Luis Alberto ambroggio



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Luis Alberto AMBROGGIO * :



BORGES Y DARÍO

Es interesante la relación paradójica de admiración y necesidad de innovación de Borges con respecto a Darío, voces y genios que coinciden en superar los límites de sus paises e Hispanoamérica con sus contribuciones a la literatura universal. Dos citas iniciales de Borges ilustran este tenso dinamismo. Por un lado dice: “Descreo de las escuelas literarias, que juzgo simulacros didácticos para simplificar lo que enseñan, pero si me obligaran a declarar de dónde proceden mis versos, diría que del modernismo, esa gran libertad, que renovó las muchas literaturas cuyo instrumento común es el castellano1. Y, por otro, en su ensayo "Ultraísmo"2 escribe: "la belleza rubeniana es ya una cosa madura y colmada, semejante a la belleza de un lienzo antiguo, cumplida y eficaz en la limitación de sus métodos y en nuestra aquiescencia al dejarnos herir por sus previstos recursos; pero por eso mismo, es una cosa acabada, concluida, anonadada".


Así los textos propios de Borges relacionados con la figura del nicaragüense como padre del movimiento modernista y lo que significó para la literatura, lanzan este ensayo. Bajo el título de “Maestro de maestros”, recurrimos a referentes precisos para este estudio discutiendo el trío Darío-Lugones-Borges que aporta un contexto más amplio y a la vez profundo de esta relación polivalente. Luego, el análisis de influencias como las de Poe, Whitman y lecturas de la literatura helénica en Borges y Darío, señala, con instancias claramente definidas, una veta más de convergencia-divergencia. Si bien esta ensayo se concentra en el género poético, aludiremos a la presencia de ambos maestros en la literatura de lo fantástico. Incurriremos incluso en un examen de afinidades en el gusto por escuelas de pintura y pintores, reflejado en sus poemas. Y, finalmente, a título anecdótico, pero como indicador de similitudes en manifestaciones de carácter y temperamentales, compararemos “coincidencias” en la forma y en el fondo de posturas y declaraciones “socio-políticas” de Darío y Borges, que demuestran la independencia, como característica idiosincrática de sus personalidades, de estas dos grandes figuras literarias, y cómo escapan a encasillamientos de ideologías, partidos o posturas de una u otra tendencia, a pesar de los intentos.
1. Darío según el propio Borges

En 1967, Borges que escasamente cita a Darío en sus obras escribe un “Mensaje en honor de Rubén Darío”, en el que destaca “los dones infinitos que nos ha legado con su ejemplo”. Y así como “Garcilaso nos trajo la entonación de Italia”, le debemos a Darío “la de Hugo, la del Parnaso y la del simbolismo” y más importante aún “su desgarrada y patética intimidad”. Resalta en su mensaje cómo Darío renovó la métrica y la prosodia, de manera tal que “auditivamente no ha sido superado, ni siquiera igualado”, reconociendo que “cuanto se ha hecho después, de este o del otro lado del Atlántico, procede de esa vasta libertad que fue el modernismo”. En palabras de Borges (citadas frecuentemente): “Todo lo renovó Darío: el vocabulario, la métrica, la magia peculiar de ciertas palabras, la sensibilidad del poeta y de sus lectores. Su labor no ha cesado ni cesará. Quienes alguna vez lo combatimos comprendemos hoy que lo continuamos. Lo podemos llamar liberador”.


Afirma Borges en otro de sus artículos3 que “el lugar de Darío es central. No es una influencia viva, pero un punto de referencia; un punto de llegada y de partida, un límite que se debe alcanzar o sobrepasar”.
A Harold Alvarado Tenorio le dice en una entrevista4: “todos somos hijos de Rubén Darío, todo procede del modernismo, al decir modernismo pienso evidentemente en su jefe, aunque desde luego ahí están los otros, desde luego ahí están Valencia, Lugones, Jaime Freyre, Amado Nervo, etc., podría mencionar muchos nombres… yo recuerdo haber conversado cuatro o cinco veces en mi vida con Leopoldo Lugones, y él desviaba la conversación para hablar de "mi amigo y maestro Rubén Darío", le gustaba reconocerse discípulo de Darío, y de algún modo, aunque lo que yo escriba no se parezca a Darío, Darío era dueño de una música que yo no puedo alcanzar, que no trato de alcanzar tampoco, sin embargo, sin duda, yo no escribiría lo que he escrito sin Darío, porque cuando por un idioma pasa alguien como Rubén Darío ya todo cambia…”
Conceptos que repite en la entrevista transcripta en la Revista Fractal5 “Creo que todos somos hijos del modernismo, es decir, descendientes de Freyre, Leopoldo Lugones y sobretodo de Darío... Darío era un ser maravilloso.... Creo que todo lo que se ha hecho después viene del modernismo. Pudimos, finalmente, sentirnos hartos de cisnes y lagos; los mismos modernistas se cansaron de ellos. Significó una gran libertad, un gran respiro para el lenguaje”.
2. “Maestro de Maestros” : trío Darío-Lugones-Borges.

La influencia de Leopoldo Lugones y por ende de Rubén Darío en la obra de Jorge Luis Borges es compleja, indiscutible y paradójica. Como en Lugones, en la obra de Borges, sus ideas estéticas cambiaron de forma extraña; y su relación va de ataques a disculpas. En 1937 Borges escribió, recordando una línea de Lugones: "No contemplábamos un ocaso vehemente sin repetir el verso: Y muera como un tigre el sol eterno. Yo sé que nos defendíamos de esa belleza y de su inventor. Hacíamos bien: teníamos el deber de ser otros”.


Pero como explica el Prof. Dr. Luis Veres6 “Borges, iniciado en la aventura ultraísta, repudiará gran parte de su obra de vanguardia centrada en la lucha contra el rubenismo, recociendo posteriormente los altos valores de la poesía del nicaragüense y realizando versos de muy distinta clase a los de sus años de trinchera en los manifiestos de Prisma”. Esta tensión entre el modernismo y su ruptura-dependencia de expresiones arcaicas e imágenes que Borges cataloga como triviales en Darío y Lugones, y el movimiento de innovación que empuja la vanguardia, es reflejada y compartida por ambos en su carácter de ser movimientos de avanzada. Darío es el liberador que tanto a Lugones como a Borges le sustenta la riqueza de su léxico, una adjetivación rigurosa y brillante, la innovación temática y metafórica, dentro

de una versificación estricta y amplia en sus expresiones clásicas, de verso libre o de prosa poética.7



Borges afirma en una entrevista con Fernández Ferrer : "Yo sólo soy un tardío discípulo de Lugones, en mi país que fue, a su vez, un tardío discípulo de Poe". Símbolos congregó. No los temía (Soneto a Edgar Allan Poe). Borges, como Lugones, y anteriormente Darío, se nutrieron del romanticismo tardío, especialmente de Hugo y Poe, no para repetirlo sino para superarlo con sus propias creaciones. Romanticismo que se caracteriza por su intelectualidad, preocupación social, actitud crítica metapoética, versatilidad y marcadas incursiones en el campo amoroso (como en Bécquer y otros) con una unidad infinita y tensionada. En palabras de Alberto Julián Pérez8, todos ellos, como otros escritores finiseculares, tuvieron que asumir la revolución romántica, para poder transcenderla en la renovación modernista (Darío y Lugones) y de vanguardia (Borges).

Traigamos a colación un “personaje” para ilustrar estas comunalidades diversificadas. En su ensayo sobre el Budismo, en el libro Siete Noches (1980), Borges cita los versos de Rubén Darío: “Yo fui un soldado que durmió en el lecho /de Cleopatra la reina…” (del poema “Metempsicosis” incluido más tarde en El canto errante), afirmando que es el poema “tal vez más hermoso de los suyos”. Leopoldo Lugones publica después en Las montañas del oro otra composición con el mismo título «Metempsicosis». En ambas creaciones el protagonista es Rufo: para Darío “Yo, Rufo Galo, fui soldado, y sangre…”; para Lugones, “sobre el filo más alto de la roca, - ladrando al hosco mar estaba un perro…”. Su nombre era Rufo. Y en el cuento “El inmortal” (El Aleph, 1949), Borges nos presenta a Marcos Flaminio Rufo, un hombre que transmigra por los tiempos. Este Rufo a su vez es precedido por el Rufe de Stevenson en The Silverado squatters (1883). Citando el análisis de Gerardo H. Pagés: “El Rufo de Borges no es devorado por los perros, como en Darío, ni sube hacia la boca del can para asimilarse en él. Ahora quien se metamorfosea es el servidor. el hombre de la tribu que había seguido a Rufo como un perro encontrado «en la boca de la caverna». La narración, que Borges supone hallada en un manuscrito, entre las páginas del último tomo de la traducción de la Ilíada hecha por Pope, al evocar la metempsicosis del pobre troglodita, suscita el recuerdo del poeta Ennio, que en el siglo II a. C. se creyó inspirado por el propio Homero (Anales, I, frag. 5), por lo que no faltó el escoliasta que afirmara que el cantor de la Ilíada había transmigrado en el de los Anales romanos (Schol. ad Pers. Prol. 2-3: Tangit Ennium qui dixit se vidisse per somnium in Parnaso”9


Otro aspecto de estas convergencias es la fantasía en la prosa poética que Darío transmite a las nuevas generaciones de escritores hispanoamericanos, nutrido de los “pequeños poemas en prosa” de Charles Baudelaire, (a estilo de los presentes en Azul) y que le llega a Borges a través de Leopoldo Lugones, quien lo ensaya en 1924 en Filosofícula, libro cuyo contenido complejo hace difícil su encasillamiento en un género determinado. Y en esta narrativa mítico-fantástica, una de las más singulares de Lugones y Borges, hay un elemento que comparten los tres: el interés y atracción por lo esotérico: el ocultismo (Lugones), el espiritismo-teosofismo (Darío), la Cábala y otros elementos de las teorías gnósticas (Borges). Dice el mismo Darío en su autobiografía “Como dejo escrito, con Lugones y Piñeiro Sorondo hablaba mucho sobre ciencias ocultas”.

Finalmente, las ya aludidas presencias comunes y grandes devociones de estos poetas, algunas de la cuales analizaremos con más detalle en la próxima sección: Homero, Dante, los Salmos, Victor Hugo, Edgar Allen Poe y Walt Whitman, constituyen la galaxia de estrellas líricas que influyen en las creaciones literarias de todos ellos en la primera mitad del siglo XX.



3. Influencias compartidas

La presencia de Grecia, de sus filosofías, expresiones culturales y referentes mitológicos, es preponderante en Darío y Borges. Pero, como dice Horacio Castillo, “el helenismo de Borges no es el exultante de Lugones, ni el de Hölderlin, ni el de Nietzsche; tampoco el decorativo de Darío o José María de Heredia”. Frente al romanticismo y vitalismo de Darío, “Borges fue fundamentalmente un sofista. Un sofista no en el sentido hostil que acuñó Sócrates, ni en el peyorativo de Platón y Aristóteles: sofista por la importancia atribuida a la retórica, el placer dialéctico, la sutileza, el culto de la paradoja y la pretensión de ejercer sobre todas las cosas un espíritu de revisión y de crítica. Como los metafísicos de Tlön, Borges no buscó la verdad, ni siquiera la verosimilitud: buscó el asombro, y hasta su estilo participa de esas connotaciones, es en última instancia un sofisma”10.

Los textos de Borges respiran en frecuentes referencias sus obsesiones con Kipling, Conrad, James, Stevenson, Poe, Swedenborg, por nombrar algunos de los principales, también podríamos añadir Pope, Blake, Emerson.

En este breve espacio, sin embargo, sólo nos concentraremos en algunos de los que afectaron, si bien de forma diferente, a Borges y a Darío.

El caso de Swedenborg ha sido estudiado en profundidad por Gustavo Gutiérrez en su ensayo "Swedenborg, visto por Darío y Borges"11. Atestigua Borges:
Yo escribí un prólogo a un libro sobre Swedenborg a instancias del Sr. Spiers, de la Fundación Swedenborg. Y tengo en proyecto (claro que a mi edad los proyectos son un tanto aleatorios) un libro sobre las tres salvaciones; la primera es la de Cristo, que es de carácter ético; la segunda es la de Swedenborg, que es ética e intelectual; y la tercera es la de Blake, discípulo rebelde de Swedenborg, que es ética, intelectual y estética, que se basa en las parábolas de Cristo, que él dice que son obras de arte... Lo conocí por Emerson. Porque Emerson tiene un libro: Representative Men. Ese libro está escrito un poco a la manera de On Heroes Heroworship and the Heroic In History, de Carlyle, que fue de algún modo su maestro.
En la prosa fantástica de Darío (El caso de la señorita Amelia) aparece Limbuz, el personaje demoníaco de Swedenborg. Ya en París, Darío se había familiarizado y asimilado a la teosofía de Swedenborg, como parte de su evolución desde el simbolismo hermético, luego de absober a Plotino y el ocultismo de Hugo.
A Borges, sin embargo, le interesaban los ángeles y demonios de Swedenborg y las transmigraciones fantásticas de estos personajes (Los teólogos, Las ruinas circulares), no como problema vital, como le inquietaba a Darío y a Lugones, sino como elemento literario.

Prescindiendo de otros nombres por el momento, podemos afirmar que Edgar Allan Poe (“The unhappy master”, lo describió Rubén Darío en Los raros; también aparece en Prosas Profanas), y Walt Whitman son los dos escritores norteamericanos del siglo XIX que, reconocidos por el mismo Darío, influyeron más en su obra. Los empezó a leer desde muy temprano en su vida y los integró en su obra poética y en sus ensayos, en el caso de Poe dentro de sus características de romanticismo y del universo de su imaginación y en el caso de Whitman, por su versificación, poética y contenido cultural. La relación de Darío y Whitman se ve ilustrada por el soneto que el mismo Darío le dedicó a Whitman a los 21 años.



WALT WHITMAN
En su país de hierro vive el gran viejo,
bello como un patriarca, sereno y santo.
Tiene en la arruga olímpica de su entrecejo
algo que impera y vence con noble encanto.
Su alma del infinito parece espejo;
son sus cansados hombros dignos del manto;
y con arpa labrada de un roble añejo
como un profeta nuevo canta su canto.
Sacerdote, que alienta soplo divino,
anuncia en el futuro, tiempo mejor.
Dice el águila: «¡Vuela!», «¡Boga!», al marino,
y «¡Trabaja!», al robusto trabajador.
¡Así va ese poeta por su camino
con su soberbio rostro de emperador!
(Azul, 1988)

Borges, por su parte, con su típico desdoblamiento, en 1969 escribe en el prólogo a Fervor de Buenos Aires (1923) , “Somos el mismo (aquel Borges y este Borges); los dos descreemos del fracaso y del éxito, de las escuelas literarias y de sus dogmas; los dos somos de Schopehauer, de Stevenson y de Whitman. Para mí, Fervor de Buenos Aires prefigura todo lo que haría después”. Borges recalca «la influencia irrecusable que los norteamericanos han ejercido y ejercen en la literatura europea», así como el alcance universal de Emerson , Walt Whitman y Poe.

Como en el caso de Darío, la admiración de Borges por Whitman, en especial, y la influencia del mismo sobre su obra se podría documentar con un sinnúmero de referencias; partamos con una de sus citas “Valery es el símbolo de Europa y de su delicado crepúsculo; Whitman de la mañana de América” (Otras Inquisiciones). Traduce sus Hojas de hierba y se apropia de su poética con la afirmación “Mientras tanto, no entreveo otra posibilidad que la de una versión como la mía, que oscila entre la interpretación personal y el rigor resignado" (Borges, 1991: p. 11). Se distancia –sin dejar de admirar el optimismo y “felicidad” de Whitman, porque en contraposición al Americano, la compleja confluencia de culturas en Borges no le permite tal posición, a pesar de su hedonismo literario. “Whitman hombre de infinitos inventos, simplificado por la ajena vision en mero gigante es un abreviado símbolo de su patria”, dice Borges. Antes había afirmado que “Su fuerza es tan avasalladora y evidente que solo percibimos que es fuerte”. (El Otro Whitman, Discusión 1932).

4. Modernismo y Vanguardia en la literatura de lo fantástrico

El género fantástico americano nace a partir de una pérdida de puntos de referencia espaciales y temporales, culturales y de la exploración de un orden nuevo. Se ha dicho que su misión consiste en dar cuenta de la ausencia considerada como objeto y que la proeza del texto fantástico es demostrar la nadería.


En esta esfera el trío Darío-Lugones-Borges se manifiesta abiertamente. Borges en su libro sobre Lugones, sobre su narrativa fantástica colindando con ciencia ficción, (Las fuerzas extrañas 1906, y Cuentos fatales,1924), literatura que considera el género más singular de Lugones, dice: “Como el de Quevedo, como el de Joyce, como el de Claudel, el genio de Leopoldo Lugones es fundamentalmente verbal... Períodos que en otros escritores resultan ostentosos y artificiales, corresponden en él, a la plenitud y a las amplias evoluciones de su entonación natural.". Y en el Epílogo de sus Obras completas (Emecé, tomo III, p. 506): “Pese a Las fuerzas extrañas (1906) de Lugones, la prosa narrativa argentina no rebasaba, por lo común, el alegato, la sátira y la crónica de costumbres; Borges, bajo la tutela de sus lecturas septentrionales, la elevó a lo fantástico”

Los cuentos en los libros citados arriba están influenciados esencialmente por el interés ya mencionado de Lugones por el ocultismo y espiritismo. Interés que Lugones compartió con Rubén Darío. Como hemos mencionado ya tal es El Caso de la Señorita Amelia de 1894, donde Rubén Darío incursiona por el esoterismo en la voz de su protagonista, el doctor Z. Según lo resume Vite Villamar12, dicho personaje describe el viaje de 20 años al que lo empujó su ambición de conocimiento, con la convicción de que la teosofía -doctrina que Helena Petrovna Blavatsky puso de moda a fines del siglo XIX- era la llave del conocimiento supremo. Habla de los años de duro aprendizaje sobre la sabiduría de la India y del Tibet, de la Cábala judía, de los textos de Swedenborg, de la Alquimia, etc. Ecos de Schopenhauber. El terror fantástico en algunos de los cuentos de Darío es destacable y resuena en la narrativa diversa y rica de Leopoldo Lugones en su búsqueda de lo sobrenatural en sus historias de horror, escritas, la mayoría, en los primeros años del siglo XX.

Estas características se prolongarán e intensificarán en la obra de Jorge Luis Borges, como él mismo dijo y como lo explica Alberto Julián Pérez, integrando estos elementos del simbolismo y la vanguardia en una síntesis ecléctica, sumamente provocativa, en donde la vieja estética del modernismo reaparece creativamente dentro de la nueva... para corregirla y proponer, así, una salida. En sus cuentos (como los de Historia Universal de la Infamia), Borges en lugar de inventarlos en su totalidad como lo hubiera preferido un vanguardista, obra por imitación, comentando irónicamente historias con intención paródica. Borges no ve la creación como un acto original e irrepetible para el escritor, sino como un «ejercicio en prosa narrativa». Los personajes de sus cuentos son impostores, presentándose lo extraño, raro, exagerando el color local, provocando en lo inesperado la sorpresa del lector13 . Así Borges se entronca con la tradición de la poética de la prosa establecida por los modernistas, específicamente Rubén Darío y Lugones.

5. Afinidad en la expresión poética de un arte pictórico definido

Como otro simple ejemplo de coincidencias veamos el aprecio tanto de Darío como de Borges por la obra de Alberto Durero (Albrecht Durer), figura predominante en el Renacentismo alemán . Borges de hecho le dedicó sonetos y en una de las paredes de su austero cuarto colgó el grabado Tod und Tuefel, que describe en su poema “Dos Versiones de “Ritter, Tod Und Teufel” (Elogio de la Sombra, 1969). Darío, por su parte, admiró la pintura del precoz pintor y grabador alemán, de anatomías exactas, uso efectivo de la geometría y rigurosa perspectiva. Su poema ‘Palabras de la satiresa’ están inspirados en uno de los más hermosos cuadros de Durero. Dice Alfredo Canedo14 que Darío vió “en la pintura de Durero el misterio del sol, de la selva y alegría, más los sátiros de la naturaleza humana y animal; todo confundido en este verso rubeniano: “Era una satiresa de mis fiestas paganas”


Además de su presencia en los sonetos arriba mencionados, la referencia a Durero es frecuente en los cuentos, ensayos y poemas de Borges. Uno de los más citados El enamorado con los versos:
Lunas, marfiles, instrumentos, rosas,
lámparas y la línea de Durero,
las nueve cifras y el cambiante cero,
debo fingir que existen esas cosas.
Más allá de estas referencias escriturarias, María Kodama ilustra con una anécdota de piel, lo que podríamos catalogar de simbiosis artística entre Borges y Durero. Atestigua María Kodama “nunca me voy a olvidar cuando se paró en la National Art Gallery delante de un autorretrato de Durero, a quien él admiraba; yo le dije "estamos frente al autorretrato de Durero", y él puso, digamos, el mismo gesto que Durero tenía en el retrato, y dijo: "Es el que está así", y era exactamente así. Entonces a mí me quedó para siempre, como una especie de fotografía, la imagen del autorretrato de Durero y Borges imitando el gesto de Durero en el autorretrato, una cosa increíble”.15
6. Coincidencias en sus controversiales posturas políticas

Tanto Darío como Borges, en sus ocurrencias, declaraciones, sarcasmos ideológicos (boutades), socio-políticos, eran provocadores con sus posturas polémicas, con una desfachatez que por igual incomoda a una y la otra parte del espectro de las ideologías. En ambos casos, como lo analiza y documenta elocuentemente Erick Aguirre16 sus opiniones sobre estos temas “fueron tan controversiales como las más intrincadas de sus narraciones o el más complejo de sus personajes”. Borges se pronuncia a favor de la guerra de Vietnam, emite opiniones grotescas sobre los negros, acompaña su rechazo por el comunismo con un menosprecio por los políticos y preferencia por un anarquismo “parecido al de Spencer”. La postura de aparente y superficial ignorancia de América Latina, como falta de cultura (cultura definida como europea o anglosajona), el desprecio de los indios, en contraposición –y no del todo-- a Darío y el aprecio con que Darío exaltaba la creación de las grandes culturas indígenas "Si hay poesía en nuestra América ella está en las cosas viejas, en Palenke y Utatlán, en el indio legendario, y en el inca sensual y fino, y en el gran Moctezuma de la silla de oro. Lo demás es tuyo, demócrata Walt Whitman", dice Darío en Palabras Liminares a Prosas Profanas (1896). Porque así Darío con esa última frase paradigmática, como Borges, revierte a un rechazo por la mediocridad cultural preponderante en la América Latina y mestiza, en la que según sus propias palabras había una absoluta falta de elevación mental en la mayoría pensante, a la que veía nutrida de personajes snobs y despistados: profesores, académicos, periodistas, abogados y poetas rastaquére. Darío también a veces se expresó en forma denigrante con respecto a los Negros (habla de “macacada” en Parisiana, 1907). Y, por supuesto, el apoyo reiterado de Darío por la gestión del general Zelaya. Borges y Darío, gigantes de las letras, comparten estos exabruptos, posiciones imbuidas en su educación familiar difíciles de justificar intelectualmente y paradójicas, que los colocan y descolocan como derechistas o rebeldes según los textos que se lean; el Borges que es crítico y víctima del peronismo, del fascismo, es el mismo Borges (o el Otro) que llega a justificar las dictaduras militares de Argentina y Chile. Como acota con agudeza el ensayista nicaragüense Erick Aguirre, en la gestión sandinista de Nicaragua:


Darío era proclamado aquí un héroe nacional y era colocado, junto a Sandino, como el gran pilar de nuestra identidad mestiza y antimperialista. Exaltado no mucho tiempo atrás por el aparato burocrático del somocismo, el Darío acrático, o más bien aristocrático de ninfas, cisnes, palacios y princesas, dió paso entonces al Darío de la Oda a Roosevelt, al celoso antimperialista, al profeta de la revolución latinoamericana. Pero las boutades del gran poeta que alguna vez declaró su confianza en las naciones que hacían contrapeso en la balanza a la fuerte y osada raza del norte, y que proclamaba con orgullo la mezcla española, chorotega y nagrandana que bullía en su sangre, no fueron quizás, menores que las barruntadas por Borges frente a la grabadora de algunos periodistas17.
Finalicemos con otra ilustración de estas posiciones aparentemente contradictorias, pero que en la explicación de Octavio Paz, no lo son por cuanto implican en su aparente desdén de lo existente la necesidad de enriquecimiento, modernización con nuevas visiones del mundo. Borges, en su empeño continuo por ostentar e ilustrar el cruce cultural del que somos un producto y manifestación, y su nacionalismo (criollismo), destacaba la obra de Ricardo Güiraldes, Don Segundo Sombra, libro preferido de los nacionalistas. Sin embargo, Borges insistía en señalar que esta obra a pesar de estar repleta de contenidos gauchescos, su trama, su fábula y su historia existían en Kipling y Twain y en las metáforas francesas, no dejando de ser por esto menos argentino.
7. Conclusión

Analizar las relaciones paradójicas de admiración, influencias y superaciones entre Borges y Darío es en sí una tarea compleja.

Parafraseando a Graciela Scheines 18, ambos conquistaron la eternidad, ese artificio maravilloso que nos libera de la intolerable opresión de la historia y como recurso existencial, autodefensa ante el deterioro de los seres y las cosas. Esa fue una de las obsesiones de Borges y logro de Darío. A pesar de no ser contemporáneos ni en su vida ni en su obra y de pertenecer a dos corrientes literarias diferentes, como hemos visto los dos genios tienen muchos puntos en común. A pesar de haber sido acusados de europeizantes, Darío es caribeño, adorador de su raíz indígenista y Borges es argentinísimo, dentro de sus culturas clásicas e influencias europeas. Ninguno sobresaldrá por su creación nacionalista, ni sus discutidas opiniones políticas, pero sí en el caso de Darío por sus mejores páginas en las que habla “de princesas tristes y castillos a orillas del Rhin, rubíes, picaflores, ninfas y sátiros, Pierrot y Colombina, emperatrices chinas, reinas magas, países azules, reinos de Iliria”, y en el caso de Borges por sus “relatos y poemas con cuchilleros y cautivas”, y sus cuentos chinos, sus reyes y sus laberintos, el aleph, Babilonia, Tlön y Uqbar y sus obsesiones por la poesía japonesa y la lengua anglosajona”.

Los temas que abordan tanto Borges como Darío son universales pero respiran curiosas coincidencias, sin embargo los caprichos y vestimenta de sus lenguajes individuales, los diferencian. No se puede concebir la obra de Borges sin Buenos Aires; ni la de Darío, sin Nicaragua.



Sirvan de párrafo final las comparaciones de Graciela Scheines 19 que ilustran plásticamente estas coincidencias-diferencias entre Darío y Borges. “Borges hace un inventario de obras de arte donde la rosa aparece como leit motiv. Darío describe su color, juega con su perfume y su textura. Borges escribe textos despojados, casi sin adjetivos, inteligentes. Eruditos. Máquinas de relojería rigurosamente controladas. Darío desborda en un lenguaje exuberante, luminoso, expresivo. Enjoyado. Preciso y selvático al mismo tiempo. Borges escribe desde la ciudad-puerto rodeada de vacío: la pompa, el desierto patagónico. Literatura urbana, de claustro, de biblioteca. Darío escribe desde el paraíso caribeño dotado, saciado de sí mismo como andrógino. Opulencia vegetal, la piedra y la espesura que precede al primer hombre sobre la tierra. Borges filosofa sobre las rosas. Darío las celebra”.
Ponencia leída en la Hofstra University, Nueva York, 2006.
* Luis Alberto AMBROGGIO, poeta, ensayista y crítico es miembro de la Academia Norteamericana de la Lengua Española.
(FDP108)
[POESÍA ARGENTINA] [POESÍA NICARAGÜENSE] [DARÍO, RUBÉN] [BORGES, JORGE LUIS] [AMBROGGIO, LUIS ALBERTO]
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1 Jorge Luis Borges, "Prólogo" a “El oro de los tigres” en Obras Completas, Barcelona, Emecé Editores, 1996, Tomo II

2 Jorge Luis Borges, “Ultraísmo”, Revista Nosotros, Buenos Aires, 1921, pp. 466 y 467

3 Citado por Daniela Villacres, Ruben Dario (1867-1916), 2000

4 Harold Alvarado Tenorio, Lecturas Dominicales, El Tiempo, 18 de Octubre de 1981

5Jorge Luis Borges, "La literatura de mis días" Fractal n° 7, octubre-diciembre, 1997, año 2, volumen II, pp. 63-88.

6 Luis Veres, “Sobre las palabras de Borges y Lugones”, Espéculo, Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, 2003.

7 Añade Luis Veres en su artículo: “Sobre las palabras de Borges y Lugones”, Espéculo, Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid, 2003: “… la similitud de ambos autores reside ante todo en esa inquietud propia de la vanguardia por lo novedoso. Ambos, indiscutiblemente, fueron dos innovadores: Lugones, como puente entre el modernismo y el movimiento de avanzados, reunido en torno al círculo martinferrista, tal como lo sitúa Nelson Osorio y Borges como exponente pleno del vanguardismo argentino y como creador de un nuevo tipo de relato. Como Cervantes, Joyce, Proust o Kafka, el lector obtiene la impresión de que en sus libros se concentra la densidad de toda la literatura. Sin embargo, esta afinidad creo que sugiere unos orígenes que hay que buscar principalmente en dos autores: Darío y Walt Whitman”.

8 Alberto Julián Pérez, “Los comienzos poéticos de Darío, Romanticismo y Parnaso”, Anales de la literatura hispanoamericana, No. 21, Universidad Complutense, Madrid, 1992.

9 Gerardo H. Pagés, “Recurrencias”, Anejos del Boletín de la Academia Argentina de Letras, Anejo I, Homenaje a Jorge Luis Borges, Buenos Aires, 1999, p 156.

10 Horacio Castillo, “Borges y Grecia”, Anejos del Boletín de la Academia Argentina de Letras, Anejo I, Homenaje a Jorge Luis Borges, Buenos Aires, 1999, pp.69-70.

11 Crisol 6, Marzo 1987: pp. 51-56.


12 Carlos Esteban Vite Villamar, Literatura fantástica de horror en México, 4.4.- “El tenebroso misticismo de Rubén Darío y la zoofobia de Leopoldo Lugones”.

13 Alberto Julián Perez, “Los comienzos poéticos de Darío, Romanticismo y Parnaso”, Anales de la literatura hispanoamericana, No. 21, Universidad Complutense, Madrid, 1992.


14 Revista de Música Culta, Filomúsica, No. 50, Marzo 2004.

15 Entrevista con Ivonne Sánchez, 2 de septiembre de 1999.

16 Erick Aguirre, Boutades profanas de Jorge Luis Borges, Diálogo, Convergencias y Divergencias, p. 3.

17 Erick Aguirre, o.c., p. 3

18 Graciela Scheines, El Nuevo Diario, Lunes 30 de Agosto de 1999 | Managua, Nicaragua

19 “Basta hablar de rosas. Jorge Luis Borges, La busca de Averroes. Averroes, traductor de Aristóteles, va a una reunión en casa de la alcoranista Farach. Hay muchas personas, todas cultas, y algunos viajeros. Hace calor. Abren las puertas que dan a un jardín espléndido, lleno de rosas. Empiezan a hablar de rosas. Uno cita al doctor Ibn Qutaiba, quien describe una variedad de los jardines del Indostán cuyos pétalos, de rojo encarnado, presentan caracteres que dice: “No hay otro dios que el dios”. Otros hablan de una rosa tallada en la piedra de antiguos monumentos, de rosas inventadas por poetas, de las que decoran los cármenes andaluces. Nadie mira las rosas verdaderas que embalsan el aire. Rubén Darío, Bouquet: “Sus pétalos aterciopelados -escribe- tienen la forma de un amorcillo. Arrojados en la copa, sus pétalos perfuman el vino. De rosa son hechos los brazos de las ninfas y los dedos de la aurora. Es la mejor urna de rocío, la mejor copa del pájaro y la rival más orgullosa de tus mejillas rosadas. Stella -le canta a una niña-, flor viva, tiene en los labios una rosa diminuta. La púrpura de la rosa se avergüenza de la sangre de la boca”. Graciela Scheines, El Nuevo Diario, Lunes 30 de Agosto de 1999 | Managua, Nicaragua







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