Los traumas históricos y la fragilidad del estado latinoamericano. El Radicalismo argentino y su crisis de identidad



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Los traumas históricos y la fragilidad del estado latinoamericano. El Radicalismo argentino y su crisis de identidad  (basado en la ponencia del encuentro “El Exilio Democrático”, organizado por la Univ. N. de Rosario el 3-XI-2017.)
Dedicado a la memoria del Juez Juan Carlos Gardella
por Eduardo R. Saguier
Índice

Sumario-Abstract-Keywords
I.- Introducción. Etiología del trauma histórico y del estado frágil.
II.- Antecedentes históricos y regímenes de memoria

III.- Colonialismo y violencia conquistadora (1492-1810)

IV.- Particionismo y violencia fratricida (1810-1880)
V.- Pretorianismo y fragilidad identitaria del estado (1930-76)

V-a.- Golpes militares y regímenes pretorianos (1930-76)

V-b.- Exilio intelectual y artístico (en Chile)

V-c.- Colaboracionismo intelectual con el pretorianismo (1968-71)

V-d.- Indiferencia mediática, inexistencia de exilados y miedo

V-e.- Falsa fatalidad y “Batalla de Medicina” (Capitman vs. Nosiglia)

V-f.- Reincidencia acumulada de golpes y exilios (1976-83)
        V-f-1.- Sectarismo en el destierro y gobierno en el exilio     

V-f-2.- Autocritica política (periodismo de denuncia)
      V-f-3.- Redescubrimiento tardío de la democracia (Controversia)

V-f-4.- Derrotas y exilios previos (endogamia y Misión Saráchaga)
      V-f-5.- Revisionismo bolivariano (entrismo en el Radicalismo)

VI.- Movimientismo histórico y aceleración de la fatiga identitaria
        VI-a.- Incertidumbre, freno al retorno e incitación al re-exilio
      VI-b.- Pérdida de iniciativa política (Ley Mucci, 1984)
      VI-c.- Carisma que desborda la identidad partidaria
      VI-d.- Exceso de personalidad o carisma (Grupo Esmeralda)

VI-e.- Debilidad y fortaleza del movimientismo (Tcach)
VI-f.- Extorsión política y reforma constitucional (Pacto de Olivos)
VI-g.- Movimientismo a escala internacional (MPNA)

VII.- Patrimonialismo y crisis de identidad del estado-nación (1916-1983)

VII-a.- Corporativismo burocrático y raquitismo identitario

VII-a-1.- Burocracia sindical y gangrena corporativa

VII-a-2.- Populismo académico (cogobierno tripartito)

VII-a-3.- Búsqueda del nuevo “hombre providencial” (Lousteau)

VII-b.- Endogamia fraudulenta y endeblez identitaria del estado (1989-2015)

VII-b-1.- Credenciales fraguadas y obscenidad indemnizatoria

VII-b-2.- Colectas solidarias escamoteadas

VII-b-3.- Prebendarismo académico y los fondos del BID (1989-2015)

VII-b-4.- El juego de la calesita (Ministro Barañao)

VII-b-5.- Amputación cronológica (“Sección Especial”)

VIII.- Conclusión

Sumario
En este trabajo nos hemos propuesto el estudio de las estrategias políticas que dieron respuesta a la reincidencia acumulada de traumas políticos (particiones, exilios, revoluciones, y golpes de estado). Para ello nos detendremos en el patrimonialismo, el populismo (movimientismo histórico), la obscenidad indemnizatoria, y en el corporativismo burocrático.
Abstract
In this paper we have studied the political structures that responded the role played by political traumas (partitions, exiles, revolutions, and putschs). For that purpose we are going to dig on populism, movement politics, patrimonialism, the obscenity of state corruption, and bureaucratic corporatism.
Palabras Claves
Trauma histórico. Estado frágil. Crisis de identidad. Colonialismo. Particionismo.
Pretorianismo. Movimientismo. Patrimonialismo. Endogamia. Prebendarismo
Keywords
histórical trauma. Fragile state. identity crisis. Colonialism. Partitionism.
Pretorianism. Movement politics. Patrimonialism. Endogamy. Prebendarism
I.- Introducción. Etiología del trauma histórico y del estado frágil.

Para poder entender los fenómenos traumáticos que se padecieron en la década del 70 y la incidencia que tuvieron en la fragilidad de los estados periféricos, debemos ponerlo en un contexto histórico, en su relación con la crisis de identidad, y en su vinculación con la geografía, el calendario y la lengua de la memoria.1


La fragilidad del estado no es ajena a los traumas histórico-políticos, como las guerras, las conquistas, las invasiones, la violencia separatista, las revoluciones, los golpes de estado, las dictaduras, los exilios, los magnicidios, los suicidios, los movimientismos, las crisis de identidad (social, racial, o religiosa), la corrupción burocrática, o los extremos en los ciclos de auge o euforia y de depresión o decadencia.
Por lo tanto, la fragilidad del estado debe ser estudiada en combinación con los traumas históricos y no se los puede escindir. Para Cathy Caruth, Shoshana Felman y Dori Laub, el trauma clásico trastorno de estrés post-traumático (TEPT) es individual o personal, de corto plazo y de orden etno-lingüístico (holocausto, pogroms), aplicable sólo a la civilización occidental (Europa y los Estados Unidos). Por el contrario, para Michael Rothberg, Stef Craps y Sonya Andermahr, el trauma histórico (TH) es algo colectivo, endémico, acumulativo, trans-generacional y de larga duración como el colonialismo (desposesión, dislocación), aplicable a la historia de América Latina, que desde la conquista (1492) ha sido víctima del reparto europeo del mundo, y también aplicable a la historia de África, que fue víctima de ese mismo reparto pero desde la Conferencia de Berlín en 1884, y a la de Asia Menor que fue víctima del último reparto europeo desde los Acuerdos Sykes-Picot en plena primera Guerra Mundial (1914-1922).2 Pero así como el colonialismo, el esclavismo y el particionismo han sido para América, África y Asia traumas colectivos acumulados, el pretorianismo ha sido para América Latina y África un trauma puntual y cronológicamente repetitivo; y el movimientismo y el patrimonialismo traumas continuos pero de una muy larga duración.3
Asimismo, intentaremos operar los fenómenos históricos traumáticos, en función de las teorías cíclicas, y de la teoría post-colonial del trauma.4 La presión por fugar de estados dictatoriales, bárbaros, esclavistas o populistas crecía a medida que aumentaba la traumaticidad del régimen combatido (esclavismo, feudalismo, colonialismo, elitismo, pretorianismo, populismo, patrimonialismo), y la posibilidad de migrar a estados o tierras prometidas donde imperara la libertad, o a retornar al país de origen una vez restaurados los derechos humanos, y merced a la ayuda de organismos internacionales (e.g.: ACNUR).5
Más aún, las motivaciones a las que obedeció el colectivo traumatizado las debemos analizar mediante disciplinas diversas, por ser campos dinámicos que fluctúan permanentemente en su contenido y en sus límites (Steinmetz, 2009): a) los estados de euforia y depresión con la psicología del trauma; b) el ciclo de auge o decadencia con la sociología y la demografía de los fenómenos traumáticos; y c) la mayor o menor extensión temporal, poblacional y espacial de eventos trágicos que fundados en la teoría del trauma clásico o trastorno de estrés post-traumático (TEPT) debe ser confrontada con la teoría pos-colonial del trauma histórico (TH), y con las teorías sobre la crisis del estado-nación (Bavaresco, 2003) y sobre los estados frágiles y fallidos (Olivier Nay, 2013).
En ese sentido, nos hemos propuesto encarar en este trabajo media docena de módulos temáticos, llevando para ello una secuencia histórica y un tratamiento interdisciplinario del trauma (sociológico, antropológico, geopolítico, psicológico, lingüístico, demográfico, psicoanalítico, etc.), que comenzando con la reincidencia acumulada de traumas histórico-políticos (conquistas, guerras, golpes de estado, destierros, violencias separatistas) y retornos democráticos (salidas electorales condicionadas); se agravaron con los movimientismos históricos fundados en liderazgos carismáticos y míticos; y culminaron con deformaciones, tales como el patrimonialismo, que provocaron en las responsabilidades estratégicas y operativas la endogamia fraudulenta, la obscenidad indemnizatoria y el corporativismo burocrático.
II.- Antecedentes históricos y regímenes de memoria
Tratar de comprender los traumas políticos del presente a la luz del pasado histórico requiere pulsar el calendario de ese pasado, si es que vamos a proyectarlo hasta un pretérito remoto previo a la modernidad, o si vamos a reducirnos exclusivamente a los entretelones de esta última, que comprenden las modernidades renacentista, ilustrada, republicana, democrática, nacionalista, desarrollista, y/o globalizante.6
Ya en la América pre-colonial habían existido como fruto de enfrentamientos étnicos y culturales (lingüísticos, míticos), traumas históricos ocasionados por sucesivas invasiones tribales que removían asentamientos indígenas previos, incluidos sus chamanes, como ocurrió con los guaraníes cuando fueron arrinconados por tribus nómades procedentes de las Antillas, internadas por los ríos Orinoco y Amazonas (arawacos). Y en la antigüedad medio-oriental, el origen del monoteísmo hebreo es narrado con la fuga de la esclavitud egipcia y con la promesa de un espacio donde luego de atravesar las penurias del desierto prive un discurso de paz y libertad (en Sudamérica el mito guaraní de una tierra sin mal y sin mancha).7
Pero fue con la modernidad renacentista inaugurada en Europa occidental y extendida al mundo colonial de entonces, cuando los traumas políticos se generalizaron hasta alcanzar ribetes cada vez más trágicos.8 Con las guerras de conquista desatadas por las monarquías absolutistas en América (España y Portugal) durante el siglo XVI se consolidaron los respectivos imperios hispano y lusitano.9 También con las guerras de religión y la represión consiguiente del papado y las monarquías afines (matanzas, condenas de la Inquisición) en los siglos XVI y XVII se estableció la Reforma Protestante, que dividió a Europa y al mundo colonial, generando múltiples exilios (exilio deísta francés en Holanda, exilio hugonote o calvinista en Sudáfrica, peregrinaje puritano en Norteamérica).10
En principio, con la Revolución Inglesa de 1640, y la difusión de una monarquía absolutista se diseminó una violencia colonizadora que engendró traumas hasta entonces desconocidos y cuya liberación en América asomó en forma pionera con la Guerra de Independencia de Estados Unidos. Y cuando en el siglo XVIII tuvo origen el fenómeno de la Ilustración--que revolucionó a las elites metropolitanas las monarquías absolutistas alimentadas por el Jansenismo expulsaron la Orden Jesuítica de todos sus dominios y enclaves, constituyéndose sus integrantes en los exiliados forzosos más longevos del mundo occidental moderno.11
Más tarde, con la Revolución Francesa, y la difusión de una modernidad republicana, se diseminó a escala global una violencia separatista que provocó traumas políticos de toda índole (en Europa la Guerra de Independencia de Grecia que inició la partición del imperio otomano, y en Sudamérica las Guerras de Independencia de Colombia, Perú y el Río de la Plata), particiones políticas (Paraguay, Bolivia, Provincias Unidas, Nicaragua, El Salvador), y éxodos históricos (Éxodo Jujeño y Éxodo del Pueblo Oriental).12 También se provocaron guerras civiles (unitarios vs. federales y colorados vs. blancos en el Río de la Plata) y guerras de fronteras, que dieron lugar a lo largo del siglo XIX a exilios políticos, procesos de secularización y gestación de generaciones de intelectuales románticos (Generación de 1837 en Argentina y exilados italianos en el Río de la Plata como Garibaldi).13 Posteriormente, las violencias anexionistas (Guerras del Paraguay, del Pacífico y del Chaco) ocasionaron traumas generacionales, de intelectuales positivistas, evolucionistas y surrealistas (Generación del 900 en Perú y Argentina, de 1915 en México, y de 1928 en Venezuela), y en los vencidos traumas políticos que acentuaron la fragilidad de sus respectivos estados (Perú, Bolivia).14
Otro siglo más tarde, los fenómenos democráticos masivos inaugurados por la prédica del laicismo (o neutralismo religioso), del anarquismo, y del democratismo (sufragio universal obligatorio y secreto), dispararon la Guerra de Independencia de Cuba (exilio de Martí en Nueva York), la Revolución Mexicana (magnicidio de Madero), y el acceso al poder del Radicalismo en Argentina luego de atravesar un largo y traumatizante proceso de revoluciones armadas, de exilios “sacrificiales”, de la reforma universitaria en la UBA en 1904 y 1905 (pasaje de poder de los académicos ausentistas a los docentes), y de abstencionismo electoral.15
La pérdida de memoria ocasionada por la concepción lineal de la historia (judeo-cristiana) y por los radicalizados procesos secularizadores (individualistas, y evolucionistas) había generado un inmenso trauma espiritual, antes y después de estallar la primera guerra mundial. El trauma espiritual resultante fue llenado: a) en México con una revolución campesina; b) en Rusia con una revolución socialista; y c) en Alemania con una revolución conservadora.16 Esta última revolución consistió en una concepción espiralada del tiempo histórico, y en un creciente recurso a traumas ancestrales (racismos y antisemitismos) y a una modernización tecnológica heredada de la II revolución industrial.
Inmediatamente, la crisis de la primera posguerra provocó el fascismo en Italia (1922) y la crisis de entre-guerra engendró el nazismo en Alemania, con sus consabidas políticas movimientistas que apelaban para su legitimación a una supuesta herencia de la antigüedad griega y romana.17 Y con la derrota e invasión de Francia (1940) se produjeron como secuela los más mortíferos fenómenos de exilios intelectuales y raciales registrados en la historia universal, los que se expandieron a una escala nunca vista (Palestina, Turquía, América), y tuvieron una repercusión académica sin precedentes (Escuela de Frankfurt en USA, debate sobre la transición del feudalismo al capitalismo, y sobre la diáspora judía).18
En la cartografía del exilio, los puertos de América, sajona y latina se convirtieron en las principales metas de la diáspora europea, siendo Buenos Aires una de las aspiraciones mayores de cualquier refugiado, luego de Nueva York.19 La amnesia de la secularización decimonónica se vio entonces acrecentada por un nuevo régimen de memoria centrado ya no en los héroes míticos de la nación conservadora (Renan), sino en la sociedad y las víctimas del racismo y del holocausto (Pierre Nora, M. Halbwachs, y Primo Levi).20
Finalmente, en los estertores de la Guerra Fría, con la Caída del Muro de Berlín (1989) y a instancias del crítico literario búlgaro Tzvetan Todorov (traído a colación por el historiador Hugo Vezzetti), se produjo otro nuevo régimen de memoria ya no centrado en las huellas o reminiscencias de un pasado trágico que había sido preciso reconstruir (como en Primo Levi), sino en un acertijo donde la memoria --debido a la sobreabundancia de testimonios, imágenes y representaciones-- tiene la necesidad de conjurar sus traumas con otros principios decisivos como el consenso, la creatividad y la libertad.21
III.- Colonialismo y violencia conquistadora (1492-1810)
En el ciclo de auge de la modernidad renacentista en América Latina se impuso un modelo colonizador --heredado de la Roma imperial-- donde confluyeron contradictoriamente la cruz y la espada. El colonialismo provocó la desestructuración de las civilizaciones indígenas, la esclavización de las poblaciones afro-americanas (una suerte de apartheid) y en muchos casos la pérdida de la identidad, la lengua, y la memoria del pasado, dando lugar a lo que se ha denominado trauma histórico (TH), que a pesar del transcurso de los siglos no se ha podido enmendar.22
En sus inicios, las metrópolis colonizadoras (España y Portugal) habían alcanzado un acuerdo pacífico de límites merced a la imposición de una Bula papal (Tordesillas, 1494), que con el tiempo fueron delineando espacios lingüísticamente separados (portugués-español) y dinásticamente diferenciados (Braganza y Habsburgo-Borbón).
IV.- Particionismo y violencia fratricida (1810-1880)
En el ciclo de auge de la modernidad ilustrada en América Latina las elites criollas y las poblaciones mestizas y mulatas herederas del trauma colonial desataron las guerras de independencia, que fueron guerras secesionistas de espacios que habían sido colonizados por los imperios lusitanos e hispanos. Pero como con el correr de los siglos la anacrónica metrópoli imperial hispana se encontró de repente invadida por una potencia vecina (Francia) y superada por una ideología revolucionaria (Liberalismo), sus espacios subalternos en América entraron en una efervescencia secesionista y en una frenética búsqueda de una identidad diferenciadora en los marcos institucionales del nuevo y moderno estado-nación.
Los espacios nacionales en proceso de secesión descolonizadora de un imperio multi-étnico y multi-nacional lindaban en el norte con la Nueva España (México), en el centro con la Nueva Granada y en el sur con el Río de la Plata (Alto Perú, Paraguay, y Provincias Unidas), quedando el Caribe con Cuba a salvo de esa ola irrefrenable. En esos espacios traumáticamente centrifugados se fueron dando nuevas unidades políticas que conformaron los estados-nación modernos, los que fueron liderados por nuevas elites, en estos casos elites cívico-militares laicas y liberales, una parte educada en las metrópolis. Más tarde, estas elites entraron en luchas fratricidas motivadas por diferencias acerca del modo de organizar los respectivos estados republicanos y federales. Entre esas diferencias asomó con fuerza primero la lucha contra la esclavitud. Luego se dio la lucha por la defensa del sufragio universal, la que dio origen al Radicalismo, y en la Argentina del siglo XX al Yrigoyenismo, un movimiento político centrado en un credo democratizador y en el liderazgo carismático de Hipólito Yrigoyen.
V.- Pretorianismo y fragilidad identitaria del estado (1930-76)

La fragilidad del estado a fines del siglo XX, que se acentuó antes y después de inaugurarse la Guerra Fría (1946-89), estuvo enmarcada dentro de un ciclo de decadencia, que tuvo su origen en la partición heredada desde los inicios del siglo XIX, y fue alimentada por numerosos eventos traumáticos (guerras, violencias separatistas, revoluciones, golpes de estado o putschs, magnicidios, exilios, suicidios, etnocidios) que entre otras secuelas prohibieron los partidos políticos, intervinieron las provincias y las universidades nacionales, y expulsaron a millares de docentes universitarios a distintos lugares del mundo occidental (putschs o golpes de estado).


Cada uno de estos fenómenos históricos padecía una distinta intensidad de traumatismo. El sometimiento colonial heredado de las guerras de conquista y el trauma esclavista heredado del tráfico y la trata de esclavos con África marcó la historia de la colonización americana con una violencia fundacional. Y la partición geopolítica heredada de las guerras de independencia marcó también el nacimiento y la identidad de los estados-nación con una violencia fratricida. Las violencias separatistas y anexionistas engendraron guerras fronterizas (Pacífico, Triple Alianza). Los suicidios políticos no se caracterizaron por producir exilio alguno pero si por generar golpes militares y regímenes pretorianos, tal fue el caso en Brasil del suicidio de Getulio Vargas y el posterior golpe militar de 1964. Por el contrario, los etnocidios se destacaron por generar intensos exilios internos. Y la corrupción generalizada por generar altos índices de emigración y autoexilios.23
La primera posguerra europea desató una profunda crisis, que en Brasil provocó una insurrección militar contra la Republica Velha, conocida como Tenentismo, y una rebelión castrense que culminó en la llamada Columna Prestes, y su correspondiente exilio en Bolivia y Argentina.24 Más luego, la crisis financiera de 1929 desató guerras fronterizas (Guerra del Chaco, entre Bolivia y Paraguay) y regímenes pretorianos.25 Estos últimos se manifestaban mediante golpes de estado, en Perú con el Oncenio de Leguía (1919-1930) que luego produjo el magnicidio de Sánchez Cerro (IV-1933); en Argentina con el Yrigoyenismo (1930) abonado con los suicidios del poeta Leopoldo Lugones (1938) y del orador político Lisandro de la Torre (1939); en Uruguay con el Batllismo clásico abonado con el suicidio del ex presidente Baltasar Brum (III-1933); en Bolivia con la Guerra del Chaco (1932-1935), el socialismo militar y el magnicidio de Gualberto Villarroel (VII-1946), detonantes de la ulterior revolución Boliviana de 1952; y en Brasil con el suicidio de Getulio Vargas (VIII-1954), verdadera causal del posterior golpe militar de 1964.
Y en América Central, las crisis desataron las particiones del siglo XIX, las guerras irredentistas, y los etnocidios del siglo XX: la matanza de Izalco, en El Salvador, durante la dictadura de Maximiliano Hernández Martínez en enero de 1932 (narrada por el malogrado Roque Dalton); la Guerra del Fútbol entre El Salvador y Honduras (1969), la masacre de indígenas en la Guatemala de Ríos Montt (1982-83), y la aventura irredentista de Malvinas en 1982.26 Y en el Caribe, el racismo dominicano contra los haitianos se manifestó crudamente en la Masacre del Perejil, durante la dictadura de Rafael Leónidas Trujillo en 1937.27
V-a.- Golpes militares y regímenes pretorianos (1930-76)
En el ciclo de decadencia política que siguió a la edad de oro de la modernidad republicana y de la Generación del 80 (1880-1916), los golpes de estado en Argentina acumularon una seguidilla traumática que duró medio siglo (1930-83). Esos golpes fueron contra Yrigoyen (1930), contra Castillo (1943), contra Frondizi (1962), contra Illia (1966), y contra Isabel Martínez de Perón (1976), aunque en todos los casos se referenciaron para con el primero, el del 6 de septiembre de 1930, el más vicario y traumático de todos, por el escarmiento que ocasionó en todo el continente.28 Y también, en todos los casos los golpes estuvieron combinados con salidas electorales condicionadas.
Entre los eventos traumáticos, los golpes de estado no fueron los únicos, pues también se dieron insurrecciones y revoluciones sociales. El caso argentino de 1955 no fue un putsch y se encuadró dentro de la categoría de insurrección cívico-militar, que si bien restauró la autonomía universitaria y fomentó la ciencia (creó el CONICET y el INTA), ilegalizó al partido justicialista y generó el exilio de numerosos funcionarios, legisladores y sindicalistas, amén del propio Perón.29 Pero el paradigma del exilio en América Latina se centralizó para la década del sesenta en el caso de Cuba, originado ya no en un golpe de estado sino en una insurrección anti-dictatorial que culminó en una revolución socialista. Este pasaje a una versión estalinista del bolcheviquismo expulsó a casi un millón de cubanos, en diferentes olas de emigrados, dirigidos principalmente a los EEUU, cada una de ellas muy diferentes entre sí, y que tuvieron lugar a lo largo de cuatro largas décadas.30
El golpe de Pinochet (1973), que interrumpió el exilio argentino en Chile iniciado en 1967, dio lugar a su vez a nuevos procesos de re-exilio y de compromisos políticos que resultaron funestos (pasajes a la clandestinidad y a la lucha armada).31 Y el re-exilio, como repetición de un fenómeno histórico traumático ya lo habían experimentado también los intelectuales paraguayos refugiados en Argentina desde la masacre de 1947; y los intelectuales colombianos desde el Bogotazo en 1948.32
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