Lunes, 4 de febrero de 2008



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Aula de Cultura ABC

Fundación Vocento



Lunes, 4 de febrero de 2008

Los viejos y los nuevos españoles


D. Tom Burns Marañón

Historiador y periodista

Yo quisiera hacerles una pregunta a todos ustedes, que han tenido la amabilidad de acudir a esta conferencia; y la pregunta tiene que ver con la España de ayer, la España de hoy y la España de mañana; y tiene que ver con los comienzos del reinado de D. Juan Carlos y con lo que serán en su día los comienzos del reinado futuro de D. Felipe; y la pregunta es la siguiente: ¿quién se enfrentó o quién se enfrentará a un mayor y más difícil reto para consolidar la monarquía en España: D. Juan Carlos, cuando en 1975 sucedió al General Franco a título de Rey o, por el contrario, será el reto mayor para el príncipe de Asturias cuando en su día -y Dios quiera que sea lejano- suceda a la corona de España como Felipe VI? Entonces, yo les pediría por favor que levanten la mano quienes creen que fue D. Juan Carlos quien se enfrento a mayor reto; que levanten la mano quienes creen que fue D. Juan Carlos el que tuvo el mayor reto. Ahora levanten la mano quienes creen que será D. Felipe a quien le aguarda un mayor reto. Es lo que me suponía. D. Felipe, el Príncipe de Asturias lo tiene más complicado.

Y esto, si lo piensan, es realmente paradójico, porque D. Felipe es el primer Príncipe de Asturias desde Carlos IV -hace más de 200 años-, que en la edad de su padre, un reinado en paz y sucederá Don Felipe a un reinado exitoso, Carlos IV sucediendo a Carlos III. Todos sabemos de los vaivenes de la Corona en España desde comienzos del XIX y no lo son menos los de los Príncipe de Asturias. Es paradójico que consideremos muchos, la gran mayoría de los que estamos aquí, que el actual Príncipe de Asturias lo tenga, digámoslo, más complicado. Don Felipe de Borbón y Grecia es el único Príncipe de Asturias en el último siglo que si los tiempos y las autoridades no lo impiden -y Dios no lo quiera- tiene el camino despejado para heredar de su padre el Rey, una corona constitucional. Y esto es rigurosamente cierto, si lo piensa.

Don Alfonso de Borbón y Battengberg, el tío abuelo de Don Felipe, ostentó el título cuando Alfonso XIII, después del golpe del general Primo de Rivera, en 1923, había convertido la corona en una institución aconstitucional y el abuelo de Don Felipe, Don Juan, fue nombrado Príncipe de Asturias en 1933, sucediendo a Don Alfonso, su hermano mayor que había renunciado a su derechos dinásticos cuando la familia real estaba desterrada y España era una república. Don Juan Carlos dejó de ser príncipe de Asturias en 1969, cuando aceptó ser sucesor del general Franco a título de rey y asumió el título de Príncipe de España. D. Felipe, sin embargo, tenía 10 años en 1978, cuando su padre que a comienzos de aquel año había cruzado el umbral de los 40, sancionó la Constitución de todos los españoles. que convirtió a España en una monarquía parlamentaria. Por todo ello, Don Felipe de Borbón y Grecia es el primer príncipe de Asturias que heredará una corona constitucional. Recuérdese que Alfonso XIII, el bisabuelo de Don Felipe, no fue nunca príncipe de Asturias, porque nació hijo de póstumo y, por lo tanto, nació rey. Al cumplir los 16 años Alfonso XIII juró la constitución que había pilotado Antonio Cánovas del Castillo, que había sancionado su padre Alfonso XII, y que marcó la restauración de la dinastía Borbón a la corona de España.

Pero volvamos ahora a la pregunta que les hacía. Lo tendrá más complicado, más difícil el príncipe de Asturias cuando le toque ser Rey que lo tuvo D. Juan Carlos cuando sucedió al General Franco. La tesis que quisiera compartir con todos ustedes esta tarde es que la corona tuvo una evidente y ejemplar utilidad para la consecución en muy poco tiempo y en paz de un régimen de libertades de una democracia liberal. Este es el punto número uno. El punto número dos es, que consolidada ya esa democracia, la utilidad de la corona es ya más bien difusa: comienza a escucharse monarquía para qué. Veamos con algo más de detalle. Al morir el General Franco una mayoría de españoles pensaba que la corona era necesaria. Cuando tres años después Don Juan Carlos sancionó la Constitución de todos, la Constitución de 1978, la inmensa mayoría de españoles cayó en la cuenta de que la corona representada por Don Juan Carlos, más que necesaria providencial. Don Juan Carlos había sido el piloto del cambio político según la acertada frase de ese -y lo digo con admiración- de José María Areilza. Los españoles votaron masivamente a favor de la Constitución en el referéndum del 6 de Diciembre de 1978 y la Constitución declaraba que la forma del estado español era y es la monarquía parlamentaria.

Lo que yo percibo es que esa corona, tan necesaria y más que necesaria, provindencial, ya no lo es tanto. Lo que yo percibo es que el discurso es más o menos el siguiente: “Gracias, D. Juan Carlos, usted fue provindencial, pero su corona ya no nos es necesaria; nos podemos valer por nosotros mismos. Así que, por favor, dimita ante el aplauso generalizado y muy agradecido y haga mutis por el foro y, por descontado, no perdamos el tiempo pensando en que su hijo le vaya a heredar. La Jefatura de Estado de un país laico, moderno y urbano, entrado el siglo XXI, no es ni puede ser un asunto familiar o, si se quiere, dinástico”. Este es el discurso de los monárquicos-republicanos o, digamos, los claramente de los juancarlistas, que tienen poco o nulo afecto por la institución de la corona. Es el discurso de los que se representan a Don Juan Carlos como un rey para los republicanos y hablan de una republica, que es coronada, al menos de momento.

Ante todo y sobre todo, es el discurso de quienes creen que la auténtica fuente, digámoslo, la única fuente de legitimidad democrática es la república que fue proclamada el 14 de abril de 1931 y que fue abatida por la rebelión militar que se inicia el 18 de julio del 36. No creo que afirme ninguna estupidez sectaria si les digo que este discurso pertenece al actual presidente de gobierno y que es lo que ha animado y lo que anima la Ley de Memoria Histórica. A poco más de un mes de las elecciones se pueden decir muchas cosas, y de hecho se dicen, de la legislatura que ya está agotada. A mí lo que más me ha interesado de los últimos cuatro años ha sido el entusiasmo del gobierno, y muy especialmente de su presidente, por revisitar la Segunda República, ensalzar a los vencidos de la guerra civil y a los resistentes del franquismo y construir una nueva narrativa de la transición política desde el franquismo a la democracia. El entusiasmo por festejar lo buenísimo de la Segunda República, obviando cualquier sombra de aquel régimen, ha sido acompañado por el ejercicio de borrar eficazmente de la memoria colectiva cualquier matiz positivo de la figura de Franco. Esto último, aunque no menos sectario y poco respetuoso con el pasado, tiene una aceptación generalizada -tal ha sido el revisionismo junto con un correctísimo sentido revanchista-, que seguirá que jamás hubo un solo franquista en España y que el país entero estaba volcada en la oposición a un dictador que murió ya muy anciano en la habitación de un hospital de la Seguridad Social.

Uno de los varios manuales que han sido publicados para orientar a los docentes que impartirán la asignatura llamada Educación para la ciudadanía explica lo siguiente de Franco: fusiló a varios centenares de miles de personas, encarceló, torturó y amedrentó a dos generaciones y que cuando murió sus verdugos se sentaron a discutir y regalaron a la población española una transición democrática. Este manual no sé si va a ser muy empleado, pero, en fin, no sé si es representativo, pero, en fin, ahí está y puede ser un aviso para navegantes. Lo publicó una editorial minoritaria.

A nadie se le escapa, al menos a mí no se me escapa, que al denigrar y derrumbar la figura de Franco se puede, sin esfuerzo alguno, elevar el tiro para denigrar y derrumbar la de D. Juan Carlos I. No se puede negar que el franquismo que como todo régimen salido de una guerra civil fusilaba, encarcelada, torturaba y cometía todo tipo de tropelías fue la peana. El franquismo fue la peana sobre la cual se alza la actual monarquía. Creo que hay que ser muy claro en este punto y, desde luego, fue muy claro Esteban Bilbao, a la sazón Presidente de las Cortes, que en 1947 aprobaron la ley de sucesión que convirtió España en un reino y otorgó a Franco la facultad de nombrar su sucesor a título de rey siempre que este fuese español, mayor de 30 años, católico, de estirpe real y dispuesto a jurar por supuesto fidelidad a las leyes fundamentales y a los Principios del Movimiento. D. Juan, conde de Barcelona, afirmo desde su exilio en Estoril que la Ley de Sucesión era una nueva ficción constitucional, pero se equivocó; lo que decidía Franco no era ninguna ficción; lo que decidía Franco se convertía en hechos.

Quien entendió perfectamente la jugada fue Esteban Bilbao, el presidente de aquellas Cortes, llamadas orgánicas. Si la monarquía ha de venir, decía Bilbao en aquellas fechas, ha de venir con Franco o no vendrá. Y la monarquía vino, como todos sabemos, porque lo decidió Franco, nombró a Don Juan Carlos su sucesor en 1969, al año de cumplir el heredero de Don Juan y hasta entonces príncipe de Asturias, 30, y al año de nacer Don Felipe. Al aceptar ser el sucesor de Franco y jurar fidelizar a las Leyes Fundamentales y a los Principios del Movimiento, D. Juan Carlos, como todos sabemos, rompió el orden dinástico y de sucesión y asumió los derechos que legítimamente pertenecían a su padre. Con su juramento se proyectaba como rey de lo que se llamaba una monarquía de nueva planta, también la monarquía del 18 de julio y como encarnación de lo que el franquismo pomposamente llamaba la coronación del proceso político del Régimen.

No quiero aburrir con citas y documentación, que en cualquier caso está en el libro que hoy les presento, pero sí quisiera detenerme en la carta que Don Juan Carlos escribió a su padre en julio de 1969 y que fue entregada en mano al conde de Barcelona, en Estóril por el marqués de Mondejar, jefe de la Casa del Príncipe. Don Juan Carlos quiso que su padre supiese por él, antes de por nadie, la decisión de Franco de nombrarle sucesor y la suya de aceptar el nombramiento y escribió el Príncipe: “el momento que tantas veces había repetido que podía llegar, ha llegado y comprenderás mi enorme impresión al comunicarme Franco, su decisión de proponerme a las Cortes como su sucesor a título de Rey. Te quiero muchísimo, -le escribió el príncipe a su padre-, y he recibido de ti las mejores lecciones de servicio y de amor a España; estas lecciones son las que me obligan como español y como miembro de la dinastía a hacer el mayor sacrificio de mi vida y, cumpliendo con un deber de conciencia y realizando con ello lo que creo que es un servicio a la patria, aceptar el nombramiento para que vuelva a España la monarquía y pueda garantizar el futuro a nuestro pueblo con la ayuda de Dios muchos de años de paz y de prosperidad”. Don Juan Carlos se despidió de su padre “pidiendo con toda mi alma tu bendición y tu cariño”.

No hizo ninguna alusión a la coronación del proceso político del Régimen, ni mucho menos le dijo a su padre que se identificaba con la ideología y la parafernalia del franquismo. No escribió tales cosas por la sencilla razón de que lo primero no era su meta y lo segundo no era cierto. Al contrario, en un claro guiño a la bandera liberal que enarbolaba, aunque no siempre dijo que de él, de Don Juan había aprendido las mejores lecciones de servicio y de amor a España, esas mismas lecciones según Don Juan Carlos le obligaban a hacer el mayor sacrificio de su vida; sacrificio que no era otro que suceder a Franco. Esta carta que les he citado con un poco de extensión es un texto a mi juicio lleno de sentimiento y sobre todo de sentido. De haber dicho el Príncipe que no, Franco no hubiera tardado mucho en nombrar sucesor al primo del príncipe D. Alfonso de Borbón Dampierre, cuya candidatura era abiertamente apoyada por los azules del régimen frente, a la candidatura de D. Juan Carlos, que era apoyada por Laureano López Rodol, los tecnócratas y los llamados aperturistas. Pero Don Juan montó en cólera y exigió la devolución de la placa del príncipe de Asturias.

El periodo de 1969 a 1975 fue enormemente duro para Don Juan Carlos. Fueron sus años de silencio y de su sigilosa preparación para liderar la normalización política de España. La meta de la normalización no fue dibujada por ningún dirigente de la oposición antifranquista, la tolerada y la clandestina -yo en esa época les conocí prácticamente a todos-, sino fue expresada por un joven del movimiento y del aparato franquista. La meta la expresó, con sentimiento y elocuencia, Adolfo Suárez. el Ministro Secretario General del Régimen en el gobierno de Carlos Arias Navarro, a los seis meses de la muerte de Franco. Muchos de ustedes, seguramente, recordarán perfectamente el discurso de Suárez a los procuradores de las cortes orgánicos. “Vamos, sencillamente, a quitarle dramatismo a nuestra política -dijo Suárez-, vamos a elevar a la categoría política de normal lo que en la calle es sencillamente normal”. El mes siguiente Suárez fue nombrado Presidente de Gobierno por el Rey, en sustitución de Carlos Arias, y la transición política comenzaba. La transición que contaba con el apoyo entusiasta de quienes se dieron a conocer como los jóvenes reformistas del régimen.

Entonces, así llegamos a ese fenomenal reto de Don Juan Carlos, el reto de suceder al General Franco y pilotar el cambio hacia una democracia de corte europea. Y también el reto de mantener la corona. Y esto requería la atención por Don Juan Carlos de una legitimización para ser rey, distinta a la única que tenía en aquel momento, que era la que tenía legitimización de las Leyes Orgánicas del régimen como sucesor de Franco. De hecho Don Juan Carlos obtuvo dos legitimizaciones: la que todo el mundo tiene presente, que es la que emana de la Constitución del 78 -además de ser una democracia de corte europea, España sería una monarquía parlamentaria-, pero antes hubo otra y esta me interesa y en este proceso no intervino el pueblo español votando masivamente en el referéndum, sino una sola persona, y esa persona fue Don Juan de Borbón y Battenberg, conde de Barcelona, heredero de Alfonso XIII y jefe de la Real de la Casa Real española.

Cuando el príncipe de España se convirtió en Juan Carlos I quedaba un cabo suelto que, desde el punto de vista monárquico, no era de ningún modo baladí. A los españoles, que a la muerte de Franco querían la democracia y en paz y el encontronazo sobre la legitima sucesión de la corona les daba exactamente igual, pero a los Borbones, a Don Juan Carlos y al conde de Barcelona, su padre, no. Don Juan estaba plenamente dispuesto a abdicar sus derechos a favor de su hijo. Esto se lo cuento porque, tiene su gracia, lo quiso hacer con una gran ceremonia, incluso se le ocurrió hacerlo en la cubierta del portaaviones Dédalo que en aquella época era el buque insignia de la armada, con el ataúd de Alfonso XIII, traído desde Roma, en el centro de la cubierta, el Rey y sus ministros. El rey Don Juan Carlos de un lado y Don Juan y sus consejeros de otro lado. El Dédalo estaría anclado frente a la costa de Cartagena, que fue la que vio salir a Don Alfonso XIII camino del desierro y después de la ceremonia, en la cual Don Juan iba a renunciar en sus derechos y abdicar a favor de su hijo, el ataúd del rey Alfonso XIII, el rey destronado, seguiría camino, con igual pompa, al monasterio de San Lorenzo del Escorial y al panteón real.

A nadie, salvo a Don Juan, le gustó la idea de este happening real. Al inteligente José Mª Areilza, hombre de tantas conspiraciones monárquicas y a la sazón ministro de exteriores en el primer gobierno de Don Juan Carlos, la ceremonia del Dédalo un Sagunto naval al revés, siendo Sagunto el lugar donde tuvo lugar el pronunciamiento militar que puso fin a la Primera República y restauró la corona en la persona de Alfonso XII. No convenía, evidentemente, en los albores del reinado de Don Juan Carlos, enfocar de una manera tan directa los vaivenes de los Borbones, de una dinastía que tan pronto llega por la acción de un general llamado Martínez Campos, como se marcha porque se proclama una república, o como vuelve de nuevo, gracias a otro general llamado Franco. Al final, en el palacio de la Zarzuela, ante la presencia de los miembros de la familia real y de pocos más, Don Juan, Conde de Barcelona, se puso de un taconazo en posición firme, delante de su hijo Juan Carlos I y renunció en su favor a los derechos sucesorios que él había recibido de su padre en Roma en 1941, justo antes de morir Alfonso XIII. Al acabar, emocionó Don Juan a los presentes, exclamando: “¡Majestad, por España, siempre por España!”. El acto tuvo lugar el 14 de mayo del 77, a un mes de celebrarse las elecciones en España; las primeras elecciones en España desde el tiempo de la Segunda República, y pasó prácticamente desapercibido.

Decía hace un momento que el reto de Don Juan Carlos al morir Franco fue fenomenal y así fue. Él mostró una capacidad de Rey, de medir y asumir riesgos y de ejercer con decisión y liderazgo fuera de lo común y que la historia reconoce y reconocerá. También introduje al comienzo de esta conferencia la idea de que el reto de Don Felipe -y ustedes parecen que están de acuerdo- es aun mayor y más complejo y a esto me referiré más adelante. Estamos ahora con Don Juan Carlos y quisiera constatar que si bien el joven rey se enfrentaba con un gran reto, tenía mucho a su favor. De entrada, como sucesor de Franco, todos los poderes, y además el apoyo incondicional de hombres como Suárez y Martín Villa. Estos reformadores jóvenes del régimen que estaban más que dispuestos a colaborar con la transición a una pluralidad política. A la vez, el Rey contaba con una sociedad que quería la democracia pronto y la fiesta en paz.

A mi juicio, Don Juan Carlos no fue en último término ni el heredero de Don Juan ni el sucesor del general Franco. Por estar en el sitio adecuado a la hora adecuado Don Juan Carlos fue el representante consensuado de un relevo generacional. El Rey, a sus 37 años, fue el representante de una nueva generación de españoles que miraba el futuro, que quería normalidad, un cine sin censura, la minifalda, la píldora, una paridad con Europa y tantas aspiraciones más. Y siendo esto, con mucho, más importante, una generación de españoles que estaba decidida a no repetir los errores de sus padres.

Creo que es muy importante recordar también que España, la España que sale del franquismo, tuvo por primera vez en su historia una amplísima clase media. Se olvida que la renta per cápita en España al morir Franco representaba el 77% de lo que era la media de lo que entonces se llamaba el Mercado Común -los siete ricos de Europa, el club privilegiado de los países más potentes de Europa- y España no volvería a alcanzar este nivel de prosperidad hasta mucho, mucho tiempo después, hasta antes de ayer. El Rey estaba en perfecta sintonía con esa España, que ya disfrutaba de bienestar material y que, solamente, exigía la normalidad política. Es así a mi juicio que nace el “juancarlismo”.

La historia está llena de paradojas, de paralelismos, complicidades y, también, de sorpresas; y por eso el estudio de la historia es tan fascinante. Piensen en lo siguiente: si el 14 de abril fue necesario echar a España a Alfonso XIII para recuperar las libertades públicas, el 20 de diciembre de 1975 fue necesario acudir al nieto de aquel rey que habían echado, para recuperar esas libertades públicas de nuevo. Miren la paradoja, o piensen esto: a los cinco años de proclamada la República, en ese 14 de abril tan alegre, a los cinco años de estrenarse esa Segunda República, hay un golpe militar que divide a España en dos, y está la guerra fraticida que dura tres años y que todos perdieron. A los cinco años de estrenarse el reinado de Don Juan Carlos hay otro golpe militar, el 23 de febrero del 81, pero ese golpe fracasa, une a España como a una piña y fortaleció no solamente a la democracia sino que consolidó y de qué manera la figura de Don Juan Carlos y de la monarquía o el juancarlismo.

A la postre, la legitimización de Don Juan Carlos no es por supuesto la Ley de Sucesión de Franco ni tampoco, a mi juicio, es el derecho hereditario de un dinastía reinante, Creo, incluso, que ni siquiera es la formulación de la constitución del 78, según la cual España, o el estado español, es una monarquía parlamentaria. La legitimización popular llega con la actuación de Don Juan Carlos el 23 de febrero el 81. Hace unos años me dijo Leopoldo Calvo Sotelo, cuya investidura fue interrumpida, como sabemos, por el golpe aquel de Tejero tan rudamente, me dijo algo que nunca he olvidado; lo que me dijo Calvo Sotelo es que Don Juan Carlos es el único -y creo que lo cito bien- el único Rey contemporáneo que ha ganado el trono como se lo ganaban sus antepasados en la Edad Media. Igual que ellos, gana el trono en una batalla. Le gusta mucho a Calvo Sotelo decir estas cosas. Lo que venía a decir Calvo Sotelo es que Don Juan Carlos era Rey, no solamente por legitimidad de origen -en su caso de doble origen por Franco y por Don Juan-, sino que lo era también por legitimidad de ejercicio.

De acuerdo con esa distinción -origen y ejerció- tan clásica de las dos legitimidades, que tanta polémica levantó en el XIX. Don Juan Carlos fue investido por la legitimidad de ejercicio gracias a su actuación frente al golpe o, si se quiere, durante la batalla. La legitimidad de ejercicio es afin a la popular y es la que reconoce y refrenda un pueblo que quita y pone señores diciéndoles, como se decía en el medievo, “vos no sois más que nos”, y esto es el juancarlismo, su presencia, su legitimidad y su vigencia.

Y esto es lo que constituye el reto de Don Felipe, el Príncipe de Asturias: no sucede a una corona, hereda el juancarlismo, sucede al juanarcarlismo. En España no hay monárquicos, es decir, no existe una amplia franja en la ciudadanía que valore de manera altamente positiva la institución de una corona constitucional. Por el contrario, hay una inmensa mayoría que aplaude y vitorea a Don Juan Carlos. Esta enorme y merecida admiración por el Rey, les aseguro, me alegra muchísimo, pero lo primero esa ausencia de valoración por la corona me preocupa. Para explicar esta preocupación quisiera referirme a la República. Y de nuevo estamos ante esas paradojas y paralelismos que nos brinda la historia, iniciada la Segunda República Don José y Ortega y Gasset y otros que comulgaban con él, se lamentaban de la ausencia de una llamémosla “Tercera España”, docta, laica, decente, progresista, positivista, republicana, que podría haber consolidado alegremente y con plena normalidad el régimen republicano. Este régimen había surgido, según explicó Ortega con su inconfundible pluma y con su sencillez, de la plenitud de liberación con que se producen los fenómenos biológicos, como en mayo brotan las hojas por las ramas del olmo y engorda la espiga sobre la caña.

La alegría y la normalidad del 14 de Abril duraron, como todos sabemos, poco. A los escasos cinco meses, Ortega ya escribía a una cantidad inmensa de españoles que colaboraron en el advenimiento de la República con su actuación y con su voto y, con lo que es más eficaz que todo eso, con su esperanza: “se dicen ahora desasosegados y descontentos; no es esto, no es esto”. A mí lo que más me interesa en la rectificación de la república de Ortega es cuando advierte que el advenimiento del nuevo régimen no significa el triunfo de una teoría republicana. Recuérdese, dice Ortega, que la republica ha triunfado en España. Cuando en España había dejado de haber republicanos -se refería a los de la Primera República-, triunfo la República porque echó a Alfonso XIII, pero triunfó sin tener una teoría republicana y sin contar con lo que Ortega consideraba republicanos.

Cinco años después fracasó esa Republica por esas mismas ausencias. Seguramente esto no es lo que cuenta en la memoria histórica que construye la actual corrección política, pero esto es lo que sabe cualquiera que ha estudiado esa época de la República con algún rigor. Me he detenido en esta reflexión porque pienso que la segunda restauración de la monarquía ha triunfado en el sentido de que el reinado de Don Juan Carlos dura ya 32 años, pero ha triunfado sin teoría monárquica y sin monárquicos. Y esto es lo que me lleva a afirmar que lo que ha triunfado es el juancarlismo.

¿Qué entiendo yo por teoría monárquica? Pues les diría lo siguiente. La corona, como institución, es consustancial a la personalidad histórica de España, la corona representa la unidad de la nación y su pluralidad territorial y garantiza la continuidad del estado en su tradición y en su progreso. Otros experimentos políticos, repúblicas, “dicta-blandas”, “dicta-duras” han fracaso. La corona, que en la historia contemporánea es una corona constitucional al frente de una monarquía parlamentaria, no ha fracasado. La corona forma e informa el mobiliario español, la corona conforma el país y el paisanaje de la nación. Don Antonio Fontán, hombre leal a la institución de la corona donde los haya, lo dijo muy sucintamente: España o es un reino o es un barullo.

¿Y qué entiendo yo por monárquicos? A estas alturas de la película, los monárquicos no son una aristocracia de rancio abolengo, que se agrupa en torno al trono en una corte, desde luego, no constituyen un partido político tradicional de derechas, católicos por más señas. No, los monárquicos del siglo XXI ni deben ni pueden ser ni son nada de eso. Ser monárquico en España hoy consiste en reconocer que la corona hereditaria y constitucional es útil y eficaz a la hora de reconciliar a los españoles y asegurar su libertad y prosperidad y esto lo demuestra la historia. La corona constitucional representada por Alfonso XII, en la primera restauración de la monarquía, fue necesaria para cicatrizar las heridas de la España del XIX. La corona constitucional, representada por Juan Carlos I en la segunda restauración de la monarquía, se ha mostrado útil, eficaz y necesaria para cicatrizar las heridas de la España del XX.

Nada de esta teoría, nada de este reconocimiento es moneda común en la España de hoy. La Segunda República hizo todo lo que pudo para desprestigiar a la corona, y esto es comprensible porque el rechazo a la monarquía fue su principal seña de identidad. Pero el régimen del general Franco no se queda atrás. La actitud del franquismo ante la corona, ante la corona constitucional de la primera restauración, de esa corona que dio juego a los conservadores de Antonio Cánovas, a los liberales de Pláxedes Sagasta, la actitud del franquismo fue un borrón y cuenta nueva. Las proclamas y declaraciones de Don Juan -y estoy pensando en el manifiesto de Lausana en el año 45 que postulaba una monarquía liberal para todos los españoles- fueron ferozmente censuradas.

Pero yo me pregunto y les pregunto a ustedes si esta teoría de la monarquía, si esta valoración y reconocimiento de la corona como institución inteligible y necesaria, que va más allá del juancarlismo, esta corona ha echado raíces a lo largo de estos 32 años de reinado. Algo sí, por supuesto. No cabe duda que es muy popular. Pero, con el corazón en la mano, reconozcamos que el monarquismo en España es de muy bajo calado. Lo es, desde luego, si lo comparamos con el reconocimiento de la corona como institución inteligible y necesaria, que existe en el Reino Unido, que es la única corona europea que se puede comparar por su extensión en la tradición y en la historia, con la española. Isabel II de Gran Bretaña es tremendamente popular, admirada y querida, pero ningún británico diría que isabelista. Lo que diría es que sería incapaz de entender a su país, al Reino Unido, sin la familia real. En España, por el contrario, hay un amplio republicanismo subyacente. Lo que está claro es que la corona del Reino Unido no ha sufrido las interrupciones, por llamarles de alguna manera, que ha ocurrido en España. Una monarquía constitucional no se construye de un día para otro; se requiere mucho tiempo y rodaje.

Unas de las cosas que más me preocupa en España, en la España actual, es la manera en que la opinión pública -la publicada y los partidos políticos- intentan utilizar a la corona, digamos, para desprestigiar al gobierno de turno. Es decir, cuando en el gobierno de Aznar, el gobierno apoya la guerra de Irak y hay fenomenales manifestaciones y más o menos se apela a la corona para que, digamos, de alguna manera le pare a Aznar y que Aznar no haga estas locuras de meterse a una guerra. Y ahora fue toda la campaña del “no a la guerra” y no fue inocente la aparición de banderas republicanas en las manifestaciones del “no a la guerra”. En Inglaterra, el gobierno de Tony Blair, el socialista, mandó 10.000 hombres al sur de Irak y a nadie se le pasó por la cabeza pedir que la Reina interviniera para eso. No se entiende eso en Inglaterra y no hubiera ocurrido. Y la Reina, de haber hecho algo, hubiera clarísimamente traspaso sus funciones constitucionales. Después, cuando gobierna ya un partido socialista y entabla unos procesos de paz y demás con ETA en el País Vasco, hay una opinión en la derecha española de que alguna manera el Rey tiene que intervenir para pararle los pies al gobierno Zapatero y, de alguna manera acabar, con esa alternativa. Y esto es no entender lo que es una monarquía constitucional. Es decir, el Rey y la corona está por encima de la política y lo que no se puede tener es y entender la corona como algo que es, digamos, un contrapoder al gobierno que está legítimamente constituido. Para mí eso es una cosa y lo digo -y lo creo mucho y lo desarrollo bastante en el libro- que me preocupa una barbaridad.

Pero, veamos, ahora el reto máximo de Don Felipe; veamos que ahora -y esto es muy serio- que entrada ya en el siglo XXI, ya más de 30 años de reinado de la Restauración, se encuentra de nuevo el ancestral problema de España, el ancestral problema territorial de una España plurilingüe, pluricultural, plurinacional, de una España federal, confederal. Un federalismo asimétrico de estados asociados. Póngale lo que quieran. La balcanización de un viejo y complejo país llamado España es el reto máximo al cual se enfrenta la nación y lo es, lógicamente, por la anarquía que personifica y representa la nación. Y este reto es el que le toca Don Felipe. Yo creo que lo tiene crudo. Pero tiene bastante recorrido; algo ganado, que es, digamos, una cierta familiaridad con la corona entre los españoles.

Hay una sensación -porque ya se ha convivido con la corona durante 30 años-, de que la familia real y la corona es algo especial, algo aparte, algo que comparten solamente otras coronas, y para explicarlo hay un ejemplo que me gusta mucho explicar. Durante los cuatro que duró la gran guerra del 14, los heridos del cuerpo expedicionario británico que luchaba en Flandes, en Francia, los heridos volvían en trenes especiales a la estación londinense de Victoria y llegaban a diario y llegaban enloquecidos por los bombardeos, cegados por el gas mostaza que utilizaban los alemanes y en fin los cuerpos podridos por el barro, rotos por la metralla etc, etc. La reina María, la Queen Mary, que era consorte de Jorge V y mujer de gran carácter, ella tenía la costumbre de ir a visitar a los trenes, a esperar a los trenes; se iba al andén de la estación de Victoria y esperaba la llegada de los trenes con los heridos y luego se pasaba el resto del día, recorriendo hospitales visitando a los heridos, a los soldados heridos que estaban en sus camas y si podían hablar se sentaba con ellos y estaba un ratito con ellos. Y en estas visitas a hospitales solía llevarse a sus hijas, a las princesas, a cuñadas, a gente de la familia real y volviendo un día al palacio de Buckingham, una del grupo, una de las princesas jóvenes dijo “estoy muy cansada y odio los hospitales” y la Reina la reprobó de inmediato, “perteneces a la familia real británica, nunca nos cansamos y nos gustan mucho los hospitales”.

Pensemos en la Reina Sofía que visitó, uno por uno, a todos los cientos heridos en los atentados de Atocha del 11M del 2004. Es posible que se encuentre a gusto la reina en hospitales y que obtenga una gran paz interior compartiendo con los indudables dotes de empatía de la Reina el dolor de los enfermos y, es seguro, es seguro que los enfermos en aquellos atentados fueron reconfortados por la visita real, y es probable que la reina acabará agotada en aquellas jornadas. Cualquiera que haya acompañado a la Reina en sus agendas oficiales sabe que dispone de una gran fortaleza física. Pero tales consideraciones no vienen a cuento. Que a Doña Sofía le guste más o menos pasearse por salas de enfermos, o que se canse, o no es aleatorio. Pertenece a la familia real española e hizo lo que tenía que hacer.

Y estas dos historias, que son reales en ambos sentidos de la palabra, es lo que ayuda a entender esa monarquía, necesaria en un mundo contemporáneo, aunque ha perdido muchos valores y que tiene esta sociedad horizontal que admira lo novedoso, que quiere vivir sin demasiado esfuerzo, que tiene pocas exigencias. Son ejemplos de la función y del comportamiento de la corona que hace inteligibles a una institución que escapa a todo análisis racional. De puertas palaciegas para adentro los reyes y los suyos pueden ser tan disfuncionales como cualquier núcleo familiar, pero son profesionales a la hora de proyectar exteriormente, con gran elegancia, una conducta de servicio a la altura de la circunstancia requerida. Los reyes, como se decía antiguamente, saben estar. Y esto lo reconoce y hasta lo agradece la ciudadanía, que se agolpa para presenciar cualquier acto público en la cual está presente la familia real. La sociedad contemporánea yo creo que no es descreída; al contrario, cree cada vez en más cosas disparatadas; necesita creer y necesita magia. Eso lo sabe cualquier antropólogo.

La corona, al igual que la Iglesia, retiene suficiente magia para satisfacer al común mortal. Y en esto es necesaria. Y esto es un gran aval para Don Felipe. A mí lo que le doy vueltas a la situación de Don Felipe: esto de ser heredero de un trono es tremendamente difícil. Yo conozco algo al príncipe Carlos, que tiene mi edad -este año cumplirá 60 años- y ha estado su vida preparándose para un trabajo u oficio -como quieran llamar- que heredará cuando los demás estamos ya jubilados. Toda su vida preparándose para eso. Es muy duro; no hay ningún MBA que te enseñe a ser rey, que te prepare heredero del trono para heredar; no hay ningún MBA que te diga cómo se suben unos escalones, como se va aprendiendo distintas habilidades y demás para el día de mañana dirigir una gran empresa. Es una cosa tan distinta porque lo fundamental es, yo creo, que es un viaje sin mapas el que emprende un heredero en la corona. Es decir, lo que él “hace un camino al andar”, que decía el poeta. Y, desde luego, nunca va introducir el pie, como decía el clásico, en el mismo río que vadeó su antecesor.



Es decir, la España de Don Felipe va a ser una España absolutamente distinta a la de su padre; va a tener otros problemas. Es decir, hace 10 años el 1% de los residentes en España eran no nacidos en España; actualmente es el 10%, o sea, estamos ya enfocados a una sociedad tremendamente distinta. No hay nada en el fondo. Hay mucho y a la vez no hay nada de lo que ha hecho su padre, que él pueda realmente aprovechar, porque va a ser todo muy distinto y, como decano de los príncipes herederos, en esta tan difícil situación en el que se encuentran, el decano es el príncipe Carlos de Inglaterra, el príncipe de Gales. Hace mucho, ha organizado unas fantásticas fundaciones que preside de una manera muy directamente, que tienen muchísimo éxito, que hacen muchísimo bien; se compromete mucho con temas de exclusión, de marginación, de emigración, de cambio climático, de fracaso escolar; de toda una serie de temas de nuestro tiempo que son de la vida cívica y donde quizás no llega el gobierno etc. Y es muy conocido y muy reconocido por lo que hace.

Yo entiendo que Don Felipe tiene esas mismas preocupaciones e inquietudes que el príncipe Carlos, que es normal, es un hombre con gran criterio, muy inteligente, muy preparado y muy involucrado en las cosas. Lo que ocurre es que lo del príncipe Felipe no se conoce, aquí hay un fallo de comunicación o algo pasa, porque el príncipe Felipe, que se proyecta a la ciudadanía, pues es un hombre encantador, guapete, deportista, gran padre de familia, con una mujer guapísima, unas niñas estupendas, pero no se proyecta una personalidad profesional, preparada, inteligente con criterio. No se sabe lo que mueve y lo que conmueve al príncipe; no se conoce. Esto, además de una lástima, creo que es un error. D. Felipe, con el valiosísimo apoyo de la princesa de Asturias, ha de proyectarse como lo que es, como una persona de gran criterio y comprometido con los retos del mundo contemporáneo. Tiene que construir una personalidad pública que sea reconocida y admirada, y ha de ejercer el liderazgo en aquellas áreas de la sociedad civil que requieren el impulso catalizador, que nadie como él puede prestar. Y lo ha de hacer por su bien y por el de la corona y por el de España.


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