Ligero de equipaje



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Carlos G. Vallés S.J
LIGERO DE EQUIPAJE

Tony de Mello, un profeta para nuestro tiempo

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CONTENIDO



LONAULA 3

BOMBAS 8


CAMBIAR O NO CAMBIAR 12

AMAR O NO AMAR 17

LA FLOR DE LOTO Y EL LAGO 23

EL CEREBRO PROGRAMADO 27

SUFRIR PARA DEJAR DE SUFRIR 33

INOCENTE E INTACHABLE 37

¿BUENA SUERTE? ¿MALA SUERTE? 41

EL DIOS DE LA NEGACIÓN 45

EL YO Y EL NO-YO 49

GARABATOS 57

EL ESPÍRITU DE "SADHANA" 65

EL TERAPEUTA 70

EL DIRECTOR ESPIRITUAL 78

EL ESCRITOR 84

La Semilla 85

El Terreno Rocoso 85

La Tierra Buena 87

La flor 88

El fruto 89

EL LECTOR 89

LA "PUESTA EN ESCENA" 93

LIGEROS DE EQUIPAJE 104


LONAULA


Desde España

No creo que Tony hubiera leído a Antonio Machado. Pero tas últimas palabras que nos dio en la despedida del cursillo del pasado abril, mes y medio antes de su muerte, reflejaron, en inglés, un verso universal de Machado y dieron súbitamente a este libro un sesgo castellano que sé que al propio Tony le habría gustado. El verso es:
"y cuando llegue el día del último viaje, y esté al partir la nave que nunca ha de tornar, me encontraréis a bordo, ligero de equipaje, casi desnudo como los hijos de la mar."
Cuando le pregunté a Tony qué planes tenía para este año, me dijo: "Tengo dos viajes a América, uno en junio y uno en noviembre; y a la vuelta del primero, en agosto, me pararé en España y daré un cursillo en Madrid. De América y otras partes me llaman cada vez más,- pero no dejaré de tener cada año al menos un curso en España. Lo paso muy bien en España y quiero mantener ese contacto".
Me consuela pensar que, de algún modo, este libro prolongará el contacto.
Carlos G. Vallés, S. J. Sto Xavier's College. Ahmedabad, 380 009. India
"Querido Carlos: He visto tu carta a mi secretaria, y la he sacado del montón para contestarte personalmente. Estoy ENCANTADO de que vengas a Lonaula para el cursillo de renovación de 'Sádhana' en abril. Mi plan es proponer y discutir con el grupo mis últimas ideas, y me alegra pensar que tú estarás allí. De tu promoción de 'Sádhana' van a venir Lila y Joe Pulí, y probablemente también Isabel Martín. Quizá conozcas también a algunos de los demás, y en todo caso tendréis todos el sello común de 'Sádhana', ya que todos habéis pasado por ahí. Por vez primera vais a tener habitaciones decentes y un edificio nuevo gracias a los trabajos de Mario. Ven dispuesto a pasarlo bien. Un abrazo, Tony."
La carta me emocionó. La tuve un rato en la mano con la mirada clavada en la palabra "ENCANTADO" en mayúsculas, con los caracteres familiares de su máquina de escribir portátil electrónica Canon. Yo iba a Lonaula por necesidad propia, y él me hacía sentirme a gusto aun antes de llegar allí, con ese don que tenía de hacer que cada persona a quien él conocía sintiese que era alguien especial en su presencia. Muchos hombres y mujeres habrá, por todos los continentes del mundo, íntimamente convencidos de que tenían una relación especial con Tony, y todos ellos tienen toda la razón. Su memoria exacta, su cálida espontaneidad y, sobre todo, su capacidad básica de vivir el presente como si nada hubiera existido antes ni hubiera de existir después, daban a sus contactos con cualquier persona una intimidad y un ardor que calaban a fondo y dejaban huella permanente en grata memoria.
Tony y yo nos encontramos en Vinayálaya (Bombay) cuando yo llegué a la India, y luego coincidimos en Poona durante nuestros estudios para el sacerdocio. Aquel contacto fue suficiente para que el nombre de Tony de Mello quedase asociado en mi mente con una alegría juvenil y un respeto cariñoso que me harían siempre buscar ocasiones de volver a encontrarnos. Así fue como, algunos años más tarde, siendo yo ya sacerdote y profesor en plena actividad en la ciudad de Ahmedabad, leí en las "Noticias de los jesuitas de Bombay" que el Padre Anthony de Mello se proponía dirigir unos "Ejercicios de mes cerrados" para cualquier clase de jesuitas, jóvenes o viejos, que quisieran apuntarse. Nada más leer aquello, supe dentro de mí bien claro que quería ir, y el mismo día le escribí pidiendo plaza. El me llamó por teléfono desde Bombay para decirme que me aceptaba de mil amores. De hecho, aquellos Ejercicios de mes iban a ser el comienzo de la carrera pública de Tony como director de almas, que es lo que, de una manera o de otra, con un título o con otro o con ninguno, había de ser ya toda la vida. El había aprendido en España el método y la fuerza original de los Ejercicios de san Ignacio bajo la dirección de aquel gran maestro de espiritualidad ignaciana que fue el Padre Calveras, y estaba ahora impaciente por comunicar a otros, con el celo y entusiasmo que caracterizaban todo lo que hacía, la alegría de su descubrimiento y la eficacia probada de ese medio excepcional de renovación del espíritu.
Para entonces ya tenía detractores. Yo me detuve un día en Bombay (de paso para Khandala, donde los Ejercicios iban a tener lugar) y un jesuita ya maduro, Rector de una de nuestras casas de allí, cuando se enteró de adónde iba yo y a qué, tuvo el mal gusto de decirme con amarga ironía: "Sí, sí, desde luego, eso es lo único que hará Tony toda su vida: hablar y hablar y hablar. Con tal de tener delante un auditorio que lo escuche, es hombre feliz; y como aquí no consigue que nadie le escuche, se ha organizado ahora esos Ejercicios. ¡Imagínese! Veinte jesuitas que le van a estar escuchando absortos un mes entero... ¿no es eso el paraíso para él? Vaya usted, vaya si quiere ir, pero va usted a perder el tiempo". Yo sentí tristeza y enfado ante aquel viejo cascarrabias que no podía soportar los éxitos iniciales de su hermano menor. La envidia alcanza niveles altos entre jesuitas, y Tony estuvo expuesto a ella toda su vida. Entre nosotros, los éxitos se pagan caros.
Un resultado de la experiencia de Khandala fue que yo me encontré metido de lleno en la campaña de Ejercicios de mes que lanzó Tony, y eso me acercó a él. El me pasaba a mí las tandas a las que él no podía llegar, y luego me convencía a mí de que aceptase, y así me pasé yo varios años aprovechando las vacaciones universitarias de mayo y las del Año Nuevo indio, en octubre, para dirigir Ejercicios de mes por toda la geografía de la India. Trabajo de mucho fruto para mí, y me permito confiar que también para otros. Un día, años más tarde, durante una Eucaristía concelebrada en el cumpleaños de Tony en la que yo tomé parte, Tony me miró y dijo: "Una de las cosas que me alegra es haber metido a Carlos en el movimiento de Ejercicios de mes". Ese compromiso me llevó, también de la mano de Tony, a la intensa y vivificante experiencia del Movimiento Carismático, donde pasamos juntos verdaderas aventuras espirituales. Poco a poco, la intensidad de esos dos magníficos pero también, por necesidad; transitorios movimientos, se fue rebajando, y yo me encontré una vez más en busca de nuevos derroteros para el espíritu. Para entonces, Tony, siempre alerta y siempre dispuesto a ensayar nuevos programas (gustaba de llamarse a sí mismo "rolling stone": "canto rodado") había lanzado los cursos de "Sádhana" en De Nobili College, Poona. "Sádhana" es palabra sánscrita que puede traducirse libremente por "espiritualidad". Esa fue la palabra que quedó ya identificada con Tony para toda su vida. Cuando un curioso que había oído hablar sobre esos cursos le preguntó a un amigo mío: "¿Puedes decirme de una vez, qué es eso de Sádhana?", mi amigo le contestó: "Sádhana es Tony, y Tony es Sádhana".
Fue por entonces cuando mi Provincial (que no era otro que el Padre José Javier Aizpún, que más adelante se uniría a Tony en el Instituto de Sádhana en Lonaula y fue nombrado su Superior religioso} me dijo: "Ya sabes que Tony ha organizado ahora estos cursos de Sádhana en Poona, que son muy útiles para ayudarse uno a uno mismo y aprender a ayudar a los demás. Tú tienes mucho contacto con jesuitas jóvenes, y estoy interesado en que tengan personas que los dirijan y les aconsejen. Tú podrías ayudar en esa tarea, y para prepararte mejor he pensado en enviarte a esos cursos. Le he hablado a Tony sobre eso, y me ha dicho que te reservará puesto en cualquier curso que te interese. Tienes donde escoger. Ahora tienen el curso de "mini Sádhana", que dura un mes, y el de "maxi-Sádhana", que dura nueve meses enteros. Sé muy bien que la cátedra en la universidad te lleva mucho tiempo, y por eso te dejo a ti que decidas incluso si quieres asistir o no. Pero me gustaría que asistieras al menos al curso de un mes".
Aizpún y yo nos conocíamos desde España, y me permití contestarle con una cita del Evangelio: "José Javier, ¿llevamos tantos años juntos, y aún no me conoces? Para mí no hay 'minis'. No me gusta hacer las cosas a medias. O lo hago hasta el fondo o lo dejo del todo. Nada de 'mini-Sádhana'. Inscríbeme en la 'maxi', y este mismo curso." Me tomé un año sabático en la universidad y me fui a Poona con una enorme avidez de espíritu.
Tony notó mi avidez y se dispuso a calmarla desde el principio. En la primera reunión con el grupo anunció que las sesiones comenzarían a las diez, "Bueno, digamos a las diez-y-lo-que-sea, para que quede holgado"; no iba a haber programa fijo, y tiraríamos por donde saliera la cosa. Yo protesté, con todo el peso que me daba el ser el de más edad de todo el grupo: "Tony, para mí el tiempo tiene mucho valor, he hecho un gran sacrificio para venir aquí (¿?) Y quiero saber qué es lo que voy a hacer estos nueve meses. Quiero un programa claro y un horario fijo para poder ponerme a trabajar con toda el alma desde el principio". Tony me escuchó con benevolencia y eliminó mi queja con un gesto deliberadamente paternalista: "¡Oh, Carlos! no te preocupes: ya cambiarás". Todo el grupo se rió, y yo quedé hecho una furia. La terapia había comenzado. Desde luego que cambié, y llegué a considerar aquel año, al igual que muchos que han pasado por él, como el más importante de mi vida.
Un año, por intenso que sea, no basta, y Tony comenzó enseguida a organizar los cursillos de renovación. Quince días en abril y en octubre, en los que cualquier ex alumno de Sádhana (en grupos de unos veinticinco) podían volver a vivir la atmósfera que había provocado su primer cambio y explorar nuevos derroteros para su alma. Para entonces el Instituto se había trasladado a Lonaula, entre la austeridad en ruinas de una antigua villa veraniega y las temibles picaduras de los mosquitos gigantes que pueblan la región. Dice mucho a favor de Tony y sus compañeros que sufrieran alegres, año tras año, las incomodidades constantes de aquel alojamiento temporal; y, de hecho, esta circunstancia fue mencionada, con la debida alabanza, en el informe oficial hecho a ruegos de las autoridades para deliberar sobre un nuevo edificio. Yo asistí a dos de esos cursillos en Lonaula y, al despedirme de Tony después del segundo, le dije, medio en broma, que no volvería a ir hasta que estuviera construido el nuevo edificio.
Eso ocurrió en 1987. El cursillo de renovación se anunció para la quincena del 30 de marzo al 14 de abril. Las oficinas, habitaciones para el profesorado, cuartos de huéspedes, comedor, cocina y sala de reuniones estaban ya listos. La verdad era que yo había decidido ir de todos modos, pues había pasado por tiempos difíciles y sentía la necesidad de recobrar la paz y el equilibrio que ya, en mi experiencia, asociaba yo siempre con Sádhana. Escribí enseguida, y la respuesta fue la carta que acabo de citar. El día 30 de marzo la furgoneta de Sádhana, un elemento más del progreso material del Instituto, vino a recogerme a la estación de Lonaula y me llevó a los nuevos terrenos. Nos saludamos efusivamente. Veinticinco hombres y mujeres estábamos preparados para el curso intensivo.
Entonces sucedió algo extraño. Tan extraño y tan poco acorde con mi carácter que he dudado mucho antes de mencionarlo aquí. Habrá lectores a quienes esto les caiga mal, y en el mejor de los casos no dejará de parecer una proyección a posteriori o profecía fácil después de los hechos. Sin embargo, aquella sensación fue en mí tan clara y tan fuerte, tan persistente durante todos aquellos días, y jugó luego un papel tan esencial en este libro que creo me debo a mí mismo y a mis lectores hacer mención de ella aquí. El hecho es que, a poco de llegar yo allí (no recuerdo el momento exacto, pero fue apenas llegar), se apoderó de mí un sentimiento extraño, un presentimiento ineludible de que Tony iba a morir después de aquel curso, y que ésas iban a ser sus últimas enseñanzas y su testamento espiritual. A mí mismo me pareció absurdo, y a nadie se lo dije, por miedo al ridículo, pero el presentimiento no me dejó, e incluso me llevó a hacer algo sin lo cual este libro no hubiera sido posible.
Yo no había pensado tomar notas en ese cursillo. Me conocía de sobra a Tony y a sus ideas, y había calculado, que sólo con escucharle, dejarme impactar, reaccionar allí mismo según se presentara la ocasión y respirar la atmósfera que sabía yo muy bien se creaba en esos cursos, me bastaría para tranquilizar y robustecer mi alma, que era lo que yo había ido a buscar a Lonaula. Pero cuando esta extraña convicción de que éste iba a ser el testamento de Tony se apoderó de mí, pedí prestado papel (cosa rara: yo, que nunca voy a ninguna parte sin llevar papel, no me había traído esta vez ni una cuartilla, pues no pensaba escribir nada) y comencé a tomar notas detalladas en todas las sesiones. Esas notas forman ahora la base de este libro.
Esas notas, claro está, están tomadas por mí, es decir, van filtradas a través de mi mente y están influidas por mi manera de entender a Tony. Tony solía decir que cuando daba una charla a cien personas, daba cien charlas distintas, ya que cada oyente interpretaba sus palabras según su modo preconcebido de pensar. El agua toma la forma de la vasija en que se derrama. Conozco perfectamente este efecto condicionador, y un día en Lonaula hice un pequeño experimento. Tony había estado hablando y dialogando con nosotros cosa de hora y media, cuando interrumpió la sesión para un descanso. A mi lado estaba sentada una Hermana que había estado tomando notas con tanta entrega como yo. Le pedí entonces, con esa confianza inmediata que Sádhana engendra en todos sus alumnos: "Hermana, ¿me dejas tus notas y te dejo yo las mías? Tengo curiosidad por ver cómo has resumido tú la charla de Tony, como también por ver qué es lo que tú piensas de cómo la he resumido yo. ¿Te parece?". Ella sonrió y me pasó su cuaderno sin decir palabra. Por suerte para mí, su letra era la caligrafía clara y elegante de una mujer, y pude leer sus páginas a toda prisa. Ella no tuvo tanta suerte con mi letra, pues yo había sacrificado la claridad a la velocidad (en eso sigo la opinión de Beethoven, que decía que "la vida es demasiado breve para gastarla en sacar buena letra"). La observé con expectante sonrisa hasta que ella acabó con mis páginas. Nos miramos entonces, y los dos soltamos la carcajada al mismo tiempo, y sabíamos muy bien por qué nos reíamos.
Nuestros apuntes eran tan distintos que si una tercera persona los hubiera leído, sin saber que estaban tomados de la misma charla, hubiera pensado que se trataba de dos charlas enteramente distintas. Ella había anotado a su manera lo que a ella le había llamado la atención, y yo había anotado a mi manera lo que a mí me había llamado la atención; y como los dos éramos personas muy distintas, nuestros apuntes también eran completamente distintos, aunque los dos habíamos estado escuchando la misma charla.
Yo soy el primero en reconocer esa limitación, y la hago constar aquí claramente desde el principio. Pero también, con la misma sinceridad y libertad, quiero hacer valer claramente mi derecho a pensar que mi interpretación de Tony es una aproximación razonable a su pensamiento. Lo haré citando unas palabras que él me dijo personalmente y cuya trascendencia para mí no las ha permitido borrarse de mi memoria. En uno de los cursillos de renovación que hice con él, después de una larga charla personal entre los dos, en la que yo repasé todo mi itinerario espiritual desde mi primer curso de Sádhana para que él luego me lo comentase a su manera, me dijo exactamente estas palabras: "Mucha gente ha pasado por mis manos, Carlos, pero tú eres la única persona de todas ellas que me ha entendido plenamente a mí y mis principios hasta sus últimas consecuencias". Yo sabía lo que quería decir, y recogí el cumplido en agradecida memoria. Eso no quiere decir en manera alguna que yo sea un perfecto alumno de Sádhana o que tenga. preferencia de ninguna clase sobre nadie. Sería ingenuo y estúpido que yo pensara así. También le he oído a Tony alabar en público, con nombres concretos, a algunos hombres y mujeres que se habían destacado en Sádhana, sin mencionar mi nombre entre ellos.
Que quede todo claro. Para mí, la conclusión de todo esto es que, sin rangos ni preferencias, y dentro de la limitación inherente al intento de querer un hombre reproducir el pensamiento de otro, me puedo permitir la esperanza de que mi interpretación de Tony no sea indigna de él.
El mismo me dijo en Lonaula un día en que yo le estaba animando a que escribiera de una vez sistemáticamente, en un libro serio y seguido, todo su pensamiento y su experiencia: "Yo no soy escritor. Yo soy un narrador de cuentos, y así es como me presentan a mí en América: el Padre Anthony de Mello, narrador de cuentos. Yo escribo cuentos y meditaciones, pero ni ensayos ni tratados. Mi escribir es de tipo abierto... y que el lector saque sus consecuencias". Incluso bromeó conmigo en español, que dominaba a la perfección, y me dijo que en España habría que presentarlo como "cuentista"... en todo el sentido de la palabra. Esto crea una dificultad más para mi empresa. Me dispongo a encuadrar en un cierto esquema sistemático el pensamiento de un hombre que rehusó hacer semejante cosa él mismo. Quienes lo conocieron podrán volver a traducir de la teoría al cuento y sacar sus conclusiones personales, como Tony hubiera deseado que hicieran.

Tony decía abiertamente que cada uno de sus cursos, seminarios, conferencias, era tanto para él como para los participantes. Le servían para desarrollarse él mismo, aclarar sus ideas, profundizar sus sentimientos, templar su mente... y al mismo tiempo divertirse con toda su alma. Se entregaba de lleno a cada intervención y perfeccionaba sus cualidades al usarlas. Solía decir que, si otros habían hecho cursos de Sádhana por un mes, seis meses, nueve meses... él los estaba haciendo toda la vida. Aprendía ayudando a aprender. Y ése es el espíritu con que yo, en su nombre y en su memoria, me acerco a la tarea de escribir este libro. Con escribir sobre las ideas de Tony quiero llegar a asimilarlas más yo mismo. Al despedirme de él en abril, me dijo: "No dejes de venir el año que viene para el cursillo de renovación, si te apetece. No quiero que pase un año entero sin que nos veamos. Acuérdate". Le aseguré que estaba decidido a volver el próximo año, y él sabía que iba de veras.


Ahora ya no habrá más cursos con Tony. Todo lo que me queda (aparte de lo que ya se me ha metido en el organismo, que es lo más importante) son mi recuerdos y mis notas. Quiero usar éstas lo mejor que pueda; y así me he propuesto releerlas, estudiarlas; acariciarlas, asimilarlas, ordenarlas de alguna manera y exponerlas finalmente en este libro. Así es como este libro es tanto para mí como para cualquier otro. La tarea de escribirlo es para mí mismo medicina y consejo refinados que sigo necesitando en la brega diaria. No sé qué es lo que estas páginas supondrán para los demás, pero sí sé que a mí me servirán para volver a recoger el fruto que fui a buscar a Lonaula y que yo mismo le resumí a Tony así el último día de nuestro cursillo: "Lo que he encontrado esta vez en Sádhana es una alegre confirmación de mi manera de entender y vivir la vida; mayor claridad y mayor firmeza, más allá, con mucho, de lo que yo había esperado". Si escribir es terapia, este libro es mi cursillo personal- de Sádhana. Me llevo a Lonaula conmigo.
BOMBAS
Ni siquiera nos dio la oportunidad. Yo esperaba, y otros conmigo, que Tony comenzaría la primera sesión con la pregunta de siempre: "¿Qué queréis que hagamos en estos quince días?". Todos los hombres y mujeres que componían el grupo conocían bien los métodos de Sádhana y estaban preparados para reaccionar inmediatamente con sugerencias concretas y problemas personales, pensados ya de antemano, de los cuales Tony sacaría líneas convergentes para enfocar el curso y plantear las sesiones. Pero esta vez no hizo nada de eso. Es decir, sí, hizo la pregunta como siempre, pero sólo por hacerla, como un mero "ejercicio" de los que solía dar para que los hiciéramos entre nosotros, pero esta vez sin intervenir él para nada. Nos dijo: "Que cada uno de vosotros se busque un compañero de su gusto, agrupaos de dos en dos y contaos el uno al otro qué es lo que esperáis de estos quince días. Tenéis cinco minutos para ello". Así lo hicimos; pero luego no nos pidió que presentáramos nuestras conclusiones al grupo o a él en público o en privado. Sencillamente, dejó a un lado el ejercicio y pasó a darnos otro... no sin un toque de humor.
Llegó la orden: "Dividios en grupos de cinco de tal manera que los cinco de cada grupo se conozcan y se arreglen bien entre ellos. ¡Pronto!". Empezó el revuelo que seguía siempre a semejantes órdenes, a las que ya estábamos bien acostumbrados. La ansiedad de no quedarse solo; la búsqueda rápida; el riesgo de pedir compañía a alguien que podía decir que no con toda libertad; la divertida perplejidad al sentir tirones opuestos por manos distintas, cada una en su dirección; los últimos ajustes al encontrarse un grupo con seis miembros y otro con cuatro; y, por fin, el resultado final de los cinco grupos de cinco en pie y por separado a lo largo del salón. Todos a la expectativa de ver qué clase de juego nos iba a proponer y qué consecuencias iba a sacar de él para enfocar la primera sesión como gustaba hacerlo. "Que cada grupo se dé ahora un nombre para poderlo llamar". Mi grupo me hizo el honor de ponerse a sí mismo mi nombre: Carlos. Poco me duró el honor. Tony prosiguió con solemnidad afectada: "Estos grupos se encargarán, por turno, de lavar los platos después de cada comida y de pelar las patatas y las cebollas en la cocina por las mañanas". Se acabó el juego. Reímos alegremente la broma y nos volvimos a sentar. Entonces Tony empezó en serio.
"Sé muy bien qué es lo que quiero hacer esta vez con vosotros. He llegado a un momento importante de mi vida en que muchas de mis ideas han cambiado, y siento la necesidad de aclarármelas a mí mismo, probarlas y expresarlas. Para eso necesito al grupo. Cada mañana propondré un tema, luego vosotros reaccionáis, preguntáis todo lo que queráis, guarde relación con el tema o no, y ya veremos luego por dónde tiramos. Ah, y preparaos, porque va a haber bombas. Os tengo varias preparadas."
Yo me alegré profundamente al oír hablar así a Tony. Que él cambiaba de ideas con frecuencia no era ningún secreto para los que le conocíamos. Años antes, ya nos había dicho bien claramente: "Si aceptáis lo que yo digo, lo hacéis enteramente a vuestro riesgo, porque yo me reservo el derecho de cambiar de opinión sin previo aviso." Había quienes le atacaban por eso, y él mismo citaba casos. En años anteriores, durante su etapa de director de Ejercicios de mes, había insistido en la pobreza total, no sólo espiritual, sino de hecho y en la práctica más absoluta. Inspirados por su celo, hubo muchos que abandonaron toda clase de comodidades y gustos y se entregaron a una vida de gran austeridad exterior; y cuando Tony, más adelante, cambió de rumbo "Caí en la cuenta de que mi 'pobreza' se había convertido en mi 'riqueza', es decir, que estaba orgulloso de la imagen que había conseguido de religioso pobre, y apegado a ella, de modo que la pobreza se había destruido a sí misma"), algunos de aquellos que lo habían seguido en su pobreza creyeron que les había hecho una faena y se volvieron contra él. Esas críticas no le importaban. Siempre defendió la vida sencilla y el desprendimiento interno; y si alguien, debido a su anterior influencia, había caído en extremos, allá él.
Tony conocía perfectamente sus propios poderes de persuasión, y nos ponía en guarda contra ellos. "No os dejéis hipnotizar por mí", nos repetía. A mí me recordaba a aquellos dialécticos de la escolástica medieval que, a falta de otros entretenimientos públicos, erigían un púlpito en mitad de la plaza del pueblo, defendían, contra todo aquel que quisiera objetar, una tesis durante todo el tiempo que quisieran, y luego cambiaban y defendían la tesis contraria con el mismo éxito. Tony hacía algo muy semejante en las sesiones de "puesta en escena" ("role-playing") que describiré más adelante, en las que, haciendo primero de cliente que venía a proponer un problema, lo conseguía presentar como totalmente insoluble, y luego, cambiando de papel y haciendo de terapeuta, lo hacía aparecer como fácil y sencillo y de solución inmediata.
Lo que sí tenía Tony en todo caso era una mentalidad muy abierta y una gran libertad interior que le permitían aceptar un nuevo punto de vista en cuanto se convencía de su validez.
El mismo había comenzado a usar la terminología de "Sádhana I" para sus ideas de hacía diez o doce años, y "Sádhana II" para sus puntos de vista actuales. Claro que siempre había ido cambiando: no había sido un cambio brusco; pero ahora había llegado a ver una clara línea divisoria, y el mismo contraste le ayudaba a pensar mejor. Y la promesa que ahora nos acababa de hacer era nada más ni nada menos que la aventura de seguirle a él hasta la cumbre de "Sádhana II" desde la base de "Sádhana I " que todos teníamos bien conocida. Recorrer con él su íntima trayectoria de experiencia y pensamiento espiritual con todo el respeto y el interés que su persona despertaba en nosotros. No se trataba de descubrir "la última moda de Tony" por mera curiosidad, y menos "la última locura de Tony", como no faltaba quien dijera con desprecio a cada vuelta de la carrera de Tony. Para nosotros, al contrario, en aquella primera mañana de la convivencia de Lonaula (y desde luego para mí, que había seguido paso a paso los andares espirituales de Tony con admiración cariñosa y con provecho propio), aquella era una oportunidad valiosa para aprender en la misma fuente nuevos enfoques y experiencias recientes que, sin duda, serían serios y prácticos y aun, con gran probabilidad, tendrían gran alcance en sus consecuencias. Mis sentimientos personales en aquel momento eran como los que tiene el espectador después de oír la obertura a toda orquesta de una ópera clásica: expectación alegre y cosquilleo impaciente por el buen rato que se avecina.
Cuando Tony había tomado una iniciativa tan clara y decidida, yo estaba seguro de que respondería a ella. Me dije a mí mismo: "Tengo suerte de estar aquí."
Que Tony necesitaba al grupo para aclararse a sí mismo sus propias ideas era cosa que también sabíamos todos. Necesitaba el laboratorio, el eco, las reacciones espontáneas, la crítica instantánea. Cuando mejor funcionaba era cuando escuchaba con atención concentrada una objeción, miraba al techo unos instantes que delataban la intensidad de su pensar, después se enfrentaba a la persona en cuestión (a veces incluso físicamente, es decir, levantándose de su sitio, arrastrando su silla y sentándose en frente mismo de la víctima, entre el apuro de ésta y la diversión de los demás) y comenzaba un diálogo en "staccato" que siempre acababa por aclarar el asunto a todos los presentes, incluido él mismo. El sabía que donde mejor actuaba era en el grupo, y por eso, aunque siempre estaba dispuesto a recibimos en privado y era generoso sin límites en darle tiempo a cualquiera que lo necesitara, nos decía claramente desde el principio que prefería le propusiéramos aun nuestros problemas personales en presencia del grupo, ya que confiaba en tratarlos mucho mejor allí. Llamaba a eso "el efecto del partido de fútbol". En un partido amistoso sin público no es probable que un jugador se emplee a fondo, mientras que en un partido de campeonato, en un gran estadio lleno de seguidores apasionados, se entrega al juego con toda su alma aun más allá de sus fuerzas. Eso le pasaba claramente a Tony, y ahora que se proponía revisar todo su aparato conceptual, quería hacerlo dentro del grupo y con su ayuda, y de hecho había estado esperando a esta oportunidad para hacerlo. Al final de la experiencia nos dijo públicamente que le había gustado mucho el grupo y le había ayudado enormemente. No cabe duda de que esa interacción entre Tony y todos nosotros fue el secreto del interés y la profundidad que aquel intercambio de ideas, visiones e ideales tuvo para todos. El constante tráfico de ida y vuelta era el que mantenía viva la circulación.
Todavía hubo otra circunstancia que contribuyó a hacer de aquel cursillo algo muy especial, distinto de todos los demás. El profesorado de Sádhana lo integraban Tony de Mello, José Javier Aizpún y Dick McHugh (junto con el hábil y eficiente Mario Correa, que se encargaba de todo lo demás). Sin embargo, en aquella ocasión Dick estaba todavía convaleciente de una penosa enfermedad, y Aizpún se hallaba recorriendo conventos de Jesús y María por toda la India, en una gira de renovación espiritual. El resultado fue que nos quedamos sólo con Tony aquellos quince días. Por un lado, sentimos la pérdida, porque Aizpún y Dick, con sus personalidades tan distintas y complementarias, siempre contribuían grandemente a enriquecer la experiencia de Sádhana. Pero, por otro lado, la situación en exclusiva tenía también su aspecto positivo, que compensaba por la pérdida. Estando a solas con Tony todo aquel tiempo, en aquella coyuntura tan importante, nos podríamos concentrar con intensidad total en lo que él quería comunicarnos, sin distracción alguna aun dentro de Sádhana, y esa concentración ayudaría a crear una entrega y consagración en todos nosotros que, sin duda alguna, nos haría entender más rápidamente y asimilar mejor todo lo que íbamos a recibir. Así sucedió, en efecto. El contacto exclusivo con Tony veinticuatro horas al día durante quince días seguidos creó una atmósfera en la que cada palabra reflejaba el mismo tema y cada incidente recordaba el mismo propósito, y las sesiones del grupo se prolongaban insensiblemente en cada conversación y en cada silencio. Al despedirme le dije a Tony: "He sacado más fruto de estos quince días que de los nueve meses de antes." Una exageración, desde luego, pero también una expresión genuina de lo que yo sentía en aquel momento. Todo, en efecto, contribuyó a convertir aquella experiencia en una ocasión memorable.
El horario no presentó problemas. Por la mañana, sesiones de 9 a 12,30, con pequeñas pausas; por la tarde, después de la siesta, Tony tenía entrevistas privadas o salía de paseo con alguno del grupo, siempre tratando asuntos personales; y antes de cenar, la Eucaristía concelebrada, en la que él mismo ocupó todos los días el puesto de concelebrante principal. Para colmo, por la noche, después de cenar, veíamos los "vídeos" de sus charlas en América, sobre todo los de los "Ejercicios por satélite" que dio allí hablando desde Nueva York y contestando preguntas en directo de todas partes de los Estados Unidos y Canadá a través de satélite; eran sus mejores cintas, y las vimos varias veces a petición popular. El mismo venía a ver sus propios "vídeos" y los animaba con sus comentarios. "Fijaos qué cara de tonto pongo para despistar en esa pregunta que es bien comprometida." "Pero ¿qué diablos hago yo con ese vaso de agua en la mano sin dejarlo ni beberlo?" "Esa palabra... se me escapó. Es una de las ocho palabras que tiene prohibida la televisión americana. Los técnicos se miraron horrorizados cuando la dije, pero iba en directo, así es que ya no había nada que hacer. Luego me explicaron que no habían creído necesario advertirme a mí de la lista de palabras prohibidas. ¡Si supieran el lenguaje que uso! Desde entonces tuve más cuidado." y así iba todo el día. Y en las comidas también, y en todo momento, su ruidosa y alegre presencia, que hacía imposible que nos olvidáramos ni por un instante que él estaba allí. Lo tuvimos de lleno entre nosotros. Y al escribir esto me viene un pensamiento triste. Es posible que el exceso de trabajo que le supuso llevar todo el curso él solo influyera de alguna manera en su salud y acelerara el triste desenlace. Sea de eso lo que fuere, quiero dejar aquí constancia de la generosidad sin límites con que se entregó a nosotros en aquellos días de excepción. .
El era el único que hablaba durante la Eucaristía diaria, y cuando, al cabo de unos días, nos preguntó si queríamos cambiar, le contestamos unánimemente que no, que preferíamos seguir del mismo modo. No era pereza nuestra o negativa a participar, sino expresión de la satisfacción que experimentábamos al verlo acabar cada día en oración y Eucaristía los temas que había tratado durante la jornada. En rúbrica sencilla y reverente, leía dos meditaciones breves de un libro que estaba preparando y que resumían los pensamientos más salientes del día; y a cada lectura seguía un largo silencio, subrayado por melodías de la "flauta del dios Pan", instrumento favorito de Tony y que, con un fondo de órgano, acompañaba nuestras meditaciones eucarísticas desde "cassettes" cuidadosamente escogidas. Noté que una aplicada Hermana no cesaba de tomar notas solapadamente mientras Tony hablaba en la Misa, decidida a no perderse ni una palabra de Tony para su archivo personal.
Después de la bendición me acerqué a ella, mientras aún estaba sentada con el cuaderno en las rodillas y la pluma en la mano, y le pregunté con fingido asombro: "¿Tú anotas todo lo que Tony dice en la Misa?" "Sí", me contestó recatadamente, "¡me ayuda tanto!" Yo seguí: "y cuando dice: 'Bendito seas, Señor, Dios del universo...', ¿también escribes eso?" Sonrió al verse cogida... pero siguió escribiendo. Cada cual quería sacar el mayor partido a su manera. Y o no tomé nota de esas meditaciones, y por ello no las incluiré aquí.
En la introducción, aquella primera mañana, Tony volvió a repetir la palabra "bombas", levantando la voz y moviendo la cabeza para mayor efecto. "Sí, sí..., bombas...; preparaos... ¡que vienen!" Estaba claro que lo que Tony pensaba decimos esos días, fuese lo que fuese, era algo muy importante para él.
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