Mansfield Park Jane Austen capítulo I



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CAPÍTULO XII

El regreso de sir Thomas estaba anunciado para noviembre, y antes tenía que volver su primogénito para atender a las obligaciones que le reclamaban en Mansfield Park. Al aproximarse septiembre llegaron noticias de Tom Bertram: primero, por una carta que escribió al guardabosque y, después, por otra que mandó a Edmund. Y a fines de agosto llegó él, para mostrarse de nuevo alegre, simpático y galante si se presentaba la ocasión o miss Crawford lo requería; para hablar de carreras y de Weymouth, de reuniones y amigos... temas que hubieran suscitado en ella algún interés unas semanas antes, pero que ahora sirvieron, en total, para dejarla plenamente convencida, por la fuerza de una efectiva comparación, de que prefería al hermano menor.

Era muy lamentable, y ella lo sintió mucho, pero era así; y estaba ahora tan lejos de pensar en casarse con el primogénito, que ni siquiera se proponía desarrollar ante él atractivo alguno, excepto los que los más elementales derechos de una belleza consciente exigen. Tom, con su prolongada ausencia de Mansfield, sin más objetivo que el placer ni más consejero que su libre albedrío, había demostrado a las claras que no se interesaba por ella; y la indiferencia de Mary superaba a la de él hasta tal punto que, aunque Tom se hubiera convertido de pronto en el señor de Mansfield Park, en todo el sir Thomas que un día habría de ser, ella no creía que hubiese podido aceptarle.

El inicio de la temporada y las obligaciones que reintegraron a Tom a Mansfield se llevaron a Henry Crawford a Norfolk. Everingham no podía pasar sin él a principios de septiembre. Se marchó para una quincena... una quincena tan insípida para las hermanas Bertram, que hubiera debido bastar para que ambas se pusieran en guardia y para que Julia, celosa como estaba de su hermana, reconociera la absoluta necesidad de no fiar en las atenciones del galán y deseara que no volviese más por allí; y una quincena que brindó al caballero ocasión bastante, durante las muchas horas de ocio que mediaban entre las dedicadas al sueño y a la caza, para que pensara en la conveniencia de permanecer más tiempo alejado, lo que sin duda hubiera hecho, de estar más habituado a examinar sus propias intenciones y a reflexionar sobre las posibles consecuencias de su estúpida vanidad; pero, irreflexivo e indiferente ante los perjuicios y el mal ejemplo, no quería ver más allá del momento presente. Las Bertram, bonitas, inteligentes e incitantes, eran una diversión para su espíritu saciado; y, al no encontrar en Norfolk nada que igualase el alicientes social de Mansfield, allí volvió alegremente y sin retraso sobre la fecha señalada, viéndose acogido no menos alegremente por las mismas de las que se proponía seguir burlándose.

María, teniendo sólo a Mr. Rushworth que se dedicara a ella, y condenada a los reiterados detalles que éste le daba sobre sus cotidianas actividades deportivas, lo mismo si ganaba que si perdía, las jactanciosas alabanzas que dedicaba a sus perros, los celos que le inspiraban los vecinos, sus recelos sobre la calidad de los mismos y sus inquietudes por si alguien se atrevía a robar caza o pesca en vedado (temas éstos que no pueden abrirse camino en los sentimientos femeninos sin algo de talento por una parte y algo de afecto por la otra), había echado de menos a Henry Crawford de una manera atroz; y Julia, sin compromiso ni ocupación, se consideró con todo el derecho a echarle de menos mucho más. Cada una e imaginaba ser ella la favorita. La creencia de Julia podía tener su justificación en las insinuaciones de la señora Grant, muy propensa a ver las cosas tal como las deseaba; y la de María, en las insinuaciones del propio Henry Crawford. Todo volvió a encauzarse lo mismo que antes de la partida de éste, que siguió mostrándose tan animado y simpático con la una como con la otra, a fin de no perder terreno con ninguna de las dos, deteniéndose justamente al borde de toda preferencia, de toda constancia, efusión o arrebato que pudiera llamar la atención general.

Fanny era la única del grupo que veía algo que no le gustaba; ya desde el día que pararon en Sotherton no podía ver a Henry con cualquiera de las dos hermanas sin reparo; y si su confianza en el propio criterio hubiese sido igual a la aplicación que daba al mismo en todo lo demás, si hubiera tenido la seguridad de que estaba viendo claro y juzgando cándidamente, tal vez habría comunicado algunas cosas importantes a su confidente habitual. Pero, como no era así, sólo se permitía aventurar alguna insinuación; insinuación que, por lo demás, caía en el vacío.

––Me sorprende bastante ––dijo una vez–– que Mr. Crawford haya vuelto tan pronto, después de haber pasado ya tanto tiempo aquí... nada menos que siete semanas; pues yo tenía entendido que le gustaba tanto la variación y trasladarse continuamente de un lado para otro, que me figuré que algo habría de mantenerle distanciado desde el momento en que partió. Está acostumbrado a otros lugares mucho más divertidos que Mansfield.

––Esto de ahora habla en su favor ––contestó Edmund––, y afirmaria que satisface no poco a su hermana. A ella no le gustan sus hábitos tan poco estables.

––¡Cuánto le miman mis primas!

––Sí, tiene el carácter que agrada a las mujeres. La señora Grant, me parece, sospecha que siente alguna inclinación por Julia; yo nunca he apreciado síntoma alguno que pueda dar pie a esta suposición, pero desearía que fuese así. Henry no tiene más defectos que los que desaparecerían con un enamo­ramiento formal.

––Si María no estuviese prometida ––dijo Fanny, prudentemente––, a veces casi llegaría a pensar que él siente más admiración por ella que por Julia.

––Lo que tal vez sea una prueba de que prefiere a Julia más de lo que tú, Fanny, puedas suponer; pues a menudo se da el caso que un hombre, antes de decidirse, distinga a la hermana o a la amiga íntima de la mujer que ocupa su mente más que a ella misma. Demasiado buen sentido tiene Crawford para permanecer aquí si corriera algún peligro de enamorarse de María; y ella no me inspira ningún temor, después de la prueba que ha dado de que sus sentimientos no son fuertes.

Fanny se dijo que estaría equivocada y se propuso pensar de otro modo en lo sucesivo; pero, no obstante todo lo que podía hacer su sumisión a Edmund, a pesar de todo el concurso de insinuaciones y miradas de inteli­gencia que eventualmente sorprendía en los demás y que, al parecer, querían significar que Julia era la elegida de Mr. Crawford, no siempre sabía qué pensar. Una noche pudo enterarse de las ilusiones de tía Norris sobre este particular, así como de sus sentimientos y de los de la señora Rushworth sobre un punto muy similar, y no pudo menos de asombrarse mientras escuchaba; y no poco contenta hubiera estado de no tener que escuchar, pues, mientras todo el resto de la gente joven estaba bailando, ella no tuvo más remedio que permanecer allí sentada, muy en contra de su voluntad, entre las viejas que charlaban junto al fuego, anhelando que regresara el mayor de sus primos, de quien dependían en aquel momento todas sus esperanzas de tener pareja. Era el primer baile de Fanny, aunque sin la preparación o el esplendor del primer baile de otras jovencitas. Tuvo lugar por la tarde y se montó en la sala del servicio, aprovechando la última adquisición de un violinista y la posibilidad de combinar cinco parejas con la colaboración de la señora Grant y de un nuevo amigo íntimo de Tom Bertram, que acababa de llegar de visita. La cosa, sin embargo, había resultado muy agradable para Fanny a lo largo de cuatro danzas, y le dolía no poco llevar perdido aunque sólo fuera un cuarto de hora. Mientras aguardaba con ansiedad, ya mirando a las parejas que bailaban, bien en dirección a la puerta, tuvo que escuchar forzosamente este diálogo entre las dos damas citadas.

––Creo ––dijo tía Norris, dirigiendo la mirada hacia donde se hallaban James Rushworth y María Bertram, que formaban pareja por segunda vez­ que ahora volveremos a ver algunas caras alegres.

––Sí, señora, desde luego ––manifestó la otra, acompañándose de una dis­tinguidísima sonrisa afectada––; ahora nos proporcionará alguna satisfacción mirar a las parejas, y pienso que fue una verdadera lástima que se vieran obligados a separarse. Los jóvenes que se encuentran en su situación deberían estar excusados de observar las reglas generales. Me extraña que mi hijo no lo haya propuesto.

––Sin duda lo hizo. Mr. Rushworth nunca se quedó atrás. Pero nuestra querida María tiene un sentido tan estricto de las formas, posee en tal alto grado esa genuina delicadeza que tanto escasea hoy en día, ese deseo de evitar que se particularice con ella... Fíjese, señora Rushworth, fijese usted ahora en su rostro. ¡Qué expresión tan distinta de la que puso durante los dos últimos bailes!

María parecía estar satisfecha, en efecto: en sus ojos había un brillo ilusio­nado y hablaba con gran animación, pues Julia y la pareja de ésta, Mr. Crawford, se encontraban a su mismo lado. Los cuatro formaban un grupo. En cuanto a la anterior expresión de su rostro, Fanny no pudo recordarla, pues había estado bailando con Edmund y no se había ocupado de su prima. Tía Norris prosiguió:

––¡Es verdad delicioso, señora Rushworth, ver a los jóvenes tan perfecta­mente felices, tan idealmente emparejados, tan... tal para cual! No hago más que pensar en la satisfacción de sir Thomas. ¿Y qué me dice usted, señora Rushworth, de la probabilidad de otro noviazgo? Mr. Rushworth ha dado un buen ejemplo, y estas cosas se contagian pronto.

La señora Rushworth, que nunca veía más que a su hijo, se mostró totalmente desorientada.

––La pareja que está junto a ellos, señora mía ––indicó tía Norris––. ¿No ve usted también algún síntoma por ese lado?

––¡Ah, vaya...! Miss Julia y Mr. Crawford. Sí, desde luego... una pareja muy linda. ¿Qué fortuna tiene él?

––Cuatro mil al año.

––No está mal. Los que no tienen más deben contentarse con lo que tienen. Cuatro mil al año ya representa una buena situación, y él parece un joven muy sano y agradable, de modo que auguro a Julia mucha felicidad.

––Todavía no es cosa hecha, señora Rushworth. Sólo hablamos de ello entre los íntimos. Pero casi no tengo la menor duda de que será. Él se muestra cada vez más significativo en sus atenciones.

Fanny no pudo seguir escuchando y asombrándose, pues Tom Bertram se presentó de nuevo en el salón; y, aunque se daba cuenta del gran honor que él le haría sacándola a bailar, sabía que así iba a suceder. Tom se dirigió al pequeño círculo de Fanny. Pero en vez de requerirla para el baile corrió una silla a su lado y empezó a contarle el estado en que se hallaba un caballo enfermo y la opinión del mozo de cuadra, a quien acababa de dejar. Fanny comprendió que se había equivocado y, en la modestia de su espíritu, sintió inmediatamente que había sido grande su insensatez al esperar otra cosa. Cuando él hubo agotado el tema del caballo tomó un periódico de la mesa y, mirando por encima del mismo, dijo con lánguida entonación:

––Si deseas bailar, Fanny, estoy dispuesto a acompañarte.

Con más que igual cortesía, ella rehusó el ofrecimiento: que no, que no sentía deseos de bailar.

––Lo celebro ––dijo él entonces, en un tono mucho más animado, al tiempo que abandonaba el periódico––, porque estoy rendido de cansancio. Lo que me admira es que los demás puedan resistir tanto tiempo. Tendrían que estar enamorados para hallar diversión en una chifladura como esta; y lo están, sin duda alguna. Si te fijas, verás que aquí todas las parejas son de enamorados... todas, menos la de mi amigo Yates y la señora Grant. Y, entre nosotros, Fanny, me parece que lo que es ella, pobre mujer, necesita un enamorado tanto como las otras. ¡Triste y desesperada vida debe ser la suya al lado del doctor Grant! ––y al decir esto volvió el rostro, con una mueca significativa, del lado de la butaca que ocupaba el aludido; pero, como descubriera que estaba a su lado, se vio en la imperiosa necesidad de recurrir a un cambio de expresión y de tema tan brusco, que Fanny, a pesar de todo, apenas pudo contener la risa––. ¡Vaya cosas raras ocurren en América, doctor Grant! ¿Cuál es su opinión? Siempre recurro a usted para saber a qué atener­me en las cuestiones públicas.

––Mi querido Tom ––díjole su tía, hablando en voz alta, unos momentos después––, como no bailas, supongo que no tendrás inconveniente en unirte a nosotros para jugar una partida, ¿verdad?

Dejó su asiento y, aproximándose a él para dar más fuerza persuasiva a su proposición, añadió en un susurro:

––Conviene formar una mesa para la señora Rushworth, ¿comprendes? Tu madre lo desea muchísimo, pero casi no dispone de tiempo para jugar ella, debido al fleco que está confeccionando. Ahora bien, entre tú, yo y el doctor Grant seremos bastantes; y, aunque nosotros sólo jugamos a media corona, ten en cuenta que debes hacer las apuestas de media guinea jugando con él.

––Aceptaría con muchísimo gusto ––replicó él en voz alta, al tiempo que se ponía en pie con presteza––; seria para mí un gran placer... pero en este mismo instante me disponía a bailar. Vamos, Fanny ––agregó, tomando a su prima de la mano––, no pierdas más tiempo, o empezaremos cuando el baile ya habrá terminado.

Fanny se dejó llevar de muy buena gana, aunque le era imposible sentirse muy agradecida a su primo o distinguir, como él hizo por cierto, entre el egoísmo de otra persona y el propio.

––¡Bonita proposición, válgame Dios! ––exclamó él, indignado, mientras se alejaban––. ¡Intentar coserme a una mesa de cartas por un par de horas con ella y el doctor Grant, que siempre están peleando, y esa vieja pesada que entiende tanto de whisi como de álgebra! Seria de desear que mi tía no fuese tan entrometida. ¡Y además, proponérmelo en esa forma... sin ninguna cere­monia, delante de todos, para comprometerme! Esto es lo que me disgusta más que nada. ¡Es lo que más me saca de quicio, esa ficción de que me consulta, de que me da a elegir, mientras lo hace de un modo como para obligarle a uno a hacer lo que a ella se le antoja... ¡sea lo que sea! De no habérseme ocurrido felizmente salir a bailar contigo, no hubiera podido escabullirme. ¡Vaya mala suerte! Pero cuando a mi tía se le mete una idea en la cabeza no hay quien la detenga.




CAPÍTULO XIII

El ilustre John Yates, ese nuevo amigo de quien hemos hablado, no poseía más virtudes que las de vestir a la moda y gastar, y la de ser el hijo menor de un lord de mediana posición; y sir Thomas seguramente no hubiese consi­derado nada deseable su introducción en Mansfield. Tom lo había conocido en Weymouth, donde habían pasado juntos diez días con el mismo grupo; y su amistad, si amistad podía llamarse, quedó demostrada y ratificada, al ser invitado Mr. Yates a dejarse caer por Mansfield y al prometer éste que así lo haría. Y así lo hizo antes de lo que se esperaba, a consecuencia de la súbita dispersión de una gran pandilla reunida para hacer vida alegre en casa de otro amigo, el cual había tenido que abandonar Weymouth. Llegó Mr. Yates en alas de la desilusión y con la cabeza llena de arte dramático, pues había sido una partida de aficionados al teatro; y para la función, en la que él había de tomar parte, faltaban tan sólo dos días, cuando el súbito fallecimiento de uno de los más próximos parientes de la familia desbarató el plan y dispersó a los componentes del cuadro escénico. Tener tan cerca la felicidad, tan cerca la fama, tan cerca el largo párrafo haciendo el panegírico de las funciones de aficionados de Ecclesford, sede del muy honorable lord Ravenshaw, de Cornualles, que hubiera inmortalizado... por un año al menos, el nombre de todos los participantes; tenerlo tan cerca, y perderlo todo, constituía un fracaso que dolía en el alma. Y Mr. Yates no sabía hablar de otra cosa: Ecclesford y su teatro, los preparativos y los vestuarios, los ensayos y el jolgorio que se hacía en los mismos, eran su inagotable tema de conversación; y jactarse del pasado, su único consuelo.

Afortunadamente para él, la afición al teatro es tan generalizada, la ilusión por actuar tan viva en la juventud, que dificilmente podía fatigar la atención de sus oyentes. Desde el reparto de los papeles hasta el epílogo, todo había sido encantador, y pocos eran los que no hubieran querido ser parte interesada, o los que hubieran dudado en probar su aptitud. La obra elegida había sido «Promesas de Enamorados», y Mr. Yates tenía que encarnar el conde Cassel.

––Es un papel insignificante ––decía–– y nada de mi gusto, de modo que no volvería a aceptarlo otra vez; pero resolví no poner obstáculos. Lord Ravens­haw y el duque se habían asignado los dos únicos papeles que vale la pena interpretar antes de que yo llegara a Ecclesford; y, aunque lord Ravenshaw ofreció cederme el suyo, ya comprenderán ustedes que me fue imposible aceptarlo. Sentí por él que hubiera medido tan mal sus fuerzas, pues no sirve para el papel de barón... tan bajito, con su voz tan débil, que siempre se ponía ronca a los diez minutos de haber empezado; hubiera destrozado material­mente la obra; pero yo estaba resuelto a no poner obstáculos. Sir Henry creía que tampoco el duque servía para hacer de Frederick, pero esto era debido a que deseaba interpretar él este personaje; por el contrario, así hubiera sido aún peor. Quedé pasmado al comprobar que sir Henry era tan mal actor. Afortunadamente, la fuerza de la obra no recaía sobre él. Nuestra Agata era insuperable, y muchos consideraron que el duque estaba magnífico en su papel. En total, que hubiera sido algo maravilloso.

«Fue una verdadera lástima, vaya que sí» y «sinceramente le compadezco, no hay para menos», eran los amables comentarios del auditorio simpatizante.

––No vale la pena quejarse por esto; pero cabe afirmar que la pobre viuda no hubiera podido escoger peor momento para morir, y uno no pudo evitar el deseo de que la noticia se ocultara hasta justamente después de los tres días que nos hacían falta. Eran tres días nada más, y por tratarse sólo de una abuela, y teniendo en cuenta que aquello se montaba a una distancia de doscientas millas, creo que no hubiera sido un mal tan grande; y alguien lo sugirió, me consta. Pero lord Ravenshaw, que sin duda es uno de los más correctos hombres de Inglaterra, no quiso siquiera oír hablar de ello.

––Un entremés en lugar de una comedia ––dijo Mr. Bertram––. Las «Pro­mesas de Enamorados» se terminaron, y lord y lady Ravenshaw se quedaron solos interpretando «Mi Abuela». En fin, él se consolará sin duda con la herencia; y tal vez, dicho sea entre nosotros, empezaba a inquietarse por su prestigio y sus pulmones en el papel de barón y no le haya sabido mal tener que retirarse. Y para meterme también contigo, Yates, creo que deberíamos montar un pequeño teatro en Mansfield y rogarte que fueras nuestro director escénico.

La idea, aunque instantánea, no se extinguió en un instante; pues en todos se había despertado el deseo de actuar, y en nadie con tanto ímpetu como en él, que era ahora el jefe de la casa, y que, teniendo tantas horas libres como para ver algo de bueno en casi todo aquello que representase una novedad, tenía al propio tiempo un grado de sensibilidad temperamental y afición a la escena que se adaptaba exactamente a la novedad de hacer teatro. Acariciaba la idea una y otra vez. «¡Oh, si se pudiera hacer algo semejante al teatro y los decorados de Ecclesford!» El deseo halló eco en las dos hermanas; y Henry Crawford, que veía en ello un nuevo motivo de fiesta no gustada aún para su completo programa de licencia y diversión, se sumó entusiásticamente a la idea:

––En estos momentos ––dijo–– creo que seria capaz de hacer el payaso lo bastante para encargarme de cualquier interpretación, de cualquiera de los personajes que han creado los dramaturgos, desde Shylock o Ricardo III hasta el héroe cantante de una farsa, con su traje escarlata y sombrero de candil. Me siento con ánimos para hacer cualquier cosa, para hacerlo todo, para declamar o rugir, para suspirar o cabriolar, en cualquier tragedia o comedia escritas en lengua inglesa. El caso es hacer algo. Aunque sólo sea una media representa­ción... un acto... una escena. ¿Qué podría impedirlo? No esos rostros, estoy seguro ––mirando a las hermanas Bertram––. Y en cuanto al teatro, ¿qué significa un teatro? Lo que nos proponemos es divertimos por nuestra cuenta. Cualquier habitación de esta casa sería suficiente.

––Necesitaremos un telón ––dijo Tom Bertram––, unos pocos metros de bayeta verde para un telón, y tal vez nada más.

––Sí, esto bastará ––consideró Mr. Yates––, con sólo una cortina que se recoja a un lado, o bien partida para correrla hacia los extremos, quitando las puertas, y tres o cuatro decorados, tendremos todo lo necesario para un plan así. Tratándose de una simple diversión entre nosotros, no hace falta más.

––Yo creo que debemos contentarnos con menos ––terció María––. No habría tiempo para tanto y surgirían otras dificultades. Será preferible que adoptemos el punto de vista de Mr. Crawford, dejando que sea la representa­ción, no el teatro, nuestro objetivo. Muchos fragmentos de nuestras mejores obras teatrales son independientes de la escenografia.

––Nada, nada ––dijo Edmund, que empezaba a escuchar alarmado––. No vayamos a hacer las cosas a medias. Si hay que hacer función, que sea en un teatro de verdad, dotado de platea, palcos y galería, y demos una representa­ción completa, desde el principio hasta el fin, como si fuese de una obra alemana, no importa cuál, con un entremés a base de muchos trucos y tramoya, y una exhibición de danza, y un hornpipe1, y unas canciones en los entreactos. Si no superamos a Ecclesford no haremos nada.

––Vamos, Edmund, no te pongas antipático ––dijo Julia––. Todos gustamos de una buena representación, tanto como tú, y hemos tenido ocasión de desplazamos algo más para presenciarla.

––Claro, para ver a auténticos artistas, a buenos y experimentados actores y actrices; pero difícilmente me desplazaría de esta habitación a la de al lado para presenciar los ímprobos esfuerzos de unos individuos que no han sido preparados para el oficio..., de un grupo de damas y caballeros que tienen todas las desventajas de la educación y el decoro, contra las que se ven precisados a luchar en estos casos.

Después de una corta pausa, a pesar de todo, el tema se reanudó y siguió discutiéndose con el mismo afán, mientras los respectivos entusiasmos no hacían más que aumentar en el curso del debate y al comprobar cada uno la ilusión de los demás; y aunque nada se determinó, excepto que Tom Bertram preferiría una comedia, y sus hermanas y Henry Crawford una tragedia, y que nada en el mundo podía ser más fácil que dar con una obra que complaciera a todos, lo de llevar a cabo el plan parecía algo tan decidido, que Edmund empezó a inquietarse de veras. Estaba resuelto a evitarlo, en tanto le fuese posible; a pesar de que su madre, que igualmente escuchó la conversación sostenida en tomo a la mesa, no evidenció el menor síntoma de desapro­bación.

Aquella misma tarde se le ofreció la oportunidad de poner a prueba sus fuerzas. María, Julia, Henry Crawford y Mr. Yates se hallaban en el salón de billar. Tom los dejó para volver a la sala donde estaba Edmund pensativo, de pie junto a la chimenea, y también lady Bertram sentada en un sofá a corta distancia, con Fanny a su lado preparándole la labor. Aquél entró diciendo:

––¡Otra mesa de billar como la nuestra no se podría encontrar, creo yo, sobre la faz del mundo! No puedo resistirla más, y creo que nada podrá tentarme a volver jamás a ella. Pero algo bueno acaban de descubrir: es la sala ideal para teatro, la que reúne precisamente las condiciones de forma y profundidades requeridas; y como las puertas del fondo pueden transformar­se en una sola, lo que puede conseguirse en cinco minutos, simplemente corriendo la librería del despacho de nuestro padre, tenemos exactamente lo mejor que se nos hubiese podido ocurrir de haber permanecido horas y más horas sentados y meditando sobre el caso. Y el despacho de papá será un excelente escenario. Parece unido al salón de billar a propósito.

––No será en serio que hablas de la representación, ¿verdad? ––dijo Ed­mund en voz baja, al aproximarse su hermano a la chimenea.

––¡Que no hablo en serio! Tan en serio como cuando más, te lo aseguro. ¿Qué hay en ello que pueda sorprenderte?

––Considero que estaría muy mal. Desde un punto de vista general, las funciones de teatro casero dan motivo a algunos reparos; pero, teniendo en cuenta nuestras particulares circunstancias, seria altamente imprudente, y más que imprudente, intentar algo parecido. Pondría de manifiesto una total falta de sentimiento por la ausencia de nuestro padre, que hasta cierto punto se encuentra en constante peligro; y sería imprudente, me parece a mí, con respecto a María, cuya situación es no poco delicada... en extremo delicada, si bien se considera todo.

––¡Hay que ver si lo tomas en serio! Como si nos propusiéramos actuar tres veces por semana hasta el regreso de mi padre, e invitar a toda la comarca. Pero no se trata de una exhibición de esta clase. No pretendemos otra cosa que divertimos un poco entre nosotros, justamente para dar variedad a la monotonía del escenario doméstico y ejercitar nuestras facultades en algo nuevo. No precisamos de público, ni de publicidad. Creo que puede con­fiarse en nosotros en cuanto a la elección de una obra perfectamente intacha­ble. Y no concibo que pueda haber más daño o peligro en conversar em­pleando el elegante lenguaje de algún respetable autor que en charlar con un vocabulario de cosecha propia. No tengo temores ni aprensión. Y, en cuanto a lo de que nuestro padre está ausente, es algo que está tan lejos de representar un obstáculo que casi lo considero un motivo; pues la impaciencia por su retomo tiene que constituir para nuestra madre un período de intensa ansie­dad. Y, si nosotros podemos ser el medio que sirva de distracción a su inquietud y conseguimos sostener su ánimo durante las pocas semanas que faltan, creo que habremos empleado muy buen el tiempo, y sin duda papá lo creerá así también. No olvidemos que para ella es éste un período de intensa ansiedad.

Al decir esto, los dos miraron a su madre. Lady Bertram, hundida en el sofá, cual auténtica representación de la salud, el bienestar, la comodidad y la tranquilidad, estaba precisamente sumiéndose en un dulce sopor, mientras Fanny iba solventando las escasas dificultades de su labor, para ella.

Edmund sonrió y meneó la cabeza.

––¡Por Júpiter! ¡Esto sí que es un fracaso! ––exclamó Tom dejándose caer en una butaca, al tiempo que soltaba una franca carcajada––. Vaya, madrecita querida, lo que es tu ansiedad... en esto me colé.

––¿Qué te pasa? ––inquirió lady Bertram, con la torpe pronunciación de una persona soñolienta––. No estaba durmiendo.

––¡No, mamá, por Dios! Nadie sospechó tal cosa. Bueno, Edmund ––pro­siguió, volviendo al tema, la postura y la entonación anteriores, tan pronto como lady Bertram empezó de nuevo a dar cabezadas––; pero eso estoy dispuesto a mantenerlo... puesto que no es ningún mal.

––No puedo estar de acuerdo contigo. Tengo el pleno convencimiento de que nuestro padre lo desaprobaría rotundamente.

––Y yo estoy convencido de lo contrario. A nadie le satisface más que a nuestro padre que se ejerciten las facultades de los jóvenes, no hay quien tanto procure fomentarlas; y por cuanto se relaciona con la buena dicción, la entonación y los gestos declamatorios, creo que siente una verdadera pasión. No dudo de que la alentaba en nosotros, cuando chiquillos. ¡Cuántas veces nos hizo recitar versos sobre el cadáver de julio Cesar y «ser o no sen», en esta misma sala, para su diversión! Y ten muy presente que he recitado «Mi nombre era Norval» todas las noches de mi vida, a partir de unas vacaciones de Navidad.

Aquello era muy distinto. Debes darte cuenta de la diferencia. Nuestro padre quería que nosotros, como escolares, supiéramos hablar y pronunciar correctamente, pero nunca pudo desear que sus hijas ya mayores hicieran teatro. Su sentido del decoro es estricto.

––Todo esto ya lo sé ––replicó Tom, malhumorado––. Conozco a papá tan bien como tú; y ya cuidaré yo de que sus hijas no hagan nada que pueda disgustarle. Ocúpate de tus asuntos, Edmund, que yo ya cuidaré del resto de la familia.

––Si estás resuelto a hacer función ––dijo el perseverante Edmund––, espero que será en un plan muy íntimo y reservado, y creo que no debería intentarse montar un teatro. Sería tomarse unas libertades en casa de nuestro padre, durante su ausencia, que no podrían tener justificación.

––De todo lo que con esto se relacione me hago yo responsable ––replicó Tom con decidido acento––. No habrá perjuicio para su casa. Tengo tanto interés como puedas tenerlo tú en velar por el buen nombre de la casa de nuestro padre; y en cuanto a esas alteraciones que hace un momento sugerí... eso de retirar una librería o abrir una puerta, o incluso emplear el salón de billar por espacio de una semana sin que sea precisamente para jugar al billar en él, podrías igualmente suponer que pondría objeción a que hagamos más uso de esta sala y menos del comedor auxiliar, donde solíamos reunimos habitualmente para charlar antes de que se fuera, o a que el piano de mis hermanas se traslade continuamente de un lado para otro. ¡Totalmente ab­surdo!

––Pero este cambio, aunque no fuera inoportuno como tal, sería inopor­tuno por el gasto que supone.

––¡Claro, como que el gasto de una empresa así seria fenomenal! Acaso suponga un desembolso de veinte libras, nada menos. Que hay que montar algo parecido a un teatro es indudable, pero se hará en el plan más sencillo: una cortina verde, algo de obra de carpintería... y nada más. Y en cuanto a la obra de carpintería se hará toda en casa por el propio Cristóbal Jackson, de modo que pasa de absurdo hablar del gasto. Además, mientras se emplee a Jackson, ya no hay inconvenientes por parte de sir Thomas. No vayas a figurarte que en esta casa nadie más que tú puede ver y juzgar las cosas. No tomes tú parte en la función, si eso no te gusta, pero no pretendas imponerte a los demás.

––No, desde luego, en cuanto a intervenir yo ––dijo Edmund––, me niego rotundamente.

Mientras esto decía, Tom abandonó la habitación y Edmund quedó sentado junto al fuego, removiéndolo, pensativo y enojado.

Fanny, que había escuchado toda la conversación y se adhería a todos los sentimientos expresados por Edmund en el curso de la misma, se aventuró a decir entonces, en su anhelo de proporcionarle algún consuelo:

––Quizás no consigan encontrar una obra que les convenga. Los gustos de Tom y de tus hermanas parecen muy distintos.

––En esto no confío, Fanny. Si persisten en su empeño, algo encontrarán. Hablaré con mis hermanas e intentaré disuadirlas a ellas. Es lo único que puedo hacer.

––Me imagino que tía Norris se pondría de tu parte.

––Yo diría que sí, pero ni sobre Tom ni sobre mis hermanas tiene alguna influencia que valga para el caso; y si no logro convencerlas por mí mismo dejaré que las cosas sigan su curso, sin intentarlo mediante su intervención. Las querellas familiares son lo peor de todo, y es preferible cualquier cosa a suscitar esa clase de violencias.

Sus hermanas, a las que tuvo oportunidad de hablar el siguiente día por la mañana, se mostraron tan refractarias a sus consejos, tan reacias a sus razonamientos, tan resueltas a hacer su gusto, como el mismo Tom. Adujeron que su madre no ponía el menor reparo al plan y que no habían de temer en absoluto la desaprobación de su padre; que no podía haber dañado en algo que se había visto en tantas familias respetables, con la intervención de tantas damas dignas de toda consideración, y que tenía que ser una escrupulosidad rayana en la locura la que pudiese ver algo censurable en un plan como el suyo, que comprendía sólo a hermanos y hermanas y algunos amigos íntimos, y del que jamás se hablaría fuera de su propio círculo. Julia no ocultó cierta tendencia a admitir que la situación de María requería que procediese con especial cuidado y prudencia, si bien esto no podía hacerse extensivo a ella: ella gozaba de absoluta libertad. Y María puso claramente de manifiesto que su compromiso no hacía más que elevarla muy por encima de toda cohibi­ción, y que se viera menos obligada que Julia a consultar al padre o a la madre. Pocas esperanzas le quedaban a Edmund, pero seguía porfiando aún cuando se presentó Henry Crawford, procedente de la rectoría, que se intro­dujo en la habitación diciendo a plena voz:

––No escasearán las mediocridades en nuestro teatro, miss Bertram... no nos faltarán elementos infames: mi hermana le ofrece sus respetos y espera ser admitida en la compañía y se considerará dichosa si se le concede el papel de alguna vieja dueña o sumisa confidente que a vosotros no os guste interpretar.

María dirigió a Edmund una mirada que quería decir: «¿Qué dices ahora? ¿Puede estar mal lo que a Mary Crawford le parece bien?» Y Edmund, acorralado, se vio obligado a reconocer que el hechizo de las tablas podía muy bien cautivar el espíritu de las personas geniales; y, con la ingenuidad de un enamorado, se puso a pensar, más que en otra cosa, en el ánimo complaciente y servicial que se traslucía en el mensaje.

El proyecto seguía adelante. Toda oposición fue inútil y, en cuanto a tía Norris, se la juzgó erróneamente al atribuirle una tendencia oposicionista. No expuso inconveniente que no fuera rebatido a los cinco minutos por su sobrino Tom y su sobrina María, que eran todopoderosos ante ella. Por otra parte, como el total de la habilitación no significaría un gran dispendio para nadie, y ninguno para ella; como previniese en la realización del proyecto todas las delicias de los apresuramientos, el bullicio y la presunción, y dedujese la inmediata ventaja de considerarse obligada a abandonar su casa, donde había vivido un mes completo a sus expensas, para trasladarse a la de ellos a fin de que a todas horas pudieran contar con sus servicios... se comprenderá que, de hecho, estuviera en extremo encantada de que se llevara a efecto.




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