Los cristianos del tiempo de las persecuciones en la defensa de los apologistas



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LOS CRISTIANOS DEL TIEMPO DE LAS PERSECUCIONES
en la defensa de los apologistas

La "cédula de identidad" de los primeros cristianos


Ya desde el siglo I la religión cristiana se difundió rápidamente en Roma y en el mundo entero, no solo por su originalidad y universalidad, sino también, y en buena medida, por el testimonio de fervor, de amor fraterno y de caridad demostrada por los cristianos. Las autoridades civiles, y el pueblo mismo, indiferentes en un primer momento, se mostraron muy pronto hostiles hacia la nueva religión, porque los cristianos no querían admitir el culto del emperador y la adoración de las divinidades paganas de Roma. Los cristianos fueron por ello acusados de deslealtad hacia la patria, de ateísmo, de odio al género humano, de crímenes ocultos, como el incesto, el infanticidio y el canibalismo ritual; de ser los causantes de las calamidades naturales como la peste, las inundaciones, las carestías, etc.

La religión cristiana fue declarada: strana et illícita,extraña e ilícita (decreto senatorial del año 35), exitialis, perniciosa (Tácito), prava et immódica, malvada y desenfrenada (Plinio), nova et maléfica,nueva y maléfica (Suetonio), tenebrosa et lucífuga, tenebrosa y enemiga de la luz (del Octavius de Minucio), detestábilis, detestable (Tácito); por eso fue excluida de la legalidad y perseguida, porque fue considerada el enemigo más peligroso del poder de Roma, que se basaba en la antigua religión nacional y en el culto del emperador, instrumento y símbolo de la fuerza y de la unidad del imperio.

Los tres primeros siglos constituyen la era de los mártires, que terminó en el año 313 con el edicto de Milán, con el cual los emperadores Constantino y Licinio concedieron la libertad a la Iglesia. La persecución no fue siempre continua y general, es decir, extendida a todo el imperio, ni fue siempre igualmente cruel y cruenta. A períodos de persecuciones siguieron otros de relativa tranquilidad.

En la inmensa mayoría de los casos los cristianos afrontaron con valor, a menudo con heroísmo, la prueba de las persecuciones, pero no la soportaron pasivamente. Se defendieron con fuerza refutando las acusaciones que les hacían de cometer crímenes ocultos o públicos, presentando los contenidos de su fe ("en qué creemos") y describiendo su identidad ("quiénes somos").

En las "Apologías" (discursos de defensa) de los escritores cristianos de ese tiempo, dirigidas también a los emperadores, los cristianos pedían no ser condenados injustamente, sin ser conocidos y sin pruebas. El principio de la ley senatorial "Non lícet vos esse" (No les está permitido a ustedes existir), era juzgado por los apologistas injusto e ilegal, porque los cristianos eran honestos ciudadanos, respetuosos de las leyes, fieles al emperador, industriosos y ejemplares en la vida privada y pública.

Puesto que las catacumbas contienen la verificación y la confirmación de la vida admirable de los cristianos, como la describen los apologistas, reproducimos aquí algunos trozos significativos, que constituyen casi una "cédula de identidad" de los cristianos de los primeros tiempos.



1. De la Carta a Diogneto (apología de autor desconocido, II-III siglo).


Son hombres como los demás
"Los cristianos no se diferencian ni por el país donde habitan, ni por la lengua que hablan, ni por el modo de vestir. No se aíslan en sus ciudades, ni emplean lenguajes particulares: la misma vida que llevan no tiene nada de extraño.

Su doctrina no nace de disquisiciones de intelectuales ni tampoco siguen, como hacen tantos, un sistema filosófico, fruto del pensamiento humano. Viven en ciudades griegas o extranjeras, según los casos, y se adaptan a las tradiciones locales lo mismo en el vestir que en el comer, y dan testimonio en las cosas de cada día de una forma de vivir que, según el parecer de todos, tiene algo de extraordinario".



Habitan en la tierra, pero son ciudadanos del cielo
"Habitan en la propia patria como extranjeros. Cumplen con lealtad sus deberes ciudadanos, pero son tratados como forasteros. Cualquier tierra extranjera es para ellos su patria y toda patria es tierra extranjera.
Se casan como todos, tienen hijos, pero no abandonan a sus recién nacidos. Tienen en común la mesa, pero no la cama. Están en la carne, pero no viven según la carne. Habitan en la tierra, pero son ciudadanos del cielo.

Obedecen a las leyes del Estado, pero, con su vida, van más allá de la ley. Aman a todos y son perseguidos por todos. No son conocidos, pero todos los condenan. Son matados, pero siguen viviendo. Son pobres, pero hacen ricos a muchos. No tienen nada, pero abundan en todo. Son despreciados, pero en el desprecio encuentran gloria ante Dios. Se ultraja su honor, pero se da testimonio de su justicia.

Están cubiertos de injurias y ellos bendicen. Son maltratados y ellos tratan a todos con amor. Hacen el bien y son castigados como malhechores. Aunque se los castigue, están serenos, como si, en vez de la muerte, recibieran la vida. Son atacados por los judíos como una raza extranjera. Los persiguen los paganos, pero ninguno de los que los odian sabe decir el porqué ".

Están en el mundo como el alma en el cuerpo
"Por tanto, los cristianos están en el mundo lo mismo que el alma en el cuerpo. Como el alma se difunde por todas las partes del cuerpo, así los cristianos se esparcen por las distintas ciudades de la tierra. El alma habita en el cuerpo, pero no es del cuerpo; los cristianos habitan en el mundo, pero no son del mundo. Como el alma invisible es prisionera del cuerpo visible, así los cristianos son una realidad bien visible en el mundo, mientras es invisible el culto espiritual que rinden a Dios.

Como la carne odia al alma y le hace guerra, sin haber recibido ofensa alguna, solo porque se opone al deleite y gozo de los placeres que hacen daño, así el mundo odia a los cristianos, que no le han causado algún mal, sino porque solamente se han opuesto a una manera de vida cuya esencia es el placer.

Como el alma ama a la carne y a los miembros que la odian, así los cristianos aman a quien los odia. El alma, aun cuando sostiene al cuerpo, está encerrada en él; así los cristianos aun cuando son el sostén del mundo, viven presos en él como en una cárcel. El alma inmortal habita en una tienda mortal: así los cristianos viven como extranjeros en medio de las cosas que se corrompen, en espera de la incorruptibilidad del cielo.

Con la mortificación en el comer y en el beber, se afina el alma y se hace mejor; así también los cristianos, maltratados y perseguidos, aumentan cada día en número. Dios les ha asignado un puesto tan sublime, que no deben abandonarlo de ningún modo" (Sources Chrétiennes, 33 bis, 62-67).



2. De los "Libros a Autólico" (de San Teófilo de Antioquía, II siglo)


Los cristianos honran al emperador y rezan por él (libro I, 2)
"Yo honraré al emperador, pero no lo adoraré; rezaré, sin embargo, por él. Yo adoro al Dios verdadero y único por quien sé que el soberano fue hecho. Y entonces podrías preguntarme: '¿Y por qué, pues, no adoras al emperador?' El emperador, por su naturaleza, debe ser honrado con legítima deferencia, no adorado. El no es Dios, sino un hombre a quien Dios ha puesto no para que sea adorado, sino para que ejerza en la tierra la justicia.

El gobierno del Estado le ha sido confiado de algún modo por Dios. Y así como el emperador no puede tolerar que su título sea llevado por cuantos le están subordinados -nadie, en efecto, puede ser llamado emperador-, de la misma manera nadie puede ser adorado excepto Dios. El soberano por lo tanto debe ser honrado con sentimientos de reverencia; hay que prestarle obediencia y rezar por él. Así se cumple la voluntad de Dios".



La vida de los cristianos es prueba de la grandeza y belleza de su religión (libro III, 15)
"En los cristianos se da un sabio dominio de sí mismos, se practica la continencia, se observa el matrimonio único, la castidad es custodiada, la injusticia es excluida, la piedad es apreciada con los hechos. Dios es reconocido, la verdad considerada norma suprema.

La gracia los custodia, la paz los protege, la palabra sagrada los guía, la sabiduría los instruye, la vida (eterna) los dirige, Dios es su rey".



3. De "La Apología" de Aristides (siglo II).


Los cristianos observan las leyes de Dios
"Los cristianos llevan grabadas en su corazón las leyes de Dios y las observan en la esperanza del siglo futuro. Por esto no cometen adulterio ni fornicación; no levantan falso testimonio; no se adueñan de los depósitos que han recibido; no anhelan lo que no les pertenece; honran al padre y a la madre, hacen bien al prójimo; y, cuando son jueces, juzgan justamente. No adoran ídolos de forma humana; todo aquello que no quieren que los otros les hagan a ellos, ellos no se lo hacen a nadie. No comen carnes ofrecidas a los ídolos, porque están contaminadas. Sus hijas son puras y vírgenes y huyen de la prostitución; los hombres se abstienen de toda unión ilegítima y de toda impureza; igualmente sus mujeres son castas, en la esperanza de la gran recompensa en el otro mundo... "

Son buenos y caritativos
"Socorren a quienes los ofenden, haciendo que se vuelvan amigos suyos; hacen bien a los enemigos. No adoran dioses extranjeros; son dulces, buenos, pudorosos, sinceros y se aman entre sí; no desprecian a la viuda; salvan al huérfano; el que posee da, sin rezongar, al que no posee. Cuando ven forasteros, los hacen entrar en casa y se gozan de ello, reconociendo en ellos verdaderos hermanos, ya que así llaman no a los que lo son según la carne, sino a los que lo son según el alma.

Cuando un pobre muere, si se enteran, contribuyen a sus funerales según los recursos que tengan; si vienen a saber que algunos son perseguidos o encarcelados o condenados por el nombre de Cristo, ponen en común sus limosnas y les envían aquello que necesitan, y si pueden, los liberan; si hay un esclavo o un pobre que deba ser socorrido, ayunan dos o tres días, y el alimento que habían preparado para sí se lo envían, estimando que él también tiene que gozar, habiendo sido como ellos llamado a la dicha".



Viven en la justicia y santidad
"Observan exactamente los mandamientos de Dios, viviendo santa y justamente, así como el Señor Dios les ha mandado; le rinden gracias cada mañana y cada tarde, por cada comida o bebida y todo otro bien...

Estas son, oh emperador, sus leyes. Los bienes que deben recibir de Dios, se los piden, y así atraviesan por este mundo hasta el fin de los tiempos, puesto que Dios lo ha sujetado todo a ellos. Le están, pues, agradecidos, porque para ellos ha sido hecho el universo entero y la creación. Por cierto, esta gente ha hallado la verdad".



4. De "El Apologético" de Tertuliano (II-III siglo).

Los cristianos no son inútiles e improductivos
"Se nos acusa de ser improductivos en las varias formas de actividad. Pero ¿cómo se puede decir esto de hombres que viven con ustedes, que comen como ustedes, que visten los mismos trajes, que siguen el mismo género de vida y tienen las mismas necesidades de vida?

Nosotros nos acordamos de dar gracias a Dios, Señor y creador, y no rehusamos ningún fruto de su obra. A la verdad, nosotros usamos las cosas con moderación, no en forma descomedida o mala. Convivimos con ustedes y frecuentamos el foro, el mercado, los baños, las tiendas, los talleres, los establos, participando en todas las actividades.

Navegamos también juntamente con ustedes, militamos en el ejército, cultivamos la tierra, ejercemos el comercio, permutamos las mercaderías y ponemos en venta, para uso de ustedes, el fruto de nuestro trabajo. Yo sinceramente no entiendo cómo podemos parecer inútiles e improductivos para los asuntos de ustedes, cuando vivimos con ustedes y de ustedes.

Sí, hay gente que tiene motivo para quejarse de los cristianos, porque no puede comerciar con ellos: son los protectores de prostitutas, los rufianes y sus cómplices; les siguen los criminales, los envenenadores, los encantadores, los adivinos, los hechiceros, los astrólogos. ¡Es maravilloso ser improductivos para esta gente!... Y después, en las cárceles ustedes no encuentran nunca un cristiano, a no ser que esté ahí por motivos religiosos. Nosotros hemos aprendido de Dios a vivir en la honestidad".



CARTAS DE FRATERNIDAD
entre la Iglesia de Roma y la de Cartago


En la historia de las Catacumbas de San Calixto se encuentran protagonistas, personalidades de primer plano: los papas mártires Fabián, Cornelio, Sixto II, como también el obispo de Cartago, San Cipriano. La Iglesia de Roma y la de Cartago se comunicaban con frecuencia entre sí. Es interesante conocer el contenido de alguna carta para saber qué se decían estos grandes Pastores y qué opinaban de sus tiempos, nada tranquilos por cierto.

1. La Iglesia de Roma a la de Cartago


La Iglesia de Roma, durante la persecución del emperador Decio, ofrecía a la Iglesia de Cartago el siguiente testimonio de su fe en Cristo.

Roma, principios del año 250.

"La Iglesia resiste con fortaleza en la fe. Es verdad que algunos, ya sea porque estaban impresionados por la resonancia que podrían suscitar a causa de su alta posición social, ya sea por la fragilidad humana, han cedido. Sin embargo, aunque ahora estén separados, nosotros no los hemos abandonado en su defección, sino que los hemos ayudado y todavía estamos con ellos para que se rehabiliten por medio de la penitencia y alcancen el perdón de Aquel que lo puede conceder. Porque si, en efecto, nosotros los dejáramos sin guía ni freno, su caída sería irreparable.

Procuren ustedes hacer otro tanto, hermanos carísimos, tendiendo la mano a los que han caído, para que se levanten. Así, si todavía tuvieran que sufrir el arresto, se sentirán fuertes para confesar la fe esta vez y remediar el error precedente.

Permítannos recordarles también cuál es la línea a seguir sobre otro problema. Los que cedieron a la prueba, si están enfermos y con tal de que estén arrepentidos y deseosos de la comunión con la Iglesia, también deben ser socorridos. Las viudas y los que no pueden presentarse por sí mismos, como los que actualmente están en la cárcel o lejos de sus casas, deben encontrar quién provea a ellos. Ni siquiera los catecúmenos enfermos deben quedar frustrados en sus esperanzas de ayuda.

Los saludan a ustedes los hermanos que están encarcelados, los presbíteros y toda la Iglesia, la cual vela con la máxima solicitud sobre todos los que invocan el nombre del Señor. Pero también nosotros les pedimos el intercambio de su recuerdo" (Carta 8, 2-3; CSEL III, 487-488).


2. El obispo de Cartago a la Iglesia de Roma


Cuando Cipriano supo la muerte del papa Fabián, escribió a los presbíteros y diáconos de Roma esta carta.

Cartago, principios del año 250.

"Amadísimos hermanos:

No era todavía segura la noticia de la muerte del santo varón y colega mío en el episcopado y circulaban informes dudosos, cuando recibí la carta de ustedes, enviada por medio del subdiácono Cremencio, por la que quedamos plenamente informados de su gloriosa muerte. Me alegré mucho al saber que una administración tan íntegra alcanzó un final tan honroso.

Con respecto a esto, me alegro muchísimo de que también ustedes sigan honrando su memoria por un testimonio tan resonado y espléndido, al darnos a conocer a nosotros el glorioso recuerdo que ustedes guardan de su obispo, quien nos ofreció también un ejemplo de fe y fortaleza.

En efecto, cuanto más perjudicial para los súbditos es la caída de quien está a la cabeza, tanto más útil y saludable es un obispo que se ofrece a los hermanos como ejemplo de firmeza en la fe... Les deseo, queridísimos hermanos, que estén siempre bien" (Carta 9, 1; CSEL III, 488-489).


3. Cipriano, obispo de Cartago, al papa Cornelio


Cipriano rinde homenaje al testimonio de valor y fidelidad demostrados por el papa Cornelio y la Iglesia de Roma: "un luminoso ejemplo de unión y constancia a todos los cristianos". Previendo inminente la hora de la prueba también para la Iglesia de Cartago, Cipriano pide la ayuda fraterna de la oración y de la caridad.

Cartago, otoño del año 253.

"Cipriano a Cornelio, hermano en el episcopado.

Sabemos, amadísimo hermano, de tu fe, de tu fortaleza y de tu abierto testimonio. Todo ello te honra a ti y me proporciona a mí tanta alegría que me hace considerarme partícipe y socio de tus méritos y de tus empresas.

Siendo, en efecto, una la Iglesia, uno e inseparable el amor, única e inseparable la armonía de los corazones, ¿qué sacerdote, al proclamar las alabanzas de otro sacerdote, no se alegrará como de su propia gloria? ¿Y qué hermano no se sentirá feliz con la alegría de los propios hermanos? Ciertamente no pueden ustedes imaginarse el contento y la gran alegría que hemos tenido aquí al saber de ustedes cosas tan hermosas y conocer las pruebas de fortaleza que están dando.

Tú has sido el guía de los hermanos en la defensa de la fe y la misma confesión del guía se ha fortalecido todavía más con el testimonio de los hermanos. Así, mientras has precedido a los otros en el camino de la gloria, y mientras te has mostrado dispuesto a confesar el primero y por todos, has persuadido también al pueblo a confesar la misma fe. Por todo esto, nos resulta difícil expresarles qué es lo que más debemos elogiar en ustedes, si tu fe pronta e inquebrantable o la inseparable caridad de los hermanos. Se ha manifestado en todo su esplendor el valor del obispo como guía de su pueblo, y se ha mostrado luminosa y grande la fidelidad del pueblo en plena solidaridad con su obispo. Por medio de todos ustedes, la Iglesia de Roma ha dado su magnífico testimonio, toda ella unida en un solo espíritu y una sola voz.

De este modo ha brillado, hermano queridísimo, la fe que el Apóstol comprobaba y elogiaba en la comunidad de ustedes. Ya entonces preveía él mismo y celebraba casi proféticamente su valor y su indomable fortaleza . Ya entonces reconocía los méritos que les darían a ustedes tanta gloria. Exaltaba las empresas de los padres, previendo las de sus hijos. Con su plena concordia, con su fortaleza, han dado ustedes a todos los cristianos un luminoso ejemplo de unión y de constancia.

Queridísimo hermano, el Señor en su providencia nos avisa que es inminente la hora de la prueba. Dios, en su bondad y en su premura por nuestra salvación, nos da sus benéficos consejos de cara a nuestro próximo combate. Pues bien, en nombre de la caridad, que nos une recíprocamente, ayudémonos perseverando con todo el pueblo en ayunos, en vigilias y en la oración.

Estas son para nosotros las armas celestiales que nos harán firmes, fuertes y perseverantes. Estas son las armas espirituales y los dardos divinos que nos protegerán.

Recordémonos mutuamente en la concordia y fraternidad espiritual. Roguemos siempre y en todo lugar los unos por los otros y busquemos cómo aliviar nuestros sufrimientos con la mutua caridad"


(Carta 60, 1-2; CSL III, 691-692, 694-695).

4. Cipriano anuncia la muerte del papa Sixto II


La Iglesia de Cartago había enviado a Roma algunos eclesiásticos para saber noticias ciertas con relación al decreto de persecución del emperador Valeriano. Volvieron llevando la dolorosa noticia de la muerte del papa Sixto II. El obispo Cipriano se preocupó inmediatamente de informar sobre lo sucedido a la Iglesia de Africa, enviando al obispo Suceso la siguiente carta

Cartago, agosto del año 258.

"Mi querido hermano:

No he podido enviarte antes esta misiva porque ninguno de los clérigos de esta Iglesia podía moverse, ya que todos se encontraban bajo la amenaza de la persecución, que gracias a Dios, los ha encontrado en su interior totalmente dispuestos a recibir la divina y celestial corona.

Te comunico ahora que han vuelto los que envié a Roma para que se informaran y nos contaran la verdad exacta sobre el rescripto publicado en relación con nosotros, pues, efetivamente, corrían varias e inciertas opiniones sobre ello.

La verdad acerca de todo esto es que Valeriano ha enviado al Senado un decreto, por el cual ha decidido que los obispos, sacerdotes y diáconos sean inmediatamente condenados a muerte. Que los senadores, los varones ilustres y los caballeros romanos, sean privados de toda dignidad y despojados de sus bienes. Y si, después de ser privados de sus riquezas, los cristianos continuasen siéndolo, también ellos deben ser condenados a la pena capital.

Las matronas cristianas sufran la confiscación de todos sus bienes y luego sean enviadas al destierro. A todos los funcionarios imperiales, que han confesado la fe cristiana o que debieran confesarla al presente, les sean también confiscados sus bienes. Después sean arrestados e inscritos entre los enviados a las posesiones imperiales (trabajos forzados).

A este rescripto, el emperador Valeriano añade la copia de una carta suya enviada a los gobernadores de las provincias y que se refiere a mi persona. Estoy todos los días aguardando esta carta y espero recibirla pronto manteniéndome firme y fuerte en la fe. Mi decisión frente al martirio es clara y bien definida. Lo aguardo, confiando plenamente que de la bondad y generosidad de Dios voy a recibir la corona de la vida eterna.



Te comunico que Sixto ha sufrido el martirio junto con cuatro diáconos el día 6 de agosto, mientras se encontraba en la zona del "Cementerio" (las Catacumbas de San Calixto).

Los Prefectos de Roma tienen como norma, en esta diaria persecución, que todo el que sea denunciado como cristiano, debe ser ajusticiado, y confiscados sus bienes en favor del erario imperial.

Te suplico que todo lo referido sea dado a conocer también a nuestros compañeros en el episcopado, a fin de que en todo lugar, con sus exhortaciones, animen a nuestras comunidades y las preparen cada vez mejor al combate espiritual. Esto servirá de estímulo para considerar más el bien de la inmortalidad que la muerte, y para alegrarse más que temer al pensar que se debe confesar la propia fe. Los soldados de Dios y de Cristo saben muy bien que su inmolación no es tanto una muerte cuanto una corona de gloria.

Te saludo, hermano carísimo, en el Señor" (Carta 80; CSEL III, 839-840).


5. El martirio de San Cipriano


Habría sido muy útil y edificante conocer las actas del proceso de los mártires Ponciano, Fabián, Cornelio, Sixto II, Eusebio, Cecilia... Desgraciadamente se destruyeron los archivos de la Iglesia de Roma, durante la tremenda persecución de Diocleciano.
Sin embargo, han llegado hasta nosotros las Actas del proceso de San Cipriano. Estas Actas se leían en las comunidades cristianas para gloria del mártir y para infundir fuerzas en el momento de la prueba. Podemos, pues, imaginar que las Actas del proceso de los mártires, citados más arriba, estuvieran escritas, poco más o menos, del mismo modo.

Cartago, 14 de setiembre del año 258.

"El día 14 de setiembre, por la mañana, se había congregado una gran muchedumbre en la localidad de Sesti, de acuerdo con lo ordenado por el procónsul Galerio Máximo. El mismo Galerio Máximo sentado en su tribunal mandó que fuese conducido Cipriano ante la audiencia que se celebraba aquel mismo día en el atrio Sauciolo. Cuando lo tuvo delante, dijo el procónsul Galerio Máximo al obispo Cipriano:

- ¿Eres tú Tascio Cipriano?


Y el obispo respondió:
- Sí, soy yo.
El procónsul Galerio Máximo dijo:
- ¿Eres tú quien se ha presentado como cabeza de una secta sacrílega?
El obispo Cipriano respondió:
- Soy yo.
Galerio Máximo dijo:
- Los santísimos emperadores te ordenan sacrificar.
El obispo Cipriano respondió:
- No lo haré.
El procónsul Galerio Máximo dijo:
- Piénsalo bien.
El obispo Cipriano dijo:
- Haz lo que se te ha ordenado. En algo tan justo como eso, no hay nada que considerar.

Galerio Máximo, después de haber deliberado con el colegio de los magistrados, a la fuerza y de mala gana pronunció esta sentencia: 'Tú has vivido largo tiempo sacrílegamente y has atraído a muchísimos a tu secta criminal, con lo que te has constituido en enemigo de los dioses romanos y de sus sagrados ritos. Los piadosos y santísimos emperadores Valeriano y Galieno, Augustos, y Valeriano, nobilísimo César, no lograron conquistarte para observar sus ceremonias religiosas.

Por tanto, desde el momento en que has resultado autor e instigador de los peores delitos, tú mismo servirás de escarmiento para aquellos que has asociado a tus criminales acciones. Con tu sangre será sancionado el respeto de la ley'.

Y, dicho esto, leyó en alta voz el decreto escrito en una tablilla: 'Ordeno que Tascio Cipriano sea castigado con la decapitación'.

El obispo Cipriano dijo: 'Demos gracias a Dios'. Tras esta sentencia la turba de hermanos (los cristianos) decía: 'También nosotros queremos ser decapitados juntamente con él'. Con ello se levantó un gran alboroto entre los hermanos y mucha gente lo siguió. Así fue conducido Cipriano al campo de Sesti, y allí se quitó el manto y la capucha, se arrodilló en el suelo y se postró para orar al Señor. Se quitó luego la dalmática (especie de túnica sobre el traje) y la entregó a los diáconos, se quedó solamente con el vestido de lino, y así permaneció a la espera del verdugo.

Cuando este llegó, ordenó el obispo a los suyos que le diesen veinticinco monedas de oro. Mientras tanto, los hermanos tendían delante de él retazos de tela y pañuelos (para recoger la sangre como reliquia). Entonces el gran Cipriano se vendó los ojos con sus propias manos, pero como no lograra atarse las puntas del pañuelo, acudieron en su ayuda el presbítero Julián y el subdiácono Julián.

Así fue martirizado el bienaventurado Cipriano. Su cuerpo, a causa de la curiosidad de los paganos, fue colocado en un lugar próximo donde pudiera estar oculto a su indiscreta mirada. Más tarde, y durante la noche, fue sacado de allí y llevado devotamente y con gran triunfo entre antorchas y teas encendidas, hasta el cementerio del procurador Macrobio Candidiano situado en la vía de las Cabañas, junto a las piscinas. Pocos días después, murió el procónsul Galerio Máximo. El santo obispo Cipriano sufrió el martirio el 14 de setiembre bajo los emperadores Valeriano y Galieno, reinando Nuestro Señor Jesucristo, a quien corresponden el honor y la gloria por los siglos de los siglos.
¡Amén!" (De las "Actas Proconsulares", 3-6; CSEL III, CXII-CXVI).

LAS LETANIAS DE LOS MARTIRES Y DE LOS SANTOS DE LAS CATACUMBAS DE SAN CALIXTO

INTRODUCCION


La invocación de los mártires y de los santos, en coros alternos entre ministros y asamblea, es una singular forma de "oración de los fieles", expresión de uno de los más gozosos artículos de nuestra fe: la comunión de los santos.
Esta serie de letanías incluye los nombres de los mártires y santos que tuvieron sepultura en el área de las catacumbas de San Calixto o en las otras catacumbas del "complejo calixtiano". Se añadieron los nombres de San Calixto, sepultado en el cementerio de Calepodio sobre la vía Aurelia Antica, y los de los Santos Felicísimo y Agapito, sepultados en la catacumba de Pretextato. En la lista van precedidos de un asterisco los nombres de estos y de aquellos que no fueron sepultados en las catacumbas de San Calixto propiamente dichas.

Fueron justamente esos testigos de la fe quienes, junto con tantos otros hermanos suyos, dieron origen a la comunidad cristiana de Roma. Su sangre ha sido, según la conocidísima expresión de Tertuliano, semilla de nuevos cristianos.


Ordinariamente, los mártires y los santos son venerados e invocados por las Iglesias particulares en el "dies natalis", es decir, en el día de su nacimiento al cielo. Una praxis constante de la Iglesia es la de reunirse en asamblea litúrgica o en el lugar donde los mártires habían rendido a Dios su testimonio de fe, o bien junto a sus gloriosos sepulcros.
"Confortada por el testimonio de los mártires y los santos, la Iglesia, peregrina en la tierra, afronta cada día el buen combate de la fe para compartir la misma corona de gloria, e implora la misericordia del Padre quien revela en los débiles su potencia y dona a los inermes la fuerza del martirio" (1)
La finalidad de las letanías es dirigir las súplicas del pueblo cristiano a Cristo y a sus amigos predilectos, los mártires y los santos. Cada letanía es siempre precedida por la invocación a Dios uno y trino y a Cristo Señor; sigue la memoria de la Santa Madre de Dios, "en la cual la Iglesia admira y ensalza el fruto más excelso de la redención". Finalmente, son nombrados los papas, los obispos, los mártires y las vírgenes sepultados en el complejo calixtiano.
Así estas letanías unen en comunión de alabanza y súplica a los miembros de la Iglesia itinerante con aquellos que ya contemplan el rostro de Dios. Esta comunión alcanza el momento más fuerte en la Eucaristía cuando el cielo y la tierra, los ángeles, los santos y todos los fieles que están en camino, se asocian a la misma alabanza por medio de Nuestro Señor Jesucristo, en la unidad del Espíritu Santo, para gloria de Dios Padre.

EL CULTO DE LOS MARTIRES


La Iglesia de Esmirna (Turquía), después del martirio de su obispo Policarpo y de once fieles, muertos en el año 157 (o 167), informaba a "la Iglesia de Dios que peregrina en Philomélium, Frigia, y a todas las comunidades de la santa Iglesia universal" acerca del fin glorioso de aquellos y añadía:
"Nosotros veneramos dignamente a los mártires en cuanto discípulos e imitadores del Señor y por su fidelidad suprema hacia el propio Rey y Maestro. ¡Ojalá se nos dé a nosotros también llegar a ser compañeros y discípulos de ellos!
... Después de haber recogido los huesos de Policarpo más preciosos que joyas raras y más puros que el oro fino, los repusimos en lugar apropiado según costumbre para los mártires. Y en este lugar reuniéndonos con exultación y regocijo cada vez que nos resulte posible, nos consentirá el Señor festejar el aniversario de su martirio, en memoria de cuantos han arrostrado ya la misma lucha y para ejercicio y preparación de cuantos la arrostrarán en el futuro" (Martyrium Polycarpi: XVII, 3, XVIII, 2-3).
Con los mismos sentimientos de estos hermanos nuestros de Esmirna queremos rezar junto a las tumbas de los gloriosos mártires de las catacumbas de San Calixto y celebrar en alegría su "dies natalis" (día del nacimiento al cielo). Gracias a su intercesión, nuestra fe se volverá más firme para poder afrontar serenamente las pruebas de la vida.

LAS LETANIAS


Te damos gracias, oh Dios Padre omnipotente, por habernos dado hermanos, que han testimoniado su amor hacia Ti con una vida santa, y muchos hasta el derramamiento de su sangre. Que su ejemplo ilumine y sostenga nuestro camino hasta el día en que lleguemos a la Jerusalén celestial. Por Cristo nuestro Señor. Amén.

Señor, piedad


Cristo, piedad
Señor, piedad

Santa María, Madre de Dios y Reina de los Mártires, ..... reza por nosotros


San José, "varón justo", esposo de la Madre de Dios y custodio de Jesús
Santos Pedro y Pablo, mártires de Cristo, columnas y fundamento de la Iglesia de Roma

Papas mártires

San Calixto I, papa y mártir, custodio de los hermanos de fe aquí sepultados


San Ponciano, papa y mártir, condenado a la minas
San Fabián, papa y mártir, organizador de la Iglesia romana
San Cornelio, papa y mártir, "modelo de humildad, paciencia y bondad"
San Sixto II, papa y mártir, muerto por Cristo en el área de estas catacumbas
San Eusebio, papa y mártir, misericordioso hacia los lapsi (2)

Diáconos mártires

Santos Diáconos: Jenaro, Magno, Vicente, Esteban, *Felicísimo y Agapito, compañeros en el martirio del papa Sixto II



Fieles mártires

San Tarcisio, adolescente de fuertes ideales e intrépido defensor de la Eucaristía


Santa Cecilia, muchacha valiente que ofreció a Cristo su virginidad
Santa Sotera, noble romana muerta por su fidelidad al evangelio
San Polícamo, gloria y decoro de la Santa Iglesia
Santos Calócero y Partenio, fieles a Cristo hasta perder la vida por El
Santos Marcos y Marceliano, hermanos de sangre e inseparables en el martirio
Santos Cereale, Salustia y veintiún Compañeros, defensores de la fe contra la herejia novaciana (3)
Santos Mártires griegos: María, Neón, Hipólito, Adria, Paulina, Marta, Valeria, Eusebio y Marcelo, don de la Iglesia Oriental al complejo calixtiano
Santos y Santas Mártires, sepultados en las Catacumbas de San Calixto

San Ceferino papa, que quisiste este cementerio para la Iglesia de Roma


San Antero papa, que viviste en la cárcel todo tu breve pontificado
San Lucio (I) papa, obligado a vivir desterrado porque Vicario de Cristo
San Esteban (I) papa, custodio de la pureza de la fe
San Dionisio papa, padre amoroso de los hermanos en dificultad
San Félix (I) papa, celoso en la obra de evangelización
San Eutiquiano papa, apóstol de la ortodoxia
San Cayo papa, amigo de los pobres
San Milcíades papa, defensor de la fe contra la herejía donatista (4)
San Marcos papa, pastor de la Iglesia de Roma y promotor de su calendario litúrgico
San Dámaso (I) papa, "piadoso cultor de los Mártires"
Todos ustedes, la clase de los Papas, "que custodian el altar de Cristo"

Obispos santos

Santos Obispos Optato y Numidiano, evangelizadores de las tierras de Africa


Santos Obispos: Urbano, Laudiceo, Policarpo y Manno, continuadores de la misión de los Apóstoles
Todos ustedes, Santos Obispos, sepultados en las Catacumbas de San Calixto

Fieles santos

Ustedes, Santos Sacerdotes, que vivieron y murieron "en la larga paz"


Ustedes, Jóvenes y Niños, que han sabido conservar su pureza por Cristo
También ustedes, pecadores, convertidos a la bondad del Padre, lavados en la sangre de Cristo y santificados por el Espíritu Santo
Todas ustedes, Almas Santas, cuyo cuerpo reposa en el cementerio de San Calixto

Santos y Santas peregrinos a las Catacumbas

Santas Brígida y Catalina de Suecia


Santos Carlos Borromeo y Felipe Neri
San Juan Bosco y Beato Miguel Rua
Santas María Dominga Mazzarello y Teresa del Niño Jesús
Santos todos, peregrinos a las Catacumbas de San Calixto y admiradores de la fe de los primeros cristianos

Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,       perdónanos, Señor


Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,       ayúdanos, Señor
Cordero de Dios, que quitas los pecados del mundo,       ten piedad de nosotros

Oremos

Oh Dios, nuestro Padre, que con la sangre de los Mártires fecundaste y con la presencia de tantos Santos bendijiste el suelo de las Catacumbas de San Calixto, por el luminoso ejemplo de tan valientes Testigos consérvanos en la fe, para que podamos recoger y gustar anticipadamente con alegría el fruto de su sacrificio.


Por Cristo nuestro Señor. Amén (5)

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(1) Cf Misal Romano, Prefacio de los mártires.
(2) Los lapsi (= caídos) eran esos cristianos que habían evitado las torturas durante las persecuciones, renegando de su fe en Jesucristo.
(3) Novacianos: secta herética que toma el nombre de su jefe, el antipapa Novaciano (251-258). Negaban el perdón a esos cristianos que habían renegado de la fe durante las persecuciones. (4) Donatistas: secta herética que se originó en Cartago. Toma el nombre de su exponente principal, Donato. Negaban la validez de los sacramentos administrados por personas heréticas o moralmente indignas (en pecado mortal).
(5) De BARUFFA Antonio, Litanie dei Martiri e dei Santi delle Catacombe di San Callisto, Collégium Cultórum Mártyrum, Roma 1990, 44 p.


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