Los frailes menores conventuales



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L. Di Fonzo – G. Odoardi – A. Pompei

ofmconv




LOS FRAILES MENORES CONVENTUALES
Historia y Vida: 1209-1976

FALC: FEDERACIÓN CONVENTUALES DE AMÉRICA LATINA - 2002

Título del original italiano:


I Frati Minori Conventuali, Storia e Vita 1209-1976

Publicado por: Curia Generalizia O.F.M.Conv.

Piazza Ss. Apostoli, 51 - Roma 1978

MISCELLANEA FRANCESCANA

Traducción:

Fray Francisco Calderoni, OFMConv

Seminario Misionero Franciscano ‘San José de Cupertino’

5015 Palmira (Venezuela)


Fax: +58.276.3944049

E-mail: semifra@telcel.net.ve


FALC: FEDERACIÓN CONVENTUALES DE AMERICA LATINA - 2002
Con el permiso de los Superiores

La presente edición, no comercial,

está dirigida a los religiosos OFMConv.,

y ha sido preparada por la Secretaría general de la Orden

con el consentimiento y autorización

del Revmo. P. Vitale M. Bommarco, Ministro General 115º

‘Oh gloriosa Reina, el Señor me ha enaltecido con la gracia de llamarme a hacer parte de la Orden del glorioso Seráfico, y amigo tuyo, san Francisco: Orden bendecida copiosamente por Él con privilegios y gracias especiales [...], y también, Madre Santa, el Señor concedió a esta Orden la gracia de defender y manifestar el brillo original de aquel primer instante de tu Concepción inmaculada.

Por eso, oh Madre amable y buena, yo me glorío profundamente, y mi corazón rebosa de alegría por haber sido formado, criado y educado en la doctrina y devoción de tu Concepción inmaculada.

Virgen gloriosa, yo, el más indigno de entre los alumnos de la Orden Seráfica: por la veneración incesante que te debo, como nuestra principal Patrona, y bajo ningún otro título más que el de tu Inmaculada Concepción, te ofrezco y te obsequio esta obra...’
(Palabras de San Francisco Antonio Fasani, OFMConv)

Los primeros 7 Artículos del presente volumen han sido sacados del importante Diccionario de los Institutos de Perfección (DIP), es decir historia y vida de las Ordenes y Congregaciones religiosas. El DIP está dirigido por G. C. Rocca (1969), publicado en Roma, Edizioni Paoline, a partir del 1974, en 6 volúmenes ilustrados de los cuales, hasta el presente, han sido publicados los volúmenes 1-4 (1974-77), uno por cada año.

Los Artículos, siguen el siguiente orden en los Volúmenes:


  1. Francisco, de Asís, santo, IV (1977) col. 512-27.

  2. Franciscanos (1209-1517), IV (1977) 464-511.

  3. Conventuales, Frailes «Menores Conventuales, III (1976) 1-94.

  4. Conventuales Reformados, III (1976) 94-106.

  5. Frailes Menores (sentido y uso histórico del nombre), IV (1977) 823-38.

  6. Franciscanismo, IV (1977) 446-64.

  7. Conventualismo, II (1975) 1711-26.

La Dirección del DIP ha autorizado la reproducción de aquellos artículos en el presente volumen, y sus traducciones, para uso de los Frailes Menores Conventuales.

Se guardan las mismas abreviaciones que hay en el Diccionario, y también las referencias y demás signos gráficos. De manera especial, el símbolo , tal como está en la publicación originaria, apunta, para los lectores de buena voluntad, a las demás voces o artículos similares y complementarios del DIP, que tratan sobre temas franciscanos o también generales.

1.

SAN FRANCISCO DE ASÍS

(1182-1226)



Apuntes biográficos, espíritu y personalidad

Francisco es el fundador de las tres Ordenes minoríticas: los Frailes Menores o -»Franciscanos (actualmente: Menores, Conventuales, Capuchinos), las monjas -»Clarisas (hay distintas familias), y los -»Penitentes o Terciarios franciscanos (seglares, y Terciarios regulares de s. F.).

Es uno de los santos más significativos de la historia de la Iglesia y de la civilización, por causa de su conformidad mística con el Crucificado (alter Christus), por el redescubrimiento literal del Evangelio y la genuina interpretación de los valores religiosos y humanos que, propuesta a sus seguidores y predicada a todo el mundo, ha sido grandemente apreciada como la «visión franciscana» de la vida. Por este motivo, Francisco es uno de los Santos más conocidos y amados en el mundo, por los hombres de todo estamento y credo religioso.
(Para las fuentes franciscanas: -»Cuestión franciscana).
I. Datos sumarios – II. Síntesis biográfica – III. Espiritualidad – IV. Personalidad e influencia.


  1. DATOS SUMARIOS

Francisco nació en Asís (Perusa, Italia) el año 1182, y allí mismo murió, en la Porciúncula (Santa María de los Ángeles), el 3-10-1226. El proceso de canonización se llevó a cabo el 1227-8; fue declarado Santo el 16-7-1228, por Gregorio IX en Asís.

Al título de «patrono del pueblo cristiano», ya definido y así invocado en distintos documentos pontificios a partir del siglo XIII, se han añadidos las recientes formales proclamaciones como patrono de la Acción Católica (14-9-1916), patrono principal de Italia, junto con santa Catalina de Siena (18-6-1939), protector especial de los Comerciantes italianos (23-32-1952). Su fiesta litúrgica se celebra el 4 de octubre, a la que se le añadía antiguamente en toda la Iglesia, hasta la reforma litúrgica (1969), la fiesta de los Estigmas el 17 de septiembre (única fiesta de este tipo reconocida en la liturgia).

La tumba o sepulcro del Santo se encuentra en la cripta de la basílica inferior de Asís (1230), donde se guardan sus restos que, después del hallazgo del cuerpo (12-2-1818) y las más recientes averiguaciones canónicas (1818-24), tras autorización pontificia fueron recompuestos íntegramente en el primitivo sarcófago. En aquel entonces, y a partir de aquel momento, fue distribuido tan sólo el «polvo» del sepulcro, es decir, pequeños fragmentos de los restos de su cuerpo y vestimentas pulverizadas. Reliquias del hábito, cilicios y objetos de uso se conservan en los distintos santuarios de Asís y en otros lugares.

La iconografía, que abarca más de 12.000 obras pertenecientes a distintas corrientes pictóricas que van desde el siglo XIII hasta hoy (en Subiaco 1228-30, Giunta Pisano 1236, Cimabue, Giotto, etc.), representa al Santo siempre vestido con el hábito minorítico y el cordón blanco, con los característicos estigmas y, frecuentemente, con el Crucifijo en la mano y un libro cerrado (el Evangelio). Así lo contemplamos en todos las pinturas, en distintas actitudes de oración o de contemplación del Crucifijo, en muchas escenas sagradas con Cristo, la Virgen y Santos, y sobre todo en los multiples episodios de su vida. Éstos y otros motivos, inspirados en su polifacética personalidad, influenciaron profundamente, en manera directa o indirecta, al propio renacimiento del arte medieval, especialmente italiana, y la literatura europea.

Sin embargo, donde más se notó su influencia fue en el campo religioso. Debido al fermento renovador inyectado en la vida cristiana y religiosa y en la misma concepción de la convivencia social, y por causa de los extraordinarios dotes de su humanidad y santidad, el Poverello de Asís, así como respondió a las profundas aspiraciones espirituales de su tiempo, siempre ha encontrado y continúa hoy día teniendo grata aceptación en el corazón humano.



II. SÍNTESIS BIOGRAFICA
Francisco nació en el corazón de Italia durante los últimos 20 años del siglo XII (final de 1181 o comienzo de 1182), de un acaudalado propietario y comerciante en telas, Pietro Bernardone y de Giovanna, apodada ‘madona Pica’. Su nombre de pila era Juan, pero pronto su padre lo cambió, al regresar de uno de sus viajes comerciales a Francia, con el de Francesco («francés», nombre ya en uso, pero no muy conocido en Italia). Cuidó su primera formación religiosa su devotísima madre la cual, según una tradición muy digna aunque tardía (s. XIII-XIV) había decidido, por causa de los dolores del parto, proceder al alumbramiento entre un buey y un borrico, y que el mismo día del alumbramiento había escuchado, de parte de un misterioso peregrino, auspiciar la bondad de vida (Cfr. bibl., 4).

En la escuela parroquial de s. Jorge, en Asís, el Santo aprendió a leer y a escribir, y completó, posteriormente, su modesta cultura con nociones de cálculo, de poesía y música, adquiriendo también algunos conocimientos de lengua francesa (el provenzal) y de literatura de las gestas y leyendas caballerescas. Francisco, dotado de inteligencia perspicaz y fuerte memoria, poco a poco fue adquiriendo una razonable cultura religiosa por medio de lecturas y meditación. Hijo de familia acaudalada y burguesa, tenía un papá que ambicionaba grandemente ampliar hacia el extranjero el área de su actividad comercial. Francisco, por tanto, se formó en este ambiente familiar típico de la clase media italiana de aquel entonces, ansiosa por una ascensión civil y política, ansiosa de bienestar y libertad anhelando conquistar algún título de nobleza a fin de equipararse con los «mayores», que siempre llevaban ventajas sobre los «menores». Francisco, dotado de aguda inteligencia, ambición y constantemente emprendedor, durante la primera etapa de sus 25 años «en el mundo» (1182-1205), intentó personalmente recorrer todos esos caminos de ascensión y de gloria humana.

A la edad de 14 años aproximadamente, se incorporó a las actividades de la tienda de su papá, en el arte de los mercaderes (1196 aprox.), ejerció con perspicacia aquel oficio, atento siempre a multiplicar las ganancias, aunque no fuese buen guardián de las mismas («cautus negotiator, sed vanissimus dispensator» [negociante cauto, pero muy fácil dilapidador, n.d.t], 1Cel 2). En efecto, era hijo primogénito (tenía un solo hermano menor, Ángel), proclamado rey de los banquetes y de la juventud de Asís; y expandía generosamente las riquezas paternas, vistiendo hábitos raros y llamativos, ocupando el tiempo en veladas de gala animadas con música y cantos. Consentido benévolamente por sus padres en aquellos gastos «principescos», era admirado con simpatía por su madre y amigos por causa de las buenas cualidades naturales y morales, nobleza de palabra y de tracto, generosidad hacia los pobres y especial integridad de costumbres (2Cel 3).
Activo espectador, y también partícipe de la conquista de la libertad cívica en la lucha contra el feudatario imperial de la ciudad de Spoleto (1198), muy pronto tomó parte activa, a los veinte años, en la guerra comunal de Asís contra Perusa (noviembre de 1202), y acabó por caer prisionero de los de Perusa cuando su partido sufrió la derrota. Liberado, después de un año de prisión (1203-4), y probado por una larga enfermedad (1204), el mundo comenzó a parecerle distinto y raro. Sin embargo, después de la recuperación atraído por nuevos sueños de gloria, decide viajar a Pulla para conquistar el título de caballero (1205). Pero, el viaje de Francisco viene interrumpido en la ciudad de Spoleto, que fue su camino de Damasco, donde el Señor le invita indistintamente, mediante un sueño, al seguimiento en pos de un patrón más noble (2Cel 5-6).

Regresa a Asís, y con el presentimiento de «tornarse un grande príncipe» (ibid., 6), comienza pronto a alejarse de la compañía de los amigos, y dedica largo tiempo a la oración y lágrimas en una gruta solitaria donde, tras haber superado, mediante un beso a un leproso, la extrema repugnancia que sentía hacia ellos, se siente fulgurado por la primera aparición del Crucificado que le graba en el corazón el amor y el llanto por su Pasión (s. Buenaventura, Leyenda Mayor, 1, 5). Francisco, a partir de aquel momento, se dedica con asiduidad al servicio de los leprosos y reparte frecuentemente limosna a los pobres, a los sacerdotes y a las iglesias pobres. Poco tiempo después, en la capilla de S. Damián, la voz del Crucifijo colgante que está sobre el altar, le invita a «reparar su Iglesia, que se viene del todo al suelo» (2Cel, 10).

El encuentro con el Crucificado y la invitación a servir a la Iglesia, marcan la primera iluminación en la vida del Santo y que se completará después, fatigosamente, con la toma de conciencia de su clara vocación apostólica. En efecto, Francisco se retira, por un tiempo, en s. Damián, sometiéndose, como donado, bajo la protección eclesiástica; posteriormente enfrenta y supera la ira de su padre haciendo pública, ante el tribunal del obispo Guido II de Asís, su renuncia a la herencia familiar y declarando su opción por la paternidad divina y la libertad de los hijos de Dios. Éste es el momento de la perfecta conversión de Francisco, como la llamaban los primeros biógrafos (primeros meses de 1206). Vestido con una pobre túnica cruciforme, y proclamándose «heraldo del grande Rey», pasa dos años de su vida penitencial y eremítica entregándose a la oración y a los oficios más humildes, y por poco tiempo también en un monasterio benedictino (el de s. Verecundo, en Vallingenio de Gubbio). Posteriormente, interpretando al pie de la letra la invitación del Crucificado, se dedica a la restauración material de tres capillitas del contado de Asís: s. Damián, s. Pedro de la Spina y s. María de los Ángeles, llamada Porciúncula.

Durante este lapso de tiempo, el Santo había ya conmovido a la ciudad de Asís, a raíz de su aceptación de los escarnios del populacho y la admiración de otros, pero siempre abierto a cualquier iluminación divina, la cual llegó puntualmente después que daba por concluido el último restauro: eso se dio durante la escucha del Evangelio del envío de los Apóstoles y de la pobreza que se leía en la capilla de la Porciúncula (aprox. 24 de febrero de 1208); al finalizar la Misa, Francisco pidió al sacerdote mas explicaciones sobre aquel trozo evangélico y descubrió con gozo su vocación y misión (Mt. 10; Lc. 9-10). Asumió al pie de la letra aquellas disposiciones, e inmediatamente se revistió con otra clase de hábito (el «minorítico»: constaba de una túnica en forma de cruz, cordón blanco, y descalzo) y por cierto, previo permiso del obispo, empezó a predicar con grande fervor di espíritu la paz y la penitencia en la iglesia de s. Jorge (1Cel, 23).


En la medida en que iba creciendo la admiración y la conmoción del pueblo en su favor, dos apreciados conciudadanos le pidieron que les dejase acompañarlo en su camino: era el noble y rico Bernardo de Quintavalle y el jurista Pedro Cattani (16-4-1208); después de éstos se acercaron también el joven Gil (23 de abril) y 8 socios más aquel mismo año. Aquel reducido grupo, un año después (1209), recibía la aprobación de parte de Inocencio III para vivir un estilo de vida comunitaria y apostólica. Nacía la Primera Orden de los Menores (-»Franciscanos).
Mientras tanto, tras aprobación oral de la primera «fórmula vitae» [forma de vida, n.d.t.], y con la autorización del Papa para sí y para sus compañeros para predicar dondequiera la «penitencia», el «nuevo evangelista» Francisco (1Cel 89) estrenaba, a partir de aquel entonces, a su largo apostolado de predicación itinerante, popular y penitencial, destacándose, entre los demás predicadores evangélicos y sectas heréticas de aquel tiempo, mediante todos los carismas de la gracia divina que le acompañaban y el favor de las autoridades eclesiásticas.

La oratoria de Francisco, más que una prédica o un verdadero «sermón» bien estructurado y discursivo (que él también usaba en alguna oportunidad), pertenecía a la clase de la «cóncio» [discurso enardecedor, n.d.t.] popular, haciendo uso de una comunicación informal y mímica, rica de ejemplos estimulantes, de gestos y fórmulas expresivas. Su lenguaje (generalmente en dialecto de Umbría) se desarrollaba «bene et discrete», como afirmó un estudiante universitario de Bolonia que lo escuchaba en 1222, aunque –afirmaba éste- no «modum praedicantis tenuit sed quasi concionantis.Tota vero verborum eius discurrebat materies ad extinguenda inimicitias et ad pacis foedera reformanda» [no hablaba como un predicador sino como un conferencista. Sin embargo, los temas que trataba tenían como objetivo extinguir las contiendas y fortalecer los vínculos de la paz, n.d.t.] (Tomás de Spálato, Historia Salonitanorum, en Lemmens, p. 10; Cfr. bibl., 2, b).


Cuando predicaba, comenzaba siempre dando el saludo de paz: «El Señor os dé la paz». Su palabra sencilla, fervorosa y penetrante («verbo simplici sed corde magnifico» [con palabra sencilla y corazón generoso, n.d.t.] 1Cel, 23), invitaba a todos al «recuerdo del Creador y de sus mandamientos», hablando de la justicia y también de la misericordia de Dios, de la pena y la gloria, alternando exhortaciones penitenciales «para remisión de los pecados» con fuertes llamamientos a la paz y a la fraternidad con todos, a la practica de las virtudes cristianas en todas las condiciones y clase social, y (como se puede leer en los Escritos del Santo) a la práctica de los sacramentos, especialmente el de la Eucaristía, en la que «se ve corporalmente al Señor». Al contrario de lo que era la costumbre de los herejes, Francisco inculcaba también la veneración hacia todos los sacerdotes aunque fuesen pecadores, por causa de la dignidad de su ministerio, y hacia la santa madre Iglesia, única maestra y ministra de la salvación; en resumen, respecto y honor hacia todos, ricos y amos, siervos y pobres, buenos y malos.
Cuando visitaba una región, muchas veces lograba evangelizar hasta cuatro-cinco aldeas al día, «difundía el Evangelio de Cristo por toda la tierra, anunciando a todos el reino de Dios y edificando a los oyentes no menos con su ejemplo que con su palabra “de todo córpore fécerat linguam”» [pues todo su cuerpo parecía haberse transformado en lengua, n.d.t.] (1Cel 97). «Sintiéndose apoyado por la autorización apostólica», Francisco predicaba a todos con palabra franca y valor, anunciando la verdad sin endulzarla y sin adular a nadie, de manera que también los cultos y los letrados, los poderosos y los dignatarios lo escuchaban con salutífero temor. Los clérigos, los religiosos y los laicos, y grandes multitudes de pueblo se agolpaban para escucharle, tratando al «nuevo evangelista» como a «hombre del otro mundo» y una «nueva luz enviada desde el cielo a la tierra» para iluminar y convocar a todos a las realidades de Dios (Cfr. para todo, 1Cel, 23, 36, 89, 97; 2Cel, 107).
Francisco recorrió la mayor parte del territorio italiano por más de quince años, de 1208-10 a 1224 (Cfr. ibid., 97). Dos veces, impulsado por el ardor misionero y el deseo del martirio entre los «sarracenos», sale de Italia y va a Siria en 1212 y a Marrueco luego después, va a Francia y España (1214-5); sin embargo, solo pudo arribar, la primera vez, a la costa de Dalmacia por causa de una tempestad, y la segunda vez, obligado a regresar a España por causa de una grave enfermedad.

Mientras tanto (1212), había instituido la Segunda Orden de las «Pobres Damas (Señoras) de s. Damián» o -»Clarisas; y, preocupado por la salvación de las almas, ansiando «llevarlas todas al paraíso», obtenía del Señor, por la intercesión de la b. Virgen de los Ángeles, la indulgencia especial (anual) del Perdón en la Porciúncula, y que le fue confirmada por el recién elegido Papa Honorio III, en Perusa (julio de 1216; Cfr. bibl.).

Después de haber enviado a Siria-Palestina algunos religiosos guiados por fray Elías (1217) y a Marruecos los primeros 5 misioneros y mártires (1219-20), el 24-6-1219 él mismo cruzó el mar y llegó a Oriente, encontrándose con el sultán de Egipto, Al-Malik al Kamil, que lo recibió y escuchó benignamente, aunque sin la esperada conversión y, para el Santo, sin la deseada alternativa del martirio. Pero, en el transcurso de aquella desastrosa V Cruzada (1217-21) impulsada por el Concilio Lateranense IV, el Santo de la paz, mediante su actuación, había dado a la cristiandad el primer ejemplo de acercamiento pacífico y apostólico con los Sarracenos (cuya conversión ya el abad Joaquín de Fiore había previsto como algo factible «praedicando magis quam proeliando» [más predicando que haciendo la guerra, n.d.t.], In Apoc. XIII, v. 3); en cambio el envío al mismo tiempo de sus primeros frailes misioneros a África y a Oriente, abría prácticamente el gran camino y comenzaba la historia de las misiones católicas en el mundo.

A su regreso a Italia (1220), después de haber dejado algunas orientaciones necesarias para la Orden, Francisco retomó el apostolado de la palabra. El año siguiente, atendiendo a las aspiraciones de muchos en distintos lugares, proponía normas de vida cristiana individual y social para los laicos que estaban en el mundo y que deseaban seguir sus enseñanzas según el espíritu del Evangelio: se instituía la Tercera Orden de los Penitentes o Terciarios Franciscanos1 (en Florencia y Poggibonsi, 1221), destacándose como una fraternidad distinta entre los demás grupos aislados y comunitarios de Penitentes de aquella época.

Con el fin de tornar más real y visible para sí mismo y para el pueblo el misterio navideño la noche del 24-12-1223, tras autorización del Papa, acompañado por ingente multitud en una gruta de Greccio, en el valle de Rieti, quiso celebrar la fiesta de la Encarnación y ayudar como diacono en la Misa solemne de la representación plástica y viviente de la escena del Pesebre. Francisco había sido ordenado diacono, pero no quiso ascender, por humildad, al sacerdocio (Sobre el Pesebre: 1Cel, 84-87; s. Buenaventura, LM 10,7).
El Santo, estando enfermo después de su regreso de Oriente, daba a la Orden la guía activa de un vicario en la persona de Fray Elías de Asís (1221-7) y también la Regla definitiva, e iba acercándose poco a poco a la última etapa de su vida en una sucesión cada vez más intensa de experiencias místicas, con el deseo de una más íntima participación y conformidad con el Crucificado.

Imbuido de estos sentimientos, en el verano de 1224 se retiró en el monte Alverna y allí, alternando prolongadas oraciones, meditaciones y ayunos (desde la Asunción hasta s. Miguel Arcángel, que era una de las siete cuaresmas especiales practicadas por él), muy próximo ya la fiesta de la santa Cruz (14 de septiembre), se le apareció el propio Cristo Crucificado bajo el aspecto de un serafín alado y flamante que le imprimió en el cuerpo los estigmas vivos de su Pasión: heridas abiertas y sangrientas, con clavos carnosos y largas puntas torcidas en las manos y en los pies y herida en el costado (Cfr. especialmente s. Buenaventura, LM XIII, 1-5).

Después de bajar de la Alverna, como si fuera imagen viviente del Crucificado y llevado a Asís, Francisco pasó los últimos dos años de su existencia en una continua pasión de enfermedades y dolores, afligido también por una grave oftalmía contraída en Oriente. A final de 1224 y los primeros meses de 1225, completamente aislado y cecuciente, en una celda de palmas muy cerca de s. Damián (o, quizás, en el palacio episcopal) y, después de una noche de insomnio, «certificado» por el Señor de su inminente fin y del premio eterno, en un arrebato de mística exaltación por la obra de la creación, dictó a sus compañeros el «Cántico del hermano Sol y de todas las criaturas» (LP 43-5 y 51, ed. II; 2Cel 213).

Después, obedeciendo a la insistencia del protector, el Card. Hugolino de los Condes de Segni, se sometió a dolorosas y, a la vez, inútiles cauterizaciones de los ojos por parte de los médicos de la corte papal en Rieti (1225); y posteriormente, pasando por Siena y Cortona, después de haber superado una crisis mortal en abril del año siguiente (1226), retomó, por etapas, el camino de regreso hacia Asís. Deteniéndose primero en el palacio episcopal, pidió que lo llevaran, a final de septiembre, a la Porciúncula.

Y allí, meditando profundamente sobre el texto de la Pasión escrita por s. Juan y haciendo memoria, con sus religiosos, de la última cena del Señor, cantándole a la hermana muerte y entonando el salmo «Voce mea... me exspectant iusti donec retríbuas mihi» [A voz en grito... me rodearán los justos cuando me devuelvas tu favor, n.d.t.], se durmió en la tarde del sábado 3-10-1226: tenía aproximadamente 45 años. Acostado sobre la desnuda tierra, poniendo de manifiesto sus estigmas, que centenares de frailes y laicos pudieron averiguar, «tenía el aspecto de un verdadero crucificado bajado de la cruz» ( Fr. León en Salimbene, 195; Cfr. 1Cel, 112).

Al día siguiente, domingo por la mañana, su cuerpo, con participación del clero y pueblo, fue llevado en solemne procesión a la capilla de s. Jorge que se encuentra entre los muros de la ciudad, y allí permaneció por cuatro años, y allí el Santo fue canonizado el 16-7-1228.

Su venerado cuerpo, posteriormente, fue trasladado (25-5-1230) al «Colle del Paraíso», en la nueva basílica de s. Francisco, construida por determinación de Gregorio IX y por la dedicación de Fr. Elías como monumento glorioso sobre aquel sepulcro.

Éste es el templo primario de su culto y de su gloria en la tierra declarado, junto con el Sacro Convento, «Cabeza y madre de toda la Orden de los Menores» (Gregorio IX, 22-4-1230) y custodiado por los FF.MM. Conventuales: éstos, por la veneración universal y por el genio natural de tan grande Santo, se han dedicado a dar más esplendor también exterior a aquel conjunto arquitectónico monumental convocando a toda clase de corrientes artísticas del renacimiento italiano.


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