Los Partidos Políticos y la Democracia en Venezuela Marco Tulio Bruni Celli



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Los Partidos Políticos y la Democracia en Venezuela

Marco Tulio Bruni Celli


 

1. Los partidos y la democracia en el desarrollo político de Venezuela.

A lo largo de casi dos siglos, desde la Independencia hasta nuestros días, en Venezuela se han fundado más de trescientas organizaciones sociales con fines políticos que se llamaron a sí mismas “partidos políticos” aun cuando no todas pueden ser consideradas como tales1[1]. Los dos más importantes partidos del siglo XIX, el Conservador y el Liberal, después de largo e intenso protagonismo, desaparecieron de la escena política bajo los regímenes de Cipriano Castro y Juan Vicente Gómez (1899-1935). Fue sólo a partir de 1936, aprovechando la tímida apertura democrática ofrecida por el presidente Eleazar López Contreras, cuando se crearon nuevas organizaciones políticas, entonces fundadas y dirigidas por jóvenes intelectuales quienes recién salían de las cárceles o regresaban del exilio al que los había aventado la dictadura gomecista2[2].

En 1941, bajo la presidencia de Isaías Medina Angarita se inició en el país un proceso de modernización institucional en el campo de la participación política marcado por el nacimiento de organizaciones partidarias. Por una parte el régimen creó, desde el gobierno, su propio partido, que llamó Partido Democrático Venezolano3[3] y legalizó a su aliado circunstancial, el viejo Partido Comunista Venezolano4[4], que había sido fundado en México en 1925 por exilados venezolanos, pero también permitió la fundación, legalización y actividad pública de un partido de oposición, Acción Democrática5[5] que rápidamente se convirtió en el partido con más amplio apoyo popular en la historia de la moderna política venezolana.

Después de los acontecimientos de octubre de 1945, con la llegada al poder de Acción Democrática y la amplia apertura e intensa movilización política que caracterizó aquellos años, se crearon en Venezuela los otros dos partidos que más tarde, junto con Acción Democrática, jugarían importante papel en el futuro proceso político nacional: el Comité de Organización Política Electoral Independiente (COPEI) de tendencia social-cristiana6[6] y Unión Republicana Democrática (URD)7[7], que levantó las banderas del viejo liberalismo, ambos también con orientación democrática, inspirados en corrientes ideológicas universales, con cobertura nacional y estructura y organización relativamente modernas, dirigidos, ya no por caudillos, sino por equipos de intelectuales estudiosos de las realidades socio-políticas del país.

La dictadura de Pérez Jiménez, no obstante la sistemática e implacable persecución a los partidos y a sus líderes democráticos no logró el propósito de destruirlos y fue así como aquellas organizaciones, a pesar de que unas habían sido “disueltas” por decreto8[8], y otras perseguidas o impedidas de actuar, recuperaron su libertad de acción a partir del 23 de enero de 1958 y emergieron, en las nuevas circunstancias políticas, con especial fuerza, credibilidad y prestigio. El desarrollo democrático venezolano que tomó impulso desde entonces y que dio origen al más largo período de paz y estabilidad política que ha vivido el país, tuvo en esos partidos su verdadera base de sustentación. Durante cuatro décadas, desde 1958 hasta 1998, Venezuela tuvo una Democracia de Partidos, caracterizada por la presencia de un continuado liderazgo civil en la Presidencia de la República y en los más altos cargos de la administración, por sucesivas elecciones presidenciales cuyos resultados siempre fueron reconocidos y aceptados por los distintos contendientes, y por la práctica de negociaciones políticas entre partidos, lo que hizo posible la formación de gobiernos de coalición cuando fue necesario y que facilitó la estabilidad y la gobernabilidad democráticas mediante acuerdos parlamentarios y de otra índole sobre asuntos de interés nacional.

Este apretado y brevísimo recuento histórico de la actuación de los partidos en el proceso venezolano confirma –como también lo demuestra el desarrollo del proceso político de muchos otros países del mundo- la necesaria relación existencial entre la democracia como sistema y la presencia y actividad de los partidos políticos como su institución fundamental. Se dio también aquí, como en otras partes, la simbiosis de dos constantes socio-políticas: por una parte, son los regímenes democráticos los que garantizan las condiciones para el nacimiento y para la libre actuación de los partidos, y, por la otra, son los partidos y sólo los partidos los mecanismos a través de los cuales la democracia desarrolla los atributos esenciales que definen su naturaleza.

En conclusión, nuestro desarrollo político también confirma la tesis de que los partidos y el sistema democrático se necesitan mutuamente y de que no hay democracias sin partidos. Ciertamente los partidos son las instituciones encargadas de realizar en la práctica el contenido de la teoría democrática: la agregación de intereses políticos, la canalización y organización de la participación popular, la recolección y trasmisión de demandas y apoyos, la socialización política de la población, el establecimiento y respeto de normas para la convivencia social por encima de las diferencias de distinta naturaleza, la formación de los nuevos liderazgos de relevo, la reglamentación del proceso político sobre la base de iguales derechos y deberes de todos los ciudadanos, para facilitar las negociaciones y buscar acuerdos y soluciones en tiempos de crisis y dificultades, y proponer programas y fiscalizar su cumplimiento, etc. Estas circunstancias, observadas en sociedades de distinto grado de desarrollo llevó a Hans Kelsen, a afirmar que “la democracia moderna descansa...sobre los partidos políticos, cuya significación crece con el fortalecimiento progresivo del principio democrático9[9]. Kelsen fue aun más allá cuando en su análisis concluyó diciendo que el desarrollo político requiere de la agregación de voluntades políticas a través de los partidos y recordó el clásico y esencial principio de la teoría de la organización: “el individuo aislado carece por completo de existencia política positiva” y “la democracia sólo es posible cuando los individuos, a fin de lograr una actuación sobre la voluntad colectiva se reúnen en organizaciones que agrupan en forma de partidos políticos las voluntades políticas coincidentes”. La lógica conclusión de Kelsen fue “..la democracia requiere, necesaria e inevitablemente, un Estado de Partidos”.10[10]

Para alcanzar el desarrollo político y democrático, a lo largo de los años, los partidos han tenido que vencer muchas resistencias, a pesar de la importancia que la teoría y las realidades sociales otorgan a la presencia y actuación de los partidos. Los partidos han sido objeto del más duro rechazo, no sólo por los autócratas o por los sistemas totalitarios de cualquier signo, sino también por quienes se declaran y se presentan a sí mismos como demócratas. Recordemos que las críticas a los partidos no se producen sólo por sus posibles actuaciones erráticas –criticas éstas que más bien aparecen como necesarias y convenientes pues abren paso a la rectificación- sino por intereses esencialmente políticos.

Samuel Huntington describe así una generalizada realidad histórica: “los sistemas políticos tradicionales no tienen partidos mientras que los modernizadores los necesitan, pero a menudo no los quieren”11[11] Los lideres “modernizadores” y movimientos de “cambio”, es decir, esos movimientos y tendencias políticas que particularmente en los últimos cincuenta años han levantado las banderas de independencia, desarrollo, justicia y libertad en países en modernización consideran a los partidos políticos, -o más concretamente, al juego plural de los partidos- no como instituciones o procesos necesarios para el desarrollo, sino como obstáculos que deben ser removidos del panorama político.

Los totalitarismos y extremismos de distintos signos y orientaciones, que tomaron cuerpo en los países europeos después de la Primera Guerra Mundial como las autocracias, regímenes de fuerza y fundamentalismos que han proliferado en sociedades en proceso de modernización, han buscado y buscan la destrucción o el debilitamiento de los partidos democráticos, para lo cual se aprovechan de fallas y debilidades y especialmente de desviaciones tales como la corrupción, el populismo, el clientelismo, y la ineficacia, etc. Pero particularmente esos regímenes se oponen a la democracia representativa en nombre de una llamada “democracia directa”, la que, según sostienen sus teóricos y sus líderes, es la única fórmula política que abre al pueblo la posibilidad de ser dueño de su destino.12[12] Bien sabemos, por experiencia histórica, que en la práctica la “democracia directa” no existe como democracia, que es más bien su negación pues siempre termina, como ocurrió con los grandes totalitarismos del siglo XX, debilitando la voluntad popular.

Samuel Huntington13[13] al estudiar situaciones históricas en distintos países, afirmó que la participación política sin organización degenera en mero movimiento de masas siempre proclive a la anarquía y a la violencia. Sin organización los individuos permanecen aislados, débiles o impotentes, aun cuando formen parte de una multitud. En esos casos el programa, la ideología o el mensaje son sustituidos por la consigna sin contenido; el dirigente deviene en jefe poderoso, infalible, omnisciente y sus palabras son órdenes indiscutibles que deben ser obedecidas mecánicamente ; la emoción sustituye a la racionalidad; el ser social se transforma en hombre-masa sin conciencia de sus actos y en el ambiente se generaliza un estado la “embriaguez revolucionaria”.

2. El desgaste de los partidos como determinante de la actual crisis política venezolana

El desarrollo político venezolano de la segunda mitad del siglo XX dio carta de legitimidad a los partidos políticos modernos. En este largo período no hubo obstáculo alguno a la creación y funcionamiento de partidos políticos, salvo lo ocurrido durante los diez años de dictadura de 1948 a 195814[14]. Recordemos que luego del derrocamiento del dictador Pérez Jiménez los viejos partidos que se habían fundado en la década de 1940 se constituyeron en el fundamento esencial del sistema democrático. El Pacto de Punto Fijo15[15] fue un acuerdo suscrito por los tres principales partidos políticos, (AD, COPEI y URD) y creó las bases para la estabilidad y la gobernabilidad de la naciente y aun débil democracia, asediada entonces por sectores extremistas de derecha e izquierda , civiles y militares, no democráticos. Aun cuando fue un pacto suscrito formalmente por los líderes de los tres principales partidos, automáticamente se convirtió en un gran acuerdo nacional que en la práctica incorporó a todos los demás sectores del país, incluyendo a empresarios y trabajadores organizados, a la Iglesia, a los militares, a los gremios profesionales, y en general a todas las demás organizaciones y sectores sociales. Aquel acuerdo político se convirtió así en un pacto social, lo que vino a demostrar la influencia que ejercían los partidos y el alto grado de confianza que el país depositaba en ellos. El naciente sistema democrático, con el apoyo y afecto de vastos sectores de la población, pudo enfrentar con éxito las conspiraciones militares que se produjeron a comienzos de la década de 1960, combatir y vencer a los grupos guerrilleros urbanos y rurales que entonces recibieron apoyo desde el exterior, particularmente desde Cuba y finalmente liquidar las diversas manifestaciones de subversión y terrorismo.

Primero la coalición derivada del Pacto de Punto Fijo, y luego otros acuerdos entre los partidos políticos creó un ambiente propicio a la estabilidad democrática. Recordemos que después de 1958 tuvimos la más larga estabilidad en la historia de Venezuela. Durante cuarenta años se sucedieron gobiernos democráticos, electos en procesos electorales confiables, presididos por civiles dirigentes de los principales partidos políticos, y no hubo cambios violentos de gobierno, lo que vino a contrastar con nuestra larga historia de gobiernos militares autocráticos, nacidos de la violencia, en guerras civiles o en golpes de Estado, y no en legítimos procesos electorales. También ese largo periodo democrático contrastaba con la situación política imperante en la mayoría de los países de América Latina, sometidos entonces a dictaduras militares como fueron los casos de Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil, Bolivia, Ecuador, Perú; o que eran víctimas de serios conflictos armados internos, como los países de América Central.

El proceso democrático venezolano con sus partidos políticos relativamente fuertes no parecía correr mayores riesgos de debilitamiento o inestabilidad. Sin embargo, en un cierto momento – no bien precisado en el tiempo- la democracia venezolana comenzó a debilitarse, a perder apoyos y afectos, hasta que, después de los intentos de golpes de Estado de comienzos de 1990, con la destitución de Carlos Andrés Pérez, los partidos comenzaron una grave crisis que se concretó inmediatamente en hechos significativos: (a) en las elecciones presidenciales de 1993, por primera vez desde 1958 fueron derrotados electoralmente y reemplazados en el poder los dos grandes partidos nacionales, cuando apenas cinco años antes juntos habían obtenido cerca del 80% de los sufragios ; (b) el triunfador en las elecciones de 1993, Rafael Caldera, había sido hasta poco antes el máximo líder de COPEI, pero esta vez fue apoyado por una coalición de pequeñas organizaciones, lo que ponía en evidencia el deterioro de los grandes partidos y la atomización electoral de la población; (c) la falta de apoyo formal e institucional de los principales partidos en el parlamento y en la calle explica en buena parte la debilidad e ineficacia del gobierno del presidente Caldera, de cuyo éxito o fracaso dependería la recuperación o la proyección de la buena o mala imagen de la democracia, ya para entonces duramente golpeada por la crisis de los partidos; (d) las graves fallas de la administración Caldera, su debilidad parlamentaria, sin apoyo formal de ninguno de los grandes partidos y las contradicciones en sus programas y políticas, desembocó en la situación de incertidumbre, inseguridad y descalabro institucional que se inició en 1999 y que ha venido agravándose desde entonces.

Nuestra hipótesis, como se dijo antes, es que el deterioro del sistema democrático venezolano tuvo su origen en el deterioro, debilitamiento y fracturas de los partidos mayoritarios.

¿Acaso la dirigencia política de los partidos no se dio cuenta de que sus organizaciones políticas habían entrado en un proceso de descomposición y debilitamiento? Pienso que los dirigentes de los principales partidos y los dirigentes de otras instituciones en el país sí se habían dado cuenta desde hacia ya más de una década y tuvieron una clara conciencia de la existencia de graves desviaciones y vicios que afectaban el desempeño de la administración democrática. Esto estaba afectando al funcionamiento, credibilidad y prestigio de los partidos. Recordemos que esos problemas fueron investigados, analizados y discutidos en distintos foros y congresos. . Se publicaron libros y ensayos. Llegamos a tener un buen diagnóstico de lo que estaba ocurriendo. La falla estuvo en que no se aplicaron los correctivos necesarios. Los partidos siguieron debilitándose y aislándose de la sociedad víctimas, no sólo del desgaste acumulado durante el largo tiempo en el desempeño del poder, sino también por la dura campaña de desprestigio de que fueron víctimas. Pero especialmente los partidos se debilitaron debido a sus propias desviaciones: el caudillismo y la conformación de “cogollos”, la centralización en las decisiones y el establecimiento de maquinarias y aparatos que los aislaban de la sociedad e impedían la incorporación a la política de personas idóneas y capaces, y por supuesto, también de los enfrentamientos y de divisiones internas.



3. Las cuatro fallas fundamentales

Aquí me limitaré a analizar cuatro de las muchas fallas que contribuyeron a la crisis de los partidos en Venezuela:

el deficiente grado de institucionalización;

su progresivo aislamiento de la sociedad y su incapacidad para incorporar a nuevos grupos emergentes;

sus prácticas autocráticas hacia dentro y hacia fuera que terminaron obstaculizando la formación en lo interno y en la sociedad en general de una cultura cívica de la democracia; y

las distintas manifestaciones de corrupción a lo largo de los gobiernos democráticos.

Antes de abordar el análisis de estos elementos debo afirmar desde ahora que la recuperación del pacífico juego político democrático en Venezuela requiere de la conformación y actuación de partidos políticos, bien sea por vía de la reorganización y de recuperación de la fuerza y el prestigio de aquellos que como AD y COPEI fueron los principales protagonistas durante la etapa democrática de los cuarenta años, o de la creación y fortalecimiento de nuevos partidos democráticos. Ambas posibilidades están abiertas.

A. El deficiente grado de institucionalización de los partidos: las divisiones internas

Todavía no se ha hecho un estudio sobre el grado de desarrollo alcanzado por los principales partidos políticos venezolanos durante su actuación a lo largo la segunda mitad del siglo XX, y particularmente no se ha investigado su grado de institucionalización. La teoría política se ha encargado de generalizar sobre la importancia de la institucionalización de los partidos políticos y sobre las variables para su medición . Huntington dice que la fuerza institucional de un partido se mide ante todo por su capacidad para sobrevivir a su fundador o a su líder carismático que lo llevó por primera vez al poder16[16]. Otra medida importante para determinar el grado de institucionalización tiene que ver con la definición y aceptación por parte de los dirigentes y miembros del partido de las reglas y mecanismos con los cuales se resuelven internamente las recurrentes crisis de sucesión de liderazgo y de escogencia de sus candidatos a altos cargos electivos en el gobierno o el parlamento.

Acción Democrática y COPEI, los dos principales partidos en que reposó la democracia venezolana por cuatro décadas, aparentemente no lograron el suficiente grado de desarrollo institucional para resolver sin traumas esas crisis. Llama la atención que ambos partidos se dividieron en varias ocasiones, virtual o realmente. Casi todas esas divisiones y enfrentamientos tuvieron que ver con los procesos electorales nacionales.

Acción Democrática, sufrió tres costosas divisiones en apenas siete años, en el período transcurrido entre 1960 y 1967. Buena parte de la juventud universitaria adeca que se había formado en la lucha clandestina durante los años de la resistencia a la dictadura, entonces influida por el proceso revolucionario cubano, rompió con la organización en 1960 para fundar inmediatamente el Movimiento de Izquierda Revolucionaria (MIR) cuyos principales dirigentes, junto con los del Partido Comunista, conformaron los primeros cuadros guerrilleros. Esa fue quizá la única división de AD por razones “ideológicas”. Luego importantes dirigentes pertenecientes a la segunda generación de Acción Democrática, con reconocida influencia en los cuadros medios de la organización se separaron en 1962, con motivo de la escogencia de la candidatura presidencial, para constituir partido aparte17[17]. De nuevo, ya en 1967 Acción Democrática sufrió una tercera división, también por discrepancias en cuanto a la escogencia de la candidatura presidencial18[18]. Esta división dio paso a la derrota de AD y a la consecuente victoria electoral del Partido COPEI y de su máximo líder Rafael Caldera, quien entonces fue electo a la Presidencia de la República, con apenas poco menos del 30 % de los votos emitidos.

Las posteriores elecciones presidenciales y legislativas (1973, 1978, 1983 y 1988) mostraron la tendencia a la polarización entre los dos principales partidos políticos (AD y COPEI), que juntos recibieron más del 80% de la votación en las elecciones presidenciales. Sin embargo, las cifras de los resultados electorales no se correspondían con la fortaleza interna de los partidos, que empezaban a mostrar un debilitamiento progresivo expresado en recurrentes enfrentamientos entre sus lideres, vicios y acusaciones de fraude en los procesos electorales internos, pérdida de influencia en la opinión, disminución de credibilidad, prestigio y legitimidad social, aparte de las acusaciones sobre actos de corrupción cometidos desde el gobierno a distintos niveles, prácticas de clientelismo e ineficacia en las gestiones de gobierno.

En esta nueva etapa, primero fue la pugna interna en Acción Democrática con vista a las elecciones presidenciales de 1978. Mientras Rómulo Betancourt abiertamente apoyaba la pre-candidatura de Luis Piñerúa, Carlos Andrés Pérez desde la Presidencia de la República se inclinaba por la de Jaime Lusinchi. AD prácticamente llegó dividido como partido a las elecciones presidenciales, lo que determinó su derrota electoral. La consecuencia fue un debilitamiento de la unidad interna de Acción Democrática y la creación de grupos antagónicos internos que nunca más llegaron a superar las diferencias. Por su parte, el triunfo electoral de COPEI con su entonces candidato Luis Herrera Campins sirvió para poner en evidencia la virtual división interna entre los partidarios de Herrera y los seguidores del líder fundador Rafael Caldera, división que venía gestándose desde 1973 cuando Caldera desde el gobierno había prácticamente impuesto la candidatura presidencial de Lorenzo Fernández19[19]. Los enfrentamientos internos continuaron en ambos partidos durante los sucesivos procesos electorales, lo que era un claro signo de que ambas organizaciones no habían alcanzado el desarrollo institucional suficiente para resolver, sin traumas, las periódicas crisis de sucesión en el liderazgo y en la escogencia de las candidaturas presidenciales y parlamentarias.

Caldera abandonó COPEI en 199320[20] y ganó las elecciones por un pequeño margen frente a los partidos tradicionales, apoyándose en pequeñas organizaciones políticas. Al mismo tiempo Acción Democrática expulsó de sus filas a Carlos Andrés Pérez, quien había sido su victorioso candidato presidencial en dos oportunidades21[21]. Y finalmente la dirección oficial de ambos partidos, inexplicablemente, desafiando toda racionalidad y análisis , probablemente sin evaluar la intensidad de la crisis que vivía la democracia venezolana, en gesto de insólita ingenuidad e incapacidad para sortear situaciones criticas presentaron e hicieron campaña por candidatos absolutamente inapropiados especialmente en aquellas circunstancias22[22], para luego, ya tarde, rectificar y apoyar a última hora un candidato independiente23[23] que a la postre fue derrotado por el teniente coronel Hugo Chávez, quien hábilmente había logrado proyectar una imagen diferente, y esconder la verdadera imagen de militar golpista, ambicioso, enemigo de los partidos, bajo el ropaje y el discurso de un líder civil, de apariencia democrática, con un mensaje de concordia y unidad nacional, de cambios democráticos y de honestidad administrativa.

Las consecuencias de los errores cometidos entonces han tenido el alto costo que ya conocemos.

B. La falla de los partidos en la creación de una cultura de la democracia

Una de las condiciones esenciales para la estabilidad y eficacia de un sistema político, especialmente del sistema democrático, es que debe darse un cierto grado de adecuación y correspondencia entre los valores del sistema y la cultura cívica de la población. Para que una democracia funcione y se estabilice requiere de una sociedad de demócratas, es decir, de ciudadanos conscientes de sus deberes y derechos, participativos, honestos, tolerantes. Los teóricos de la democracia han repetido la afirmación de que la democracia depende, para su funcionamiento, existencia y estabilidad, entre otras cosas, de la activa y consciente participación popular en los asuntos cívicos, del nivel de información sobre las actividades públicas y del grado en que los ciudadanos sientan, acepten y ejerzan sus responsabilidades sociales. La cultura política de la democracia nace y se expande allí donde los ciudadanos desarrollan sentimientos de auto-eficacia política, es decir, cuando se ven a si mismos como sujetos creadores de acciones públicas y privadas y no como objetos manejados por los aparatos políticos. La cultura cívica democrática la define la participación consciente, la solidaridad social, la tolerancia frente a otras ideas o creencias, el respeto y cumplimiento de las leyes y reglamentos, la seriedad del discurso político, la práctica de la verdad y el castigo a la demagogia y el engaño, el reconocimiento de las autoridades legítimas y el cumplimiento por éstas de sus específicas competencias, la correcta administración de justicia, el respeto y garantía de los derechos humanos y el cotidiano cumplimiento de los deberes y la honestidad en la administración pública y privada.

Entre las principales funciones de los partidos políticos democráticos está precisamente la de contribuir a la formación de esa cultura cívica. Sin embargo ésta fue una las fallas más notables en la conducta de los partidos durante el proceso democrático de los cuarenta años pues en la realidad no se hicieron mayores y sistemáticos esfuerzos para crear esa necesaria cultura cívica. Se perdió una extraordinaria oportunidad para formar a la sociedad en los valores de la democracia. Aunque también se logró un cierto avance con la práctica y experiencias en la formación de coaliciones políticas a los distintos niveles nacional, regional y municipal; con las normas relativas a la estabilidad en los cargos y el reconocimiento de la carrera administrativa de los servidores públicos, con los esfuerzos para fortalecer la administración de justicia y con las políticas y prácticas de descentralización y transferencia de competencias, más los estímulos a la participación organizada a niveles locales y municipales; y especialmente con la elección uninominal en los últimos años, más la elección directa de gobernadores y alcaldes. Pero no se programó y realizó una política sistemática de largo alcance para el logro de ese fin esencial.

Por el contrario muchas veces el discurso político estuvo cargado de demagogia y hasta de engaños y mentiras con lo cual se comprometía la seriedad de los dirigentes; se institucionalizó el clientelismo político, es decir, la práctica perversa de cambiar bienes y servicios de arriba hacia abajo por apoyos políticos electorales de abajo hacia arriba. Durante casi todo ese período democrático se mediatizó la participación mediante la imposición de candidatos por el sistema de listas cerradas; en la administración pública como en lo interno de los propios partidos se practicó la arbitrariedad y la intolerancia; no se establecieron, con la rapidez y pureza requerida, los mecanismos para enfrentar vicios tales como el tráfico de influencias. Proliferaron vicios en los procesos electorales y no se ensancharon lo suficiente los canales democráticos de participación; los intereses políticos y el amiguismo estimularon graves hechos de corrupción, que aun cuando denunciados, no fueron investigados y mucho menos castigados. Todo esto condujo al debilitamiento de los partidos, que proyectaron una imagen negativa lo que a su vez erosionó el prestigio del sistema democrático.

Esa carencia de cultura cívica finalmente se volcó contra los propios partidos políticos democráticos. Las masas adecas y copeyanas que tradicionalmente votaron para elegir sus candidatos son las mismas masas urbanas que terminaron votando contra ellos cuando fueron atraídos por el discurso demagógico y anti-partido de los adversarios políticos de la democracia. Ese fenómeno político ya se había presentado en las elecciones de 1964 cuando el partido fundado entonces por los seguidores del exdictador Pérez Jiménez obtuvo una alta votación en la ciudad de Caracas. Aquella primera advertencia no fue tomada en cuenta. Fue así como la situación vino a repetirse más tarde, pero ya con efectos mucho más graves, en 1998, cuando los pobladores de los barrios pobres de Caracas votaron mayoritariamente por Chávez. La explicación del fenómeno no resulta difícil: los sectores populares que habían sido hasta entonces la clientela de los grandes partidos, esta vez cambiaron de patrono, sólo que ahora el patrono era distinto, con intenciones y propósitos no democráticos, que desde el primer momento aprovechó su popularidad e influencia sobre las masas no sólo para obtener votos, como lo hicieron por mucho tiempo los partidos de la democracia, sino también para la violencia y la amenaza. Mientras el liderazgo político de la democracia de los cuarenta años sacó provecho electoral de la pasividad de las masas, que constituyeron sus apoyos electorales, el liderazgo “revolucionario” se aprovechó de la ignorancia de las masas para utilizarlas como fuerza de choque en la amenaza y confrontación social que a diario estimula el discurso presidencial.

Cuando logremos el restablecimiento de la paz y la democracia en Venezuela –lo que es un propósito común de los partidos y en general de toda la sociedad civil- la creación de la cultura cívica tendrá que ser una de las primeras prioridades. El cumplimiento de ese compromiso se convierte en condición para la sobrevivencia de todos. La dirigencia política, especialmente la dirigencia de los partidos, deberá abocarse, a crear y practicar esa cultura cívica a fin de transformar al hombre-masa en ciudadano consciente de sus derechos y obligaciones.

C. El debilitamiento de los partidos por su aislamiento de la sociedad

Durante los cuarenta años de desarrollo democrático, pero especialmente durante las décadas de 1980 y 1990 el proceso político venezolano presentó una preocupante paradoja: mientras la apertura de oportunidades, el desarrollo social, la expansión de la educación a los distintos niveles y las oportunidades de realizar estudios de especialización en universidades nacionales y extranjeras facilitaba y estimulaba la formación intelectual y profesional de un creciente número de venezolanos y de un excepcional potencial de liderazgo moderno y capacitado, el declive en la calidad de liderazgo en ejercicio y en los cargos directivos en los partidos políticos se acentuaba. Contrariamente a lo que había ocurrido en los años del nacimiento de los grandes partidos en la década de 1940 y durante los años de la dictadura, cuando los profesionales y la juventud universitaria fueron sectores muy importante en la actividad política. A partir de 1980 predominó en las clases medias profesionales y en la juventud universitaria la apatía y el “analfabetismo político”, para usar la expresión y la caracterización de Juan Rial, con claro predominio del individualismo, de la baja estimación por la democracia y sus instituciones, por una clara falta de interés en los problemas macro-sociales, y por marcadas tendencias políticas conservadoras24[24].

Esta ausencia de participación de sectores en apariencia sensibles y democráticos tenía necesariamente que reflejarse en una declinación de la calidad del liderazgo de los partidos. La situación se agravó por la influencia que, por razones históricas y sociológicas, tenían los partidos entonces en todos los órdenes de la vida nacional. No sólo en el gobierno y en la administración, lo que es natural en todos los sistemas democráticos, sino también en las organizaciones intermedias, en la escogencia y nombramiento de los funcionarios públicos, en la dirección de los gremios y sindicatos, en la educación y en la economía y, por supuesto en la elección de Senadores, Diputados nacionales y regionales, Concejales, Gobernadores, Alcaldes, etc. Ocurrió que o bien los partidos estaban encerrándose en sí mismos, negándose a admitir la incorporación de ese nuevo liderazgo social, o que los partidos no se dieron cuenta de los cambios que se estaban produciendo en la sociedad y por tanto no desarrollaron estrategias de captación. O ambas cosas a la vez. Pero lo cierto es que se produjo entonces un progresivo distanciamiento, un muro divisorio, entre los partidos y los nuevos sectores emergentes de la sociedad. Ante el avance de la crisis de los partidos democráticos, esas clases medias profesionales y aun los sectores jóvenes emergentes permanecieron pasivos o dieron su apoyo, al igual que las masas empobrecidas, a las tendencias autoritarias que comenzaban a tomar fuerza.

Sabemos que una de las maneras de apreciar y medir el desarrollo de los partidos en las democracias modernas es por su capacidad para absorber e incorporar al sistema político nuevas fuerzas sociales y canalizar las crecientes demandas de participación individual y colectiva. En esto también fallaron. Los partidos en la democracia no están concebidos en la teoría ni pueden permanecer en la práctica como estructuras cerradas, rígidas, como sectas que dominan la política, y a través de ella a la administración y al resto de la sociedad. Los partidos políticos sólo pueden cumplir sus funciones en la medida en que sean instituciones abiertas que faciliten la incorporación a la política y a la conducción de los asuntos públicos a personas idóneas y capaces.

Estas circunstancias, entre otras, dieron paso a un fenómeno muy negativo para el desarrollo democrático como es la llamada anti-política, una forma en algunos casos honesta y sana de hacer política que puede tener efectos perversos para el desarrollo democrático. La anti-política facilita el camino para la incursión en la política de personas que habían permanecido fuera, pero no lo hacen a través de los partidos sino que buscan sustituir a los líderes de los partidos y a la misma institución partidista. Quizá por eso esos vastos sectores medios de la sociedad venezolana, sin experiencia en la política, fueron al comienzo de la crisis partidarios del desplazamiento de los partidos tradicionales y se sumaron casi automáticamente a los adversarios implacables de la “democracia de los cuarenta años”.

D. Las distintas manifestaciones de corrupción a lo largo de los gobiernos democráticos

La democracia como sistema requiere legitimidad y confianza. Se fundamenta no sólo en la garantía de la libertad, en el respeto a los derechos humanos, en la sensibilidad y capacidad de respuesta ante las demandas y necesidades sociales y en la participación, sino también en la honestidad de sus dirigentes, en la responsabilidad de sus administradores, en el prestigio de sus instituciones, en la confianza que genere y conserve en la sociedad donde actúa. La debilidad frente a conductas y hechos violatorios de la moral y la confianza pública constituyen siempre negación de la naturaleza y amenaza a la estabilidad de la democracia.

En Venezuela se incrementó la corrupción por distintas razones entre ellas, sin duda, la carencia de adecuados controles, las frecuentes y lamentables equivocaciones en la escogencia de funcionarios públicos a distintos niveles, el crecimiento del Estado, la falsa concepción del ejercicio del poder y de los derechos y deberes del servidor público. Unos cuantos funcionarios de distintos niveles, de diferentes administraciones; dirigentes, militantes y simpatizantes de partidos políticos, civiles y militares, empresarios de la ciudad y del campo, industriales, profesionales, comerciantes, se vieron involucrados, comprometidos o acusados, y excepcionalmente procesados o condenados por delitos de esa naturaleza. La opinión pública de entonces generalizó la creencia de que los partidos políticos amparaban la corrupción. Esto fue especialmente grave para la democracia y sus instituciones y acentuó el deterioro evidente de los partidos políticos.

4. El futuro de los partidos y su necesaria contribución a la recuperación democrática

De las afirmaciones ya expuestas en este trabajo, especialmente la de que no hay democracias sin partidos, se desprende la hipótesis lógica: sólo la creación de nuevos o el renacimiento y actividad de los viejos partidos hará posible la recuperación democrática en Venezuela.

¿Cuáles son los obstáculos que deberán enfrentar y vencer para que puedan organizarse los nuevos y viejos partidos y para reinsertarse en la vida política? y ¿Qué posibilidades tiene los partidos en la coyuntura política para su recuperación como instituciones fundamentales de la democracia?

Un primer obstáculo salta a la vista: el actual gobierno de Venezuela no quiere a los partidos políticos democráticos. Esto se ha puesto en evidencia no sólo en el discurso del presidente contra los partidos, a los que reiteradamente acusa de todos los males ocurridos en el país a lo largo de los cuarenta años de “democracia puntofijista”. Otro obstáculo es el hecho de que los partidos de oposición tengan que enfrentarse a un partido de gobierno con franca orientación totalitaria, el MVR, cuyas actividades, estructura, integración, programa, y dirección constituyen en sí mismas la negación de un partido democrático. No sólo apela sistemáticamente a las reacciones emocionales y no racionales del pueblo, sino que realiza un sistemático y bien reglamentado entrenamiento no para la acción cívica sino para el conflicto y para la acción violenta contra sus adversarios políticos25[25].

Otras manifestaciones de ese rechazo oficial a los partidos políticos democráticos se concreta en normas contenidas en la Constitución de 1999, hecha a la medida de los intereses políticos del gobierno : (a) la Constitución tiende a favorecer los mecanismos de participación directa como el referendo, la consulta popular, la revocación del mandato, las asambleas de ciudadanos, etc. lo que le resta a los partidos su función esencial y primaria de agregación de intereses políticos y de canales naturales de participación popular en los asuntos públicos.; (b) la Constitución de 1999 ni siquiera menciona el término “partidos políticos” sustituyéndolo por la expresión genérica “asociaciones con fines políticos”, quitándoles así el categórico reconocimiento constitucional que los partidos tenían en la Constitución de 1961. Aquí debemos recordar que Lenk y Neumann ven en el reconocimiento constitucional de los partidos un progreso innegable en el campo de la democracia26[26]. Por el contrario, su desconocimiento es un retroceso en el desarrollo político; y (c) la Constitución de 1999, prohibió de manera terminante uno de los avances ampliamente reconocidos y practicados en el mundo moderno como es la contribución del Estado al financiamiento de las campañas electorales de los partidos, como una de las salvaguardas contra la corrupción y contra la desviación de propósitos. En la Constitución se estableció la prohibición absoluta “del financiamiento de las asociaciones con fines políticos con fondos provenientes del Estado”27[27].

En segundo lugar, los partidos tendrán que recuperar su prestigio como instituciones democráticas de agregación de intereses políticos y como canales legítimos de participación popular. Esta tarea no es fácil pues los partidos han sido víctimas de una intensa y larga campaña de descrédito, que ha sido particularmente objetivo visible del discurso oficial. También juegan contra el prestigio de los partidos la desconfianza y las aprehensiones de sectores democráticos de la sociedad civil que aun resienten el tratamiento que recibieron de los partidos en el pasado; y también se mantiene una actitud anti-política por parte de personalidades con prestigio social, los llamados “notables”.

Para vencer estas dificultades los partidos están obligados a realizar esfuerzos que deben ir más allá del anuncio de un simple propósito de enmienda. La depuración y renovación del liderazgo, la modernización de sus estructuras, la actualización de sus programas, la seriedad del mensaje, la apertura a los distintos sectores sociales, la colaboración junto con las demás fuerzas sociales y políticas a la solución de los específicos problemas del país, etc, son apenas algunos de los elementos que ayudarían a los partidos a la recuperación de su imagen para que de nuevo puedan ser considerados como instituciones fundamentales para nuestro desarrollo político.

En tercer lugar el descalabro sufrido por los partidos especialmente desde comienzos de la década de 1990 trajo como consecuencia la aparición en Venezuela del fenómeno de la antipolítica. Hasta entonces los partidos habían sido prácticamente las únicas organizaciones sociales con protagonismo real, aparte de las centrales empresariales y de trabajadores. Ese monopolio de los partidos, y su poca apertura a la incorporación de sectores emergentes, estimuló el nacimiento de nuevas formas asociativas, dentro de la concepción democrática pluralista. Se crearon entonces organizaciones que originalmente tenían como propósitos fines lícitos específicos, de carácter social, humanitario, económico, profesional, y hasta político en algunos casos, pero no el de la búsqueda del poder, que sí es el propósito esencial de los partidos. Estas formas asociativas no enfrentaron ni aspiraron originalmente a sustituir a los partidos, y tampoco los partidos se opusieron u obstaculizaron la actividades de esas nuevas formas asociativas

Cuando más tarde se produjo la crisis de los partidos, las organizaciones sociales jugaron transitoriamente, junto con los partidos, importante papel en la denuncia, en la información, en la demanda, y en la conformación de movimientos de opinión critica. No sustituyeron a los partidos pues estos no habían desaparecido, pero actuaron conjuntamente enfrentando la nueva situación política. Sin embargo ocurrió lo que es previsible en esas circunstancias: por la falta de experiencia en el correcto manejo de las relaciones entre partidos políticos y sociedad civil, comenzó a producirse un fenómeno que hoy está gravitando en el proceso político venezolano y cuyas implicaciones tendrán mucho que ver con el futuro de los partidos y de la democracia. Se trata de los celos mutuos, y por tanto del peligro de enfrentamientos entre los partidos y las organizaciones civiles. Aun estamos corriendo el riesgo del enfrentamiento entre la llamada antipolítica y los partidos políticos. Se han hecho esfuerzos para evitar esos enfrentamientos, en especial mediante la fórmula de constituir con todos juntos la llamada Coordinadora Democrática.

Bien se ha dicho que la antipolítica tiene un enorme atractivo como fórmula para hacer política, pues abre la posibilidad de entrar en la política a personas que se habían excluido o habían sido excluidas por distintas razones. Pero no siempre la antipolítica tiene el propósito sincero de criticar los errores y vicios de los políticos profesionales. Puede llegar a ser, en determinadas circunstancias, más bien una manera de destruir para subir. Y por distintas razones, entre otras la propia inexperiencia en el manejo de situaciones políticas, conduce a los representantes de la antipolítica a caer en vicios y errores más visibles y graves que las de los políticos profesionales28[28]. Quizá el errático manejo de la situación política durante los acontecimientos del 11 de abril pueda ser un excelente testimonio de esta afirmación.

Sólo un entendimiento serio y el respeto mutuo en sus acciones y campos de actividad entre los partidos y las organizaciones civiles en Venezuela abrirá el camino para las acciones hacia la recuperación plena del pluralismo político y de la sociedad democrática.




1[1] Para una relación histórica de los partidos políticos en Venezuela, ver: Magallanes, Manuel Vicente: Los Partidos Políticos en la Evolución Histórica Venezolana. Ediciones Centauro, Caracas, 1983. Magallanes hace una lista de cerca de 300 "partidos" que incluye a los Partidos de la Independencia, a la Sociedad Patriótica, y a los bandos Realista y Republicano; a los Partidos del Separatismo; los partidos tradicionales a lo largo del Siglo XIX; a los Partidos de Provincia; a los partidos fundados en el exterior por venezolanos exilados; los partidos de la etapa post-gomecista; los partidos modernos fundados desde la década de 1940; y los muchos otros que se crearon después de 1958, como consecuencia de las divisiones sufridas por los grandes partidos nacionales.

 


2[2] Cofr: Velásquez, Ramón J.: Venezuela Moderna, Medio Siglo de Historia.

 


3[3] Este partido político fue creado oficialmente en 1943 con el nombre de Partidarios de la Política del Gobierno (PPG), luego cambió de nombre y finalmente desapareció a raíz del derrocamiento del gobierno de Medina Angarita en 1945. Aun cuando sus dirigentes y militantes fueron en su gran mayoría empleados públicos, contó también en sus filas con lo que Andrés Eloy Blanco llamó el “Ala Luminosa” integrada por reconocidos intelectuales de pensamiento democrático y progresista. Muchos de esos intelectuales ingresarían más tarde a otros partidos.

 


4[4] El Partido Comunista tuvo varios nombres desde su primer esbozo por los exilados del gomecismo Gustavo Machado y Ricardo Martínez, en México en 1925. Bajo el gobierno de Medina Angarita fue legalizado en agosto de 1941 bajo el nombre de Unión Municipal y en marzo de 1944 se rebautizó con el nombre de Unión Popular Venezolana. Luego fue legalizado, también bajo el gobierno del general Medina Angarita, con el nombre de Partido Comunista de Venezuela.

 


5[5] Los antecedentes de Acción Democrática se remontan al comienzo de la década de 1930, cuando Rómulo Betancourt y otros jóvenes exilados venezolanos fundaron en Barranquilla, Colombia la Agrupación Revolucionaria de Izquierda (ARDI), y publicaron el Plan de Barranquilla. Luego, ya muerto Juan Vicente Gómez, Betancourt y otros jóvenes dirigentes políticos constituyeron ORGANIZACIÓN VENEZOLANA (ORVE) en 1936, que más tarde se transformó en el partido clandestino Partido Democrático Nacional (PDN) entre 1937 y 1940, y finalmente fué legalizado como ACCION DEMOCRATICA en 1941.

 


6[6] El COMITÉ DE ORGANIZACIÓN POLÍTICA ELECTORAL INDEPENDIENTE (COPEI) se creó en 1946 inspirado en la doctrina demócrata-cristiana que emergía como una de las corrientes ideológicas de mayor fuerza en la Europa de la post-guerra. Sus fundadores más prominentes fueron Rafael Caldera, Lorenzo Fernández, José Antonio Pérez Díaz, Pedro del Corral, Luis Herrera Campins, etc.

 


7[7] UNION REPUBLICANA DEMOCRATICA (URD) nació también en 1946 fundado por reconocidos profesionales de pensamiento liberal democrático para oponerse al gobierno de Acción Democrática. Entre sus fundadores se contaron Isaac J. Pardo, Elías Toro, Andrés Germán Otero. Después se incorporó a sus filas el Doctor Jóvito Villalba, que se convirtió en poco tiempo en su máximo dirigente.

 


8[8] El 8 de diciembre de 1948 el gobierno de la Junta Militar que derrocó al Presidente Gallegos “disolvió” por Decreto a Acción Democrática. El 13 de mayo de 1950 a raíz de la huelga petrolera el gobierno militar decretó la “disolución” del Partido Comunista.

 


9[9] Kelsen, Hans: “Formación de la Voluntad en la Democracia Moderna”, en Kurt Lenk y Franz Neumann: “Teoría y Sociología Criticas de los Partidos Políticos”, Editorial Anagrama, Barcelona España, 1980, p. 197.

 


10[10] Ibid. P. 198.

 


11[11] Huntington, Samuel P.: El Orden Político en las Sociedades en Cambio. Paidos, Buenos Aires, 1968. p. 354.

 


12[12] Las criticas y la negación de los partidos tienen una larga historia. Tomás Hobbes decía que “los partidos son conjuras organizadas”; Juan Jacobo Rousseau veía en los partidos un síntoma de ruina de la comunidad; George Washington creía que los partidos “agitan a la comunidad con celos infundados y falsas alarmas, encienden la animosidad de una parte contra otra, de vez en cuando fomentan motines e insurrecciones”; el dictador Juan Vicente Gómez hablaba de dos grupos de venezolanos “los políticos y los hombres de trabajo”; y hoy en Venezuela a los partidos democráticos que ejercieron responsabilidades de gobierno durante las cuatro décadas de democracia desde 1958, y a sus dirigentes se les acusa de todos los vicios sin reconocerles ninguna de sus virtudes, de todos los males sin reconocerles ninguno de sus logros. El discurso oficial de los altos funcionarios del gobierno habla de los “cuarenta años en que se destrozó a Venezuela”.

13[13] Huntington, Samuel P. El Orden Políticos en las Sociedades en Cambio. Paidos, 1968. p. 353

 


14[14] Es por eso que debemos descartar la idea de que la crisis por la que atraviesan los partidos en Venezuela tenga algo que ver con actitudes de rechazo a la participación popular por parte de sectores conservadores que pudieran verlos como desafíos a las estructuras socio-políticas tradicionales. Esta etapa, que ciertamente existió en los comienzos, probablemente desde 1936 a 1945, fue superada con las sucesivas elecciones presidenciales y legislativas, con las reformas sociales y económicas y con los acuerdos entre distintos sectores de la vida nacional y las organizaciones partidistas que ejercieron responsabilidades de gobierno durante la continuada existencia de la democracia de partidos desde 1958 hasta 1998.

 


15[15] El Pacto de Punto Fijo fue suscrito por los principales dirigentes de Acción Democrática, COPEI y URD el 31 de octubre de 1958, por el cual las tres organizaciones políticas se comprometieron mutuamente en tres puntos fundamentales: (a) defender la constitucionalidad y el derecho a gobernar de acuerdo a los resultados electorales; (b) constituir después de las elecciones de diciembre de 1958 un gobierno de unidad nacional, con participación de los tres partidos en la coalición de gobierno; y (c) poner en ejecución un programa mínimo de gobierno, cuyas bases se suscribieron y publicaron el 6 de diciembre de 1958.

 


16[16] Huntington: Op. Cit. o. 359

 


17[17] A raiz de esta división AD perdió la mayoría en el Congreso de la República. Raúl Ramos Jiménez, lider de la disidencia de AD fue candidato presidencial enfrentando al candidato de AD en las elecciones de diciembre de 1963, Doctor Raúl Leoni.

 


18[18] Esta división fue encabezada por Luis Beltrán Prieto Figueroa, quien se presentó como candidato en las en las elecciones presidenciales de 1968, que AD perdió por un mínimo margen frente a Rafael Caldera.

 


19[19] Lorenzo Fernández que fue el candidato de COPREI en las elecciones de diciembre de 1973 perdió frente al candidato de Acción Democrática Carlos Andrés Pérez.

 


20[20] Caldera se distancia de COPEI y crea un movimiento político llamado CONVERGENCIA, integrado por numerosos pequeños partidos políticos. La razón evidente que movió a Caldera a renunciar a su partido fue la escogencia que el partido había hecho de Oswaldo Alvarez Paz como su candidato presidencial.

 


21[21] Ya fuera de AD Carlos Andrés Pérez intentó crear un movimiento político bajo su liderazgo que llamó Alternativa. Pero este movimiento desapareció rapidamente.

22[22] AD lanzó como candidato presidencial a Luis Alfaro Ucero, un personaje político de larga experiencia y comprobados méritos como dirigente y organizador, pero entonces ya cercano a los 80m años de edad, sin carisma alguno y evidentemente no preparado intelectualmente para ocupar la Presidencia de la República. Alfaro fue desfenestrado como candidato por sus propios partidarios apenas pocas semanas antes de las elecciones de 1998. Por su parte COPEI había escogido como candidata presidencial a Irene Sáez, una exreina de belleza que venía de cumplir una excelente labor como Alcalde de Chacao, uno de los Municipios que integran la Zona Metropolitana de Caracas. Dado que una medición de popularidad pocas semanas antes de las elecciones mostraba que esta candidata había disminuido sustancialmente en las encuestas, COPEI tomó también la decisión de desfenetrarla.

 


23[23] Ese candidato ahora independiente, Enrique Salas Romer, venía de ser Gobernador del Estado Carabobo, cargo al que había sido electo con el apoyo de COPEI.

24[24] Ver Rial, Juan: Partidos y Clase Política en América Latina, en : Perelli, Picado y Zovatto (compiladores): Partidos y Clase Política en América Latina en los 90, IIDH-CAPEL, San José de Costa Rica 1995. p. 42.

 


25[25] Lenk y Neumann citan a Kirchheimer, en la caracterización de los tres principales rasgos comunes de los partidos totalitarios modernos: (a) apelación emocional y no racional al pueblo; (b) desarrollo de un aparato de dirección que no tiene una relación necesaria con la institución parlamentaria; y (c) el lugar de la discusión interna es ocupado por el adoctrinamiento reglamentado que llevan a cabo los cuadros. Ver: Lenk, Kurt, y Neumann, Fraz: Teoría y Sociología Critica de los Partidos Políticos, Editorial Anagrama, Barcelona, España, 1980, p. 59.

 


26[26] Lenk y Neumann, op, cit, p. 10

27[27] artículo 67, in fine, de la Constitución de 1999

28[28] Ver: Perelli, Picado y Zovatto: ob. Cit. pp.


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