Mansfield Park Jane Austen capítulo I



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CAPÍTULO III

El primer acontecimiento de importancia que se dio en la familia fue la muerte de Mr. Norris, cuando Fanny andaba alrededor de los quince años, y ello dio lugar a inevitables cambios e innovaciones. La señora Norris, al abandonar la rectoría, se trasladó a Mansfield Park, y después a una casita propiedad de sir Thomas, en el pueblo. Se consoló de la pérdida de su esposo al considerar que podía pasar muy bien sin él, y de la reducción de los ingresos al juzgar la evidente necesidad de llevar una economía más estricta.

El beneficio eclesiástico tenía que ser para Edmund; y, de haber muerto su tío unos años antes, se habría otorgado a algún amigo que lo disfrutase hasta que él tuviera la edad para ordenarse. Pero los despilfarros de Tom, anteriores a este suceso, habían sido tan importantes como para hacer nece­saria una cesión de la vacante, de modo que el hermano menor tuvo que ayudar a pagar los placeres del mayor. Existía otro beneficio familiar, del que ya se había posesionado Edmund; pero, aunque esta circunstancia hacía que el forzoso arreglo no pesara tanto sobre la conciencia de sir Thomas, no por ello dejaba de considerarlo como un acto injusto, y procuró inculcar a su hijo mayor la misma convicción, con la esperanza de que diera mejor resultado que todo lo que hasta entonces había tenido ocasión de decir o hacer.

––Me sonrojo por ti, Tom ––le dijo con la mayor seriedad––; me avergüenzo del extremo a que me he visto obligado a recurrir; y fío en que mereces que te compadezca por tus sentimientos de hermano en esta ocasión. Has privado a Edmund por diez, veinte, treinta años... quizás para toda la vida, de más de la mitad de la renta que debía corresponderle. Puede que más adelante esté en mi mano o en la tuya (así lo espero) el procurarle alguna compensación; pero no debes olvidar que ningún beneficio de esta clase sería superior a lo que por derecho natural podría reclamamos, y que en realidad nada podría ser para él un equivalente de las ventajas positivas que ahora se ve obligado a ceder, debido a lo apremiante de tus deudas.

Tom escuchó estas palabras con cierta vergüenza y aflicción; pero escabu­lléndose tan pronto como pudo, no tardó en dejarse llevar de un confortador egoísmo para decirse primero, que sus deudas no llegaban ni a la mitad de las que habían contraído algunos de sus amigos; segundo, que su padre había hecho del tema la conferencia más aburrida, y tercero, que el futuro benefi­ciado, quienquiera que fuese, era de esperar que muriese muy pronto.

A la muerte de Mr. Norris, el derecho de presentación recayó en un tal doctor Grant, que, en consecuencia, fue a vivir a Mansfield; y, resultando ser un hombre robusto de cuarenta y cinco años, había para creer que defraudaría los cálculos de Tom. Pero... «no; tenía el cuello corto y todo su aspecto era de apopléjico; además, surtido como estaba de cosas buenas, no tardaría en estirar la pata».

Su esposa tenía unos quince años menos que él, y carecían de hijos. Ambos llegaron al lugar con el favorable y acostumbrado informe de que eran personas muy respetables y agradables.

Sir Thomas creía llegado el momento de que su hermana política recla­mase su parte en la protección de la sobrina. La nueva situación de la señora Norris y el hecho de que Fanny fuese ya mayorcita parecían no tan sólo anular todas sus anteriores objeciones con respecto a lo de vivir juntas, sino que lo hacían decididamente recomendable; y como él atravesaba unas circunstan­cias menos favorables que un tiempo atrás, debido a ciertas recientes pérdidas en sus posesiones de las Antillas, tras de los derroches de su primogénito, no dejaba de parecerle bastante deseable verse relevado de los gastos de su sostenimiento y de sus obligaciones para asegurarle el porvenir. Con el pleno convencimiento de que así había de ser, habló a su esposa de esta probabili­dad; y a la primera ocasión en que ésta volvió a acordarse del asunto, lo que por cierto ocurrió en un momento en que Fanny se hallaba presente, le dijo con toda su calma:

––Así es, Fanny, que vas a dejamos para ir a vivir con mi hermana. ¿Te gustará?

Fanny quedó demasiado perpleja para hacer otra cosa que no fuera repetir las palabras de su tía:

––¿Que voy a dejarlos?

––Sí, querida; ¿por qué había de asombrarte? Has vivido cinco años con nosotros, y mi hermana siempre dio a entender que te recogería cuando muriese Mr. Norris. Pero tendrás que dejarte ver y ayudarme a puntear mis patrones, lo mismo que ahora.

La noticia le resultó a Fanny tan desagradable como inesperada. Su tía Norris nunca se había mostrado bondadosa con ella y no podía quererla.

––Sentiré mucho irme ––dijo, con un temblor en la voz.

––Sí, así lo creo; eso me parece muy natural. Supongo que desde que llegaste a esta casa has tropezado con menos motivos de enojo que cualquier criatura del mundo.

––No quisiera parecer ingrata, tía ––dijo Fanny humildemente.

––No, querida; espero que no lo seas. Siempre me has parecido una buena chica.

––¿Y nunca más volveré a vivir aquí?

––Nunca, querida. Pero ten la seguridad de que hallarás una casa cómoda.

Poca diferencia puede representar para ti el vivir en cualquiera de las dos casas.

Fanny abandonó la habitación con el corazón oprimido: ella no podía considerar que la diferencia fuese tan insignificante... La perspectiva de vivir con su tía no le proporcionaba nada parecido a la satisfacción. En cuanto tuvo ocasión de hablar con Edmund le contó su pena.

––Primito ––le dijo––, algo va a ocurrir que a mí no me gusta nada; y, aunque muchas veces has llegado a persuadirme hasta conseguir que me reconciliara con algunas cosas que al principio me disgustaban, ahora no va a serte posible. Me voy a vivir definitivamente con tía Norris.

––¡Qué dices!

––Sí; tu mamá acaba de decírmelo. Ya está decidido. Voy a dejar Mansfield Park para instalarme en la Casa Blanca, supongo que en cuanto ella se traslade allí.

––Verás, Fanny, si el proyecto no te disgustase, yo diría que es excelente.

––¡Oh, Edmund!

––Por lo demás, lo tiene todo a su favor. Tía Norris se porta como una persona sensible al desear tenerte. Se decide por la mejor amiga y compañera que podría escoger, y celebro que su amor al dinero no se lo impida. Serás para ella lo que debes ser. Espero que no te pesará demasiado, Fanny.

––Desde luego que me pesa; no puede gustarme. Quiero a esta casa y todo lo que hay en ella; allí nada podré querer. Bien sabes lo a disgusto que me siento con ella.

––No diré de su trato mientras fuiste una chiquilla, pero te advierto que con todos nosotros hacía lo mismo, o poco menos. Nunca supo cómo hacerse agradable a los niños. Pero ahora ya tienes edad para recibir otro trato... y me parece que ya se porta mejor; y, cuando seas su única compañera, tendrá que considerarte muy importante.

––Yo nunca podré tener importancia para nadie.

––¿Qué puede impedirlo?

––Todo. Mi situación... mi necedad y torpeza.

––Querida Fanny, en cuanto a necedad y torpeza, créeme, no tienes sombra de lo uno ni de lo otro, como no sea al aplicar estas palabras tan impropia­mente. No existe razón en el mundo para que no se te conceda importancia donde te conozcan. Tienes buen juicio y un carácter dulce, y estoy seguro de que posees un corazón agradecido que en ningún caso sabría recibir bonda­des sin desear corresponder a las mismas. No conozco mejores cualidades para una amiga y compañera.

––Me favoreces demasiado ––dijo Fanny, ruborizándose ante tal alabanza––. ¡Cómo podré nunca agradecer bastante la buena opinión que tienes de mí! ¡Oh, Edmund, si he de marcharme, recordaré tus bondades hasta el último momento de mi vida!

––Vaya, desde luego, Fanny; debo esperar que me recuerdes a una distancia tan corta como la de la Casa Blanca. Hablas como si te fueras a doscientas millas de aquí, en vez de atravesar tan sólo el parque; pero nos pertenecerás casi lo mismo que ahora. Las dos familias habrán de reunirse todos los días del año. La única diferencia estará en que, viviendo con tía Norris, forzosa­mente tendrás que destacar como mereces. Aquí hay demasiadas personas tras de las cuales puedes ocultarte; pero al lado de ella te verás obligada a poner de manifiesto tu personalidad.

––¡Oh, no digas eso!

––Debo decirlo, y decirlo con alegría. Tía Norris está mucho más indicada que mi madre para encargarse ahora de ti. Tiene carácter para hacer mucho por quien realmente le interese, y te obligará a que hagas justicia de tus dotes naturales.

Fanny suspiró y dijo:

––Yo no puedo ver las cosas como tú; pero habré de creer que la razón está más de tu parte que de la mía, y te agradezco muchísimo que trates de conciliarme con lo que tiene que suceder. ¡Si yo pudiera suponer que en realidad le importo a mi tía, qué delicioso séria sentirme importante para alguien! Aquí, bien sé que no lo soy para nadie; y, sin embargo, me es tan querido el lugar...

––El lugar, Fanny, es precisamente lo que no vas a dejar, aunque dejes la casa. Podrás disponer libremente del parque y los jardines, lo mismo que hasta ahora. Ni siquiera tu fiel corazoncito debe asustarse por ese cambio tan meramente nominal. Podrás frecuentar los mismos paseos, escoger tus lectu­ras en la misma biblioteca, ver la misma gente y montar el mismo caballo.

––Tienes razón; sí, mi querida jaca gris. ¡Ah!, primito, cuando recuerdo el miedo que me daba montar, el terror que sentía cuando oía decir que ello sería tan provechoso para mi salud (¡oh!, sólo de ver a mi tío desplegar los labios para hablar de caballos, me ponía a temblar), y luego pienso en el trabajo que te diste con tus razonamientos, para quitarme el miedo y conven­cerme de que me gustaría al poco tiempo, y reconozco la mucha razón que tenías, según quedó demostrado después... Casi me inclino a creer que tus predicciones serán siempre lo mismo de acertadas.

––Y yo estoy plenamente convencido de que el vivir al lado de tía Norris será tan beneficioso para tu espíritu como el montar lo ha sido para tu salud... y, en último término, para tu misma felicidad.

Así terminó la conversación que, por la utilidad que de la misma pudo sacar Fanny, podían muy bien haberse ahorrado, ya que la señora Norris no tenía la menor intención de llevársela, ni se le había ocurrido pensar en ello últimamente, como no fuera para eludir el compromiso. Para evitar que se hicieran ilusiones, había elegido la vivienda más reducida de las que podían considerarse aceptables entre las pertenecientes a la parroquia de Mansfield, la Casa Blanca, que contaba con el justo espacio para albergarla a ella y a sus sirvientes, sobrando un solo cuarto para un forastero, extremo éste que cuidó mucho de subrayar. En la rectoría jamás se hizo uso de las habitaciones sobrantes; pero ahora resultaba que la absoluta necesidad de reservar un cuarto para el caso debía tenerse muy en cuenta. Todas sus precauciones, sin embargo, no pudieron salvarla de que se le atribuyesen mejores intenciones; o, quizá, sus mismas propagandas sobre la importancia de un cuarto de repuesto habían inducido a sir Thomas a suponer que, en realidad se desti­naba a Fanny. Lady Bertram no tardó en poner las cosas en claro, al observar con indiferencia, hablando con su hermana:

––Creo que no necesitaremos retener por más tiempo a miss Lee, cuando Fanny vaya a vivir contigo.

La señora Norris casi dio un respingo.

––¡Vivir conmigo, hermana mía! ¿Qué quieres decir?

––¿No va a vivir contigo? Creía que lo habías convenido así con mi marido.

––¿Yo? ¡Nunca! Jamás le dije una palabra de esto a sir Thomas, ni él a mí. ¡Vivir Fanny conmigo! Seria la última cosa de este mundo que a mí se me iba a ocurrir, o que podría desear cualquiera que nos conozca a las dos. ¡Santo cielo! ¿Qué haría yo con Fanny? Yo, una pobre viuda desvalida, desampara­da, inútil para todo, sin ánimos para nada... ¿qué podría hacer por una niña de su edad, una muchacha de quince años, que es cuando más necesitan de atención y cuidados, como para poner a prueba al espíritu más animoso? ¡Vaya, estoy segura de que sir Thomas no puede en serio esperar tal cosa! Me aprecia demasiado para eso. Nadie que me quiera bien me lo propondría, estoy convencida. ¿Cómo fue que te habló del asunto?

––La verdad es que no lo sé. Sin duda porque debió de parecerle bien.

––Pero ¿qué dijo? No pudo decir que deseaba que me llevase a Fanny. Estoy segura de que no podía desearlo de corazón.

––No; sólo dijo que lo consideraba muy probable. Y yo lo creía también así. Los dos pensamos que seria un consuelo para ti. Pero, si no te gusta, no hay más que hablar. Aquí no estorba.

––Querida hermana, teniendo en cuenta mi lamentable estado, ¿cómo podría ser un consuelo para mí? Aquí me tienes convertida en una pobre viuda desamparada, privada del mejor de los maridos, perdida la salud en cuidarle y atenderle, peor de ánimos todavía, destruida mi paz en este mun­do, contando apenas con lo suficiente para mantenerme en el rango de una dama y llevar una vida que no deshonre la memoria del que se fue: ¿qué posible consuelo podría hallar tomando sobre mis hombros una carga como Fanny? Si pudiera desearlo en mi provecho, sería incapaz de causar tanto perjuicio a la pobre niña. Ella está en buenas manos y no le falta nada. Yo tengo que abrirme paso como puedo entre mis penas y dificultades.

––¿Piensas acaso vivir completamente sola?

––Hermana mía, ¿para qué sirvo sino para la soledad? Espero verme acom­pañada por unos días, de vez en cuando, en mi pobre casita, por alguna amistad; siempre tendré una cama para una amiga. Pero la mayor parte de mis días transcurrirá en el más absoluto aislamiento. Mientras pueda conjugar ambas aspiraciones, no pido más.

––Espero, hermana mía, que no te irán tan mal las cosas, teniendo en cuenta que mi marido dice que podrás disponer de seiscientas libras al año.

––No es que me queje. Sé que no podré vivir como antes, pero me limitaré en lo que pueda y aprenderé a llevar una mejor economía doméstica. He sido un ama de casa bastante liberal, pero ahora no me avergonzaré de practicar el ahorro. Mi situación ha variado en la misma proporción que mi renta. Un sinfin de cosas que se hacían teniendo en cuenta la condición de rector de mi pobre esposo no pueden esperarse ahora de mí. Nadie sabe lo que se llegaba a consumir en nuestra cocina en atención a los invitados. En la Casa Blanca habrá que mirar mucho más. Tendré que vivir de mi renta, pues de lo contrario no tendría perdón; y sería para mí una gran satisfacción poder conseguir algo más... guardar un poquito al final del año.

––Estoy segura de que lo harás. Lo haces siempre, ¿verdad?

––Mi deseo es beneficiar a los que quede, cuando yo haya abandonado este mundo. Es por el bien de tus hijos por lo que deseo ser más rica. Por nadie más tengo que preocuparme; pero me ilusionaría mucho pensar que puedo dejarles una bagatela que no desmereciera de lo que posean.

––Eres muy buena, pero no tienes que preocuparte por ellos. De seguro que tendrán bastante. Thomas se encargará de eso.

––Sí, bueno; pero no olvides que sus posibilidades quedarán bastante mermadas si la hacienda de la Antigua ha de darle unos beneficios tan menguados.

––¡Bah! Esto pronto quedará arreglado. Thomas ha escrito para solucionar el asunto. Me consta.

––Bueno, querida ––dijo la señora Norris, disponiéndose para salir––, tan sólo puedo decirte que mi único afán es el de ser útil a tu familia; de modo que si a tu marido se le ocurriese hablar otra vez sobre lo de llevarme a Fanny puedes decirle que mi salud y mi postración moral ponen el asunto fuera de toda discusión; aparte de que, en realidad, no tendría siquiera cama que darle, pues necesito un cuarto de repuesto para las amistades.

Lady Bertram repitió a su marido lo suficiente de esta conversación para convencerle de lo mucho que se había equivocado en cuanto a las intencio­nes de su cuñada. Y ésta, a partir de aquel momento, quedó perfectamente a salvo de toda suposición y de la menor alusión por parte de él al respecto. Sir Thomas no pudo por menos que maravillarse de que ella rehusara hacer algo por una sobrina en cuya adopción había puesto tanto interés; pero, como ella se apresurase a darle a entender, lo mismo que a lady Bertram, que cuanto poseía estaba destinado a sus hijos, no tardó en conformarse ante esta distin­ción, que, a la par que era ventajosa y halagadora para ellos, le permitiría favorecer a Fanny con más holgura por sus propios medios.

Fanny no tardó en saber lo inútiles que habían sido sus temores por el cambio anunciado; y su felicidad sincera, espontánea, ante el descubrimiento, proporcionó a Edmund algún consuelo en su desencanto acerca de lo que esperaba había de ser tan esencialmente beneficioso para ella. La señora Norris tomó posesión de la Casa Blanca, los Grant llegaron a la rectoría y, después de estos acontecimientos, todo siguió en Mansfield como de cos­tumbre por algún tiempo.

Los Grant resultaron ser unas personas sociables, propicias a la buena amistad, y cayeron muy bien a casi la totalidad de su nueva relación. Desde luego, tenían sus defectos, y la señora Norris pronto los descubrió. El doctor Grant era muy aficionado al buen yantar, y le hubiera gustado tener un banquete todos los días; y la señora Grant, en vez de procurar darle satisfac­ción gastando poco, pagaba a su cocinera un salario tan elevado como el que tenía la de Mansfield Park, y apenas se dejaba ver en la cocina. La señora Norris no podía hablar con calma de tales desaguisados, como tampoco de la cantidad de huevos y manteca que regularmente se consumía en la casa. «Nadie amaba más que ella la esplendidez y la hospitalidad... Nadie odiaba más los procedimientos mezquinos... La rectoría, estaba segura, nunca había carecido de comodidades de toda clase, nunca había tenido mala fama en su tiempo, pero ahora las cosas iban allí de un modo que no podía comprender... Una dama elegante en una rectoría de pueblo estaba totalmente fuera de lugar... Su despensa, por supuesto, era lo bastante buena para no dar lugar a que la señora Grant pudiese despreciarla... Por más indagaciones que hiciera, no pudo hallar que la señora Grant hubiese tenido nunca más de quinientas libras.»

Lady Bertram escuchaba sin gran interés esta especie de invectivas. Ella no podía penetrar los errores de un economista, pero sentía lo injurioso que era para la belleza eso de que la señora Grant se hubiese situado tan bien en la vida sin ser bella, y expresaba su asombro sobre este punto casi tan a menudo, aunque no tan prolijamente, como su hermana debatía el otro.

Estos temas fueron aireados durante casi un año, cuando en la familia se produjo otro suceso de tal importancia como para reclamar justamente un lugar en la mente y la conversación de las damas. Sir Thomas juzgó conve­niente desplazarse a la Antigua para mejor ordenar sus negocios personalmen­te; y se llevó consigo a su hijo mayor, con la esperanza de despegarlo de algunas malas compañías de la metrópoli. Abandonaron Inglaterra con la probabilidad de no volver hasta al cabo de unos doce meses.

Lo necesario de la medida desde el punto de vista pecuniario y la esperan­za de que redundase en beneficio de su hijo, compensaron a sir Thomas del sacrificio de separarse del resto de la familia y de tener que dejar a sus hijas bajo la custodia de otras personas, precisamente ahora, cuando las dos habían entrado en la época más interesante de la vida. No pudo considerar idónea a su esposa para sustituirle ante ellas o, mejor, para desempeñar las funciones que en todo caso le hubieran correspondido. Pero en la atenta vigilancia de la señora Norris, así como en el buen juicio de Edmund, sí podía confiar para marcharse sin recelar por ellas.

A lady Bertram no le hacía ninguna gracia que su marido se ausentase; pero no la alteró la menor inquietud por su seguridad, ni preocupación alguna por su bienestar, ya que era una de esas personas que creen que nada puede ser peligroso, dificil o cansado para nadie, excepto para ellas mismas.

Las niñas Bertram se hicieron muy dignas de compasión en la coyuntura: no por su pena, sino porque no la conocieron siquiera. Su padre no era para ellas motivo de cariño; nunca había parecido amigo de sus diversiones y, desgraciadamente, la noticia de su marcha fue muy bien acogida. Así se verían libres de toda coerción; y, sin que aspirasen a ninguna clase de expansión de las que seguramente les hubiera prohibido sir Thomas, en el acto se sintieron a sus anchas y seguras de tener todas las complacencias a su alcance. El alivio de Fanny y su conocimiento del mismo fue en un todo igual al de sus primas; pero un natural más tierno le indicaba que sus sentimientos eran ingratos y, en realidad, se afligía de no poder afligirse. ¡Sir Thomas, que tanto había hecho por ella y por sus hermanos, y que se había ido quizá para nunca volver! ¡Y que ella pudiera verle partir sin derramar una lágrima... era de una insensibilidad vergonzosa! Él le había dicho además, la misma mañana de su partida, que esperaba que podría ver de nuevo a William en el curso del siguiente invierno, y le había encargado que le escribiera invitándole a pasar unos días en Mansfield, en cuanto la Escuadra a que pertenecía se supiera que estaba en Inglaterra. ¡Aquello era el colmo de la amabilidad y la previsión! Tan sólo con que le hubiese sonreído y llamado «querida Fanny» mientras le hablaba, todo el ceño y frío tratamiento de anteriores ocasiones hubiera podido quedar borrado de su mente. Por el contrario, terminó su discurso de un modo que la sumió en amarga mortificación, al añadir:

––Si William viene a Mansfield, espero que podrás convencerle de que los muchos años transcurridos desde vuestra separación no han pasado totalmen­te sin algún provecho para ti; aunque mucho me temo que encuentre a su hermana, a los dieciséis años, demasiado parecida en muchos aspectos a la de diez.

Ella lloró amargamente a causa de esta reflexión cuando su tío hubo partido; y sus primas, al verla con los ojos enrojecidos, la consideraron una hipócrita.



CAPÍTULO IV

Tom Bertram pasaba últimamente tan poco tiempo en casa, que sólo pudieron echarle de menos nominalmente; y lady Bertram pronto se asom­bró de lo bien que iba todo aun sin el padre, de lo bien que le suplía Edmund manejando el trinchante en la mesa, hablando con el mayordomo, escribiendo al procurador, entendiéndose con los criados y, en fin, ahorrán­dole igualmente a ella toda posible fatiga o molestia en todas las cuestiones, menos en la de poner la dirección en las cartas que ella escribía.

Pronto llegó la noticia del feliz arribo de padre e hijo a la Antigua después de una excelente travesía, pero no sin que antes la señora Norris hubiese abundado en la exposición de sus espantosos temores e intentado que Ed­mund se hiciera partícipe de ellos siempre que podía sorprenderle a solas; y, como presumía de ser siempre ella la primera persona en enterarse de toda fatal catástrofe, ya había discurrido el modo de comunicarla a los demás, cuando, al recibir del propio sir Thomas la certeza de que ambos habían llegado a puerto sanos y salvos, se vio obligada a arrinconar por algún tiempo su excitación y sus conmovidas palabras de preparación.

Llegó y pasó el invierno sin que le fuera preciso recurrir a ellas; las noticias seguían siendo buenas y la señora Norris, preparando diversiones a sus sobri­nas, ayudándolas en sus tocados, poniendo de manifiesto sus prendas y buscándoles los futuros maridos, tenía tanto que hacer, sin contar el gobierno de su propia casa, alguna que otra injerencia en los asuntos de la de su hermana y la fiscalización de los ruinosos despilfarros de la señora Grant, que poco tiempo le quedaba para dedicarlo siquiera a temer por los ausentes.

Las niñas Bertram habían quedado definitivamente clasificadas entre las bellezas de aquellos contornos; y como unían a su hermosura y brillantes conocimientos unos modales naturales y fáciles, cuidadosamente inculcados para el trato en general y entre la buena sociedad, gozaban del favor y la admiración de todos sus conocidos. Tenían una vanidad tan bien disciplinada que parecían estar completamente exentas de ella y no darse importancia alguna; mientras que las alabanzas por tal conducta, tan llevadas y traídas por su tía, servían para afirmarlas en la creencia de que no tenían un solo defecto.

Lady Bertram nunca acompañaba a sus hijas fuera de casa. Era demasiado indolente, aun para regalarse con la satisfacción de una madre al presenciar sus éxitos y alegrías, si ello tenía que ser a costa del más pequeño sacrificio personal, y la carga recayó sobre su hermana, que no deseaba cosa mejor que ostentar tan honrosa representación y saboreaba con fruición la oportunidad que le brindaba de alternar con la sociedad sin tener más atributos para ello.

Fanny no participaba en las fiestas de la temporada, pero gustaba de ser manifiestamente útil como compañera de su tía cuando los demás se marcha­ban atendiendo a alguna invitación; y, como miss Lee ya no estaba en Mansfield, ella lo era todo para lady Bertram en las noches de baile o de reunión fuera de la casa. Ella le hablaba, la escuchaba, le leía; y la paz de esas veladas, la seguridad absoluta de que en aquellos tête––d––tête estaba a salvo de cualquier aspereza o desatención, resultaban algo en extremo grato para un espíritu que raras veces había conocido una pausa en sus alarmas y zozobras. En cuanto a las diversiones de sus primas, le gustaba escuchar un relato de sus incidencias y pormenores, especialmente de los bailes y de con quién había bailado Edmund; pero consideraba demasiado humilde su propia condición para imaginar que podría algún día ser admitida en alguno de ellos y, por lo tanto, escuchaba sin pensar que pudieran tener para ella otro interés más inmediato. En su conjunto, el invierno resultó bastante grato para ella, pues, aunque William no llegó a Inglaterra, la inagotable esperanza de verle llegar ya valía mucho.

En la siguiente primavera se vio privada de su valiosa amiga, la vieja jaca gris, y por algún tiempo estuvo en peligro de que la pérdida repercutiera en su salud tanto como en sus sentimientos; pues, no obstante la reconocida importancia que para ella tenía el montar a caballo, nada se dispuso para que pudiera seguir haciéndolo, «porque ––según consideraban sus tías–– podía utilizar cualquiera de los dos caballos de sus primas siempre que éstas no los necesitasen». Y, como las señoritas Bertram necesitaban regularmente sus caballos todos los días buenos para salir y no tenían la menor intención de llevar sus maneras corteses hasta el sacrificio de un verdadero placer, la ocasión, desde luego, nunca se presentaba. Ellas daban sus agradables paseos a caballo en las deliciosas mañanas de abril y mayo, mientras Fanny se pasaba todo el día sentada en casa, al lado de una tía, o bien daba paseos agotadores para sus fuerzas a instancias de la otra. Lady Bertram sustentaba el criterio de que el ejercicio era tan innecesario para los demás como desagradable era para ella; y tía Norris, que caminaba todos el día de un lado para otro, opinaba que todo el mundo debía hacer lo mismo. Edmund estaba ausente por entonces; en otro caso, el mal se hubiera remediado más pronto. A su regreso, una vez enterado de la situación de Fanny y notando sus malos efectos, pareció que para él no había sino una cosa que hacer; y con la resuelta declaración de que «Fanny necesita un caballo» se opuso a todo cuanto podía argüir la indolencia de su madre o la economía de su tía para quitarle importancia al asunto. La señora Norris no podía evitar el pensar que podría encontrarse algún viejo y pesado animal entre los muchos pertenecientes al parque, más que suficiente para el caso; o que podían pedirle uno prestado al administrador; o que acaso el doctor Grant podría dejarles de vez en cuando la jaca que enviaba para el correo. La señora Norris no podía menos que considerar absolutamente innecesario, y hasta impropio, que Fanny hu­biese de tener siempre a su disposición un caballo propio de señora, al estilo de sus primas. Estaba segura de que sir Thomas nunca había tenido tal intención, y debía manifestar que hacer semejante compra en su ausencia, con el consiguiente aumento del mucho gasto que le reportaba la cuadra en un momento en que gran parte de sus rentas aparecían inestables, le parecía algo por demás injustificable. «Fanny necesita un caballo» era la única réplica de Edmund. La señora Norris no podía ser de la misma opinión. Lady Bertram, sí: estaba totalmente de acuerdo con su hijo en que era necesario y en que su padre lo consideraba así; pero no coincidía en lo de la urgencia. Ella sólo quería esperar la vuelta de sir Thomas, y entonces sir Thomas lo arreglaría todo personalmente. Se le esperaba para septiembre, ¿y qué mal podría hacer a nadie el esperar tan sólo hasta septiembre?

Aunque Edmund se disgustó mucho más con su tía que con su madre, por mostrar aquélla menos consideración a su sobrina, no tuvo más remedio que atender a sus razonamientos, hasta que al fin decidió adoptar una fórmula que evitaría el riesgo de que su padre pudiera creer que se había excedido y, al propio tiempo, procuraría inmediatamente a Fanny el medio de hacer ejercicio, cuya falta él no podía tolerar. Edmund disponía de tres caballos, pero ninguno de ellos era apropiado para una mujer. Dos eran caballos de caza; el tercero, un útil animal de aguante. Y éste, decidió cambiarlo por otro que pudiera montarlo su prima. Él sabía dónde encontrar uno que sirviera para el caso y, una vez resuelto a poner en práctica su idea, no tardó en dejarlo todo arreglado. La nueva yegua resultó un tesoro; con muy poco esfuerzo se consiguió convertirla en el ideal para el fin deseado, y Fanny entró entonces en casi plena posesión de ella. Aunque había supuesto que nada podría nunca acomodarle tanto como la vieja jaca gris, resultó que su placer con la yegua de Edmund sobrepasó en mucho todo goce anterior en aquel aspecto; satisfacción que en todo momento sentía acrecentada al considerar la fineza de la cual se derivaba el mismo placer, hasta tal punto que no le hubiera sido posible hallar palabras para expresarla. Veía en su primo un ejemplo de todo lo bueno y grande, considerándolo portador de unos valores que nadie más que ella podría apreciar jamás, y acreedor de una gratitud tan inmensa por parte de ella, que no podía haber sentimientos lo bastante fuertes para saldar tal deuda. Su sentir por él se componía de todo lo que pueda ser respeto, gratitud, confianza y ternura.

Como el caballo continuaba siendo, tanto de nombre como de hecho, propiedad de Edmund, la señora Norris pudo tolerar que Fanny lo usara; y de haber pensado lady Bertram alguna vez en sus objeciones, Edmund hubiera quedado excusado a sus ojos por no haber esperado a que sir Thomas regresase en septiembre, pues cuando septiembre llegó, sir Thomas seguía ausente y sin perspectiva inmediata de resolver sus negocios. Unas circunstan­cias desfavorables surgidas de pronto, justamente cuando empezaba a poner todos sus pensamientos en el regreso a Inglaterra, y la gran inseguridad que entonces lo envolvió todo, determináronle a enviar a su hijo a la metrópoli y a esperar él solo el arreglo definitivo. Tom llegó sin novedad, trayendo excelentes referencias de la salud que gozaba su padre, pero no muy convin­centes para la señora Norris. Esto de que sir Thomas hiciera volver a su hijo le pareció hasta tal punto una medida de cuidado paternal, que habría tomado influido por el presagio de algún mal que, sin duda, le amenazaba, que no pudo evitar que se apoderasen de su espíritu los más negros presen­timientos; y al llegar el otoño con sus largas veladas, se veía de tal modo perseguida por esas ideas en la soledad de su casita, que no encontró más solución que la de refugiarse todos los días en el comedor de Mansfield Park. Pero los compromisos que traía aparejados la temporada de invierno produ­jeron su efecto; y, a medida que iban en aumento, su mente hubo de ocuparse tan a gusto en velar por el futuro de su sobrina mayor, que sus nervios consiguieron aplacarse hasta el punto de resultar tolerables.

––Si el Destino impidiese que el pobre Thomas volviese jamás, sería un gran consuelo dejar bien casada a su querida María ––solía decirse a menudo.

Esto lo pensaba siempre que se hallaban en compañía de muchachos acaudalados y, especialmente, se le ocurrió al serles presentado un joven que acababa de heredar una de las propiedades más extensas, sita en uno de los lugares más hermosos de la comarca.

Mister Rushworth quedó, desde el primer instante, prendado de la belleza de miss Bertram; y, como se sentía inclinado al matrimonio, no puso obstá­culos a su rápido enamoramiento. Era un joven insulso, sin más que sentido común; pero como ni en su figura ni en su porte había nada desagradable, la damisela quedó satisfecha de su conquista. Habiendo cumplido sus vein­tiún años, María Bertram empezaba a considerar el matrimonio como un deber; y, como casándose con míster Rushworth gozaría de una renta supe­rior a la de su padre y tendría casa asegurada en la ciudad, lo que constituía entonces su objetivo primordial, se le hizo evidente, por la misma fuerza de su obligación moral, que debía casarse con míster Rushworth... si podía. La señora Norris puso todo su celo en impulsar el noviazgo mediante toda suerte de insinuaciones y estratagemas tendentes a encarecer, respectivamente, lo apetecible de las dos partes y, entre otros procedimientos, procurando intimar con la madre del gentleman, que a la sazón vivía con él, para lo cual llegó al extremo de forzar a lady Bertram a hacer un recorrido de diez millas con toda su desgana, a fin de hacerle una visita. No tardó mucho tiempo en establecerse una buena inteligencia entre la viuda Norris y aquella señora. Mistress Rushworth se manifestó muy deseosa de que su hijo se casara pronto y aseguró que, de todas las damiselas que había tenido ocasión de conocerlo, miss Bertram le parecía, por sus admirables prendas y virtudes, la más ade­cuada para hacerle feliz. La señora Norris admitió el cumplido, admirando el magnífico discernimiento de la persona que tan bien sabía apreciar el mérito. María era, desde luego, el orgullo y el encanto de todos... no tenía un solo defecto... era un ángel; y viéndose, naturalmente, tan rodeada de admiradores, se le haría muy dificil la elección; no obstante, por lo que ella, la señora Norris, podía atreverse a suponer, aunque hacía poco que habían trabado conocimiento, míster Rushworth parecía ser precisamente el joven más digno y capaz de lograrla.

Después de bailar juntos cierto número de veces, tanto él como ella justificaron estas opiniones y se entabló un compromiso, dando de ello la debida referencia al ausente sir Thomas, con gran satisfacción por parte de las familias respectivas y de los curiosos de la vecindad en general, que desde hacía bastantes semanas habían percibido la conveniencia de un casamiento entre mister Rushworth y miss Bertram.

Habían de transcurrir algunos meses antes de que llegara el consentimien­to de sir Thomas, pero entretanto, como nadie dudaba que daría su más cordial aquiescencia al compromiso, la relación entre ambas familias se inten­sificó sin vacilación, y no hubo más intento para mantener la cosa en secreto que el de tía Norris, al hablar por doquier del asunto como de algo de lo cual no debía hablarse aún.

Edmund fue el único de la familia que vio un defecto en aquella cuestión, y ningún argumento de su tía pudo inducirle a considerar a míster Rush­worth como un compañero deseable. Admitía que su hermana era quien mejor podía juzgar en lo relativo a su propia felicidad, pero no le gustaba que esta felicidad se cifrase en una gran renta; ni tampoco podía evitar el decirse a menudo a sí mismo, cuando se hallaba en compañía de míster Rushworth: «Si este hombre no tuviese doce mil libras al año, sería un sujeto bien estúpido».

Sir Thomas, no obstante, se sintió muy dichoso ante el proyecto de una alianza tan indiscutiblemente ventajosa, respecto de la cual sólo pudo tener referencias de lo positivamente bueno y agradable. El caso ya no pudo parecerle más ideal ––una familia del mismo condado y con los mismos intereses––, y no tardó en hacer llegar su decidido asentimiento. Puso la única condición de que la boda no se celebrase antes de su regreso, cuya fecha procuraba adelantar con todo el afán. Esto lo escribió en el mes de abril, manifestando que tenía fundadas esperanzas de dejar todos los asuntos resuel­tos a su entera satisfacción y abandonar la Antigua antes de terminar el verano.

Tal era el estado de las cosas en el mes de julio. Fanny acababa de cumplir dieciocho años, cuando vinieron a sumarse a la sociedad del pueblo el hermano y la hermana de la señora Grant, míster y miss Crawford, hijos del segundo matrimonio de su madre. Eran jóvenes y acaudalados. Él tenía unas magníficas posesiones en Norfolk, y ella veinte mil libras. De pequeños, su hermana siempre los había querido mucho; pero como poco después de casarse ella sobrevino la muerte de la madre, quien los dejó al cuidado de un tío paterno que la señora Grant no conocía siquiera, apenas había vuelto a verlos desde entonces. Los dos encontraron en la casa de su tío un hogar amable. El almirante y su esposa, la señora Crawford, aunque nunca habían conseguido ponerse de acuerdo en cuestión alguna, se unieron en el efecto a los pequeños huérfanos o, cuando menos, la discrepancia de sus sentimien­tos no alcanzó más allá de la elección de sus respectivos favoritos, a los que, cada uno por su lado, mostraban especial predilección. El almirante se encantaba con el muchacho, y su esposa chocheaba por la niña. Fue la muerte de la señora Crawford lo que obligó a su protegida, después de unos meses más de prueba en casa de su tío, a buscar otro hogar. El almirante Crawford era hombre de costumbres depravadas que prefirió, en vez de retener a su sobrina, traer a su querida bajo el mismo techo; y, ante esto, la señora Grant se vio obligada a llevarse a su hermana atendiendo su petición, medida tan bien acogida por una parte como oportuna pudo considerarse por la otra; ya que la señora Grant, agotados todos los recursos de distracción que puede hallar en el campo una dama sin descendencia (ya había más que llenado de bonitos muebles su sala favorita y reunido una escogida colección de plantas y aves de corral), estaba muy necesitada de que se produjera algún cambio en su casa. Por lo tanto, la llegada de una hermana a la que siempre había querido y a la, que esperaba poder ahora retener a su lado, en tanto fuese soltera, resultó en extremo agradable para ella: y su principal inquietud estaba en el temor de que Mansfield no pudiera satisfacer los hábitos de una joven tan hecha a la vida de Londres.

La propia miss Crawford no estaba totalmente exenta de tales aprensiones, aunque éstas se derivaban principalmente de sus dudas acerca del estilo de vida y tono social de su hermana; y tan sólo después de haber intentado en vano persuadir a su hermano de la conveniencia de instalarse con ella en su propia casa de campo, se arriesgó a convivir con el matrimonio Grant. Por todo cuanto se pareciese a un domicilio fijo o a una limitación de la vida de sociedad, Henry Crawford sentía, desgraciadamente, una gran aversión: no podía acomodarse a los deseos de su hermana en una cuestión de tal impor­tancia. Pero la acompañó, muy amablemente, hasta Northamptonshire, y al propio tiempo se comprometió a recogerla de nuevo a la media hora de tener noticias de que ella se había cansado del lugar.

El contacto resultó muy satisfactorio para ambas partes. Miss Crawford encontró a una hermana desprovista de afectación o rudeza, un cuñado que tenía todo el aspecto de un gentleman, y una casa cómoda y bien provista de todo. Por su lado, la señora Grant vio en los seres que ahora esperaba tener ocasión de amar más que nunca, a un joven y a una muchacha de cautivadora presencia. Mary Crawford era notable por su belleza; Henry, aun sin ser guapo, tenía figura y prestancia; los dos eran de un talante animado y simpá­tico, y la señora Grant consideró enseguida que poseían todas las buenas cualidades. Los dos la encantaron, pero Mary fue su preferida; y, como nunca había podido gloriarse de su propia belleza, le proporcionaba una inmensa satisfacción el poder enorgullecerse de la de su hermana. No había esperado su llegada para buscarle una pareja adecuada; se había fijado en Tom Bertram. El primogénito de un barón no podía ser demasiado para la gran dama que la señora Grant preveía en ella; y, como era mujer franca e impulsiva, no llevaba Mary tres horas en la casa cuando le contó lo que había planeado.

Miss Crawford se alegró de saber que tenían tan cerca a una familia de tal importancia, y no se disgustó en absoluto por eso de que su hermana se hubiese cuidado del asunto con anticipación, ni por la elección que había hecho. El matrimonio era su objetivo, con tal de poder casarse bien; y, habiendo visto a Tom en Londres, sabía que a su persona cabía poner tan pocas objeciones como a su posición social. Aunque hablase de ello como de una broma, no podía evitar, sin embargo, el pensar en serio sobre el asunto. El proyecto fue pronto comunicado a Henry.

––Y, además ––añadió la señora Grant––, he pensado en algo para comple­tarlo. Me gustaría muchísimo colocaros a los dos en esta región; y por lo tanto, Henry, debes casarte con la menor de las Bertram, una muchacha gentil, hermosa, alegre y de todas prendas, que te hará feliz.

Henry se inclinó y le dio las gracias.

––Querida hermana ––dijo Mary––, si fueras capaz de convencerle en este terreno, seria para mí un nuevo motivo de satisfacción el verme unida a una persona tan inteligente, y sólo me cabría lamentar que no tuvieras media docena de hijas disponibles. Si eres capaz de conseguir que Henry se case, será que tienes la habilidad de una francesa. Todo lo que pueden hacer las habilidades inglesas se ha probado ya. Tengo tres amigas muy íntimas que han estado muriéndose por él, las tres por turno; y el trabajo que ellas, sus madres (personas de mucho talento), mi tía y yo misma nos hemos tomado en razonarle, engatusarle o embaucarle para que se casara, es inconcebible. Es el coquetón más terrible que quepa imaginar. Si a esas niñas Bertram no les gusta que les destrocen el corazón, que huyan de Henry.

––Querido hermano, no voy a creer eso de ti.

––No; estoy seguro de que eres demasiado buena. Sin duda no serás tan rigurosa como Mary. Te harás cargo de la indecisión de la juventud y la inexperiencia. Soy por temperamento, enemigo de arriesgar mi felicidad obrando con precipitación. Nadie puede tener del matrimonio un concepto más elevado que el que tengo yo. Considero la bendición de una esposa como un tanto acierto se describe en los discretos versos del poeta: «Del cielo el mejor y último don».

––Ahí tienes: ya ves cómo subraya cierta palabra. Y sólo tienes que fijarte en su sonrisa. Te aseguro que es detestable; las lecciones del almirante le han estropeado por completo.

––Hago muy poco caso ––dijo la señora Grant–– de lo que un joven diga respecto al matrimonio. Lo que manifiestan aversión por él, es que todavía no han tropezado con la persona que les conviene.

El doctor Grant se congratuló, riéndose, de que miss Crawford no sintiera tal aversión por el estado matrimonial.

––¡Ah, desde luego! No me avergüenza decirlo. Me gustaría que todo el mundo se casara, con tal de poder hacerlo dignamente. No me gusta que la gente se precipite a un fracaso; pero todos deberían contraer matrimonio en cuanto pudiera hacerlo en condiciones ventajosas.




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