes de la mujer de Kulú; por ningún motivo te alejes de su carroza hasta que yo vuelva. Ya no cabe duda de que mi signo es de guerra y hombres armados. ¡Mira: me han dado a beber vino y me han sentado en un lecho de honor! Mi padre debió de ser un gran personaje. Si ellos me colman de honores, bien está. Si no, bien está también. Ocurra lo que ocurra, en cuanto me canse volveré a buscarte. Pero permanece con esa rajputina (7), o perderé tus huellas... ¡Oh!, sí -dijo el muchacho- ya le he contado todo lo que ustedes me indicaron que le dijera.

- Y no es necesario que espere -dijo Bennett buscando en los bolsillos del pantalón-. Ya averiguaremos los detalles más tarde, le daré una ru...



13 kismet: sino, destino.

(7) La vieja señora del capítulo anterior.

- Espere usted un poco. Tal vez le tenga cariño al muchacho -dijo el padre Víctor, deteniendo el ademán del otro clérigo. El lama sacó el rosario y se cubrió los ojos con el ala de su enorme gorro.

- ¿Qué es lo que dice ahora?

- Dice... -explicó Kim alzando una mano- dice que se ca­llen, que quiere hablarme. Ustedes no comprenden ni una pa­labra de lo que dice, y si lo interrumpen, tal vez les empiece a soltar terribles maldiciones. Cuando coge las cuentas del ro­sario de ese modo, comprende usted, necesita que le dejen tranquilo.

Los dos ingleses se sentaron un poco confundidos, pero en la mirada de Bennett se adivinaban amenazas para Kim en cuanto fuera encomendado al brazo religioso.

- Sahib e hijo de un sahib... -la voz del lama estaba preñada de aflicción-. Pero ningún blanco conoce la tierra y las costum­bres de esta tierra como tú. ¿Cómo puede ser eso verdad?

- ¿Qué importa, santo mío? Recuerda que nuestra separa­ción sólo durará una o dos noches. Recuerda que yo puedo transformarme rápidamente. Todo será de nuevo como cuando te hablé por primera vez bajo Zam-Zammah, el gran cañón...

- Como un niño vestido a usanza de los blancos..., cuando entré en la Casa Maravillosa. La segunda vez eras un hindú. ¿Cuál será la tercera encarnación? -dijo sonriendo triste mente-. ¡Ah, chela, qué daño has causado a este viejo, porque mi corazón se ha inclinado hacia ti!

- Y el mío hacia ti. Pero, ¿cómo iba yo a adivinar que el Toro Rojo me trajese estas consecuencias?

El lama se cubrió de nuevo la cara y agitó el rosario ner­viosamente. Kim permanecía a su lado y en cuclillas, agarrado a uno de los pliegues de su vestidura.

- ¿De modo que resueltamente el muchacho es un sahib -continuó el viejo quedamente-, un sahib como el que tenía a su cargo las imágenes de la Casa Maravillosa? -La experiencia que tenía el lama de los hombres blancos era muy limitada. Daba la impresión de estar recitando una lección-. Entonces, es natural que haga lo mismo que hacen los demás sahibs. Debe volver con su propia gente.

- Durante un día, una noche y un día -suplicó Kim.

- ¡No, marcharte, no! -dijo el padre Víctor que, viendo a Kim dirigirse hacia la puerta, colocó ante él su fuerte pierna.

- Yo no entiendo las costumbres de los blancos, pero el sacerdote de las imágenes de la Casa Maravillosa de la ciudad de Lahore era más cortés que este hombre delgado. El muchacho será separado de mí. ¿Transformarán a mi discípulo en un sahib? ¡Ay de mí! ¿Cómo encontraré ahora mi Río? ¿Es que ellos no tienen discípulos? Pregúntaselo.

- Dice que está muy triste porque ya no podrá encontrar su Río. Dice que por qué no tienen ustedes discípulos y por qué no nos dejan tranquilos. Necesita ser lavado de todos sus pe­cados.

Ni Bennett ni el padre Víctor supieron qué contestar.

Kim continuó en inglés, acongojado por el sufrimiento del lama:

- Si ustedes nos dejan marchar ahora, nos iremos tranqui­lamente y no robaremos nada. Seguiremos buscando ese río, como hacíamos antes de que me cogieran. ¡Ojalá que no hubiera encontrado nunca al Toro Rojo! ¡Ojalá!

- Ésta es la mejor jornada que has hecho en pro de ti mismo, joven -dijo Bennett.

- ¡Dios mío! No sé cómo consolarlo -exclamó el padre Víc­tor, contemplando al lama con interés-. No puede llevarse al muchacho consigo, y sin embargo, es un buen hombre..., estoy seguro de que es un buen hombre. ¡Bennett, si usted le da esa rupia, le echará las peores maldiciones!

Y todos permanecieron silenciosos durante tres..., cuatro..., cinco minutos, sin escuchar más que el rumor de las respira­ciones. Al fin el lama alzó la cabeza y miró vagamente a través del espacio.

- ¿Y yo me precio de seguir la Senda? -dijo amargamen­te-. El pecado es mío y el castigo es para mí. Yo creí -porque ahora veo que fue sólo una ilusión- que tú habías sido enviado para ayudarme en la Búsqueda. Así mi corazón se entregó a ti libremente, por tu caridad y tu cortesía y la sabiduría de tus pocos años. Pero aquellos que siguen la Senda no deben per­mitir que el fuego de ningún deseo ni afecto penetre en su alma, porque todo es Ilusión. Como dice... -y citó la frase de un texto chino viejísimo, la apoyó con otra, y reforzó éstas con una ter­cera-. Yo me he desviado de mi Senda, chela mío. No fue culpa tuya. Yo me deleitaba ante el espectáculo de la vida, de la gente nueva en las carreteras y de tu alegría al ver esas cosas. Yo estaba satisfecho de ti porque te ocupabas de mi Búsqueda y sólo de mi Búsqueda. Y ahora estoy afligido porque te separan de mí y porque el Río está lejos. ¡Es que he infringido la Ley! (8)

1   ...   4   5   6   7   8   9   10   11   ...   30


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal