Mansfield Park Jane Austen capítulo I



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CAPÍTULO XLVIII

Que se espacien otras plumas en la descripción de infamias y desventuras. La mía abandona en cuanto puede esos odiosos temas, impaciente por devol­ver a todos aquellos que no estén en gran falta un discreto bienestar, y por terminar con todos los demás.

Mi Fanny, por supuesto, tengo la satisfacción de poder afirmar que por entonces había de sentirse feliz, a pesar de todo. Tenía que ser una criatura dichosa a pesar de lo que sufriera, o creyese sufrir, por la aflicción de los que la rodeaban. Poseía manantiales de gozo que imponían su curso. Había vuelto a Mansfield Park, era útil, era querida, estaba a salvo de Mr. Crawford; y cuando regresó sir Thomas, de él recibió cuantas pruebas podía darle, dentro del melancólico estado de ánimo en que se hallaba, de su perfecta aprobación y creciente consideración; y con lo feliz que todo esto tenía que hacerla, aun sin nada de ello hubiera sido feliz, porque Edmund no era ya la incauta víctima de miss Crawford.

Cierto es que el propio Edmund estaba muy lejos de sentirse feliz. Sufría a causa del desengaño y la añoranza, doliéndose de que las cosas fueran así y suspirando porque fueran como no podrían ser jamás. Fanny lo comprendía, y le pesaba; pero era un pesar tan fundado en la satisfacción, con tal tendencia a una paz espiritual y tan en armonía con las más gratas sensaciones, que no pocos se hubieran considerado dichosos de poder cambiar por él sus mayores alegrías.

Sir Thomas, pobre sir Thomas... Era padre, y, consciente de los errores de su propia conducta como padre, era a quien más se le alargaría el sufrimiento. Comprendía que no hubiera debido autorizar aquella boda; que los senti­mientos de su hija le eran bastante conocidos para incurrir en culpa al autorizarla; que al hacerlo había sacrificado la rectitud a la conveniencia y se había dejado gobernar por móviles egoístas y mundanos prejuicios. Eran éstas reflexiones que requerían algún tiempo para suavizarse; pero el tiempo lo consigue casi todo. Y aunque poco consuelo podría recibir del lado de María Rushworth para el disgusto que le había causado, había de hallar en sus otros hijos un consuelo mayor de lo que jamás supusiera. El casamiento de Julia se convirtió en algo menos desesperado de lo que él había considerado al principio. Ella se humilló, con el deseo de ser perdonada; y Mr. Yates, anhelando realmente verse acogido en el seno de la familia, se mostró dispuesto a respetarle y dejarse guiar por él. No era un personaje muy sólido, pero había esperanza de que se volviera menos vano..., de que resultara al menos tolerablemente doméstico y manso; y de todos modos fue consolador el descubrimiento de que sus bienes eran bastantes más y sus deudas muchas menos de lo que se temiera, y el hecho de que le tratase y consultase como al amigo más digno de confianza. También hallaba consuelo en su hijo Tom, que iba recobrando gradualmente la salud sin recobrar la despreocupación y el egoísmo de sus pasadas costumbres. Había mejorado muchísimo gracias a su enfermedad. Había sufrido y aprendido a pensar: dos ventajas que antes nunca conociera; y como el reproche de que se hiciera objeto a sí mismo lo provocara el deplorable suceso de Wimpole Street, del cual se consideraba cómplice por las peligrosas intimidades a que había dado lugar con su injustificable teatro casero, produjo en su espíritu una impresión que, con­tando él veintiséis años y no estando falto de buen sentido ni buenas compañías, hubo de ser durable en sus beneficiosos efectos. Se convirtió en lo que debía ser: útil a su padre, formal y sensato, y dejó de vivir simplemente para sí.

Esto era realmente consolador. Y tan pronto como sir Thomas pudo confiar en tales motivos de optimismo, empezó Edmund a contribuir a la tranquilidad de su padre mejorando en el único aspecto en que, también él, le había causado pesar: mejorando su estado de ánimo. Después de pasarse el verano paseando por aquellos alrededores y sentándose a la sombra de los árboles en compañía de Fanny, hasta tal punto había conseguido con sus razonamientos infundir resignación a su espíritu, que volvió a ser un Edmund más que pasablemente jovial.

Éstas eran las circunstancias y las esperanzas que iban contribuyendo pau­latinamente al alivio de sir Thomas, amortiguando su pena por lo perdido y reconciliándole en parte consigo mismo; aunque la zozobra que le producía la convicción de sus propios errores en la educación de sus hijas no podría nunca anularla por completo.

Demasiado tarde se daba cuenta de cuán desfavorable tiene que ser para la formación de la juventud el trato sumamente contradictorio que María y Julia habían siempre conocido en casa, donde los excesivos halagos e indulgencias de su tía habían contrastado de continuo con la severidad de su padre. Ahora veía lo equivocado que estuvo al esperar que los errores de tía Norris podría él contrarrestarlos haciendo todo lo contrario; claramente veía que no había hecho más que aumentar el mal, al acostumbrar a sus hijas a reprimirse en su presencia, de modo que nunca pudo saber cómo eran en realidad, mandán­dolas para todo lo que fueran indulgencias a la persona que sólo había podido atraérselas por la ceguera de su pasión y con sus excesivos elogios.

En esto había obrado con lamentable desacierto; pero, a pesar de todo, sir Thomas empezaba a considerar que no fue éste el mayor error en su plan educativo. Era indudable que se había prescindido de algo esencial, pues de lo contrario el tiempo se hubiera encargado de anular las malas consecuencias de aquel aspecto. Temía que se hubieran descuidado unos principios, unos principios básicos... que nunca se les hubiera enseñado debidamente a sus hijas a dominar las inclinaciones e impulsos de sus temperamentos, mediante ese sentido del deber que por sí solo puede bastar. Se las instruyó en la teoría de la religión, pero sin acostumbrarlas a practicarla en la vida cotidiana. El distinguirse por su elegancia y educación (legítimo anhelo de su juventud), no pudo ejercer en ellas una influencia útil en aquel sentido, un efecto moral en su espíritu. Quiso que fueran buenas, pero sus cuidados se habían dirigido a la inteligencia y a los modales, no a las inclinaciones; y en cuanto a humildad y abnegación, temía que nunca hubiesen escuchado de unos labios que esas virtudes pudieran servirles de algo.

Con amargura deploraba una deficiencia que casi no comprendía cómo había sido posible. Tristemente reconocía que, a pesar de lo mucho que le había costado y preocupado darles una educación completa y cara, había educado a sus hijas sin que supieran nada de sus deberes esenciales, y sin que él conociera sus respectivos caracteres y temperamentos.

El arrebatado espíritu y las fuertes pasiones de María, en especial, era algo que sólo llegó a conocer a través de sus tristes efectos. No hubo manera de persuadirla para que dejara a Mr. Crawford. Esperaba casarse con él, y juntos continuaron hasta que hubo de convencerse de que era vana su esperanza, y hasta que el desengaño y el infortunio, consecuencia de esta convicción, la pusieron de un humor tan pésimo y le hicieron sentir por él algo tan parecido al aborrecimiento, que por un tiempo fueron ellos mismos su mutuo castigo, hasta producirse una voluntaria separación.

María, al vivir con Henry, sólo había conseguido que éste le reprochara el haber arruinado su felicidad con Fanny; y al dejarle no se llevó más consuelo que el de haberlos separado. ¿Qué miseria podría superar a la de semejante espíritu en una situación semejante?

Mr. Rushworth no tuvo inconveniente en facilitar un divorcio; y así terminó un matrimonio cuyas circunstancias, ya al contraerse, hacían prever que un final más venturoso sólo podría ser efecto de la buena suerte, no de la lógica. María le había despreciado y amaba a otro; y él se daba perfecta cuenta de que era así. Las indignidades de la estupidez y los desengaños de una pasión egoísta no pueden inspirar mucha piedad. El castigo sucedió a su conducta, como un castigo más grave sucedió al más grave delito de su esposa. Rushworth quedó desligado del compromiso, para sentirse mortifi­cado e infeliz hasta que otra linda damisela pudiera atraerlo de nuevo al matrimonio, predisponiéndole a un segundo ensayo más afortunado, era de esperar, que el primero; si habían de engañarle, que le engañaran al menos con buen humor y buena suerte. Pero María tuvo que recluirse con senti­mientos mucho más graves en un retiro obligado por el reproche de la sociedad, que no podría dar lugar a una segunda primavera para sus ilusiones ni su condición.

Dónde habría que colocarla fue tema de las más tristes y graves consultas. Tía Norris, cuyo afecto parecía aumentar con los desméritos de su sobrina, hubiese querido verla acogida en el hogar, apoyada por todos. Sir Thomas no quería oír hablar de ello; y el enojo de tía Norris contra Fanny fue tanto mayor, por considerar que el motivo estaba en que ella residía allí. Se empeñaba en atribuir los escrúpulos de su cuñado a la presencia de Fanny, aunque sir Thomas le aseguró con toda solemnidad que, de no haber existido allí jovencita alguna, ni otra gente joven de uno u otro sexo bajo su tutela, que pudiera correr un peligro con la compañía o verse perjudicada por la índole de María, en ningún caso hubiera él inferido a la vecindad un insulto tan mayúsculo como el de suponer que le mirarían la cara a su hija. Como tal, como hija (esperaba que hija penitente), habría de protegerla, de procu­rarle todo bienestar y alentarla con todos los estímulos a obrar bien, dentro de lo que permitían sus posiciones relativas; pero no podía ir más lejos que eso. María había destruido su propia reputación, y él no quería, con un vano intento de restablecer lo que jamás podría restablecerse, prestarse a sancionar el vicio o, buscando aminorar sus calamidades, ser en todo caso cómplice de que se arrastrase a la familia de otro hombre al infortunio que él mismo había conocido.

La cosa acabó en la resolución de tía Norris de abandonar Mansfield para consagrarse a su desventurada María, y en disponer para las dos una residencia en otro paraje, remoto y escondido, donde, encerradas juntas y casi sin mas compañía, sin afecto por un lado y sin juicio por el otro, puede razonable­mente suponerse que sus respectivos caracteres acabaron por ser su mutuo castigo. El traslado de tía Norris a otra parte fue el gran consuelo comple­mentario en la vida de sir Thomas. La opinión que de ella tenía había ido perdiendo altura desde su regreso de Antigua. En todos los tratos que había tenido con ella desde entonces, en su cotidiano intercambio de ideas, en cuestiones de importancia o en la simple conversación, había ella ido per­diendo terreno, con regularidad, en su estimación, convenciéndole de que, o el paso del tiempo la había favorecido muy poco, o él había valorado en demasía su buen juicio y soportado su carácter con asombrosa paciencia. Llegó a constituir para él una constante rémora, tanto más enfadosa por cuanto parecía no haber posibilidad de que cesara sino con la vida; le parecía una parte de sí mismo que habría de soportar para siempre. Verse libre de ella era, por lo tanto, una felicidad tan grande que, de no haber dejado tras de sí motivos de amarga recordación, hubiera podido surgir el peligro de qué sir Thomas se sintiera tentado casi a celebrar un mal que le procuraba semejante bien.

Nadie la echó de menos en Mansfield. Nunca fue capaz de conquistarse siquiera el afecto de los que más quería; y desde la fuga de María se había agriado tanto su carácter que su presencia era un tormento para todos. Ni siquiera Fanny tuvo lágrimas para tía Norris..., ni siquiera cuando partió para siempre.

Si Julia escapó del desastre mejor que María, fue debido, hasta cierto punto, a una favorable diferencia de índole y circunstancias, pero mucho más a que no fue tanto la mimada de aquella misma tía, a que fue menos adulada y maleada por ella. Su belleza y merecimientos se mantuvieron siempre en segundo término. De siempre se había acostumbrado a considerarse a sí misma un poco inferior a María. Su carácter era por naturaleza más suave que el de su hermana; sus sentimientos, aunque vivos, eran más gobernables; y la educación recibida no le había conferido a ella un grado tan pernicioso de engreimiento.

Esto había hecho que soportara tanto mejor el desengaño de Henry Crawford. Pasada la primera amargura que le produjo la convicción de que era desdeñada, consiguió relativamente pronto estar en condiciones de no pensar más en él; y cuando el trato se renovó en Londres, y la frecuentación de la casa de Mr. Rushworth se convirtió en objetivo de Mr. Crawford, ella tuvo el acierto de salirse de allí y elegir aquel momento para dedicar unos días a sus otros amigos de la capital, a fin de guardarse contra el peligro de sentirse de nuevo excesivamente atraída. Este fue el motivo de su traslado a casa de sus primos. La conveniencia de Mr. Yates nada tuvo que ver con ello. Julia había aceptado sus atenciones durante algún tiempo, pero estaba muy lejos de pensar en aceptarle algún día; y de no haberse producido el estallido que provocó la conducta de su hermana, lo que aumentó su temor al padre y al hogar, pues imaginó que ante lo ocurrido se ejercería sobre ella una mayor severidad y sujeción, y le hizo tomar la precipitada decisión de escapar a tales horrores a todo riesgo, es probable que Mr. Yates nunca hubiera conseguido su propósito. No se había fugado llevada de sentimientos peores que los de una alarma egoísta. Le pareció que era lo único que podía hacer. El delito de María había dado lugar al desatino de Julia.

Henry Crawford, estropeado por una emancipación prematura y malos ejemplos domésticos, abusó demasiado tiempo de los frívolos caprichos de una vanidad atroz. Una vez, su misma vanidad le había puesto, por una coyuntura imprevista e inmerecida, en el camino de la felicidad. De haberse conformado con la conquista del cariño de aquella tierna doncella, de haber puesto el suficiente entusiasmo para vencer la resistencia, para ganarse con su proceder la estimación y la ternura de Fanny Price, hubiera tenido de su parte todas las probabilidades de éxito y felicidad. Su afecto había ya conseguido algo. La influencia de ella sobre él le había ya dado a él alguna influencia sobre ella. De haber merecido más, no cabe la menor duda que más hubiera obtenido, en especial una vez celebrado aquel matrimonio que había de representar para él una gran ayuda, al comprender Fanny que debía sojuzgar su primera inclinación, y al darle ocasión de verla muy a menudo. De haber perseverado, y noblemente, Fanny hubiera sido su recompensa, una recom­pensa que se le hubiera ofrecido muy voluntariosamente, dentro de un prudente plazo a partir del casamiento de Edmund con Mary. De haber obrado como se proponía, y como sabía que era su deber, marchando para Everingham a su regreso de Portsmouth, hubiera decidido la felicidad de su destino. Pero se le hizo presión para que se quedase, para que asistiera a la fiesta de la señora Fraser; se quedó por el halago a su vanidad, y porque allí se encontraría con la joven señora Rushworth. Curiosidad y vanidad se dieron cita, y la tentación del placer inmediato fue demasiado fuerte para un espíritu no acostumbrado a sacrificar nada al deber. Decidió aplazar su viaje a Nor­folk, resolvió que una carta serviria para el caso, o que el caso carecía en sí de importancia, y se quedó. Vio a la hermosa señora Rushworth, fue recibido por ella con una frialdad que hubiera debido parecerle repulsiva y establecer para siempre una aparente indiferencia entre los dos; pero se sintió mortifi­cado, no pudo soportar eso de verse rechazado por la mujer cuyas sonrisas habían estado tan por completo rendidas a sus órdenes; debía esforzarse en dominar tan orgullosa exhibición de resentimiento; no era más que enojo a causa de Fanny; tenía que sacar ventaja de ello y hacer de la señora Rushworth otra vez aquella María Bertram, en cuanto al modo de tratarle.

Con este espíritu inició el ataque, y con optimista perseverancia pronto hubo restablecido la especie de trato familiar, de galanteria, de flirteo, que era a lo que se limitaba su propósito; pero al triunfar sobre la discreción que, aun fundada en la cólera, hubiese podido salvarles a los dos, quedó sometido a la fuerza de unos sentimientos más impetuosos en ella de lo que había supuesto. María le amaba: sin rebozo ponía de manifiesto que las atenciones que él le dedicaba tendiendo a retractarse, no la satisfacían. El quedó aprisio­nado en las redes de su propia vanidad, sirviendo de excusa el amor tan poco como imaginarse pueda, y sin la menor inconstancia de pensamiento respecto a Fanny. Ocultar a ésta y a los Bertram lo que ocurría fue su principal objeto. El secreto no podía ser más importante para la fama de María de lo que él lo consideraba para la suya propia. A su regreso de Richmond, le hubiera gustado no ver ya más a la señora Rushworth. Todo lo que siguió fue el resultado de la imprudencia de ella; y si con ella huyó al fin, fue porque no pudo evitarlo, suspirando por Fanny, hasta en aquel momento, pero suspiran­do por ella mucho más cuando todo el escándalo de la intriga se hubo acallado, habiéndole bastado unos pocos meses para aprender, por la fuerza del contraste, a valorar todavía más alto su dulzura de carácter, pureza de pensamiento y excelencia de principios.

La condenación, la pública condenación de una falta, aunque afectase en una justa medida también a «él», no es, ya lo sabemos, una de las protecciones que la sociedad procura a la virtud. Los castigos de este mundo son menos eficientes de lo que pudiera desearse; pero aun prescindiendo de que más tarde fuera llamado a un juicio más severo, muy bien podemos suponer que, tratándose de un hombre de la sensibilidad de Henry Crawford, éste iba haciendo acopio de buenas provisiones de desazón y pesar, desazón que a veces habría de llevarle a reprocharse su propia conducta, pesar que a menu­do se convertiría en desesperación, por haber correspondido en aquella forma a la hospitalidad, destruido la paz familiar, perdido su mejor, más digno y querido círculo de amistades, y haberse jugado de aquel modo el cariño de la mujer que había amado, no sin razón, tan sincera como apa­sionadamente.

Después de lo pasado, tan propio para lastimar e indisponer a las dos familias, la continuación de los Bettiam y los Grant en tan estrecha vecindad hubiera sido algo en extremo violento; pero la ausencia de los últimos, prolongada adrede durante unos meses, se resolvió muy felizmente con la necesidad o, al menos, la posibilidad de un traslado definitivo. Mr. Grant, gracias a una recomendación sobre cuya eficacia había casi dejado de hacerse ilusiones, logró una canonjía en Westminster, lo cual, al proporcionar la ocasión de abandonar Mansfield, una excusa para residir en Londres y un aumento de ingresos para hacer frente a los gastos del cambio, fue tan bien acogido por los que se iban como por los que se quedaban.

La señora Grant, que había nacido para querer y sentirse querida, hubo de alejarse con cierta nostalgia del escenario y las personas a que estaba acostum­brada; pero esa misma disposición feliz tenía que proporcionarle, en cual­quier parte y en cualquier medio de relación plurales motivos de gozo y esparcimiento; y otra vez tendría una casa que poder ofrecer a Mary. Mary se había ya cansado bastante de sus amigos, de vanidades, ambiciones, amor y desengaños en el transcurso del último medio año, para sentir ahora la necesidad del verdadero cariño que hallaría en el corazón de su hermana, y de la serena tranquilidad de sus costumbres. Vivieron juntas; y cuando el doctor Grant fue llevado a una apoplejía y a la muerte por la implantación de tres comidas extraordinarias a la semana, ellas continuaron viviendo en común; porque Mary, aunque perfectamente resuelta a no enamorarse nunca más de un segundón, tardaba en hallar entre los partidos más convincentes o entre los vanos presuntos herederos que estaban a las órdenes de su belleza y de sus veinte mil libras alguno que pudiera satisfacer el mejor gusto que ella había adquirido en Mansfield, alguno cuyo carácter y hábitos pudieran justi­ficar la esperanza de una felicidad doméstica como la que allí había aprendido a amar, o que consiguiera quitarle suficientemente a Edmund de la cabeza.

Edmund la aventajaba mucho a este respecto. No tuvo que esperar y desear, huérfano de afectos, un objeto digno de substituirla a ella en su corazón. Apenas dejó de suspirar por Mary Crawford y de expresar a Fanny lo imposible que era para él volver a encontrar una mujer como aquélla, empezó ya a preguntarse si un tipo muy distinto de mujer no podría convenirle tanto, o acaso mucho más; si la propia Fanny no estaba convirtiéndose en algo tan querido, tan importante para él, en todas sus sonrisas y en todos sus aspectos, como antes lo fuera Mary Crawford; y si no habría de ser posible lanzarse a la esperanzada empresa de persuadirla de que el profundo y fraternal afecto que sentía por él seria base suficiente sobre la que cimentar su amor de esposa.

A propósito me abstengo de citar fechas en esta ocasión, dejando a cada cual en libertad de fijarlas a su gusto, convencida de que la cura de pasiones irremediables y la transferencia de insustituibles amores tienen que variar mucho, en cuanto a tiempo, según las personas. Unicamente ruego que todo el mundo crea que exactamente en el momento en que fue muy natural que así ocurriera, y no una semana antes, Edmund dejó de pensar en Mary y se sintió tan impaciente por casarse con Fanny como la propia Fanny pudiera desear.

Con la estimación que, ciertamente, de tanto tiempo le tenía, una estima­ción fundada en los más caros merecimientos de la inocencia y el desamparo, y completada por todos los incentivos de una creciente perfección, ¿podía haber algo más natural que el cambio en él operado? Amándola, guiándola, protegiéndola como siempre hiciera desde cuando ella contaba diez años; habiendo en tan importante proporción contribuido a una formación de su espíritu con sus desvelos; dependiendo de sus atenciones todo el bienestar que ella sintiera, lo que constituía para él un objetivo del más vivo y primor­dial interés, objetivo más querido que ninguno de los que pudiera tener en Mansfield, por lo mismo que le convertía en algo tan importante para ella... ¿qué podía añadirse ya, como no fuera que debía aprender a preferir unos claros y dulces ojos a unos negros y chispeantes? Y estando siempre con ella, siempre hablando confidencialmente, y hallándose sus sentimientos justa­mente en ese favorable estado que sucede a un reciente desengaño, esos dulces ojos claros no podían tardar mucho en conseguir la supremacía.

Una vez emprendido, y dándose cuenta de que así lo hacía, este camino en pos de la felicidad, nada hubo por el lado de la prudencia que pudiera detenerle o retrasar su marcha... ninguna duda en cuanto a los merecimientos de ella, ningún temor en cuanto a gustos opuestos, ni nada de esforzarse en bosquejar nuevas esperanzas de felicidad basándose en una disparidad de caracteres. El espíritu, la disposición, las opiniones y los hábitos de Fanny no requerían encubrimientos, ni que uno se hiciera vanas ilusiones en el presen­te, ni tuviera que fiar en un futuro mejoramiento. Hasta en el rigor de su reciente obcecación, había él reconocido la superioridad espiritual de Fanny. ¡Cuál no seria ahora su apreciación de la misma! Ella era, desde luego, demasiado para lo que él merecía. Pero como nadie se figura nunca estar aspirando a más de lo que merece, Edmund se puso a perseguir muy formal y resueltamente aquel favor, y no hubo de pasar mucho tiempo sin que ella le alentara. Aun con lo tímida, prudente y recelosa que ella era, resultaba imposible que una ternura como la que guardaba en su corazón no diera lugar, a veces, a las más firmes esperanzas de éxito, aunque quedara para más tarde el revelarle toda la maravillosa y sorprendente verdad. Su felicidad al saberse amado desde hacía tanto tiempo por un corazón como aquél, debió de ser lo bastante grande para que podamos estar seguros de que hizo uso de un lenguaje tan arrebatado como se quiera para expresársela a ella o a sí mismo; debieron de ser unos momentos de inefable felicidad. Pero también la felicidad sentida por la otra parte fue de las que no caben en los límites de una descripción. Que nadie presuma de saber traducir los sentimientos de una mujer joven al obtener la seguridad de un amor para el que apenas se atreviera a guardar una esperanza.

Descubiertas sus mutuas inclinaciones, no surgió ninguna dificultad a continuación, no hubo inconveniente alguno de carácter económico ni por parte de los padres. Era un enlace que los deseos de sir Thomas hasta habían prevenido. Harto de parentescos ambiciosos e interesados, apreciando cada vez más los auténticos valores morales y espirituales, y deseoso, sobre todo, de sujetar con la mayor seguridad cuanto le quedaba de felicidad doméstica, había considerado con sincera satisfacción la más que eventual posibilidad de que los dos jóvenes hallaran en la fusión de sus corazones el mutuo consuelo de sus respectivos desengaños. El jubiloso consentimiento que dio a la petición de Edmund, la conciencia de haber realizado una gran adquisición al asegurarse a Fanny como hija, contrastaban no poco con sus antiguos prejuicios sobre el particular, cuando se debatió el asunto de la adopción de la pobre niña...; uno de esos contrastes que el tiempo siempre establece entre los planes y las obras de los mortales para experiencia de los mismos y diversión del prójimo.

Fanny era sin duda la hija que necesitaba. Su bondad caritativa había producido un caudal de inigualable consuelo para él mismo. Su liberalidad se veía recompensada con creces, y la nobleza que siempre había guiado sus intenciones respecto de ella lo merecía. Pudo haberle dado una niñez más feliz; pero fue sólo un error de criterio lo que le había hecho aparecer siempre tan severo, evitando que ella empezara antes a quererle; y ahora, conociéndose bien uno a otro, su mutuo afecto era muy fuerte. Después de establecerla en Thornton Lacey atendiendo con cariño a todo lo necesario para su bienestar, su objetivo de casi todos los días había pasado a ser el de trasladarse allí para verla, o para llevársela consigo.

El cariño egoísta que le profesaba lady Bertram desde hacía tanto tiempo, hacía que ésta no pudiera aceptar con gusto la separación. No había hijo ni sobrina cuya felicidad pudiera hacerle desear la boda. Pero la separación fue posible porque allí estaba Susan para sustituir a su hermana. Susan se convirtió en la sobrina de turno, encantada de serlo, estando tan capacitada para el caso por la viveza de su espíritu y su afición a la actividad, como Fanny lo fuera por la dulzura de su carácter y sus profundos sentimientos de gratitud. Nunca pudo prescindirse de Susan. Primero como consuelo para Fanny, después como auxiliar y por último como sustituta, se había establecido en Mansfield con todas las apariencias de que su permanencia allí iba a ser igualmente por tiempo indefinido. Su carácter menos apocado y su temple más recio hacían que allí todo fuese fácil para ella. Dotada de sagacidad para comprender rápidamente el carácter de aquellos que debía tratar, y sin timidez natural que le impidiera expresar cualquier deseo importante, no tardó en hacerse sim­pática y útil a todos; y después de la partida de Fanny la sucedió con tan feliz acierto en el desempeño de sus funciones para procurar un constante bienes­tar a su tía, que a lo mejor se convirtiera gradualmente en la más querida de las dos. En la utilidad de Susan, en la excelencia de Fanny, en la invariable buena conducta y creciente gloria de William y en la general felicidad y prosperidad de los demás miembros de la familia, que mutuamente se ayudaban a progresar, acreditando así la protección y el apoyo que él les prestaba, sir Thomas veía motivos, constantemente repetidos motivos de satisfacción por lo que había hecho por todos ellos, motivos que le hacían reconocer las ventajas del esfuerzo y la disciplina en los primeros años, y veía también en todo ello el sentido de haber nacido para luchar y sufrir.

Con tan auténticas virtudes y tan auténtico amor, sin carecer además de amigos ni de fortuna, la felicidad de los primos casados ha de parecemos tan segura como pueda serlo la felicidad terrena. Igualmente formados en el amor a la vida familiar, y amantes de los goces de la vida en el campo, hicieron de su casa el hogar del cariño y el bienestar; y para completar el venturoso cuadro, la adquisición del beneficio eclesiástico de Mansfield, a la muerte del doctor Grant , se realizó justamente cuando llevaban de casados tiempo bastante para que empezaran a necesitar un aumento de ingresos y a considerar un inconveniente la distancia que les separaba de la casa paterna.

Con tal motivo se trasladaron a Mansfield; y la rectoría aquella, a la que, mientras perteneció tanto al uno como al otro de sus anteriores propietarios, nunca había podido Fanny aproximarse sin una sensación penosa de cohibi­ción y temor, se convirtió pronto en algo tan querido a su corazón y tan perfectamente grato a sus ojos, como desde mucho antes lo fuera todo lo demás dentro del paisaje que se extendía bajo la protección de Mansfield Park.



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1 Baile predilecto de los marineros ingleses que ejecuta una sola persona. (N. T.)

2 Abreviatura de His Majesty's ship. Buque de su Majestad (N. del T.)

3 En el teatro, última palabra que dice un personaje y es la señal para que empiece a hablar otro. (N. del T.)

4 Tratamiento reservado para el primogénito en las familias inglesas, pero que se aplica al segundo hermano en ausencia de aquél. (N. del T.)

5 Juego de palabras intraducibles, integrado por las voces rent (renta) y rant declamación retumbante (N. T.)


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