Mansfield Park Jane Austen capítulo I



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CAPÍTULO XXIV

Henry Crawford había ya resuelto a la mañana siguiente pasar otra quin­cena en Mansfield; y en cuanto hubo mandado por sus monteros y escrito unas líneas de explicación a su almirante, diose la vuelta para mirar a su hermana mientras pegaba el sello en el sobre, y viendo que no había por allí ningún otro miembro de la familia, dijo, sonriendo:

––¿Y cómo te figuras que pienso divertirme, Mary, los días que no vaya de caza? Empiezo a ser ya demasiado viejo para salir más de tres veces por semana; pero tengo un plan para los días intermedios. ¿Adivinas en qué consiste?

––En pasear conmigo a pie y a caballo, seguramente.

––No es esto exactamente, aunque me encantará hacer ambas cosas; pero eso sería ejercicio para el cuerpo nada más, y debo cuidar de mi espíritu. Además, eso sería en suma recreo y abandono, sin la saludable aleación del trabajo, y a mí no me gusta comerme el pan de la holgazanería. No. Mi plan consiste en hacer que Fanny Price se enamore de mí.

––¡Fanny Price! ¡Qué absurdo! No, no. Deberías estar satisfecho con sus dos primas.

––No puedo estar satisfecho sin Fanny Price... sin abrir un pequeño boque­te en el corazón de Fanny Price. Parece que no os habéis dado exacta cuenta del derecho que tiene a que se la admire. Anoche, cuando entre nosotros estuvimos hablando de ella, me pareció que nadie había notado aquí de qué modo tan extraordinario ha mejorado su aspecto en el curso de las seis últimas semanas. Vosotros la veis todos los días, y por esto no os dais cuenta, pero yo te aseguro que se ha convertido en una criatura completamente distinta de lo que era en otoño. Entonces era simplemente una muchacha callada, modesta, aunque de aspecto nada vulgar, pero ahora es francamente bonita. Yo solía pensar que no tenía figura ni un rostro atractivo; pero en esa tez suave que ella posee, que tan a menudo se tiñe de rubor, como sucedía ayer, hay positiva belleza; y después de haber observado sus ojos y su boca, no desespero de que sean capaces de mostrarse lo bastante expresivos, cuando ella tenga algo que expresar. Y además, su aire, su manera, su tout ensemble... ¡ha mejorado de un modo tan indescriptible! Por lo menos ha crecido dos pulgadas desde octubre.

––¡Bah! ¡Bah! Esto es sólo porque no había ninguna mujer alta con quien compararla, y porque se puso un traje nuevo, y tú no la habías visto nunca tan bien vestida. Es exactamente la misma que en octubre, créeme. Lo que ocurre es que no había en la reunión otra muchacha que pudiera atraerte, y tú siempre tienes que fijarte en alguna. Yo siempre la consideré bonita..., no cautivadoramente linda, pero «bastante bonita», según se dice corrientemen­te...; una clase de belleza que se hace apreciable a la larga. Sus ojos deberían ser más obscuros, pero es dulce su sonrisa; de todos modos, en cuanto a ese maravilloso perfeccionamiento de su fisico, puedes estar seguro de que todo se reduce a un modelo de traje más acertado y a que tú no tenías a nadie más en quien fijarte; por lo tanto, si decides cortejarla, nunca podrás convencerme de que sea en obsequio a su hermosura, ni de que tenga más base que tu frivolidad e insensatez.

Su hermano se limitó a contestar con una sonrisa a esta acusación, y poco después dijo:

––No sé exactamente cómo tratar a Fanny. No la comprendo. No puedo explicarme qué se proponía ayer. ¿Qué carácter tiene? ¿Es seria? ¿Es rara? ¿Es mojigata? ¿Por qué se apartaba y me miraba con tanta severidad? Apenas pude conseguir que hablara. ¡En mi vida estuve tanto tiempo al lado de una muchacha, procurando entretenerla, con tan mal resultado! ¡Nunca me había tropezado con ninguna que me mirara de un modo tan serio! Procuraré sacar de esto el mejor provecho. Sus miradas decían: «No quiero enamorarme de ti, estoy resuelta a no enamorarme de ti», pero yo digo que se enamorará.

––¡Tonto presumido! ¡De modo que éste es su atractivo, a fin de cuentas! ¡Es esto, que veas que no te hace caso, lo que le da esa tez tan suave, y la convierte en mucho más alta, y la adorna con todas esas gracias y encantos! He de desear que no la hagas realmente desgraciada; un «poco» de amor, acaso la anime y le haga algún bien; pero no quisiera que te arrojaras a fondo, porque es una excelente criatura, como no las hay, y en extremo sensible.

––Sólo puede durar quince días ––replicó Henry––, y si una quincena puede matarla, es que tiene una constitución que no hay nada que pudiera salvarla. No, no quiero hacerle ningún daño, ¡pobre almita mía! Sólo quiero lograr que me mire con simpatía, que me sonría tanto como se ruboriza, que me guarde una silla a su lado dondequiera que nos encontremos y que se llene de alegría cuando yo la ocupe y me ponga a hablar con ella; que piense lo mismo que yo, que se interese por todo lo que poseo y por todo lo que me gusta, que trate de retenerme por más tiempo en Mansfield y sienta, cuando me vaya, que ya nunca más volverá a ser feliz. No deseo nada más.

––¡La moderación personificada! ––exclamó Mary––. Ahora ya no me cabe duda alguna. En fin, tendrás bastantes ocasiones para aconsejarte a ti mismo, pues ahora nos reunimos muy a menudo.

Y sin otra amonestación, dejó a Fanny abandonada a su destino; un destino que, de no estar el corazón de Fanny guardado de un modo que Mary Crawford no podía sospechar, hubiese sido algo más duro de lo que merecía; pues aunque sin duda existen muchachas de dieciocho años tan inconquista­bles (de lo contrario no se escribiría sobre ellas) que resulta imposible enamorarlas contra su buen juicio aun poniendo en juego toda la presión que el talento, el tacto, las atenciones y los halagos pueden ejercer, no me inclino en absoluto a creer que Fanny fuera una de ellas, o a pensar que con su natural propenso a la ternura, y con todo el buen gusto que formaba parte de su ser, hubiese podido escapar con el corazón íntegro del galanteo (aunque el asedio durase sólo quince días) de un hombre como Henry Crawford, no obstante tener que vencer la mala opinión previa que de él tenía, si no hubiera tenido ya su corazón depositado en otra parte. Sin mengua de la gran seguridad que el amor por otro y el desprecio por él confería a la paz espiritual de Fanny, que Henry pretendía alterar, sus constantes atenciones (constantes, pero no importunas, y adecuadas cada vez más a la sensibilidad y delicadeza del carácter de ella) la obligaron muy pronto a mirarle con menos aversión que al principio. Ella no había olvidado el pasado en modo alguno, y le conside­raba tan mal como siempre; pero acusaba su influjo. Resultaba entretenido su trato, y sus modales habían mejorado tanto, eran tan corteses, tan severa e irreprochablemente corteses, que era imposible no mostrarse atenta con él en correspondencia.

Muy pocos días bastaron para conseguir esto; y al término de esos días sobrevinieron unas circunstancias que tendieron más bien a favorecer sus propósitos de hacerse agradable a Fanny, ya que proporcionaron a ésta un grado de felicidad como para predisponer su ánimo a mostrarse complaciente con todos. William, su hermano, el tiernamente querido hermano que tanto tiempo llevaba ausente, estaba de nuevo en Inglaterra. Tenía una carta suya, unas pocas líneas apresuradas y felices, escritas cuando el buque enfilaba el Canal y enviadas a Portsmouth en el primer bote que partió del Antwerp, anclado en Spithead; y cuando Henry Crawford se presentó con el periódico en la mano, con el cual esperaba dar la primera noticia, la encontró temblo­rosa de gozo por el contenido de la carta, y escuchando con expresión radiante, llena de gratitud, la invitación amable que su tío le estaba dictando como inmediata contestación.

Tan sólo el día anterior había quedado Crawford perfectamente enterado del caso, o había, de hecho, venido en conocimiento de que ella tuviera tal hermano y que estuviera en tal barco; pero el interés que entonces se despertó en él había de ser muy activo, ya que decidió, para cuando regresase a Londres, informarse sobre el probable regreso del Antwerp del Mediterrá­neo, etc.; y la buena suerte que le aguardaba a la mañana siguiente, al proceder muy temprano a la lectura de la información de la Marina, parecía la recompensa a su ingeniosidad, al saber hallar tales métodos para hacerse agradable a Fanny, como también a su atención respetuosa con el almirante, su tío, al haber leído durante tantos años el periódico que se consideraba mejor informado sobre cuestiones navales. Resultó, no obstante, que había llegado demasiado tarde. Todas aquellas deliciosas reacciones del primer momento, que él había tenido la esperanza de provocar, se habían dado ya. Pero su intención, la amabilidad de su intención, fue reconocida y se agrade­ció; y muy afectuosas y expresivas fueron las muestras de gratitud, porque Fanny viose elevada por encima de su habitual timidez a impulsos de su cariño por William.

El hermano entrañable llegaría pronto. No cabía dudar de que obtendría permiso enseguida, ya que aún no era más que guardia marina; y como sus padres, puesto que vivían en el mismo Portsmouth, ya le habrían visto y acaso le veían a diario, sus inmediatas vacaciones debían con justicia, y sin vacila­ciones, consagrarse a su hermana que era quien más le había escrito en el curso de aquellos siete años, y a su tío, que había hecho el máximo en su favor y para su progreso. En efecto, su contestación a la contestación de Fanny, anunciando su llegada para una fecha muy próxima, se recibió en el plazo más breve; y apenas habían transcurrido diez días desde que Fanny se viera agitada con motivo de haber sido invitada por primera vez a comer fuera de casa, cuando sintió otra excitación de naturaleza más elevada, vigilando desde el vestíbulo, desde el corredor, desde las escaleras, atenta al primer ruido del coche que había de traerle a su hermano.

Llegó felizmente cuando de ese modo le estaba ella aguardando; y al no existir ceremonia ni temor que pudiera retrasar el momento de encontrarse, ella entró ya con él en la casa, y los primeros momentos de exquisita emoción no se vieron turbados ni tuvieron testigos, a no ser que fuéramos a considerar como tales a los criados, atareados principalmente en abrir las puertas. Esto era exactamente lo que sir Thomas y Edmund se habían propuesto, cada uno por su lado, como se lo demostraron mutuamente al quedar de manifiesto la vivacidad con que ambos aconsejaron a tía Norris que permaneciera en donde estaba, en vez de precipitarse al vestíbulo en cuanto el rumor de la llegada alcanzara sus oídos.

William y Fanny no tardaron en presentarse; y sir Thomas tuvo el placer de recibir en su protegido a una persona muy diferente, por cierto, de la que él había equipado siete años atrás: a un joven de semblante franco, abierto y de modales naturales, libres de afectación, pero correctos y respetuosos, de suerte que se honró considerándole amigo.

Pasó algún tiempo antes de que Fanny pudiera sobreponerse a la desbor­dante alegría de aquella hora formada por los treinta últimos minutos de espera y los otros treinta que siguieron de fruición; y hasta tuvo que pasar algún tiempo para que pudiera decirse que su felicidad la hacía feliz, para que se desvaneciera la especie de desilusión inevitable ante el cambio opera­do por el tiempo en el aspecto fisico y pudiera ver en él al mismo William de antes, y hablarle como había anhelado su corazón durante tantos años. Este momento, sin embargo, fue llegando paulatinamente, empujado por el cari­ño del muchacho, tan ferviente como el de ella misma y mucho menos refrenado por una sujeción a los convencionalismos sociales o por la timidez. Ella era el primer objeto de su afecto, pero de un afecto que la vehemencia de su temperamento y su espíritu arrojado hacían que fuera para él tan natural expresarlo como sentirlo. A la mañana siguiente pasearon juntos con verda­dero gozo, y las mañanas sucesivas renovar un tête––à––tête que sir Thomas no podía menos de observar complacido, aun antes de que Edmund se lo señalara.

Exceptuando los momentos de inefable delectación que, durante los últimos meses, le había proporcionado cualquiera de las marcadas o impre­vistas muestras de consideración de Edmund por ella, jamás había sentido Fanny tanta felicidad como en esas charlas libres de cortapisas y temores, de igual a igual con su hermano y amigo que le abría de par en par su corazón, exponiéndole todas sus esperanzas, proyectos y afanes respecto de la bendi­ción de ese ascenso tan soñado, tan costosamente merecido y tan justamente apreciado. No podía darle noticias directas y minuciosas del padre, la madre, los hermanos y hermanas, de los cuales tan pocas nuevas le llegaban, pero él se interesaba por todas las ventajas y todas las pequeñas molestias de su permanencia en Mansfield, mostrándose de acuerdo en considerar a cada uno de los miembros de aquella familia según la opinión que ella expresaba sobre los mismos, o difiriendo a lo sumo en un juicio menos escrupuloso y una más decidida reacción de agravio contra tía Norris; con él, en fin, (y acaso era ésta la satisfacción más grata de todas ellas) todo lo malo y lo bueno de sus primeros tiempos podía desandarse otra vez, y todas las penas y alegrías juntas rememorarse con la más dulce evocación. Ventaja ésta, fortalecedora del cariño, ante la cual hasta los lazos conyugales están por debajo de los frater­nales. Los hijos de una misma familia, de la misma sangre, con los mismos primeros hábitos y compañías, tienen en su poder ciertos recursos de disfrute mutuo que ninguna unión ulterior les podrá proporcionar; y habrá de pro­ducirse un desvío prolongado y antinatural, un divorcio que ningún ulterior enlace puede justificar, para que estos preciosos residuos de los afectos pri­meros queden totalmente desterrados. Con demasiada frecuencia, ¡ay!, sucede así. El amor fraternal, que lo es casi todo a veces, otras es peor que nada. Pero en William y Fanny Price era todavía un sentimiento en toda su plenitud y frescor, sin que se viera mermado por intereses contrapuestos ni enfriado por otros afectos independientes, y que el tiempo y la ausencia sólo contribuían a aumentar.

Un afecto tan cariñoso tenía que encarecer a ambos en la opinión de cuantos tenían corazón para apreciar algo bueno. Henry Crawford quedó tan impresionado como el que más. Apreciaba la efusiva, ruda ternura del joven marino que hacía a éste decir, mostrando con la mano tendida el peinado de Fanny:

––Pues sí, ya empieza a gustarme esa moda estrafalaria, aunque al principio, cuando me dijeron que en Inglaterra se llevaban semejantes cosas, no pude creerlo; y cuando en Gibraltar, en casa del Comisario, vi que se presentaban Mrs. Brown y las otras señoras con el mismo aderezo, creí que se habían vuelto locas; pero Fanny es capaz de hacer que me guste cualquier cosa.

Y Henry observaba, con viva admiración, el rubor que teñía las mejillas de Fanny, el brillo de sus ojos, el profundo interés, la absorta atención con que escuchaba a su hermano cuando éste describía alguno de los peligros inminentes o espantosas escenas que forzosamente se presentan durante un tan largo período en alta mar.

Era un cuadro que Henry Crawford tenía el suficiente gusto moral para apreciar. Los encantos de Fanny crecían... crecían hasta duplicarse; porque la sensibilidad que embellecía su expresión e iluminaba su rostro era ya un atractivo en sí. Él no pudo seguir dudando de la idoneidad del corazón de Fanny. Tenía capacidad de sentimiento, de auténtico sentimiento. ¡Valdría la pena ser amado por una muchacha como aquélla, excitar las primeras pasio­nes de su alma tierna y candorosa! El caso le interesaba más de lo que había previsto. Una quincena no era suficiente. Su estancia en Mansfield se hizo indefinida.

William era a menudo requerido por su tío para que contara sus cosas. Sus relatos eran en sí amenos para sir Thomas, pero lo que éste principalmente buscaba al hacerle hablar era entender al narrador, conocer al joven mucha­cho por sus historias; y escuchaba sus claros, simples y arrebatados conceptos con plena satisfacción, al ver en ellos la prueba de unos buenos principios, conocimiento profesional, energía, valor, jovialidad... todo, en fin, cuanto merecía o prometía unos felices resultados. Aun siendo tan joven, William había visto mucho ya. Había estado en el Mediterráneo, en las Antillas, en el Mediterráneo otra vez... Había bajado a tierra con frecuencia por concesión del capitán, y en el curso de siete años había conocido toda la variedad de peligros que el mar y la guerra juntos pueden ofrecer. Con tales méritos en su haber tenía derecho a que se le escuchara; y aunque tía Norris tuviera a bien ajetrearse por la habitación y molestar a todo el mundo preguntando por dos hebras de hilo o por un botón de camisa usado, en medio del relato de su sobrino sobre un naufragio o una batalla, todos los demás escuchaban atentos; y ni siquiera lady Bertram podía oír tales horrores, sin conmoverse o sin levantar de vez en cuando los ojos de su labor para decir:

––¡Dios mío! ¡Qué desagradable! ¡No entiendo cómo hay quien sea capaz de embarcarse!

En Henry Crawford suscitaban toda clase de sentimientos. Suspiraba por haber surcado los mares, y haber hecho, visto y padecido lo mismo. Tenía el corazón ardiente, la imaginación exaltada y sentía un gran respeto por aquel muchacho que, antes de los veinte, había pasado por tantas penalidades fisicas y dado tales pruebas de valor. La gloria del heroísmo, de la utilidad, del esfuerzo, del sufrimiento, hacía que sus hábitos de abandono egoísta apareciesen en vergonzoso contraste; y hubiera deseado ser un William Price, distinguién­dose y labrando su fortuna y personalidad de una manera tan digna y con el mismo feliz entusiasmo que aquel muchacho, en vez de lo que era.

El deseo tenía más de impaciencia que de constancia. Le despertó de sus sueños sobre oportunidades pasadas y del pesar que le producía el no haberlas aprovechado, alguna pregunta de Edmund relativa a sus planes de caza para el día siguiente; y encontró que era también buena cosa ser ya hombre de fortuna, con caballos y palafreneros a su disposición. En un aspecto era todavía mejor, pues le proporcionaba el medio de brindar una atención donde quería que alguien se sintiera obligado. Con su viveza, valor y curio­sidad por todo, William expresó su afición a la caza; y Crawford pudo ofrecerle cabalgadura sin el menor inconveniente por su parte, teniendo que salvar únicamente algunos reparos de sir Thomas, quien conocía mejor que su sobrino el valor de semejante préstamo, y que disipar algunos temores de Fanny. Ésta temía por William, en modo alguno convencida de que estuviese preparado para gobernar a un brioso caballo de los destinados a la caza del zorro en Inglaterra, a pesar de cuanto él le pudiera contar de su maestría adquirida en varios países en lo tocante a equitación, de las incursiones a caballo en que había tomado parte ascendiendo por escarpados terrenos, de los caballos y mulos cerriles que había llegado a montar, o de las muchas veces que se había zafado de una tremenda caída poco menos que inevitable... Hasta que volvió sano y salvo, sin accidente ni descrédito, no pudo ella desechar sus temores ni sentir nada del agradecimiento que Mr. Crawford había plenamente confiado suscitar brindando su caballo. No obstante, cuan­do quedó demostrado que con ello William no había sufrido ningún daño, pudo Fanny admitir que aquello había sido una fineza, e incluso recompensar al propietario con una sonrisa cuando le fue devuelto el animal, y acto seguido con la mayor cordialidad y de un modo que no admitía resistencia, Henry lo puso de nuevo a la entera disposición del muchacho mientras permaneciera en Northamptonshire.


CAPÍTULO XXV

Durante este período la frecuentación de las dos familias llegó casi a restablecerse por completo, aproximándose más a lo que había sido en el último otoño, de lo que cualquier miembro del antiguo círculo íntimo había considerado probable. El regreso de Henry Crawford y la llegada de William Price tuvieron mucha parte en ello, pero mucho se debió también a la más que tolerancia de sir Thomas respecto de las sociables tentativas de la rectoría. Su ánimo, libre ahora de los cuidados que le abrumaron al principio, tuvo ocasión de apreciar que los Grant y sus jóvenes huéspedes eran realmente personas dignas de ser frecuentadas; y aunque estaba muy por encima de lo que pudieran ser planes o maquinaciones con vistas al más ventajoso compro­miso matrimonial que pudiera preverse, según las posibilidades aparentes, de uno de los seres que él más quería, y, además, desdeñaba la ingenuidad de considerarse sagaz en estas cuestiones, no pudo menos de notar, en líneas generales e imprecisas, que Mr. Crawford distinguía un tanto a su sobrina, ni acaso evitar (aunque inconscientemente) la tendencia a dar un mayor asenti­miento a las invitaciones, por tal motivo.

Sin embargo, su pronta conformidad en asistir a una comida en la rectoría cuando, al fin, decidieron aventurar la invitación general después de mucho debate y muchas dudas sobre si valdría la pena, «porque... ¡sir Thomas parecía tan mal predispuesto y lady Bertram era tan indolente!», se debió tan sólo a su buena educación y a su buena voluntad, sin que Mr. Crawford tuviera nada que ver en ello, como no fuera en el sentido de que era uno más en el seno de un grupo agradable; ya que precisamente fue en el curso de esta visita cuando empezó a pensar que cualquiera de esas personas habituadas a tal clase de fútiles observaciones hubiera pensado que Henry Crawford era el admirador de Fanny Price.

En general se tuvo por agradable la reunión, compuesta, respectivamente de los que gustan de hablar y los que, en proporción acertada, gustan de escuchar; y la comida en sí se caracterizó por el buen gusto y la abundancia, de acuerdo con el estilo propio de los Grant y también, en mucho, de acuerdo con los hábitos peculiares a todos, de modo que, lógicamente, no hubo motivo para que nadie se impresionara, excepto tía Norris, incapaz de soportar pacientemente en ningún momento el espectáculo de la enorme mesa ni de las numerosas fuentes colocadas encima, y que de continuo se propuso acusar alguna molestia a causa del paso de los sirvientes por detrás de su silla, así como renovar su manifiesta convicción de que, entre tantas fuentes, era imposible que más de una no estuviera fría.

Por la velada se encontraron, según lo previsto por la señora Grant y su hermana, con que, una vez cubierta la mesa de whist, y lady Bertram no tardó en hallarse en la mesa de whist, quedaban bastantes elementos para un juego a la redonda; y como todos se mostraron tan dispuestos a complacer a los demás como desprovistos de una especial predilección por un juego deter­minado, como siempre ocurre en tales casos, se brindaron para la mesa «speculation» casi tan prestamente como para la de whist; y lady Bertram no tardó en hallarse en la crítica situación de tener que elegir entre los dos juegos, al ser consultada si prefería la mesa de whist, o la otra. Dudaba. Por fortuna, tenía a mano a sir Thomas.

––¿Qué me aconsejas, Thomas, whist o «speculation»?... ¿qué puede resul­tarme más divertido?

Sir Thomas, después de reflexionar un momento, recomendó «specula­tion». Él era jugador de whist, y acaso presintió que no se divertiría mucho teniéndola a ella de pareja.

––Muy bien ––contestó ella, complacida––; entonces «speculation», por fa­vor, señora Grant. No lo conozco en absoluto, pero Fanny me enseñará.

Aquí terció Fanny, sin embargo, con sus vehementes protestas alegando que lo ignoraba igualmente, que nunca en la vida lo había jugado ni visto jugar; y lady Bertram volvió a sentirse indecisa por un momento, pero al asegurarle todos que nada había tan fácil, que era el más sencillo juego de baraja, y al adelantarse Henry Crawford para rogarle con la mayor formalidad que le permitiera sentarse entre ella y miss Price para enseñar a las dos, quedó así acordado; y sir Thomas, tía Norris, el doctor Grant y su esposa se sentaron a la mesa de superior categoría y dignidad intelectual, mientras los otros seis, bajo la dirección de miss Crawford, se repartían en tomo a la otra. Fue una magnífica combinación para Henry Crawford, que se hallaba junto a Fanny y ocupadísimo en manejar las cartas de dos jugadores, además de las pro­pias...; pues aunque Fanny dominaba ya a los tres minutos las reglas del juego, él tuvo que seguir inspirándole las jugadas, incitando su astucia y endurecien­do su corazón, lo cual, especialmente teniendo a William por contrario, era labor que ofrecía alguna dificultad; y en cuanto a lady Bertram, tuvo que seguir encargándose de su suerte y prestigio durante toda la velada, pues si al iniciarse el juego la rapidez de Henry le ahorraba a la dama hasta el trabajo de mirar sus cartas, tuvo que guiarla en todo cuanto debía hacer con ellas hasta que terminó.

Él estaba de excelente humor, todo lo hacía con feliz desenvoltura, mos­trándose superlativo en toda suerte de ocurrencias oportunas, rápidos recur­sos y atrevidas alusiones que pudieran hacer honor al juego; y la mesa redonda ofrecía, en conjunto, un contraste muy animado al lado de la rígida sobriedad y el ordenado silencio de la otra.

En dos ocasiones se había interesado sir Thomas por la diversión y los éxitos de su esposa, pero en vano; no había pausa lo bastante larga para el tiempo que su proceder mesurado requería; y muy poco pudo saberse de lo que le ocurría a la dama, hasta que la señora Grant, al finalizar el primer desempate, tuvo ocasión de acercarse a ella y hacerle un cumplido.

––Espero que le agradará a usted el juego.

––Oh, sí, querida. Muy entretenido, por cierto. Un juego muy curioso. No entiendo nada de lo que ocurre. Nunca llego a ver mis cartas; y Mr. Crawford hace todo lo demás.

––Bertram ––dijo Henry, un momento después, aprovechando cierta lan­guidez ' en el desarrollo de la partida––, aún no le he contado lo que me sucedió ayer al volver a casa.

Habían ido los dos de caza y, a la mitad de una buena batida, a cierta distancia de Mansfield, descubrió Henry que su caballo había perdido una herradura, lo cual le obligó a abandonar el terreno y efectuar el regreso lo mejor que pudiera.

––Le conté que había perdido el camino cuando hube dejado atrás aquella antigua granja de los tejos, porque soy acérrimo enemigo de preguntar; pero no le he contado a usted que con mi habitual buena suerte, pues nunca me equivoco sin salir ganando, me encontré en buena hora en el mismísimo lugar que tenía gran curiosidad de conocer. De pronto, al doblar el recodo de un suave declive, me encontré en medio de una pequeña aldea solitaria entre colinas de escasa elevación, ante un riachuelo que vadear, una iglesia levantada sobre una especie de loma a mi derecha (iglesia que me pareció sorprendentemente grande y hermosa para el lugar) y sin una mansión seño­rial o medio señorial por ninguna parte, excepto una (seguramente la recto­ría) a tiro de piedra de las citadas loma e iglesia. En una palabra, me encontré en Thornton Lacey.

––Parece algo así ––dijo Edmund––; pero ¿qué camino siguió usted después de pasar por la granja de Sewell?

––Yo no contesto esas preguntas insidiosas e inoportunas; mas, a pesar de todas las preguntas que pudiera hacerme durante una hora, jamás podría demostrarme que aquello no era Thornton Lacey... porque lo era, con toda seguridad.

––¿Lo preguntó, entonces?

––No, yo nunca pregunto, sino que le dije a un hombre que estaba ende­rezando un seto que aquello era Thornton Lacey, y él estuvo de acuerdo.

––Tiene usted una buena memoria. Yo no recordaba haberle contado nunca ni la mitad de cosas sobre el lugar.

Thornton Lacey era el nombre de la aldea donde Edmund tendría en breve su beneficio eclesiástico como muy bien sabía miss Crawford; y el interés de ésta por una sota que tenía William creció en el acto.

––Bien ––prosiguió Edmund––, ¿y qué efecto le produjo aquello? ¿Le gustó?

––Muchísimo. Es usted un hombre afortunado. Allí habrá trabajo para seis veranos al menos, antes de que la residencia sea habitable.

––No, no; no está tan mal como eso. Habrá que trasladar el patio de la granja, no lo niego, pero no veo que haga falta nada más. La casa no es mala, en modo alguno, y cuando haya desaparecido el patio, tendrá accesos muy tolerables.

––Hay que hacer desaparecer por completo el corral y planearlo de modo que quede fuera la tienda del herrero. La casa tiene que cambiarse, de modo que se oriente al Este en vez del Norte..., quiero decir que la entrada y las principales habitaciones deben estar en aquel lado, donde la vista es realmen­te deliciosa; estoy seguro de que se puede hacer. Y allí deberá estar el acceso, cruzando lo que ahora es jardín. Tiene usted que hacer un jardín nuevo en lo que ahora es parte trasera de la casa, lo que le dará el mejor aspecto del mundo con su declive hacia el sudeste. El terreno parece hecho a propósito para plantarlo. Anduve a caballo unas cincuenta yardas sendero arriba, entre la iglesia y la casa, para observar en torno, y aprecié que reunía todas las condiciones. Nada más fácil. Tas praderas que existen más allá de lo que será el jardín, así como lo que ahora lo es, que se extienden desde la callejuela donde yo estaba hacia el nordeste, eso es, hasta la carretera principal que atraviesa el pueblo, deben juntarse todas, desde luego; son muy bonitas esas praderas, primorosamente salpicadas de árboles. Supongo que pertenecen al beneficio eclesiástico; si no, debe usted comprarlas. Después, el riachuelo... Algo habrá que hacer con el riachuelo, pero no acabo de decidir el qué. Tengo dos o tres ideas.

––También yo tengo dos o tres ideas ––replicó Edmund––, y una de ellas es que muy poca cosa de su plan para Thornton Lacey se pondrá jamás en práctica. Debo conformarme con bastante menos aparato y embellecimiento. Me parece que la casa y posesiones pueden hacerse acogedoras y adquirir el aspecto de la residencia de un señor prescindiendo de todo gasto oneroso; esto tendrá que bastarme y, espero, bastará a cuantos se interesan por mí.

Miss Crawford, algo recelosa y resentida por cierto tono de voz y cierta mirada a hurtadillas que subrayó la última esperanza por él expresada, puso precipitado término a sus tratos con William Price; y asegurándose la sota a un precio exorbitante, exclamó:

––¡Ea, voy a envidar el resto como una mujer valiente! La fria prudencia no se ha hecho para mí. Yo no he nacido para estar quieta sin hacer nada. Si pierdo la partida, no será porque no haya luchado por hacerla mía.

Suya fue la partida, aunque no le pagó lo que había entregado para asegurársela. Siguió otra mano, y Crawford empezó de nuevo con el tema de Thornton Lacey.

––Es posible que mi plan no sea el más acertado; no he tenido muchos minutos para formarlo. Pero usted debe hacer bastante allí. El sitio lo merece, y no quedará usted satisfecho si deja por hacer mucho de lo que se puede... Excúseme: señora, no puede usted mirar sus cartas; así, déjelas echadas delante de usted... Pues sí, el sitio lo merece, Bertram. Habla usted de darle el aspecto de una residencia señorial. Esto se conseguirá quitando el corral; pues, aparte tan horrible obstáculo, jamás vi una casa de ese tipo que tuviera en sí un aire tan señorial, que tanto diera la impresión de algo superior a una simple rectoría... muy por encima del presupuesto de unos centenares de libras al año. No es una amontonada colección de habitaciones pequeñas y sencillas, con tantos tejados como ventanas; no está recluida en la compacta estrechez de esas granjas cuadradas; es una casa sólida, espaciosa, con aspecto de gran mansión, que suscita en uno la suposición de que una rancia familia campesina ha vivido allí de generación en generación, a lo largo de un par de centurias por lo menos, y que el tren de vida que ahora se lleva allí no baja de dos a tres mil libras anuales.

Mary Crawford escuchaba y Edmund se mostró de acuerdo con esto.

––Por lo tanto, un aspecto de residencia señorial no hay duda de que podrá dárselo usted, con tal de que haga algo. Pero se presta a mucho más... Déjame ver, Mary: lady Bertram ofrece doce por esa reina; no, no, una docena es más de lo que vale. Lady Bertram no quería ofrecer una docena. No hay más oferta. Sigan, sigan... Con algunas reformas parecidas a las que le he sugerido (yo no le pido precisamente que se base usted en mi plan, aunque, dicho sea de paso, dudo que nadie pueda concebir otro mejor) le conferiría usted un carácter más arrogante. Podría elevarla a la categoría de auténtica mansión señorial. De ser simplemente la residencia de un caballero puede convertirse, mediante unas juiciosas reformas, en la residencia de un hombre ilustrado, de gusto, costumbres modernas y bien emparentado. Todo eso se le puede imprimir, adquiriendo la casa un sello tal que su dueño sea considerado el mayor terrateniente de la parroquia por cualquier criatura humana que acierte a pasar por el camino, especialmente teniendo en cuenta que no hay allí otra casa importante que pueda disputarle el puesto; circunstancia ésta, dicho sea entre nosotros, que encarece el valor de tales condiciones, en cuanto a privilegio e independencia, por encima de todo cálculo... Usted piensa como yo, sin duda ––añadió, con voz más suave, dirigiéndose a Fanny––. ¿Estuvo usted alguna vez en el lugar?

Fanny contestó con una rápida negativa, y trató de ocultar su interés por la cuestión concentrando ávidamente su atención en las proposiciones de su hermano, que estaba regateando de lo lindo para embaucarla lo más posible; pero Crawford intervino así:

––No, no; no debe usted desprenderse de la reina. La ha comprado dema­siado cara, y su hermano no le ofrece ni la mitad de su valor. No, no, señor; fuera manos, fuera manos. Su hermana no cede la reina. Está completamente resuelta. La partida será suya ––volviéndose de nuevo a Fanny––, es indudable que será suya.

––Y Fanny preferiría que la ganase William ––dijo Edmund, sonriendo al mirarla––. ¡Pobre Fanny! No le permiten que se deje engañar, como ella quisiera.

––Mr. Bertram ––dijo Mary, unos minutos después––, usted sabe que Henry es un proyectista tan capacitado, que no le será posible remover nada en Thornton Lacey sin aceptar su ayuda. ¡Piense tan sólo en lo útil que fue en Sotherton! Bástele recordar las grandes cosas que allí se hicieron gracias a aquella visita en que todos le acompañamos, un cálido día de agosto, para recorrer los terrenos y ver cómo se alumbraba su genio. Allí fuimos, nos volvimos a casa... ¡y no es para dicho lo que allí se hizo!

Los ojos de Fanny se habían vuelto hacia Crawford por un instante, con expresión más que grave, hasta de reproche; pero al tropezar con su mirada, los retiró al instante. Con cierta intención, agitó él la cabeza mirando a su hermana y replicó, riendo:

––No puedo decir que se hiciera gran cosa en Sotherton; pero el día fue caluroso, y todos nos dedicamos a pasear, unos en pos de otros, desorientados ––tan pronto como pudo ampararse en el murmullo general, añadió en voz baja, hablando tan sólo a Fanny––: Sentiría que mis facultades de proyectista se juzgaran por lo de aquel día en Sotherton. Ahora veo las cosas de un modo muy distinto. No piense usted en mí según lo que podía parecer entonces.

Sotherton era palabra para atraer la atención de tía Norris, y como preci­samente disfrutaba en aquel instante de la pausa feliz que le brindó el haber asegurado una baza entre sir Thomas, que llevaba el juego, y ella, contra los dificiles contrincantes que eran el doctor Grant y su esposa, exclamó de muy buen humor:

––¡Sotherton! Vaya, aquello sí que es una finca preciosa, y pasamos allí un magnífico día. William, la verdad es que no tienes buena suerte; pero la próxima vez que vengas espero que mis queridos Mr. y Mrs Rushworth estarán en su casa, y con seguridad puedo responder de que te recibirán los dos con gran simpatía. Tus primos no son de los que olvidan a sus parientes, y Mr. Rushworth es un hombre en extremo amable. Ahora se encuentran en Brighton, ¿sabes?, en una de las mejores casas de allí, como se lo permite la estupenda fortuna de Mr. Rushworth. No sé exactamente la distancia que puede haber, pero cuando regreses a Portsmouth, si no está muy lejos, deberías llegarte y presentarles tus respetos; y yo podría, por tu mediación, enviar un paquetito que deseo hacer llegar a tus primas.

––Sería para mí un gran placer, tía..., pero Brighton está casi por Beachey Head; y aunque tuviera posibilidad de ir tan lejos,, no podría aspirar a verme bien acogido en un sitio tan elegante como aquel... yo, que no soy más que un pobre y estropajoso guardiamarina.

Tía Norris empezaba a asegurarle con vehemencia que podía contar con que se le recibiría con mucho agrado, cuando fue interrumpida por sir Thomas, que dijo con autoridad:

––No voy a aconsejarte que vayas a Brigton, William, pues confio que pronto tendréis otras oportunidades más convenientes para encontraros; pero mis hijas tendrían mucho placer en ver a sus primos en cualquier parte, y a Mr. Rushworth lo encontrarás dispuesto a considerar a todos los parientes de nuestra parte como a los de la suya propia.

––Preferiría encontrarlo de secretario particular del Primer Lord, antes que nada ––fue lo único que respondió William, en voz baja, sin intención de que le oyeran, y el tema quedó agotado.

Hasta entonces sir Thomas no había observado nada de particular en la conducta de Henry; pero al deshacerse la mesa de whist, una vez terminado el segundo desempate, y dejar que el doctor Grant y tía Norris discutieran su última jugada, se convirtió en un mirón del otro grupo y notó que su sobrina era objeto de atenciones, o más bien declaraciones, de carácter bastante significativo.

Henry Crawford estaba en el primer arrebato de otro proyecto sobre Thornton Lacey y, como no lograse captar la atención de Edmund, lo detallaba a su hermosa vecina con expresión de gran formalidad. Su proyecto consistía en alquilar él la casa para el próximo invierno, a fin de poder contar con un hogar propio en aquella vecindad; y no era únicamente para disponer de él durante la temporada de caza (como entonces le estaba diciendo a Fanny), aunque este aspecto pesaba también, ciertamente, considerando que, a despecho de la gran amabilidad del doctor Grant, era imposible instalarse él y sus caballos donde ahora estaban sin estorbar materialmente; pero su afición a aquellos alrededores no se fundaba en una diversión o una estación del año; él había puesto su ilusión en contar allí con algo adonde poder acudir en todo tiempo, un pequeño refugio a su disposición donde pasar todas las fiestas del año y poder continuar, mejorar y perfeccionar aquella íntima amistad con la familia de Mansfield Park que para él tenía cada día más valor. Sir Thomas le oía sin ofenderse. No había falta de respeto en las palabras del joven; y Fanny las acogía de un modo tan digno y modesto, tan sereno y poco incitante, que no encontró nada censurable en ella. Poco decía Fanny, asintiendo sólo de vez en cuando, y sin traslucir inclinación alguna a tomar para sí la menor parte del cumplido, ni fomentar los entusiasmos del galán por Northamptonshire. Al notar quién le observaba, Henry Crawford se dirigió a sir Thomas sin abandonar el tema, empleando un tono más corriente, pero todavía con sentimiento:

––Deseo ser vecino de usted, sir Thomas, como acaso me haya oído decir a Fanny. ¿Puedo contar con su aquiescencia, y con que no influenciará a su hijo en contra de un tal inquilino?

Sir Thomas, inclinándose cortésmente, replicó:

––Es el único modo en que no podría desear se estableciera usted como vecino permanente; pero espero y creo que Edmund ocupará su propia casa en Thornton Lacey. ¿Digo demasiado, Edmund?

Edmund, al ser requerido, tuvo que enterarse primero de qué se trataba; pero, una vez comprendida la pregunta, contestó sin vacilar:

––Ciertamente, no tengo otra intención que la de residir allí. Pero aunque le rechace como inquilino, Crawford, venga usted como amigo. Considere la casa como medio suya todos los inviernos, y añadiremos las cuadras a su plan de mejoras, así como todas las mejoras que puedan ocurrírsele a usted durante la primavera.

––Nosotros seremos los perjudicados ––reanudó sir Thomas––. Al dejarnos Edmund, aunque sólo sea para establecerse a ocho millas de aquí, se produ­cirá una poco grata reducción de nuestro círculo familiar; pero mucho más profundamente me mortificaría si cualquiera de mis hijos pudiera contentar­se haciendo menos. Es perfectamente natural que usted no haya meditado mucho sobre el caso, Mr. Crawford. Pero una parroquia tiene necesidades y exigencias que sólo puede conocer un clérigo que resida permanentemente en ella, y que ningún substituto puede satisfacer en la misma medida. Ed­mund podría, como se dice vulgarmente, hacer el trabajo de Thornton... esto es, podría leer las plegarias y predicar, sin abandonar Mansfield Park; podría llegarse todos los domingos a caballo a una casa nominalmente habitada, y cumplir con el servicio divino; podría ser el párroco de Thornton Lacey cada séptimo día, por tres o cuatro horas, si quisiera. Pero no, esto no le bastará. Sabe que la humanidad necesita más lecciones de las que puede contener un sermón semanal; y que si no viviera entre sus feligreses y no demostrara ser, con su constante interés, su bienhechor y amigo, haría tan poco para el bien de ellos como para su propio bien.

Mr. Crawford se inclinó, reconociendo las razones de su interlocutor.

––Nuevamente repito ––añadió sir Thomas–– que Thornton Lacey es la única casa de la vecindad en la que no me agradaría tener a Mr. Crawford como ocupante.

Mr. Crawford se inclinó, para agradecer.

––Es indudable ––dijo Edmund–– que mi padre entiende las obligaciones de un párroco. Hemos de esperar que su hijo demuestre que las conoce también.

Cualquiera fuese el efecto que la pequeña arenga de sir Thomas produjera realmente en Henry Crawford, lo cierto es que provocó cierta sensación de angustia en otras dos personas, dos de sus oyentes más atentas: Mary y Fanny. Una de ellas, como nunca había dado en pensar que Thornton Lacey iba a ser tan pronto y tan por completo la residencia de Edmund, estaba conside­rando, baja la mirada, lo que representaría no verle todos los días; y la otra, arrancada del grato mundo de fantasía a que se había abandonado unos momentos antes cediendo al poder descriptivo de su hermano, y no pudien­do ya, de acuerdo con el cuadro que se había formado de un Thornton futuro, excluir la iglesia, anular al clérigo y ver sólo la respetable, elegante modernizada y probable residencia de un hombre de fortuna independiente, iba considerando a sir Thomas, con decidida animadversión, como el des­tructor de todo aquello, y sufría aún más por la tolerancia que la condición y los modales del barón imponían, y por no atreverse a buscar alivio en un solo intento, siquiera, de ridiculizar su causa.

Todo lo agradable de su juego especulativo estaba listo por aquel día. Era llegado el momento de abandonar las cartas si habían de prevalecer los sermones; y se alegró de que fuera necesario poner punto final y de poder renovar su ánimo con un cambio de lugar y de vecino.

Los presentes se hallaban ahora, en su mayoría, reunidos irregularmente en tomo al fuego, esperando el momento de dar la velada por definitivamen­te terminada. William y Fanny eran los más separados del grupo. Se habían sentado los dos a la otra mesa de juego abandonada, y allí estuvieron hablan­do muy a gusto, sin pensar en los demás, hasta que alguien de los demás empezó a pensar en ellos. Henry Crawford fue el primero en orientar su silla en aquella dirección, y permaneció observándoles en silencio por espacio de unos minutos, mientras él, a su vez, era observado por sir Thomas, que estaba charlando, de pie, con el doctor Grant.

––Esta noche se celebra la reunión ––decía William––. De hallarme en Portsmouth, acaso hubiera asistido.

––Pero tú no desearías hallarte en Portsmouth, ¿verdad, William?

––No, Fanny; te aseguro que no. Bastante me hartaré de Portsmouth y de bailar también, cuando no te tenga a mi lado. Y no sé qué podría buscar de nuevo en la fiesta, pues no encontraría pareja. Las jovencitas de Portsmouth arrugan la nariz ante cualquiera que no tenga un empleo. Un guardiamarina es como si no fuera nada. Y uno no es nada, desde luego. ¿Recuerdas a las Gregory? Se han convertido en unas chicas asombrosamente guapas, pero apenas se dignan dirigirme la palabra, porque a Luzy la corteja un teniente.

––¡Oh, qué vergonzoso, qué vergonzoso! Pero no te preocupes por ello, William ––y mientras esto decía, sus mejillas aparecían rojas de indignación––. No vale la pena tomarlo en consideración. No hay ofensas directa para ti, eso no es más que lo experimentado por todos los grandes almirantes en su tiempo, más o menos. Debes considerarlo así, has de procurar acostumbrarte a ello como una más de las penalidades que todos los marinos deben afrontar como el mal tiempo y la vida dura, pero con la ventaja de que esto tendrá un fin, de que llegará el día en que no tendrás que soportar nada parecido. Cuando seas teniente. Piensa sólo, William, en cuando seas teniente. ¡Qué poco te importarán esas tonterías!

––Empiezo a pensar que nunca llegaré a teniente, Fanny. Todos lo consi­guen menos yo.

––¡Oh, querido William, no digas eso! No debes desanimarte así. Nuestro tío no dice nada, pero estoy segura de que hará cuanto pueda para que alcances la graduación. Sabe, tanto como tú, la importancia que tiene.

Se interrumpió al descubrir a su tío mucho más cerca de lo que sospecha­ba, y ambos consideraron necesario ponerse a hablar de otra cosa.

––¿Te gusta bailar, Fanny?

––Sí, mucho; sólo que pronto me canso.

––Me gustaría ir a un baile contigo y verte bailar. ¿No hay nunca bailes en Northampton? Me gustaría verte bailar... y bailar contigo, si tú quisieras, porque aquí nadie sabría quien soy, y me gustaría ser tu pareja una vez más. A menudo solíamos dar unas vueltas juntos, ¿te acuerdas?, cuando en la calle tocaba el organillo. Yo bailo bastante bien a mi modo, pero aseguraría que tú lo haces mejor ––y volviéndose a su tío, que estaba ahora junto a ellos––. ¿No es cierto, tío, que Fanny baila muy bien?

Fanny, consternada por tan inaudita pregunta, no sabía adónde mirar ni cómo prepararse para la respuesta. Era de esperar que algún reproche muy grave, o al menos la más fría expresión de indiferencia, pondría en aprieto a su hermano y la dejaría a ella totalmente anonadada. Mas, por el contrario, en la contestación no hubo nada peor que esto:

––Siento hallarme en el caso de no poder contestar la pregunta. Nunca he visto bailar a Fanny desde que era niña, pero congo en que los dos opinare­mos que se luce como una verdadera dama de salón cuando la veamos, y tal vez tengamos oportunidad de apreciarlo dentro de poco.

––Yo he tenido el placer de ver bailar a su hermana, Mr. Price ––dijo Henry Crawford, adelantándose––, y me comprometo a contestar cuantas preguntas quiera usted hacer sobre el particular. Pero creo ––añadió, viendo a Fanny turbada––, que deberá ser en otra ocasión. Está presente una persona a la que no gusta que se hable de miss Price.

Era bien cierto que había visto bailar a Fanny una vez, e igualmente cierto era que hubiese querido atestiguar ahora que ella se deslizaba con serena, grácil elegancia y un ritmo admirable; pero en realidad no podía recordar, por su vida, el papel que Fanny había hecho en el baile, y si habló fue más porque daba por descontado que ella estuvo presente, que porque recordaba nada referente a ella.

Pasó, sin embargo, como un admirador de su modo de bailar; y sir Thomas, en modo alguno enojado, prolongó la conversación sobre el baile en general, y tanto se distrajo describiendo los bailes de la Antigua y escu­chando lo que su sobrino podía contar de los diferentes estilos de danza que había observado por esos mundos, que cuando anunciaron su coche ni siquiera lo oyó, y hasta que tía Norris armó el consiguiente alboroto no tuvo conocimiento de ello.

––Vamos, Fanny, ¿qué significa esto? Nos vamos ya. ¿No ves que se marcha tu tía? ¡Pronto, pronto! No puedo sufrir esto de tener aguardando al viejo Wilcox. Tendrías que acordarte siempre del cochero y de los caballos. Mi querido Thomas, habíamos dispuesto que el coche regresaría por ti, Edmund y William.

Sir Thomas no pudo disentir, por cuanto él mismo lo había dispuesto y comunicado previamente a su esposa y a su hermana; pero esto parecía haberlo olvidado tía Norris, que quería hacerse la ilusión de que era ella quien lo había dispuesto todo.

Para Fanny, la última impresión de la velada fue de contrariedad, porque el chal que Edmund se disponía a tomar sin prisa de manos del criado para colocarlo sobre sus hombros, le fue arrebatado por la mano más rápida de Henry, y ella se vio obligada a agradecer a éste su más destacada atención.




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