Los pueblos, el Bicentenario y la Segunda Independencia



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Los pueblos, el Bicentenario y la Segunda Independencia
Alfredo Jacobsen
Los pueblos como las bestias, no son bellos cuando bien trajeados y rollizos sirven de cabalgadura al amo burlón, sino cuando de un vuelco altivo, desensillan” (José Martí. Discurso en honor a Fermín Valdés Domínguez. 2 de julio 1894)
Los bienes materiales y espirituales que construye la humanidad son creaciones y patrimonio de los pueblos cuyo protagonismo acontece cada vez más decisivo.

Corresponde al trabajo silencioso, minuto a minuto de las masas populares, millones de hombres y mujeres del mundo que viven de su trabajo, papel determinante del desarrollo social.

Memoria, resistencia, identidades, clases, etnias y culturas con sus relaciones sociales implícitas, tan sólo se construyen en la vida social.

No hay sujeto fuera del mundo y al margen de sus conflictos.

Y en los momentos clave cuando la historia se presenta embarazada de cambios profundos, es necesario el partero que alumbre la nueva vida, el triunfo del porvenir: “…La victoria está con los explotados, pues con ellos está la vida, está la fuerza del número, la fuerza de la masa, la fuerza de los inagotables manantiales de todo lo abnegado, rico en ideas y honesto, que empuja hacia adelante y despierta para la construcción de lo nuevo, de todas las gigantescas reservas de energía y talento…La victoria será suya” (Lenin)
Ello no invalida el papel de los individuos y sus personalidades, el importante cometido de hombres y mujeres anónimos en su mayoría o de quienes están registrados en la memoria colectiva, porque corresponde a una exigencia del desarrollo social en la medida que su acción se intervincule con los grandes grupos sociales.

Define Federico Engels: “Cuando, por consiguiente, se trata de investigar las fuerzas motrices que se hallan tras los impulsos de los personajes históricos consciente o como ocurre muy a menudo, inconscientemente, de investigar las fuerzas que, en última instancia, forman los verdaderos resortes de la historia, hay que tener en cuenta no tanto los impulsos de los individuos aunque sean los más eminentes, como los impulsos que ponen en movimiento a grandes masas de hombres, a pueblos enteros y, a su vez, dentro de cada pueblo, a clases enteras”.


El mecanismo que acciona el devenir de las masas, los pueblos y las clases, motor de su movimiento, impulsor del cambio social y de su sentido, componen la dialéctica que rige la necesidad histórica.
Y así como en Nuestramérica es imprescindible visibilizar las luchas del Calibán colonizado y explotado frente al Próspero colonial y por tanto explotador, se requiere la honra de quienes fundieron su vida con los expoliados del Continente.

La resistencia de Calibán
Esta isla me pertenece y tú me la has robado. Cuando viniste por primera vez me halagaste, me corrompiste…Y ahora estoy desterrado en una roca desierta, mientras me despojas del resto…”(William Shakespeare).
Las tempranas rebeliones del cacique Canoabo (1494) en la hoy República Dominicana, de Guarocuy (1498), de Agueybana y Cemaco en el Caribe y Panamá (1511-1513), las guerrillas maya-quiché de Guatemala (1515) encabezadas por Tecum-Umán, evidencian que no concurrió un “encuentro de dos culturas” ni amalgamó un “crisol de razas” como propone la historia oficial impuesta por los vencedores, sino en verdad es el largo camino por la defensa, el resguardo y rescate de sus identidades hacia la liberación por una vida digna.

Inacabable es la saga de resistencias de los pueblos originarios contra la explotación y el genocidio, de vigencia continua hasta hoy.

Cuauhtemoc (México,1525), Lempira (Honduras 1531), Rumiñahui (Perú, 1532), Atahualpa (Quito 1535), Tisquesua (Colombia 1536), Anacaré (Paraguay, 1542), el levantamiento afro encabezado por Santiago Lemba en las plantaciones azucareras de Santo Domingo (1550); las rebeliones de Caupolicán y Lautaro (Chile), Guaicaipuro y Yaracuy (Venezuela) y Jumandí (Ecuador) entre 1558 y 1778)…

El suicidio de Nicaragúan (1666) lanzando su caballo al precipicio para evitar la desdicha de ser prisionero; las gestas heroicas de los esclavos afros liderados por Zumbí en el nordeste y Sepetiarazú con sus cimarroneos y quilombos; Jacinto Canek en el Yucatán mexicano y Makandal preanunciando la liberación nacional y social de los esclavos en tierras haitianas.

La más conocida en nuestros territorios fue la insurrección liderada por Tupac Amaru II (1780) con la movilización de quince mil combatientes, con amplia convocatoria (quechuas, aymaras, mestizos, mulatos y criollos) y la vastedad de la geografía interesada (desde el Cuzco a Tucumán y desde La Paz al Potosí y Santa Cruz). A su pesar fué derrotada por la traición de corruptos capitanejos, parientes putativos de las actuales oligarquías y burguesías cipayas.
La Primera Independencia
Bajo la sotana de los canónigos y en la mente de los viajeros próceres venía de Francia y de Norte América el libro revolucionario a avivar el descontento del criollo de decoro y letras, mandado desde allende a horca y tributo; y esta revolución de lo alto, más la levadura rebelde y en cierto modo democrática del español segundón y desheredado, iba a la par creciendo, con la cólera baja, del gaucho y el roto y del cholo y el llanero todos tocados en su punto del hombre; en el sordo oleaje, surcado de lágrimas el rostro inerme, vagaban con el consuelo de la guerra por el bosque las majadas de indígenas, como fuegos errantes sobre una colosal sepultura.

La Independencia de América venía de un siglo atrás sangrando; ¿ni de Rousseau ni de Washington viene nuestra América, sino de sí misma!” (José Martí)
La estructura sociopolítica y cultural-religiosa edificada por la metrópoli ibérica respondía naturalmente a sus intereses.

Cual símil de una inmensa olla que abarcaba al continente territorial e insular, con puertos abiertos al océano en sus bordes para la exportación de tributos y recursos naturales hacia Europa: oro, plata, cacao, tabaco, azúcar, las venas abiertas al decir de Eduardo Galeano que el incipiente capitalismo de entonces necesitaba con fruición, tanto para el pago a los banqueros acreedores de la parásita monarquía y sus aliados, nobles feudales y jerarcas de la Iglesia Católica, sino también como materias primas para sus fábricas y la reducción del valor de la fuerza de trabajo ocupada en las manufacturas.

En el altar del libre cambio se ofrendará la importación de mercancías que inundarán el consumo de la población colonial permitiendo la realización de la plusvalía incorporada por los obreros europeos.

Consolidada la base económica y social de la colonia, derramará riquezas y poder en las oligarquías locales, comerciantes criollos y funcionarios de todo tipo y laya.


Mientras en el fondo del continente, las masas populares explotadas: campesinos, artesanos, peones, gauchos, llaneros y esclavos; confundidas sus etnias: originarios, afros, criollos, mestizos y zambos irán sembrando su pertinaz resistencia a los opresores.

La historia alumbrará así la independencia decimonónica, resultado de trescientos años de lucha consecuente.

Se reanimará el debate con la historiografía oficial apreciada por las clases dominantes, que niegan o atenúan la participación de los pueblos en la gesta anticolonial, enhebrando así la denuncia de la explotación con el estudio de los variados mecanismos de reacción desde la óptica de los vencidos, en una suerte de exigencia para el armado de su conciencia social dado que “Nuestras clases dominantes han procurado siempre que los trabajadores no tengan historia, no tengan doctrina, no tengan héroes y mártires.

Cada lucha debe empezar de nuevo, separada de las luchas anteriores: la experiencia colectiva se pierde, las lecciones se olvidan.

La historia parece así como propiedad privada cuyos dueños son los dueños de todas las otras cosas” (Rodolfo Walsch).
Las manifestaciones de actividad cotidiana y su creatividad para mantener formas propias de organización, sustentan las grandes rebeliones de nuestros pueblos.

La identidad popular no se construye desde la biología y al amparo de las razas sino en la historia viva con sus conflictos.

Una multitud de gente reunida no significa pueblo; deben incorporarse raíces culturales y espirituales, idioma, vida cotidiana y preocupaciones comunes.

Resistencia y sincretismo fueron cultivo de arte popular, danza, canto, literatura, teatro, religión…


Su incorporación activa abarca el territorio de nuestra América.

Irrumpe en los ejércitos de Louverture, Hidalgo, Morelos, Páez, Nariño, Sucre, Belgrano, Artigas, Castelli, San Martín, O´Higgins, Bolívar y Maceo.

En todo el escenario de la liza y en el marco de la correlación de fuerzas en ese período histórico, se constata el permanente intento popular y de sus dirigentes más consecuentes por enlazar las tareas de la liberación nacional con el progreso social.

En las sociedades antagónicas este camino popular amenaza a los sectores privilegiados; eterno movimiento en la contienda entre los de abajo con los de arriba, de lo nuevo que pugna por emerger contra lo viejo que se resiste a desaparecer.


¿Qué llevó a impedir entonces la concreción del salto revolucionario hacia nuevas relaciones sociales, liquidando al sistema social colonial consumado militarmente en los campos de Ayacucho? ¿Porqué no pudo resolverse el secular problema de la tierra que las masas empobrecidas anhelaban y por la cual lucharon con valentía inigualable entregando sus vidas a la Patria Grande en simiente?.

Esta derrota que permitió el afianzamiento y desarrollo del proyecto oligárquico- burgués dependiente, debe ser interpelada partiendo del marco que la propia historia impone a los actores sociales.

Por entonces predominaba incluso en los grupos más progresistas, la cultura de cuño iluminista que recelaba confiar plenamente en el pueblo, una suerte de concepción “paternalista” que impedía construir formas de participación democráticas amplias y avanzadas.

Afirma Martí: “…el genio hubiera estado en hermanar la toga y la vincha, desentancar al indio, ir haciendo lado al negro suficiente, ajustar la libertad en el cuerpo de los que se alzaron y vencieron por ella…”.


Analizando las revoluciones inglesa, norteamericana y francesa escribe Federico Engels: “Cosa singular; en las tres grandes revoluciones burguesas son los campesinos los que suministran las tropas de combate, y ellos también, precisamente, la clase que, después de alcanzar el triunfo, sale arruinada infaliblemente por las consecuencias económicas de ese triunfo. En todo caso, sin la intervención de esta yeomanry (los campesinos medios) y del elemento plebeyo de las ciudades la burguesía nunca hubiera podido conducir la lucha hasta su final victorioso…Para que la burguesía se embolsase aunque solo fueran los frutos del triunfo que estaban bien maduros, fue necesario llevar la revolución bastante más allá de su meta; parece ser ésta, en efecto, una de las leyes que presiden el desarrollo de la sociedad burguesa”.

Ello explica la retracción en el impulso emancipatorio de los primeros años expresada entre muchos por Moreno, Bolívar y Morelos, que se inscribe en la extrema debilidad de los sectores sociales comprometidos con el desarrollo capitalista, a lo sumo una incipiente protoburguesía, en relación con las oligarquías y aristocracias afianzadas históricamente y renuentes al mismo.

Ni el sector jacobino nutrido por las capas medias y la intelectualidad radical como tampoco el Ejército Libertador, pudieron imponer sus propuestas y vertebrar un nuevo tipo de sociedad en función de las relaciones sociales en que se asentaban.
Tan solo la Revolución Haitiana (1804) de raíz esencialmente esclava y el proceso paraguayo encabezado por el Dr. Gaspar de Francia (1814) lograron mantenerse en el tiempo antes de ser derrotadas.
Si bien la epopeya emancipatoria en las dos primeras décadas del siglo XIX se enfrentó con incuestionables limitaciones económicas, políticas y culturales, no puede opacarse lo alcanzado con la liberación de las metrópolis europeas que dieron inicio al ciclo nacional latinoamericano.

Esto entendido como un largo período de transformaciones burguesas que se van sucediendo contradictoriamente, hasta la consolidación del régimen capitalista en sus aspectos fundamentales.


En este análisis es dable observar como las revoluciones sociales esenciales al decurso humano, tan sólo por excepción son radicales y definitivas porque los intereses de clase obligan a no eliminar todas las supervivencias del pasado.

La independencia latinoamericana debe ser considerada en su conjunto, como una revolución de tendencia burguesa aunque sin haber cumplimentado el total de las tareas que históricamente le correspondían.

Es en este sentido que debe valorarse su importancia al permitir abrir espacios para el desarrollo nacional y el amplio ciclo de los movimientos sociales que sobrevendrán.
Un Hito: La Revolución Cubana
El primer día de 1959 el Ejército Rebelde vanguardia del pueblo cubano, enarbolando sus banderas patrióticas y revolucionarias, liquida a la dictadura de Fulgencio Batista, abriendo nuevos cauces para los pobres y explotados de Cuba, de nuestra América y del mundo.

Rápidamente transitada la etapa de liberación nacional, antifeudal y democrática, el proceso se profundizará con la derrota de las tropas mercenarias en Playa Girón (17 de abril 1961).

En agosto del mismo año, los delegados a la Conferencia de Punta del Este firmarán la Carta de Intención para la puesta en marcha de la Alianza para el Progreso, desde entonces el nuevo mascarón de proa imperialialista en nuestra

América.


Poco después (enero 1962) la OEA expulsa de su seno a Cuba revolucionaria.
El 4 de Febrero de 1962 conoce la luz el histórico Documento “Del Pueblo de Cuba a los Pueblos de América y el Mundo”, conocido también como Segunda Declaración de La Habana.
De permanente actualidad, se rinde al recuerdo de José Martí quien en 1895 había señalado premonitoriamente “…el peligro que se cernía sobre América y llamó al imperialismo por su nombre: imperialismo”.
En misiva póstuma a su amigo Manuel Mercado confesaba : “Ya puedo escribir…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber…de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caiga, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América” enjuiciando “…la anexión de los pueblos de nuestra América, al Norte revuelto y brutal que los desprecia”
La Declaración, enfático llamado a la emancipación de los pueblos inquiere: “¿Qué es la historia de Cuba sino la historia de América Latina? ¿Y qué es la historia de América Latina sino la historia de Áfríca, Asia y Oceanía? ¿Y que es la historia de todos esos pueblos sino la historia de la explotación más despiadada y cruel del imperialismo en el mundo entero?”.
Sus páginas denuncian la profunda fractura social, con una clase dominante incapaz de sostener su presente ni garantizar el porvenir de las mayorías empobrecidas.

La lucha de masas y la confrontación de ideas alumbra la hora de la liberación “…frente a la fuerza más importante del sistema imperialista mundial…ahora sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido a escribir ellos mismos, para siempre, su historia…su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia…verdadera, irrenunciable independencia…”.


La política imperial decretada a partir de 1961 con la imposición del bloqueo integral contra Cuba: económico, comercial, financiero, tecnológico e internacional y que además desconoce la Resolución de las Naciones Unidas del 29 de octubre de 2008, cuando 185 Estados miembros exigen el inmediato levantamiento de un castigo que por su envergadura, no ha sido sufrido jamás por ningún país de la Tierra.

En estas condiciones resaltan aún más los logros obtenidos en los cincuenta años de su revolución, admiración de los pueblos porque “…los pobres y vilipendiados” del Continente ven con su ejemplo el ingreso a la historia del “hombre nuevo” cimentado en justicia, solidaridad y valores éticos nunca alcanzados.


Cotejando la apertura del ciclo abierto por las revoluciones burguesas durante la primera y segunda décadas del 1800 con la situación existente durante la segunda posguerra en nuestro Continente, cuando el imperialismo estadounidense es potencia hegemónica, la Declaración afirma: “Con lo grande que fue la epopeya de la independencia de América Latina, con lo heroica que fue aquella lucha, a la generación de latinoamericanos de hoy les ha tocado una epopeya mayor y más decisiva todavía para la humanidad.

Porque aquella lucha fue para librarse del poder colonial español, de una España decadente, invadida por los ejércitos de Napoleón.

Hoy les toca la lucha de liberación frente a la metrópoli imperial más poderosa del mundo, frente a la fuerza más importante del sistema imperialista mundial, y para prestarle a la humanidad un servicio todavía más grande del que le prestaron nuestros antepasados.

Pero esta lucha, más que aquella, la harán las masas, la harán los pueblos, los pueblos van a jugar un papel mucho más importante que entonces; los hombres, los dirigentes, importan e importarán en esta lucha menos de lo que importaron en aquella”.
A poco de levantado el telón con la Gran Revolución Socialista de Octubre (1917), suben a escena los pueblos del mundo y nuestra América les ofrece su decorado.

El Documento es inequívoco: “…Ahora, esta masa anónima, esta América de color, sombría, taciturna, que canta en todo el continente con una misma tristeza y desengaño, ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir.



Porque ahora, por los campos y las montañas de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras y sus selvas, entre la soledad, o en el tráfico de las ciudades, o en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza a estremecer este mundo lleno de razones, con los puños calientes de deseos de morir por lo suyo, de conquistar sus derechos casi 500 años burlados por unos y por otros.

Ahora sí, la historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y

vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia .

Ya se les ve por los caminos, un día y otro, a pie, en marchas sin término, de cientos de kilómetros, para llegar hasta los “olimpos” gobernantes a recabar sus derechos.

Ya se les ve, armados de piedras, de palos, de machetes, de un lado y otro, cada día, ocupando las tierras, fincando sus garfios en la tierra que les pertenece y defendiéndola con su vida; se les ve llevando sus cartelones, sus banderas, sus consignas, haciéndolas correr en el viento por entre las montañas o a lo largo de los llanos.

Y esa ola de estremecido rencor, de justicias reclamada, de derecho pisoteado que se empieza a levantar por entre las tierras de Latinoamérica, esa ola ya no parará más.

Esa ola irá creciendo cada día que pase, porque esa ola la forman los más, los mayoritarios en todos los aspectos, los que acumulan con su trabajo las riquezas, crean los valores, hacen andar las ruedas de la historia, y que ahora despiertan del largo sueño embrutecedor a que los sometieron.

Porque esta gran humanidad ha dicho “¡Basta!” y ha echado a andar.

Y su marcha de gigantes ya no se detendrá hasta conquistar la verdadera independencia, por la que ya han muerto más de una vez inútilmente

¡Ahora, en todo caso, los que mueran, morirán como los de Cuba, los de Playa Girón, morirán por su única, verdadera, irrenunciable independencia!”.
El crepúsculo capitalista
El ciclo de prosperidad iniciado a finales de la segunda posguerra culminará en 1973-1974 con el shock petrolero como emergente y la crisis de sobreproducción que se profundizará en las economías más industrializadas del planeta.

La mutación parasitaria sistema devendrá en su financierización integral, mientras que las tasas reales de crecimiento económico comienzan a declinar sin pausa.


Desde entonces, la irrupción en el mercado de productos ajenos a la producción de bienes y servicios, antítesis del primigenio capitalismo productivo como fuente de plusvalía y su acumulación, socavará cada vez más al edificio global generando una multiformidad de fenómenos económicos, políticos, militares, tecnológicos y ambientales necesariamente intervinculados, conformando un cuadro que algunos estudiosos asimilan como decadencia de la civilización burguesa.
Se concatenarán hechos de extrema gravedad como la invasión imperialista a la extensa franja territorial que va desde los Balcanes a Pakistán, enmarcando al Golfo Pérsico y la cuenca del Mar Caspio con el 70 % de las reservas petroleras conocidas, iniciada durante la presidencia de George Busch (padre), continuada por Clinton con los bombardeos a Irak, las guerras yugoslavas en los Balcanes y la tentativa de control de las repúblicas ex soviéticas de Asia Central, culminando durante el período de Busch (hijo) con los (auto) atentados del 11 de setiembre de 2001 mediante, en las invasiones de Irak y Afganistán como antesala de una ulterior invasión a Irán.
Secuencia que tiene al Complejo Militar Industrial de Estados Unidos en un rol protagónico desde las postrimerías de la crisis de 1930 y sobre todo a partir de la guerra culminada en 1945, período que algunos autores lo caracterizan como keynesianismo militar, núcleo central de un poder de raíz mafiosa y oligárquica donde se integran la especulación financiera, tráfico de drogas, negocios petroleros y de seguridad privada que aceleran el déficit fiscal a niveles nunca alcanzados en la historia estadounidense.
La nave del capital al garete intenta fondear en aguas tranquilas, pero los temporales autocreados por sus interminables productos especulativos, tozudamente lo reintegra al desordenado mar de una crisis sin resolución a la vista.

Un artículo del periódico inglés “The Independent” dice: “Nos encontramos en medio de un mar desconocido, nadie sabe donde vamos, lo único que sabemos es que la tormenta económica sigue su marcha”.

En su período senil se van derrumbando uno tras otro paradigmas del capitalismo: General Motors, Lehman Brothers, AIG, mientras el Estado imperial socializa el salvataje con miles de millones de su cada vez más depreciada moneda, con la cual el imperialismo estadounidense estafó al mundo a partir de la inconvertibilidad unilateralmente decretada por Nixon en 1971, crece el desempleo al orden del 10 % de su población económicamente activa, el déficit de su balanza comercial arriba a cifras de billones de dólares al tiempo que 50 millones de sus ciudadanos no pueden acceder al resguardo de su salud como derecho humano esencial.

Desplegando su estrategia gubernamental, la administración de Barack Obama confirma que es cementerio de ilusiones para quienes no terminan de compenetrarse sobre el númen estratégico del imperialismo, donde la continuidad predomina sobre el cambio.


Expresa en lo sustancial la política bushniana como atestigua la presencia en el Gabinete Ministerial de su ex secretario de Defensa Robert Gates, si bien con una táctica más compleja de poder suave o inteligente según el consejo del nuevo think tank, llamado “Comisión para una potencia inteligente” que reemplaza entre otros a los promocionados en la década de los 80 por los Documentos de Santa Fe.

Así la reiteración de su política guerrerista en Eurasia, el acoso a la República Iraní, su pertinaz alianza estratégica con el Estado de Israel y la negativa a firmar acuerdos para la conservación del medio ambiente planetario, siendo Estados Unidos su principal agresor, esencia de su política actual de reconfiguración neocolonial.


Nuestra América hoy
Una nueva correlación de fuerzas sociales se afianza en Sudamérica y el Caribe nuestra América martiana, expresión del “pequeño género humano” que vislumbraba el Libertador Simón Bolívar hace doscientos años porque “…no somos blancos, ni indios, ni negros, sino una síntesis de todos ellos…”.
La secular resistencia de nuestros pueblos en aras de una vida digna, por la defensa de su identidad y acervo cultural, se construye en el entramado de una alianza que suma clases y sectores sociales expoliados por las políticas de sumisión que sanciona el imperialismo.

En ella confluyen obreros, campesinos, pueblos originarios, pequeños productores del campo y la ciudad, desocupados, pequeña burguesía vinculada al mercado interno, parte de las clases medias no colonizadas mentalmente, empleados, militares patriotas, sacerdotes y pastores identificados con los pobres, profesionales, intelectuales críticos, artistas populares, estudiantes, mujeres y jóvenes.

Base de sustento e integrantes de gobiernos con contenido progresista y tendencia revolucionaria, junto a otros de composición social más compleja y contradictoria, aunque todos partícipes del marco general donde los pueblos organizados cada vez más en movimientos sociales, imponen el pulso de los acontecimientos.
Unasur, Alba, Grupo de Río, Banco del Sur, Mercosur, Consejo de Defensa, Tratados Bi y Multilaterales refieren en el plano institucional al nuevo momento histórico: unidad, integración y respeto a las diferencias con el rumbo hacia la Confederación de Repúblicas Latinoamericana-Caribeñas que soñaron los patriotas forjadores de la Primera Independencia.

Caso contrario sería una quimera la derrota del enemigo fundamental: el imperialismo y sus aliados, tanto más cuando su contraofensiva está nuevamente, en pleno desarrollo.

Lenin señalaba: "Si los explotadores son derrotados solamente en un país y éste es naturalmente el caso típico, porque la revolución simultánea en varios países constituye una excepción rara, seguirán siendo no obstante, más fuertes que los explotados”.
Porque si bien su derrota ha comenzado hace cincuenta años a partir del camino abierto por la Revolución Cubana y continuado por ahora, en Venezuela, Ecuador y Bolivia salvando las especificidades de cada proceso, en el resto del territorio en mayor o menor medida continúan ejerciendo su poder hegemónico.
El Imperio ha retomado de manera contundente su ofensiva remedando la Doctrina Monroe (1823) y el Destino Manifiesto (1874), seguido desembozadamente por los grupos reaccionarios de siempre y con la sedicente anuencia de otros, con el bombardeo del 1 de marzo de 2008 al campamento de las FARC en territorio ecuatoriano, en zonas aledañas a su frontera norte asesinando a 25 personas, entre ellas al Comandante Raúl Reyes en ese momento figura clave para la liberación humanitaria de los rehenes que permitía distender la situación interna colombiana y con la probada participación de instancias imperiales, seguido del golpe fascista en Honduras y el despliegue de bases militares como parte del plan que aherroja al Continente por tierra, mar y aire.

Amparado en el ardid de la lucha contra el tráfico de drogas y el terrorismo, intentan mantener el cuadro de la dependencia que garantice la continuidad del saqueo a nuestros recursos naturales en la intención de resolver su debacle sistémico.


La resolución de esta contradicción a favor de los pueblos, requiere de la alianza indestructible entre las expresiones orgánicas de los movimientos sociales y sus gobiernos. La constitución del Consejo de Movimientos Sociales del ALBA (Alternativa Bolivariana para los Pueblos de nuestra América) establecida en su VII Cumbre deviene en paso trascendental.

Por primera vez en la historia de Nuestra América se ha conformado un espacio tan vasto de unidad, verdadera alianza hacia un estadio superior de raíz martiana, bolivariana, sanmartiniana, alfarista, tupacatarista, sandinista.

Tan sólo por la vía del socialismo y con los pueblos como principales protagonistas alcanzaremos la unidad e independencia de nuestra América.
Los restos de “burguesías nacionales” o sus representantes de turno que pergeñan capitalismos nacionales y humanos han demostrado históricamente que son incapaces de llevar hasta sus últimas consecuencias la lucha antiimperialista.

Tan solo una resolución anticapitalista, popular y democrática podrá cumplimentar la obra inconclusa de los Libertadores.



Acertadamente decía José Carlos Mariátegui: “Los brindis pacatos de la diplomacia no unirán a nuestros pueblos. Los unirán en el porvenir, los votos históricos de las muchedumbres”.

Y en su mensaje a la Tricontinental (1967) afirmaba el Che: “Y si todos fuéramos capaces de unirnos, para que nuestros golpes sean más sólidos y certeros, para que la ayuda de todo tipo a los pueblos en lucha fuera aún más efectiva, ¡qué grande sería el futuro, y qué cercano!”.



Tiempos de Bicentenario

Corresponde a nuestra generación consumar definitivamente el ciclo histórico iniciado en 1804 con la revolución de los esclavos en Haití, pionera del Continente ante la poderosa Francia de entonces y que continúa en el presente con los pueblos nuestramericanos como protagonistas.

Rol que debe expresarse en todas y cada una de sus acciones, abriendo curso a los saberes y prácticas que apelan a la memoria popular, cultivo de instancias intraculturales y multiétnicas que enfrente todas las distorsiones y tergiversaciones instaladas y en marcha por los cancerberos de historias oficiales, preferidas por las clases dominantes para justificar su razón de ser y estar.

Lucha de masas y de ideas, por el bien vivir, la conciencia y el corazón de los pueblos.


Porque “La revolución es el triunfo de los oprimidos y explotados. Jamás la masa del pueblo es capaz de mostrarse tan activa, creadora de los nuevos sistemas sociales como durante la revolución. Es esos momentos el pueblo es capaz de realizar milagros…” (Lenin), debemos mantener activa “…la peligrosa memoria de nuestros pueblos” (Gabriel García Márquez), aprendiendo y enseñando de nuestra experiencia común: “Se sabía muy poco de América Latina, que es nuestro hemisferio, el área del mundo a la cual pertenecemos y con la cual tendremos que unirnos en el futuro; se habla de integración ¿y como se puede avanzar en el camino de la integración si nos ignoramos unos a otros , si todos los pueblos de América Latina se ignoran unos a otros, si ignoran su propia historia?” (Fidel Castro)

26 octubre 2009








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