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- ¡Por todos los diablos! -dijo el padre Víctor, que, ducho en las artes del confesionario, sentía el dolor de cada una de aquellas frases.

- Ahora veo que el signo del Toro Rojo era un signo para ti lo mismo que para mí. Todo Deseo es rojo... y pernicioso. Haré penitencia y encontraré, solo, a mi Río.

- Pero al menos vuelve a buscar a la mujer de Kulú -dijo Kim-; de lo contrario te perderás por los caminos. Ella te ali­mentará hasta que yo vuelva a reunirme contigo.

El lama hizo un ademán para indicar que tenía resuelto lo que debía hacer.

- Ahora -y su tono se alteró al dirigirse a Kim- ¿qué harán contigo? Al menos yo, adquiriendo mérito, puedo borrar mis pecados anteriores.

- Ellos piensan hacer de mí un sahib. Pero pasado mañana volveré a estar contigo. No te aflijas.

- ¿Qué clase de sahib? ¿Como ése o como aquél? -y señaló al padre Víctor-. ¿Como uno de aquellos que vi esta tarde..., hombres que llevaban espadas y pisaban fuerte?

- Tal vez.

- Eso no me gusta. Esos hombres siguen el impulso del deseo y no alcanzan más que el vacío. Tú no debes ser de esa clase.

- El sacerdote de Ambala dijo que mi Estrella era la guerra -añadió Kim-. Yo se lo preguntaría a estos imbéciles..., pero no hay necesidad. Me escaparé esta noche, pues ya he logrado lo que quería, que no era más que ver cosas nuevas.

Kim hizo dos o tres preguntas en inglés al padre Víctor, traduciendo las contestaciones al lama. Al fin dijo:

- Quiere que les haga a ustedes esta pregunta: «¿De modo que lo separan de mí y no pueden decirme lo que van a hacer de él? Díganmelo antes de que me vaya, porque no es cosa sencilla educar a un muchacho.»

(8) Retoma el monje la seguridad en sí mismo y en sus creencias. La figura del lama se acrecienta con sus «debilidades» -como el afecto y preocupación por su chela- que le apartan del camino de la liberación. No está exento de tentaciones, sometido por su ingenuidad e inexperiencia al desvalimiento «en un mundo grande y terrible». La ayuda de Kim le es imprescindible, o eso parece hasta ahora, pues es su complemento: un niño nada ingenuo y con una experiencia de la vida infrecuente para su edad.

- Te enviaremos a la escuela. Más adelante, ya veremos. ¿Te gustaría ser soldado, Kimball?

- Gorah-log (hombres blancos). ¡Ah, no! ¡Ah, no! -Kim sa­cudió la cabeza con violencia. Su carácter no se acomodaba ni poco ni mucho a la disciplina y la rutina del cuartel-. No quiero ser soldado.

- Tú serás lo que te manden -dijo Bennett-. Y debes estar agradecido de que te socorramos.

Kim sonrió compasivamente. Si aquella gente se forjaba la ilusión de que él era capaz de hacer lo que no le acomodase, tanto mejor.

Surgió otra larga pausa. Bennett se agitaba con impaciencia y apuntó la idea de llamar a un centinela para despachar al faquir.

- ¿Los sahibs ofrecen la enseñanza gratuita, o la venden? Pregúntaselo -dijo el lama; y Kim lo tradujo.

- Dicen que se paga dinero al maestro, pero que el regi­miento lo pagará... Mas ¿para qué te ocupas en eso? Si sólo es por una noche.

- Y... ¿esta enseñanza es mejor si se paga más dinero? -El lama no hacía caso de los planes de Kim referentes a una huida inmediata-. No es malo pagar por la enseñanza; contribuir a que aprenda el ignorante es siempre un mérito. -El rosario se movía furiosamente como un ábaco l4. En seguida se dirigió a sus opresores.

- Pregúntales cuánto dinero hay que pagar para conseguir enseñanza buena y apropiada y en qué ciudad se imparte.

- Bien -dijo en inglés el padre Víctor cuando Kim le hubo hecho la traducción-. Eso depende. El regimiento pagaría por ti todo el tiempo que estuvieses en el Colegio de Huérfanos; también podrían alistarte en la Orfanato Masónico del Panjab (ni él ni tú podéis comprender lo que esto significa); pero el mejor colegio adonde puede ir un niño en la India es el de San Javier in Partibus (9), que está en Lucknow. -Se tardó algún tiempo en traducir esto, porque Bennett deseaba cortar el diálogo.



14 ábaco: cuadro con diez alambres, en cada uno de los cuales hay diez bolas movibles, usado en las escuelas para enseñar a contar.

(9) El colegio de jesuitas lleva el nombre del misionero navarro San Francisco Javier, que llegó a la India en 1542. Murió en 1562 en Japón. «In partibus», abreviación de «in partibus infidelium», en tierra de infieles, se dice de un territorio de misiones. En realidad, el colegio de Lucknow descrito es La Mar­tiniére College, un edificio construido por un francés.

- Quiere saber cuánto cuesta -dijo Kim plácidamente.

- Doscientas o trescientas rupias anuales. -El padre Víctor hacía un rato que ya no se asombraba de nada. Bennett, im­paciente, no comprendía una palabra.

- Él dice que escriban el nombre y la cantidad en un papel y que se lo den, y dice que ponga usted su nombre debajo, porque dentro de algunos días le escribirá una carta. También dice que usted es un buen hombre. Y que ese otro es un ma­jadero. Y que se va a marchar.

El lama se levantó de repente y salió de la tienda excla­mando:

- ¡Y ahora, otra vez a mi Búsqueda!

- ¡Que va a caer en manos de los centinelas! -gritó el padre Víctor, dando un salto para detener al lama-; pero no puedo dejar al muchacho. -Kim hizo un rápido movimiento para seguir al anciano, pero se contuvo. No se oyó dar el alto afuera. El lama había desaparecido.

Kim se sentó tranquilamente en el catre del capellán. Por lo menos, el lama le había prometido permanecer con la mujer rajputina de Kulú, y lo demás carecía de importancia. Al mismo tiempo, le gustaba que por su causa estuviesen tan interesados los dos padres. Hablaban mucho y en voz baja; el padre Víctor parecía intentar convencer de algún plan al señor Bennett, que se mostraba incrédulo. Todo esto era muy nuevo y fascinante, pero Kim tenía mucho sueño. Fueron acudiendo a la tienda otras personas; una de ellas era, sin duda alguna, el coronel como había profetizado su padre, y le hicieron infinidad de preguntas, principalmente acerca de la mujer que lo cuidaba, a todo lo cual respondió Kim la verdad. No parecían creer que aquella mujer fuese una buena tutora.

Después de todo, no se trataba más que de la última de sus experiencias. Más pronto o más tarde (cuando quisiese), se es­caparía, perdiéndose en la inmensa e informe masa gris de la India, fuera del alcance de padres y coroneles. Mientras tanto, si los sahibs estaban dispuestos a dejarse impresionar, él haría lo posible por darles gusto. También él era un hombre blanco.

Después de una larga discusión, de la que no comprendió ni una sola palabra, lo pusieron en manos de un sargento, que recibió instrucciones de no dejarlo escapar. El regimiento iba con dirección a Ambala, y Kim sería enviado, en parte a ex­pensas de la Logia y en parte por suscripción, a un lugar llamado Sanawar.

- Mi coronel, éste es un milagro que sobrepasa todo lo que se puede imaginar -dijo el padre Víctor, después de haber ha­blado durante diez minutos seguidos sin respirar-. Su amigo el budista ha escurrido el bulto, luego de tomar nota de mi nombre y dirección. Yo no puedo asegurar si pagará por la educación del muchacho o si estará preparando alguna brujería por su propia cuenta. -Y añadió, dirigiéndose a Kim:

- De todos modos, debes estar agradecido a tu amigo el Toro Rojo. Nosotros haremos de ti un hombre en Sanawar..., aunque sea al precio de convertirte en protestante.

- Ciertamente..., ciertamente -dijo Bennett.

- Pero ustedes no van a Sanawar -observó Kim.

- Claro que vamos, pequeño. Es la orden del comandante en jefe, que es algo más importante que el hijo de O’Hara.

- Ustedes no van a Sanawar. Ustedes van a la guerra. Hubo un estallido de risa en la abarrotada tienda.

- Cuando conozcas a tu regimiento un poco mejor apren­derás a distinguir una marcha de maniobras de un orden de batalla, Kim. Nosotros esperamos ir a la guerra alguna vez, pero no ahora.

- Bueno, eso ya lo sé. -Kim lanzó su flecha otra vez a la ventura. Si no iban a la guerra, al menos no sabían nada de la conversación que él había oído en el porche en Ambala.

- Ya sé que ustedes no van ahora a la guerra; pero yo les digo que tan pronto como lleguen a Ambala los enviarán a la guerra..., la nueva guerra. Una guerra de ocho mil hombres, además de los cañones.

- Pues sí que conoces detalles. ¿Es que también te dedicas a hacer profecías? Lléveselo usted, sargento. Déle el uniforme de un tambor, y tenga cuidado de que no se le escape de entre las manos. ¿Quién dice que ha pasado la edad de los milagros? Lo mejor que puedo hacer es meterme en la cama. Me da vueltas la cabeza.

Una hora después, en el otro extremo del campamento, si­lencioso como un animal salvaje, se hallaba sentado Kim, des­pués de haber sido bañado y vestido con un traje horrible, cuya tela le raspaba los brazos y piernas.

- Es un pajarillo muy divertido -decía el sargento-. Vino acompañado de un brahmán de semblante amarillo; llevaba los certificados de la Logia de su padre colgando del cuello, y decía sabe Dios qué cosas de un Toro Rojo. El brahmán se evaporó sin más explicaciones, y el muchacho, sentado con las piernas cruzadas en el catre del capellán, empezó a profetizar que es­tallaría una guerra sangrienta. La India es una tierra salvaje para un hombre criado en el temor de Dios. Yo le he amarrado la pierna al palo de la tienda, por si acaso pensaba desaparecer por el techo. ¿Qué es lo que decías sobre la guerra?

- Ocho mil hombres, además de los cañones -dijo Kim-. Muy pronto lo veréis.

- ¡Pues sí que es un consuelo, diablillo! Acuéstate entre los tambores 15, y a dormir. Esos dos muchachos que tienes al lado velarán tu sueño.

15 tambores: los muchachos encargados de tocarlos.

Capítulo VI

Ahora recuerdo camaradas ...

antiguos compañeros en mares recientes ...

cuando comerciábamos con oropimente 1

entre los salvajes.

Esto era hace treinta años,

y, diez mil leguas hacia el sur,

no conocían al noble Valdés,

pero a mí sí que me conocían y querían.


Canción de Diego Valdés
Por la mañana, muy temprano, fueron recogidas las blan­cas tiendas, que desaparecieron rápidamente en los fur­gones, y los Mavericks tomaron una carretera secun­daria que conducía a Ambala, pero que pasaba lejos del parao. Kim, caminando penosamente al lado de un carro de bagajes y bajo el fuego de los comentarios de las mujeres de los sol­dados, no se hallaba tan confiado como la noche anterior. Ade­más, pronto notó que era objeto de una estrecha vigilancia... El padre Víctor por un lado y el señor Bennett por el otro.

Hacia el mediodía la columna se paró de repente. Un or­denanza montado sobre un camello, traía una carta para el coronel. Éste la leyó y habló con un comandante. A una media milla por detrás, Kim oyó un ronco y alegre clamor que se propagó hasta él a través de la espesa polvareda. Éste notó que alguien le tocaba en la espalda, gritando:

- ¡Dinos cómo lo supiste, diablillo del infierno! Padre, pruebe usted a ver si lo hace hablar.

Un poni se colocó a su lado y Kim sintió que lo alzaban hasta la perilla de la montura del cura.

- Ahora vemos, hijo mío, que tu profecía de anoche ha re­sultado verdad. Tenemos orden de embarco mañana en Ambala en el tren con destino al frente.

- ¿Qué es eso? -preguntó Kim, porque embarco y frente eran palabras desconocidas para él.

- Que vamos a la guerra, como tú la llamas.

1 oropimente: mineral de color limón que se emplea en tintorería.

- Claro que van ustedes a la guerra. Ya lo dije anoche.

- Lo dijiste, pero, por todos los diablos, ¿cómo lo sabías? Los ojos de Kim resplandecieron, mientras que con los la­bios apretados y la cabeza baja pensaba en cosas imposibles de expresar. El capellán avanzó a través del polvo, y tanto los soldados como los sargentos y los subalternos se llamaban mu­tuamente la atención sobre el muchacho. El coronel, que estaba a la cabeza de la columna, lo miró con curiosidad.

- Probablemente -dijo- sería algún rumor del bazar. Pero aun así... -añadió refiriéndose al papel que tenía en la mano- ­¡que me ahorquen si lo entiendo! ¡Esto no se ha decidido hasta hace unas cuarenta y ocho horas!

- ¿Hay mucha gente como tú en la India? -preguntó el pa­dre Víctor-. ¿O es que eres un lusus naturae 2?

- Ahora que ha resultado verdad lo que dije -interrumpió el muchacho-, ¿me dejarán ustedes volver para buscar a mi viejo? Como no se haya quedado con la mujer de Kulú, temo que se muera.

- Por lo que he podido apreciar al verlo, creo que es tan capaz de cuidar de sí mismo como tú. No. Nos has traído suerte y vamos a hacer de ti un hombre. Te llevaré al carro de bagajes y volveré a verte esta tarde.



2 lusus naturae: capricho de la naturaleza, prodigio (del latín).

Durante el resto del día Kim fue objeto de distinguida con­sideración por parte de algunos centenares de hombres blancos. La historia de su aparición en el campamento, el descubri­miento de su parentesco y su profecía no perdieron interés al ser repetidos de boca en boca. Una mujer blanca y gorda hasta la deformidad que estaba sentada sobre un montón de ropa de cama, le preguntó misteriosamente si creía que su marido re­gresaría de la guerra. Kim reflexionó gravemente y contestó que sí, y la mujer le dio de comer. Esa alegre comitiva, en la que de vez en cuando sonaba la música, esa multitud que ha­blaba y reía con tanta facilidad, le recordaba en muchos as­pectos las fiestas de la ciudad de Lahore (1). Además, como hasta entonces no se notaban indicios de tener que efectuar trabajos duros, decidió conceder al espectáculo toda su atención. Por la noche salieron a buscarlos otras bandas de música, que acom­pañaron a los Mavericks hasta su campamento, situado cerca de la estación de ferrocarril de Ambala. Aquella noche fue interesantísima. Los soldados de los demás regimientos acudían a visitar a los Mavericks. Los Mavericks, por su parte, salían también a hacer visitas. Las patrullas destacadas para hacerlos regresar se encontraron con las de otros regimientos, encar­gados del mismo cometido; al final, las trompetas tocaron lla­mada furiosamente, convocando a más patrullas con sus oficia­les para dominar el tumulto. Los Mavericks tenían que man­tener la reputación de juerguistas, pero a la mañana siguiente se presentaron correctamente formados en los andenes de la estación, y Kim, que se quedaba con las mujeres, los enfermos y los niños, se sorprendió a sí mismo despidiéndolos con gritos de entusiasmo, mientras el tren se alejaba. La vida de sahib no carecía de encantos hasta el momento, pero los saboreaba con gran precaución. Después de la despedida lo obligaron a ir bajo la custodia de un tamborcillo a unos acuartelamientos vacíos de paredes encaladas, los suelos cubiertos de broza 3, braman­tes 4 y papeles; los techos de las salas desiertas devolvían so­noramente el eco de sus pasos solitarios. Siguiendo la costum­bre de los indígenas, se envolvió en un coy 5 a rayas y se echó a dormir. Un hombre encolerizado penetró pisando fuerte por el porche, despertándolo y diciéndole que era el maestro de escuela. Fue lo suficiente para que Kim se encerrase en su concha. Con muchos esfuerzos había podido llegar a descifrar las diversas órdenes escritas en inglés de la policía de la ciudad de Lahore, y eso porque afectaba a sus necesidades. Además, entre los diversos huéspedes de la mujer que lo cuidaba hubo una vez un alemán muy raro que pintaba decorados para el teatro ambulante parsi (2); ese alemán le contaba a Kim que había peleado en las barricadas del «cuarenta y ocho» (3), y que por lo tanto -al menos tales fueron las razones que entendió el mu­chacho- le enseñaría a escribir a cambio de la comida. A fuerza de golpes Kim llegó a escribir las letras, pero no conservaba de ellas buen recuerdo.

3 broza: desperdicio.

4 bramante: cordel fino de cáñamo.

5 coy: tejido de lona que, colgado de los extremos, sirve para dormir en los barcos. Estas lonas estaban en el campamento y Kim se aprovecha para envolverse en ella y dormir en el suelo como los indios.

(1) Kipling registró los mejores materiales del mundo angloindio del XIX. Se le reprocha, no obstante, la falta de veracidad en la descripción de la vida militar, por falta de sensibilidad para establecer los contactos adecuados. G. Orwell no encuentra en las obras de Kipling los «sofocantes cuarteles de Lucknow, cerveza, combates, ahorcamientos y crucifixiones, olor a orines de caballo, campamentos arrasados por el cólera, concubinas indígenas, la última muerte en los cuarteles...», aspectos todos ellos que él experimentó cuando fue oficial de policía en Birmania.

(2) Los parsis eran originarios de Persia, huidos de los musulmanes debido a la persecución religiosa a que se les sometió. Se asentaron en Bombay.

(3) Se refiere a las oleadas revolucionarias de 1848 en Francia.

- Yo no sé nada. ¡Márchese! -dijo, presintiendo algo de­sagradable. A esto respondió el hombre cogiéndolo por una oreja y arrastrándolo hasta una sala situada en una nave ale­jada, donde se hallaban sentados en bancos una docena de educandos de tambor, y le dijo que se estuviese quieto, ya que no sabía hacer otra cosa. Kim obedeció esta orden puntual­mente. El hombre explicó cosas y más cosas durante media hora, haciendo líneas blancas sobre un negro encerado, y Kim con­tinuó su siesta interrumpida. El cariz que iban tomando las cosas le disgustaba sobremanera, porque aquello era la escuela y la disciplina que se había pasado evitando las dos terceras partes de su corta vida. De repente se le ocurrió una idea mag­nífica, y se quedó muy sorprendido de no haber pensado antes en ello.

Al fin el maestro los despidió, y Kim fue el primero que salió corriendo a través del porche, hacia el aire libre y soleado.

- ¡Eh, tú! ¡Alto! ¡Detente! -gritó a su espalda una voz aguda-. Estoy encargado de tu custodia y tengo órdenes de no perderte de vista. ¿Adónde vas?

Era el joven tamborcillo que había estado pegado a sus talones toda la tarde, un muchacho gordo y pecoso de unos catorce años y a quien Kim aborrecía desde las suelas de las botas hasta las cintas del gorro.

- Al bazar..., a comprar dulces... para ti -dijo Kim después de pensarlo.

- Bien, pero el bazar está fuera de los límites. Si vas allí, nos castigarán. Vuélvete.

- ¿Cuánto es lo más cerca que podemos ir? -Kim no sabía lo que quería decir límites, pero quería ser cortés..., por el momento.

- ¿Cómo cerca? Querrás decir lo más lejos adonde podemos ir. Podemos ir hasta aquel árbol que hay al lado del camino.

- Entonces me voy allí.

- Bueno. Yo no voy; hace demasiado calor. Desde aquí puedo vigilarte. No sacarás nada en limpio con escaparte. Si lo hicieras te pescarían en seguida por el traje. Llevas el uniforme del regimiento. No habría ni una sola patrulla en Ambala que no te trajese de vuelta en menos tiempo del que emplearas en huir.

Esto no le impresionó a Kim tanto como el convencimiento de que su pesada vestimenta lo haría reventar de cansancio en cuanto intentara correr. Se dirigió con desgana hacia el árbol situado en la curva del camino que conduce al bazar, y se puso a contemplar a los indígenas que pasaban. La mayor parte de ellos eran criados del cuartel, pertenecientes a la casta más baja. Kim llamó a voces a un barrendero, que le contestó rá­pidamente con una frase de innecesaria insolencia, convencido de que el muchacho europeo no lo entendería. La réplica veloz y grosera lo desengañó. Kim puso en ella toda su alma aprisio­nada, aprovechando aquella última ocasión que se le presen­taba de insultar a alguien en el idioma que mejor conocía. (4)

- Y ahora vete al bazar y, al primer escribiente que en­cuentres, le dices que venga. Quiero escribir una carta.

(4) Kim pierde su libertad. Un momento decisivo. Como se dice luego, no es sólo la disciplina, la vigilancia y los golpes lo desfavorable, sino el «alma aprisio­nada», el sentimiento de soledad.

- Pero..., pero ¿qué clase de hijo de blanco eres tú, que necesitas un escribiente del bazar? ¿Es que no tenéis maestro en el cuartel?

- Sí; y el infierno está plagado de ellos. ¡Haz lo que te he dicho, od (5)! ¡Tu madre se casó bajo una cesta! ¡Criado de Lal Beg -Kim conocía al dios de los barrenderos-, corre a hacer lo que te digo, o si no empezaremos otra vez la conversación! 6

El barrendero echó a correr a toda prisa para zafarse de él. - Hay un chiquillo blanco junto al cuartel, esperando bajo un árbol, que no es un chiquillo blanco -balbució dirigiéndose al primer escribiente con quien se tropezó-. Te necesita ur­gentemente.

- ¿Pagará? -dijo el aseado escribiente recogiendo con par­simonia el pupitre, la plumas y el lacre.

- No lo sé. No es como los demás muchachos. Puedes ir a verlo. Merece la pena.

Kim bailaba ya de impaciencia cuando el delgado y joven kayeth 6 surgió a la vista. En cuanto lo tuvo al alcance de su voz empezó a maldecirlo.

- Lo primero que tienes que hacer es pagarme -dijo el escribiente-. Las malas palabras han hecho subir el precio. Pero, ¿quién eres tú que estás vestido de esa manera y hablando de ese modo?

- ¡Ah! Eso lo verás en la carta que vas a escribirme. Nunca en tu vida has oído una historia semejante. Pero no tengo prisa. Otro escribiente me servirá. La ciudad de Ambala está tan llena de ellos como la de Lahore.

- Cuatro annas -dijo el escribiente, sentándose y exten­diendo su tapete a la sombra de una de las naves abandonadas del cuartel.

Kim, instintivamente, se puso en cuclillas a su lado -como sólo saben hacerlo los indígenas- a pesar de los abominables pantalones, que se le pegaban a las piernas.

6 kayeth: de la casta de escribientes.

(5) Los od son una casta baja de barrenderos.

(6) Kim reacciona con violencia. La violencia engendra violencia, y hasta parece consustancial al ejercicio del poder, a la acción, a la vida de sahib. En el lado opuesto está el mensaje contemplativo y pacífico del lama. Kipling soslaya o sustrae el conflicto: la acción cambia la realidad (los británicos construyen carreteras, ferrocarriles, fábricas...), pero es dañina y muchas veces injusta. «Si no se matase de vez en cuando a los malos, este mundo no sería muy bueno para los soñadores», decía el viejo soldado en el capítulo III, en respuesta al lama.

El escribiente lo miraba de reojo.

- Ése es el precio que se les pide a los sahibs -dijo Kim-. Ahora dime el precio verdadero.

- Anna y media. ¿Y quién me asegura que una vez escrita la carta no echarás a correr?

- No puedo alejarme más allá de este árbol; además, hay que tener en cuenta el sello.

- Yo no cobro comisión sobre el precio del sello. Pero ¿qué clase de chiquillo blanco eres tú?

- Ya lo verás en la carta, que es para Mahbub Alí, el tra­tante de caballos del caravasar de Cachemira, en Lahore. Es amigo mío.

- ¡Qué cosa más rara! -murmuró el escribiente, mojando la pluma en el tintero-. ¿Hay que escribirla en hindi?

- Naturalmente. A Mahbub Alí. Vamos. ¡Empieza!: He lle­gado con el viejo hasta Ambala en el tren. En Ambala llevé a su destino las noticias del pedigrí de la yegua baya.

Después de lo que había visto en el jardín no se atrevía a escribir nada sobre sementales blancos.

- Espera un poco. ¿Qué tiene que ver una yegua baya...? ¿Ese Mahbub Alí es el gran tratante?

- ¿Qué otro va a ser? Yo he sido criado suyo. Vuelve a mojar la pluma. Sigue: Cumplí la orden al pie de la letra. Después fuimos a pie en dirección a Benarés, pero al tercer día tropezamos con un regimiento. ¿Has terminado?

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