Mansfield Park Jane Austen capítulo I



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CAPÍTULO V
Entre el elemento joven se estableció desde el primer momento una corriente de simpatía. Por cada lado había mucho motivo de atracción, y el incipiente trato prometió convertirse en intimidad, tan pronto como la práctica de las buenas costumbres pudiera autorizarlo. La belleza de miss Crawford no perjudicaba la de las dos miss Bertram. Éstas eran demasiado hermosas para que pudieran ofenderse de que otra lo fuera también, y quedaron casi tan prendadas como sus hermanos de sus ojos negros y avispa­dos, su tez morena y la gentileza de toda su persona. De ser alta, llena de figura y rubia, hubiese podido dar lugar a más de un disgusto; pero, tal como era, no cabía la comparación. Y con mayor facilidad se la pudo considerar una muchacha agraciada y gentil, mientras ellas seguían siendo las más her­mosas de la comarca.

El hermano no era guapo. No; cuando le vieron por primera vez les pareció de lo más vulgar: feo y vulgar. Pero, no obstante, no dejaba de ser un gentleman, de trato agradable. En una segunda ocasión ya resultó que no era tan vulgar: lo era, sin duda alguna, pero tenía en cambio tanta prestancia, y una dentadura tan magnífica, y tan buena figura, que pronto hacía olvidar su vulgaridad. Y en la tercera ocasión, después de comer con él en la rectoría, ya no se admitió que nadie le calificase así. Resultó ser, en definitiva, el joven más agradable que las hermanas habían tenido ocasión de conocer, y ambas quedaron igualmente encantadas de él. El compromiso de María hizo que, como correspondía, se inclinase por Julia, y ésta se dio perfecta cuenta de ello; y antes de que Henry llevara una semana en Mansfield, estaba ya dis­puesta a enamorarse de él.

Las ideas de María al respecto eran más vagas y confusas. A ella no le hacía falta ver ni comprender. «No puede haber nada malo ––se decía–– en que me guste un hombre agradable... todo el mundo conoce mi situación... míster Crawford es quien debe tener cuidado». Pero mister Crawford estaba lejos de considerarse en peligro. Las encantadoras Bertram eran dignas de ser compla­cidas y él estaba dispuesto a complacerlas; así empezó él sin otro objeto que el de hacerse querer. No pretendía que muriesen de amor por él; pero con un sentido y una sangre fria que hubieran debido hacerle sentir y juzgar mejor, se permitía en estas cuestiones una gran laxitud.

––Esas miss Bertram me gustan demasiado, hermana mía ––dijo cuando regresó de acompañarlas al coche, después de la citada comida––; son unas chicas muy elegantes y muy agradables.

––Así es, en efecto, y me complace mucho oírtelo decir. Pero te gusta más Julia.

––¡Oh, sí! Julia me gusta más.

––¿Lo dices de veras? Porque, en general, se considera más guapa a María.

––Lo supongo. La aventaja en todas sus facciones, y yo prefiero su cara, pero Julia me gusta más. Es cierto que María es la más hermosa, y además yo la he encontrado más agradable; pero a mí siempre me gustará más Julia, porque tú me lo ordenas.

––No te diré nada, Henry; pero sé que al fin te gustará más.

––¿No te digo que ya me gusta más al principio?

––Y además, María está prometida. No lo olvides, querido. Ha elegido ya.

––Sí, y me gusta más por esto. Una mujer prometida resulta siempre más agradable que una sin compromiso. Ya está satisfecha de sí misma. Para ella no existen más preocupaciones, y sabe que puede ejercer todo su poder de atracción sin despertar sospechas. Con una mujer prometida todo está a salvo; no hay daño posible.

––Verás, en cuanto a esto, mister Rushworth es un muchacho de excelentes cualidades, y se trata de una gran boda para ella.

––Pero, a María, lo que es él no le importa un comino; esto es lo que tú piensas de tu gran amiga. Esta opinión, yo no la suscribo. Estoy seguro de que miss Bettiam se siente muy unida a mister Rushworth. Pude leerlo en sus ojos, cuando se le mencionó. Tengo formado un concepto demasiado bueno de María para suponerla capaz de conceder su mano sin dar el corazón.

––Mary, ¿cómo habría de tratarle?

––Mejor será dejarlo solo, creo yo. Hablando no sacaremos ningún prove­cho. Al fin caerá en la trampa.

––Pero yo no quisiera que cayese en la trampa, que le engañasen. Desearía que todo se llevara a cabo limpia y honradamente.

––¡Ah, querido! Deja que corra su suerte y que le engañen. Le valdrá lo mismo. Nadie se escapa de que le engañen alguna vez.

––No es siempre así en los casamientos, querida Mary.

––Especialmente en los casamientos. Con todo el respeto debido a los presentes que tuvieron la suerte de casarse, querida hermana Grant, no hay uno entre ciento, de los dos sexos, que no sea engañado cuando va al matrimonio. Por dondequiera que mire, veo que es así; y comprendo que así tiene que ser al considerar que, de todas las transacciones, es en ésta donde cada uno espera el máximo del otro y procede con menos honradez.

––¡Ah, qué mala escuela para el matrimonio habéis tenido en Hill Street!

––Es cierto que nuestra pobre tía tenía pocos motivos para querer ese estado; pero, aparte de ello, hablando sólo por lo que he podido observar, creo que es un negocio de intrigas. ¡Conozco a tantos que se han casado esperando y confiando hallar alguna determinada ventaja al hacerlo, o algunas prendas o cualidades en la persona elegida, y que se han visto totalmente defraudados y obligados a resignarse con todo lo contrario! ¿Qué es esto, sino un engaño?

––Niña, en todo eso que dices tiene que haber algo de tu imaginación. Perdona, querida, pero no puedo creerte del todo. Te aseguro que sólo ves por un lado la cuestión. Descubres el mal, pero no aciertas a ver el consuelo. Habrá ligeros roces y desengaños por todas partes, y todos estamos capacita­dos para esperar siempre más; pero luego, si fracasa un proyecto de felicidad, la naturaleza humana se orienta hacia otro; si el primer cálculo resulta equi­vocado, hacemos otro mejor... siempre hallaremos consuelo en alguna parte. Y esos observadores mal pensados, querida Mary, que convierten todo lo poco en mucho, quedan más engañados y decepcionados que los mismos cónyuges.

––¡Muy bien, hermana! Respeto y admiro tu espíritu de compañerismo. Cuando yo sea casada, intentaré ser tan constante como tú; y desearía que todas mis amigas en general lo fuesen también. Así me ahorraría muchos pesares e inquietudes.

––Estás tan enferma como tu hermano, Mary; pero aquí os curaremos a los dos. Mansfield os curará, y sin nada de engaños. Quedaos con nosotros y hallaréis el remedio.

Los Crawford, sin desear que los curasen, se quedaron muy a gusto. A Mary le gustaba la rectoría como hogar en su presente, y Henry estaba igualmente dispuesto a prolongar su permanencia allí. Había llegado con el propósito de quedarse unos pocos días tan sólo; pero Mansfield le ofrecía buenas perspectivas y nada le llamaba a otra parte. A la señora Grant le encantó que se quedaran los dos y al doctor Grant le satisfizo enormemente que fuera así: una jovencita lista y habladora como Mary Crawford siempre es una compañía agradable para un hombre casero e indolente; y el tener como huésped a Henry le servía de excusa para beber clarete todos los días.

No es probable que miss Crawford, debido a sus costumbres, pudiera sentir ningún género de admiración tan arrebatada como la de las hermanas Bertram por Henry. Reconocía, no obstante, que los Bertram eran unos muchachos muy apuestos, que aun en el mismo Londres no era fácil ver juntos a dos jóvenes de sus condiciones y que sus modales, en particular los del mayor, eran excelentes. Este había residido largas temporadas en Londres y era más listo y galante que Edmund y, por consiguiente, debía ser el preferido. Aparte de que aquello de ser el mayor era otro motivo poderoso, desde luego. Ella tuvo enseguida el presentimiento de que habría de gustarle más el mayor. Sabía que éste era su camino.

Desde luego, Tom Bertram tenía que ser considerado un muchacho agradable por todos los conceptos; era el tipo de hombre joven que general­mente gusta; poseía esa clase de simpatía que a menudo convence más que ciertas dotes de orden más elevado, pues sus maneras eran naturales, su humor excelente, su trato familiar y tenía mucha conversación; y la herencia de Mansfield Park y de una baronía, que habían de corresponderle por derecho de sucesión, no perjudicaba en absoluto su atractivo personal. Miss Crawford no tardó en darse cuenta de que tanto él como su situación podían muy bien convenirle. Oteó las perspectivas que se le ofrecían con la debida atención, y acabó por decirse que, de todos sus posibles pretendientes, él era el que más ventajas ofrecía: un parque, un verdadero parque con cinco millas de perímetro; una casa espaciosa, de construcción moderna, tan bien situada y resguardada que merecía figurar en cualquier colección de grabados de residencias señoriales del reino, y que sólo requería ser totalmente amueblada de nuevo; unas hermanas agradables, una madre pacífica y, en fin, él mismo, hombre atrayente, con la ventaja de que entonces se había desligado bastante de su afición al juego debido a una promesa hecha a su padre, y la de que en lo futuro se llamaría sir Thomas. No estaba nada mal... decididamente, debía aceptarle. Y, en consecuencia, comenzó a interesarse un poco por el caballo de Tom que había de correr en las carreras de B...

Estas carreras le obligarían a marcharse poco después de haberse conocidos los dos; y como parecía que su familia, debido al proceder habitual en él, no esperaba que regresase antes de haber transcurrido buen número de semanas, la pasión del galán se vería sometida a una prueba inmediata. Mucho insistió él para inducirla a que asistiera a las carreras, y se hicieron planes para organizar una gran partida campestre, a fin de presenciarlas, con todo el entusiasmo de la afición; pero todo quedó en hablar.

Y Fanny, ¿qué hacía y pensaba entretanto? ¿Y qué opinión tenía de los recién llegados? Pocas muchachas de dieciocho años hubieran podido verse menos llamadas que Fanny a dar su opinión. De un modo discreto, y sin que sus palabras hallasen mucho eco, rendía su tributo de admiración a la belleza de Mary Crawford; pero como seguía considerando muy vulgar a Mr. Craw­ford, a pesar de que sus dos primas habían demostrado en repetidas ocasiones que ya no pensaban así, a él nunca le mencionaba. A su convicción, cada vez más arraigada en ella, respondía tal actitud.

––Empiezo a comprenderlos a todos, excepto a miss Price ––dijo Mary, mientras paseaba con los hermanos Bertram––. A ver: ¿ha sido o no ha sido presentada en sociedad? Estoy intrigada. Asistió a la comida en la rectoría, como los demás, lo que parecía indicar que sí había sido presentada; pero, sin embargo, dijo tan poca cosa, que me cuesta creer que lo haya sido.

Edmund, a quien principalmente se dirigía la pregunta, contestó:

––Creo que sé lo que quiere decir, pero no quiero comprometerme a responder a esa pregunta. Mi prima es ya mayor. Tiene la edad y el juicio de una mujer; pero lo de las presentaciones o no presentaciones es algo que escapa a mis alcances.

––Y, no obstante, en general, nada tan fácil de acertar. ¡La diferencia es tan notoria! La actitud y las maneras resultan, siempre hablando en términos generales, completamente dispares. Hasta ahora, nunca había supuesto que pudiera engañarme en lo de si una muchacha había sido presentada o no. La que no, lleva siempre la misma clase de indumentaria (una capota cerrada, por ejemplo), se muestra muy recatada y nunca dice una palabra. Aunque se sonrían ustedes, así es, no lo duden. Y, aunque a veces se exagera, hay que reconocer que está muy bien. Las jovencitas deben ser discretas y modestas. Lo más censurable que tiene el hecho de la presentación de una joven en sociedad es que el cambio resulta con frecuencia demasiado brusco. A veces, en tan corto plazo, pasan de la discreción a todo lo contrario... ¡al atrevimien­to! Ésta es la parte flaca del sistema. No agrada ver a una joven de dieciocho o diecinueve años tan súbitamente familiarizada con todo, cuando, a lo mejor, se la ha visto casi incapaz de desplegar los labios un año antes. Yo diría que también usted se ha encontrado alguna vez con cambios parecidos.

––Creo que sí; aunque esto no me parece muy leal. Ya veo por dónde va usted. Se está burlando de mí y de miss Anderson.

––¡No lo crea! ¿Miss Anderson? No sé a qué ni a quién se refiere. Estoy completamente a obscuras. Pero me burlaré con mucho gusto si me cuenta de qué se trata.

––¡Ah! Lo disimula usted muy bien, pero no crea que yo me dejé embau­car así. A la fuerza tenía usted en su imaginación a miss Anderson al describir la metamorfosis de una jovencita. Hizo de ella un retrato demasiado real para que pueda haber engaño. Fue exactamente así... ¡Vaya con los Anderson, de Baker Street! El caso coincide exactamente con la descripción que acaba de hacernos Mary. El día en que Anderson me presentó a su familia, hará de eso cosa de un par de años, su hermana no había sido aún presentada en sociedad, y no me fue posible conseguir de ella ni una sola palabra. Una mañana permanecí una hora sentado en su casa, esperando a Charles, sin más que ella y un par de niñas en el salón, pues la institutriz estaría enferma o se habría marchado, y su madre entraba y salía a cada momento con cartas de negocios; pues bien, apenas me fue posible conseguir una palabra o una mirada de la damisela. Echó el cerrojo a su boca... ¡y me volvió la cara con unos aires! No volví a verla hasta un año después. Entonces ya había sido presentada en sociedad. La encontré en c sa, de la señora Holford y no la reconocí. Vino a mi encuentro, me llamó como si fuésemos viejos amigos, me clavó la mirada con desparpajo y se puso a charlar y a reír de tal modo, que acabé por no saber qué actitud adoptar. Me di cuenta de que yo era también, junto a ella, motivo de risa en la sala; y está claro que a miss Crawford le contaron la historia.

––Una historia muy divertida que hace más honor a la verdad, diría yo, que a miss Anderson. Es un defecto demasiado frecuente. Las madres, cierta­mente, no han dado con la fórmula acertada para educar a sus hijas. Yo no sé dónde está el error. No pretendo corregir a nadie, pero veo que en muchos casos se procede erróneamente.

––Las personas que saben demostrar al mundo cómo debía portarse toda mujer ––dijo Tom galantemente–– hacen ya mucho en favor de un mejora­miento general.

––No es dificil descubrir el error ––dijo Edmund, menos galante––; tales jovencitas están mal criadas. Desde el principio les inculcaron ideas equivo­cadas. Obran siempre influenciadas por motivos de vanidad y en su conducta no hay más auténtica modestia antes, que después de ser presentadas en so­ciedad.

––No sé, no sé ––dijo miss Crawford, indecisa––. Francamente, no puedo estar de acuerdo con usted en este punto. Para mí, éste es el aspecto menos censurable de la cuestión. Mucho peor resulta ver a ciertas muchachas que ya antes de ser presentadas tienen el mismo aire y se toman las mismas libertades que si lo hubieran sido, como he podido apreciar en más de un caso. Esto es lo peor de todo... ¡en extremo desagradable!

––Sí, eso lo encuentro muy inconveniente ––dijo Tom Bertram––. Además, desorienta mucho; hasta tal punto que, a veces, uno no sabe lo que debe hacer. La capota cerrada y el aire de recato que tan bien describe usted (y nunca se dijo nada tan acertado) le advierten a uno a las claras. Pero el año pasado cometí un tremendo error debido a la ausencia de esos distintivos en una muchacha. En septiembre último fui con un amigo a pasar una semana en Ramsgate, a mi regreso de las Antillas. Allí estaban mi amigo Sneyd (tú me has oído hablar de Sneyd, Edmund), su padre, su madre y sus hermanas, a quienes no tenía el gusto de conocer. Cuando llegamos a Albion Place, todos habían salido. Fuimos en su busca y encontramos en el embarcadero a la señora con sus dos hijas y varios conocidos suyos. Saludé en debida forma y, como fuese que la señora Sneyd estaba rodeada de caballeros, me uní a una de las hijas y fui caminando a su lado durante todo el camino de regreso, procurando hacerme lo más agradable que pude. Ella se desenvolvía con la mayor naturalidad, mostrándose tan dispuesta a escuchar como a hablar. Yo no tenía la menor sospecha de que pudiera estar cometiendo alguna incorrección. Las dos hermanas tenían exactamente el mismo aspecto; iban vestidas y llevaban velos y parasoles, lo mismo que las otras. Pero después supe que había dedicado por entero mis atenciones a la más joven, que no había sido presentada en sociedad, y había ofendido muchísimo a la mayor. En Augusta, la menor, no había que reparar hasta seis meses después; creo que su hermana no me lo perdonará jamás.

––Eso estuvo mal, desde luego. ¡Pobrecita! Aunque yo no tengo una hermana menor, me pongo en el sitio de ella. El verse postergada antes de tiempo debe ser muy humillante; pero la culpa fue toda de la madre. Miss Augusta tenía que haber ido acompañada de su institutriz. Eso de hacer las cosas de un modo que se presta a confusionismos nunca da buen resultado. Pero ahora desearía ver satisfecha mi curiosidad acerca de miss Price. ¿Asiste Fanny a los bailes? ¿Va siempre a todos los convites, como asistió a la comida en casa de mi hermana?

––No ––contestó Edmund––, no creo que haya ido nunca a un baile. Nuestra misma madre raras veces asiste a reuniones de sociedad ni come nunca fuera, como no sea en casa de la señora Grant, y Fanny se queda en casa con ella.

––¡Oh! Entonces la cosa está clara: miss Price no ha sido presentada en sociedad.


CAPÍTULO VI

Tom Bertram se fue... y Mary Crawford se dispuso a encontrar un gran vacío en su círculo de amistades y a echarlo decididamente en falta en las reuniones, ahora casi diarias, de las dos familias; y en la comida a que asistió en Mansfield Park, poco después de su partida, volvió a ocupar su puesto preferido casi a un extremo de la mesa, plenamente convencida de que notaría la más lamentable diferencia en el cambio de anfitrión. Estaba segura de que la cosa resultaría muy aburrida. Comparado con su hermano, Ed­mund no tendría nada que decir. Se repartiría la sopa en medio del silencio más insípido, se bebería el vino sin que surgieran sonrisas ni gratos comenta­rios, y se trincharía el venado sin que se escuchase una divertida anécdota sobre tal o cual pierna servida en una pasada ocasión, o una simple y amena historia sobre «mi amigo fulano». Intentaría hallar distracción ocupándose de lo que pudiera ocurrir en el otro extremo de la mesa y observando a Mr. Rushworth, que aparecía por primera vez en Mansfield después de la llegada de los Crawford. Había estado en casa de un amigo, en un condado vecino; y, como este amigo había proyectado recientemente unas mejoras en sus terrenos, Mr. Rushworth volvía de allí con la cabeza llena de todas esas cosas y con una gran impaciencia por aplicarlas de igual modo a su propia hacien­da. Y, aunque poco dijo sobre este tema, no supo hablar de otra cosa. El asunto se comentó ya en el salón y, luego, se sacó a relucir de nuevo en el comedor. El interés y la opinión de María Bertram era, evidentemente, lo que más le importaba; y aunque la actitud de ella era más demostrativa de una consciente superioridad que de una predisposición a complacerle, la sola mención de Southerton Court, con las ideas que este nombre suscitaba en ella, le proporcionaba una sensación muy grata que le impedía mostrarse en exceso despectiva.

––Me gustaría que vieses Compton ––decía él––. ¡Es la cosa más perfectamente acabada que puedas imaginarte! En ningún sitio he visto un cambio tan radical. Le dije a Smith que no sabía dónde me encontraba. El acceso es, ahora, una de las cosas más bellas del país: la casa ha cobrado una perspectiva sorprendente. Confieso que cuando regresé ayer a Sotherton me pareció una cárcel... una lúgubre y vieja cárcel.

––¡Oh, deberia avergonzarse de lo que dice! ––exclamó la señora Norris––. ¡Una cárcel! Sotherton es el lugar más hermoso que pueda haber en el mundo.

––Requiere mejoras, señora mía, ante todo. Jamás vi un lugar que estuviera tan necesitado de mejoras. Y está tan abandonado que no sé qué partido podrá sacarse de él.

––No le extrañe que Rushworth hable ahora así ––dijo la señora Grant a la viuda Norris, con una sonrisa––; esté usted segura: en Sotherton se harán todas las mejoras que sean precisas en el momento en que pueda desearlo su corazón.

––Intentaré hacer algo ––dijo Mr. Rushworth––, aunque no sé cómo. Confio en que algún buen amigo me ayudará.

––Tu mejor amigo para el caso ––sugirió María Bertram, hablando con calma–– seria Mr. Repton, me parece a mí.

––Es lo que estaba pensando. Puesto que lo ha hecho tan bien en el caso de Smith, creo que lo mejor hubiera sido contratarlo inmediatamente. Sus honorarios son de cinco guineas diarias.

––¡Bueno, y aunque fueran diez! ––exclamó la señora Norris––. Estoy segura de que usted no precisa mirar esto. El gasto no habría de ser obstáculo. Si yo estuviera en su lugar, no pensaría en el presupuesto. Me gustaría que se hiciera, dándole a todo el mejor estilo y todo el relieve posible. Un lugar como Sotherton Court merece cuanto el buen gusto y las posibilidades económicas puedan hacer. Usted dispone allí de buen espacio del que sacar partido y de buenas tierras que sobradamente le recompensarán. Lo que es yo, si poseyera algo así como la quinta parte de la extensión de Sotherton, siempre estaría plantando y mejorando, pues es algo que me gusta en extre­mo, por inclinación natural. Seria ridículo que lo intentase donde estoy ahora, con sólo medio acre de terreno. Resultaría bufo. Pero, si dispusiera de más espacio, con verdadera delicia me dedicaria a plantar y cultivar. Mucho fue lo que hicimos en este aspecto en la rectoría: la convertimos en algo totalmente distinto de lo que era cuando nos posesionamos de ella. Vosotros, los jóvenes, quizá no lo recordéis muy bien; pero si nuestro querido sir Thomas estuviera aquí podría contaros las mejoras que se llevaron a cabo. Y mucho más se hubiera hecho, de no haberlo impedido el delicado estado de salud de mi pobre esposo. Apenas si podía salir, el pobre, para gozar de esas cosas, y esto me desanimaba para hacer otras muchas, de las que sir Thomas y yo solíamos hablar. De no haber sido por eso, hubiéramos termi­nado el muro del jardín y plantado los árboles para cercar el cementerio de la parroquia, tal como ha hecho el doctor Grant. Siempre hacíamos algo, a pesar de todo. No fue más allá de la primavera anterior del año en que murió mi esposo cuando plantamos el albaricoquero junto a la pared de la cuadra, que es ahora un árbol magnífico... y que va ganando día a día ––añadió, dirigiéndose al doctor Grant.

––El árbol se desarrolla bien, sin duda, señora ––replicó él––. La tierra es buena. Y nunca paso por allí sin lamentar que el fruto valga tan poco la pena de cogerlo.

––Señor mío, es un Moor Park; se adquirió en el bien entendido de que era un Moor Park y nos costó.... es decir, fue un regalo de sir Thomas, pero vi la factura y sé que costó siete chelines, e iba facturado como un Moor Park.

––Les hicieron a ustedes un fraude, señora ––replicó el doctor Grant : estas patatas que estamos comiendo saben tanto a los albaricoques de un Moor Park como la fruta de ese árbol. Cuando mejor, resulta insípida; en cambio, un buen albaricoque es siempre sabroso, cosa que no ocurre con ninguno de los que tengo en mi jardín.

––La verdad es ––terció la señora Grant, intentando dirigirse con un susurro a la señora Norris a través de la mesa–– que mi marido apenas sabe qué gusto tienen nuestros albaricoques al natural; difícilmente habrá conseguido probar uno siquiera, pues es un fruto tan preciado, con poco que se le añada, y los nuestros son de un tamaño tan grande, de una calidad tan excelente y tan adecuados para tartas y conservas tempranas, que mi cocinera se da buena maña en cogerlos todos antes de que pueda hacerlo él.

La señora Norris, cuyo rostro había empezado a congestionarse, se apaci­guó; y, por unos momentos, otros temas vinieron a desplazar el de las mejoras de Sotherton. El doctor Grant y la señora Norris raras veces hacían buenas migas; su trato se había iniciado en un régimen de dilapidación, y sus hábitos eran totalmente dispares.

Después de una corta interrupción, Mr. Rushworth empezó de nuevo:

––La hacienda de Smith se ha convertido en la admiración de todo el país; y no era nada antes de que Repton pusiera allí la mano. Creo que llamaré a Repton.

––Si yo tuviera que encargarme de esto ––dijo lady Bertram––, haría plantar un campo de arbustos. Es muy agradable pasear entre los arbustos cuando hace buen tiempo.

Mr. Rushworth se apresuró a asegurar a su señoría que estaba de acuerdo, e intentó pronunciar alguna palabra galante; pero, entre el deseo de manifes­tar su sumisión a ella y de hacer constar que él ya tenía de tiempo aquel proyecto, con la sobreañadida intención de atender a los gustos de las damas en general, pero insinuando que sólo había una a quien ansiaba complacer, se hizo un embrollo tremendo; y Edmund tuvo la satisfacción de poner fin a su discurso, llenando las copas y proponiendo un brindis. No obstante, Mr. Rushworth, aunque no era un gran hablador, tenía todavía algo que decir sobre el tema que tan caro le era a su corazón:

––Smith no cuenta en su propiedad con más de cien acres en total, lo que no es mucho y hace más sorprendente que el lugar haya mejorado tanto. Pues bien, en Sotherton tenemos setecientos de paso, sin contar las praderas de regadío. Por esto pienso que, si tanto se ha logrado en Compton, no debe­mos desesperar. Allí había dos o tres viejos árboles, muy hermosos por cierto, pero demasiado pegados a la casa, que han sido talados, lo cual abre una perspectiva asombrosa; y esto me ha sugerido la idea de que Repton, o quien sea que se encargue del asunto, sin duda habrá de talar la avenida de Sother­ton... La avenida que conduce de la fachada del oeste a la cima de la colina, ¿recuerdas? ––preguntó, dirigiéndose a María Bertram.

Pero a miss Bertram le pareció que le sentaba muy bien contestar:

––¡La avenida! ¡Oh!, no la recuerdo. En realidad, es muy poco lo que conozco de Sotherton.

Fanny, que se sentaba al otro lado de Edmund, o sea exactamente enfrente de Mary Crawford, y que seguía atentamente la conversación, dirigió a él la mirada y dijo en voz baja:

––¡Talar una avenida! ¡Qué lástima! ¿No te recuerda a Cowper?: Avenidas caídas, una vez más deploro vuestra inmerecida suerte.

Él contestó sonriendo:

––Me temo que esa avenida se halla en grave peligro, Fanny.

––Me gustaría ver Sotherton antes de que se lleve a cabo la reforma, para conocer el lugar tal cual ha sido hasta ahora, en su estado antiguo; pero no creo que sea posible.

––¿Nunca estuviste allí? No, no has tenido ocasión; y, por desgracia, está demasiado lejos para un trote a caballo. Desearía poder combinarlo.

––¡Oh!, no tiene importancia. Cuando lo vea, tú me contarás lo que haya sido cambiado.

––De todo ello deduzco ––dijo miss Crawford–– que Sotherton es un lugar antiguo, dotado de cierta grandeza.

––La casa fue construida en tiempos de Elizabeth, y es un edificio de ladrillo, grande, de líneas regulares... de aspecto un tanto macizo, pesado, pero señorial, y tiene muchas salas buenas. Está mal situada. Se levanta en uno de los puntos más hondos del parque, aspecto éste desfavorable para todo plan de mejora. Pero el bosque es hermoso y hay un arroyo del que, me parece a mí, se podría sacar mucho partido. Opino que Mr. Rushworth está muy acertado en su propósito de modernizar la finca, y no dudo de que resultará algo magnífico.

Miss Crawford escuchaba la palabra de Edmund con gran interés, y dijo para sí: «Es hombre bien educado; hace cuanto puede para poner las cosas bien».

––No deseo influenciar a Mr. Rushworth ––prosiguió Edmund––; pero, de tener yo una finca que modernizar, no me pondría en manos de un profesio­nal. Preferiría alcanzar un grado inferior de belleza en la realización, pero que fuese de mi gusto y lograda progresivamente. Y soportaría mejor mis propios errores que los de otro.

––Usted sabría lo que le conviene, desde luego; pero, a mí, eso no me daría buen resultado. No tengo vista ni idea para estas cosas, sino cuando las veo terminadas ––dijo Mary––. Y, si yo tuviera en el campo una finca de mi propiedad, le quedaría enormemente agradecida a cualquier Mr. Repton que se encargara de ella y embelleciera el lugar todo lo posible a cambio de mi dinero; y nunca miraría su obra hasta que estuviera terminada.

––Pues a mí me encantaría ver cómo se va desarrollando ––expresó Fanny.

––¡Ah!, será que a usted la han educado para eso. Es un aspecto que no formó parte de mi educación; y, como la única dosis que recibí en la vida me fue administrada por una persona que, ciertamente, no puede conside­rarse la más favorecida del mundo, me ha llevado a considerar las reformas entre manos como el mayor de los engorros. Hace tres años, el almirante, mi honroso tío, compró una casita en Twickenham para los veranos. Mi tía y yo nos trasladamos allí entusiasmadas; pero, por lo visto, era demasiado bonita la casa y pronto se consideró necesario mejorarla. Resultado, que durante tres meses todo se convirtió en porquería y desorden, y nos quedamos sin un paseo enarenado por donde poder pasear, ni un banco en condiciones para sentamos. A mí me gustaría tenerlo todo en el campo lo mejor posible: arbustos, macizos de flores y bancos rústicos en abundancia; pero que todo se hiciera sin yo preocuparme. Henry es diferente: a él le gusta hacer.

A Edmund le apenó que Mary, a la que estaba muy propenso a admirar, hablase con tanta ligereza de su tío. Era algo que chocaba con su sentido de la corrección, y permaneció callado, hasta que sonrisas y retozos le indujeron a despreocuparse por el momento del particular.

––Edmund ––dijo ella––, al fin he tenido noticias de mi arpa. Me aseguran que está a salvo en Northampton; y probablemente se encuentre allí desde hace diez días, a pesar de las formales seguridades tan a menudo recibidas de que no era así.

Edmund expresó su agrado y sorpresa.

––La verdad ––prosiguió Mary–– es que nuestras gestiones eran demasiado directas: enviamos un criado, fuimos nosotros mismos a informarnos. Esto no da resultado a setenta millas de Londres. En cambio, esta mañana recibi­mos la noticia por el conducto que corresponde. El arpa fue vista por algún granjero, éste lo dijo al molinero, el molinero lo dijo al carnicero, y el yerno del carnicero dejó recado en la tienda.

––Celebro mucho que haya llegado a usted la noticia, no importa por qué medio, y espero que ya no habrá más dilaciones.

––Mañana la tendré; pero, ¿cómo cree usted que la traerán? No en carro ni en carreta. ¡Oh, no! Nada de eso ha sido posible alquilar en el pueblo. Como si hubiera pedido unos mozos con unas angarillas.

––Supongo que encontraría usted dificultad en alquilar un carro y un caballo, precisamente ahora, en plena recogida del heno, que se lleva a cabo con bastante retraso, por cierto.

––¡Quedé asombrada de las dramáticas reacciones que provocó el asunto! Parecía imposible no encontrar un caballo y un carro de sobra en el campo, de modo que mandé enseguida a mi doncella para que los contratase; y como no puedo asomarme a la ventana de mi tocador sin ver el corral de una granja, ni pasear por el sendero de arbustos sin pasar por delante de otro; creí que la cosa se reduciría a pedir y tener, y más bien lamentaba no poder favorecer­los a todos con mi propuesta. Figúrese mi sorpresa cuando me encontré que había pretendido lo más insensato, lo más imposible del mundo; que había ofendido a todos los granjeros, a todos los labradores, a todo el heno de la parroquia. En cuanto al ministril del doctor Grant, creo que hubiera hecho mejor de no ponerme en su camino; y hasta mi cuñado, que en general es todo amabilidad, me miró con no poco ceño al enterarse de mis preten­siones.

––Es natural que no se le ocurriese a usted pensar en la gravedad del caso; pero cuando lo piense tendrá que reconocer la importancia que tiene la recogida de la hierba. Alquilar un carro no le seria, en cualquier época del año, tan fácil como usted supone; nuestros granjeros no tienen costumbre de cederlos; pero durante la recogida tiene que serles totalmente imposible prescindir de un caballo.

––Con el tiempo, sin duda llegaré a comprender ese modo de hacer que impera aquí, en el campo; pero al llegar de Londres, trayendo de allí el axiomático principio de que con dinero todo se consigue, quedé al principio un poco desconcertada ante esta recia independencia de costumbres. A pesar de todo, mañana me traerán el arpa. Henry, que es la bondad personificada, me ha ofrecido traerla en su birlocho. ¿No será honrosamente transportada?

Edmund habló del arpa como de su instrumento favorito, y dijo que esperaba tener pronto ocasión de oírsela tocar. Fanny no había oído nunca tocar el arpa, y manifestó que lo deseaba con el mayor anhelo.

––Será para mí un gran placer tocar para los dos ––dijo miss Crawford––; al menos, mientras no se cansen de escucharme... y seguramente más también, porque adoro la música; cuando el gusto natural es idéntico por ambas partes, el ejecutante lleva siempre ventaja, pues goza por más conceptos. Ahora, Edmund, si escribe a su hermano dígale, se lo ruego, que mi arpa ha llegado ya..., ¡me oyó quejarme tanto de lo desgraciada que me sentía sin ella! Y también puede decirle, si le parece bien, que prepararé las piezas más elegía­cas de mi repertorio para cuando vuelva, por compasión a sus sentimientos, pues sé que su caballo perderá la carrera.

––Si le escribo, le diré cuanto usted desea; aunque de momento no creo que se presente motivo para escribirle.

––No, me lo figuro; aunque estuviera un año fuera no le escribiría usted nunca, ni él a usted, de poderlo evitar. Nunca se presentaría la ocasión. ¡Que extrañas criaturas son los hermanos! Jamás se escribirían, a no ser por la necesidad más urgente; y cuando se ven obligados a tomar la pluma para decir que tal caballo está enfermo, o tal pariente ha fallecido, lo hacen con las menos palabras posibles. Todos los hermanos tienen el mismo sistema. Lo conozco muy bien. Henry, que en todos los demás aspectos es exactamente lo que un hermano debe ser, que me quiere, que se aconseja conmigo, que hace de mí su confidente y estaría hablando conmigo horas seguidas, nunca ha llegado a dar vuelta a la hoja en las cartas que me ha dirigido; y con frecuencia no pone más que: «Querida Mary, acabo de llegar. Bath parece que está lleno, y todo lo demás como de costumbre. Tuyo afectísimo». He aquí el auténtico estilo masculino... He aquí una perfecta carta de her­mano.

––Cuando se encuentran muy lejos de toda la familia ––dijo Fanny, sonro­jándose en honor a William––, saben escribir las más largas cartas.

––Fanny tiene un hermano marino ––explicó Edmund––, cuyo excelente comportamiento como corresponsal le hace a ella suponer que es usted demasiado severa en sus juicios contra nosotros.

––¡Marino! ¿De veras? De la Armada Real, claro está...

Fanny hubiera preferido que Edmund se encargase de contar la historia; pero, como él se impuso el más absoluto silencio, se vio obligada a describir ella la situación de su hermano. El tono de su voz se fue animando al hablar de la profesión del muchacho y de los lugares exóticos que había visitado, pero no pudo mencionar el número de años que llevaba ausente sin que a sus ojos acudieran las lágrimas. Miss Crawford le deseó cortésmente un rápido ascenso.

––¿No conoce usted a mi primo, el capitán? ––preguntó Edmund––. ¿El capitán Marshall? Usted tiene muchos conocidos en la marina, según creo.

––Entre los almirantes, bastantes; pero ––y adoptó un aire de grandeza–– poco sabemos de las jerarquías inferiores. Dentro del grado de capitán puede que haya gente de muy buena clase, pero no pertenecen a nuestro mundo. De varios almirantes podría contarle muchas cosas... De ellos y de sus insignias, de la importancia de sus pagas, de sus rivalidades y disputas. Pero puedo asegurarle que, en general, están todos mal acostumbrados y peor considera­dos. Sí, desde luego, viviendo en casa de mi tío tuve ocasión de conocer a muchos almirantes y a bastantes contras y vices. Bueno, no crea que me he propuesto hacer un juego de vocablos, por favor.

Edmund volvió a ponerse serio, y sólo replicó:

––Es una noble profesión.

––Sí, la profesión es bastante buena, mientras concurran dos circunstancias: que proporcione fortuna y que haya discreción para gastarla. Pero en resu­men, no es la profesión que yo prefiero. A mis ojos nunca ha tenido un aspecto agradable.

Edmund volvió al tema del arpa, y otra vez se sintió dichoso ante la perspectiva de que oiría tocar a Mary.

Entretanto, la cuestión del mejoramiento de fincas seguía acaparando la atención de los demás; y la señora Grant no pudo evitar el dirigirse a su hermano, aunque fuera interrumpiendo sus galanteos dedicados a Julia Ber­tram.

––Querido Henry, ¿y tú, no tienes nada que decir? También tú te has dedicado a hacer mejoras, y por las referencias que tengo de Everingham, sé que puede rivalizar con cualquier mansión de Inglaterra. Las bellezas natura­les del lugar son grandes, sin duda alguna. Everingham, tal como era antes, merecía ya toda mi admiración. ¡Aquel precioso declive del terreno y aquel arbolado! ¡Qué no daría yo por verlo otra vez!

––Nada podría serme tan grato como oír esa opinión tuya ––contestó él––; pero me temo que quedarías algo decepcionada... lo verías distinto a como lo recuerdas actualmente. En extensión es una nadería..., te sorprendería su insignificancia; y, en cuanto a mejoras, pocas fueron las que pude introducir... demasiado pocas. Hubiera preferido poderme ocupar en ello mucho más tiempo.

––¿Es usted aficionado a esas cosas? ––preguntó Julia.

––Excesivamente; pero teniendo en cuenta las ventajas naturales del terre­no, que eran evidentes, incluso a los ojos de un inexperimentado, muy poco era lo que quedaba por hacer; y, llevando rápidamente a la práctica mis conclusiones, me faltaban todavía tres meses para alcanzar la mayoría de edad cuando Everingham quedó totalmente convertido en lo que es ahora. Mi plan fue proyectado en Westminster, se alteró acaso un poco en Cambridge, y se ejecutó a mis veintiún años. Me siento inclinado a envidiar a Mr. Rushworth por tener ante sí, todavía, tanta felicidad. Yo he sido un devorador de la mía.

––Los que conciben las cosas con rapidez, pueden resolver y actuar rápida­mente ––dijo Julia––. A usted nunca podrá faltarle ocupación. En vez de envidiar a Mr. Rushworth, debería ayudarle con su opinión.

La señora Grant, atenta a las últimas palabras de este diálogo, las apoyó calurosamente, persuadida de que ningún juicio igualaría al de su hermano; y como María Bertram acogió la idea con el mismo entusiasmo, manifestan­do que, en su opinión, era infinitamente mejor consultar a los amigos y consejeros desinteresados que echar el asunto, sin pensarlo más, en manos de un profesional, Mr. Rushworth se apresuró a requerir de Henry el favor de su ayuda; y Mr. Crawford, después de rebajar, como era propio que hiciese, el valor de sus propios méritos y aptitudes, se puso a su entera disposición para todo aquello en que pudiera serle útil. Mr. Rushworth empezó entonces por proponer a Mr. Crawford que le hiciera el honor de trasladarse a Sother­ton y aceptar alojamiento en su finca; pero la señora Norris, como si leyera en la mente de sus sobrinas la poca aprobación que les merecía un plan que las separaría de Henry, se interpuso con una enmienda.

––No cabe dudar del mucho gusto que tendría Mr. Crawford en compla­cerle; pero, ¿por qué no agregamos algunos más? ¿Por qué no organizar una pequeña partida? Aquí hay muchos que se interesarían por las mejoras, amigo Rushworth, y que gustaría de oír la opinión de Mr. Crawford sobre el terreno, y que tal vez podrían ayudarle, aunque fuera muy poco, con sus pareceres. Por mi parte, hace tiempo que deseo hacer otra visita a su madre; sólo la falta de caballos propios ha hecho que pareciese tan remisa. Pero así podría ir y pasar unas horas en compañía de la señora Rushworth, mientras los demás paseasen y decidieran lo que hay que hacer; y después podríamos volver todos para cenar aquí a última hora, o bien cenaríamos en Sotherton... en fin, ello depende de lo que pudiera serle más agradable a su madre, y gozaríamos de un delicioso regreso bajo la luz de la luna. Creo que Mr. Crawford no tendría inconveniente en llevamos a mis dos sobrinas y a mí en su birlocho; Edmund podría ir a caballo, ¿no te parece, hermana?, y Fanny se quedaría en casa contigo.

Lady Bertram no tuvo nada que objetar; y todos los incluidos en la excursión se apresuraron a manifestar su entera conformidad, excepto Ed­mund, que lo escuchó todo y no dijo nada.


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