Los ciegos en la historia



Descargar 2.72 Mb.
Página2/54
Fecha de conversión15.09.2017
Tamaño2.72 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   54

QUINTA PARTE. (Continuación) LA EDAD CONTEMPORÁNEA

Capítulo XXX. AUSTRIA

El comienzo de la tiflología en Austria es tan similar al de Francia, que tal coincidencia y el ser el país danubiano uno de los primeros en preocuparse por la educación de los ciegos, son las razones que justifican el que estudiemos Austria inmediatamente después de la nación gala, si bien hemos intercalado Suiza, porque el país alpino va muy ligado en su historia a Francia, y porque geográfica y lingüísticamente es nexo entre este país y la nación del vals. Ahora bien, al iniciarse la Edad Contemporánea, Austria era núcleo central de un poderoso imperio del cual se han ido independizando, paulatinamente, todos sus estados miembros, hasta que, al terminar la Segunda Guerra Mundial, el 11 de noviembre de 1945, Europa quedó estructurada, salvo la división de las dos Alemanias, que fue posteriormente configurada de la forma actual. En consecuencia, en los capítulos inmediatamente posteriores a éste expondremos la historia de los ciegos en los países miembros del imperio austríaco, en todos los cuales los faltos de vista llevaron una vida miserable hasta el primer cuarto del siglo XX, siendo su principal actividad la mendicidad, con las alternativas de ser mantenidos por sus familiares, ejercer los oficios tradicionalmente practicados por los faltos de vista o percibir —en contados casos— un subsidio del Estado o una subvención de cualquier sociedad filantrópica, socorros que siempre eran insuficientes para poder vivir desahogadamente. También fueron muchos los ciegos que se ganaban el diario sustento, teniendo como profesión la música, como expondremos más adelante, y entre los cuales recordaremos a la niña que vivía en una casa sobre el Kahlenberg, en Heligenstadt, cerca de Viena, y que, según una leyenda, fue escuchada y observada por Beethoven a través de una ventana abierta de la casa, cuando interpretaba al piano pasajes de la sonata en Mi bemol mayor de este genial compositor, quien penetró en la vivienda, habló con la niña, y, finalmente, le dijo que quería dedicarle una pieza. Se sentó al piano e improvisó el primer tiempo de su sonata «Claro de Luna». Esto ocurría en el año 1802, cuando Beethoven tenía 32 años de edad.


Si el ciego no podía subsistir con ninguno de los recursos señalados, buscaba refugio en un asilo u hospicio, renunciando a todos sus derechos de ciudadano libre y vegetaba inútilmente hasta el fin de sus días. Pocos eran los que conseguían ser educados convenientemente para ganarse la vida con su propio esfuerzo, y únicamente quienes perdieron la vista, teniendo ya conseguida una buena posición en la sociedad, fueron los que pudieron continuar integrados en la misma y ajenos, en gran parte, a los problemas que planteaba la ceguera. Dignos de destacar entre estos últimos son Matías Winkler, el cartero del Tirol, que vivió en 1822, Uldericus Schomberg, de quien no tenemos datos biográficos (véase lámina n.° 1) y el ciego del acordeón, en quien está inspirada la película «El tercer hombre».
Al igual que ocurriera en Francia, también en Austria la educación de los ciegos la inició de forma sistemática y metódica un filántropo vidente, Johann Wilhelm Klein (1765-1847) (véase lámina n.° 2), director de la Beneficencia en Viena, quien el día 23 de mayo de 1804 comenzó a dar clases en su propio domicilio a un muchacho invidente de nueve años, llamado Jacob Braun. Así se pusieron las bases para la fundación de uno de los más importantes institutos para ciegos que hubo en Europa en el siglo XIX.

Klein nació en Alemania y, al acabar sus estudios de Derecho, se trasladó a Viena durante las guerras napoleónicas, y en Austria se ocupó de la asistencia a los pobres.


Lámina n. ° 1 Uldericus Schomberg.

Lámina n. ° 2 Wilhelm Klein.


Su interés por los problemas de los invidentes se despertó cuando leyó el folleto titulado «Proposición sobre un instituto para la educación de niños ciegos», que había publicado en 1802 el pedagogo vienes Franz Ganéis (1763-1809). En el año 1805, Klein exhibió a su alumno en un examen público que tuvo lugar en un círculo literario ante destacadas personalidades académicas vienesas, y el aprovechamiento y la capacidad intelectual de Jacob Braun fueron tan evidentes, que se considera el día 23 de mayo de 1805, fecha en la que se realizó dicha exhibición, como el día en el cual se fundó en Viena el primer colegio para ciegos del imperio austro-húngaro. Tal fue el éxito alcanzado por Klein y su discípulo, que en 1806 es reconocido oficialmente su colegio, al que ya asisten seis muchachos, siendo nombrado primer instructor de ciegos. Tanto se encariñó con el magisterio este ilustre personaje, que estudió Pedagogía en la Universidad de Viena para profundizar en el conocimiento de las Ciencias de la Educación y poder realizar su misión docente a plena satisfacción.
En 1808 consiguió Klein que el filántropo austríaco Klark, persona adinerada e influyente, fundara en Viena un instituto para ciegos, del cual Klein fue nombrado director, impartiendo en este centro las mismas clases que antes daba en su domicilio; labor en la que le secundaron otros profesores videntes, pues se aumentó el número de faltos de vista matriculados en el instituto. Simultáneamente gestionó de los poderes públicos la puesta en vigor de una política educativa y protectora en favor de los ciegos, consiguiendo que el Estado sufragase gran parte de los gastos que conllevaba el funcionamiento del Instituto Klark, que en el año 1816 fue reconocido oficialmente como Instituto Nacional de Ciegos, siendo subvencionado totalmente por el gobierno austríaco, ampliando su plantilla de profesores.
J. W. Klein, en principio, utilizó como sistema de lectura y escritura el empleado por Valentín Haüy, pero con las modificaciones introducidas por la ciega vienesa María Teresa von Paradis (1), artista que colaboró notablemente con el filántropo con el propósito de poner en marcha su instituto y orientarle en la problemática de los ciegos. Dicho sistema consistía, fundamentalmente, en poner en relieve con línea continua los caracteres usuales del alfabeto de los videntes, procedimiento que daba mediocres resultados. En 1805 publicó su libro «Tratado de enseñanza para ciegos a fin de aliviarles su estado, darles ocupaciones útiles y aleccionarles para el desempeño de funciones civiles», texto que recoge sus experiencias en la educación de los invidentes, de quienes pondera su temple, su total entrega, su intuición admirable, diciendo, además, que son «tranquilos, alegres, serenos, ingenuos y un poco susceptibles».
En 1809, siendo director del Instituto Klark de Viena, inventó un alfabeto compuesto de letras romanas, producido con líneas discontinuas de puntos en relieve muy finos, como si estuvieran hechos con la punta de un alfiler. El alfabeto Klein se compone de tipos movibles que llevan insertos en una de sus caras, agujas muy finas, formando los diferentes trazos de las letras. Además, en una de sus caras laterales está indicada en relieve la letra correspondiente que sirve de guía al usar dichos tipos. El aparato Klein se compone de una caja de madera, una de cuyas mitades está subdividida en casilleros y sirve para colocar los tipos en orden alfabético. En las tres primeras filas, de arriba abajo, van colocadas las letras; en la cuarta, los números, en la quinta y sexta, los signos, entre los que van incluidos unos tipos en blanco que se utilizan para la separación de las palabras. La tapa de la caja sirve como tablilla para escribir y con tal fin está cubierta en su lado interno por una felpa de tamaño adecuado, sobre la que se coloca el papel, quedando fijo con un marco de madera que tiene en sus lados un riel de metal, el cual lleva unos agujeros equidistantes en los que se sujeta la guía o rejilla que se usa para escribir, mediante dos pernos que aquélla lleva en cada una de sus puntas. Para escribir se coloca la guía en los agujeros interiores del marco, produciéndose la escritura de abajo arriba y de izquierda a derecha. Se van clavando los tipos unos al lado de los otros, de forma que el que va quedando atrás puede quitarse para usarlo en caso necesario. Terminada una palabra, se coloca sobre la última letra el tipo en blanco que sirve para este objeto, y a su lado ya puede colocarse la primera letra de la palabra siguiente. El alfabeto Klein, aunque fue anterior al sistema Braille, no alcanzó más que una difusión local, empleándolo exclusivamente los ciegos de Austria y Alemania, principalmente, en el colegio de Munich.
0(1) Véase su biografía al final del capítulo.

Klein inventó, además, un sistema de puntos salientes que no representaban letras; sino los sonidos de la lengua austríaca, con el cual pretendia compensar la lentitud que observaba en los invidentes al tener que tocar las letras una a una de un texto escrito. Era un procedimiento estenográfico-fonético que tuvo poca aceptación, pero que debió ser el fundamento de la sonografia o «Escritura nocturna» de Charles Barbier, que fue, como consignamos a su debido tiempo, el origen del sistema Braille.


Klein publicó gran cantidad de obras tiflófilas de capital importancia por su denso contenido, destacando «Tratado para la instrucción de los ciegos» (1819) e «Historia de la enseñanza de los ciegos» (1837). Sus libros fueron el fundamento de una escuela tiflológica vienesa a la que pertenecieron no solamente profesores del instituto por él fundado, sino también del Instituto Hebreo para Invidentes, que empezó a funcionar a mediados del siglo XIX en Viena.
En 1830 inicia J. W. Klein la búsqueda y recogida de cuantos aparatos y material emplean los faltos de vista en su educación, vida profesional y movilidad, fundando con todo lo reunido el «Museo de los Ciegos», en Viena, que actualmente es uno de los más importantes del mundo en su género, y que fue inaugurado, oficialmente, el 20 de junio de 1910 por Alejandro Mell, quien fue director del Instituto Nacional para la Educación de los Deficientes Visuales de Viena, desde 1866 hasta 1919. En el año 1934 contaba el museo con 3.760 piezas, que fueron catalogadas escrupulosamente, con amplio historial y explicación de su uso en las fichas correspondientes. En 1944 fue preciso empaquetar todos los objetos del museo y trasladarlos a una casa de campo, donde estuvieron ocultos varios años para librarlos de los bombardeos y poder restaurar las instalaciones del museo, que volvió a abrirse en 1963, notablemente disminuido en material, cuya pérdida fue irreparable al no haber reproducción de la mayoría de sus piezas. En 1973 se inauguró nuevamente en Viena el Museo de los Ciegos, merced a los desvelos y entusiasmo de su director y profesor Gustav Sageder. Esta institución es muy visitada por cuantos educadores de ciegos viven en Austria o viajan por su territorio; pues el estudio de sus piezas sugiere nuevos inventos que sirven para solucionar algunas de las dificultades que entraña la problemática de los invidentes. Es muy probable que Johann Wilhelm Klein tuviera algún parentesco con Franz Klein, autor de la obra «Das Leben In Dunkel», cuyo protagonista es ciego y encuentra todo muy fácil de realizar, porque posee un hipotético sentido que le permite salir airoso de las situaciones embarazosas que, normalmente, plantea la ceguera a los individuos que la padecen.
El hijo de Alexandre Mell, el doctor Alfred Mell, director del Museo Histórico de la Armada, fue uno de los más destacados impulsores del museo tiflológico de Viena que en 1934 exponía 3.762 objetos referentes a la historia de la educación de los ciegos, así como 1.643 grabados, telas y otras obras de arte. El 21 de mayo de 1973, gracias a los esfuerzos de Gustav Sageder, profesor de ciegos, se inauguró, oficialmente, por segunda vez, el museo en unas dependencias anejas al instituto de ciegos de Viena. Numerosos grabados describen la evolución lograda con los años en cuanto se refiere al estado social de los ciegos. Entre otros temas de interés para los visitantes del museo, citaremos los diversos sistemas de escritura táctil, la producción literaria de autores invidentes anterior a 1784 (año que se considera, generalmente, como el punto de partida de la educación de los ciegos). Allí se contempla el abanico de las profesiones ejercidas por los ciegos a partir de principios del siglo XIX; además de temas como «Siete siglos de música entre los ciegos» o «Del ciego en la antigüedad», son igualmente ilustrativos. Muchos cuadros alusivos a la ceguera decoran el museo, como el que ofrece el himno de Schiller «A la luz de los ojos», en su «Guillermo Tell» y otro con «El canto del vigía», de Goethe, con motivo de la ceguera de Fausto.
El sistema Braille tardó en imponerse en el imperio austro-húngaro unos cuarenta años y J. W. Klein lo conoció en 1837, dándole un carácter secundario en la enseñanza de los ciegos, por las mismas razones que siempre adujeron en otros países los educadores videntes. Tuvieron que ser los propios ciegos quienes obligaran a las autoridades académicas a ordenar la adopción del sistema Braille en las instituciones docentes del país dedicadas a la enseñanza de ciegos. El plan de estudios, aprobado por el Ministerio de Instrucción Pública austro-húngaro el 16 de septiembre de 1868, introdujo la enseñanza del sistema Braille en el Instituto Imperial y Real de Ciegos de Viena, pero Pablasek, director del mismo, preconizaba la enseñanza simultánea del Braille y de los caracteres vulgares (sistema Klein). Este filántropo vidente construyó un aparato que permitía escribir en el sistema francés el relieve y leerlo, seguidamente, sin necesidad de mover el papel, invento que dio a conocer su autor en el Congreso de Sordomudos y de Ciegos de 1877 en París (véase lámina n.° 3).
El ejemplo de J. W. Klein fue imitado por otros distinguidos filántropos austríacos y el Gobierno imperial se interesó mucho por la problemática de todos los discapacitados físicos, por lo cual, además del citado plan de enseñanza, celebró en Viena en el año 1873 el Primer Congreso Internacional de Profesores de Instituciones Docentes para Sordomudos y Ciegos, en el que estuvieron representadas cuarenta y siete de éstas, pertenecientes a África, Alemania, Austria-Hungría, Dinamarca, Escocia, España, Estados Unidos de Norteamérica, Francia, Inglaterra, Italia, Rusia y Suecia. En esta asamblea se establecieron las bases para una política educativa, recomendándose la instrucción de los sordo-mudos en centros independientes de los escolares ciegos; señalándose la metodología idónea y profesional de cada uno de estos dos grupos y propugnándose la creación de una institución docente para carentes de visión y otra dedicada a los sordomudos en las más importantes ciudades del país, principalmente en aquellas que fuesen núcleos comerciales o regionales. Se aconsejó, asimismo, fomentar la investigación, orientada hacia la búsqueda de nuevos aparatos que facilitaran el aprendizaje de los discapacitados físicos y sus actividades profesionales; acordándose proporcionar a cuantas instituciones para ciegos lo desearan toda la información que se consiguiera al respecto.

Lámina n. º 3 Mujer leyendo en Braille.


En Austria se concede mucha importancia a la formación social y cultural de los sordo ciegos, tratando de que sean autosuficientes, puedan relacionarse y comunicarse con sus semejantes, participen en actividades deportivas y tengan una buena educación. Para transmitir sus pensamientos a los sordo ciegos e hipoacúsicos sin vista se les proporciona toda clase de material y aparatos adaptados con el fin de mejorar su desenvolvimiento y, principalmente, se les impone en el dominio del alfabeto Lorm; alfabeto que explicamos en este capítulo, al presentar la biografía de su autor.
En 1878 había escuelas para ciegos en las ciudades austríacas de Brunsk (Moravia), Lespold (Galitzia), Dobling (cerca de Viena) y en la capital del imperio, cuyos directores asistieron al Primer Congreso Internacional de Sordomudos y de Ciegos celebrado ese mismo año en París, donde expusieron que en sus centros docentes se enseñaban, especialmente, los trabajos manuales, con el fin de que los faltos de vista dominasen un oficio con el cual pudieran ganarse la vida. En esta asamblea pudieron constatarse los brillantes progresos que se habían obtenido en la educación de estos disminuidos físicos, como resultado de la política docente preconizada en el anterior congreso pedagógico de Viena ya citado (véase lámina n.° 4).
J. W. Klein dio gran importancia en su instituto a la educación musical, porque era consciente de que el dominio de este arte y el virtuosismo en algún instrumento constituía una de las mejores fuentes de recursos para los faltos de vista, como se venía demostrando a lo largo de la historia. De forma gratuita consiguió que afamados profesores de música impartieran sus clases en el centro docente para ciegos que él dirigía, utilizando los mismos procedimientos puestos en práctica por la Real Institución de Jóvenes Ciegos de París, y también los aparatos ideados por María Teresa von Paradis, de los cuales hablaremos extensamente al dar a conocer su biografía en este capítulo. Quizás fuera el musicógrafo Ridinger el aparato más usado por la artista invidente vienesa y los alumnos de J. W. Klein, pues la tipografía de los otros aparatos musicales conocidos resultaba más difícil de hacer y entender (véase lámina n.° 5).
Hasta el año 1887 no se adoptó la notación musical Braille en la transcripción de obras de concierto y textos de enseñanza musical usados por los alumnos del Instituto Nacional de Ciegos de Viena, debiéndose esta innovación tan ventajosa para los ciegos a su recién nombrado director Alejandro Mell, quien es muy probable que se asesorase por Rudolf Braun (1869-1924), ciego vienes, compositor de óperas, quien nos dejó sus memorias manuscritas tituladas «Die Mauer» («El Muro»), libro en el que expone todas las dificultades con las que tropiezan los carentes de visión para poder componer y escribir música en relieve con sistemas totalmente convencionales y que jamás permiten al ejecutante leer lo que interpreta. Son muy amargas las quejas de Braun por los innumerables obstáculos que ha de superar para poder estrenar sus óperas tituladas «La época galante» y «Ovidius en la corte», esta última en tres actos, así como su ballet «La fidelidad de las muñecas».
Lámina n.° 4 Operario ciego cortando madera.

Lámina n.° 5 El musicógrafo Ridinger.


Alejandro Mell consiguió que el Gobierno pusiera en vigor una campaña profiláctica preventiva de la ceguera y de formación asistencial a los familiares de personas ciegas que dio óptimos resultados, porque se elevó el nivel de vida de éstos y así en 1910 había muchos menos deficientes visuales en el imperio austro-húngaro, que en el año 1890. Este destacado personaje nos dejó una admirable obra titulada «Manual enciclopédico de tifiología», publicado en el año 1899, en el cual nos informa ampliamente sobre las enseñanzas y actividades desarrolladas en el instituto austríaco, que en 1892 fue trasladado a un nuevo edificio de la misma capital, donde se ampliaron sus servicios, instalando una biblioteca y una imprenta Braille de carácter nacional, que empezaron a prestar gratuitamente e imprimir cuantos libros se precisaban para satisfacer las necesidades de todas las instituciones de ciegos y de aquellos que particularmente solicitaban los servicios correspondientes en las condiciones exigidas por el establecimiento. Alejandro Mell, su director en esta época, realizó una gran labor de captación de la sociedad vienesa para allegar fondos con los cuales cubrir todos los servicios pertinentes para los escolares austríacos, y fundó una asociación de protección y colocación, cuyos objetivos eran ayudar y buscar empleo a los alumnos del instituto que terminaban su estancia o los estudios en el mismo, siguiendo Mell el ejemplo de Mr. Dufau en Francia.
Durante los cuatro años que duró la Primera Guerra Mundial, el instituto sirvió como centro de rehabilitación para mutilados que habían perdido la vista en dicha contienda; en tanto que los escolares permanecían con sus familiares o estaban en lugares campestres, recogidos por personas caritativas. Hacia el año 1937 se abrieron en el instituto dos nuevas secciones: enseñanza de telefonistas y preparación para estereotipistas. En los últimos días de la Segunda Guerra Mundial fue destruido el edificio por los bombardeos y hasta 1958 no fue totalmente reconstruido, pero resultó muy pronto insuficiente para albergar al elevado número de alumnos; por lo cual se comenzaron a edificar varias construcciones anexas que se terminaron en 1977 y han resuelto todos los problemas de espacio que entorpecían la labor docente del establecimiento.

El antiguo Imperial y Real Instituto para la Educación de los Ciegos perdió su fama mundial al desaparecer la monarquía austro-húngara, pero volvió a realizar una eficiente labor durante los años comprendidos entre los dos conflictos bélicos de este siglo y desde 1945 está contribuyendo brillantemente a elevar el nivel cultural y social de los ciegos en la República Federal Austríaca. Este colegio continúa siendo la principal institución docente para ciegos de este hermoso país, no obstante haberse promulgado en 1946 la ley prescribiendo la asistencia de los ciegos a las escuelas públicas comunes; normativa que se cumple rigurosamente, lo cual propicia la integración social de los invidentes.


Como ya dijimos, en Austria hubo otros centros educativos, no muchos, en otras ciudades, además de en la capital, en los cuales no se admitía la co educación y se practicaba la misma metodología señalada en el Instituto Nacional, utilizando idénticos aparatos, pues en general, la normativa docente la dictaba el Gobierno para todos los centros formativos y culturales. En el informe presentado en el Congreso Internacional de Ciegos celebrado en El Cairo en el año 1911, se consignaban ocho poblaciones austro-húngaras en las que existían instituciones docentes para niños ciegos, en todas las cuales se concedía una importancia capital a las enseñanzas prácticas, trabajos domésticos, aprendizaje de algún oficio, con el objeto de ser útiles en los hogares y poder obtener algunos ingresos, si es que no eran capaces los alumnos de ganarse dignamente el sustento con su propio trabajo. Todos los establecimientos dedicados a la enseñanza de los ciegos estaban dirigidos por personas videntes y también tenían vista todos sus profesores, pues se consideraba a los carentes de visión incapaces de mantener la disciplina y la compostura de los alumnos en las aulas, negándoles la posibilidad de estar suficientemente documentados y preparados para impartir lecciones, ya que no disponían de tantos medios informativos como el profesor vidente para programar y desarrollar sus sesiones, si no es con una persona que lo auxilie. Estas son las razones que explican el que sea muy exiguo el número de invidentes austríacos que se dedica a la enseñanza en centros de deficientes visuales o de videntes, a no ser que ellos mismos funden o dirijan sus propios colegios.
Pocos años antes de estallar la Segunda Guerra Mundial ya comenzaron los faltos de vista a cursar los estudios de fisioterapia y a ejercer como masajistas, siendo dicho conflicto bélico una magnífica oportunidad para demostrar éstos su excelente técnica en el dominio de la kinesiterapia y la acupuntura, consiguiendo muchos de ellos colocarse en clínicas y hospitales militares, sirviendo de estímulo y ejemplo para otros muchos compañeros que aspiraban a ganarse la vida desempeñando esta profesión en la que, actualmente, trabajan unos doscientos cincuenta invidentes.
Austria cuenta con algunas escuelas para esquiadores ciegos, cuyo profesorado sabe explotar el coraje y la firme voluntad de superar los obstáculos que tienen sus alumnos, quienes desean emular al célebre Willy Hohm, campeón austríaco de esquí, quien habiéndose quedado completamente ciego, fue capaz de vencer su miedo y nostalgia, retornando a los campos de nieve con la intención de practicar nuevamente su deporte favorito. Fue su esposa, esquiadora profesional, quien con amor y paciencia lo convenció para que se calzara otra vez los esquíes, un hermoso día en una pista de varios kilómetros de longitud y libre de obstáculos, le marcó la ruta a seguir, llamándole con el propósito de que pudiera orientarse y dando palmadas con el mismo objeto, a la vez que le infundía ánimos en el primer descenso, totalmente a ciegas. El ejemplo de Willy Hohm estimuló no sólo a los faltos de vista austríacos, sino también a los de Alemania, Yugoslavia, Rusia, Francia y otros países.

Desde principios del siglo XX a los amblíopes se les imparten las mismas enseñanzas que a los ciegos, y en las instituciones docentes de éstos se practican, principalmente, los oficios que, tradicionalmente, ejercían los faltos de vista: cestería, carpintería, tapicería, cartonaje, cepillería, alpargatería, escobería, etc., pero después de la Segunda Guerra Mundial se fundó en Viena una escuela nacional para amblíopes, que sirve de piloto en cuanto concierne a la educación y formación profesional de los deficientes visuales de toda la nación, y en la que se emplean textos impresos en letra más grande y con material adaptado, como la telelupa, las gafas binaculares y otros aparatos más modernos.


Tras la visita que el príncipe austríaco de Schoemberg efectuó a los talleres protegidos para deficientes visuales de París en el año 1799, se inició en el imperio austro-húngaro una política de ayuda a los ciegos, colocándolos en instituciones fabriles, previa una formación profesional idónea, si es que no eran los operarios adultos que ya practicaban el oficio antes de perder la vista. Estos talleres dieron un resultado excelente y en ellos se emplearon a centenares de deficientes visuales que hacían cigarrillos, ensartaban cuentas para gargantillas, collares y abalorios, fabricaban flores artificiales, pulían cristales y realizaban cuantos trabajos artesanales consignamos al exponer el tema en el capítulo dedicado a Francia. Los talleres protegidos siguen funcionando con gran éxito actualmente, siendo uno de los mejores recursos con que cuentan los ciegos austríacos para proporcionarse buenos ingresos económicos.
Algunos invidentes contaron con su propia industria, ayudados por familiares y en su propio domicilio, vendiendo los objetos por ellos fabricados y haciendo sencillas reparaciones. Otros faltos de vista se dedicaban a la venta de chucherías, periódicos, cromos y estampas, yendo de casa en casa y acudiendo a los lugares donde se concentraban grandes muchedumbres. No faltaron los curanderos y adivinos en Austria, como aquel ciego que vivía en Eissenau, cerca de las fuentes del Danubio, en la Selva Negra, quien vaticinó el casamiento de Napoleón Bonaparte con la hija del emperador austríaco y su desastre en Waterloo.
Sin embargo, la mayor parte de los ciegos siempre percibieron jornales miserables y vivieron con muchas estrecheces durante el siglo XIX, practicando casi todos ellos la mendicidad por calles y plazas, cuando carecían de trabajo remunerado o de familiares que les mantuviesen. La caridad pública era la que sostenía a los carentes de visión del imperio austro-húngaro que, en general, vivían muy miserablemente. En 1867 se promulgó una ley encaminada a abolir, paulatinamente, la mendicidad en el imperio o, al menos, coartarla en la medida de lo posible, pero no se obtuvieron resultados positivos, porque no se dieron, simultáneamente, disposiciones para garantizar la subsistencia de los indigentes, bien asignándoles un puesto de trabajo, bien concediéndoles una pensión o bien internándoles en asilos u otras casas de misericordia. En 1871 se promulga otra ley con idéntica finalidad, uno de cuyos artículos establece que, además de las limosnas y donativos, el municipio y la población en general deben de ayudar y sostener a sus habitantes más necesitados, con objeto de que no se exhiban en público, demandando socorro y estén mantenidos y cuidados.
Es digno de destacar que, a raíz de esta disposición legal, algunos patronos tomaron a jornal a varios ciegos artesanos para que no mendigaran por la ciudad, pero a estos operarios les pagaban un salario muy inferior al que percibían los obreros videntes del mismo ramo, y además, los hacían trabajar más horas que a aquéllos, a fin de compensar con el exceso de tiempo la lentitud del obrero invidente en el trabajo. Esta inicua explotación duró hasta el año 1926, cuando se publica en Austria la ley que por primera vez en la legislación de este país menciona a los ciegos, ordenando a los municipios que se encarguen de la educación y manutención de las personas sin vista, cuando los familiares de éstas no dispongan de medios suficientes para cuidar de ellas, debiéndoles internar en asilos o instituciones especiales, donde puedan ser mejor atendidos en grupo con menor gasto para los poderes públicos.
A lo largo del siglo XIX fueron muchas las asociaciones de videntes que tuvieron como objetivo la educación, formación profesional y manutención de los ciegos en las principales ciudades austro-húngaras, las cuales actuaban independientemente unas de otras y con ámbito comarcal muy limitado, por lo que protegían a un reducido número de invidentes, cuya vida carecía de alicientes y se desarrollaba de una forma rutinaria, monótona y tranquila hasta su fallecimiento.
Hacia 1875 comenzó a organizarse en Austria la «Unión Nacional para la Protección del Ciego», ejemplo que fue seguido en cuantos estados integraban el imperio y cuyos objetivos eran, principalmente, colocar a los adultos invidentes capacitados con el fin de que pudieran mantenerse con su propio esfuerzo, para lo cual se fundaron institutos con carácter de hogar y talleres protegidos para su formación profesional, adiestrándoles, especialmente, en los oficios tradicionalmente desempeñados por ellos. Los resultados no fueron todo lo óptimos que deseaban, porque, como hemos apuntado anteriormente, a los invidentes se les abonaban salarios muy inferiores a los restantes operarios y se les imponía una jornada laboral hasta de doce horas de duración.
En 1897 se fundó la primera organización de ciegos, cuyo campo de acción comprendía solamente la parte central de Austria, incluida Viena; y años después se repetía el hecho en Praga, Budapest y demás capitales de los estados fronterizos. Los fines de esta asociación dirigida por invidentes eran buscar soluciones a toda su problemática específica, principalmente, la mutua ayuda en todos los aspectos sociales, administrando los fondos que se allegaran, con subvenciones estatales, testamentos, mandas, donativos, cuotas de los colaboradores y cuantos medios se arbitrasen al respecto. Esta organización no fue favorablemente acogida por las directivas de las restantes asociaciones tiflológicas —todas ellas integradas por personas videntes—, pues éstas opinaban que el cuidado de los ciegos debía ser monopolio de los que ven, por estar más capacitados para ello.
Al terminar la Primera Guerra Mundial se funda la «Asociación de Ciegos de Guerra», que recaba de los poderes públicos y consigue la ayuda moral y material que propicie la creación de centros-hogar de rehabilitación y convivencia para estos mutilados, muy similares al St. Dunstand's inglés y a los que describimos en el capítulo XXVII. Los ciegos de guerra obtuvieron numerosos privilegios y una pensión equivalente a unas cinco mil pesetas, que les permitía vivir con cierto desahogo. Tales beneficios no se hicieron extensivos a los ciegos civiles, quienes solamente disfrutaban una pensión de tres mil pesetas y, además, de esta cantidad se les deducía un quince por ciento para los invidentes de guerra, hecho discriminatorio que motivó que durante muchos años existiera rivalidad y antagonismo entre ambos grupos de individuos carentes de visión. Sin embargo, paulatinamente, las ventajas concedidas a quienes perdieron la vista en la guerra, se fueron aplicando a todos los invidentes y se consiguió para éstos que la legislación austríaca promulgase una ley por la que todas las empresas con elevado número de obreros en su plantilla, estuvieran obligadas a admitir a un tres por ciento de obreros invidentes, creándose una comisión examinadora que dictaminase qué ciegos estaban capacitados para desempeñar los puestos de trabajo disponibles.
Las asociaciones de ciegos de guerra y de invidentes civiles se fusionaron en una sola, merced a la brillante gestión de Robert Vogel (2), quien fue el fundador, director y presidente de la «Federación Nacional de Ciegos Austríacos» en el año 1925, realizando brillantes gestiones en las que, quizás, sean los hechos más importantes la creación de dos casas modelo para ancianos: una lujosa mansión en Unterdambach y otra en Stubenberg. Dicha federación creó en Viena una escuela de fisioterapia y otra de telefonistas, con el fin de preparar a los ciegos con aptitudes para estas profesiones y consiguió colocar a unos cuantos asociados de ambos sexos, pero, en general, no son muchos los ciegos que en esta República Federal logran ocupar un puesto digno y bien remunerado a lo largo de la historia. También resultaron vanos los esfuerzos de la federación, orientados a facilitar la admisión de los faltos de vista en los centros docentes superiores oficiales; continuando vedadas para ellos, entre otras, las carreras universitarias y politécnicas.
(2) Véase su biografía al final del capítulo.
Robert Vogel fue el organizador del Congreso Internacional de Ciegos celebrado en Viena el año 1929, con el propósito de unificar la notación musical Braille, objetivo que no se plasmó en realidad, porque se mantuvieron intransigentes algunos de los países europeos participantes al no avenirse a introducir modificaciones en sus imprentas y desestimar el remanente de obras musicales que tenían por vender. Inglaterra, Alemania y Francia trataron de imponer su criterio acerca de la musicografia Braille, y las posiciones se encontraron, continuando hasta la fecha sin haberse conseguido la unanimidad deseada en la notación musical Braille.

A partir del congreso de 1929, los invidentes austríacos se interesaron muchísimo por la estenografía y la taquigrafía Braille, con el fin de emplearse como periodistas, reporteros, traductores y profesiones similares, consiguiendo varios de ellos ser corresponsales durante la Segunda Guerra Mundial; y en el quinto concurso estenográfico, que tuvo lugar en Viena en el año 1952, con la participación de más de doscientos concursantes, fueron admitidos seis estenografistas faltos de vista en igualdad absoluta con los videntes. El primer premio fue para un señor con vista, que alcanzó una velocidad de 240 sílabas por minuto; y el segundo fue para el ciego Matías Bleier, que escribió 220 sílabas por minuto. Los otros cinco no videntes alcanzaron velocidades superiores a las ciento sesenta sílabas por minuto, lo que evidenció la capacidad de los ciegos para ejercer la profesión de estenografistas o taquígrafos.


También en Austria adoptó Adolfo Hitler medidas inhumanas contra los disminuidos físicos y mentales, internándoles en campos de concentración, donde eran eliminados por diversos procedimientos, todos ellos producto de mentes demoníacas, o esterilizándoles para evitar que tuvieran descendencia y ésta pudiera ser minusválida. Tal política determinó que murieran muchos ciegos y que otros tantos huyeran a países con mejores perspectivas para ellos, siendo los judíos los principales protagonistas de tan dolorosas experiencias.
Al terminar la Segunda Guerra Mundial son dos las principales sociedades de ciegos existentes en Austria: la «Asociación de Ciegos de Guerra» y la «Unión de Ciegos Civiles», que, al igual que hicieran en 1925 las dos asociaciones similares, se fusionaron en la «Liga de Ciegos Austríacos», que es una organización independiente integrada por invidentes y amblíopes, cuya acción se extiende a todo el territorio nacional de la República Federal, y que agrupa a seis asociaciones regionales con estatutos propios. El órgano rector de la Liga está integrado por los presidentes de los seis grupos regionales, quienes, además, tienen el derecho de estar representados con un delegado por cada trescientos miembros en las asambleas generales que tienen lugar cada año. En enero de 1979 contaba la Liga con más de cinco mil asociados, teniendo además, muchos socios protectores.
La principal misión de la Liga de Ciegos Austríacos es procurar el bienestar de todos sus miembros carentes de visión, concretándose en algunas tareas como, por ejemplo, capacitar a sus afiliados para el ejercicio de una profesión y buscarles un puesto de trabajo en empresas públicas o privadas y, en su defecto, en los talleres protegidos. La Liga fomenta la integración social de los carentes de visión, mediante actos culturales y recreativos, campañas de propaganda y facilitando a sus asociados entradas para los espectáculos y tarjetas para hacer turismo.
La Liga gestiona con tesón el que se deroguen las leyes que discriminan a los deficientes visuales y se promocione su participación en todas las actividades culturales, políticas, laborales y deportivas. Asimismo, se promueve la formación de cooperativas para la compra de materias primas y de herramientas y aparatos para uso de los invidentes, encargándose después de realizar la distribución y venta de los productos manufacturados por los ciegos. La Liga consiguió que a partir de 1970, los ciegos civiles disfruten de las mismas prerrogativas (pensiones, subvenciones y ayudas) que los mutilados de guerra; y se encarga de la fundación y sostenimiento de las instituciones para ciegos y amblíopes que exigen las necesidades del país, cuyo censo de disminuidos visuales asciende a cinco mil, aproximadamente.
De los seis grupos regionales que comprende la Liga de Ciegos Austríacos, cuatro disponen de talleres para ciegos; el de Estiria tiene, además, una fábrica de cepillos y de tejidos, en tanto que el de Carintia posee una fábrica de artículos de limpieza en la que trabajan no solamente invidentes, sino muchos inválidos (véase lámina n.° 6).
Posee la Liga cinco casas de reposo, convenientemente distribuidas por el territorio nacional con el fin de que sus miembros puedan optar a los diferentes climas de éste, en invierno o en verano, cuando disfruten sus vacaciones o tengan necesidad de descanso y tranquilidad para convalecer de alguna dolencia. Dispone, además, de una magnífica residencia para ancianos ciegos, teniendo en proyecto otra, dado el elevado número de solicitudes que está recibiendo últimamente la directiva. Todas estas casas e instalaciones están financiadas por sociedades filantrópicas o reciben una pequeña subvención del Estado; aparte de las aportaciones que puedan invertir en su sostenimiento los beneficiados de las mismas.
La biblioteca sonora en cassettes y cintas abiertas se encuentra en la ciudad de Graz, siendo invidente casi todo el personal encargado de la distribución de las grabaciones, su catalogación y conservación. Cuenta con un equipo de lectores y traductores que realizan su trabajo, normalmente, sin cobrar sueldo alguno, aunque cada día se va imponiendo el criterio de retribuir estos servicios.
La Biblioteca y la Imprenta Nacional Braille continúan ubicadas en el Instituto Nacional de Ciegos de Viena, prestando libros gratuitamente a cualquier invidente austríaco, aunque viva en los puntos más alejados del país, pero no suele enviar obras fuera de sus fronteras. Se imprimen en Braille toda clase de libros con el fin de satisfacer los gustos y aficiones de sus usuarios, mas se concede prioridad a las obras de texto o musicales, con el propósito de facilitar la formación cultural y profesional de los ciegos austríacos, quienes en general, tienen un alto nivel académico, aunque no tanto como el de sus vecinos los alemanes.
Lámina n.° 6 Ciega tejiendo a máquina.
Desde que en el año 1897 se fundó la primera organización de ciegos, empezaron a publicarse periódicamente en Austria revistas en Braille y en negro para informar a los ciegos y al público en general de toda la problemática de la ceguera y de los progresos que en todo el mundo se hacían con objeto de integrar en la sociedad a los deficientes visuales. En general, todas las asociaciones tiflológicas editaban algún boletín informativo para sus afiliados, en el que daban cuenta de sus avances y aspiraciones, reseñando, además, las novedades más interesantes registradas en el mundo de los faltos de vista. La Liga Nacional de Ciegos edita en Braille, en negro y en cassette un boletín bimensual titulado «Mitteilungen Des Oestelreichischen Blindenverbandes» («Noticias sobre la Liga de Ciegos de Austria»), con un suplemento de las bibliotecas Braille y sonora. Para las mujeres aparece una publicación trimestral: «In Riche Der Frau» («En el Reino de las Mujeres»), y semanalmente se edita en negro el boletín «Braille Report», cuya misión es informar al gran público sobre los problemas de los ciegos y el movimiento tiflológico en la República Federal de Austria.
La Liga Nacional de Ciegos posee grandes locales para almacenar las materias primas y herramientas, así como los aparatos y artículos hechos por los deficientes visuales. Ella compra a las fábricas al por mayor e importa del extranjero cuanto material precisan las instituciones docentes y no docentes de faltos de vista, por lo cual obtienen notables rebajas en los precios de adquisición, que le permite proporcionar el género y los utensilios necesarios a sus afiliados con importantes descuentos o a plazos beneficiosos. La Liga también se encarga de poner a la venta los productos elaborados por sus miembros, gestionando de los poderes gubernamentales la concesión en favor de esta asociación de algunos monopolios que den trabajo a los artesanos invidentes.
La Liga es la única institución de ciegos austríacos a la cual las autoridades estatales conceden rebaja en los servicios de ferrocarriles y autobuses, siendo imprescindible para obtener este beneficio, que el usuario ciego muestre a la persona encargada de ello, la tarjeta o carnet que acredite su afiliación a dicha entidad tiflófila. Si el ciego viaja con su acompañante en los ferrocarriles nacionales o en los transportes urbanos, paga su billete y su acompañante no abona cantidad alguna. En todo medio de transporte está autorizado el invidente a viajar con su perro-guía, siempre que tenga en regla su documentación y la del can.
Los ciegos en Austria no pagan el impuesto de lujo en numerosos artículos, como en la compra de radiorreceptores, tocadiscos, transistores, magnetófonos, automóviles, calculadoras de bolsillo, mecheros y otros muchos aparatos, especialmente, si están adaptados para ser utilizados por ellos (véase lámina n.° 7). Las cartas en Braille no pagan franquicia postal y los paquetes de material enviados o recibidos por instituciones tiflológicas no pagan aduanas.
Las autoridades municipales procuran favorecer a los deficientes visuales en todo lo posible, señalando convenientemente los semáforos y cruces de peatones, los andenes del tren metropolitano, los bordes de las aceras, los servicios públicos de aseo, las zonas ajardinadas y otros detalles urbanos con objeto de que encuentren menos dificultades para deambular solos por las ciudades. Todas estas mejoras son fruto de la constante y acertada gestión que lleva a cabo la Liga Nacional de Ciegos Austríacos.
Lámina n.° 7 Braillex.
Además de la Liga Nacional de Ciegos existen en Austria otras dos asociaciones tiflófilas, a saber: la de Militares Ciegos y la de Ciegos y Amblíopes Civiles, teniendo esta última carácter benéfico, porque se ocupa de jubilar, asilar y pensionar a los deficientes visuales que no cuentan con personas ni recursos para garantizar su bienestar en el propio domicilio. La Liga de Militares Ciegos forma parte de la «Liga de los Mutilados de Guerra Austríacos» y de ésta recibe las orientaciones y directrices, en función de las prerrogativas que se conceden a los patriotas que sufrieron alguna mutilación como consecuencia de las dos guerras mundiales.
No obstante, la intensa y acertada labor tiflófila que están realizando actualmente las tres ligas citadas, los ciegos suelen estar en Austria pensionados, asilados o protegidos por sociedades tiflológicas privadas, siendo muy pocos los que disponen de una buena ocupación, pues entre los videntes de este país prevalece el sentimiento caritativo sobre el criterio de igualdad de oportunidades, cuando se trata de dar empleo remunerativo y digno a un falto de vista.
La principal institución tiflológica austríaca tiene su sede en Bundes-Blinde-nerzie-Guns-Institut, Wittelslachstr. N.° 5 A-1.920 Viena (Austria).


M.a TERESA VON PARADIS (1759-1824)

Según afirma el historiador musical alemán Kuhnau, que publicó en la primera mitad del siglo XIX un ensayo sobre los músicos ciegos, M.a Teresa von Paradis (véase lámina n.° 8) nació en Viena el 15 de mayo de 1759 y en seguida se observó que padecía de los ojos, perdiendo la vista totalmente a la edad de cuatro años y ocho meses a consecuencia de un ataque de apoplejía, siendo inútil el que los más eminentes oculistas fueran consultados por los familiares de la pequeña para remediar su desgracia. Uno de los consultados fue Gerard van Swieten, protomedico de la emperatriz M.a Teresa, uno de los hombres más notables de su tiempo, quien, además de la jefatura de la Biblioteca Imperial y de la presidencia de la Facultad de Medicina de Viena, tuvo a su cargo la reforma del sistema escolar y la censura de los libros, tareas que acometió con acierto y valentía al prescindir de los jesuitas, que desde hacía años controlaban estos dos sectores educativos.


El padre de M.a Teresa era consejero imperial y, por consiguiente, estaba muy bien relacionado con toda la nobleza austríaca y tenía gran influencia en la corte, llegando algunos autores a afirmar que la emperatriz M.a Teresa fue madrina de la niña, a quien puso su mismo nombre. Posteriormente se ha comprobado que esto no fue cierto y que la coincidencia del nombre se debe a la inveterada costumbre de llamar a los hijos de la misma forma que a los reyes o emperadores por los cuales se siente gran cariño y respeto, como era el caso de la familia Von Paradis con respecto a la emperatriz M.a Teresa.
El primer encuentro de la niña ciega con su emperatriz fue un domingo en que Su Alteza, acompañada de toda su corte, acudió a la iglesia de los Agustinos, en Viena, con la intención de escuchar un concierto de órgano y canto dado por la muchachita, que a la sazón tenía once años de edad, cuyo talento y virtuosismo eran muy celebrados en toda la capital del imperio austro-húngaro. La niña dedicó a la emperatriz unos fragmentos de la obra «Stabat Mater», de Pergolese, arreglados por ella misma (3), acompañándose al órgano. La encantadora voz y exquisito gusto en la interpretación cautivaron a la soberana, quien ante tan excepcionales aptitudes y manifiesto espíritu de superación, concedió a la artista invidente una pensión anual de cien coronas para que continuara y perfeccionase sus estudios musicales.
Lámina n.° 8 M.a Teresa von Paradis.
Desde muy temprana edad dio M.a Teresa pruebas de excelentes aptitudes para la música y de un gran talento natural, pues superaba con facilidad todas las dificultades que encontraba en los textos o en el dominio del órgano o del teclado del piano-forte, haciendo sorprendentes progresos en su formación cultural, pues, además poseía una prodigiosa memoria que asimilaba rápidamente cuanto le leían y explicaban. También poseía una preciosa voz para el bell canto, que prometía un futuro artístico muy brillante.
(3) Esta obra dura cuarenta minutos y está compuesta para dos voces con acompañamiento de órgano, conservándose el arreglo de la niña ciega en el museo tiflológico de Viena.

En un principio, fueron sus propios padres quienes se encargaron de educarla y dirigir sus estudios musicales, fundamentando toda la instrucción de su hija en la memoria, porque, al no tener vista la alumna y no existir procedimientos pedagógicos idóneos para su enseñanza, la metodología consistía en repetir pacientemente cortos párrafos de lectura o sencillos pasajes musicales hasta que M.a Teresa pudiera repetirlos con seguridad y consiguiera insistir en los mismos hasta dominarlos. Más tarde, sus padres gastaron la pensión concedida a la niña por la emperatriz en pagar las lecciones de los profesores de más reputación en Viena, quienes perfeccionaron la técnica de la invidente en el dominio del clavecín y del piano, ampliando sus conocimientos de teoría musical y de composición. Su principal maestro fue Antonio Salieri, cuyo nombre figura en la historia de la música no solamente como compositor rival de Wolfang Amadeo Mozart, sino también como profesor de composición de Beethoven, Schubert y Liszt. Salieri puso un gran interés en la educación musical de la muchacha al advertir sus magníficas dotes innatas para el arte de los sonidos y su fecunda inspiración para componer, consiguiendo que M.a Teresa fuera una virtuosa instrumentista de depurada técnica y una maestra en el contrapunto y la fuga.


También fueron profesores suyos, en el teclado de varios instrumentos, Richter y Kotzeluch, siendo su maestro de canto Rigini.
Fue por aquella época, cuando la joven se sirvió de alfileres clavados en un cojín, como sistema de lectura y de escritura en relieve, tomando apuntes y notas que no deseaba olvidar. La música la escribía en un tablero de madera en el que había clavados cinco listones del mismo material que aquél, colocados paralelamente, y distanciados un centímetro entre sí, que representaban las cinco líneas y los cuatro espacios del pentagrama. Las notas las indicaba con taquitos de madera, que tenían diferente forma y tamaño, con el fin de que, al mismo tiempo sirvieran para significar los valores de aquéllas.
Su fecundo ingenio ideó toda clase de recursos para resolver los múltiples problemas que planteaba su instrucción. Su amigo y colaborador Ridinger, autor de textos para algunas de las obras de la artista ciega, viendo el pentagrama ideado por ella, lo adaptó de tal forma, que inventó un ingenioso aparato, llamado musicógrafo, que es muy útil para la notación musical en relieve, permitiendo a los ciegos conocer perfectamente la escritura musical con el fin de estudiar un pasaje o explicárselo a un alumno vidente. El musicógrafo se difundió rápidamente entre los ciegos a partir del congreso que éstos celebraron en Colonia en 1888 para la unificación de la notación musical Braille (4), volviéndose a elogiar su utilidad en el Congreso de Ciegos de Viena de 1929, celebrado con el mismo objeto que el anterior.
Martin von Kempellen, el inventor del Jugador de Ajedrez Autómata, construyó para uso de M.a Teresa von Paradis una prensa para grabar en relieve de línea continua los caracteres del alfabeto usual, con el fin de que la joven pudiera copiar textos y leer sus propios escritos. Fue, quizás, la primera máquina dáctilográfica para escribir en relieve el alfabeto de los videntes.
Bajo la dirección de Leopoldo Kozeluch, compositor vienés de origen checo y sucesor de Mozart en el puesto de compositor de la corte imperial austríaca, la joven artista estudió más de sesenta sonatas para piano de Emmanuel Bach, Wagenseil, Haydn, Mozart, Kozeluch y otros célebres compositores. Este repertorio lo amplió con tocatas, minuetos, jigas, zarabandas y otras piezas cortas compuestas por ella misma y que solía interpretar como números finales en los festivales y conciertos organizados por las damas de la corte imperial.
Por entonces llegó a Viena el médico Federico Francisco Antonio Mesmer (1731-1815), fundador de la teoría del magnetismo animal, que ha servido de base al hipnotismo. Sus servicios habían sido contratados por la corte imperial, y fue una persona que tuvo una gran influencia en la vida de M.a Teresa von Paradis, porque, como ésta no tenía trato amistoso con muchacho u hombre joven alguno y fue este médico el primer varón que la prestó atención como mujer y con quien se relacionó más íntimamente, acabó enamorándose de él, hasta el punto de que la tenía totalmente dominada y sugestionada.
Las extrañas características de la ceguera de la joven hicieron que Mesmer se interesara por la artista vienesa, afirmando que su defecto físico no se debía a un ataque apopléjico (como decían algunos doctores), sino que tenía su origen en un fenómeno psíquico y no somático, probablemente producido por un fuerte schock. Sometió a M.a Teresa a un tratamiento magnético y la sugestionó, haciéndola ver luces e imágenes. La joven creyó que comenzaba a recuperar la visión y se ilusionó tanto, que tuvo fe absoluta en su doctor, enamorándose de él tan perdidamente que le obedecía en todo sin replicar, aunque sus padres fueran de distinto criterio. Mesmer alentaba las esperanzas de la joven artista con prolongadas sesiones de hipnotismo, utilizándola como conejillo de indias para comprobar la veracidad de sus teorías. Estas extrañas experiencias visuales de la muchacha tuvieron un efecto negativo en su carrera artística, pues descuidó su formación musical al tener preocupada su mente por la terapéutica que le imponía su médico, quien le exigía muchos ejercicios y el pleno convencimiento de que recuperaría la vista, si le obedecía en cuanto la ordenase.

La joven sufrió una total transformación, pues su carácter se hizo alegre y comunicativo; tenía ganas de divertirse y gozaba haciendo reír a cuantos la rodeaban. Rebosaba salud y hasta su rostro parecía más bello desde que era tratada por Mesmer, hacia quien se sentía atraído su inexperto corazón. El pensamiento de que se iba a realizar el milagro de poder contemplar el mundo, merced a la ciencia de aquel hombre maravilloso, daba alas a su imaginación e inundaba de alegría todo su ser. A este respecto, contamos con una carta del padre de M.a Teresa que fue publicada en una revista de aquel tiempo en la que, dirigiéndose a un amigo, le dice que su hija, gracias al procedimiento curativo de Mesmer, había recuperado parte de la visión.


(4) El modelo más perfecto de musicógrafo Ridinger se encuentra en el museo de Phare Nord, en Bruselas (Bélgica).
Sin embargo, esta recuperación no fue más que un engañoso espejismo y pronto advirtieron los padres de la joven que no se realizaba progreso alguno en su curación y que, en realidad, estaba totalmente ciega, como al iniciarse el tratamiento, aunque ella manifestara que cada día veía más; quizás, con el secreto propósito de que no se alejara de su lado el doctor Mesmer. El señor von Paradis y su esposa eran personas cultas y comenzaron a sospechar que Mesmer era un farsante que les estaba explotando económicamente y que amenazaba comprometer gravemente el futuro artístico de su hija, pues ésta había abandonado casi por completo su formación profesional.
Por otra parte, la emperatriz M.a Teresa, al tener noticia acerca del proceso de recuperación visual que, al parecer, se observaba en su protegida, manifestó que se complacería muchísimo de que la joven recobrase la vista, pero que continuara cultivando el arte para el que Dios la había dotado tan espléndidamente. Por todo ello, y vista la negativa influencia que el charlatán Mesmer ejercía sobre su hija, los señores Paradis decidieron separar a la muchacha del doctor, y con este propósito prepararon sus asuntos para establecerse fuera de Viena; pero la joven, perdidamente enamorada ya de su médico, se negó a alejarse de él, desoyendo los ruegos y las amenazas de sus familiares, quienes incluso recurrieron a los castigos físicos para que no se repitieran sus entrevistas a escondidas con aquel embaucador.
Esta angustiosa situación volvió a provocar en M.a Teresa las convulsiones epilépticas que ya padeciera en su niñez, y como consecuencia, manifestó ella que ya no percibía las imágenes y que ni siquiera veía la luz, presionando a sus padres con el fin de que la dejaran visitar a Mesmer, que era, según ella, el único que podía devolverle la vista.
Sin embargo, los padres no cedieron a los caprichos de su hija, que nunca más habló con este médico, quien, por otra parte, se encontraba en una difícil situación, al ser acusado de impostor por los sabios doctores de la corte imperial y de la Iglesia, quienes calificaron de inmorales los procedimientos de Mesmer, y el alemán hubo de abandonar Viena precipitadamente, sin que le permitieran explicar sus teorías y tratamiento empleado, en presencia de la emperatriz y de una comisión de científicos de renombre.
M.a Teresa von Paradis salió de esta experiencia envuelta en una atmósfera de misterio y romanticismo, quedando muy deprimida y desalentada, por lo cual sus padres se trasladaron con ella a Salzburgo, con el fin de pasar allí unos días con la familia de W. A. Mozart, cuya dulce y brillante música fue el bálsamo providencial que restituyó a la joven la alegría de vivir y el deseo de perfeccionar su formación profesional. Admirado su anfitrión del virtuosismo y la técnica artística de la señorita, compuso para ella su concierto para piano y orquesta en Si bemol mayor, Kégel 456, que fue una de las obras favoritas de la artista ciega, interpretándola frecuentemente en público. Desde entonces dio por terminados sus estudios musicales, considerándose capacitada para iniciar una vida independiente, dedicándose a impartir lecciones de música y, preferentemente, a dar conciertos de órgano y piano.
En 1780 murió la emperatriz de Austria, M.a Teresa, sucediéndola en el trono el emperador José II, quien anuló la pensión que venía cobrando la señorita von Paradis (5), pero ésta ya se encontraba en condiciones de no necesitar semejantes ayudas.
En 1784 preparó la muchacha una gira de conciertos por varias ciudades de Europa, siendo acompañada por su madre, quien al principio se opuso al proyecto, mas viendo que su hija se mantenía firme y, aconsejada por los más eminentes críticos musicales de Viena, cedió a los ruegos de M.a Teresa, quien obtuvo un resonante éxito en París, como lo testimonian los comentarios de los cronistas y musicólogos de aquella época. La corte de Versalles le tributó una muy favorable acogida, siendo nombrada huésped de honor de su compatriota, la reina M.a Antonieta, con quien conversó largamente acerca de Austria.
El público parisino recibió con cariño a la joven artista, premiando con calurosos aplausos todos sus conciertos. En los catorce recitales que dio en París fue muy aclamada y admirada, reconociéndosele como la primera mujer ciega compositora en la historia y la más eminente pianista que había actuado en aquella capital. Ella, conforme a la costumbre de la época, no sólo tocaba el piano en sus recitales, sino que además, los amenizaba entonando una cantata, cuyo terna era, precisamente, la ceguera, con música de Kozeluch sobre un texto del poeta ciego alemán Pfeffel, asombrando a los oyentes con su maravilloso registro de voz.
Valentín Haüy, el gran filántropo, que desde el año 1771 proyectaba dedicarse a la enseñanza de los ciegos, conversó repetidas veces con nuestra artista, quien le explicó sus experiencias e ideas, mostrándole las técnicas y procedimientos que ella había utilizado para adquirir la cultura que poseía y superar los problemas con que tropezó en el transcurso de su brillante carrera. Algunos autores afirman que también fue visitada M.a Teresa por la insigne ciega francesa Melania de Salignac, intercambiando las dos damas ideas sobre cuantas cuestiones concernían a la ceguera en general, y muy especialmente, acerca de las renuncias y los graves inconvenientes que ésta supone para una mujer, y, particularmente, para las damas de la alta sociedad, como ellas se consideraban.
La artista visitó nuevamente París al año siguiente, triunfando tan clamorosamente, que fue la cantante de moda en 1785. Allí se enteró de que Valentín Haüy había abierto meses antes (en diciembre de 1784) una escuela para jóvenes ciegos, noticia que la llenó de alegría, cumpliendo los deseos del filántropo de hablar a la reina sobre esta institución tiflológica para que Sus Majestades la prestaran todo su apoyo con el fin de que prosperase. Su feliz existencia en París se vio oscurecida con la triste noticia de que durante su ausencia había fallecido su amiga Melania de Salignac, en la capital de Francia.
Los éxitos obtenidos en París se repitieron en Bruselas y en Londres, teniendo abiertas las puertas de los salones más elegantes y siendo espléndidamente agasajada por las damas de la sociedad aristocrática. Fueron días inolvidables en los que, reiteradamente, hubo de explicar los procedimientos de que se servía para estudiar y escribir la música, haciendo propaganda al mismo tiempo para que el ejemplo de Valentín Haüy fuera imitado en los países que visitaba; aunque personalmente M.a Teresa rehuía el trato con los faltos de vista, si éstos no pertenecían a la misma clase social que ella.
Regresó a Viena la joven muy fatigada de esta gira de conciertos y con su madre muy delicada de salud, por lo cual decidió suspender los viajes y descansar una temporada en las afueras de la ciudad, empleando su tiempo en componer nuevas obras y ampliar su repertorio musical para posteriores conciertos. Entre sus composiciones citaré: sonatas para piano, variaciones sobre temas de Mozart y de Haydn, un trío para piano, violín y viola de amor, otras piezas de música de cámara, varios cantos con acompañamiento de órgano, una oda fúnebre a Luis XVI, varios cantos con acompañamiento de piano, las obras dramáticas musicales con el título de «Singspiel», las pequeñas óperas cómicas de gran mérito «Le Gujeu du Chant» y «El alumno y su examen», piezas corales, preludios, fugas, el melodrama «Ariadna y Baco» (Viena, 1791), una farsa (Viena, 1792), la obra fantástica «Rinaldo y Alcina» (Praga, 1797) y las óperas «Ariadna en Naxos» y «El aspirante a instructor».
Actualmente leemos con placer los triunfos de M.a Teresa sobre su adverso destino y nos congratulamos de sus éxitos, mas desearíamos poder escuchar su producción musical para, conforme al gusto de la época, poder juzgarla objetivamente. Es muy probable que muchas de estas piezas se conserven en archivos y bibliotecas, olvidadas e ignoradas, teniendo obligación los invidentes de descubrirlas y darlas a conocer, como homenaje a una de las más ilustres mujeres ciegas de todos los tiempos. Algunas composiciones de esta genial vienesa han llegado hasta nosotros en el repertorio de afamados concertistas, como por ejemplo, una «Siciliana» para violoncelo y piano, difundida por el gran chelista ruso D. Duschkine, quien solía interpretarla, frecuentemente, como bis al final de sus actuaciones en público. Dicha «Siciliana» es una obra excepcional en la producción de esta compositora, porque está escrita en un estilo nada convencional y presenta innovaciones interesantes para el gusto y la técnica de su época. Un crítico moderno afirma: «Es el bello fruto de un día de inspiración».
No sabemos cuándo falleció el padre de M.a Teresa von Paradis, pero deducimos que ya no existía en 1787, porque, a pesar de su buena posición social, los recursos económicos escaseaban en el hogar de la artista, quien se vio forzada a dar clases particulares para mantenerse ella y su madre, acabando por abrir una academia donde impartía todas las enseñanzas musicales con la ayuda de algunas amistades, lo cual le proporcionaba ingresos suficientes para seguir ostentando dignamente el rango social que correspondía a su familia.
(5) José II de Austria estimaba, como otros muchos gobernantes, que «la música es un ruido que cuesta caro». Pocos años después, los Esterhazy siguieron su mismo ejemplo, suspendiendo la ayuda que prestaban a Joseph Haydn, licenciando al compositor de tantas sinfonías y disolviendo su magnífica orquesta. Por el contrario, y rebatiendo la general opinión, debemos aclarar que a Napoleón Bonaparte le agradaba la música, como lo prueba el que tenía un violín, que solía tocar en sus ratos de ocio, y que se llevó a la isla de Santa Elena, teniéndolo siempre sobre su lecho.
Sin embargo, no era precisamente su vocación la de profesora de música, sino la de concertista, razón por la cual comenzó a preparar otra gira artística a los países donde antes había sido bien recibida por el público y la crítica, visitando posteriormente Italia y Suiza. Mas un inquietante hecho vino a truncar todas sus esperanzas: el 14 de julio de 1789 estalló la Revolución Francesa, y los acontecimientos políticos europeos que siguieron a este conflicto, determinaron a la señorita von Paradis a establecerse definitivamente en Viena y no realizar ninguna gira, consagrándose a la composición musical y dando en su país cuantos conciertos se le ofrecieran.
En el año 1791 muere su querido amigo W. A. Mozart, dejando en su alma un gran vacío y tan honda impresión, que durante algún tiempo no levantó la tapa de su piano; pero cuando se convenció de que el mejor homenaje que podía rendir al admirado y querido compositor era la música, se sentó ante el teclado y compuso su mejor obra: la tocata en La mayor, que tanto recuerda el estilo del músico salzburgués.
Los últimos veinte años de su vida los pasó M.a Teresa von Paradis dando lecciones de canto y piano a los niños de la alta burguesía de la capital imperial, dedicando a componer música las horas que le dejaban libres las lecciones. Durante el invierno organizaba todos los domingos conciertos matinales, actuando sus alumnos con el fin de que los padres de éstos comprobaran sus progresos, y de esta forma hacer propaganda en favor de su labor docente para aumentar el número de sus discípulos y el montante de sus ingresos. De esta forma adquirió un gran prestigio como profesora y fueron muchos los autores que le dedicaron elogiosas páginas en libros y revistas.
Johann Wilhelm Klein visitó varias veces a la ilustre ciega con el objeto de informarse ampliamente de los métodos y procedimientos más adecuados para la instrucción de los ciegos, los cuales puso en práctica en la escuela de ciegos que fundó en Viena en 1805. El filántropo trató de convencer a la señorita von Paradis para que fuera una de las profesoras de su instituto, pero ella se negó, alegando el mucho trabajo que tenía con sus propios alumnos. Esta disculpa no favorece mucho a la artista, pues, moralmente, estaba obligada a colaborar por el bienestar de sus compañeros de infortunio; mas, probablemente, fuera muy orgullosa y rehuyera el trato con personas de inferior categoría social, como eran los alumnos que asistían a las clases del instituto fundado por Klein.
Falleció esta ilustre ciega el día 2 de febrero de 1824, siendo enterrada muy próxima a Mozart, quien fue su más grande admirador. La vida de esta mujer ciega fue un ejemplo de auto educación y exaltación de la personalidad, que sirve de ejemplo para cuantos carecen de la vista. El ser la primera mujer compositora que registra la historia ya es título de gloria que la enaltece, pero si a esto se añade la ceguera que sufrió, su figura se encumbra hasta las más altas cimas de la fama y de la admiración.

M. KLEINHAUS, EL ESCULTOR (1765-1840)

El escultor austríaco Kleinhaus (6), nacido en la región del Tirol, siendo miembro de una familia acaudalada, lo cual le permitió disfrutar de una decorosa posición económica durante su vida. Perdió la vista a los cinco años de edad, como consecuencia de unas fiebres y sus padres le buscaron profesores particulares, que enseñaron al niño los conocimientos fundamentales, mediante procedimientos totalmente memorísticos. Mas el alumno no sentía interés alguno por el estudio y en los ratos libres se le observaba siempre con un trozo de barro o arcilla en las manos, dándole las más variadas formas con gran perfección.


Kleinhaus (véase lámina n.° 9) se dedicó a la escultura, no obstante su ceguera, y es sorprendente comprobar que todos los carentes de visión que adoptaron como profesión este arte, ya lo habían practicado antes de perder la vista, en tanto que nuestro biografiado mostró inclinación por el modelado de las formas cuando, ciertamente, no tenía conciencia de las tallas ni de las imágenes, puesto que no había tenido tiempo de contemplar, conscientemente, el mundo circundante. Sin embargo, su perfección en el modelado y en la talla de figuras, estatuas y grupos escultóricos es tan admirable, que las principales personalidades austríacas le hacen encargos y acuden a su taller para observarle cómo trabaja, pues dudan de que, realmente, sea un artesano ciego quien realice aquellas bellas esculturas.
Lámina n. º 9 M. Kleinhaus.
Su «Leona fundida en bronce» y su grupo cinegético, integrado por un cazador, su perro y una liebre, que se conservan en el museo de la ciudad de Innsbruck, son sus mejores creaciones, que le han dado fama universal, siendo la más clara evidencia de que no es necesario ver para ser un magnífico escultor, al igual que Beethoven nos convence de que no hace falta oír la música para ser sublime compositor. Es de suponer que muchas de sus obras son el fruto de minuciosas explicaciones de personas entendidas en escultura y que conocían la psicología de Kleinhaus, pero otras requirieron que el artista tocase muchas formas vivas y estudiara con detenimiento la anatomía del hombre y de los animales, así como las distintas posturas que pueden adoptar los seres animados. Pero, aun así, nos causa extrañeza pensar cómo pudo captar todos los rasgos de una leona en posición de saltar sobre su presa.
Conforme pasaban los años, iba siendo menos creativo y gustaba más de copiar modelos de encargo, dedicándose entonces a la escultura sacra con la talla de más de 350 figuras de santos e imágenes de vírgenes, todas ellas de sorprendente belleza, así como algunos crucifijos, destacando un Cristo vivo y sufriente. Su ceguera le obligaba a trabajar con mucha lentitud y cada día eran más imperfectas sus esculturas, razones que motivaron el que fuera, paulatinamente, perdiendo clientela, viéndose forzado a cerrar su taller y recluirse en su hogar, donde finalizó sus días con las nostalgias del recuerdo del arte que ya no podía cultivar.
(6) Es muy verosímil que el austríaco Franc Schultz se inspirase en su compatriota ciego M. Kleinhaus al escribir su libro «Die Vier Sinne Am Fenster» («Los cuatro sentidos por la ventana»), donde cuenta la bella fábula de Hans, el Pequeño Ciego, en la cual los ojos, antes de cerrarse sin vista, exhortan a los otros sentidos para que suplan con su esfuerzo y entrega las funciones que a aquéllos les estaban encomendadas.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   54


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal