Manuela roca benedito



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3. El amor como “elemento emblemático de la vida”

Teniendo en cuenta lo dicho hasta ahora, es fácil entender que el amor, ¡cómo no!, sea un tema del agrado de Mario Benedetti. Al fin y al cabo, solo el amor puede compensar, en cierta manera, el paréntesis de la vida o la excursión hacia la muerte que la vida es. En el hermoso libro El amor, las mujeres y la vida (1996), antología de poemas seleccionados por el autor, recogidos en la editorial Alfaguara,



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Benedetti nos confiesa que la visión negativa que tenía Schopenhauer de la mujer, de la que decía que poseía la naturaleza de “un animal de pelo largo y pensamiento corto” (13), no la suscribe, sino todo lo contrario. Benedetti, en el PRÓLOGO (14) escribe en cursiva:



Desde que en mi lejana adolescencia, me enfrenté a El amor, las mujeres y la muerte, por entonces el libro más popular del filósofo alemán Arthur Schopenhauer (1788-1860), entré en contradicción con la sutil propuesta que sugerían las tres palabras de aquel título. Y aunque el filósofo de Danzig se cuidaba de tratar cada término por separado, era evidente que su pesimismo voluntarista, los convertía en ingredientes de su inextinguible misoginia al introducir los tres enunciados en el mismo saco (…).

En estos días volví a leer todo el libro, con ojos casi sesenta años más viejos y, pese a situarlo, ahora sí en su ámbito cultural, volví a experimentar aquella antigua sensación de rechazo. El amor es uno de los elementos emblemáticos de la vida. Breve o extendido, espontáneo o minuciosamente construido, es de cualquier manera un apogeo en las relaciones humanas. Curiosamente, hasta en su controvertida obra, Schopenhauer no puede evitar una constancia esperanzada:“El amor es la compensación de la muerte, su correlativo esencial”. Lo rescaté como epígrafe para esta antología. ¿Acaso no vale para mostrar que, aun en un carácter sexualmente huraño como el de este autor teutón, el amor es el único elemento que le sirve para enfrentar la muerte?

De ahí a reconocer que el amor y las mujeres están más cerca de la vida que de la muerte, media sólo un paso.

Destacaría como rasgos más significativos de estos poemas amorosos los siguientes: la expresión directa de los sentimientos (no necesariamente en 1.ª persona), sin caer ni en la cursilería ni en la solemnidad, la utilización de un lenguaje conversacional (característica habitual en la obra del escritor uruguayo), la unión de lo íntimo y lo colectivo (“somos más que dos”), los diferentes momentos de la relación (los prolegómenos, las tácticas, las estrategias, etc.) y el fino sentido del humor. Cito unos versos del poema CREDO (vid. Poemas de otros (1973-1974), en el apartado “De otros diluvios”):

está demás decirte que a esta altura

no creo en predicadores ni en generales

ni en las nalgas de miss universo

ni en el arrepentimiento de los verdugos

ni en el catecismo del confort

ni en el flaco perdón de dios

Y VOS, ¿CÓMO ANDÁS DE UTOPÍA(S)?, PREGUNTA MARIO SIN INMUTARSE

a esta altura del partido

creo en los ojos y en las manos del pueblo

en general

y en tus ojos y tus manos

en particular.

Así pues, la mujer es fundamental en la cosmovisión de Benedetti y su importancia se formula, como estamos viendo, de diferentes formas. Por ejemplo, en UNA MUJER DESNUDA Y EN LO OSCURO (de El Sur también existe), se recrea el tópico de la mujer como una luz que deslumbra y atrapa al amante irresistiblemente, en una claridad nos puede servir en un apagón para orientarnos ante cualquier imprevisto (original tratamiento del tópico mencionado), pero, a medida que vamos avanzando en la lectura del poema, observamos que el humor se compagina con el entusiasmo y la admiración ante la belleza irradiante del cuerpo de la mujer cuya contemplación sirve para atenuar el peso de la muerte y para quitarle algo de su inmenso poder, aunque solo sea por una vez:

una mujer desnuda y en lo oscuro

tiene una claridad que nos alumbra

de modo que si ocurre un desconsuelo

un apagón o una noche sin luna

es conveniente y hasta imprescindible

tener a mano una mujer desnuda

(…)


una mujer desnuda y en lo oscuro

genera una luz propia y nos enciende

el cielo raso se convierte en cielo

y es una gloria no ser inocente

una mujer querida o vislumbrada

desbarata por una vez la muerte



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Benedetti, “un optimista bien informado”bien informado“, es consciente del poder de la muerte, pero también de las “molestias” que le podemos ocasionar con el amor, concretado en la belleza de una mujer desnuda en la oscuridad. Quizá no sea baladí recordar que la mujer de Benedetti se llamaba Luz y que, cuando enfermó y murió en el año 2006, Benedetti empezó a vivir adrede (15)… Pero todavía no estamos en los poemas de ese período. Por eso, sus fieles lectores no pueden olvidar poemas tan cercanos, tan hermosos y tan elegantes, tan “juguetones”, tan tiernos, aunque no cursis, como el de LOS FORMALES Y EL FRÍO (vid. Poemas de otros, 1973-1974, sección “De otros diluvios”), poema en el que en 3ª persona se nos presenta a una pareja (“Ellos”), protagonista de una historia amorosa, a la que se alude a lo largo del texto con la alternancia de los pronombres personales “ella” y “él”. Sin embargo, el autor-narrador poemático se aleja de toda solemnidad y cuenta la historia con tal sencillez y naturalidad que los lectores se sienten reflejados en lo que leen, en lo contado por un autor “comunicante” (16), que consigue que se lea o se escuche el poema con una sonrisa de complicidad dibujada en su cara.

Quién iba a prever que el amor ese informal

se dedicara a ellos tan formales

mientras almorzaban por primera vez

ella muy lenta y él no tanto

y hablaban con sospechosa objetividad

de grandes temas en dos volúmenes

su sonrisa la de ella

era como un augurio o una fábula

su mirada la de él tomaba nota

de cómo eran sus ojos los de ella

pero sus palabras las de él

no se enteraron de esa dulce encuesta

como siempre o como casi siempre

la política condujo a la cultura



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así que por la noche concurrieron al teatro

sin tocarse una uña o un ojal

ni siquiera una hebilla o una manga

y como a la salida hacía bastante frío

y ella no tenía medias

sólo sandalias por las que asomaban

unos dedos muy blancos e indefensos

fue preciso meterse en un boliche

y ya que el mozo demoraba tanto

ellos optaron por la confidencia

extraseca y sin hielo por favor

cuando llegaron a su casa la de ella

ya el frío estaba en sus labios los de él

de modo que ella fábula y augurio

le dio refugio y café instantáneos

una hora apenas de biografía y nostalgias

hasta que al fin sobrevino el silencio

como se sabe en estos casos es bravo

decir algo que realmente no sobre

él probó sólo falta que me quede a dormir

y ella probó por qué no te quedás

y él no me lo digás dos veces

y ella bueno por qué no te quedás



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de manera que él se quedó en principio

a besar sin usura sus pies fríos los de ella

después ella besó sus labios los de él

que a esa altura ya no estaban tan fríos

y sucesivamente así

mientras los grandes temas

dormían el sueño que ellos no durmieron.

Por el contrario, NO TE SALVES (vid. Poemas de otros, 1973-1974, en el apartado de “Canciones de amor y desamor”, poema que, por diferentes motivos, siempre ha llamado la atención de los lectores de Mario) es un texto menos “ligero”, más “serio”. En él, el yo líríco se dirige a un tú lírico, probablemente la amada, a la que le exige que no busque sola su salvación, pues, si lo hace y abandona la lucha y renuncia a compartir su existencia con el otro, el hablante lírico no está interesado en su compañía. Como he comentado, se trata de un poema en el que Mario Benedetti no se permite ningún tipo de distanciamiento del mensaje que el emisor envía al receptor (como podría ser, el uso de la ironía o del humor), a quien apela (“no te salves”), y articula temática y estructuralmente el texto en torno a dos unidades que se contraponen mediante la conjunción adversativa “pero” y la conjunción condicional “si”, ejemplo de lo que es un poema con una sencillez buscada y lograda por el dominio total del escritor sobre las leyes que lo rigen, o sea, que lo aparentemente sencillo es el resultado del fruto del trabajo y del dominio de la técnica literaria por parte del autor. Por otra parte, sugeriría que, además de leer el poema, lo escuchen recitado por el propio autor y, sobre todo, por el actor argentino Miguel Ángel Sola:

No te quedes inmóvil

al borde del camino

no congeles el júbilo

no quieras con desgana

no te salves ahora

ni nunca

no te salves

no te llenes de calma

Y VOS, ¿CÓMO ANDÁS DE UTOPÍA(S)?, PREGUNTA MARIO SIN INMUTARSE

no reserves del mundo

sólo un rincón tranquilo

no dejes caer los párpados

pesados como juicios

no te quedes sin labios

no te duermas sin sueño

no te pienses sin sangre

no te juzgues sin tiempo

pero si


pese a todo

no puedes evitarlo

y congelas el júbilo

y quieres con desgana

y te salvas ahora

y te llenas de calma

y reservas del mundo

sólo un rincón tranquilo

y dejas caer los párpados

pesados como juicios

y te secas sin labios

y te duermes sin sueño

y te piensas sin sangre

y te juzgas sin tiempo

y te quedas inmóvil

al borde del camino

y te salvas

entonces


no te quedes conmigo.

Y VOS, ¿CÓMO ANDÁS DE UTOPÍA(S)?, PREGUNTA MARIO SIN INMUTARSE

Ahora bien, ya se sabe que la condición humana es radicalmente temporal y que las circunstancias personales cambian, en mayor o menor medida nuestra forma de estar en el mundo. En el caso de Benedetti, Luz, su mujer, va poco a poco, perdiendo sus facultades físicas: primero tiene dificultades para oír y, finalmente, llega al “aislamiento” fatal de quienes padecen el alzhéimer. Estamos en el año 2004 y Mario tiene que asumir que Luz necesita de cuidados médicos permanentes. Benedetti, lógicamente, ha de cambiar sus hábitos y sus costumbres. Ya no saldrá fuera de Uruguay. Además, Mario ya va a cumplir 84 años, edad en la que ya se puede hacer un recorrido por las diferentes paradas del tren de la vida, aunque todavía no haya llegado la “muerte canalla”. Por eso Benedetti abre su AGENDA de Adioses y bienvenidas, 2006, y va mostrándonos su transcurrir personal, pero sin olvidarse del contexto social, pues siempre fue, incluso en su etapa más intimista, un poeta comprometido (17). Por ejemplo, si abrimos la “agenda” a los 50 años y llegamos a los 84, se detiene en sus horas de trabajo y en sus consecuencias, en su pérdida de vista, en unas pequeñas vacaciones, en las dictaduras, en su pasión por el fútbol, en el alzhéimer de su mujer y la necesidad de escribir para ir sobreviviendo, para defenderse contra el paso del tiempo, aunque sin hacerse demasiadas ilusiones, porque quiere ser precavido ante la continuación de la agenda.

la agenda en mis 50 era morrocotuda

tenía tres trabajos / en total 15 horas

me costaba el pan nuestro

de cada mediodía

en recompensa tuve tifoidea

sin lentes de contacto no veía muchachas

sólo viejos y viejas como este yo de ahora

la agenda en mis 60 tiene un octubre espléndido

tanto que consagré dos semanas al sol

las playas burbujeaban con turistas de un weekend

y los acaudalados compraban una casa

especialmente apta para fotografiarla



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y presumir con ella ante los pobres tíos

de rosario mendoza y resistencia

la agenda en mis 70

viene con dictaduras y por tanto

con semanas en blanco / sólo el fútbol

derrota la censura con once caballeros

ahora me conmuevo en mis 84

el alzheimer ha entrado en la familia

por suerte mi cerebro todavía funciona

para tener conciencia de este ocaso

por las dudas sigo haciendo versos

como si fueran válvulas de escape

tendrían que haber sido muchos más

pero no siempre tengo tiempo

se me acabó la agenda

así que abur / basta por hoy

pero no se hagan ilusiones

El 14 de abril de 2006 la muerte se lleva a su mujer su mujer Luz. Aunque Mario desde hace unos años va obteniendo cada vez más reconocimientos académicos (el del público siempre lo ha tenido), ha ido acumulando también demasiado dolor, muchos “adioses” y necesita sobrevivir, encontrar algún refugio, en algo o alguien que le pueda ayudar. En esa búsqueda de ayuda, la escritura viene a ser una terapia adecuada, una “válvula de escape”. El mazazo de la muerte de quien ha sido su compañera durante 60 años, le lleva a vivir adrede. Vivir adrede (2007), pero publicado en España por Alfaguara en el año 2008, indica cómo afronta Mario las hojas de su “agenda”: sigue siendo un “militante de la vida”, pero necesita “cómplices” que le apoyen (“alguna vez todos necesitamos un cómplice / alguien que nos ayude a usar el corazón”), escribe en el poema CÓMPLICE, de Adioses y bienvenidas, (2006). Se

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siente solo y viviendo “adrede” (¿con deliberada intención? o ¿con el sentido peyorativo, de dejarse llevar, es decir, vivir por vivir?) “Sucede que me canso de ser hombre”, decía Neruda en el poema “Walking Around”, de Residencia en la tierra II (1933-1935), palabras que encabezan el poema de Mario Benedetti, CANSANCIO (18) Lo cierto es que sus poemas expresan sentimientos más tristes y más amargos. Observamos un estado de ánimo más apagado, más cansado (desea encontrar la tranquilidad y alejarse de las obligaciones que conlleva su popularidad) y a un Mario Benedetti más escéptico. Tiene motivos para ello, vuelvo a insistir: en su vida, como en la de otras personas, ha habido demasiadas ausencias, demasiados adioses, despedidas, porque el paso del tiempo nos va destruyendo irremediablemente. Por ello, los llamados temas existenciales (Dios, la nostalgia, la soledad, la vida, la muerte, la vejez, el hastío, la monotonía…) alcanzan un protagonismo importante y, además, se contemplan desde la perspectiva de un octogenario muy peculiar. Sin embargo, el lector siempre tiene la sensación de que Mario no solo habla de sí (ensimismado), sino que, de una u otra forma, quiere que el lector le acompañe y vaya a la búsqueda de su propia biografía para encontrarse. Sin embargo, todos estos sentimientos se expresan sin llegar a la desesperación, aunque se articulen en torno a los temas y sentimientos citados, pero sin que hagan olvidar al amor y a la belleza. El resultado de todo ello es una amarga serenidad del que, a su edad, ha alcanzado la sabiduría que se deriva de su experiencia vital. No obstante, siempre que puede y partiendo de cualquier realidad u objeto, Benedetti sigue insistiendo en vincular el amor, con la mujer y con la vida o, por lo menos, la atracción de la belleza de una mujer no le pasa desapercibida y le aporta un poco de alegría con la que defenderse de tantos sinsabores, de que haya museos de todo tipo menos de alegría y de la mala costumbre humana de morirse. O sea, que sigue sin renunciar del todo al humor y al ingenio que mostraba en libros bastante anteriores al de Vivir adrede. Incluso observamos que, coloquialmente hablando, algunos textos tienen la “chispa” del “pillo” Benedetti, del Benedetti en estado puro. Inevitablemente, el lector sonríe, cuando lee “Picazones y rascacielos” (pág. 28, de Vivir adrede-Vivir, núm. 18), de igual forma le sucede cuando se lee “Lingüistas”, relato de Despistes y franquezas (1989, cuyos textos aparecen publicados por la editorial Alfaguara en el año 2006, p. 501) o “Ascensor” (Vivir Adrede, Madrid, Alfaguara, 2007, pp. 117-118), que transcribo a continuación y que, inevitablemente, nos hace recordar LOS FORMALES Y EL FRÍO. El narrador nos presenta una situación perfectamente verosímil convertida en literatura, mediante una sencillez buscada. Estamos ante la belleza de la sencillez, no de la vulgaridad:

La muchacha y el hombre ingresaron en el ascensor en la Planta Baja. Ella marcó el 5º piso y él marcó el 7º. Pero de pronto sobrevino un apagón y el ascensor se detuvo, naturalmente a oscuras, entre el 2º y el 3º. Él dijo: “Caramba”, y ella: “Qué miedo”.

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Permanecieron rato en aquel lóbrego silencio, pero al fin el hombre dijo. “Al menos podríamos presentarnos. Mi nombre es Juan Eduardo”. Y ella: “Soy Lucía”.

El decidió de a poco mover el brazo izquierdo, y, así, a tientas, llegó a tocar algo que le pareció un hombro de la chica. Allí se quedó, esperanzado. Ella levantó una mano y la pasó sobre aquel brazo intruso. “Tenés un lindo hombro –dijo él-, parece el de una estatua”. Ella apenas balbuceó: “Tu mano me gusta, al menos es cálida”.

Entonces, ya mejor orientado, el brazo masculino bajó hasta la cintura femenina. Ella tembló un poco, pero acabó consintiendo. En realidad, no tuvo tiempo de preguntar nada, porque él le cerró la boca con su boca. Lucía, un poco asombrada, sintió que aquel beso le gustaba y respondió con otro, éste de su cosecha.

Así se quedaron un buen rato en aquella tenebrosa intimidad. Él preguntó: “¿Sos soltera?”. “Sí, ¿y vos?” “Viudo.” Inauguraron un abrazo inédito, y así permanecieron, disfrutando.

De pronto se acabó el apagón, pero el ascensor todavía quedó inmóvil. Ambos, ya con luz, se estudiaron los rostros y sobre todo las miradas. Hubo un mutuo visto bueno.

Él dijo: “No estuvo mal, ¿verdad?”. Y ella. “Estuvo lindo”. Él: “Me parece que el ascensor va a empezar a moverse. En Planta Baja marcaste el 5º. ¿Vas allí?”. Y ella: “No, ahora voy al 7º”.

Al final el ascensor arrancó y los llevó como lo haría un padrino.



4. El exilio , el desexilio y los desaparecidos

Carmen Alemany Bay (19), refiriéndose al poema “Estados de ánimo”, ya mencionado al comienzo de estas notas, comenta que en él se “expresa abiertamente el sentimiento de soledad y desamparo de los primeros tiempos del exilio”. Si alguien ha hablado y escrito del exilio y del desexilio, de la nostalgia y de la contranostalgia, ha sido Benedetti, que vivió ambas experiencias, de las que habla no sólo en sus poemas o novelas, sino, también, con su habitual clarividencia, en sus artículos, entrevistas, etc. En ocasiones, el exiliado se acuerda del paisaje celeste de su tierra, que se echa de menos, cuando se está contemplando otro cielo. Precisamente, OTRO CIELO es el título de un poema integrante del poemario Cotidianas (1978-1979) y, más concretamente, del conjunto de poemas titulado “Piedritas en la ventana” De él son los versos que siguen:

no existe esponja para lavar el cielo

pero aunque pudieras enjabonarlo



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y luego echarle baldes y baldes de mar

y colgarlo al sol para que se seque

siempre le faltaría un pájaro en silencio

(…)

no existe un puente para cruzar el cielo



pero aunque consiguieras llegar a la otra orilla

a fuerza de memoria y de pronósticos

y comprobaras que no es tan difícil

siempre te faltaría el pino del crepúsculo

eso porque se trata de un cielo que no es tuyo

aunque sea impetuoso y desgarrado



en cambio cuando llegues al que te pertenece

no lo querrás lavar ni tocar ni cruzar

pero estarán el pájaro y la nube y el pino.

Benedetti, persona muy reflexiva, ha mostrado en su obra una preocupación que le llegó a obsesionar: la relación entre quienes se quedaron en el país (siendo torturados, encarcelados, desaparecidos-asesinados) y los que, como él mismo, marcharon al exilio, porque la separación física y el paso del tiempo hacen que nada pueda ser igual que antes. ¿Cómo establecer un puente adecuado entre ambas orillas? Por otra parte, cuando el exiliado regresa a su patria, ¿se reconocerá entre los ciudadanos que han permanecido en ella? ¿Se sentirá extraño en su propio país? De esta complejidad de situaciones por la que van pasando los seres humanos habla en sus novelas Primavera con una esquina rota (1982), Andamios (1996), pero también en sus poemas y en su obra teatral Pedro y el Capitán (1979) y en sus ensayos. Está claro que si Benedetti es el poeta del exilio es porque también es un poeta comprometido En este sentido, si se tiene la suerte de oír cantar y recitar a la vez “Otra voz canta” y “Desaparecidos”, en algunos de esos conciertos a dos voces con los que Daniel Viglietti y Mario Benedetti han emocionado a tantas personas, nunca se podrán olvidar las emociones que despiertan en el público asistente cuando, por otra parte, sabemos que ambos fueron dos “desaparecidos” (exiliados) entre tantos miles que se tuvieron que ir lejos de su país, y de otros países para no ser encarcelados, torturados o asesinados-desaparecidos, cuyos restos no sabemos dónde están (20). En los poemas



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mencionados, que abordan la temática que estamos tratando, se alternan versos tan humanos como los siguientes:

Dicen que no están muertos;

escúchalos, escucha,

mientras se alza la voz

que los recuerda y canta.

Cantan conmigo,

conmigo cantan,

DANIEL VIGLIETTI

*

cuando empezaron a desaparecer



como el oasis en los espejismos

a desaparecer sin últimas palabras

tenían en sus manos los trocitos

de cosas que querían

están en algún sitio / nube o tumba están en algún sitio estoy seguro

allá en el sur del alma

es posible que hayan extraviado la brújula

y hoy vaguen preguntando preguntando

dónde carajo queda el buen amor

porque vienen del odio

BENEDETTI

*

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No sólo son memoria,

son vida abierta,

son camino que empieza

y que nos llama.

Cantan conmigo,

conmigo cantan;

cantan conmigo,

conmigo cantan.

DANIEL VIGLIETTI

Mario Benedetti incluso es capaz de escribir una obra teatral, Pedro y el Capitán (1979), con un tema tan duro como el de la tortura de los encarcelados por las dictaduras militares. Dos personajes, la víctima, Pedro, y el victimario, el Capitán, para afrontar un tema tan delicado y que podría herir la sensibilidad del lector o del espectador. Sin embargo, Benedetti nos acerca perfectamente a la perspectiva y a la situación del torturado y del torturador (personajes que no son planos), sin que el lector-espectador “vea” explícitamente los aspectos más desagradables de la tortura física, pero sí sienta algo tan inhumano y tan cruel como la violencia física y psíquica. Benedetti no se deja llevar por el maniqueísmo, por lo “facilón” de un cuadro pintado con brochazos comerciales, exentos de matices (contra lo que se ha dicho por algunos, Mario no era un escritor “fácil”, pues defendía el rigor y el perfeccionamiento en todo lo que hacía y, por supuesto, en todo lo que escribía), sino que la intriga se va desarrollando hasta llegar a un final sorprendente en el que el Capitán, totalmente desesperado por no lograr que Pedro confiese absolutamente nada, de rodillas, le ruega a Pedro que le diga un nombre, aunque sea mentira, para que los demás le sigan teniendo por un eficaz torturador, es decir, quiere mantener el prestigio de su “yo social”. Sin embargo, Pedro le contesta con un “no” rotundo, que defiende su dignidad ante un personaje tan indigno como el Capitán. Transcribo el final de dicha obra, porque la situación inicial ha cambiado, ya que el CAPITÁN necesita de Pedro, pero este se niega a hacer lo que le suplica el Capitán (21):



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CAPITÁN


Se lo pido a Rómulo. Se lo ruego a Rómulo ¡Me arrodillo ante Rómulo!, va a decirme un nombre y un apellido? ¿Va a decirme solamente eso?

PEDRO (A duras penas.)

No…, Capitán.

CAPITÁN


Entonces se lo pido a Pedro, se lo ruego a Pedro. ¡Me arrodillo ante Pedro! Apelo no al nombre clandestino, sino al hombre. De rodillas se lo suplico al verdadero Pedro.

PEDRO (Abre bien los ojos, casi agonizante.)

¡No…, coronel!

(Las luces iluminan el rostro de PEDRO. El CAPITÁN, de rodillas, queda en la sombra.)

Pedro, la víctima, ha vencido, a pesar de todo, en una lucha tan desigual, al torturador, porque resistir es vencer. Y es que, como afirma Eduardo Galeano (22): ”Necesitamos a los indignados; estamos hartos de los indignos”. ¿Por qué no tener esperanza en la transformación de este mundo, si, palabra de Benedetti, “contra el optimismo no hay vacuna”, ya que, nuevamente palabra de Mario, “un pesimista / es sólo un optimista / bien informado “ (como dice el haiku 213 de Rincón de haikus, 1999). Ahora bien, precisamente porque el escritor es consciente de que este mundo, en muchos aspectos, es horroroso y deleznable, ha de ser rechazado, pues algo se puede hacer para lograr un mundo mejor, porque la utopía nace del desencanto del presente. ¿Por qué vamos a tener que renunciar a nuestros sueños? ¿Por qué hemos de aceptar este mundo, como diría Manu Chao (23) , “tan feo”?


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