Los hermanos de mowgli del Libro de la Tierras Vírgenes de Rudyard Kipling



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LOS HERMANOS DE MOWGLI
del Libro de la Tierras Vírgenes de Rudyard Kipling


Eran las siete de una noche muy calurosa, en las colina de Seeonee, cuando el Padre Lobo despertó de su descanso diurno. La Madre Loba yacía con el gran hocico gris caído entre sus cuatro cachorros, bulliciosos y chillones, y la luna brillaba, iluminando la boca de la cueva donde vivía toda la familia.

- Ya es hora de salir a cazar de nuevo- dijo el Padre.

Y se disponía a salir, cuesta abajo, cuando una pequeña sombra cruzó la entrada y gruño:

- Buena suerte te acompañe, oh jefe de los Lobos; y téngala también, así como fuertes y blancos dientes, tus nobles hijos, para que nunca olviden a los pobres hambrientos de este mundo.

Era el chacal - Tabaqui, el Lameplatos, - y los lobos de la India despreciaban a Tabaqui, porque siempre anda enredando de un lado para otro, provocando rencillas, llevando y trayendo cuentos, y comiendo trapos sucios y pedazos de cueros, que saca de los montones de basura de las aldeas.

- Entra pues y mira - respondió el Padre Lobo, secamente; - aunque no tenemos nada aquí que comer.

- Para un lobo no - admitió Tabaqui; - pero par una persona tan humilde como yo, hasta un hueso pelado es un festín. ¿Quiénes somos nosotros los Gidur-log para andar con remilgos?

Se metió aceleradamente hasta el fondo de la cueva, y allí encontró un hueso de gamo, con algo de carne, y se acurrucó para mordiscarlo y roerlo.

- Mil gracias por esta buena comida. - dijo - ¡Qué hermosos son los nobles hijos! ¡Qué grandes tienen los ojos! ¡Y tan jóvenes aún! En verdad, en verdad, que no hay que olvidar que los hijos de reyes son hombres desde que nacen.

Ahora bien, Tabaqui, sabía de sobra (como todo el mundo) como elogiar a los niños en su presencia; y advirtió que la Madre Loba, así como el Padre Lobo, se mostraban poco halagados por los importunos cumplimientos dirigidos a sus cachorros.

Tabaqui continuó, hablando en tono de despecho:

- Shere Khan, el Grande, ha mudado de cazadero. Va a cazar ahora por estas colinas, durante toda la luna próxima. Así me lo ha dicho.

Shere Khan era el tigre que vivía cerca del río Waingunga, a veinte millas de distancia de allí.

- ¡No tiene ningún derecho!... - comenzó a protestar enojado el Padre Lobo. - Según la Ley de la Selva, no puede cambiar de lugar de caza, sin antes dar aviso. Ahora va sin duda a atemorizar a toda la caza que existe en diez millas a la redonda, y yo... necesito muchas provisiones actualmente.

- No fue sin motivo que lo llamó Lungri su madre - comentó la Loba tranquilamente. - Cojo de un pie ha sido ese malvado desde que nació. Por eso sólo mata ganado. Ahora, que los aldeanos del Waingunga están furiosos con él, viene para aquí, para enfurecer también a los nuestros. Estos revolverán toda la selva, buscándolo cuando ya se haya ido a otra parte, y nosotros y nuestros hijos tendremos que emigrar cuando le peguen fuego a la maleza.

- ¿Quiere que le transmita sus manifestaciones de gratitud? - inquirió Tabaqui hipócritamente.

- ¡Afuera! - rugió el Padre Lobo. - ¡Largo de aquí! ¡Vete a cazar con tu amo! Ya has causado bastante daño esta noche.

- Me voy, me voy - contestó con sorna Tabaqui, - Pero escuchen: ya se oye a Shere Khan allá abajo, en la espesura. Me hubiera podido evitar la molestia de traer el mensaje.

El Padre Lobo escuchó el plañido irritado, gruñente que lanzaba el tigre, en el valle, indicando de que no había atrapado nada, y que no le importaba que lo supiera toda la jungla.

- ¡Mentecato! - exclamo el Padre Lobo, - ¡Se necesita ser imbécil para empezar a trabajar haciendo semejante ruido! ¿Se imaginará que nuestros gamos son como los bueyes del Waingunga?

- ¡Hish! Esta noche no anda a caza de bueyes ni de gamos - observó la Madre Loba. - Lo que persigue es al Hombre.

El lamento se había transformado en una especie de ronroneo zumbante y rumoroso, que parecía proceder de todas partes. Era el ruido que aterra a los leñadores y a los vagabundos que duermen a la intemperie y que les hace correr despavoridos, para lanzarse muchas veces entre las fauces de la propia fiera.

- ¡Al hombre! - repitió el Padre Lobo, - ¡Puah! ¿No hay bastantes escarabajos y ranas en los pantanos, para que necesite ése comer Hombre? ¡Y todavía en nuestras tierras!...

La Ley de la Selva, nunca prescribe sin motivos, prohíbe a todas las bestias comer Hombres. La verdadera razón de este precepto es que la matanza de hombres implica, más tarde temprano, la llegada de numerosos individuos blancos, montados en elefantes y armados con fusiles, acompañados por centenares de indios nativos, provistos de gongs, cohetes y antorchas. En esos casos, todos los moradores de la selva sufren.

El áspero murmullo que se oía fue acentuándose, hasta terminar en el pleno y sonoro "¡Aaarh!" del tigre al caer sobre la presa.

Luego, hubo un aullido procedente de Shere Khan.

- Erró el golpe - dijo la Madre Loba. - ¿Qué es eso?

El Padre Lobo dio algunos pasos fuera de su cubil y escuchó a Shere Khan murmurando y refunfuñando salvajemente, mientras se revolcaba entre las breñas.

- Ese tonto ha tenido el poco seso de lanzarse sobre la hoguera de unos leñadores, y se ha quemado las patas - manifestó el Padre Lobo - Tabaqui está con él.

- Algo trepa la colina - advirtió la Madre Loba - Prepárate.

Los arbustos crujieron levemente en la espesura, y el Padre Lobo se contrajo en sus patas, disponiéndose a saltar. Entonces, si hubieras estado observando, habrías visto la cosa más extraordinaria del mundo: un lobo detenido en la mitad del salto. Se lanzó antes de saber qué iba a saltar, y luego trató de contenerse. El resultado fue que ascendió en el aire unos cuatro o cinco pies cayendo después casi en el mismo punto en que había abandonado la tierra.

- ¡Hombre! - exclamó - Un cachorro de hombre. ¡Mira!

Precisamente frente a él, apoyándose en una rama baja, estaba un pequeño y moreno niño desnudo, que apenas sabía andar - la criatura más tierna y deliciosamente regordeta que jamás se aproximo de noche a la guarida de un lobo. Miró cara a cara al Padre Lobo y se echó a reír.

- ¿Es un cachorro de hombre? - preguntó la Madre Loba - Nunca he visto alguno. Tráelo aquí.

Cualquier lobo acostumbrado a mover a sus crías de un lado a otro, puede, en caso necesario, tomar con la boca un huevo, sin romperlo, y así, aunque las mandíbulas del Padre Lobo se cerraron sobre un hombro del gracioso visitante, ni un solo diente araño la suave piel, mientras lo transportaba hasta depositarlo entre los lobeznos

- ¡Qué pequeño! ¡Qué desnudo, y... qué atrevido! - expresó la Madre Loba, suavemente, mientras el chiquitín se abría paso entre los cachorros para colocarse lo más cerca posible de la caliente piel de la madre. - ¡Ajá! - dijo ésta complacida. - Ahora también él come junto a los otros. ¿Y así, que esto es un cachorro de hombre? Bueno, bueno.

- Alguna vez he oído contar que tal cosa ha sucedido, pero jamás lo vi, ni en nuestra manada, ni en mi época - repuso el Padre Lobo. - Está completamente desprovisto de pelo, y podría matarlo con facilidad de un simple zarpazo. Pero, mira: se fija en mí, y no me tiene miedo.

La luz de la luna fue en ese momento interceptada a la boca de al cueva, porque Shere Khan había colocado su gran cabeza cuadrada, y los hombros, en la misma entrada. Tabaqui, detrás de él, chillaba:

- ¡Señor, señor, entró aquí!

- ¿Qué deseas Shere Khan? - dijo el Padre Lobo, aunque se mostraba enojado.

- Mi presa. Un cachorro de hombre se ha metido aquí - contesto - Sus padres huyeron. Dámelo.

Shere Khan había saltado sobre la hoguera de un campamento de leñadores, como había dicho el Padre Lobo, y estaba furioso a causa del dolor que sentía en sus patas chamuscadas. Pero el Padre Lobo sabía que la boca de la cueva era demasiada estrecha para que pudiera pasar un tigre.

- Los lobos son un pueblo libre - replico el Padre, - Reciben ordenes del Jefe de la Manada, pero de ningún matador de ganado, con piel rayada. El cachorro de hombre es nuestro.

- ¡A ti se te antoja y no se te antoja! ¿Eh? ¿Qué música es esa de antojarsete? ¡Por el toro que maté! ¿Voy a andar metiendo la nariz en tu apestosa perrera, para reclamar lo que legítimamente me pertenece? ¡Soy yo, Shere Khan, quien está hablando.

Los rugidos del tigre atronaban toda la caverna. En eso, la Madre Loba se desprendió de los cachorros y saltó hacia adelante, con los ojos relucientes como dos lunas verdes que brillaban en la oscuridad. Furiosa se encaró con Shere Khan, diciéndole:

- ¡Y yo soy, Raksha, quien contesta! El cachorro de hombre es mío, Lungri... ¡Mío, y muy mío! No lo va a matar nadie. Vivirá para corretear con la Manada y cazar con ella; y al cabo te matará a ti! Y ahora, lárgate de aquí, o por el Sambhur que maté (porque yo no como ganado hambriento), ¡que te haré volver junto a tu madre mucho más cojo de lo que viniste al mundo, achicharrada bestia de la selva! ¡Vete!

El Padre Lobo no salía de su asombro. Había casi olvidado la época en que conquistó a su esposa en combate. En aquellos días en que ella formaba parte de la Manada y, por delicadeza, no le llamaban los demás "Demonio" en su propia cara. Shere Khan no hubiera vacilado en pelear con el Padre Lobo, pero con la Madre ya era otra cosa, pues sabía que en la posición en que se encontraba la Loba tenía todas las ventajas de su parte, y hubiera luchado desesperadamente, hasta la muete. Por lo tanto optó por retirarse y cuando estaba alejado unos pasos, gritó:

- ¡Cada perro ladra a gusto en su propio patio! Veremos lo que dice la Manada al respecto a eso de adoptar un cachorro de hombre. El cachorro es mío, y a mis dientes vendrá a parar. más tarde o temprano, ¡oh ladrones con cola de zorra!

La Madre Loba se echó entre sus lobatos, y su marido le dijo gravemente:

- Shere Khan, en parte, dice la verdad. El cachorro hay que presentarlo a la Manada. ¿Quieres todavía conservarlo contigo?

- ¿Conservarlo? - interrogó extrañada. - ¡Ya lo creo! ¡Desnudo vino, de noche, solo, y muy hambriento; sin embargo, no tenía el menor miedo! Mira: ya ha echado a un lado a uno de mis propios hijos. ¡Y ese carnicero cojo lo hubiera matado, escapado luego al Waingunga, mientras los aldeanos revolverían todos estos lugares, echándonos de nuestros cubiles, en venganza! ¿Conservarlo? ¡Seguramente que sí! Permanece tranquilo, ranita. ¡Oh, tú, Mowgli (porque Mowgli, la Rana, te llamaré en lo sucesivo), tiempo vendrá en que cazarás a Shere Khan, como él ha querido cazarte.

- ¿Pero qué dirá nuestra Manada? - inquirió el Padre Lobo

La Ley de la Selva establece, muy claramente, que todo lobo puede, cuando se casa, separarse de la Manada a la que pertenece; pero tan pronto como sus cachorros tienen edad suficiente para mantenerse sobre las patas, deben ser conducidos ante el Consejo, que generalmente se congrega una vez por mes, en la luna llena, a fin de que los otros lobos los reconozcan y sepan identificarlos después. Pasa esa inspección, quedan los cachorros en libertad de correr por donde les plazca.

El Padre Lobo esperó hasta que sus hijos pudieran correr un poco, y entonces, en la noche que se reunió la Asamblea de la Manada, llevó a sus chicos, a Mowgli y a la Madre Loba, a la Roca del Consejo, situada en la cumbre de una colina, toda llena de piedras y peñasco. Akela, el gran lobo solitario, de pelaje gris, que conducía a toda la Manada, por su fuerza y astucia, estaba tendido cual largo era, sobre una peña, y más abajo estaban echados cuarenta o más lobos, de todos tamaños y colores, desde poderosos veteranos con pelos semejantes al tejón y que podían manejar a su antojo a un gamo, sin ayuda, hasta los jóvenes pelinegros, que se imaginaban que también ellos eran capaces de hacer otro tanto.

El Lobo Solitario los guiaba desde hacía un año. Dos veces había caído en trampas, en su juventud, y en una ocasión lo golpearon hasta dejarlo por muerto; de modo que estaba bien al tanto de los usos y costumbres de los hombres. Se hablaba poco, allí en la Roca. Los lobatos jugaban dentro de un circulo formado por su padres y madres. Siempre siendo examinados por los viejos lobos.

Akela, desde su sitial, solía gritar de tiempo en tiempo:

- Conocen la Ley... conocen la Ley. ¡Mirad bien, oh Lobos!

Y las ansiosas madres repetían el grito:

- ¡Mirad... mirad bien, oh Lobos!

Y al fin el Padre Lobo empujó a Mowgli hacia el centro, poniéndose a jugar con unos guijarros que resplandecían a la luz lunar.

Akela ni siquiera alzó la cabeza de entre las patas delanteras, donde la tenía apoyada, y continuo profiriendo su monótono grito:

- ¡Mirad bien!

De entre las peñas salió entonces un apagado rugido... Era la voz de Shere Khan, que decía:

- Ese cachorro es mío. Dénmelo. ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro humano?

Akela, impasible, no movió ni una oreja. Se limitó a repetir su grito y enseguida añadió:

- ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con las órdenes de nadie, excepto con las de su propia gente?

En respuesta estallo un coro de profundos gruñidos, y un lobo joven, interpeló a Akela con las mismas palabras de Shere Khan:

- ¿Qué tiene que ver el Pueblo Libre con un cachorro de humano?

La Ley de la Selva estipula que si surge alguna disputa respecto al derecho que pueda poseer un cachorro a ser aceptado por la Manada, deben alegar en su defensa por lo menos dos miembros de la tribu, que no sean ni su padre ni su madre.

-¿Quién quiere hablar en favor de ese cachorro? - preguntó Akela. - De entre el Pueblo libre, ¿quién va a hablar?

En un caso así, la única persona a quien se le permite intervenir en las deliberaciones del Consejo de Roca, es a Baloo - el somnolente oso pardo que les enseña a los lobeznos la Ley de la Selva; el viejo Baloo, que puede ir y venir por donde le plazca, ya que se alimenta exclusivamente de nueces, raíces y miel. - Baloo se incorporó y gruño:

- ¿El cachorro humano... el cachorro humano? Yo voy a hablar en su defensa. No hay maldad alguna en él. Carezco de don de la palabra, pero hablo la verdad. Permítanle pertenecer a la Manada, y que forme parte de ella, como los otros. Yo me comprometo a enseñarle.

- Necesitamos otro voto más - indicó Akela. - Baloo ha hablado, y él es el maestro de nuestros jóvenes cachorros. ¿Quién apoya a Baloo?

Una sombra oscura se dejó caer en el círculo. Era Bagheera, la Pantera Negra. Todos conocían a Bagheera, y nadie osaba salirle al paso; porque poseía la astucia de Tabaqui, la audaz fiereza del búfalo salvaje, y la impetuosa acometividad del elefante herido. Sin embargo, su voz era tan dulce como la miel silvestre que gotea de algunos árboles, y su piel tenía la suavidad del plumón.

- Oh, Akela, y ustedes los del Pueblo Libre - susurró. - No tengo derecho de hablar en su asamblea, pero la Ley de la Selva dice que si hay duda en algún punto (que no lleve aparejada la muerte), sobre un cachorro nuevo, la vida de ese cachorro puede ser comprada, a un precio que convenga. Y la ley no especifica quién puede y quién no puede pagar ese precio. ¿Es así?

-¡Muy bien! ¡Muy bien! - manifestaron los lobos jóvenes. - Escuchen a Bagheera. El cachorro puede ser comprado, por un precio que se determine. Tal es la Ley.

- Sabiendo que no tengo derecho a usar de la palabra, pido vuestra venia para hacerlo.

- Habla, pues - clamaron más de veinte voces.

- Matar a un cachorro desnudo es una vergüenza. Baloo ha hablado a su favor. Ahora bien, a lo dicho por Baloo añadiré yo un toro, y gordo, recién muerto por mí, a menos de media milla de este sitio, si aceptan al cachorro humano de acuerdo con la Ley. ¿Hay algún inconveniente?

Docenas de voces gritaron:

- ¿Qué importa? Se achicharrará con los rayos del sol. ¿Qué daño puede hacernos una rana desnuda? Permítanle formar parte de la Manada. ¿Dónde está el toro, Bagheera? ¡Qué se acepte!

Y entonces resonó de nuevo el profundo aullido de Akela, que insistía:

- ¡Mirad bien... mirad bien, oh Lobos!

Los lobos se acercaron a observar a Mowgli, que no lo notó, y luego todos se marcharon a buscar el toro. Sólo quedaron Akela, Bagheera, Baloo, y los lobos de Mowgli. Shere Khan rugía a más y mejor, en medio de la noche, pues estaba muy enojado porque no le habían entregado al niño.

- Estuvo bien - comentó Akela. - Los hombres y sus cachorros son muy sabios. Puede que con el tiempo nos sirva de ayuda.

- Así es: de algo puede servir en caso de apuro; porque nadie puede esperar guiar eternamente la Manada - corroboró Bagheera.

Akela guardó silencio. Estaba pensando en el turno que les llega a los líderes de todas las manadas, cuando pierden las fuerzas y se debilitan más y más cada día, hasta que sus mismos secuaces lo matan, para elegir un nuevo conductor.. que será matado a su vez.

- Llévatelo - le dijo el Padre Lobo - y ejercítalo como corresponde a un miembro del Pueblo Libre.

Y así fue cómo Mowgli entró en la manada de lobos de Seeonee, al precio de un toro y a favor de la buena palabra de Baloo.





Diez años después u once, luego de una maravillosa vida de Mowgli entre los lobos. Creció junto con los cachorros, aunque éstos se hicieron lobos adultos antes de que el niño hubiera salido de la infancia. El Padre Lobo lo educó lo mejor que pudo, enseñándole el significado de todo lo de la jungla, hasta cada movimiento de la hierba, cada soplo del aire cálido, etc. Cuando no estaba aprendiendo, se sentaba afuera, al sol y dormía; si despertaba, comía y volvía a dormir; cuando le molestaba la suciedad y el calor, iba a nadar a las lagunas de la floresta; y cuando quería miel (Baloo le había dicho que era tan agradable comer nueces con miel, que carne cruda), trepaba a los árboles en su busca, y esto se lo había enseñado a hacer Bagheera. Esta solía encaramarse en una rama, y le llamaba:

- Ven acá, hermanito.

Al principio, Mowgli se colgaba como un perezoso, pero después fue cobrando bríos, hasta llegar a saltar entre las ramas, casi con la misma soltura de los monos grises. También ocupaba su lugar en la Roca del Consejo, cuando se reunía la Manada, y allí descubrió que si miraba fijamente a un lobo, éste se veía forzado a bajar los ojos, y se acostumbró a mirarlos de ese modo, para divertirse. En otras ocasiones les extraía las largas espinas que se les clavaban a sus amigos. A veces descendía de las colinas, por las noches, y llegaba hasta los campos cultivados, para observar curiosamente a los campesinos en sus cabañas, pero desconfiaba de los hombres, porque Bagheera le había mostrado una caja cuadrada con una puerta que se hundía al pisarla, tan hábilmente disimulada en la espesura, que casi cayó en ella, y le había dicho que aquello era una trampa. Le gustaba más que nada penetrar con Bagheera en el oscuro y cálido corazón de la floresta, para dormir durante todo el soporífero día, y de noche ver cómo la pantera llevaba a cabo su caza. Ambos cazaban para comer. Tan pronto como tuvo edad para comprender las cosas, Bagheera le dijo que nunca debía tocar el ganado, ya que le habían comprado el derecho de permanecer a la Manada.

Mowgli obedeció puntualmente.

Y creció, y siguió creciendo y haciéndose cada vez más fuerte, como es natural que le acontezca a un muchacho.

La Madre Loba le dijo una o dos veces que Shere Khan no era de fiar, y que algún día tendría él que matarlo; pero, si bien un lobezno habría recordado ese consejo constantemente, Mowgli lo olvidó en seguida, porque no era más que un chiquillo inexperto y confiado.

Shere Khan y el muchacho se encontraban con frecuencia en los senderos del bosque, ya que a medida que Akela iba envejeciendo y debilitándose, el tigre intimaba más y más con los lobos jóvenes de la Manada, que lo seguían para recoger las sobras que dejaba, cosa indigna. Y el caso era que la fiera coja solía adular a sus incautos amigos, diciéndoles que no se explicaba cómo tan apuestos y valientes cazadores se dejaban guiar por un lobo moribundo y un cachorro humano.

- Me aseguran - les decía Shere Khan - que en el Consejo no se atreven a mirar a esa bestiezula cuando los mira fijamente a los ojos.

Y los jóvenes lobos gruñían erizando el pelaje.

Bagheera, que todo él era ojos y oídos, sabía algo de lo que tramaba el tigre y más de una vez le hizo presente a Mowgli, con entera franqueza que algún día lo mataría a Shere Khan; y el muchacho reía, contestando:

- Tengo a la Manada de mi parte te tengo a ti; además, Baloo, aunque eres tan perezoso, no dejarías de propinar algunos buenos zarpazos en mi defensa. ¿Por qué, pues, he de sentir temor?

Un día caluroso le vino a Bagheera una idea nueva. Escuchada, tal vez, a Ikki, el puerco espín. Lo cierto es que le dijo a Mowgli, estando ambos en los más intrincado del bosque, tendidos en el suelo:

- Hermanito, ¿cuántas veces te he dicho que Shere Khan es tu enemigo?

- Tantas como frutas tiene esa palmera - respondió Mowgli, quien, como es natural, no sabía contar. - ¿Ya qué viene eso? Tengo sueño, Bagheera, y Shere Khan todo se vuelve cola y charlatanería, como Mao, el Pavo real.

- Pero ahora no es tiempo oportuno para dormir. Baloo lo sabe; yo también, y la Manada entera. Y hasta ese grandísimo tonto ciervo está enterado. Tabaqui te lo ha dicho, además.

- ¡Ja! ¡ja! - repuso Mowgli. - Tabaqui vino a verme y me salió con unas cuantas groserías, pero yo lo tome por la cola y lo golpee, para enseñarle a hablar bien.

- Eso fue una tontería; pero aunque Tabaqui es chismoso y enredador, te hubiera dicho, sin duda, algo que te concernía muy cerca. Abre esos ojos, Hermanito. Shere Khan no se atreve a matarte en la jungla; y además Akela está viejo y dejará pronto de ser jefe. Muchos de los lobos que te aceptaron son viejos y los nuevos creen en Shere Khan y su enseñanza de que un cachorro humano no puede figurar en la Manada. Dentro de poco tiempo serás ya un hombre.

- ¿Y que razón hay para que un hombre no pueda andar en compañía de sus hermanos? - inquirió Mowgli. - En la selva nací. He obedecido la Ley y he extraido muchas espinas de todos los lobos. ¡Seguramente son mis hermanos!

Hermanito, pálpame debajo de la quijadas. Mowgli obedeció y oculto por suaves pelambres, descubrió un pequeño espacio pelado.

- No hay absolutamente nadie en la jungla que sepa que yo, Bagheera, llevo esa marca - la marca del collar; - y sin embargo yo nací entre los hombres, y entre ellos murió mi madre - en la jaulas del palacio real de Oodeypore. Por eso te rescaté en el consejo, cuando eras un cachorrillo desnudo. Sí, yo también nací entre los hombres. No había visto nunca la selva. Me tenían encerrado entre barras y me daban de comer en un recipiente de hierro, hasta que una noche sentí que era Bagheera - la Pantera - y no un juguete para solaz de nadie: con un potente golpe de mis zarpas rompí la cerradura y me escapé. Ya que había aprendido de los humanos llegué a ser más terrible en la jungla que Shere Khan ¿No?

- Ciertamente - contestó el muchacho; - todos en la jungla le temen a Bagheera - todos, excepto Mowgli.

- Oh, tú eres un cachorro de hombre - dijo la Pantera Negra, con gran ternura; - y así como yo volví a mi selva, tú, regresarás al seno de los tuyos... junto a los hombres, que son tus hermanos - eso, si antes no te matan en el Consejo.

- ¿Pero por qué... por qué alguien ha de querer matarme?

- Mírame - repuso Bagheera; y Mowgli lo miró fijamente a los ojos. Al cabo de un tiempo la pantera tuvo que desviar la cabeza, apartando la vista.

- Por eso - manifesto. - Ni siquiera yo puedo mirarte a los ojos, y nací entre los hombres, y te quiero. Los otros te odian porque sus ojos no pueden sacudir el poder de los tuyos... porque eres sabio... porque les has quitado las espinas que laceraban sus patas... porque eres hombre.

- Ignoraba esas cosas - confesó el muchacho.

- Por tu mismo descuido conocen que eres hombre. Pero está alerta. Creo que cuando Akela yerre la primera vez, la Manada se volverá contra él y contra ti... ¡Pero espera: se me ocurre una idea! - exclamó Bagheera. - Ven en seguida al valle, donde los hombres tienen sus chozas, y trae un poco de la Flor Roja que cultiva allí, para cuando llegue la ocasión cuentes con un amigo más fuerte que yo, o Baloo, o aquellos de la Manada que te profesan buena voluntad. Apodérate de la Flor Roja.

La Flor Roja a que se refería Bagheera era el fuego, sólo que ninguna criatura de la selva gusta de llamarle por su verdadero nombre. Todas las bestias le temen mortalmente, e inventan circunloquios para referirse a él.

- ¿La Flor Roja? - repitió Mowgli. - ¿Qué crece en las chozas, al llegar el crepúsculo? Tomaré alguan y la traeré.

- Así es come debe hablar un cachorro humano - profirió ls Pantera con orgullo. - Recuerda que crece en pequeños potes. Trae uno pronto y guárdalo cuidadosamente cerca de ti, para cuando lo necesites.

- Bien dijo Mowgli. - Voy. ¿Pero estás segura, o mi Bagherra de que todo eso es obra de Shere Khan?

- ¡Por la Cerradura Rota que me libertó, estoy segura.

- Entonces, por el toro que me rescató, le pagaré a Shere Khan por su deslealtad, y le daré bastante de lo que le corresponde - amenazó Mowgli, deceidido; y se alejo a todo correr.

- Eso es un hombre. Un hombre hecho y derecho - murmuró Bagheera para sí. -

Mowgli iba lejos, cada vez más lejos, a travéz del bosque, corriendo apresuradamente, y el corazón le latía con violencia. Llegó a la cueva agitado. Los lobatos habían salido, pero la Madre Loba, desde el fondo del cubil, conoció, por lo agitado de la respiración, que algo extraordinario preocupaba a su querida rana.

- ¿Qué te pasa, Hijo? - le preguntó

- Nada, Madre - fue la respuesta. - Es ese charlatán de Shere Khn que ha andado con cuentos. Esta noche voy a cazar entre los campos cultivados - y se escurrió por los matorrales. Oyó el alarido de caza de la Manada, junto con el bramar del perseguido Sambhur, que luego se convirtió en el balido que lanza el gamo acorralado. Después escuchó malignos y ásperos aullidos de los jóvenes lobos.

- ¡Akela! ¡Akela! Dejen que el Lobo Solitario muestre su fuerza. ¡Hagan sitio para el conductor de la Manada! ¡Salta, Akela!

El Lobo solitario debió saltar y errar el golpe, pues Mowgli oyó el chocar de los dientes, y enseguida un ladrido, al golpear Sambhur a su atacante con las pats delanteras.

El muchacho no esperó más,prosiguió su marcha; y los aullidos se fueron haciendo más debiles, a sus espaldas, mientras él corría por los predios donde habitan los campesinos.

- Bagheera dijo la verdad - murmuró jadeante, anidándose en un montón de heno situado cerca de la ventana de una choza. -

Después se asomó cautelosamente por la ventana, para observar el fuego del hogar. Vió a la mujer del labrador levantarse durante las noches y alimentar las brasas con unos objetos negros; y cuando llego la mañana, mucha escarcha y frío, el niño tomo una cesta y la lleno con rojos trozos de carbón encendido, la metía debajo de la manta con la cual esataba envuelto, y salía para atender a las vacas del corral.

- ¿Es eso todo? - se dijo Mowgli. - Si un cachorro lo puede hacer, no hay que temer - y dando la vuelta a la esquina de la choza, le salió al encuentro al chico, arrebatandole de las manos el codiciado brasero, y desapareció, tragado por la niebla, mientras el azorado chiquillo berreaba desesperado.

- Estos son muy semejantes a mí - observaba Mowgli, soplando en el brasero como había visto a la mujer. - Se morirán si no se les da de comer - y empezó a echar ramitas y pedazos de corteza seca sobre las rojas brasas. A mitad de camino se econtró con Bagheera.

- Akela erró - le dijo la Pantera. - Anoche mismo lo hubieran castigado, pero quieren que caigas tú también. Te andan buscando por la colina.

- Yo estaba en las tierras aradas. Estoy preparado. ¡Mira! - Y le mostró el ardiente brasero.

- ¡Magnífico! Ahora, escucha: he visto a los hombres poner una rama seca sobre esas cosa, y en el acto brotaba la Flor Roja en uno de los extremos. ¿No tienes miedo?

- No. ¿Por qué he de tenerlo? Recuerdo cómo, antes de ser lobo, solía acostarme al lado de la Flor Roja, y sentía un calor muy agradable.

Todo el día lo paso en la cueva, alimentando el brasero. Halló una rama que le satisfizo en particular, y la reservó para uso ulterior, y así, cuando al anochecer se presentó Tabaqui y le dijo con bastante rudeza que en el Consejo de Roca requerían su presencia, el muchacho se echó a reir. Entonces Mowgli se encaminó al Consejo, riendo todavía.

Akela, estaba echado al lado de su peña, como señal de que no había guia de la Manada, y Shere Khan, con su sequito de lobos hambrientos, se paseaban muy ufanos de un lado para otro, descaradamente, escuchando las adulaciones de sus secuaces. Bagheera permanecía junto a Mowgli, y éste sostenía el brasero entre las rodillas. Cuando la asamblea estuvo reunida, Shere Khan empezó a perorar - cosa que jamás se hubiera atrevido cuando Akela estaba en su esplendor.

- No tiene derecho para hacer eso - dijo Bagheera. - Dilo. Se asustará.

- ¡Pueblo Libre! - gritó Mowgli, - ¿es Shere Khan quien guía ahora a la Manada? ¿Qué tiene que ver un tigre con nuestra Manada?

- Teniendo en cuenta que la conducción está vacante, y habiéndoseme pedido que hable... - cemenzó a decir el aludido.

- ¿Por quién? - le interrogó Mowgli. - ¿Somos acaso aquí todos chacales, para sufrirle impertinencias y halagarle a este matador de ganado vacuno? La dirección y el gobierno de la Manada son asuntos que atañen exclusivamente a la Manada, y a nadie más.

Se escucharon voces de "¡Silencio!, cachorruelo humano!"; "¡Cállate!", "¡Déjale hablar!"; "¡Ha guardado nuestra Ley!"

Por último, los mayores de la tribu tronaron:

-¡Dejad que hable el Lobo Muerto! - cuando el jefe de la Manada no ha podido cazar su presa se le llama "el Lobo Muerto", durante el resto de su vida.

Akela dijo:

- Pueblo Libre y vosotros también, chacales de Shere Khan: por espacio de muchas estaciones los he guiado a la caza y les he traído de regreso victoriosos, sin que ni uno solo cayera jamás en trampa alguna. Ahora he fallado el golpe. Bien saben como se me preparó ese fracaso; cómo me hicieron acometer a un gamo que no había corrido lo suficiente, para que de ese modo quedara de manifiesto mi debilidad. Tienen derecho de matarme aquí, ahora. De acuerdo con la Ley de la Selva tengo derecho a exigir que vengan de a uno.

Sonó un largo murmullo, ya que nadie querría sostener un duelo a muerte. Entonces bramó Shere Khan:

- ¡Bah! ¿Qué nos importa ese viejo idiota sin dientes? ¡De todos modos morirá! El cachorro humano es el que ya ha vivido demasiado. Desde el principio era mío. Demenlo. Durante diez estaciones ha perturbado el orden de la jungla. Entregenme al cachorro, o cazaré siempre aquí y no les daré ni un hueso siquiera.

Más de la mitad de la Manada aulló:

- ¡Un hombre! ¡un hombre! ¿Qué tiene que hacer un hombre entre nosotros? ¡Que se vaya con los suyos!

- Eso es: para que vuelva contra nosotros a todos los aldeanos de estos contornos - observó con sorna Shere Khan. - No; démenlo a mi. Es hombre, y ninguno de nosotros puede mirarlo fijamente a los ojos.

- Ha compartido nuestro alimento.

Akela levantó la cabeza y dijo:

- Ha dormido en nuestra compañia. Ha oojeado caza para que cacemos. No ha quebrado oprecepto alguno de la Ley de la Selva.

- También, yo opagué por él un toro. El valor es poca cosa, pero el honor de Bagheera es algo, y pudiera ser que peleara para mantenerlo incólumne - advirtió la Pantera.

- ¿Qué no importan esos huesos que se pudrireron hace diez años? - refunfuñó la Manada.

- ¿Tampoco les importa su palabra empeñada? - pregunto Bagheera, mostrando los dientes. -

- Ningún cachorro de hombre puede mezclarse con la gente de la jungla - vociferó Sher Khan. - ¡Démenlo!

- Es nuestro hermano en todo, menos en la sangre - continuó Akela; - ¡y lo quieren entregar a Shere Khan! Algunos de ustedes se han convertido en comedores de ganado, y de otros he oído que siguen las enseñanzas de Shere Khan; y atacan en las noches a los aldeanos. Por lo tanto, sé que son unos cobardes, y que a cobardes les estoy hablando. Mi vida la ofrecería gustoso en cambio de la del cachorro humano si algo valiera. Pero por el honor de la Manada prometo no defenderme ante su ataque. Esto evitará la vergüenza de matar a un hermano que no ha hecho más que protegido legalmente y recatado en debida forma, para ingresar a la Manada de acuerdo a la Ley de la Selva.

- ¡Es hombre... es hombre... es hombre! - gruño la Manada, y mayoría de lobos se acercaron al tigre.

- Ahora el asunto está en tus manos - le dijo Bagheera a Mowgli. - Nosotros no podemos hacer más que pelear.

Mowgli se puso de pie, bien erecto, con el brasero en sus manos.

- Escuchen todos - gritó. - No hay necesidad que lío, propio de perros. Han dicho tantas veces que soy hombre (aunque yo, sinceramente, me hubiera sido gustoso un lobo para vosotros, hasta el fin de mi vida), que siento que vuestras palabras son verdaderas. Por ello, no los llamo más hermanos, sino seg, como haría un hombre. Lo que haré o lo que no haré es cosa mía y para que vean el punto más claramente, yo, el hombre, he traído aquí conmigo un poco de la Flor Roja que ustedes perros, tanto temen.

Arrojó el brasero al suelo, se prendieron las brasas y se convirtió en grandes llamas. Todo el Consejo comenzó a recular, llenó de pánico.

Mowgli metió en la hoguera la rama que había guardado y prendida la agitó sobre su cabeza, entre los lobos acobardados y temerosos.

- Tú eres ahora el amo - murmuró Bagheera. - Salva de la muerte a Akela. El siempre fue tu amigo.

Akela lanzó una mirada lastimera a Mowgli.

- ¡Muy bien! - dijo Mowgli, dirigiendo una lenta mirada alrededor suyo. - Veo que son unos perros. Me voy de ustedes, para reunirme a mi propia gente. La jungla queda cerrada para mí, y tendré que olvidar su conversación y camaradería; pero seré más compasivo que vosotros. Porque he sido su hermano en todo, menos en la sangre, prometo no volver con los hombres para traicionar, como ustedes. - Sacudió el fuego, golpeándolo con los y saltó un raudal de chispas, que volaron por todas partes. Avanzó hasta donde estaba Shere Khan parpadeando estúpidamente por no poder resitir el fulgor de las llamas, y lo agarró por el mechón de pelo de al barba. Bagheera siguió a su amigo. - ¡Arriba, perro! - gritó. - ¡Ponte en pie cuando te hable un hombre, o te prenderé fuego tu pelaje.

- Este matador de ganado dijo que me asesinaría en el Consejo, porque no logró hacerlo cuando era un cachorro. - Y lo golpeño en la cabeza, con la rama.

- ¡Vete ahora! Pero ten presente que cuando la próxima vez que asista al Consejo, como corresponde a un hombre, vendré trayendo tu piel sobre mis hombros. Por lo demás, Akela queda libre, y se le permitirá vivir donde le acomode. No lo matarás, porque así es mi voluntad. ¡Fuera! ¡Marchense! - mientras Mowgli movía la rama encendia para todos lados. Por último, quedaron nada más que Akela, Bagheera, y unos diez lobos que se habían puesto de parte del muchacho. Algo extraño sintió Mowgli: contuvo la respiración y estalló en sollozos, corriéndole las lágrimas por el rostro.

- ¿Qué es esto? ¿Qué me sucede? - decía. - No quiero dejar la jungla, y no sé que me pasa.

 

 



- Esas son lágrimas, tales como las acostumbran a verter los seres humanos - respondió Bagheera.- Ahora no me queda más duda de que eres un hombre, y no un cachorro. Déjalas correr, Mowgli. Son sólo lágriamas.

Y Mowgli lloró; lloró desconsoladamente, como si se le partiera el corazón.

- Ahora - exclamó - me voy con los hombres. Pero primero quiero decirle adiós a mi madre. - Y fue a la cueva donde vivía ella con el Padre Lobo, y lloró sobre el regazo materno, mientras los cuatro lobatos gemían desesperados.

- ¿No se olvidarán de mi? - preguntó Mowgli.

- Jamás, mientras podamos seguir un rastro - contestaron los lobeznos.

- Ven al pie de la colina cuando seas hombre, y hablaremos contigo; o nosotros bajaremos a las tierras labradas en jugar en las noches.

- ¡Vuelve pronto! - dijo el Padre Lobo. - Vuelve pronto, porque estamos viejos, tu madre y yo.

- Vuelve pronto - repitió la Madre, - porque te amo, hijo de hombre.

- Vendré, con toda certeza - respondió Mowgli; - y cuando venga, será para depositar la piel de Shere Khan sobre la Roca del Consejo. ¡No me olviden! ¡Y díganle a los demás de la jungla que no me olviden tampoco!

El alba comenzaba a lucir cuando Mowgli marchó cuesta abajo, solo, para reunirse con aquellos seres misteriosos que se llaman hombres.




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