Mansfield Park Jane Austen capítulo I



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CAPÍTULO XIV

Fanny parecía estar más cerca de tener razón de lo que Edmund había supuesto. La cuestión de hallar una obra que satisficiera a todos resultaba un verdadero problema; y el carpintero ya había recibido el encargo y tomado sus medidas, ya había puesto de manifiesto y allanado por lo menos dos colecciones completas de dificultades y, después de demostrar hasta la evi­dencia la necesidad de una ampliación del proyecto y del presupuesto, había ya puesto manos a la obra, sin que se supiera aún qué drama o comedia se iba a representar. Otros preparativos estaban también en marcha de Northampton había llegado un enorme rollo de bayeta verde, que tía Norris se encargó de cortar (con un ahorro, gracias a sus buenas disposiciones, de tres cuartos de yarda enteros y verdaderos) y se estaba ya transformando en una cortina en manos de las sirvientas, pero seguía ignorándose la obra a repre­sentar. Y, viendo que así transcurrían dos o tres días, Edmund empezó casi a esperar que no llegarían a encontrarla jamás.

Había, en realidad, tantos extremos a tener en cuenta, tantas personas que contentar; eran tantos los papeles buenos que se requerían y, sobre todo, era tan necesario que la obra fuese una comedia y una tragedia al mismo tiempo, que no parecían existir más probabilidades de que se llegara a una decisión que las que puedan hallarse en cualquier quimera perseguida por la juventud y el tesón.

Del lado trágico estaban las hermanas Bertram, Henry Crawford y Mr. Yates; del cómico, Tom Bertram, no completamente solo, porque era evidente que los deseos de Mary Crawford, aunque cortésmente silenciados, se incli­naban en el mismo sentido; pero, a lo que parecía, él tenía suficiente poder y decisión para no necesitar aliados. Y, aparte de esta profunda, irreconcilia­ble diferencia, deseaban que en la obra interviniesen muy pocos personajes en total, pero todos de máxima importancia, y tres principales figuras femeninas. Todas las mejores obras se revisaron en vano. Ni «Hamlet», ni «Mac­beth», ni «Otelo», ni «Douglas», ni «El Jugador» brindaban característica alguna que pudiera satisfacer siquiera al grupo de los trágicos; y «Los Rivales», «La Escuela del Escándalo», «La Rueda de la Fortuna», «El Heredero Legal» y un largo etcétera fueron sucesivamente rechazadas con protestas más calurosas aún. No se proponía obra que no presentara algún inconveniente para al­guien, y por un lado y por otro todo era repetir: «¡Oh, no!, ésta sí que no sirve». «Dejémonos de tragedias retumbantes.» «Demasiados personajes.» «No hay un papel femenino medianamente aceptable en toda la obra.» «Cualquier cosa menos eso, querido Tom.» «Sería imposible completar el reparto.» «Es de suponer que nadie querría aceptar esta parte.» «No es más que una pura astracanada desde el principio hasta el fin.» «Esta serviría, tal vez, si no fuera por los papeles insignificantes.» «Si he de dar mi opinión, siempre la consi­deré la obra más insípida del repertorio inglés.» «Yo no quisiera poner obstáculos... si puedo seros de alguna utilidad ya me consideraré feliz... pero creo que no podríamos hacer peor elección.»

Fanny observaba y oía, no poco divertida al notar el espíritu egoísta que, más o menos encubierto, parecía guiarles a todos, y preguntándose cómo acabaría aquello. Para darse gusto, hubiera podido desear que algo se repre­sentase al fin, pues jamás había presenciado ni media función, pues todas las demás consideraciones de mayor importancia se lo impedían.

––Así nunca acabaremos ––dijo al fin Tom Bertram––. Estamos perdiendo el tiempo miserablemente. Algo hay que elegir. No importa lo que sea, la cuestión es decidirse. No hemos de ser tan exigentes. Unos cuantos persona­jes de más no deben arredramos. Tenemos que doblarnos. Debemos rebajar­nos un poco. Si un papel es insignificante, tanto mayor nuestro mérito al sacarle algún partido. A partir de este momento, yo no he de poner más inconvenientes. Acepto cualquier papel que os parezca bien confiarme, con tal que sea cómico. Que sea cómico es lo único que pongo por condición.

Entonces, por quinta vez aproximadamente, propuso «El Heredero Legal», mostrándose sólo irresoluto en cuanto a si preferiría reservarse el papel de lord Duberley o el de doctor Pangloss, e intentando muy en serio, pero con muy poco éxito, convencer a los demás de que había algunos personajes magníficamente dramáticos entre los restante que integraban la farsa.

El silencio que siguió a esta infructuoso esfuerzo lo interrumpió el propio Tom. Acababa de coger uno de los varios tomos esparcidos sobre la mesa y, dándole vuelta, exclamó de pronto:

––¡«Promesas de Enamorados»! ¿Y por qué «Promesas de Enamorados» no habría de serviros a nosotros lo mismo que a los Ravenshaw? ¿Cómo no se nos había ocurrido antes? Algo me dice que es exactamente lo que nos conviene. ¿Qué os parece? Hay dos principales papeles trágicos para Yates y Mr. Crawford, y el mayordomo poetastro para mí... si nadie más lo quiere; es un papel insignificante, pero de características que no me disgustan. Y, como dije antes, estoy dispuesto a hacer lo que sea, y lo que pueda. En cuanto al resto de personajes masculinos, no ofrecen dificultades; podrá interpretar­los cualquiera. No son más que el conde Cassel y Anhalt.

La idea fue bien acogida por todos en general. Todos empezaban a cansarse de tanta indecisión, y unánimemente coincidieron en apreciar que nada se había propuesto anteriormente que se ajustara tanto a las respectivas exigencias. Mr. Yates quedó especialmente complacido. Había estado suspi­rando y muriéndose por encamar el personaje de Barón en Ecclesford. Había envidiado todas las peroratas retumbantes a cargo de lord Ravenshaw, tenien­do que conformarse con recitarlas para sí en la soledad de su habitación. La furia del barón Wildenheim marcaba el cénit de su ambición interpretativa; y, con la ventaja de saber ya de memoria la mitad de las escenas, se ofreció en el acto para encargarse del papel. Aunque para hacerle justicia deberemos añadir, sin embargo, que no se decidió; pues, recordando que también Frederick tenía que declamar a gritos en algunas escenas, sintió igual entu­siasmo por este personaje. Henry Crawford se brindó para cualquiera de los dos. En cuanto Mr. Yates se decidiese por uno, él aceptaría el otro con mucho gusto. Ello dio lugar a un breve intercambio de cumplidos. Miss Bertram, o sea la mayor de las dos hermanas, que tenía puesto todo su interés en interpretar el papel de Agatha, decidió resolver ella la cuestión; a tal fin, hizo observar a Mr. Yates que era aquél un caso en que la estatura y la figura debían tenerse muy en cuenta y que, siendo él el más alto, parecía lo más adecuado que interpretase el papel de Barón. Todos reconocieron que tenía mucha razón, y como los papeles fueron aceptados, respectivamente, por los dos caballeros de acuerdo con su sugerencia, ella se aseguró al Frederick que le interesaba. Tres de los papeles estaban ya repartidos, sin contar a Mr. Rushworth, por quien siempre contestaba María en el sentido de que acep­taría lo que fuese, con mucho gusto. Pero Julia, que quería para sí, lo mismo que su hermana, el papel de Agatha, empezó a mostrarse escrupulosa por cuenta de miss Crawford:

––Esto no es portarse bien con los ausentes ––dijo––. Aquí no hay bastantes personajes femeninos. Amelia y Agatha no están mal para María y para mí, pero no queda nada para su hermana, Mr. Crawford.

Mr. Crawford hubiera deseado que nadie pensara en eso. Estaba comple­tamente seguro de que su hermana no tenía el menor empeño en hacer función, prestándose con mucho gusto a ello tan sólo si la precisaban, y sabía que en este caso no permitiría que se preocupasen por ella. Tom Bertram, en cambio, se pronunció en el sentido de que el papel de Amelia correspon­día por todos conceptos a Mary Crawford.

––Es tan natural como necesario que lo reservemos para ella ––dijo––, puesto que Agatha encaja a cualquiera de mis hermanas. No puede haber sacrificio por parte de éstas, pues se trata de un personaje en extremo cómico.

A esto siguió un corto silencio. Las dos hermanas estaban impacientes. Cada una de ellas se creía con más derechos sobre la otra para aspirar al papel de Agatha, y cada una esperaba que los demás dieran el empujón que inclinase la balanza a su favor. Henry Crawford, que entretanto había tomado el libro en sus manos y con aparente indiferencia hojeaba el primer acto, pronto decidió la cuestión:

––Debo rogar a miss Julia Bertram ––dijo–– que no se encargue del papel de Agatha, pues haría fracasar toda mi gravedad... Que no, que no debe hacerlo ––volviéndose hacia ella––. No podría resistir su rostro cubierto de angustia y palidez. Se me representarían las muchas ocasiones en que nos hemos reído juntos, infaliblemente, y Frederick se vería precisado a huir con su mochila, a todo correr.

Cortés, galantemente, fueron pronunciadas estas palabras. Pero la forma quedó absorbida por el fondo en la sensibilidad de Julia. Sorprendió una breve mirada que él dirigió a María, lo que vino a confirmar la ofensa que se le infería. Era un ardid... un truco: ella quedaba postergada, María era la preferida. La sonrisa de triunfo que María intentaba reprimir era demostra­ción de que quedaba perfectamente entendido. Y antes de que Julia pudiera adquirir el suficiente dominio sobre sí misma para hablar, su hermano acabó de hundirla con sus razonamientos contrarios a ella también:

––¡Oh, sí! María tiene que ser nuestra Agatha. María será la mejor Agatha. Aunque a Julia se le antoja que prefiere la tragedia, no me fiaría de ella para el caso. No hay nada de trágico en tomo a su persona. No tiene el aspecto adecuado. Sus facciones no se prestan a expresiones trágicas, y camina dema­siado aprisa, y habla demasiado aprisa, y no sabría mantenerse seria. Mejor será que interprete la vieja campesina... la mujer del granjero. Créeme, Julia: la mujer del granjero es un personaje muy simpático, te lo aseguro. La vieja mujer da ánimos a su abatido marido con su magnífico espíritu. Tienes que ser la mujer del granjero.

––¡La mujer del granjero! ––exclamó Mr. Yates––. ¿Qué estás diciendo? ¡El papel más vulgar, más despreciable, más insignificante! El más gris... sin una intervención aceptable en toda la obra. ¡Hacer esto tu hermana! Es un insulto proponérselo. En Ecclesford lo dejamos para el ama de llaves. Todos convi­nimos en que no podíamos ofrecerlo a nadie más. Un poco más de justicia, señor empresario, por favor. No mereces ostentar el cargo, si no sabes apreciar un poco mejor los talentos de tu compañía.

––Verás, en cuanto a eso, amigo mío, mientras mi compañía y yo no hayamos actuado, es natural que uno vaya un poco perdido; pero no quise hacer ningún desprecio a Julia. El caso es que no puede haber dos Agathas y, en cambio, necesitamos una mujer del granjero; y me parece que yo mismo le doy un ejemplo de modestia al conformarme con el viejo mayordomo. Si el papel es insignificante, más meritoria será su labor al conseguir sacarle algún partido; y, si siente una tal aversión por todo lo humorístico, que recite el texto correspondiente al granjero en vez del de la mujer, haciendo un trueque de papeles. Me parece que él es un personaje bastante grave, y hasta patético. ¡Ya lo creo! Esto no alteraría en absoluto el fondo de la obra. Y, en cuanto al papel de granjero, aun con el texto correspondiente a su mujer, yo mismo estaría dispuesto hacerlo de todo corazón.

––A pesar de todo su partidismo por la mujer del granjero ––dijo Henry Crawford––, es imposible hacer de este papel algo que resulte adecuado para su hermana, y no debemos coaccionarla abusando de su buen carácter. No debemos permitir que lo acepte. No seria justo que se sacrificase, a impulsos de su espíritu complaciente. Su temperamento será indispensable para el papel de Amelia. Amelia es un personaje más dificil de representar incluso que Agatha. Yo considero que Amelia es el personaje más dificil de la obra. Requiere mucho temple, mucha delicadeza, para infundirle vigor e ingenui­dad sin caer en la extravagancia. He visto a buenas actrices que han fallado en esta interpretación. La ingenuidad, desde luego, está fuera del alcance de casi todas las actrices profesionales. Para ello se precisa una delicadeza espiritual que no poseen... Se precisa una damisela gentil... una Julia Bertram. Y usted querrá encargarse del papel, ¿no es cierto? ––añadió, volviéndose a ella con una ansiosa mirada suplicante que consiguió apaciguarla un poco.

Mientras ella dudaba antes de dar una contestación, de nuevo terció su hermano a favor de miss Crawford.

––No, no; Julia no estaría bien en Amelia. No es el personaje que le cuadre. A ella misma no puede gustarle. No lo haría bien. Es demasiado alta y robusta. Para Amelia se requiere una figurilla delgada, airosa, movediza, juvenil. Es el papel que encaja a miss Crawford, y nada más que a miss Crawford. Su fisico es ideal para el caso, y estoy convencido de que lo hará admirablemente bien.

Prescindiendo de esos razonamientos, Henry Crawford seguía insistiendo:

––Tiene que complacemos ––decía––, no puede negarse. Cuando haya estudiado el papel, no dudo que lo considerará muy adecuado para usted. Usted elige la tragedia, pero ciertamente resultará que la comedia la elige a usted. Tendrá que visitarme en el calabozo, con una cesta de provisiones... ¿Se negará usted a hacer una visita a este pobre prisionero? Ya me estoy imagi­nando que la veo llegar con su cesta.

El influjo de su voz se hizo sentir. Julia vacilaba; pero... ¿y si lo único que él se proponía era halagarla y apaciguarla y que pasara por alto su reciente afrenta? No se fió. El feo había sido terminante. Acaso ahora no hacía más que completar su pérfida jugarreta. Julia miró con desconfianza a su hermana: el rostro de María tenía que decidir. Si su expresión reflejara mortificación y alarma... Pero no; en el semblante de María todo era serenidad y satisfacción, y Julia sabía muy bien que, en el fondo, su hermana no podía sentirse feliz sino a costa de ella. Por eso, súbitamente indignada y con un temblor en la voz, dijo a Henry:

––Parece que ya no teme eso de no saber mantenerse serio, en el caso de verme llegar con una cesta de provisiones... aunque una pudiera suponer... ¡Pero era sólo en el papel de Agatha donde podía resultarle tan irresistible mi presencia!

Julia se interrumpió. Henry Crawford quedó un tanto escurrido y como sin saber qué decir. Tom Bertram empezó de nuevo:

––Miss Crawford tiene que ser nuestra Amelia. Será una Amelia excelente...

––No temáis que yo quiera encargarme del personaje ––replicó Julia con airada precipitación––. Hemos quedado en que no haré el papel de Agatha, y os aseguro que no haré ninguno; y, en cuanto al de Amelia, no hay en el mundo personaje que pueda disgustarme más. Lo aborrezco. Es una mucha­cha detestable, ínfima, descarada, falsa, indecente. Siempre me pronuncié contra la comedia, y ésta es comedia del peor estilo.

Diciendo esto abandonó precipitadamente la habitación, dejando una sensación de embarazo en más de una persona, pero sin despertar compasión en ninguna, excepto en Fanny, que fue una oyente pasiva de todo lo que allí se dijo, y que no podía hacerse la reflexión de que Julia se sentía torturada por los celos, sin apiadarse de ella.

A su salida siguió un corto silencio, pero su hermano pronto volvió al tema del momento, a las «Promesas de Enamorados», dedicándose a hojear la obra con afán para decidir, con la ayuda de Mr. Yates, qué decorados podrían necesitar, mientras María y Henry Crawford conversaban aparte, a media voz; y la manifestación con que ella inició el diálogo, afirmando que «le cedería el papel a Julia con mucho gusto, se lo aseguro; pero, aunque es probable que yo lo haga muy mal, estoy convencida de que ella lo haría peor», estaba cosechando sin duda todas las galanterías a que aspiró.

Así llevaban ya bastante tiempo, cuando la desintegración del grupo fue completada por Tom Bertram y Mr. Yates, que juntos abandonaron la habi­tación para estudiar mejor el caso sobre el terreno, o sea en la sala que ahora empezaban a denominar «el teatro», y por María Bertram, que decidió llegar­se personalmente a la rectoría para ofrecer el papel de Amelia a miss Craw­ford. Y Fanny quedó sola.

El primer uso que hizo de su soledad fue tomar el libro que habían dejado sobre la mesa y enterarse del contenido de la obra. Tenía despierta la curio­sidad, y sus ojos recorrieron el texto con afán sólo contenido a intervalos por su asombro de que hubiesen podido elegir aquello para el caso..., ¡de que se hubiese tenido la osadía de proponerlo y aceptarlo para un teatro casero! Agatha y Amelia le parecieron, cada una en su estilo, unos personajes tan sumamente impropios para una representación en la intimidad del hogar... la situación de la una y el lenguaje de la otra tan inadecuados para toda mujer modesta, que se le hizo dificil admitir que sus primas supieran en lo que se estaban empeñando, y deseó de todo corazón que reaccionaran lo antes posible, atendiendo a la protesta de Edmund, a no dudarlo, habría de formular.


CAPÍTULO XV

Miss Crawford aceptó el papel de muy buena gana; y poco después que María Bertram regresó de la rectoría, llegó Mr. Rushworth y, por lo tanto, quedó adjudicado otro papel. Se le ofreció el del conde Cassel y el de Anhalt, a elegir, y al principio no supo por cuál decidirse y pidió a su prometida que le orientase; pero cuando le hubieron dado a entender el distinto carácter de los personajes recordó que una vez había visto la comedia en Londres y que Anhalt le había parecido un tipo muy estúpido, de modo que se decidió por el conde. María Bertram aprobó la decisión, considerando que cuanto menos tuviera que aprenderse su prometido, mejor; y, aunque no podía participar de sus deseos de que hubiera alguna escena en que el conde y Agatha intervinieran juntos, ni podía fácilmente contener su impaciencia mientras él hojeaba detenidamente la obra con la esperanza de comprobar que existía la tal escena para su satisfacción, ella se dedicó, muy amablemente, a reducirle todos los parlamentos que permitían ser abreviados, al tiempo que subrayaba la necesidad de que se engalanara mucho para salir a escena, cuidando de elegir unos colores del mejor gusto al combinar su atavío. A Mr. Rushworth le complació mucho la idea de presentarse tan adornado, aunque fingiendo despreciarla; y quedó demasiado atareado en imaginar el efecto que produ­ciría él para pensar en los demás, o para sacar cualquiera de las conclusiones o manifestar cualquiera de los sentimientos de disgusto que María había medio esperado de él.

Así de adelantadas estaban las cosas, sin que Edmund, que había permane­cido ausente toda la mañana, se hubiera enterado de nada; pero cuando entró en el salón antes del almuerzo, mientras Tom, María y Mr. Yates estaban entregados a la discusión del mismo tema, Mr. Rushworth fue a su encuentro con gran diligencia para enterarle de las gratas nuevas.

––Ya tenemos obra ––dijo––. Haremos «Promesas de Enamorados»; y yo seré el conde Cassel, y voy a tener que salir, primero, con traje azul y capa de satén rosa y, después, tendré que llevar otro elegante indumento de caza, de fantasía. No sé si me gustará.

Los ojos de Fanny seguían a Edmund y su corazón latía con fuerza al escuchar la comunicación y ver la cara que él ponía, comprendiendo cuáles habían de ser sus sentimientos en aquel momento.

––¡«Promesas de Enamorados»! ––con acento de pasmo, fue la única con­testación que dio a Mr. Rushworth; y se volvió hacia su hermano y hermanas, como sin atreverse a dudar de una contradicción.

––Sí ––corroboró Mr. Yates––. Después de todas nuestras discusiones y dificultades, descubrimos que nada podía ajustarse mejor a nuestros deseos, que no encontraríamos nada tan ideal como «Promesas de Enamorados». Lo asombroso es que no se nos hubiera ocurrido antes. Mi estupidez ha sido enorme, ya que con esta obra tendremos las ventajas de todo lo que yo vi en Ecclesford, ¡y es tan útil contar con algo que sirva de patrón! Hemos repartido ya casi todos los papeles.

––Pero... ¿y quién se encargará de los femeninos? ––inquirió Edmund gravemente y mirando a María.

Este se ruborizó a despecho de sí misma al contestar:

––Yo haré la parte que había de interpretar lady Ravenshaw, y ––añadió, mirándole con más audacia–– miss Crawford encarnará a Amelia.

––Yo no la hubiese considerado la obra más adecuada para representar nosotros ––replicó Edmund, alejándose en dirección a la chimenea, en torno a la cual estaban sentadas su madre, tía Norris y Fanny, y donde fue a sentarse también él, evidentemente disgustado.

Mr. Rushworth le siguió para decir:

––Yo aparezco tres veces y tengo cuarenta y dos parlamentos. Es algo, ¿no le parece? Pero no me seduce mucho lo de presentarme con una elegancia tan refinada. Casi no me reconoceré, metido en un traje azul y envuelto en una capa de raso de color rosa.

Edmund no se vio capaz de contestarle. Pocos minutos después, Tom Bertram fue llamado a la otra sala para aclarar algunas dudas al carpintero, y salió acompañado de Mr. Yates. A poco les siguió Mr. Rushworth, y Ed­mund aprovechó casi inmediatamente la oportunidad para decir:

––No puedo hablar delante de Mr. Yates del concepto que me merece esa obra sin que él vea en mis palabras una alusión a sus amigos de Ecclesford; pero a ti debo decirte ahora, querida María, que la considero en extremo inadecuada para una representación particular, y espero que renunciaréis a ella. No puedo menos de suponer que tú serás la primera en rechazarla en cuanto la hayas leído detenidamente. Léeles nada más que el primer acto a tu madre o a tu tía, en voz alta, y tú verás si puedes aprobarla. No será necesario someterte al juicio de tu padre, estoy seguro.

––Nuestros respectivos puntos de vista son muy distintos ––replicó María––. Conozco la obra perfectamente, no lo dudes, y mediante unos pocos cortes, omisiones, etcétera, que desde luego se harán, no veo que pueda haber nada censurable en ella; y no soy yo la única mujer joven del grupo que la considera muy apta para una representación particular.

––Y yo lo lamenta––contestó él––; pero en esta cuestión eres quien debes mandar. debes dar el ejemplo. Si otros han errado, a ti te corresponde hacerles rectificar y mostrarles en qué consiste la auténtica sensibilidad. En todo cuanto afecte al decoro, tu conducta debe ser ley para los restantes elementos del grupo.

Esta imagen de su importancia surtió algún efecto, pues a nadie podía gustarle más que a María mandar sobre los demás; y, de un humor muy mejorado, contestó:

––Te estoy muy agradecida, Edmund. Tu intención es buenísima, no lo dudo; pero sigo pensando que juzgas las cosas con excesivo rigor, y yo no puedo ponerme en el plan de arengar a los demás sobre un tema de esta índole. En ello estaría el mayor indecoro, creo yo.

––¿Acaso supones que de mi cabeza podría brotar una idea así? No; deja que sea tu conducta la única arenga. Diles que, al examinar tu parte, has comprendido que no servirías para interpretarla; que te has dado cuenta de que requieres más práctica y seguridad de lo que habías supuesto. Dilo con firmeza, y será más que suficiente. Todos los que sepan distinguir compren­derán tus motivos. Se renunciará a la obra y será honrada tu delicadeza tal cual corresponde.

––No representes nada que sea impropio, querida ––dijo lady Bertram––; a tu padre no le gustaría. Fanny, toca la campanilla; es hora de que se sirva el almuerzo. De seguro que Julia está ya vestida.

––Estoy convencido, mamá ––dijo Edmund, reteniendo a Fanny––, de que a su padre no le gustaría.

––Ya lo ves, hija mía; ¿has oído lo que dice Edmund?

––Si yo rechazara mi papel ––dijo María, con renovado empeño––, es seguro que Julia lo haría.

––¡Cómo! ––exclamó Edmund––. ¿Conociendo tus razones?

––¡Oh¡, ella se basaría en la diferencia que existe entre nosotras... en lo distinto de nuestra situación respectiva... en que ella no precisa tener los escrúpulos que yo debo sentir forzosamente. Estoy segura de que razonaría así. No, Edmund; tienes que disculparme. No puedo retractar mi consenti­miento; todo está ya demasiado resuelto... todos quedarían tan decepciona­dos... Tom se pondría furioso; y si hemos de ser tan mirados nunca llegare­mos a representar nada.

––Es exactamente lo mismo que ahora iba a decir yo ––terció tía Norris––. Si a todas las piezas hay que encontrarles reparos, no representaréis nada y los preparativos no habrán sido más que dinero tirado; y os aseguro que esto sí que sería un descrédito para todos nosotros. Yo no conozco la obra; pero, como dice María, si contiene algo un poco subido de tono (y en casi todas se da el caso) fácilmente se puede eludir. No hemos de ser escrupulosos hasta la exageración, Edmund. Como Mr. Rushworth interviene también, no puede hacer daño. Yo sólo hubiera deseado que Tom supiera lo que quería cuando los carpinteros empezaron a trabajar, pues se perdió medio jornal por cuestión de esas puertas laterales. La cortina será un buen negocio, sin em­bargo. Las muchachas se esmeran mucho en su confección, y me parece que podremos devolver algunas docenas de anillas. No hay lugar para ponerlas tan juntas unas de otras. Supongo que yo soy de alguna utilidad, procurando evitar todo lo que sea gasto inútil y haciendo la mayoría de las cosas. Siempre debería haber una cabeza sentada para vigilar los asuntos que están en manos de la juventud. A propósito, me olvidé de contarle a Tom algo que me sucedió hoy mismo. Estuve cuidando de mi gallinero y acababa de salir, cuando me tropecé con Dick Jackson, que se dirigía al pabellón de los criados con dos pedazos de carne para su padre, podéis estar seguros; la madre tuvo que mandarle a un recado cerca del padre, y éste aprovechó la ocasión para pedirle esos bocados, alegando que no podía pasarse sin ellos. Compren­dí lo que aquello significaba, pues en aquel preciso instante sonaba la cam­pana llamando al servicio a la mesa; y como aborrezco a las gentes interesadas (los Jackson son muy interesados, siempre lo dije... son de esa clase de personas que procuran sacar todo lo que pueden) me enfrenté con el mucha­cho (ya sabéis que es un muchachote grandullón, de diez años, que debería avergonzarse de sí mismo) y le dije: «Ya me encargaré yo de llevarle esa carne a tu padre, Dick; o sea que ya te estás volviendo a tu casa a toda prisa». El muchacho quedó como petrificado, y acto seguido se alejó sin decir esta boca es mía, pues creo que mis palabras fueron bastante tajantes; y yo diría que habrá escarmentado y no volverá a rondar la casa por una temporada larga. Me indigna ese afán de abuso... ¡con lo bueno que es vuestro padre con esa familia, dando empleo al hombre durante todo el año!

Nadie se tomó la molestia de contestar. Los que habían salido no tardaron en volver, y Edmund se dijo que el haber intentado que rectificasen habría de ser su única satisfacción.

El almuerzo transcurrió pesadamente. Tía Norris refirió otra vez su triunfo sobre Dick Jackson; pero, por lo demás, poco se habló de la función ni de los preparativos, pues la desaprobación de Edmund pesaba incluso sobre el ánimo de su hermano, aunque éste hubiera deseado no acusarla. María, al carecer del alentador apoyo de Henry Crawford, prefirió soslayar el tema. Mr. Yates, que pretendía hacerse simpático a Julia, tropezó con su mal humor, menos impenetrable para cualquier tópico que para el de lo mucho que él sentía que quedase al margen del cuadro escénico; y Mr. Rushworth, que no tenía en la cabeza más que su papel y su vestuario, pronto agotó todo lo que uno y otro tema podían dar de sí.

Sin embargo, el tema de la representación quedó sólo en suspenso por un par de horas. Quedaban todavía muchos cabos por atar; y como los espíritus del atardecer les infundieran nuevos alientos, Tom, María y Mr. Yates, apenas volvieron a reunirse todos en el sofá, fueron a sentarse en una mesa aparte y abrieron la obra, dispuestos a estudiar y solucionar sus posibles dificultades; y empezaban a entrar de lleno en el asunto cuando fueron agradablemente interrumpidos por la aparición de Mr. y miss Crawford, los cuales, a pesar de lo tarde, lo obscuro y lo brumoso de la hora y del tiempo, no pudieron pasarse sin ir y viéronse acogidos por la más cordial y alegre de las bien­venidas.

«Bueno, ¿cómo va eso?» y «¿Qué nuevos acuerdos habéis tomado?» y «¡Oh!, no podemos hacer nada sin vosotros» fueron las frases que se cruzaron a seguido de los primeros saludos; y Henry Crawford no tardó en sentarse junto a los tres que ocupaban la mesita aparte, mientras su hermana se dirigía hacia donde se encontraba lady Bertram para cumplimentarla con atenta deferencia.

––Sinceramente debo felicitar a usted ––dijo–– por haber sido ya elegida la obra a representar; pues, aunque usted lo ha soportado todo con paciencia ejemplar, no dudo que estará cansada de tanto ruido y tanta discusión; por eso le doy a usted mi sincera enhorabuena, lo mismo que a la señora Norris y a todos los que entran en el mismo predicamento ––añadió, repartiendo su mirada, mitad temerosa, mitad astuta, entre Fanny y Edmund.

Obtuvo una contestación muy cortés de lady Bertram, pero Edmund no dijo nada. Que él no fuera más que uno de los circunstantes quedó sin desmentir. Después de seguir unos minutos charlando con el grupo reunido en tomo al fuego, miss Crawford se reunió con los sentados en tomo a la mesa y, permaneciendo de pie junto a ellos, pareció que se interesaba en sus disposiciones hasta que, como recordando de súbito algo de capital impor­tancia, exclamó:

––¡Amigos míos! Veo que estáis trabajando con gran ponderación en tomo a los decorados de esas granjas y cervecerías, por dentro y por fuera; pero, por favor, decidme entretanto cuál va a ser mi suerte. ¿Quién hará el papel de Anhalt? ¿Cuál de vosotros será el caballero a quien tendré el placer de hacer el amor?

Transcurrieron unos segundos sin que nadie hablara; y después hablaron muchos a la vez para decir la misma triste verdad: todavía no contaban con ningún Anhalt. Mr. Rushworth se había decidido por el conde Cassel, pero del papel de Anhalt nadie se había encargado aún.

––Yo pude elegir entre los dos personajes ––dijo Mr. Rushworth––, y me pareció que me gustaba más el papel de Conde... aunque no me entusiasma eso de salir a escena tan elegante y adornado.

––Fue muy acertada su elección, desde luego ––replicó miss Crawford, intencionadamente––; el papel de Anhalt es bastante difícil.

––El Conde tiene cuarenta y dos parlamentos ––subrayó Mr. Rushworth––, lo que no es una bagatela.

––No me sorprende nada ––dijo miss Crawford, después de una corta pausa–– que no haya surgido ningún Anhalt. Amelia no merece mejor suerte. Una muchacha tan desenvuelta es natural que asuste a los hombres.

––A mí me causaría más que satisfacción encargarme del papel, si fuera posible ––protestó Tom––; pero, desgraciadamente, el mayordomo y Anhalt coinciden en escena. Sin embargo, no quiero dar el caso por perdido; veré si se puede hacer algo... lo repasaré otra vez.

––Tu hermano seria el indicado ––dijo Mr. Yates a Tom, en voz baja––. ¿No crees que aceptaría?

––No seré yo quien se lo proponga ––replicó Tom, de un modo frío, terminante.

Miss Crawford cambió de tema y poco después se reunió con el grupo de la chimenea.

––No me necesitan para nada ––dijo, tomando asiento––. Sólo sirvo para ponerles en un aprieto y obligarles a pronunciar frases corteses. Edmund, puesto que usted no toma parte en la comedia, será un consejero desintere­sado, y por esto recurro a usted. ¿Qué podríamos hacer para disponer de un Anhalt? ¿Hay posibilidad de que alguno de los otros asuma la encarnación del personaje, haciendo un doble papel? ¿Cuál es su consejo?

––Mi consejo ––replicó él con calma–– es que se cambie la comedia.

––Yo no tendría inconveniente ––dijo Mary––; pues aunque particularmente no me disgusta el papel de Amelia si se sostiene bien... es decir, sin sufrir grandes tropiezos, lamentaría ser un obstáculo. Pero como los de esa mesa ––añadió, dirigiendo la mirada al grupo de Tom–– parece que no están dispuestos a oír sus consejos, es muy seguro que no van a seguirlos.

Edmund permaneció callado.

––Si algún papel pudiera inducirle a usted a tomar parte en la representa­ción, supongo que sería el de Anhalt ––observó ella sutilmente, al cabo de una breve pausa––, pues se trata de un clérigo, como usted sabe.

––Esta circunstancia, precisamente, no podría inducirme a ello ––replicó Edmund––, pues lamentaría hacer del personaje un tipo ridículo por no saber actuar en escena. Tiene que ser muy difícil evitar que Anhalt parezca un discursante formalista, superficial; y el individuo que personalmente ha ele­gido la carrera es, tal vez, el último que se prestaría a representar el papel de clérigo en las tablas.

Miss Crawford enmudeció y, con una mezcla de resentimiento y mortificación, corrió su silla ostensiblemente hacia la mesa de té, prestando toda su atención a tía Norris, que la presidía.

––Fanny ––llamó Tom Bertram desde la otra mesa, donde la conferencia se desarrollaba con mucha animación y la conversación era incesante––, precisa­mos de tus servicios.

Fanny se puso en pie en el acto, esperando algún mandado; pues el hábito de emplearla en tal sentido no se había abandonado aún a pesar de todos los esfuerzos de Edmund por conseguirlo.

––¡Oh! No hace falta que abandones tu asiento. No precisamos tus servi­cios para este momento. Sólo vamos a requerirte para nuestra representación. Tendrás que hacer la mujer del granjero.

––¡Yo¡ ––exclamó Fanny, sentándose de nuevo, llena de espanto––. Desde luego, tenéis que excusarme. No sería capaz de interpretar ningún papel aunque me diesen el mundo a cambio. No, eso sí que no, no sé actuar en escena.

––Desde luego, pero tienes que hacerlo porque no podemos prescindir de ti. No hace falta que te asustes por eso; es un papel insignificante, una nadería, con apenas media docena de parlamentos en toda la obra, y poco importará si nadie se entera de una palabra de lo que dices. De modo que podrás ser tan ladina como quieras, pero de ésta no te escapas, porque lo que nos conviene es que aparezcas para que se te vea.

––Si la asustan media docena de parlamentos ––consideró Mr. Rushworth––, ¿cómo se las compondría con un papel como el mío? Yo tengo que apren­derme cuarenta y dos.

––No es que me asuste aprenderlo de memoria ––dijo Fanny, casi horrori­zada al encontrarse ella sola hablando en la habitación y sentir que todas las miradas convergían sobre ella––, pero es que en realidad no sé actuar en escena.

––Sí, sí; sabes bastante para nosotros. Te aprendes el papel, y nosotros te enseñaremos todo lo demás. Sólo intervienes en dos escenas, y como yo seré el granjero, yo mismo te pondré en el caso y te guiaré por donde convenga; y lo harás muy bien, respondo de ello.

––No, no, Tom; debes excusarme. No puedes imaginarte mi torpeza. Es algo absolutamente imposible para mí. Si fuera capaz de aceptarlo, sólo representaría un estorbo.

––¡Bah! ¡Bah! No seas tan modesta. Lo harás muy bien. Tendrás toda la condescendencia de nuestra parte. No exigimos perfección. Te pondrás un vestido marrón, un delantal blanco y una toca, y nosotros te pintaremos unas arrugas, unas cuantas patas de gallo junto a los ojos, y quedarás convertida en una vieja mujer ideal para el caso.

––Tenéis que excusarme, es forzoso que me excuséis ––protestaba Fanny, poniéndose cada vez más colorada debido a su enorme excitación y mirando acongojadamente a Edmund, que la observaba con expresión cariñosa, pero que, no queriendo exasperar a su hermano con su intervención, se limitó a corresponder con una sonrisa alentadora. La súplica de Fanny no hizo el menor efecto a Tom, que repitió sus anteriores argumentos. Y no se trataba sólo de Tom, pues la petición obtuvo después el apoyo de María, y de Mr. Crawford, y de Mr. Yates, cuya insistencia sólo se diferenció de la del primero en que era más suave o más ceremoniosa; y todo ello, en conjunto, resultaba algo excesivamente abrumador para Fanny. Antes de que le dieran tiempo siquiera para respirar, tía Norris vino a completar su violencia al dirigirse así a ella, en un susurro colérico, al tiempo que perceptible para los demás:

––¡Vaya asunto se está haciendo aquí de una tontería! Estoy avergonzada por ti, Fanny. ¡Poner tantas dificultades cuando se trata de complacer a tus primos en una cosa tan insignificante como ésta... tan amables como son ellos contigo! Acepta el papel de grado y no des lugar a que se hable más de ello, por favor.

––No la obligue, tía ––terció Edmund––. No está bien forzarla de ese modo. Ya ve que no le gusta hacer función. Dejemos que decida tan libremente como todos nosotros. Su criterio es acreedor a toda consideración. No insista más.

––No volveré a insistir ––replicó tía Norris, ofendida––; pero habré de considerarla una muchacha muy obstinada y desagradecida, cuando no es capaz de acceder a los deseos de su tía y sus primos... Muy desagradecida, vaya que sí, teniendo en cuenta quién es y lo que es.

Edmund estaba demasiado indignado para poder hablar; pero miss Craw­ford, después de mirar por un momento con asombro a la señora Norris y luego a Fanny, cuyas lágrimas empezaban a asomar, dijo inmediatamente con cierta agudeza:

––No me gusta mi situación; este sitio es demasiado caluroso para mí.

Y corrió su silla hacia el lado opuesto de la mesa, junto a Fanny, para decirle en un discreto y amable susurro, al sentarse a su lado:

––No se preocupe, querida; tenemos un día aciago. Todo el mundo está contrariado y molesto. Pero no les hagamos caso.

Y con acentuada deferencia siguió hablándole e intentando levantar su ánimo y ponerla de buen humor, a pesar de que ella misma se sentía de un humor pésimo. Mediante una mirada que dirigió a su hermano, evitó que se renovaran los ruegos a Fanny para que aceptara el papel; y las intenciones realmente buenas por las que se regía, casi puramente, en aquellos momentos bastáronle para recuperar en el acto la totalidad del poquito terreno que había perdido a los ojos de Edmund.

Fanny no quería a miss Crawford, pero le agradeció mucho su amabilidad; y cuando, después de interesarse por su labor y manifestarle que ella quisiera saber hacer unas labores tan primorosas, y rogarle que le prestara el diseño de la que estaba haciendo, y expresar su suposición de que se estaba prepa­rando para ser presentada en sociedad, como sin duda se haría en cuanto su prima se hubiese casado, miss Crawford le preguntó si había tenido última­mente noticias de su hermano embarcado, y le dijo que tenía muchos deseos de conocerle, añadiendo que lo imaginaba un muchacho muy agradable, y aconsejó a Fanny que un pintor le hiciera un retrato para quedárselo ella antes de que se hiciera de nuevo a la mar...; después de todo esto, no pudo menos que admitir que eran unos halagos muy agradables, a los que forzosamente había que prestar oídos y a los que contestó poniendo en su acento más animación de la prevista.

La conferencia en tomo al libro de la obra seguía aún, y el primero en interrumpir el coloquio de miss Crawford con Fanny fue Tom Bertram al manifestarle, con profundo pesar, que le resultaba totalmente imposible encargarse del papel de Anhalt, además del de mayordomo, ya que había puesto todo su afán en procurar hacerlo factible, pero no había forma: tenía que abandonar su empeño.

––Pero no habrá la menor dificultad en encontrar quien quiera encargarse del papel ––añadió––. Sólo tenemos que abrir la boca. Podremos elegir a voluntad. Ahora mismo podría nombrar a seis jóvenes al menos, que viven a menos de seis millas a la redonda y que arden en deseos de ser admitidos en nuestra compañía; y hay entre ellos uno o dos que no desentonarían. Yo no temería confiar en cualquiera de los Oliver o en Charles Maddox. Tom Oliver es un muchacho muy inteligente, y Charles Maddox es en todas sus cosas tan caballero como pueda apetecerse; así es que mañana temprano ensillaré mi caballo para llegarme hasta Stoje y ponerme de acuerdo con alguno de ellos.

Mientras esto decía Tom, María miró a Edmund recelosamente, muy convencida de que se opondría a tal ampliación, tan contrapuesta a todas sus anteriores advertencias; pero Edmund permaneció callado.

Al cabo de unos momentos de reflexión, miss Crawford replicó con calma:

––Por lo que a mí respecta, nada puedo objetar a lo que vosotros conside­réis acertado. ¿Conozco a alguno de esos dos caballeros? Sí, Mr. Charles Maddox almorzó un día en casa de mi hermana, ¿no es cierto, Henry? Un muchacho de aspecto muy formal. Le tengo muy presente. Que sea a él a quien se recurra, por favor, pues será menos desagradable para mí tener por oponente a un individuo totalmente desconocido.

Quedaron en que Charles Maddox sería el hombre. Tom repitió su decisión de ir a su encuentro el día siguiente a primera hora; y aunque Julia, que apenas había desplegado los labios hasta aquel momento, dijo con acento sarcástico, dirigiendo la mirada a María primero y a Edmund después, que «de la función de aficionados de Mansfield se hablaría en exceso por toda la comarca», Edmund se mantuvo impasible, limitándose a mostrar su disgusto con una determinada gravedad en su actitud.



––No siento gran entusiasmo por nuestra representación ––dijo miss Craw­ford en voz baja a Fanny, pasados unos momentos de muda reflexión––; y estoy dispuesta a decirle a Mr. Maddox que suprimiré algunos de sus parla­mentos y gran número de los míos, antes de ensayar juntos. Será muy desagradable, y en modo alguno lo que yo esperaba.


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