Mansfield Park Jane Austen capítulo I



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CAPÍTULO X

Pasaron quince minutos, veinte... y Fanny seguía pensando en Edmund, en Mary y en sí misma, sin que nadie la interrumpiera. Empezó a extrañarle que la dejaran sola tanto tiempo y a escuchar con ansias de oír de nuevo sus pasos y sus voces. Escuchaba, escuchaba y al fin pudo oír... sí, eran voces y pasos que se acercaban; pero, apenas acabó de percatarse de que no se trataba de los que ella esperaba, aparecieron María Bertram, Mr. Rushworth y Henry Crawford, procedentes del mismo sendero que ella había seguido antes.

––¡Fanny sola...! Querida Fanny, ¿cómo ha sido esto? ––fueron los primeros saludos.

Ella lo contó.

––¡Pobrecita Fanny! ––exclamó su prima––. ¡Qué mal te han tratado! Hubie­ra sido mejor que te quedaras con nosotros.

Después, sentándose en el banco con un caballero a cada lado, reanudó la conversación que antes sostenían, estudiando la posibilidad de las mejoras con gran animación. Nada se concretó, pero Henry Crawford tenía la cabeza llena de ideas y proyectos; y, en términos generales, cuanto él proponía quedaba inmediatamente aprobado, primero por ella y luego por Mr. Rush­worth, cuya principal ocupación era, a lo que parecía, escuchar a los demás, sin arriesgarse apenas a exponer alguna sugerencia propia, como no fuera su deseo de que vieran ellos también la finca de su amigo Smith.

Después de dedicar unos minutos a ese tema, miss Bertram, observando la verja de hierro, expresó su deseo de entrar por ella en el parque, a fin de obtener nuevas perspectivas para sus planes. Henry opinó que sería lo mejor que podían hacer, el único medio que les permitiría decidir con algún acierto. Enseguida descubrió una loma a menos de media milla, desde cuya cima tendrían la exacta visión de conjunto que se requería para el caso. Por lo tanto, era incontestable que tenían que ir a la loma y pasar por la verja; pero la verja estaba cerrada. Mr. Rushworth lamentó no llevar encima la llave; dijo que estuvo muy cerca de pensar, antes de salir, en si debía cogerla; que estaba resuelto a no volver jamás por allí sin la llave. Sin embargo, todo esto no resolvía la dificultad presente. No podían atravesar la verja. Y, como en María no menguaban los deseos de hacerlo, Mr. Rushworth acabó por manifestar que estaba dispuesto a ir a buscar la llave y separóse de ellos acto seguido.

––Indudablemente, es lo mejor que podemos hacer, ahora que nos hemos alejado tanto de la casa ––dijo Henry, cuando el otro se hubo marchado.

––Sí, no cabe hacer otra cosa. Pero, sinceramente, ¿no encuentra el lugar, en su conjunto, peor de lo que esperaba?

––No, por cierto; muy al contrario. Lo encuentro mejor, más grandioso, más completo en su estilo, aunque acaso este estilo no sea el ideal. Y, si quiere que le diga la verdad ––añadió, hablando bastante más bajo––, no creo que jamás vuelva a ver Sotherton con el placer de ahora. Dificilmente otro verano podrá mejorarlo para mí.

Después de una breve turbación, la damisela replicó:

––Es usted un hombre demasiado mundano para no ver las cosas con los ojos del mundo. Si los demás creen que Sotherton ha mejorado, usted también lo considerará así.

––Temo que no soy tan hombre de mundo como me convendría en algunos casos. Mis sentimientos no son tan deleznables, ni mis recuerdos del pasado tan fáciles de dominar, como es el caso, según uno puede ver por ahí, de los hombres de mundo.

Se siguió un corto silencio. Miss Bertram empezó de nuevo:

––Parece que esta mañana se divirtió usted mucho mientras guiaba el coche. Celebré verle tan entretenido. Usted y Julia no cesaron de reír en todo el camino.

––¿Nos reíamos? Sí, creo que sí; pero no me acuerdo en absoluto de qué. ¡Ah!, creo que le estuve contando unas ridículas anécdotas de un viejo palafrenero irlandés que tiene mi tío. A su hermana le gusta mucho reír.

––¿Le parece ella más alegre que yo?

––Creo que se la divierte con mayor facilidad ––replicó Henry––, y por tanto, ¿comprende usted? ––agregó sonriendo––, me parece mejor compañera. A usted, no me hubiera visto capaz de divertirla con anécdotas irlandesas durante un recorrido de diez millas.

––Creo que mi carácter, corrientemente, es tan animado como el de Julia, pero ahora tengo más cosas en qué pensar.

––Sin duda; y, en determinadas circunstancias, un exceso de alegría denota insensibilidad. Sin embargo, las perspectivas que a usted se le ofrecen son demasiado halagüeñas para justificar una pérdida de humor. Se halla usted ante un panorama risueño.

––¿Habla usted en sentido literal o figurado? Deduzco que literal. Sí, en efecto. Luce el sol y el parque tiene un aspecto muy alegre. Pero, por desgracia, esa verja de hierro, ese foso escarpado, me dan idea de opresión y limitación. No puedo salir, como dice el estornido de la fábula ––mientras esto decía, poniendo vehemencia en sus palabras, se aproximó a la verja; él la siguió––. ¡Tarda tanto James en volver con la llave!

––Y por nada del mundo se atrevería usted a salir sin la llave y sin el consentimiento y la protección de Mr. Rushworth; de lo contrario, creo que sin mucha dificultad saltaría usted por este extremo de la verja, con mi ayuda. Creo que podríamos hacerlo, si usted deseara realmente sentirse menos prisionera y tuviera el valor de considerarlo como cosa no prohibida.

––¡Prohibida! ¡Qué tontería! Claro que puedo salir así, y lo haré. James no tardará en llegar, por supuesto; no nos alejaremos mucho, para que nos vea.

––Y, si no nos viera, miss Price tendrá la amabilidad de decirle que nos encontrará cerca de aquella loma... en el robledal de la loma.

Fanny, dándose cuenta de que todo aquello no estaba nada bien, no pudo menos que esforzarse en evitarlo.

––María, te vas a lastimar ––porfiaba––; seguro que te lastimarás con esos clavos; te rasgarás el vestido; corres el riesgo de caerte al foso. Mejor sería que no fueras...

Al decir esto último, su prima se hallaba ya en el otro lado y, sonriendo con todo el buen humor que proporciona el éxito, replicó:

––Gracias, querida Fanny, pero tanto mi traje como yo hemos llegado sanos y salvos; de modo que... ¡adiós!

Fanny se quedó otra vez sola y no de mejor humor, pues la apenaba casi todo lo que había visto y oído. Estaba asombrada de María y enojada con Henry. Como no tomaron el camino recto, sino otro que les obligaría a dar un rodeo y, según a ella le pareció, muy irrazonable para dirigirse a la loma, pronto quedaron fuera del alcance de su vista. Transcurrieron unos minutos más sin que oyera ni viese a nadie. Le parecía tener todo el bosquecillo para ella sola. Casi tenía motivo para suponer que Edmund y miss Crawford la habían abandonado; pero no era posible que Edmund se olvidase tan por completo de ella.

Un repentino rumor de pisadas la distrajo de sus inquietantes suposicio­nes; alguien se acercaba a paso rápido, bajando por el sendero principal. Esperaba que aparecería Mr. Rushworth, pero era Julia, la cual, acalorada y sin resuello, y evidentemente contrariada, exclamó al verla:

––¡Hola! ¿Dónde se han metido los demás? Creí que María y Henry estaban contigo.

Fanny explicó lo ocurrido.

––¡Bonito truco, a fe mía! No los veo por ninguna parte ––añadió, mirando con impaciencia al interior del parque––. Pero no pueden estar muy lejos, y creo que puedo saltar tan bien como María, hasta sin que me ayuden.

––Pero, Julia: Mr. Rushworth estará aquí dentro de un momento, con la llave. Espérale, por favor.

––¿Esperarle yo? No es fácil. Demasiado he tenido que aguantar a esa familia, por una mañana. ¡Vamos, niña! Justamente ahora acabo de librarme de su horrible madre. ¡Menuda condena he tenido que soportar, mientras tú estabas aquí sentadita, tan compuesta y feliz! Tal vez te hubiera dado lo mismo encontrarte en mi sitio, pero el caso es que siempre te las arreglas para escabullirte de esos compromisos.

La acusación no podía ser más injusta, pero Fanny prefirió no darle importancia y pasar por ella. Julia estaba picada y se dejaba llevar de su temperamento impulsivo; pero Fanny estaba segura de que no le duraría el mal humor, y por tanto, haciendo caso omiso de sus palabras, le preguntó si había visto a Mr. Rushworth.

––Sí, sí, le vimos. Iba disparado, como si fuera cuestión de vida o muerte, y perdió el tiempo justo para decimos a lo que iba y dónde estabais. ––Es lástima que se haya tomado tanta molestia para nada.

––De esto debe preocuparse María. Yo no estoy obligada a sufrir por sus pecados. De la madre no pude huir mientras tía Norris, siempre tan pesada, anduvo danzando por ahí con el ama de llaves, pero al hijo puedo eludirlo en todo momento.

Inmediatamente trepó por la verja, saltó al otro lado y se alejó sin atender a la última pregunta de Fanny sobre si había visto algún rastro de Edmund y de Mary. La especie de temor que ahora sentía Fanny de encontrarse ante Mr. Rusworth le impidió pensar mucho en la prolongada ausencia de la pareja, como hubiera hecho en otro caso. Se daba cuenta de que le habían tenido muy poca consideración, y le resultaba violento tener que explicarle lo ocurrido. James se presentó cinco minutos después que Julia había desapare­cido; y, aunque Fanny hizo cuanto pudo para referir el caso de modo que no resultara tan desagradable, él no pudo ocultar la enorme mortificación y el profundo disgusto que sentía. Al principio apenas dijo nada; sólo en su actitud se reflejó la sorpresa y el enojo que aquello le causaba. Se llegó a la verja y quedó allí, inmóvil, como sin saber qué hacer.

––Me rogaron que me quedase; María me encargó que le dijera, en cuanto usted llegase, que los encontraría en aquella loma o en sus inmediaciones.

––Me parece que no voy a ir más lejos ––dijo él, desalentado––. No se ven por ninguna parte. Cuando yo llegase a la loma, ellos ya se habrían marchado a otro sitio. Me he paseado bastante.

Y fue a sentarse con aire sombrío junto a Fanny.

––Lo siento mucho ––dijo ella––; es muy lamentable.

Y hubiera dado cualquier cosa para que se le ocurriese algo más que poder decir, a propósito.

Después de un prolongado silencio, él se quejó:

––Creo que bien hubieran podido esperarme.

––María pensó que usted la seguiría.

––Yo no tenía por qué seguirla, si ella se hubiese quedado.

Esto no podía negarse, y Fanny se calló. Al cabo de otra pausa, él reanudó:

––Por favor, miss Price, ¿podría decirme si es usted tan admiradora de ese Mr. Crawford como otras personas? Lo que es yo, no le veo nada de par­ticular.

––A mí no me parece nada guapo.

––¡Guapo! Nadie puede decir que sea guapo un individuo corto de talla como él. No alcanza cinco pies con nueve. Y no me extrañaría que sólo llegase a los cinco con ocho. Además, le encuentro un aspecto muy poco agradable. Opino que esos Crawford no son una buena adquisición, en absoluto. Lo pasábamos muy bien sin ellos.

Aquí le escapó a Fanny un leve suspiro, y no supo contradecirle.

––Si yo hubiera puesto algún reparo en lo de ir a buscar la llave, cabría alguna excusa; pero fui en cuanto ella manifestó sus deseos.

––Su amable atención obligaba mucho, desde luego, y estoy segura de que se apresuró usted tanto como pudo; no obstante, la distancia es bastante larga desde aquí a la casa, como usted sabe, y quien espera juzga mal el tiempo; en estos casos, cada medio minuto pesa como cinco.

Él se puso en pie y volvió a la verja, diciendo:

––Ojalá hubiese tenido la llave entonces.

Fanny creyó ver en su actitud un indicio de apaciguamiento que la animó para otra tentativa. Con tal propósito dijo:

––Es una lástima que no vaya a reunirse con ellos. Buscaban una perspectiva mejor de la casa por aquel lado del parque, y estarán estudiando las mejoras que cabría hacer; pero, como usted sabe, no pueden decidir nada sin contar con su parecer.

Fanny comprobó que tenía más garbo en despachar que en retener a sus acompañantes. Mr. Rushworth quedó convencido.

––Bueno ––dijo––, si a usted le parece mejor que vaya... Sería tonto haber traído la llave para no utilizarla.

Franqueó la verja y se marchó sin más ceremonia.

Entonces, los pensamientos de Fanny se concentraron por entero en tomo a los que la habían dejado allí hacía tanto tiempo, y, como creciera su impaciencia, resolvió ir en su busca. Siguió el mismo camino que ellos habían tomado, paralelamente al foso, y apenas lo dejó para internarse por otra vereda llegaron de nuevo a su oído la voz y las risas de Mary. Resonaban cada vez más cerca, y unos momentos después se encontró ante ellos. Acababan de regresar al bosque desde el parque, al que habían pasado, tentados por una puerta lateral que hallaron abierta, poco después de separarse de Fanny, y cruzando un sector del parque habían llegado hasta la mismísima avenida que tanto había anhelado Fanny, en el curso de toda la mañana, alcanzar al fin, y allí se habían sentado bajo uno de los árboles. Esto fue lo que contaron. Era evidente que el tiempo había transcurrido muy agradablemente para ellos y no se habían dado cuenta de lo prolongado de su ausencia. El mejor consuelo para Fanny fue que le aseguraran lo mucho que Edmund la había echado de menos y que, desde luego, hubiera vuelto por ella ni no hubiese sido por lo cansada que ya estaba a causa del paseo por el bosque. Pero no era esto suficiente para borrar su pena por haberse visto abandonada durante una hora entera, cuando él había hablado tan sólo de unos minutos, ni para ahuyentar la especie de curiosidad que sentía por saber de qué habrían estado hablando durante todo aquel tiempo; y el resultado fue que se sintiera desilusionada y deprimida cuando decidieron, por acuerdo general, regresar a la casa.

Cuando llegaron al pie de la escalera que conducía a la terraza, aparecieron en lo alto la señora Rushworth y tía Norris, que se disponían a ir entonces a la floresta, cuando hacía una hora y media que ellos habían salido. La señora Norris estuvo ocupada en cosas demasiado interesantes para ponerse en marcha con mayor prontitud. Cualesquiera que fuesen los contratiempos que hubiesen podido frustrar la diversión de sus sobrinas, el caso es que para ella la mañana había sido de gozo completo; pues el ama de llaves, después de mostrarse en extremo atenta y amable al informarla de todo lo referente a los faisanes, la había llevado a la vaquería, ilustrándola sobre cuanto hace referen­cia a las vacas y dándole la receta de un famoso queso de crema; y después que Julia las había dejado se encontraron con el jardinero, tropiezo que resultó en extremo satisfactorio para la señora Norris, pues tuvo ocasión de rectificar el erróneo criterio del buen hombre acerca de la enfermedad que padecía su nieto, convenciéndole de que tenía una calentura intermitente, y le prometió un amuleto para el caso; y él, en justa correspondencia, le enseñó su plantel más escogido y hasta la obsequió con un ejemplar de brezo muy curioso.

Al encontrarse las damas con el terceto que regresaba, todos volvieron a la casa para, una vez allí, dedicarse a pasar el tiempo lo más distraídamente posible, bien charlando, ya leyendo alguna Revista Trimestral, cómodamente arrellenados en los sofás, esperando la llegada de los otros y la hora de la cena. Era ya bastante tarde cuando se presentaron las hermanas Bertram y los dos caballeros; y, al parecer, su paseo no había resultado agradable más que a medias, y en modo alguno fecundo en consecuencias positivas con respecto al motivo de la excursión. Según ellos refirieron, no habían hecho más que ir unos en pos de otros, y el encuentro le pareció a Fanny que se había producido demasiado tarde para restablecer la armonía lo mismo que para, según reconocieron, tomar decisiones sobre las mejoras a realizar. Al mirar a

Julia y a Mr. Rushworth, notó que no era sólo en el pecho de ella donde se ocultaba el descontento por la conducta de los otros dos; también en el rostro de él se apreciaba un rictus de disgusto. Henry y María aparecían más satisfechos, y creyó ver que él ponía especial empeño, durante la cena, en disipar toda sombra de resentimiento en los otros y restablecer el buen humor general.

A la cena sucedió inmediatamente el té y el café, pues la perspectiva de un recorrido de diez millas para volver a casa no permitía desperdiciar el tiempo. A partir del momento en que se sentaron a la mesa todo fue una bulliciosa sucesión de naderias, hasta que el coche estuvo a la puerta y la señora Norris, después de afanarse y obtener del ama de llaves unos huevos de faisán y un queso de crema y abundar en corteses discursos de cumplido por las atenciones de la señora Rushworth, estuvo dispuesta a iniciar la marcha. En aquel momento, Henry se aproximó a Julia para decirle:

––Espero que no voy a perder a mi compañera, a menos que ella tema el aire de la tarde en un sitio tan expuesto.

La instancia no estaba prevista, pero fue gratamente acogida, y era de prever que para Julia la jornada iba a terminar tan bien como había empezado. María, por su lado, esperaba algo muy distinto, y quedó un tanto decepcio­nada; pero su convicción de que, en realidad, era ella la preferida le bastó para conformarse y la capacitó para acoger como debía las atenciones de despedida de James Rushworth. Sin duda a él había de satisfacerle más dejarla en el interior del birlocho que ayudarla a montar en el pescante, y sus deseos parecieron cumplirse con este arreglo.

––¡Vamos, Fanny, que éste ha sido un magnífico día para ti! ––dijo tía Norris, mientras atravesaban el parque––. ¡Un completo recreo, desde el principio hasta el fin! Ya te digo que puedes estar muy agradecida a tía Bertram y a mí, por haber buscado la manera de que pudieses venir. ¡Nada, que has podido disfrutar un bonito día de constante diversión!

María estaba lo bastante disgustada para decir sin ambages:

––Me parece que usted no lo ha aprovechado del todo mal, tía. Yo diría que en el regazo lleva un montón de cosas buenas; y entre las dos hay una cesta con algo que me está torturando el codo sin piedad.

––Querida, no es más que un pequeño y hermoso brezo que el viejo jardinero, tan amable, se empeñó en que me llevara; pero, si te estorba, ahora mismo lo pongo en mi regazo. Mira, Fanny, tú podrías llevarme este paquete. Pon mucho cuidado... no se te vaya a caer; es un queso de crema, exactamente igual que ése tan excelente que hemos probado en la comida. No hubo manera de que la Whitaker, la buena ama de llaves, se resignase a que no me lo llevara. Me resistí todo lo que pude, hasta que las lágrimas asomaron casi a sus ojos y yo me di cuenta de que el queso era precisamente de la clase que hace las delicias de mi hermana. ¡Esta señora Whitaker es un tesoro! Se horrorizó de veras cuando le pregunté si se les permitía beber vino a los de la segunda mesa, y echó a dos criadas por llevar vestidos blancos. Cuidado con el queso, Fanny. Así puedo llevar muy bien el otro paquete y la cesta.

––¿Y qué más ha pescado por allí? ––preguntó María, en cierto modo satisfecha de que Sotherton mereciera tantos elogios.

––¡Pescar, querida! Nada más que esos cuatro hermosos huevos de faisán me obligó a aceptar, quieras o no quieras; no admite que se le desprecie nada. Dijo que sin duda sería una distracción para mí, enterada de que vivo sola, tener unos cuantos seres vivientes de esta especie; y lo será, de seguro. Haré que la granjera se los ponga a la primera clueca libre que tenga, y si llegan a buen fin me los llevaré a casa y los pondré en una caponera que alguien me prestará; y será para mí delicioso cuidarlos en mis horas de soledad. Y, si tengo suerte, habrá algunos para tu madre.

Era un bello anochecer, dulce y apacible, y el regreso venía a ser un paseo con todos los encantos que pudiera prestarle el sosiego de la naturaleza; pero, cuando tía Norris cesaba de hablar, en el coche se hacía un silencio absoluto. Los ánimos, en general, estaban agotados; y definir si el día les había procu­rado más penas que alegría, o viceversa, era la cuestión que sin duda ocupaba la mente de casi todos.




CAPÍTULO XI

El día pasado en Sotherton, a pesar de todos sus defectos, procuró a las hermanas Bertram sensaciones mucho más gratas que las cartas de la Antigua que poco después llegaron a Mansfield. Resultaba más agradable pensar en Henry Crawford que en el padre y, especialmente, que imaginarle de nuevo en Inglaterra dentro de un plazo no muy largo, como habían de creerlo por el contenido de esas cartas.

Noviembre era el mes fatídico: para noviembre se había fijado su llegada. Sir Thomas escribía sobre este punto con toda la seguridad que podían darle la experiencia y las ansias de volver. Sus asuntos estaban tan próximos a resolverse como para que pudieran ser justificadas sus esperanzas de tomar su pasaje para el correo de septiembre y, por consiguiente, preveía con ilusión que estaría de nuevo al lado de los seres queridos a primeros de noviembre.

María era más digna de compasión que Julia, porque el retorno del padre le aportaría un esposo, y el retorno del amigo más celoso de su felicidad la uniría al galán que ella misma había elegido como depositario de esa felici­dad. Era una perspectiva muy negra, y no pudo hacer más que correr una cortina de humo sobre la misma y esperar que, cuando el humo se disipara, pudiese ver algo distinto, un panorama más consolador. Era de creer que no sería a primeros de noviembre; siempre se producen retrasos, siempre cabe una mala travesía, o algo..., ese algo propicio que sirve de consuelo a todos los que cierran los ojos cuando miran, o el entendimiento cuando razonan. Proba­blemente sería a mediados de noviembre, por lo menos; para la mitad de noviembre faltaban todavía tres meses. Tres meses que comprendían trece semanas. Y en el transcurso de trece semanas muchas cosas podían ocurrir.

Sir Thomas hubiera sentido un profundo pesar de haber sospechado tan sólo la mitad de lo que pensaban sus hijas ante la perspectiva de su regreso, y poco se hubiera consolado al enterarse del interés que tal anuncio despertaba en el pecho de otra joven damisela. Miss Crawford, al dirigirse con su hermana a Mansfield Park para pasar la tarde con sus amigos, tuvo conoci­miento de la buena nueva. Y aunque parecía que el particular sólo podía atañerle en el terreno de la cortesía, y que había dado escape a toda la emoción que pudiera sentir con su sosegada enhorabuena, lo cierto es que prestó oídos a la noticia con un interés no tan fácil de satisfacer. La señora Norris refirió el contenido de las cartas, y después se habló de otra cosa; pero cuando hubieron dado fin al té, hallándose Mary de pie junto a un ventanal abierto, en compañía de Edmund y de Fanny, contemplando el paisaje envuelto en la media luz crepuscular, mientras las hermanas Bertram, Mr. Rushworth y Henry Crawford se ocupaban en encender los candelabros del piano, miss Crawford resucitó el tema volviéndose súbitamente cara al grupo y exclamando:

––¡Qué feliz se le ve a Mr. Rushworth! Está pensando en el próximo noviembre.

Edmund dióse también vuelta para mirar a Mr. Rushworth, pero no dijo nada.

––Será un gran acontecimiento, el regreso de vuestro padre ––agregó ella. ––Lo será, desde luego, después de una ausencia así... una ausencia no sólo larga, sino sembrada de peligros.

––Además, será el anuncio de otros importantes acontecimientos: el casa­miento de su hermana, la ordenación de usted...

––Sí.


––No se ofenda ––dijo ella, riéndose––, pero esto me hace pensar en los viejos héroes paganos que, después de realizar grandes proezas en tierra extraña, ofrecían sacrificios a los dioses a su feliz regreso.

––No hay sacrificio en este caso ––replicó Edmund, esbozando una especie de grave sonrisa y dando otra ojeada al piano––; ella ha elegido libremente.

––¡Oh!, sí, ya lo sé. Sólo fue una broma. Su hermana hace exactamente lo que quisiera hacer toda mujer joven; y no dudo que será en extremo feliz. Era otro el sacrificio a que me refería; y usted, por supuesto, no me entiende.

––Mi ordenación, se lo aseguro, será algo tan voluntario como el casamien­to de María.

––Es una gran suerte que su inclinación y las conveniencias de su padre armonicen tan bien. Hay un excelente beneficio eclesiástico reservado para usted, según tengo entendido, por estos alrededores.

––Y usted supone que me he dejado influir por esto.

––¡Oh, no! Yo estoy segura que esto no ha influido para nada en su vocación ––terció Fanny.

––Gracias por tu buena opinión, Fanny; pero dices más de lo que yo mismo podría afirmar. Al contrario, la seguridad de contar con tal destino es probable que influyese en mí. Ni creo que haya ningún mal en ello. Nunca hubo en mí una aversión natural que fuera preciso forzar, y creo que no hay razón para suponer que un hombre será peor clérigo por saber que podrá situarse enseguida. Estuve en buenas manos. Tengo la esperanza de no haber errado el camino con mi propia elección, y me consta que mi padre ha sido siempre demasiado escrupuloso para permitirlo. No tengo la menor duda de que se me ha influido, pero creo que el hecho no merece censura.

––Es lo mismo que ocurre ––dijo Fanny, después de una corta pausa––, con el hijo de un almirante que ingresa en la Armada, o el de un general que ingresa en el Ejército, sin que nadie vea que haya algún mal en ello. Nadie se extraña de que elijan el campo donde hallarán más amigos dispuestos a ayudarles, ni hay quien sospeche que su entusiasmo por la profesión sea inferior a lo que correspondería.

––No, querida Fanny, y hay sus razones para que así sea. La profesión, ya sea en la Marina o en el Ejército, se justifica por sí misma. No deja nada que desear: incluye heroísmo, riesgo, dinamismo, buen tono. A los soldados y a los marinos siempre se les admite en sociedad. Nadie puede extrañarse de que los hombres sean soldados o marinos.

––En cambio, los móviles de un hombre que va a ordenarse teniendo un destino asegurado son muy sospechosos; esto es lo que usted piensa, ¿no es cierto? ––observó Edmund––. Para que este hombre tuviera una justificación a los ojos de usted, tendría que hacerlo en la más completa incertidumbre sobre su porvenir.

––¡Cómo! ¡Ordenarse sin tener un destino asegurado! No; esto sería una locura, una verdadero locura.

––¿Debo preguntarle cómo se nutrirían las filas de la Iglesia, si un hombre no ha de ordenarse contando con un beneficio ni sin contar con él? No, no se le pregunto, porque es seguro que no sabía usted qué contestar. Pero de sus propios argumentos cabe deducir alguna consecuencia favorable al cléri­go. Ya que éste no puede estar influenciado por esos sentimientos que usted considera tan elevados como el afán de gloria y honores que empujan a soldados y marinos a la elección de su carrera; ya que ni heroísmo, ni fama, ni galardones cuentan para él, debería estar menos expuesto a sospecha de que hay falta de sinceridad o buenas intenciones en su vocación.

––Claro, sin duda será muy sincero al preferir unos ingresos asegurados, al esfuerzo de trabajar para obtenerlos, y tendrá las mejores intenciones de pasarse el resto de la vida sin hacer nada más que comer, beber y engordar. Es indolencia, Mr. Bertram, vaya que sí... indolencia y amor a la comodidad... una falta de toda loable ambición, de gusto por la sociedad, o de inclinación a tomarse la molestia de hacerse agradable, lo que lleva a un hombre a ser clérigo. Un clérigo no tiene nada que hacer como no sea leer el periódico, observar el tiempo, mostrarse desaliñado y egoísta y pelear con su mujer. El cura auxiliar le hace todo el trabajo, y toda su ocupación se reduce a comer.

––Los hay que son así, sin duda alguna, pero me parece que el caso no es tan comente como para justificar la opinión de miss Crawford, cuando considera que estas características son de aplicación general. Sospecho que al formular esta crítica global y, diría yo, comprensiva de lugares comunes, no juzga usted por sí misma, sino a través de los prejuicios de otras personas cuyas opiniones se ha habituado usted a escuchar. Es imposible que por propia observación conozca usted mucho de la clerecía. No habrá tratado más que a poquísimos de esos hombres que usted condena de un modo concluyente. Habla, simplemente, por lo que ha oído en las conversaciones de sobremesa en casa de su tío.

––Hablo, haciéndome eco de lo que considero la opinión general; y cuando una opinión es general suele ser correcta. Aunque personalmente poco he podido observar de la vida privada de los clérigos, son muchas las personas que los conocen en la intimidad del hogar para que quepa una deficiencia de información.

––Cuando un cuerpo de hombres cultos, cualquiera que sea su función, es censurado en peso, sin hacer distinciones, tiene que haber una deficiencia de información o ––y aquí sonrió–– de otra cosa. Su tío, y sus colegas almirantes, acaso supieran muy poca cosa de clérigos fuera de los capellanes que, buenos o malos, siempre deseaban tener lejos.

––¡Pobre William! Él ha encontrado mucha bondad en el capellán del Antwerp ––fue un tierno comentario de Fanny, muy a propósito de sus senti­mientos, si no de la conversación.

––Tuve siempre tan poca propensión a formar mis opiniones con las de mi tío ––replicó miss Crawford––, que dificilmente puede ser cierta su suposición; y, si tanto me apura, deberé hacer constar que no me hallo tan privada de medios para observar qué clase de personas son los clérigos, siendo actual­mente huésped de mi propio hermano, el doctor Grant. Y, aunque el doctor Grant es muy amable y atento conmigo, y no puede negarse que es un auténtico gentleman, y me atrevería a decir que muy erudito e inteligente, y a menudo son muy buenos sus sermones, y es una persona muy respetable, no por eso dejo de ver en él al indolente, al egoísta bon vivant, que no puede dar un paso sin consultar su paladar, que es incapaz de mover un dedo por la conveniencia de otra persona y que, además, si la cocinera hace una patocha­da, se pone de mal humor con su excelente esposa. Si he de confesar la verdad, diré que Henry y yo nos hemos visto casi obligados a salir esta tarde por su disgusto ante una gansa cruda, de la que no pudo aprovechar la mejor parte. Mi pobre hermana tuvo que quedarse y soportarle.

––No me sorprende su desaprobación, se lo aseguro. Es un gran defecto de carácter, agravado por una falta de hábito a la sobriedad muy censurable; y ver a su hermana sufriendo por esta causa tiene que ser muy penoso para una sensibilidad como la de usted. Bueno, Fanny: en este punto nos ha vencido miss Crawford. No podemos intentar la defensa del doctor Grant.

––No ––replicó Fanny––, pero no debemos achacar todo esto a su carrera; porque, cualquiera que fuese la profesión elegida, su carácter hubiera sido igualmente... no hubiera sido mejor; y como lo mismo en la Armada que en el Ejército hubiera tenido mucho más personal bajo sus órdenes que el que ahora tiene, creo que más le hubiera perjudicado ser soldado o marino que clérigo. Además, he de suponer que cualesquiera sean los defectos que puedan imputarse al doctor Grant, tales defectos hubieran corrido un mayor riesgo de acentuársele en el ejercicio de una profesión más activa y mundana, en la que hubiese tenido menos tiempo y obligación de estudiarse a sí mismo..., en la que no se le hubiera presentado la ocasión, con tanta frecuencia al menos, de ahondar en ese conocimiento de sí mismo, aspecto éste del que ahora no puede prescindir. Un hombre... un hombre sensible como el doctor Grant, es imposible que tenga adquirido el hábito de enseñar todas las semanas al prójimo sus obligaciones, de acudir dos veces a la capilla todos los domingos y exhortar a los fieles con unos sermones tan excelentes como los suyos, sin que en él mismo repercuta el efecto de todas las verdades que predica. Sin duda tendrá que reflexionar, y estoy segura de que procura refrenarse más a menudo que si en vez de ser clérigo se hubiera dedicado a otra cosa.

––No es posible demostrar lo contrario, por supuesto: pero le deseo mejor suerte, Fanny, que la de casarse con un hombre cuya amabilidad dependa de sus propios sermones; pues, aunque se predicara a sí mismo hasta ponerse del mejor humor de todos los domingos, ya seria bastante pena tenerle discutien­do sobre si los gansos han quedado crudos desde el lunes por la mañana hasta el sábado por la noche.

––Si existe un hombre capaz de pelear a menudo con Fanny ––dijo Ed­mund cariñosamente––, será que no hay sermones que vengan para él.

Fanny se acercó más a la ventana.

––Me figuro que miss Price está más acostumbrada a merecer elogios que a escucharlos ––observó Mary, empleando un tono algo divertido.

Y no tuvo tiempo de decir más, pues en aquel momento fue requerida insistentemente por las hermanas Bertram para que se uniera a ellas en la interpretación de una canción alegre para voces solas. Accediendo, se dirigió al piano, mientras Edmund quedaba como sumido en un éxtasis de admira­ción ante sus muchos encantos, empezando por su espíritu complaciente y acabando por lo grácil y alado de su porte.

––¡Qué carácter tan animado! ––dijo, contemplándola––. Con un tempera­mento así, no habrá quien pueda entristecerse a su lado. ¡Y qué complacien­te! Enseguida accede al deseo de los demás, uniéndose a ellos en cuanto se la requiere. ¡Qué lástima ––agregó, después de una breve reflexión–– que haya tenido que estar en tan malas manos!

Fanny convino en eso, y tuvo la satisfacción de ver que él permanecía a su lado, junto a la ventana, a pesar de la anunciada canción, y que volvía como ella los ojos al exterior, cuyo espectáculo se ofrecía solemne, sedante, cauti­vador en la luminosidad de una noche estrellada, contrastando sobre la profunda negrura de los bosques. Fanny habló por sus sentimientos:

––¡Esto es armonía! ––dijo––. ¡Esto es paz! ¡He aquí algo que deja atrás todo lo que la música y la pintura puedan expresar, y que sólo la poesía puede intentar describir! ¡Esto puede calmar toda inquietud y exaltar el espíritu hasta el arrobamiento! Cuando contemplo una noche como esta, tengo la sensación de que ni la maldad ni el dolor pueden existir en el mundo; y es seguro que de las dos cosas habría menos si se atendiera más a la sublimidad de la naturaleza y la humanidad llevara su mirada un poco más allá del círculo de mezquindades en que se encierra, contemplando un espectáculo como éste.

––Me gusta ver tu entusiasmo, Fanny. Es una noche deliciosa, y muy dignos de compasión son aquellos que no han aprendido, aunque fuera hasta cierto punto, a sentir como tú... Aquellos a los que ni tan sólo se les ha iniciado en el gusto por las bellezas de la naturaleza desde la más tierna edad. No es poco lo que se pierden.

––Tú fuiste quien me enseñó a pensar y sentir estas cosas, Edmund.

––Y tuve una discípula muy aprovechada. Allí está Arturo, con su intenso brillo.

––Sí, y la Osa. Me gustaría localizar a Casiopea.

––Para eso tendríamos que salir y llegarnos al prado. ¿Te daría miedo? ––En absoluto. Hemos pasado mucho tiempo sin dedicamos a la observa­ción de las estrellas.

––Es verdad; no entiendo cómo ha podido ser así ––en aquel momento empezó la canción––. Esperaremos a que hayan terminado, Fanny ––dijo entonces Edmund, poniéndose de espaldas a la ventana; y mientras adelanta­ba la interpretación, Fanny hubo de mortificarse al ver que también él avanzaba, aproximándose lenta y gradualmente al instrumento; y, cuando sonó el último acorde, él se hallaba ya junto a las cantoras, insistiendo más que nadie en que concedieran un bis.

Fanny quedó suspirando sola junto a la ventana, hasta que la sacaron de allí los regaños de tía Norris pronosticándole un resfriado.




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