Los banquetes de los viudos negros Isaac Asimov 1984 índice



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Los banquetes de los viudos negros
Isaac Asimov

1984




índice


1984 2

SESENTA MILLONES DE TRILLONES DE COMBINACIONES 4



POSTFACIO 11

LA MUJER DEL BAR 12



POSTFACIO 19

EL CONDUCTOR 20



POSTFACIO 27

EL BUEN SAMARITANO 28



POSTFACIO 35

EL AÑO DE LA ACCIÓN 36



POSTFACIO 43

¿PUEDE PROBARLO? 44



POSTFACIO 51

EL ADORNO FENICIO 52



POSTFACIO 59

UN LUNES DE ABRIL 60



POSTFACIO 66

NI BESTIA NI HUMANO 68



POSTFACIO 75

LA PELIRROJA 76



POSTFACIO 83

LA CASA EQUIVOCADA 84



POSTFACIO 92

LA INTRUSIÓN 93



POSTFACIO 101



SESENTA MILLONES DE TRILLONES DE COMBINACIONES


Ya que era Thomas Trumbull el que actuaba como anfitrión para los Viudos Negros ese mes, no llegó en el último minuto, como era su costumbre, jadeando por su trago.

Allí estaba, después de llegar dignamente temprano, conferenciando con Henry, el incomparable camarero, sobre los detalles del menú de la noche, y saludando a cada uno de los otros a medida que arribaban.

Mario Gonzalo, que llegó último, se sacó el ligero sobretodo con cuidado, lo sacudió suavemente, como si quisiera sacarle el polvo del taxímetro, y lo colgó en el guardarropa. Regresó frotándose las manos.

—Hay un otoño helado en el aire —dijo—. Creo que el verano ha terminado.

—Ya era hora —dijo Emmanuel Rubin desde donde estaba conversando con Geoffrey Avalon y James Drake.

—No me estoy quejando —respondió Gonzalo. Y a Trumbull—: ¿Ha llegado ya tu invitado?

—No he traído un invitado —respondió Trumbull con claridad, como si estuviera cansado de explicar.

—¿Oh? —dijo Gonzalo, sin expresión. No había nada absolutamente irregular en eso. Las reglas de los Viudos Negros no obligaban un invitado, aunque no tenerlo era bastante poco habitual—. Bueno, supongo que está todo bien.

—Es más que todo bien —dijo Geoffrey Avalon, que se había desplazado en su dirección, mirando desde la altura de setenta y cuatro pulgadas de espalda derecha. Sus espesas cejas grises se fruncieron sobre los ojos y dijo—: al menos eso garantiza un encuentro en el que podemos hablar abiertamente y relajados.

—No sé nada sobre eso —dijo Gonzalo—. Estoy acostumbrado a los problemas que vienen. No creo que ninguno de nosotros se sienta cómodo sin uno. Además, ¿qué pasa con Henry?

Miró a Henry mientras hablaba y Henry permitió que una discreta sonrisa cruzara su rostro sesentón y sin arrugas.

—Por favor, no se preocupe, señor Gonzalo. Será un placer servir la comida y escuchar la conversación aunque no haya nada desconcertante.

—Bueno —dijo Trumbull, frunciendo el ceño y sacudiendo el cabello esplendorosamente blanco sobre el rostro bronceado—, no tendrás ese placer, Henry. Soy yo el que tiene el problema y espero que alguien lo resuelva, al menos tú, Henry.

Los labios de Avalon se tensaron.

—Bueno, por el descarado trasero de Belcebú, Tom, podrías habernos dado un anticuado...

Trumbull se encogió de hombros y se volvió, entonces Roger Halsted le dijo a Avalon en voz baja:

—¿Qué es ese trozo de Belcebú? ¿Dónde lo encontraste?

—Oh, bueno —Avalon parecía complacido—, Manny está escribiendo una especie de historia de aventuras de la Inglaterra de Isabel -Isabel I, por supuesto- y parece...

Rubin, habiendo escuchado el mágico sonido de su nombre, se aproximó.

—Es una historia en el mar —dijo.

—¿Te has cansado de los misterios? —preguntó Halsted.

—También es de misterio —dijo Rubin con los ojos resplandecientes detrás de los gruesos cristales de sus anteojos—. ¿Qué te hace pensar que no puedes tener una perspectiva misteriosa en cualquier clase de historia?

—En todo caso —dijo Avalon—, Manny tiene un personaje que siempre está jurando repetidamente y nunca dice lo mismo dos veces, y necesita algunos juramentos resonantes. El descarado trasero de Belcebú es bueno, creo.

—O las mamas munificentes de Mammon —dijo Halsted.

—¡Ya están haciéndolo! —dijo Trumbull, con violencia—. Si no traigo algún problema que nos ocupe de manera provechosa y comprometa la mente superlativa de nuestro Henry, toda la noche degenerará en estúpidos tresillos -por el diminuto trombón de Tutankhamón.

—Te atrapa después de un rato —sonrió Rubin, imperturbable.

—Bueno, dejémoslo —dijo Trumbull—. ¿Está lista la cena, Henry?

—Sí lo está, señor Trumbull.

—Muy bien, entonces. Si ustedes idiotas mantienen esta repetición por más de dos minutos. Me iré, anfitrión o no.

La mesa parecía vacía con sólo seis a su alrededor, y la conversación parecía un poco apagada sin un invitado que le dé brillo.

Gonzalo, sentado al lado de Trumbull, dijo:

—Debería hacer un retrato de ti para la colección ya que eres tu propio invitado, por así decirlo —Levantó la vista complacido hacia la larga fila de las caricaturas de los invitados que se alineaban en el muro—. Nos faltará espacio en un par de años.

—Entonces no te molestes conmigo —dijo Trumbull, amargo—, y siempre podemos hacer espacio quemando esos tontos garabatos.

—¡Garabatos! —Gonzalo pareció debatir consigo mismo vivamente considerando la posibilidad de sentirse ofendido. Entonces transigió diciendo—: Pareces estar de mal talante, Tom.

—Lo parece porque es así. Estoy en la situación de los sabios Caldeos en frente de Nabucodonosor.

Avalon se inclinó a través de la mesa.

—¿Estás hablando del Libro de Daniel, Tom?

—Allí es donde está, ¿verdad?

—Perdónenme —dijo Gonzalo—, pero ayer no he tomado mi lección de Biblia. ¿Qué son estos tipos sabios?

—Dile, Jeff —dijo Trumbull—. Pontificar es tu trabajo.

—No es pontificar —dijo Avalon— contar un simple relato. Si tú quieres...

—Prefiero que seas tú, Jeff —dijo Gonzalo—. Lo haces con mayor autoridad.

—Bueno —dijo Avalon—, fue Rubin y no yo, una vez un predicador infantil, pero lo haré lo mejor que pueda. El segundo capítulo del Libro de Daniel cuenta que una vez Nabucodonosor estaba preocupado por un sueño y envió por los sabios Caldeos para que lo interpretaran. Los sabios le ofrecieron hacerlo apenas hubieran escuchado el sueño, pero Nabucodonosor no lo recordaba, sólo que lo había perturbado. De todos modos, razonó que si los sabios podían interpretar un sueño, podrían también descubrir el sueño, y entonces les ordenó que le dijeran el sueño y la interpretación. Cuando no pudieron hacerlo, él, muy razonablemente -según los estándares de los potentados orientales- ordenó que les mataran. Afortunadamente para ellos, Daniel que estaba cautivo en Babilonia, pudo hacer el trabajo.

—¿Y es esa tu situación, Tom? —preguntó Gonzalo.

—En cierto modo. Tengo un problema que involucra un criptograma -pero no tengo el criptograma. Tengo que descubrir el criptograma.

—¿O te matarán? —preguntó Rubin.

—No. Si fallo, no me matarán pero no me hará nada bien, tampoco.

—No me extraña que hubieras sentido innecesario traer un invitado —dijo Gonzalo—. Cuéntanos más.

—¿Antes del brandy? —dijo Avalon escandalizado.

—Es invitado de Tom —dijo Gonzalo a la defensiva—. Si él quiere contarnos ahora...

—No quiero —dijo Trumbull—. Esperaremos el brandy como siempre hacemos, y seré mi propio interrogador, si no les importa.

Cuando Henry estaba sirviendo el brandy, Trumbull tocó la copa de agua con la cuchara.

—Caballeros —dijo—, me excusaré de responder la primera pregunta admitiendo abiertamente que no puedo justificar mi existencia. No pretenderé seguir con pregunta y respuesta, de modo que sencillamente presentaré el problema. Están libres de preguntar, por amor de Dios, y no me lancen a la caza de gansos salvajes. Esto es serio.

—Adelante, Tom —dijo Avalon—. Pondremos lo mejor de nosotros en escucharte.

—El asunto involucra un tipo llamado Pochik —comenzó Trumbull con cierto cansancio—. Les tengo que contar un poco sobre él para permitirles comprender el problema, pero como es habitual en estos casos, espero que no les importe que no diga nada relevante.

»En primer lugar, él es de Europa Oriental, de algún lugar de Eslovenia, creo, y llegó al país a los catorce. Aprendió inglés solo, fue a la escuela nocturna y a una extensión universitaria, esforzándose a cada paso en su camino. Trabajó como camarero unos diez años, mientras tomaba sus varios cursos, y entienden lo que eso significa. Perdona, Henry.

—No es una ocupación necesariamente placentera —dijo Henry tranquilo—. No todos son camareros de los Viudos Negros, señor Trumbull.

—Gracias, Henry. Es muy diplomático de tu parte. De todos modos, no habría sido fácil para él si desde el principio no hubiera resultado un genio matemático. Era el tipo de joven que cualquier profesor de matemáticas en su sano juicio hubiera movido cielo y tierra para retener en la escuela. Era su oportunidad de ser mencionados en los libros de historia: habían enseñado a Pochik. ¿Lo comprenden?

—Lo comprendemos, Tom —dijo Avalon.

—Al menos, eso es lo que ellos me dicen —continuó Trumbull—. Está trabajando para el Gobierno ahora, que es donde entro yo. Me dicen que es algo más. Me dicen que es único en su clase. Me dicen que puede hacer cosas que nadie más puede. Me dicen que tienen que tenerlo. Ni siquiera sé en qué está trabajando, pero ellos tienen que tenerlo.

—Bueno, ellos lo tienen, ¿verdad? —dijo Rubin— No ha sido secuestrado y llevado detrás de la Cortina de Hierro, ¿Verdad?

—No, no —dijo Trumbull—, nada como eso. Es bastante más irritante. Miren, aparentemente un matemático puede ser un idiota en todos los demás aspectos.

—¿Literalmente idiota? —preguntó Avalon—. Habitualmente los idiotas suelen tener memoria notable y pueden hacer notables trucos con un ordenador, pero eso está lejos de ser alguna clase de matemáticos, menos aun uno grande.

—No, tampoco nada como eso —Trumbull estaba transpirando e hizo una pausa para secar su frente—. Quiero decir que es infantil. No aprendió nada más que matemáticas y en eso está bien. Lo que queremos de él son las matemáticas. El problema es que se siente tímido; se siente estúpido. Maldita sea, se siente inferior, y cuando se siente demasiado inferior, para de trabajar y se esconde en su habitación.

—Entonces, ¿cuál es el problema? —dijo Gonzalo—. Todos tienen que decirle todo el tiempo lo grandioso que es.

—Se enfrenta con otros matemáticos que son tan locos como él. Uno de ellos, Sandino, odia ser el segundo mejor, y cada vez que puede mete a Pochik en un pozo de lamentos. Tiene un sentido del humor, este Sandino, que disfruta gritándole: ‘Hey, camarero, traiga la cuenta’. Pochik nunca aprendió a resistirlo.

—Léanle a este Sandino el código de conducta —dijo Drake—. Díganle que lo quitarán si intenta hacer cualquier cosa como esa otra vez.

—Lo hicieron —dijo Trumbull—, o al menos tanto como se atrevieron. Tampoco quieren perder a Sandino. De cualquier manera, las payasadas terminaron pero ocurrió algo mucho peor. Saben que hay algo que se llama, si lo recuerdo bien, ‘La Conjetura de Goldbach’.

Por primera vez, Roger Halsted demostró un vivo interés.

—Seguro —dijo—. Es muy famosa.

—¿La conoces? —preguntó Trumbull.

—Puedo enseñar álgebra en una escuela secundaria —dijo poniéndose algo tieso—, pero sí, conozco la conjetura de Goldbach. Enseñar a jóvenes en una escuela no me hace...

—Está bien. Pido disculpas. Fue muy estúpido de mi parte —dijo Trumbull—. Y ya que eres un matemático, también puedes ser temperamental. De todos modos, ¿puedes explicar la conjetura de Goldbach? Porque no estoy seguro de poder hacerlo.

—Realmente —dijo Halsted— es muy sencilla. En 1742, creo, un matemático ruso, Christian Goldbach, afirmó que él creía que cada número par mayor que dos podía ser escrito como la suma de dos primos, donde un primo es cualquier número que no puede ser dividido por otro, excepto por sí mismo y por la unidad. Por ejemplo, 4 es 2+2; 6 es 3+3; 8 es 3+5; 10 es 3+7; 12 es 5+7; y así, tan lejos como quieran ponerlo.

—Entonces, ¿cuál es el gran tema? —dijo Gonzalo.

—Goldbach no pudo probarlo. Y en los doscientos y pico de años desde su tiempo, ningún otro ha podido. Los más grandes matemáticos han sido incapaces de probar que es cierto.

—¿Entonces? —dijo Gonzalo.

—Todos los números pares que han sido controlados siempre pueden resultar de la suma de dos primos —dijo Halsted pacientemente—. Han llegado muy lejos, y los matemáticos creen que la conjetura es verdad... pero ninguno ha podido probarlo.

Gonzalo dijo:

—Si no pueden encontrar ninguna excepción, ¿no es prueba suficiente?

—No, porque hay números más altos que el más alto controlado, y además no conocemos todos los primos, y no podemos; y cuanto más alto llegamos, más difícil es saber si un número en particular es primo o no. Lo que se necesita es una prueba general que nos diga que no tenemos que buscar excepciones porque no hay ninguna. Eso molesta a los matemáticos, el que un problema pueda ser establecido tan simplemente y que parece funcionar también, pero que aún no pueda ser probado.

Trumbull había estado asintiendo.

—Muy bien, Roger, muy bien. Lo tenemos. Pero dime, ¿importa eso? ¿Realmente le importa a nadie que no sea matemático si la conjetura de Goldbach es verdadera o no; o si hay excepciones o no?

—No —dijo Halsted—. A nadie que no sea matemático; pero cualquiera que lo sea, y que consiga probar, o rechazar, la conjetura de Goldbach, tendrá un lugar inmediato y permanente en el salón de la fama de las matemáticas.

—Allí lo tienen —dijo Trumbull, encogiéndose de hombros—. Lo que Pochik está haciendo realmente es de la mayor importancia. No sé si es para el Departamento de la Defensa, el Departamento de Energía, la NASA, o cuál; pero es vital. Sin embargo, él está interesado en la conjetura de Goldbach, y para eso ha estado usando un ordenador.

—¿Intenta números más altos? —preguntó Gonzalo.

—No —dijo prontamente Halsted—, eso no haría ningún bien. Aunque en estos días se pueden utilizar ordenadores en problemas bastante recalcitrantes. No producen una conclusión elegante, pero es una solución. Si se puede reducir el problema a una cantidad finita de situaciones posibles -digamos, un millón- se puede programar el ordenador para probar cada una de ellas. Si cada una pasa el control, y seguro lo pasará, entonces tienes la prueba. Recientemente resolvieron de esa manera el problema del mapeo a cuatro colores; un problema bien conocido y tan recalcitrante como la conjetura de Goldbach.

—Bien —dijo Trumbull—, entonces eso es lo que Pochik ha estado haciendo. Aparentemente ha logrado la solución como un lemma en particular. Ahora, ¿qué es un lemma?

—Es una solución parcial —dijo Halsted—. Si están trepando una montaña, e instalas estaciones en diferentes niveles, los lemmas son analogías de esas estaciones, y la solución de la cumbre de la montaña.

—Si resuelve el lemma, ¿resolverá la conjetura?

—No necesariamente —dijo Halsted—, no más que si llegas a una estación en particular sobre la pendiente. Pero si no resuelves el lemma, parece que no podrás resolver el problema, al menos no en esa dirección.

—Muy bien, entonces —dijo Trumbull, apoyándose en el respaldo—. Bueno, Sandino llegó primero al lemma y lo envió a publicar.

Drake estaba inclinado sobre la mesa, escuchando cuidadosamente.

—Mala suerte para Pochik.

—Excepto que Pochik dice que no fue suerte. Declara que Sandino no tiene cerebro para eso y que no pudo haber dado esos pasos independientemente; eso es mencionar demasiada coincidencia.

—Es un cargo serio —dijo Drake—. ¿Tiene Pochik alguna evidencia?

—No, por supuesto que no. La única manera en que Sandino le puede haber robado a Pochik sería haber tomado la información del ordenador de Pochik y el mismo Pochik dice que Sandino no pudo haberlo hecho.

—¿Por qué no? —dijo Avalon.

—Porque Pochik usó una palabra clave —dijo Trumbull—. La palabra clave tenía que ser usada para alertar al ordenador contra el interrogatorio de una persona en particular. Sin esa palabra clave, todo lo que entró bajo ella sería guardada.

—Podría ser que Sandino descubriera la palabra clave —dijo Avalon.

—Pochik dice que eso es imposible —dijo Trumbull—. Tenía temor de los robos, particularmente de Sandino, y nunca escribió la palabra clave, nunca la usó, excepto cuando estaba solo en la habitación. Lo que es más, utilizó una de catorce letras, dice. Millones de trillones de posibilidades, dice. Nadie pudo haberla adivinado, dice.

—¿Qué dice Sandino? —preguntó Rubin.

—Dice que lo descubrió por sí mismo. Rechaza la acusación de robo, como desvaríos de un loco. Francamente, cualquiera podría afirmar que tiene razón.

—Bueno, consideremos la cuestión —dijo Drake—. Sandino es un buen matemático, y es inocente hasta que se pruebe su culpa. Pochik no tiene nada con que fundamentar su acusación y Pochik realmente niega que Sandino pudiera haber obtenido la palabra clave, la cual es la única manera en que el robo podía haber tenido lugar. Creo que Pochik tiene que estar equivocado, y Sandino en lo cierto.

Trumbull dijo:

—Dije que cualquiera podía afirmar que Sandino estaba en lo cierto, pero el punto es que Pochik no trabajará. Está en su habitación enfurruñado, leyendo poesía, y dice que nunca trabajará otra vez. Dice que Sandino le ha robado la inmortalidad y que la vida sin ella no significa nada para él.

—Si necesitas a este tipo tanto —dijo Gonzalo—, ¿puedes hablar con Sandino para que le deje el lemma?

—Sandino no hará el sacrificio y no podemos obligarle a menos que tengamos razones para pensar que hay fraude. Si conseguimos cualquier evidencia a tal efecto podemos presionar lo suficientemente fuerte para aplastarlo. Pero, escuchen, creo que es posible que Sandino lo haya robado.

—¿Cómo? —dijo Avalon.

—Por medio de la clave. Si supiera cuál es la clave, estoy seguro de imaginar una forma lógica en que Sandino pudiera haberla descubierto, o adivinado. De todos modos, Pochik no me permitirá tener esa clave. Cuando se la pedí, me gritó. Le expliqué, pero dijo que era imposible. Él dijo que Sandino lo hizo de alguna otra manera, pero no hay otra manera.

—Pochik quiere una interpretación —dijo Avalon—, pero no te contará el sueño, y tienes que imaginar primero el sueño para obtener una interpretación.

—¡Exactamente! Como los sabios Caldeos.

—¿Qué harás?

—Trataré de hacer lo que Sandino debe haber hecho. Trataré de imaginar cuál es la palabra de catorce letras que hace de clave y la presentaré a Pochik. Si estoy en lo cierto, será claro que lo que pude hacer, también Sandino pudo, y será que el lemma parece ser robado.

Hubo un silencio alrededor de la mesa.

—¿Crees poder hacerlo, Tom? —dijo Gonzalo.

—No creo. Es por eso que traje el problema aquí. Quiero que todos lo intentemos. Le dije a Pochik que le llamaría esta noche antes de las 10:30 horas —Trumbull miró su reloj de pulsera—, y le diría la clave para mostrarle que puede ser quebrada. Supongo que estará esperando junto al teléfono.

—¿Y si no la conseguimos? —dijo Avalon.

—Entonces no hay manera razonable de suponer que el lemma fue robado y realmente ninguna manera ética de tratar de forzar a Sandino a que lo admita. Pero al menos no estaremos peor.

—Entonces, comienza —dijo Avalon—. Has estado pensando en ella por más tiempo que nosotros, y está en tu línea de trabajo.

Trumbull se aclaró la garganta.

—Está bien. Mi razonamiento es que si Pochik no escribió esa cosa, entonces tiene que recordarla. Hay personas con memorias especiales y ese tipo de talentos es bastante común entre los matemáticos. De todos modos, hasta los grandes matemáticos no siempre tienen la habilidad de recordar cadenas largas de símbolos inconexos, y de acuerdo a lo que preguntamos a sus compañeros de equipo, la memoria de Pochik es de las ordinarias. No puede confiar en recordar una clave a menos que sea fácil de recordar.

»Eso la limitaría a una frase común o alguna progresión regular que no sea posible olvidar. Supongamos que sea ALBERTEINSTEIN, por ejemplo. Tiene catorce letras y no puede haber temor de olvidarla. O SIRISAACNEWTON, o ABCDEFGHIJKLMN, o de otra manera, NMLKJIHGFEDCBA. Si Pochik intentara algo así, podría ser que Sandino intentara varias combinaciones obvias, y que una de ellas funcionó.

—Si eso es cierto —dijo Drake—, entonces no tenemos esperanzas de resolver el problema. Sandino puede haber intentado cualquier cantidad de posibilidades diferentes durante un periodo de varios meses. Una de ellas finalmente funcionó. Si la obtuvo por azar, y en ello pasó mucho tiempo, no tenemos oportunidad de tener la correcta en hora y media, sin haber probado cualquiera de ellas en el ordenador.

—Está eso, por supuesto dijo Trumbull—, y es posible que Sandino haya estado trabajando en el problema por meses. Sandino hizo la rutina del camarero a Pochik en junio pasado, y Pochik, fuera de sí le gritó que le mostraría cuando la prueba estuviera lista. Sandino puede haber puesto esto con el frecuente uso del ordenador que hizo Pochik, y se puso a trabajar. Puede haber pasado meses, desde entonces.

—¿Dijo Pochik en esa ocasión algo sobre la clave? —preguntó Avalon.

—Pochik jura que todo lo que dijo fue, ‘Te la mostraré cuando la prueba esté lista’, ¿pero quién sabe? ¿Podría Pochik recordar sus propias palabras exactamente cuando estaba fuera de sí?

—Me sorprende —dijo Halsted— que Pochik no haya intentado golpear a Sandino.

—No te sorprenderías si los conocieras —dijo Trumbull—. Sandino tiene la constitución de un jugador de fútbol, mientras que Pochik pesa 110 libras con la ropa puesta.

—¿Cuál es el nombre de este tipo? —preguntó repentinamente Gonzalo.

—Vladimir —dijo Trumbull.

Gonzalo hizo una pausa, con todos los ojos sobre él.

—Lo sabía —dijo—. VLADIMIRPOCHIK tiene catorce letras. Ha utilizado su propio nombre.

—Ridículo —dijo Rubin—. Sería la primera combinación que cualquiera intente.

—¡Seguro! Como el asunto de la carta robada. Sería tan obvio que nadie pensaría en utilizarlo. Pregúntale.

—No —dijo Trumbull sacudiendo la cabeza—. No puedo cree que haya usado eso.

—¿Dijiste —preguntó pensativo Rubin— que estaba en su habitación leyendo poesía?

—Sí.


—¿Es esa su pasión? ¿La poesía? Pensé que habías dicho que fuera de las matemáticas no era particularmente educado.

Sarcástico, Trumbull respondió:

—No tienes que tener un doctorado para leer poesía.

—Tendrías que ser un idiota —dijo Avalon apenado— para leer poesía moderna.

—Esa es una cuestión —dijo Rubin—. ¿Lee Pochik poesía contemporánea?

—Nunca se me ocurrió preguntar —dijo Trumbull—. Cuando le visité estaba leyendo un libro de poesía de Wordsworth, pero es todo lo que puedo decir.

—Eso es suficiente —dijo Rubin—. Si le gusta Wordsworth entonces no le gusta la poesía contemporánea. Nadie puede leer esa cosa chapada a la antigua por placer y gustarle la basura que sacan en estos días.

—¿Entonces? ¿Qué diferencia hay? —preguntó Trumbull.

—La poesía más antigua tiene ritmo y el ritmo es fácil de recordar y puede servir como clave. La clave puede ser un pasaje de catorce letras de uno de los poemas de Wordsworth, posiblemente uno común: LONELYASACLOUD1 tiene catorce letras. O cualquier combinación de catorce letras de líneas como, ‘El niño es el padre del hombre’, o ‘arrastrando nubes de gloria’, o ‘¡Milton! Deberías estar vivo ahora’. O tal vez de algún otro poeta del tipo.

—Aunque nos limitáramos —dijo Avalon— a los pasajes de los poetas románticos y clásicos, hay un enorme campo para adivinar.

—Lo repito —dijo Drake—. Es una tarea imposible. No tenemos el tiempo para intentarlo. Y no podemos decidir una u otra sin intentarlo.

—Es aun más imposible que lo que tú piensas, Jim —dijo Halsted—. No creo que la clave esté en inglés.

—¿Quieres decir que utilizó su idioma nativo? —preguntó Trumbull frunciendo la frente.

—No, quiero decir que utilizó una colección de letras al azar. Mencionaste que Pochik dijo que la clave era inquebrantable porque había millones de trillones de posibilidades para una combinación de catorce letras. Bueno, supón que la primera letra pueda ser cualquiera de las veintiséis, que la segunda pueda ser cualquiera de las veintiséis, y que la tercera, y así todas. En ese caso, el total de combinaciones sería de 26 x 26 x 26... tendrías que obtener el producto de catorce 26 multiplicadas juntas y el resultado sería... —tomó su calculadora de bolsillo y la manipuló por un rato—... cerca de 64 millones de trillones de posibilidades diferentes.

»Ahora, si se utiliza una frase en inglés o una frase en cualquier idioma europeo razonable, la mayor parte de las combinaciones de letras simplemente nunca ocurren. Nunca tendrás un HGF o un QXZ, o un LLLLC, si incluimos solamente las combinaciones de letras posibles en palabras, entonces podríamos tener trillones de posibilidades. Pochik, al ser un matemático, no diría millones de trillones a menos que quisiera decir exactamente eso, de modo que creo que la clave es una serie de letras al azar.

—Él no tiene la clase de memoria... —comenzó Trumbull.

—Incluso una memoria normal puede manejar catorce letras al azar si se repite el tiempo suficiente.

—Espera un poco —dijo Gonzalo—. Si hay tantas combinaciones se podría utilizar un ordenador. El ordenador podría probar todas las combinaciones posibles y detenerse en la que lo destraba.

—Ahora no te das cuenta lo grande que es realmente el número 64 millones de trillones, Mario. Supón que puedes hacer que un ordenador pruebe un billón de combinaciones diferentes en un segundo. Tomaría dos mil años de constante trabajo, día y noche, probar todas las combinaciones posibles.

—Pero no tendrías que probarlas todas —dijo Gonzalo—. La correcta podría salir en las primeras dos horas. Tal vez la clave fuera AAAAAAAAAAAAAA y sucede que es la primera que el ordenador controla.

—Bastante improbable —dijo Halsted—. No utilizaría una clave de sólo A como tampoco su propio nombre. Además Sandino tiene de matemático lo suficiente para no comenzar un intento de ordenador que le tomaría cientos de vidas.

—Si utilizó una clave al azar —dijo Rubin pensativo—, apuesto que no fue realmente al azar.

—¿Qué quieres decir, Manny? —dijo Avalon.

—Quiero decir que si no tiene una memoria superlativa y si no la ha escrito, ¿cómo podría haberla repetido una y otra vez en su cabeza para memorizarla? Solamente repite para ti mismo catorce letras al azar y mira si tienes confianza en repetirlas otra vez en el mismo exacto orden inmediatamente después. Y aunque hubiera logrado una serie de letras al azar y se las arregló para memorizarla, está claro que tiene muy poca confianza en cualquier cosa que no sea razonamiento matemático. ¿Podría enfrentar la posibilidad de no ser capaz de recuperar su propia información porque ha olvidado la clave?

—Podría comenzar todo otra vez —dijo Trumbull.

—¿Con una nueva clave al azar? ¿Para también olvidarla? —dijo Rubin—. No. Aunque la clave parezca al azar, apuesto que Pochik tiene alguna forma a prueba de tontos para recordarla, y si podemos imaginar esa forma, tendremos la respuesta. De hecho, si Pochik nos diera la clave, veríamos cómo la memoriza y cómo Sandino la quebró.

—Y si Nabucodonosor hubiera recordado el sueño, los sabios podrían haberlo interpretado. Pochik no nos dará la clave, y si la conseguimos con ayuda nunca estaremos suficientemente seguros de que Sandino la quebró sin ayuda.

»Muy bien, tendremos que darnos por vencidos.

—Podría no ser necesario darnos por vencidos —dijo Henry de repente—. Creo...

Todos giraron hacia Henry, expectantes.

—Sí, Henry —dijo Avalon.

—Tengo una fuerte sospecha. Puede estar mal. Tal vez es posible llamar al señor Pochik, señor Trumbull, y preguntarle si la clave es WEALTMDITEBIAT2 —dijo Henry.

—¿Qué? —dijo Trumbull.

Halsted levantó las cejas y dijo:

—Es una fuerte sospecha, está bien. ¿Por qué eso?

—No tiene sentido —dijo Gonzalo.

Nadie podía recordar haber visto a Henry ruborizado, pero estaba claramente rojo en ese momento.

—Si me pueden excusar —dijo—, no deseo explicar mi razonamiento hasta que la combinación sea probada. Si estoy equivocado, pareceré demasiado tonto. Y, ahora que lo pienso otra vez, no deseo que sea probada.

—No, no tenemos nada que perder —dijo Trumbull—. ¿Puedes escribir esa combinación de letras, Henry?

—Ya lo hice, señor.

Trumbull la miró, caminó hasta el teléfono en un rincón de la habitación, y marcó. Esperó por cuatro tonos, los que se podían escuchar claramente en el silencio de aliento contenido de la habitación. Entonces se escuchó un clic, y una voz aguda dijo, ‘¿Hola?’.

—¿Doctor Pochik? —dijo Trumbull—. Escuche. Voy a leerle algunas letras... No, doctor Pochik, no estoy diciendo que haya averiguado la clave. Es solamente un exper... Es un experimento, señor. Podemos estar equivocados... No, no puedo decirle cómo... Escuche, W, E, A, L... Oh, buen Dios —colocó la mano sobre la bocina—. El hombre está teniendo un ataque.

—¿Porque es correcta o porque es errónea? —preguntó Rubin.

—No lo sé —Trumbull volvió a acercar el tubo—. Doctor Pochik, ¿está allí? ¿Doctor Pochik? El resto es... —consultó el papel—... T, M, D, I, T, E, B, I, A, T. —Escuchó—. Sí, señor, también creo que Sandino la quebró, del mismo modo que nosotros. Tendremos un encuentro con usted y con Sandino y pondremos todo en orden. Sí, por favor, doctor Pochik, haremos lo mejor que podamos.

Trumbull colgó y tomó una enorme bocanada de aire.

—Sandino pensará que Júpiter le cayó encima... Está bien, Henry, pero si no nos dices cómo la obtuviste, no tendrás que esperar a Júpiter. Te mataré personalmente.

—No es necesario, señor Trumbull —dijo Henry—. Se los diré. Simplemente escuché a todos ustedes. El señor Halsted señaló que debería ser una serie de letras al azar. El señor Rubin dijo, respaldando mi propio sentimiento en este asunto, que debía haber algún sistema para recordarlo en ese caso. El señor Avalon, temprano esta noche estaba jugando el juego de juramentos repetitivos, lo que señalaba la importancia de las letras iniciales. Usted mismo mencionó que al señor Pochik le gustaba la poesía anticuada como la de Wordsworth.

»Se me ocurrió que catorce era el número de líneas de un soneto, y que si tomamos la letra inicial de cada línea tendríamos una serie de catorce letras aparentemente al azar, y que puede no ser olvidada mientras el soneto sea memorizado, o por lo menos, ser releído.

»La pregunta era: ¿cuál soneto? Me parecía que tenía que ser uno bien conocido, y Wordsworth ha escrito varios que lo son. De hecho, el señor Rubin mencionó la primera línea de uno de ellos: ‘¡Milton! Deberías estar vivo a esta hora’. Eso me hizo pensar en Milton, y se me ocurrió que debía ser su soneto ‘En su Ceguera’, el que sucede me sé de memoria. Por favor, tomen nota de las primeras letras de las líneas sucesivas. Dice así:

Cuando considero cómo se pierde mi luz

En la mitad de mis días, en este mundo ancho y oscuro,

Y aquel talento que es la muerte a ocultar,

refugiado conmigo sin razón, aunque mi alma más se inclina

A servir a mi Hacedor, y presentar

Mi verdadera cuenta, la que él reprenderá;

¿Acaso Dios niega la luz de un día de trabajo?

Pregunté vanamente; pero Paciencia, para prevenir

Ese murmullo, presto responde, ‘Dios no necesita

Ni el trabajo del hombre si sus dones; quien mejor

Comparte su suave yugo, le sirve mejor. Su estado

Es de realeza. Miles a la velocidad de su deseo

Y enviados sobre tierra y mar sin descanso...’

Henry hizo una pausa y dijo suavemente:

—Creo que es el soneto más hermoso de la lengua, incluyendo los de Shakespeare, pero esa no era la razón por la que sentí que era la respuesta. Era que el doctor Pochik había sido un camarero y estaba consciente de ello, y soy uno, y es por eso que he memorizado el poema. Una tonta fantasía, sin duda, hasta la última línea, la que no he citado, y la cual es tal vez la más famosa que Milton haya hecho jamás...

—Continúa, Henry —dijo Rubin—. ¡Dila!

—Gracias, señor —dijo Henry, y solemnemente dijo—:

También sirven a los que solamente están parados y esperan.



POSTFACIO


He sentido que los títulos son una parte importante de una historia y tomo un considerable cuidado al elegirlo. De hecho, no puedo comenzar una historia hasta que he elegido el título.

De todos modos, no sigo reglas ciertamente inteligentes al hacer la elección. No sé realmente qué hace bueno un título, o lo contrario. Es solamente una sensación interna. Elijo uno que parece adaptarse a la historia, e incluso agregarle.

Y frecuentemente, Fred Dannay, el editor de EQMM estará en desacuerdo conmigo, y entonces estaré en desacuerdo con él y repondré mi propio título cuando ponga la historia en una colección.

Por otro lado, algunas veces Fred puede elegir un título que es una mejora (o al menos me lo parece) y, ya que no soy un hombre obstinadamente terco y obstinado, seguiré con él.

Por ejemplo, denominé la historia que han terminado de leer como ‘Catorce Letras’ lo cual es, después de todo, de lo que se trata; pero Fred, cuando apareció en el número de mayo de 1980 del EQMM, la llamó ‘Sesenta millones de trillones de combinaciones’. Lo cual también es de lo que trata; y el de Fred es infinitamente más dramático de modo que lo acepté -con el habitual enfado conmigo mismo por no haber pensado en él al comenzar a escribir.


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