Los banquetes de los viudos negros Isaac Asimov 1984 índice



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LA INTRUSIÓN


De la expresión del rostro de Mario Gonzalo podía parecer que había algo singularmente insatisfactorio acerca de este banquete de los Viudos Negros en particular.

No había nada aparente que diera cuenta de ello. La cena, que consistió en un plato principal de pato asado, ahogado en salsa de cerezas oscuras y acompañado con arroz blanco, con la piel deliciosamente crocante y la carne tierna y húmeda, era una perfección. La salchicha en pasta que lo había precedido, y el generoso pastel de chocolate que lo había seguido representaban la actitud de Roger Halsted -¡me río de las calorías!-, quien era el anfitrión esa noche. Ahora que los Viudos Negros estaban sentados con sus brandy, interrogando a su invitado, todos en un estado de plenitud satisfactoria.

El clima afuera era espléndido, y el invitado era una persona inteligente y de buena expresión cuya personalidad encajaba con el aura general de la sociedad. Aun Thomas Trumbull, con su mal carácter, estaba agradable y el polémico Emmanuel Rubin no había dicho nada en voz que fuera un decibel más alto que el de una conversación ordinaria.

El nombre del invitado era Haskell Pritchard y era un funcionario. Ya se había establecido que estaba a cargo de la eliminación de residuos de seguridad y algún indicio de alegría al comienzo acerca de que tal vez tenía que manejar un camión de basura se esfumó bajo la indudable seriedad del problema.

—El hecho es —había dicho Pritchard—, que se nos están terminando los lugares donde poner la basura, y necesitaremos algunas ideas nuevas sobre el asunto.

—La basura, señor —dijo Rubin, un poco sardónicamente—, alguna vez fue materia prima, y esa materia prima vino de algún lugar, ciertamente no de dentro de esta ciudad. De dondequiera que viniera dejó un agujero, ya sea le llame usted una mina, una cantera o lo que sea. ¿Por qué no pone la basura en el agujero de donde vino?

—Realmente —dijo Pritchard—, se ha pensado en eso. Ciertamente hay minas abandonadas, canteras y otras cosas en el campo y hubo intentos de negociar su utilización como vertederos. De todos modos, no se puede. Las personas están ansiosas de vender materia prima pero no lo están de aceptar los residuos después de que el consumidor las ha utilizado -aunque paguemos dos veces, una por tomar y otra por devolver.

—Es un fenómeno sociológico común —dijo Geoffrey Avalon—. Todos están a favor de combatir el crimen o de enviar a los criminales a la cárcel, pero nadie quiere gastar dinero en la construcción de más cárceles para contener a esos criminales y, aun más, nadie quiere ninguna cárcel nueva en su vecindario.

—No veo la relevancia de eso, Jeff —dijo Halsted.

—¿No? —Las cejas de Avalon se levantaron—. Hubiera pensado que era obvio. Estoy hablando de la capacidad general del público de reconocer un problema y de que querer solucionarlo, pero de eludir cualquier inconveniente personal involucrado en la solución. También podría decir que es delicioso, después de una buena cena, estar discutiendo, de manera más o menos detallada, los problemas que afectan al bienestar público, sin cuestiones personales. Entiendo, señor Pritchard, que su trabajo, o su vida para el caso, no involucra por el momento algún enigma que esté robándole el sueño y la paz de su mente.

Pritchard parecía sorprendido.

—No puedo pensar en ninguno, señor Avalon. ¿Debería haber venido con algo de ese tipo, Roger?

—Para nada, Haskell —dijo Halsted—. Es sólo que algunas veces nos enfrentamos con un acertijo, pero encuentro relajante no tener ninguno.

—Yo no —dijo Gonzalo con energía, revelando las razones de su insatisfacción—, y espero no hacerlo nunca. Creo que todos ustedes se están poniendo viejos, y también creo que si el señor Pritchard piensa un poco encontrará algo interesante.

Repentinamente Halsted se puso de mal talante y dijo, con tartamudeo suave que invadía su voz cuando estaba indignado o excitado:

—Si estás tratando de decir, Mario, que mi invitado es aburrido...

—Vamos, Roger —se interpuso James Drake—. Mario sólo quiere un enigma... Pero piensa un momento, Mario; ¿no debería tener Henry un descanso en alguno de los banquetes?

—Seguro —dijo Mario—, y sólo servir los platos y retirar los vacíos, y darnos agua y tragos y todo lo que le pidamos. Él está teniendo un descanso grandioso.

Henry, esa perfección de camarero, sin el cual los Viudos Negros eran impensables, permaneció parado junto al aparador, y, ante las palabras de Gonzalo, esbozó una pequeña sonrisa que jugó brevemente sobre su rostro sesentón sin arrugas.

—Supongamos que tenemos una votación sobre el asunto —dijo Avalon—, con permiso del invitado. Hago la moción de que tengamos un banquete en el cual no haya nada más que conversación civilizada.

—Todos los que están a favor de la moción de Jeff... —dijo Halsted.

Y fue mientras las manos comenzaban a levantarse (menos la de Gonzalo) que sucedió algo señalado como un evento completamente sin precedentes en la historia de los banquetes de los Viudos Negros. Hubo una violenta intrusión de una persona no invitada.

Se escuchó, para comenzar, el sonido de un forcejeo en las escaleras, algún vago levantar de voces, y un grito apagado de, ‘Por favor, señor, por favor...’

Los Viudos Negros se paralizaron, asombrados, y entonces un hombre joven irrumpió en la habitación.

Estaba ligeramente despeinado y respiraba con fuerza. Los miró uno por uno, y por detrás el camarero dijo:

—No pude detenerle, caballeros. ¿Llamo a la policía?

—No —dijo Halsted quien, como anfitrión, automáticamente tomó la iniciativa—. Nos haremos cargo. ¿Qué quiere, joven?

—¿Son ustedes esos tipos, los Viudos Negros? —dijo el intruso.

—Esta es una reunión privada —dijo Halsted—. Por favor, márchese.

El intruso levantó una mano, apaciguador.

—Me iré en un minuto. No estoy aquí para comer nada. Pero, ¿es este el lugar donde se reúnen los Viudos Negros, y son ustedes los tipos?

Avalon, con la voz tan aguda como pudo, dijo:

—Somos los Viudos Negros, señor. ¿Qué es lo que desea?

—Bueno, ustedes ayudan a la gente, ¿verdad?

—No, no lo hacemos. Tal como usted ha sido informado, esta es una reunión privada y no tenemos otro propósito que reunirnos.

El intruso pareció perplejo.

—Me dijeron que ustedes resuelven cosas. Tengo un problema —De repente, ya no se veía formidable. Era de altura media, con un espeso cabello negro, ojos y cejas oscuros, y casi atractivo. Parecía estar en la mitad de los veinte y, más allá de una casi teatral afectación de rudeza, tenía un toque de desamparo y confusión—. Me dijeron que me podían ayudar... con mi problema —dijo.

El cuello de su camisa estaba abierto y su nuez, bastante visible, subía y bajaba.

—Podría pagar algo.

—¿Cuál es su problema? —dijo Gonzalo alegremente.

Trumbull gruñó.

—Mario —Se volvió hacia el intruso—. ¿Cuál es su nombre?

—Frank Russo —dijo el intruso desafiante, como si esperara que alguien objetase el nombre.

—¿Y dónde escuchó que nosotros resolvemos problemas?

—Sólo lo escuché —dijo Russo—. No importa dónde, ¿verdad? Otros tipos que comieron con ustedes hablan, tal vez, y eso va de uno a otro. De modo que yo pregunté y averigüé que ustedes comen aquí en el Milano, un buen restaurante paesano -si tiene la pasta para pagarlo- y que iban a estar aquí esta noche, y pensé, maldita sea, si ustedes ayudan a otros, tal vez puedan ayudarme.

—Sí —dijo Rubin, y parecía combativo—, pero exactamente ¿quién le dijo dónde y cuándo nos reuniríamos?

—Si no les gusta —dijo Russo— que la gente hable de ustedes, entonces les digo que no les diré nada. La manera en que ustedes sabrán que no lo haré es que no hablaré del tipo que me dijo de ustedes.

—Eso suena bastante justo para mí —murmuró Drake.

—Ahora, si ustedes no quieren ayudarme —dijo Russo—, me iré. Sin embargo, después de eso, si escucho a alguna persona decir que ustedes ayudan a la gente, lo negaré.

Hubo un silencio en ese momento, y entonces Russo dijo, con una nota de auténtica súplica en la voz:

—¿Puedo al menos contarles lo que me está carcomiendo?

—¿Cuál es el consenso? —preguntó Halsted—. El que esté a favor de escuchar a Russo que levante la mano —Él levantó la suya, y la mano de Gonzalo subió vigorosamente.

—Bueno —dijo Drake—, escuchar no hará ningún daño —y levantó la suya.

Halsted esperó, pero las manos de Avalon, Trumbull y Rubin permanecían resueltamente bajadas.

—Tres a tres —dijo Halsted—. Lo siento, Haskell, puedo ver que estás ansioso por levantar la mano, pero no eres un viudo. Henry, ¿romperás el empate?

—Bueno, señor Halsted —dijo Henry—, si usted insiste, entonces mi propio sentir es que cuando los Viudos están empatados en algún punto, las preferencias se deberían inclinar hacia el misericordioso. Es duro volverle la espalda a alguien en problemas —y levantó su mano.

—Bien —dijo Halsted—. ¿Podrías traer una silla, Henry, y ponerla cerca de la puerta para el joven? Siéntese, Russo.

Russo se sentó, puso las manos sobre las rodillas y miró alrededor ansiosamente. Ahora que había logrado su meta, parecía estar inquieto por el lugar en que se encontraba.

—Haskell, interrumpiremos tu interrogatorio para hacernos cargo del señor Russo, si podemos. Espero que no te importe.

—Por el contrario —dijo Pritchard—. Quería votar a favor del joven, como sospechabas, y estoy contento de que el camarero le pusiera su voto, aunque pensaba que sólo los miembros podían votar.

—Henry es un miembro... Y ahora, Jim, ¿harías los honores?

Drake apagó su cigarrillo.

—Joven —dijo—, ordinariamente comenzaría preguntándole cómo justifica su existencia, pero no es un invitado nuestro y por lo tanto esa pregunta no corresponde. Puede decirnos cuál es su problema, pero debo prevenirle que cualquiera de nosotros puede interrumpir para hacer una pregunta, y que Henry, nuestro camarero, también lo puede hacer. A cambio, usted debe responder todas las preguntas completa y sinceramente, y debe comprender que no podemos garantizar que seremos capaces de ayudarle.

De acuerdo, eso me alcanza. Les contaré la historia, pero tienen que prometerme que no saldrá de esta habitación.

—Le aseguro —dijo Drake— que nada de lo que pasa dentro de esta habitación es mencionado por los Viudos Negros afuera, aunque parece que al menos uno de nuestros invitados no se ajustó a la regla.

—Entonces de acuerdo —Russo cerró los ojos por un momento como si estuviera decidiendo dónde comenzar. Entonces dijo con firmeza—: Tengo una hermana que acaba de cumplir dieciocho.

—¿Cuál es su nombre? —dijo Gonzalo.

—Se los diré —dijo Russo—, aun si no lo hubieran preguntado porque es parte del problema. Su nombre es Susan. Toda la vida le llamé Suzy, pero ahora tiene en la mente que quiere ser llamada Susan y así es como le decimos ahora.

»Es mi hermana menor. Tengo veinticuatro años y he estado haciéndome cargo de ella por seis años... desde que murió nuestra madre.

—¿Tiene empleo? —preguntó Avalon.

—Claro que tengo empleo —dijo Russo indignado—. ¿Qué clase de pregunta es ésa? ¿Cómo podría haberme hecho cargo de mi hermana sin un empleo? Estuve conduciendo un camión para una cervecería desde que tenía quince y desde hace dos años tengo el puesto de supervisor. No soy rico, pero gano dinero honrado y puedo pagarles... algo.

Avalon parecía incómodo.

—No es un asunto de pago, señor. Sólo siga con la historia. ¿Su padre también ha fallecido?

—No sé dónde está mi padre —dijo Russo—. Tampoco me importa. Él se fue —su brazo hizo un desdeñoso gesto final—. Yo cuido de Susan. La cuestión es que Susan no es... brillante.

—¿Quiere decir que es retardada? —dijo Drake.

—No es loca. No lo piensen. Sólo que no es brillante. Las personas podrían sacar ventaja de ella y no hay mucho que ella pueda hacer como trabajo.

—Con cuidados educativos especiales... —comenzó Avalon.

El rostro de Russo se retorció.

—¿De qué sirve hablar de eso? No tengo el dinero para eso.

Avalon enrojeció y murmuró:

—Otra vez el problema sociológico. Las personas reconocen la necesidad y dicen querer una solución, pero si es cuestión de fondos públicos el contribuyente abotona su bolsillo.

—Ella cocina —dijo Ruso—. Cuida el lugar. También puede hacer las compras, y los muchachos del vecindario la conocen y se aseguran de que no le suceda nada. Si alguno se sale de la línea, alguien le dará su merecido.

Su puño se cerró y en sus ojos se vio una mirada de acero.

—Todos son cuidadosos, se los aseguro, pero es algo que ha estado preocupándome más y más. Ella es la niña más buena del mundo, siempre deseando ayudar, siempre sonriente. Se cuida ella misma realmente bien, y la cuestión es que ella está comenzando a ser muy atractiva. Es algo por qué preocuparse, ¿saben a qué me refiero?

—Sabemos lo que quiere decir —dijo Drake—. ¿Le gustan los hombres?

—Seguro que sí. Le gustan todos, todo el mundo, pero no sabe sobre esa clase de cosas. No lee y nadie le habla sucio, se lo puedo asegurar. Pero en estos días uno tiene que ser cuidadoso con las películas que ella ve; y ya que estamos... uno tiene que ser cuidadoso con la televisión, ¿saben qué quiero decir? Además, cualquier tipo quiere algo, ella aceptará, porque tiene buenos sentimientos, ¿saben qué quiero decir?

—¿Tiene usted una novia? —dijo Drake.

—¿Qué se supone que quiere decir? —dijo Russo rápidamente—. ¿Cree que soy gay?

—Le estoy preguntando si tiene una novia.

—Claro que sí.

—¿Sabe sobre Susan?

—Claro que sí. Y cuando nos casemos, ella sabe que deberemos seguir cuidando a Susan. Y está dispuesta. Se queda con ella por las noches cuando me tengo que salir. Como ahora.

Avalon se aclaró la garganta y preguntó, tan delicadamente como pudo:

—¿Ha pensado que, con una operación, ella podría...?

Claramente Russo había pensado en eso ya que no permitió que terminara la pregunta.

—No vamos a cortarla.

—¿Ha hablado con su predicador? —dijo Gonzalo.

—Nah... —dijo Russo—. Ya sé lo que dirá. Sólo dirá que sigamos haciendo lo que estamos haciendo y que confiemos en Dios.

—Ella podría ser una buena monja —dijo Gonzalo.

—No, ella no tiene vocación. Y yo no voy a hacerla monja sólo por librarme de ella. Yo no quiero librarme de ella, ¿sabe?

—¿Espera que ella se case algún día? —dijo Rubin.

—Puede ser —dijo Russo, desafiante—. Sería una buena esposa; mucho mejor esposa que la mayoría que veo por allí. Tiene buenos sentimientos, es trabajadora, limpia —Dudó—. Por supuesto, quien se case con ella tiene que entender que ella no es lista, y que tendrá que cuidar de ella porque cualquiera podría tomar ventaja, si sabe qué quiero decir. Y tendrá que tener eso en cuenta si alguien lo hace, y no tomárselas con ella.

—¿Qué pasa si tiene niños?

—¿Qué pasa si los tiene? Ella los cuidaría bien. Y ellos no tienen que ser como ella. Yo no lo soy. Mi mamá no lo era.

De repente, Trumbull hizo sonar la copa de agua con la cuchara. Hubo un silencio.

—Caballeros —dijo—, esto está todo bien, pero el señor Russo nos está haciendo perder el tiempo. ¿Cuál es el problema? No han nada que podamos hacer con su hermana, si ese es el problema. Si ha venido a pedir consejo acerca de qué hacer con ella ahora que tiene dieciocho años, me parece que yo diría lo mismo que el predicador, seguir haciendo lo que está haciendo y confiar en Dios. Hago la moción de que terminemos este asunto ahora.

—Hey, espere —dijo Russo, ansioso—. No les he contado mi problema todavía. Toda esta cuestión ha sido sólo para explicar.

—Bien, entonces, señor Russo —dijo Halsted—, creo que entendemos lo de su hermana. ¿Nos contaría su problema ahora?

Russo se aclaró la garganta y hubo un momento de silencio mientras parecía una vez más estar eligiendo entre comienzos alternativos.

—Hace dos semanas —dijo—, el día diez, mi hermana fue recogida.

—¿Por la policía? —preguntó Gonzalo.

—No, por algún tipo. Ninguno del vecindario. No sé quién era el tipo. Yo estaba trabajando, por supuesto, y Susan había salido a hacer algunas compras. Ella tenía estrictas instrucciones de no hablar con nadie que no conociera. Nunca. Pero adivino que debió hacerlo esta vez. Hice un montón de preguntas por el vecindario en las dos últimas semanas. Todos conocen a Susan y todos estaban contrariados, y de lo que un tipo decía a lo que decía otro, lo que parece es que estaba conversando con un tipo alto, delgado, buen mozo, pero nadie pudo jurar exactamente cómo era, excepto tal vez que tenía cabello rubio. Les dije que cómo permitieron algo así, que estuviera conversando con un tipo extraño. Todos me dijeron que pensaron que era algún amigo porque se imaginaban que Susan no hablaría con un extraño.

»La llevó en un automóvil y cuando regresé del trabajo ella aún no había regresado, y puedo decirles que me volví loco. Corrí por todo el vecindario y tuve a todos los tipos revisando todo —sacudió la cabeza—. No sé qué hubiera hecho si ella no regresaba a casa.

—Entonces, ¿ella regresó a casa? —dijo Trumbull.

—Cuando estaba oscureciendo. Como sea, la había puesto sobre un tren y ella se bajó en la estación correcta, gracias a Dios, y supo lo suficiente para tomar un taxi. Tenía dinero. Todavía tenía su billete de tren y creo que vino desde Larchmont en Westchester.

—¿Estaba ella bien? —preguntó Gonzalo.

Russo asintió.

—No estaba herida. Logré no decirle nada en el momento, pero al día siguiente me quedé en casa, avisando que estaba enfermo, y la tuve contándome todo lo que había pasado. Tenía que saber.

»Bueno, se encontró al tipo y él le habló, y la siguió, ya saben. Ella dijo que era muy buen mozo y que hablaba bien y que le compró un refresco de helado, y le preguntó si quería un paseo en su coche y que era un coche muy hermoso. Bueno, no se pudo resistir; siempre está de acuerdo con lo que sea de todos modos. Me imagino que él es uno de esos tipos de clase alta que viene a un vecindario pobre a recoger algo fácil de pagar. Esta vez recogió algo fácil por nada, excepto un refresco de helado.

—¿Acaso él...? —comenzó Avalon.

Russo lo cortó.

—Sí. Lo hizo.

—¿Cómo lo sabe?

—Porque Susan me lo dijo. Ella no sabía de qué se trataba, y me lo dijo. El sucio... —Se controló, entonces dijo furiosamente—: Él tuvo que saber que ella no sabía de qué se trataba. Él tuvo que saber que ella no era... lista. Fue como tomar ventaja de un niño pequeño.

—Si ella hubiera tenido la instrucción apropiada... —comenzó Avalon, pero recibió una mirada furiosa de Russo, se detuvo, y miró para otro lado.

—¿Cómo se siente su hermana acerca de esto? —dijo Rubin.

—Ella piensa que fue grandioso. Esa es la peor parte. Querrá hacerlo otra vez. Se lo sugerirá a los tipos.

—No —dijo Rubin—, esa no es la peor parte. ¿Está embarazada?

—Cuide su lenguaje —dijo tenso Russo.

Rubin levantó sus cejas.

—Permítame decirlo de otra manera. ¿Está esperando familia?

—No, gracias a Dios. No lo está. Ha tenido su... periodo... desde entonces. Está todo bien.

—Bien, entonces, señor Russo —dijo Trumbull—, ¿cuál es su problema?

—Quiero encontrar al tipo —dijo Russo.

—¿Por qué? —dijo Avalon.

—Quiero enseñarle una lección.

Avalon sacudió su cabeza.

—Si estuviera pensando en matarle, no podemos ser parte de eso. Tal como están las cosas, su hermana es mayor de dieciocho años, y no ha sido llevada más allá del límite estatal. No fue herida ni embar... espera familia. Fue con él voluntariamente y tuvo un buen momento, y él siempre puede alegar que no tenía idea de que ella era retar... no responsable. No creo que pueda ser acusado de secuestro. Ella fue regresada puntualmente y no hubo pedido de rescate. De hecho, no creo que pueda ser acusado de ningún crimen para nada.

—Es por eso que no voy a la policía —dijo Russo—. De todos modos no podría, aun si pudiera endilgarle un crimen. No puedo permitir que la gente sepa lo que le pasó a Susan. Sería una desgracia para ella y para mí. Y si los tipos saben que ella no es... no es... ustedes saben lo que quiero decir, no la respetarán. Se pueden imaginar, bueno, tantos como somos, qué importa uno más.

»De modo que tengo que encontrarlo. No voy a matarlo, pero sólo quiero explicarle que lo que hizo no estuvo bien, y ya que probablemente yo no tengo su educación y no se lo puedo explicar con palabras finas, me gustaría usar una clase diferente de lenguaje. Escuchen, es posible que le haga eso a las hermanas e hijas de otras personas y tal vez, sólo tal vez, si le arreglo el rostro un poco así no es tan buen mozo, no será tan fácil la próxima vez.

—Simpatizo con su punto de vista —dijo Avalon—. Creo que el hombre es un canalla y que le vendría bien pagar por su intrusión en la vida de su hermana y la suya... pero no logro ver cómo podemos ayudarle a encontrarlo.

—Realmente —dijo Russo—, Susan recuerda algunas cosas.

—Por ejemplo.

—Ella dijo que el tipo decía siempre, ‘No te preocupes. No te preocupes’. Por supuesto, el sucio bastardo. Él no tenía nada de qué preocuparse. Pudo ver que ella era una chica limpia y que no le daría nada; sin embargo con su clase de vida, él pudo darle algo a ella, y no quiero decir un bebé.

—Sí, comprendemos —dijo Avalon—, pero ¿qué recordaba Susan?

—Bueno, él dijo, ‘No te preocupes. No te preocupes’ y entonces dijo, ‘Mira, esa es mi casa, y mira cómo se llama’.

—¿Cómo se llama la casa? —preguntó Gonzalo.

—Sí. Uno de esos lugares lujosos que hay en los suburbios con un nombre, imagino. Ya saben, un trozo de madera sobre el césped con el nombre escrito. Esa es la clase de tipo que es, trabajo de lujo, casa de lujo, familia de lujo, y cuando la esposa de lujo y los niños salen de unas vacaciones de lujo, él se queda en casa y sale a hacer la ronda por allí.

—¿Cuál era el nombre de la casa? —dijo Trumbull con una visible impaciencia acumulada.

—Susan dijo que la casa había sido nombrada para ella. Ella dijo que este tipo pensaba que ella era una santa.

—¡Qué!

—Ella dijo que la casa se llamaba ‘Santa Susan’.



—¿Está seguro? —dijo Halsted—. ¿Pudo Susan leerlo?

—Ella puede leer algo, pero realmente dijo que él se lo leyó. Eso me hace pensar que tal vez estaba en letras de fantasía porque una palabra que Susan puede leer fácilmente en letra de imprenta es su propio nombre. Ella dice que él leyó el nombre y que eso la hacía santa. Ella sabe qué son las santas, y le encantó. Pensó que el nombre de la casa era por ella —Russo sacudió la cabeza tristemente—. Ese es el tipo de cosas que ella pensaría.

—Nunca escuché sobre una Santa Susan —dijo Halsted—. ¿Hay alguna?

—No juraría que no lo hay —dijo Rubin—, pero nunca escuché de alguna tampoco. ¿Y tú, Jeff?

Avalon sacudió la cabeza.

—¿Por qué no podría una casa ser llamada Santa Susan —dijo Gonzalo—, aunque no hubiera ninguna en la lista? Tal vez era una referencia a su esposa o a su madre.

—No vas diciéndole a tu esposa o a tu madre que es una santa en una tabla sobre el césped —dijo Rubin.

—Los hay de todo tipo —dijo Gonzalo.

—Hay un punto más —dijo Russo—. Le dijo a Susan que la razón de haber nombrado la casa Santa Susan era por su propio nombre. No por el de su madre o esposa, saben, sino por su propio nombre. Por supuesto, eso también le hizo gracia a Susan. Eso quería decir que la casa tenía el nombre por él y por ella. De las reacciones de Susan a todo esto y por todas las demás cosas que debe haber dicho, ese desgraciado debe haber sabido que ella no era... una... persona completa. Él tuvo que saber que estaba haciendo algo terrible. No tiene excusa.

—Estoy de acuerdo —dijo Halsted—, pero ¿hay algo más? ¿Es sólo que la casa se llamaba ‘Santa Susan’ y que eso era por su nombre? ¿Cuál era su nombre?

Russo sacudió la cabeza.

—No lo sé. Susan no puede recordar. Susan nunca recuerda nombres. Sabe que yo soy Frank, pero le dice a cualquier otro ‘Johnny’. Ella no recuerda el nombre del tipo. Tal vez nunca se lo dijo por lo que sé.

—¿Eso es todo, entonces? ¿Nada más?

Russo sacudió la cabeza otra vez.

—Eso es todo. ¿Entonces qué hago? ¿Cómo encuentro al tipo?

—Me temo que su hermana debe haberse equivocado —dijo Gonzalo—. ‘Santa Susan’ parece tonto, y no puede tener conexión con el tipo. Él no se llama Susan, estoy seguro. A menos que haya un nombre de varón que suene como Susan.

—¿Sampson? ¿Simpson? —dijo Drake.

—¿Santo Sampson? ¿Santo Simpson? —dijo Gonzalo—. Son peores que Santa Susan.

Pritchard levantó la mano.

—¡Caballeros! Discúlpenme.

—Sí, Haskell —dijo Halsted.

—Sé que no soy miembro de los Viudos Negros y que no puedo votar. Pero, ¿puedo participar en esta discusión?

—Oh, seguro. No hay intención de excluirte.

—¿Podría ser Susan —dijo Pritchard— el apellido de este tipo? Si vive en Larchmont, se pueden buscar personas con ese apellido en la guía telefónica.

Russo parecía contrariado.

—Eso pensé yo mismo, y busqué la guía telefónica de Larchmont. No hay apellidos Susan allí. Por supuesto, pude intentar otras ciudades. Él pudo haber llevado a Susan hasta la estación de Larchmont desde otra ciudad.

—Bueno, veamos —dijo Rubin—. ¿Puede haber alguna sutileza allí? Susan es un nombre muy común. De hecho, he visto estadísticas que dicen que en el momento actual es el más común de los nombres femeninos, más común aun que María. Eso viene del popular libro apócrifo Susanna y los Ancianos, que estaba eventualmente incluido en el Libro de Daniel.

Sonrió algo burlonamente a través de su escasa barba.

—Siento mucho si esto sonó un poco pedante. Generalmente dejo esta clase de cosas a ti, Jeff, pero ‘Susanna y los Ancianos’ está generalmente considerada como la primera historia de detectives de la literatura occidental y por eso me interesa profesionalmente.

—¿Y esto tiene algún punto más allá del hecho de que te interesa? —dijo Trumbull.

—Sí, lo tiene, porque Susanna es la forma inglesa del nombre hebreo Shoshannah, que sucede que significa ‘azucena’.20

—¿Y alegas que el nombre del tipo es Azucena? —dijo Gonzalo.

—Su apellido —dijo Rubin fríamente—, podría ser Azucena, o Asucena, con una ‘s’. ¿Por qué no?

—Podría ser —dijo Avalon—, y si el señor Russo está completamente determinado a seguir todas las direcciones, supongo que puede seguir esa. De todos modos, no imagino que nadie sino el más devoto pedante -tal como el que todos insisten en señalar en mí- si quiere nombrar a la casa como él mismo, lo haría con la versión hebrea de su nombre, sólo en orden de terminar con ‘Santa Susan’. Seguramente podría también haberle puesto ‘Santa Lily’ y terminado.

—Bueno —dijo Halsted—. ¿Alguien más tiene alguna idea?

Hubo silencio alrededor de la mesa.

—Lo siento, señor Russo —dijo Halsted—, pero la información que nos ha entregado simplemente no es suficiente. Tal vez sea mejor tomar la actitud de que su hermana no ha sido realmente herida y decidir que aunque el incidente fue deplorable, no hay nada que hacer sino olvidarlo.

—No —dijo Russo, empecinado—. No puedo olvidarlo. Tendré que seguir buscando. Si me toma toda la vida —agregó melodramáticamente.

Se levantó.

—Siento que no hayan podido ayudarme. Siento mucho haber interrumpido su cena.

—Espere un momento —dijo Gonzalo—. ¿Qué es esto? Nadie le ha preguntado a Henry todavía.

—Pregunté si alguien más tenía ideas —dijo Halsted—. Eso incluía a Henry, ¿verdad? Henry, ¿tengo que preguntarte específicamente?

Henry parecía compungido.

—Es difícil para mí, señor Halsted, pensar en mí mismo como en un Viudo Negro.

—Eso es muy irritante, Henry —dijo Halsted—. No pasa un solo banquete sin que te digamos que tú eres un Viudo Negro.

—Y el mejor de todos —murmuró Trumbull.

—Entonces, ¿tienes una sugerencia que hacer? —preguntó Halsted.

—No exactamente todavía —dijo Henry—, pero tengo una pregunta que hacer.

—Adelante y pregunta.

—Bueno, adelante, camarero —dijo Russo—. Si usted es uno del grupo, pregunte.

—Señor Russo —dijo Henry—, usted dijo que su hermana no recuerda los nombres. Si usted fuera a sugerirle un nombre a ella, ¿supone que recordaría si el nombre era el del hombre que la llevó?

Russo dudó.

—No lo sé. Si usted le dice un nombre, podría decir, ‘Sí, ese es el nombre’, sólo por agradar, ya sabe.

—Pero suponga que le doy tres nombres y usted intenta con los tres, y ella elige uno de ellos y dice que es ése y no los otros dos. ¿Sería confiable?

—Podría ser —dijo Russo, dudando—. Nunca intenté nada como eso.

—¿Puede hablarle a su hermana por teléfono, señor Russo?

—Sí. Seguro. Está en casa en este momento, con mi novia.

—Entonces llámela y pregúntele si el nombre del hombre era Bill. Entonces pregúntele si el nombre del hombre era Joe. Y entonces pregúntele si el nombre del hombre era Fred.

Russo miró hacia los demás.

—Hay un teléfono por allí —dijo Halsted—, cerca del guardarropas —Levantó una moneda.

—Tengo una moneda, gracias —dijo Russo. La puso en la ranura y marcó—. Hola, Josephine, soy Frank. Escucha, ¿está Susan dormida? - ¿Puedes ponerla al teléfono? - Bueno, ya sé, pero es importante. Dile que me hará muy feliz si viene al teléfono y que tomará sólo un minuto y que luego puede volver al programa, ¿de acuerdo? —Esperó y dijo—: Ella está viendo la televisión - Hola, Susan, ¿estás bien? Sí, soy Frank. Tengo que hacerte una pregunta. ¿Recuerdas al tipo que te llevó a dar una vuelta en su coche? Sí, sí, ese tipo, pero no me digas lo que hizo. Lo sé. Lo sé. De acuerdo, escucha, Susan muñeca, este tipo, ¿se llamaba Bill?

Puso la mano sobre la bocina y dijo en un susurro ronco a los Viudos Negros en general:

—Ella dice que tal vez. No se puede contar con eso.

—Intente con Joe —dijo Henry en voz baja.

—Susan —dijo Russo en el teléfono—. Tal vez era Joe. ¿Crees que era Joe, cielo?

Otra vez su mano fue colocada sobre la bocina y sacudió la cabeza.

—dice que tal vez. Dirá eso a cualquier cosa que intente.

—Ahora intente Fred —dijo Henry.

—Susan —dijo Russo—. ¿Qué tal Fred? ¿Pudo haber sido Fred?

Hubo una pausa y entonces se quedó con los ojos abiertos como platos por encima de sus hombros hacia los Viudos Negros.

—Está gritando, ‘Es Freddie. Es Freddie’ —Sostuvo el teléfono en su dirección y el sonido de un chillido femenino era claro.

—Gracias, Susan —dijo Russo en la bocina—. Eres una buena chica. Ahora vete a ver la televisión - Sí, llegaré pronto a casa.

Colgó el teléfono.

—Ese Fred está bien —dijo—. No fue un ‘tal vez’ para ser buena. Estaba saltando arriba y abajo. ¿Cómo lo supo?

Henry sonrió desmayadamente.

—Fue sólo un acierto. Verá, hubo un monarca prusiano en el siglo XVIII llamado Frederick el Grande...

En este punto, Avalon comenzó a hablar de repente.

—Buen Dios, Henry, ¿por qué estas cosas se te ocurren cuando las he olvidado completamente?

—Estoy seguro, señor Avalon, que de haber pensado unos pocos minutos más también se le hubiera ocurrido a usted.

—Espere —dijo Russo, frunciendo el ceño—, ¿qué es todo esto? ¿Qué tiene que ver ese Frederick el Grande con algo?

—Bueno —dijo Henry—, Frederick era un monarca trabajador quien construyó un pequeño castillo en una población rural al que se podía retirar de vez en cuando y estar relativamente libre de los asuntos de estado. Era casi como el presidente americano saliendo para Camp David por el fin de semana. En este castillo, Frederick podía reunirse con eruditos y escritores y tener conversaciones intelectuales. Le llamó al castillo, ‘Sin Problemas’, o ‘Sin Preocupaciones’. Pensé en eso cuando usted describió cómo ese hombre le decía a su hermana que no se preocupara y que entonces señalaba el nombre de la casa como si hubiera una conexión.

Russo tenía un honesto desconcierto en el rostro.

—¿Llamó a su casa ‘No te preocupes’? —dijo.

—No exactamente. Frederick el Grande, aunque era gobernante de un reino alemán, hablaba francés, y llamó a su castillo con la frase en francés que significa ‘sin cuidado’. La llamó Sans Souci. Imagino que este hombre que llevó a su hermana se llama Frederick y que tenía la educación suficiente para haber escuchado sobre Sans Souci, y tuvo l afectación de copiar al gran Frederick en este aspecto. Estoy seguro, señor Russo, que si va hasta Larchmont o a las ciudades vecinas, y mira el directorio por una casa que lleve ese nombre y cuyo propietario se llame Frederick, lo encontrará.

—¿Es esto real? —dijo Russo—. ¿San Susi? Nunca escuché de eso. Pero seguro que Susan hubiera pensado que era Santa Suzie. Y aunque ella quiere ser llamada Susan, toda su vida fue Suzie y tendría las dos mezcladas y decir que era Santa Susan —Levantó la mirada muy serio, y frotó el puño derecho con la palma de la mano izquierda—. Creo que voy a encontrar a este tipo.

—Por supuesto que podrá —dijo Henry—, pero si lo hace, ¿puedo sugerirle algo?

—Seguro.

—Nosotros los Viudos Negros no podemos estar a favor de la violencia. Si sucede que este Frederick es un hombre casado con una posición respetable en la comunidad, yo simplemente discutiría el asunto con la esposa. Evitará lo que puede ser un roce serio con la ley, y pienso que el resultado sería entonces mucho menos placentero para el hombre que un rostro maltratado.

Russo pensó por un momento.

—Tal vez —Y se fue.

—Esa fue una sugerencia cruel, Henry —dijo Avalon.

—El hombre ha realizado una mala acción —dijo Henry.


POSTFACIO


Aquí hay otro caso en el cual (como en ‘El Buen Samaritano’) me las arreglé para torcer la regla habitual sin causar daño irremediable. Después de todo, hasta ahora los Viudos Negros han resuelto no menos de cuarenta y siete problemas y al menos no es imposible que la palabra haya fallado, y que por lo tanto algo debía suceder como lo hizo en esta historia: una intrusión.

Y por eso digo adiós otra vez, y muy renuentemente. Hay pocas de las historias que escribo que disfrute tanto como mis Viudos Negros, y habiendo escrito ya cuarenta y ocho en total no ha disminuido en absoluto mi placer, ni se han gastado mis dedos de escribir. No puedo garantizar que esto sea cierto también con mis lectores, pero ciertamente lo espero.



FIN
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1 LONELY AS A CLOUD: solitario como una nube, que tiene más de catorce letras, por supuesto. (Nota del traductor)

2 WEALTMDITEBIAT es la clave, escrita en inglés. (Nota del traductor)

3 Pitcher es, al mismo tiempo, una jarra o cántaro, y un lanzador de béisbol. (Nota del traductor)

4 En béisbol, el que detiene un avance. No se traduce para retener el efecto de la broma del párrafo siguiente. (Nota del traductor)

5 El Hombre que Fingió Gustarle el Béisbol. (Nota del traductor)

6 Limericks: versos jocosos con una métrica y rima particular (Nota del traductor)

7 Búsqueda de inteligencia extraterrestre. (Nota del traductor)

8 Bandage = Vendaje. (Nota del traductor)

9 Juego de palabras intraducible. Cygnus y sinner pueden sonar parecido. (Nota del traductor)

10 Es la expresión fonética de ‘Playtoe’, que es como se pronuncia el nombre de Platón en inglés: Plato. (Nota del traductor)

11 Las palabras originales son: executioner, ablutioner, diminutioner, y la frase you-shun-her. Se cambiaron para mantener la rima. (Nota del traductor)

12 En español en el original. (Nota del traductor)

13 En el original: 'Then I can hum a fugue of which I've heard the music's din afore, and whistle all the airs from that infernal nonsense, Pinafore.'

14 Las tres son referencias denigrantes a los franceses. Como tales, no admiten traducción. (Nota del traductor)

15 Por la congruencia del relato se deja en el inglés original; significa de antemano. (Nota del traductor)

16 Demonios necrófagos. (Nota del traductor)

17 El sólo y único Oriente. (Nota del traductor)

18 En francés en el original. (Nota del traductor)

19 Del yidish y del hebreo: descaro. (Nota del traductor)

20 La palabra es lily, Lily. Se ha modificado algo el texto para hacerlo coherente. (Nota del traductor)


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