Mansfield Park Jane Austen capítulo I



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CAPÍTULO XVI

No estaba en el poder de miss Crawford conseguir, con su conversación, que Fanny olvidara realmente lo que había sucedido. Al término de la velada fue a acostarse dominada por la misma impresión, con los nervios todavía excitados por la violencia del ataque que le había dirigido su primo Tom, tan pública e insistentemente, y con el espíritu agobiado por la reflexión y el reproche tan desconsiderados que le había hecho su tía. Haberse visto llama­da de aquel modo, para enterarse de que sólo se trataba del preludio de algo infinitamente peor; haber escuchado que debía hacer algo tan imposible para ella como intervenir en la representación y, después, haber tenido que sopor­tar aquellas imputaciones de obstinación e ingratitud, reforzadas con aquella alusión a su situación de inferioridad... fue un todo que la hizo sufrir dema­siado en el momento de producirse para que al recordarlo a solas pudiera afligirla mucho menos, especialmente teniendo en cuenta el sobreañadido temor de que a la mañana siguiente se renovara el planteamiento de la cuestión. La protección de miss Crawford sólo había servido para el momen­to; y si se veía de nuevo requerida por ellos, con toda la insistencia autoritaria que Tom y María eran capaces de desarrollar, y en el caso probable de que Edmund se encontrase fuera de casa, ¿qué podría hacer ella? Quedó dormida antes de hallar contestación a esta pregunta, que no le pareció menos abru­madora cuando se despertó por la mañana. Pero como el cuartito blanco del ático, que había seguido siendo su dormitorio desde el día que pasó a integrar la familia Bertram, resultase incompetente para sugerirle alguna contestación, Fanny recurrió, en cuanto estuvo vestida, a otra habitación más espaciosa y más apropiada para pasear, reflexionando, arriba y abajo, y de la que era desde hacía algún tiempo casi tan dueña como de la suya. Había sido el cuarto de estudio de las niñas; es decir, este nombre había sido su distintivo hasta que las hermanas Bertram no quisieron admitir que siguieran llamán­dolo ìsí ni se destinase a tal fin hasta otra época futura. Allí había vivido miss Lee y allí las niñas habían leído y escrito, y hablado y reído hasta hacía poco más de tres años, cuando aquélla abandonó la casa. Entonces la habitación se convirtió en un espacio inservible, y por algún tiempo quedó totalmente abandonada, excepto por parte de Fanny, que entraba a menudo para cuidar de sus plantas o siempre que deseaba coger uno de sus libros; y no estaba poco contenta de poder guardarlos allí, dada la insuficiencia de espacio disponible en su cuartito del piso superior. Pero gradualmente, a medida que se acrecentaba el valor que para ella tenía el nuevo espacio por las comodi­dades que le proporcionaba, fue considerándolo como parte integrante de sus dominios y pasaba allí casi todas sus horas libres; y al no tropezar con ninguna oposición había ido adueñándose de un modo tan natural e impre­meditado de aquel rincón, que ahora todos lo consideraban de su pertenen­cia. Así, pues, el cuarto del este, como lo llamaban desde que María Bertram había cumplido los dieciséis años, se consideraba ahora casi tan particular de Fanny como el cuartito blanco del ático; pues la estrechez del uno hacía tan evidentemente razonable el uso del otro, que las hermanas Bertram, que tenían en sus respectivos aposentos todas las ventajas superiores que pudiera exigir su propio sentido de superioridad, lo aprobaron sin el menor reparo; y tía Norris, después de estipularse que jamás se encendería allí una estufa por motivo de Fanny, quedó medianamente resignada a que ésta hiciera uso de lo que nadie más quería, aunque los términos en que a veces hablaba del favor parecían significar que se trataba de la mejor habitación de la casa.

Su orientación era tan ideal, que hasta sin estufa era habitable en más de una incipiente primavera y de un fin de otoño, por la mañana, para una espíritu tan resignado como el de Fanny; y, mientras en ella entrase un rayo de sol, abrigaba la esperanza de no tener que abandonarla, ni siquiera en pleno invierno. El bienestar que le procuraba en sus horas de asueto era grande. Allí podía refugiarse después de toda escena desagradable soportada en el piso bajo, hallando inmediato consuelo en alguna ocupación o algún curso de ideas en relación con los mismos objetos de que se veía rodeada. Sus plantas, sus libros (que se había dedicado a coleccionar con afán desde el primer momento en que pudo disponer de un chelín), su mesita escritorio, sus labores caritativas e ingeniosas... todo lo tenía allí a su alcance; y cuando no se sentía en disposición de ocuparse en algo, cuando su ánimo sólo la predisponía al ensueño y a la contemplación, apenas podía mirar un objeto en aquel recinto que no suscitara en ella la evocación interesante de algún hecho ocurrido en aquel mismo sitio. Todo le era amigo o le hacía pensar en una persona amiga; y aunque allí había tenido que soportar a veces mucho sufrimiento... aunque sus razones habían sido a menudo mal interpretadas, sus sentimientos desatendidos y su intelecto menospreciado... aunque allí había conocido los tormentos del rigor, del ridículo y del desdén..., no obstante, casi toda repetición de alguna de aquellas coyunturas había condu­cido a algo consolador: tía Bertram había hablado en su defensa, o miss Lee la había alentado, o, lo que era más frecuente y más apreciable aún, Edmund había sido su paladín y su amigo de siempre, ya defendiendo su causa o explicando su intención, ya encareciéndole que no llorase o dándole alguna prueba de afecto que convertía su llanto en una verdadera delicia... Y el conjunto aparecía ahora tan perfectamente fundido, con unos matices tan bien armonizados por la distancia, que toda pretérita aflicción tenía su encan­to. El recinto le era sumamente querido y no hubiera cambiado sus muebles por los mejores de la casa, aunque lo que ya de por sí era sencillo había recibido los malos tratos de la gente menuda. Y los principales adornos y elegancias que contenía eran: un deslucido escabel que Julia usara en sus labores, excesivamente estropeado para llevarlo a la sala de estar; tres transpa­rencias, debidas a cierto momento en que una racha de la moda impuso las transparencias por todas partes, que cubrían los tres cristales inferiores de una ventana, donde la Abadía de Tintem tenía su sitio entre unas ruinas de Italia y un lago iluminado por la luna en Cumberland; una colección de retratos de familia considerados indignos de figurar en otro sitio, sobre la repisa de la chimenea; y al lado de éstos, apoyado contra la pared, el pequeño croquis de un barco que cuatro años antes le había enviado William desde el Medi­terráneo, con la inscripción H.M.S.2 en el casco de unos caracteres tan grandes como el palo mayor.

A este refugio de consuelos acudió Fanny para probar su influjo sobre un espíritu turbado, receloso...; para ver si contemplando la efigie de Edmund podía intuir alguno de sus consejos, o si oreando sus plantas podía inhalar el aura que templase su ánimo. Pero no eran sólo los temores en cuanto a la posibilidad de defender su postura lo que tenía que vencer: había empezado a sentirse indecisa con respecto a la postura que debía adoptar; y mientras paseaba arriba y abajo de la habitación aumentaba su incertidumbre. ¿Obraba rectamente al negarse a lo que se le pedía con tanto afán... a lo que podía ser tan esencial para el logro de un proyecto en el que algunos, a los que ella debía mostrarse siempre dispuesta a complacer, habían puesto todas sus ilusiones? ¿No sería aquello mala voluntad, egoísmo y un temor a exponerse? ¿Y podía el criterio de Edmund, el convencimiento que éste tenía de la total desaprobación de sir Thomas, ser bastante para justificarla en una determina­da negativa contra la voluntad de todos los demás? Seria para ella tan horrible intervenir en la representación, que se inclinó a desconfiar de la autenticidad y pureza de sus propios escrúpulos; y al pasear en torno su mirada vio reforzado el derecho de sus primos a contar con su gratitud, ante la presencia de los regalos y más regalos que de ellos había recibido. La mesa situada entre las ventanas aparecía cubierta de cajas de labores que le habían sido ofrecidas en distintas ocasiones, especialmente por Tom, y se aturdió sólo de conside­rar la importancia de la deuda que todos aquellos amables recuerdos repre­sentaban. Una llamada a la puerta la sorprendió en medio de esos intentos para hallar el camino de su deber, y su discreto «Adelante» fue correspondido por la aparición de la persona ante cuya presencia todas sus inquietudes solían desvanecerse. Sus ojos se iluminaron al ver a Edmund.

––¿Puedo hablar contigo, Fanny, sólo unos minutos? ––preguntó él.

––Sí, claro.

––Quiero consultarte... necesito tu opinión.

––¡Mi opinión! ––exclamó su prima, casi asustada al cumplido, que, al mismo tiempo, le causaba una gran satisfacción.

––Sí, tu consejo y tu opinión. No sé qué hacer. Esa perspectiva de la representación va adoptando un cariz cada vez peor, ya lo ves. Han elegido casi la peor obra que podían elegir; y ahora, para que nada falte, van a solicitar la colaboración de un individuo muy superficialmente conocido por todos nosotros. Aquí acaba toda la formalidad y reserva de que se habló al principio. No sé si puede reprocharse nada a Charles Maddox; pero la excesiva intimi­dad que forzosamente tiene que nacer de su admisión entre nosotros en este plan... más que intimidad, familiaridad, es algo altamente censurable; y a mí me parece un daño de tal gravedad como para evitarlo, si es posible, a toda costa. ¿No lo consideras tú así?

––Sí, pero ¿qué se puede hacer? ¡Tu hermano está tan determinado...!

––Sólo una cosa cabe hacer, Fanny. Yo mismo tendré que encargarme del papel de Anhalt. Estoy convencido de que es lo único que podrá frenar a Tom.

Fanny no pudo contestarle.

––Nada tan lejos de mi gusto ––prosiguió él––. A ningún hombre puede gustarle verse llevado a una situación que lo haga aparecer tan inconsecuente. Todo el mundo sabe que me opuse al plan desde el primer momento, y parece absurdo que me preste a colaborar ahora, cuando precisamente están rebasando los límites de lo proyectado en un principio, en todos los aspectos. Pero no veo otra alternativa; ¿y tú, Fanny?

––No ––contestó ella, hablando con lentitud––, ahora mismo, no... pero...

––¿Pero qué? Veo que tu opinión no coincide con la mía. Piénsalo un poco. Acaso tú no veas tan claramente como yo los perjuicios que podría, la situación desagradable que tendría que producir la introducción de un joven en nuestro círculo de ese modo... mezclándole en nuestra vida doméstica... autorizándole a venir a todas horas... colocándole en un terreno que pronto le llevaría a prescindir de todas las barreras. Basta con pensar en las libertades que cada ensayo tendería a crear. ¡Es algo inaceptable, por todos conceptos! Ponte en el lugar de miss Crawford, Fanny. Considera lo que representaría hacer el papel de Amelia con un extraño. Ella tiene derecho a que se lamente su situación, porque es evidente que ella misma la lamenta. Llegó a mis oídos lo suficiente de lo que te dijo anoche para comprender su renuncia ante la perspectiva de actuar con un desconocido; y como probablemente se com­prometió a aceptar su papel esperando algo muy distinto... tal vez sin consi­derar la cuestión con bastante detenimiento para darse cuenta de lo que se trataba con exactitud... seria una actitud poco generosa, seria en realidad obrar mal, dejarla expuesta a semejante contingencia. Sus sentimientos merecen ser respetados. ¿No te parece que así debe ser, Fanny? ¿Acaso lo dudas?

––Lo siento por miss Crawford, pero todavía siento más verte arrastrado a hacer algo contra lo que te habías pronunciado, aquello que todos saben que consideras habrá de disgustar a tu padre. Será un gran triunfo para ellos.

––No tendrán gran motivo de considerarlo un triunfo cuando vean lo mal que trabajo. Pero, de todos modos, no dejará de ser un triunfo, y esto me subleva. No obstante, si yo puedo ser el medio que reduzca la publicidad del asunto, que limite el círculo de la exhibición, que concentre nuestra extrava­gancia a sus más estrechos límites, me consideraré bien pagado. Mantenién­dome en la actual postura no tengo la menor influencia... no puedo hacer nada: les he ofendido y no quieren escucharme. Pero, en cuanto les haya puesto de buen humor con mi concesión, tengo la esperanza de que podré persuadirles en el sentido de concretar la representación a un círculo mucho más estrecho que el que ahora están dispuestos a consentir. Esto será una ventaja positiva. Mi objetivo es evitar que la cosa transcienda más allá de los Rushworth y los Grant. ¿No vale la pena procurarlo?

––Sí, es un punto muy importante.

––Pero aún no merece tu entera aprobación. ¿Puedes sugerirme algún otro medio que me permita conseguir el mismo provecho? ––No, no se me ocurre nada más.

––Entonces, dime que lo apruebas, Fanny. No quedo tranquilo sin tu aprobación.

––¡Por favor, Edmund!

––Si no estás de acuerdo, tendré que desconfiar de mí mismo; y aun así... Pero es absolutamente imposible dejar que Tom vaya por ese camino, re­corriendo la comarca en busca de alguien que quiera intervenir en la función, no importa quién... mientras tenga la estampa de un caballero. Creí que habías penetrado mejor los sentimientos de miss Crawford.

––Sin duda se pondrá muy contenta. Será un gran alivio para ella ––dijo Fanny, procurando dar a sus palabras un acento de mayor convicción.

––Nunca se mostró más amable que anoche, en su modo de portarse conmigo. Ello la hizo acreedora a toda mi buena voluntad.

––Estuvo muy amable, realmente, y me satisface haberle ahorrado...

No pudo terminar su generosa efusión: su conciencia la detuvo en seco; pero Edmund quedó satisfecho.

––Me reuniré abajo con ellos inmediatamente después del desayuno ––dijo––, y estoy seguro de que les daré una alegría. Y ahora, querida Fanny, no quiero estorbarte más. Sin duda estarias leyendo cuando te interrumpí. Pero no hubiera podido tranquilizarme sin antes hablar contigo y llegar a una decisión. Dormitando o en vela, he pasado toda la noche sin poder ahuyentar de mi cabeza esta cuestión. Es un mal, pero sin duda conseguiré que sea menor de lo que pudo ser. Si Tom se ha levantado, iré a hablar directamente con él para dejar solucionado este punto; y cuando nos reunamos para desayunar estaremos del mejor humor ante la perspectiva de hacer función todos juntos, con tal perfecta unanimidad de pareceres. Tú, entretanto, te darás un paseito China adentro, me imagino. ¿Qué tal le va a lord Macartney? ––añadió, tomando un grueso volumen de encima de la mesa y otros dos a continuación––. Y aquí tienes «El Holgazán» y los «Cuentos» de Crabbe a mano para alternar, si te cansas del libro grande. Me gusta extraordinariamen­te tu pequeño recinto; y apenas te haya dejado vaciarás tu cerebro de toda esa bobada de teatro casero para sentarte cómodamente a tu mesa de lectura. Pero no permanezcas aquí demasiado tiempo, no vayas a resfriarte.

Se fue; pero no pudo haber lectura, ni viajes a través de China, ni sosiego para Fanny. Edmund le había comunicado lo más extraordinario, lo más inconcebible, la más ingrata noticia, y ella no podía pensar en otra cosa. ¡Actuar él en la función! ¡Después de todas sus objeciones... objeciones tan justas y tan públicamente exteriorizadas! Después de todo lo que ella le había oído decir, de la actitud que le había visto adoptar y de lo bien que había conocido su modo de sentir... ¿Era posible? ¡Edmund tan inconsecuente! ¿No estaría engañándose a sí mismo? ¿No estaría en un error? ¡Ah, todo se debía a miss Crawford! Bien había observado el gran efecto que todas y cada una de las frases de Mary producían en él, y se sintió desgraciada. Las dudas y escrúpulos respecto de su propio comportamiento, que antes la habían atormentado y que quedaron aletargados mientras estuvo escuchando a Ed­mund, se habían convertido ahora en cosa de poca importancia. Su pena actual, más honda, los había desplazado. Ya todo podía seguir su curso: ya tanto le daba cuál pudiera ser el fin. Sus primos podían atacar, pero dificil­mente conseguirían fastidiarla. Ella estaba fuera de su alcance; y si al fin se veía obligada a ceder... no importaba... todo era sufrimiento ahora.




CAPÍTULO XVII

Fue, ciertamente, un día de triunfo para Tom y María. No se habían hecho la ilusión de alcanzar tal victoria sobre la reserva de Edmund, y quedaron encantados. Ya nada podía estorbarles en la realización de su ilusionado plan y se felicitaron mutuamente, en secreto, por la flaqueza de los celos a que atribuyeron el cambio, con toda la alegría de sus deseos satisfechos por todos conceptos. Edmund podía mostrarse todavía serio y decir que no le gustaba el proyecto en general y que tenía que desaprobar la obra elegida en particular: ellos habían logrado su objetivo. Edmund inter­vendría en la función, y a ello lo había arrastrado únicamente la fuerza de unas inclinaciones egoístas. Edmund había descendido de aquel punto de elevación moral en que se había mantenido hasta entonces, y ellos se sintieron tan mejorados como contentos por el descenso.

Se portaron, no obstante, muy bien con él a la sazón, sin traslucir más exultación de la que traicionaban unos rasgos en las comisuras de los labios, y parecía que consideraban la decisión un recurso tan salvador para librarse de la intromisión de Charles Maddox como si antes se húbieran visto forza­dos a admitirle contra su voluntad. Afirmaron que «llevarlo a cabo exclusiva­mente dentro de su círculo familiar era lo que más habían deseado; un extraño entre ellos hubiera constituido el fracaso de su diversión». Y cuando Edmund, refiriéndose a este mismo aspecto de la cuestión, insinuó sus esperanzas con respecto a la limitación de público, todos se mostraron dis­puestos, en la euforia del momento, a prometer cualquier cosa. Todo era jovialidad y estímulo. Tía Norris se ofreció para hacerle el traje, Mr. Yates le aseguró que la última escena de Anhalt con el barón se prestaba a mucha acción y mucho énfasis y Mr. Rusworth se encargó de contar el número de parlamentos que tendría a su cargo.

––Tal vez ––dijo Tom–– Fanny estaría más dispuesta a complacemos ahora. Quizás tú podrías convencerla.

––No, está completamente resuelta. Es seguro que no aceptaría.

––¡Ah!, muy bien.



Y no se dijo más. Pero Fanny se sentía otra vez en peligro, y su indiferencia ante tal peligro empezaba a flaquear.

¡No suscitó menos sonrisas en la rectoría que en el Parque Mansfield el cambio de actitud de Edmund; miss Crawford estaba sumamente encantado­ra con su risueño semblante y acogió la noticia con una recuperación tan instantánea de su buen humor, que sólo podía producir un efecto en él: «Es indudable que he procedido con gran justicia al respetar tales sentimientos», se decía: «estoy satisfecho de mi decisión». Y la mañana transcurrió entre satisfacciones muy gratas, aunque no muy sanas. Una ventaja se derivó de todo ello para Fanny: ante la formal insistencia de Mary, su hermana, la señora Grant, se avino con su habitual buen humor a encargarse del papel para el que se había requerido la colaboración de Fanny; y éste fue el único aconte­cimiento de la jornada algo satisfactorio para ella. Pero hasta esto, al serle comunicado por Edmund, hubo de aportar una buena dosis de amargura a su corazón; pues resultó que era a miss Crawford a quien debía agradecérse­lo... que era la amable intervención de miss Crawford lo que había de promover su gratitud; y de los merecimientos de miss Crawford por haber puesto su empeño en ello se habló con calor de admiración. Fanny estaba a salvo. Pero paz y seguridad no se correspondían en este caso. Nunca más lejos de su espíritu la paz. No podía acusarse de haber obrado mal, pero sentía inquietud por todo lo demás. Lo mismo su corazón que su criterio se rebelaban contra la decisión de Edmund; no podía explicarse su inconse­cuencia, y verle feliz dentro de la misma la hacía sufrir. Su espíritu era un hervidero de celos y agitación. Miss Crawford compareció con un semblante tan alegre que parecía un insulto, y permitiéndose unas expresiones tan amistosas al dirigirse a ella, que a duras penas consiguió dominarse para responder con calma. Todos cuantos la rodeaban aparecían contentos y ata­reados, dichosos e indispensables; cada cual tenía su motivo de interés, su papel, su traje, su escena favorita, sus amigos y aliados... Todos tenían ocasión de emplearse haciendo consultas y comparaciones o de divertirse con las jocosas incidencias que se producían. Sólo ella estaba triste y era insignifican­te. No tomaba parte en nada. Podía irse o quedarse, podía estar en medio del ruidoso ajetreo de los demás o retirarse en la soledad del cuarto del Este, sin que notaran su presencia o su ausencia. Casi se sintió inclinada a pensar que cualquier cosa hubiera sido preferible a aquello. A la señora Grant se le concedía no poca importancia: se hacía honroso comentario de su carácter jovial; su gusto y su tiempo eran tomados en consideración; su presencia se hacía necesaria; se la solicitaba, se la atendía, se la elogiaba... Y Fanny estuvo, al principio, a punto de envidiarle el papel que ella misma había rechazado. Pero con la reflexión se impusieron mejores sentimientos y se le hizo eviden­te que la condición de la señora Grant exigía un respeto que a ella nunca le hubieran otorgado; y que, aun en el caso de haber sido objeto de la mayor deferencia, nunca hubiera podido sumarse con tranquilidad de conciencia a un plan que, teniendo sólo en cuenta la rectitud de su tío, había de condenar en su totalidad.

El corazón de Fanny no era absolutamente el único amargado entre todos los que latían en su tomo, como no tardó en descubrir. Julia era también una víctima, aunque no sin culpa.

Henry había jugado con su corazón; pero ella había admitido demasiados galanteos, e incluso los había buscado, con unos celos de su hermana tan razonables que hubieran debido bastar para salvaguardar sus propios senti­mientos; y ahora, obligada por la evidencia a reconocer que él prefería a su hermana, aceptaba el hecho sin alarmarse lo más mínimo por la situación de María ni intentar nada racional para sosegar su espíritu. Se limitaba a perma­necer sentada en taciturno silencio, envuelta en una rígida gravedad que por nada se dejaba amansar, o bien, admitiendo las galanterías de Mr. Yates, hablaba con forzada jovialidad sólo con él y ridiculizando la actuación escé­nica de los otros.

Durante un par de días, a partir del de la afrenta, Henry Crawford hizo algunos intentos para borrarla mediante la usual ofensiva de frases galantes y halagadoras, pero no le preocupaba tanto el caso como para perseverar a despecho de la actitud altanera y despectiva con que tropezó de momento; y, como no tardó en encontrarse demasiado atareado con su participación en el reparto de la obra para que le diera tiempo a sostener más de un flirt, le fue cada vez más indiferente el enfado, o más bien lo consideró un feliz suceso, como discreto término de lo que a no tardar hubiera podido hacer concebir esperanzas en alguien más, aparte de la señora Grant. A ésta no le agradaba ver a Julia excluida del reparto y sentada en un rincón, desairada; pero como no era asunto que estuviera directamente relacionado con su felicidad; como Henry era quien mejor podía enjuiciar la suya, y puesto que él mismo le aseguraba, acompañándose de una sonrisa altamente persuasiva, que ni él ni Julia habían pensado jamás seriamente el uno en el otro, ella no podía hacer más que renovar sus advertencias con respecto a la hermana mayor, rogarle que no arriesgara su tranquilidad dedicando a María una excesiva admiración y, después, tomar parte en todo aquello que procurase alegría a la juventud en general y que, de un modo tan particular, había de ser motivo de placer y diversión para los dos hermanos que tanto quería.

––Casi me sorprende que Julia no esté enamorada de Henry ––fue el comentario que hizo a Mary.

––Yo diría que lo está ––contestó miss Crawford, con indiferencia––. Me imagino que las dos hermanas están enamoradas de él.

––¡Las dos! No, no, esto no puede ser. No vayas a insinuárselo siquiera a Henry. Piensa en Mr. Rushworth.

––Harías mejor en decírselo a María Bertram que piense en Mr. Rush­worth. Puede que esto le hiciera algún bien a ella. A menudo pienso en las propiedades y la posición holgada de Mr. Rushworth, y desearía que estuvie­ran en otras manos; pero nunca pienso en él. Otro hombre representaría al condado con semejante patrimonio; otro hombre prescindiría de una profe­sión y representaría al condado.

––Creo que pronto lo tendremos en el Parlamento. Cuando vuelva sir Thomas, creo que lo presentará por algún distrito; pero hasta ahora no ha tenido a nadie que lo pusiera en camino de hacer algo.

––Sir Thomas tendrá grandes proyectos en cuanto se haya reintegrado al seno de la familia ––dijo Mary, cerrando una pausa––. ¿Recuerdas la «Dedica­toria al Tabaco», de Hawkins Browne, imitando a Pope?:


¡Bendita hoja!, cuyas aromáticas emanaciones confieren modestia al estudiante, carácter al rector.

Yo voy a parodiarles:


¡Bendito caballero!, cuya dictatorial presencia confiere prestigio a sus criaturas, carácter a Rushworth.
¿No lo consideras así, hermana mía? Parece que todo depende del regreso de sir Thomas.

––Encontrarás muy justa y razonable la importancia que se le concede cuando lo veas ocupando su lugar en la familia, te lo aseguro. No creo que obremos demasiado bien sin él. Tiene un modo de hacer digno y mesurado, muy propio del jefe de una casa como la suya, y mantiene a cada cual en su sitio. Lady Bertram parece más un cero a la izquierda ahora que cuando está él; y es el único que puede mantener a raya a la señora Norris. Pero... sobre todo, Mary, no creas que María Bertram está por Henry. Estoy segura de que ni siquiera Julia está por él, pues de lo contrario no se dedicaría a coquetear con Mr. Yates como lo hizo anoche; y, aunque Henry y María son muy buenos amigos, me parece que a ella le gusta demasiado Sotherton para ser inconstante.

––Poco apostaría yo a favor de Mr. Rushworth, si Henry se decidiera antes de las proclamas.

––Si abrigas esta sospecha, algo será preciso hacer. En cuanto se haya consumado la representación de la obra le hablaremos con mucha seriedad y haremos que nos dé a conocer sus intenciones. Y si no tienen ninguna intención, le obligaremos a que se marche a otra parte por una temporada, por muy Henry que sea.

Julia sufría, sin embargo, aunque no lo notase la señora Grant y aunque su pena escapara igualmente a la observación de su propia familia. Ella había amado, amaba todavía, y albergaba dentro de sí todo el sufrimiento que un temperamento apasionado y un espíritu altivo puedan conocer ante el desen­gaño de una preciada aunque absurda ilusión, unido a una fuerte sensación de injusticia. Su corazón destilaba ira y rencor, y sólo era capaz de rencorosos consuelos. Su hermana, con la que siempre había departido en un plano de cordialidad, se había convertido ahora en su mayor enemigo... las dos queda­ron recíprocamente distanciadas; y Julia no era capaz de superar el deseo de que aquellos devaneos, que se llevaban adelante entre su hermana y Henry, tuvieran un calamitoso desenlace, que a María le sobreviniese un castigo por su comportamiento tan indigno para consigo como para con Mr. Rushworth. Sin que existiera una sustancial incompatibilidad de carácter o diversidad de gustos que les impidiera ser buenas amigas mientras sus intereses no fueron encontrados, las dos hermanas , ante una coyuntura como la que ahora se les presentaba, desconocían la ternura o los principios indispensables para ser generosas o justas, para sentir vergüenza o compasión. María saboreaba su triunfo, persiguiendo sus fines sin preocuparse por Julia; y ésta no podía ver las distinciones que Henry hacía a su hermana sin confiar en que aquello crearía una atmósfera de celos y desembocaría al fin en un escándalo público.

Fanny veía y compadecía en gran parte los sufrimientos de Julia; pero entre ellas no existía ninguna corriente exterior de compañerismo. Julia no hacía confidencias y Fanny no se tomaba libertades. Eran dos sufrientes solitarias, o unidas tan sólo por el conocimiento que Fanny tenía de los pesares de la otra.

El hecho de que ni sus dos hermanos ni su tía advirtieran la desazón de Julia y fueran ciegos a la verdadera causa de tal estado de ánimo debe atribuirse a que todos tenían la atención concentrada en sus respectivos motivos de primordial interés. Cada uno tenía mucho que hacer y pensar por su cuenta. Tom estaba entregado a los asuntos de su teatro y no veía nada que no se relacionase directamente con él. Edmund, entre el papel que debía hacer en la obra y el que le correspondía en el mundo real, entre los merecimientos de miss Crawford y el camino a seguir, entre amor y conse­cuencia, estaba igualmente abstraído; y tía Norris estaba demasiado ocupada en procurar y dirigir los pequeños complementos generales para la compañía, orientando la confección del extenso vestuario en un sentido de estricta economía, por lo que nadie le daba las gracias, y ahorrando con deleitosa integridad, unos chelines aquí y allá al ausente sir Thomas, para que pudiera dedicar algún tiempo a vigilar el comportamiento o velar por la felicidad de sus sobrinas.


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