Marchitas ya las juveniles flores



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José de Espronceda, “Marchitas ya las juveniles flores” (A XXX dedicándole estas poesías)

(ca. 1840)



Marchitas ya las juveniles flores



A XXX,
dedicándole estas poesías


 
Marchitas ya las juveniles flores,
nublado el sol de la esperanza mía,
hora tras hora cuento, y mi agonía
crecen, y mi ansiedad y mis dolores.

Sobre terso cristal, ricos colores


pinta alegre, tal vez, mi fantasía,
cuando la dura realidad sombría
mancha el cristal y empaña sus fulgores.

Los ojos vuelvo en incesante anhelo,


y gira en torno indiferente el mundo
y en torno gira indiferente el cielo.

A ti las quejas de mi mal profundo,


hermosa sin ventura, yo te envío.
Mis versos son tu corazón y el mío.

 

Poesías, 1840







José de Espronceda, el primero de la tríada de grandes líricos españoles del siglo XIX -junto con Bécquer y Rosalía de Castro-, publicó sus Poesías en 1840, annus mirabilis del Romanticismo Español, según la conocida denominación del hispanista Allison Peers. El poema que abre dicha edición prínceps, y fuera de paginación -quizá porque hubiera sido incluido al finalizar la impresión-, es este precioso soneto, uno de los más bellos poemas de su autor.

Aparte de la perfección formal, en métrica y estructura, que, como señaló Marrast, pone de manifiesto la formación clásica de la que Alberto Lista dotó a su discípulo Espronceda, dos rasgos principales lo caracterizan. En el primer cuarteto, la doble falacia patética en la que el propio yo se metaforiza: las ilusiones de su pasada juventud son ahora “flores” ya marchitas y su esperanza del momento es un nublado sol; lo que confirma el inconfundible narcisismo romántico, tan patente en Espronceda. Así, pues, la vida se le ha convertido en un monótono recuento de las horas y en una lucha -esto significa “agonía”- aumentada por el acrecentamiento de ansiedad y dolor. Nótese el acierto poético del verbo “crecen” en plural, sintácticamente discordante con el sujeto singular “agonía”, pero que adelanta, anafóricamente, los otros dos sujetos postpuestos, “ansiedad” y “dolores”.

En el segundo cuarteto, la contraposición entre fantasía y realidad: si la primera proyecta sobre “terso cristal” sus “ricos colores” -proyección que en otros poemas denominará “óptica ilusoria”: imagen recurrente en la poesía de su autor-, la cruda realidad se impone y “mancha y empaña” el cristal y su brillante transparencia. Este “vivir sin estar viviendo” -como diría Cernuda un siglo después-, más la continua defraudación de ilusiones y esperanzas, conducen al yo poético esproncediano a participar de la angustiosa soledad del yo romántico, que Espronceda expresa, en el primer terceto, como una total enajenación o extrañamiento cósmico ante la indiferencia del universo. La imagen no era totalmente suya -por más que sea excelente su expresión-, sino de Ángel de Saavedra, III duque de Rivas, en la IV de sus elegías “A Olimpia” (1820): “Y giro en derredor la vista y solo / me encuentro en ciega y pavorosa noche / y en yerma soledad…”.

Y el soneto concluye haciendo explícito el “envío poético” a una desconocida “hermosa sin ventura” sobre cuya identidad han especulado los estudiosos. Por la fecha de publicación del soneto -se desconoce la de composición-, se ha supuesto si esta “hermosa sin ventura” sería Carmen Osorio -una de las amantes del poeta- o bien Bernarda de Beruete, a la sazón su prometida y con quien no llegó a casarse. Pero, si a ambas mujeres pudiera aplicárseles el epíteto, aunque sólo fuera por cortesía, ¿por qué habría de achacárseles el complemento? Quizá el poeta alude a Teresa Mancha († 1839), cuya imagen aún estaba muy viva en su mente, con quien mantuvo larga y turbulenta relación, que fue madre de su hija Blanca y a cuya memoria dedicó su magistral elegía “A Teresa”, que de manera extemporánea introdujo como Canto II de El Diablo Mundo (1841), extenso poema narrativo de asunto fáustico. Esta suposición podría sustentarse en la similitud fónica del adjetivo “terso” -fem. “tersa”- con el nombre de Teresa y en que dicho adjetivo se halla al comienzo del primer verso del 2.º cuarteto, mientras que, curiosamente, el que cierra dicha estrofa comienza con la palabra “mancha”, apellido de la amada muerta. Lejos de nosotros pensar que dicha coincidencia fuera consciente o intencionada, pero los amantes de la poesía saben bien que coincidencias tales se les escapan a los poetas como el aire entre los dedos cuando se cierra la mano.

Todo ello, no obstante, el último verso del soneto, con su verbo en presente, es el epifonema que condensa no sólo el sentido del “envío poético” que el soneto es, sino también el de todo el libro a cuyo frente se halla. Y Blanca de Espronceda, aún una niña y ya huérfana de una madre de dudosa reputación -muy pronto lo sería también de padre- parece ser la más firme candidata a receptora del misterioso epíteto y de las quejas del “mal profundo” que angustiaba a su padre.


Gustavo Adolfo Bécquer, “Del salón en el ángulo oscuro”, de Rimas (1868)


Del salón en el ángulo oscuro,


de su dueña tal vez olvidada,
silenciosa y cubierta de polvo
veíase el arpa.

¡Cuánta nota dormía en sus cuerdas,


como el pájaro duerme en las ramas,
esperando la mano de nieve
que sabe arrancarlas!

¡Ay! - pensé- ¡cuántas veces el genio


así duerme en el fondo del alma,
y una voz, como Lázaro, espera
que le diga: «¡Levántate y anda!».

Rosalía de Castro, “Adiós, ríos; adiós, fontes”, de Cantares gallegos (1863)


Adiós, ríos; adios, fontes;


adios, regatos pequenos;
adios, vista dos meus ollos:
non sei cando nos veremos.

Miña terra, miña terra,


terra donde me eu criei,
hortiña que quero tanto,

figueiriñas que prantei,


prados, ríos, arboredas,
pinares que move o vento,

paxariños piadores,


casiña do meu contento,
muíño dos castañares,
noites craras de luar,
campaniñas trimbadoras,
da igrexiña do lugar,
amoriñas das silveiras
que eu lle daba ó meu amor,
camiñiños antre o millo,
¡adios, para sempre adios!
¡Adios groria! ¡Adios contento!
¡Deixo a casa onde nacín,
deixo a aldea que conozo
por un mundo que non vin!
Deixo amigos por estraños,
deixo a veiga polo mar,
deixo, en fin, canto ben quero...
¡Quen pudera non deixar!...
.........................................
Mais son probe e, ¡mal pecado!,
a miña terra n'é miña,
que hastra lle dan de prestado
a beira por que camiña
ó que naceu desdichado.
Téñovos, pois, que deixar,
hortiña que tanto amei,
fogueiriña do meu lar,
arboriños que prantei,

fontiña do cabañar.


Adios, adios, que me vou,
herbiñas do camposanto,
donde meu pai se enterrou,
herbiñas que biquei tanto,
terriña que nos criou.
Adios Virxe da Asunción,
branca como un serafín;
lévovos no corazón:
Pedídelle a Dios por min,
miña Virxe da Asunción.
Xa se oien lonxe, moi lonxe,
as campanas do Pomar;
para min, ¡ai!, coitadiño,
nunca máis han de tocar.
Xa se oien lonxe, máis lonxe
Cada balada é un dolor;
voume soio, sin arrimo...
¡Miña terra, ¡adios!, ¡adios!
¡Adios tamén, queridiña!...
¡Adios por sempre quizais!...
Dígoche este adios chorando
desde a beiriña do mar.
Non me olvides, queridiña,
si morro de soidás...
tantas légoas mar adentro...
¡Miña casiña!,¡meu lar!
http://www.youtube.com/watch?v=K_ZGqkFSc2Q

Rubén Darío, “Canción de otoño en primavera”, de Cantos de vida y esperanza (1905)


A Gregorio Martínez Sierra

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Plural ha sido la celeste


historia de mi corazón.
Era una dulce niña, en este
mundo de duelo y de aflicción.

Miraba como el alba pura;


sonreía como una flor.
Era su cabellera obscura
hecha de noche y de dolor.

Yo era tímido como un niño.


Ella, naturalmente, fue,
para mi amor hecho de armiño,
Herodías y Salomé...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Y más consoladora y más


halagadora y expresiva,
la otra fue más sensitiva
cual no pensé encontrar jamás.

Pues a su continua ternura


una pasión violenta unía.
En un peplo de gasa pura
una bacante se envolvía...

En sus brazos tomó mi ensueño


y lo arrulló como a un bebé...
Y te mató, triste y pequeño,
falto de luz, falto de fe...

Juventud, divino tesoro,
¡te fuiste para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

Otra juzgó que era mi boca


el estuche de su pasión;
y que me roería, loca,
con sus dientes el corazón.

Poniendo en un amor de exceso


la mira de su voluntad,
mientras eran abrazo y beso
síntesis de la eternidad;

y de nuestra carne ligera


imaginar siempre un Edén,
sin pensar que la Primavera
y la carne acaban también...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer.

¡Y las demás! En tantos climas,


en tantas tierras siempre son,
si no pretextos de mis rimas
fantasmas de mi corazón.

En vano busqué a la princesa


que estaba triste de esperar.
La vida es dura. Amarga y pesa.
¡Ya no hay princesa que cantar!

Mas a pesar del tiempo terco,


mi sed de amor no tiene fin;
con el cabello gris, me acerco
a los rosales del jardín...

Juventud, divino tesoro,
¡ya te vas para no volver!
Cuando quiero llorar, no lloro...
y a veces lloro sin querer...

¡Mas es mía el Alba de oro!
Antonio Machado, “Campos de Soria”, de Campos de Castilla (1912)


I

Es la tierra de Soria árida y fría.


Por las colinas y las sierras calvas,
verdes pradillos, cerros cenicientos,

la primavera pasa


dejando entre las hierbas olorosas
sus diminutas margaritas blancas.

La tierra no revive, el campo sueña.


Al empezar abril está nevada
la espalda del Moncayo;
el caminante lleva en su bufanda
envueltos cuello y boca, y los pastores
pasan cubiertos con sus luengas capas.

II


Las tierras labrantías,
como retazos de estameñas pardas,
el huertecillo, el abejar, los trozos
de verde obscuro en que el merino pasta,
entre plomizos peñascales, siembran
el sueño alegre de infantil Arcadia.

En los chopos lejanos del camino,


parecen humear las yertas ramas
como un glauco vapor ?las nuevas hojas?
y en las quiebras de valles y barrancas
blanquean los zarzales florecidos,
y brotan las violetas perfumadas.

III


Es el campo undulado, y los caminos
ya ocultan los viajeros que cabalgan
en pardos borriquillos,
ya al fondo de la tarde arrebolada
elevan las plebeyas figurillas,
que el lienzo de oro del ocaso manchan.

Mas si trepáis a un cerro y veis el campo


desde los picos donde habita el águila,
son tornasoles de carmín y acero,
llanos plomizos, lomas plateadas,
circuidos por montes de violeta,
con las cumbres de nieve sonrosado.

IV


¡Las figuras del campo sobre el cielo!

Dos lentos bueyes aran


en un alcor, cuando el otoño empieza,
y entre las negras testas doblegadas
bajo el pesado yugo,
pende un cesto de juncos y retama,
que es la cuna de un niño;

y tras la yunta marcha


un hombre que se inclina hacia la tierra,
y una mujer que en las abiertas zanjas
arroja la semilla.

Bajo una nube de carmín y llama,


en el oro fluido y verdinoso
del poniente, las sombras se agigantan.
V

La nieve. En el mesón al campo abierto


se ve el hogar donde la leña humea
y la olla al hervir borbollonea.

El cierzo corre por el campo yerto,


alborotando en blancos torbellinos
la nieve silenciosa.

La nieve sobre el campo y los caminos,


cayendo está como sobre una fosa.

Un viejo acurrucado tiembla y tose


cerca del fuego; su mechón de lana
la vieja hila, y una niña cose
verde ribete a su estameña grana.

Padres los viejos son de un arriero


que caminó sobre la blanca tierra,
y una noche perdió ruta y sendero,
y se enterró en las nieves de la sierra.

En torno al fuego hay un lugar vacío


y en la frente del viejo, de hosco ceño,
como un tachón sombrío
?tal el golpe de un hacha sobre un leño?.

La vieja mira al campo, cual si oyera


pasos sobre la nieve. Nadie pasa.

Desierta la vecina carretera,


desierto el campo en torno de la casa.

La niña piensa que en los verdes prados


ha de correr con otras doncellitas
en los días azules y dorados,
cuando crecen las blancas margaritas.
VI

¡Soria fría, Soria pura,


cabeza de Extremadura,
con su castillo guerrero
arruinado, sobre el Duero;
con sus murallas roídas
y sus casas denegridas!

¡Muerta ciudad de señores


soldados o cazadores;
de portales con escudos
de cien linajes hidalgos,
y de famélicos galgos,
de galgos flacos y agudos,
que pululan
por las sórdidas callejas,
y a la medianoche ululan,
cuando graznan las cornejas!

¡Soria fría! La campana


de la Audiencia da la una.
Soria, ciudad castellana
¡tan bella! bajo la luna.

VII


¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas
por donde traza el Duero
su curva de ballesta
en torno a Soria, obscuros encinares,
ariscos pedregales, calvas sierras,
caminos blancos y álamos del río,
tardes de Soria, mística y guerrera,
hoy siento por vosotros, en el fondo
del corazón, tristeza,
tristeza que es amor! ¡Campos de Soria
donde parece que las rocas sueñan,
conmigo vais! ¡Colinas plateadas,
grises alcores, cárdenas roquedas!...

VIII


He vuelto a ver los álamos dorados,
álamos del camino en la ribera
del Duero, entre San Polo y San Saturio,
tras las murallas viejas
de Soria ?barbacana
hacia Aragón, en castellana tierra?.

Estos chopos del río, que acompañan


con el sonido de sus hojas secas
el son del agua, cuando el viento sopla,
tienen en sus cortezas
grabadas iniciales que son nombres
de enamorados, cifras que son fechas.

¡Álamos del amor que ayer tuvisteis


de ruiseñores vuestras ramas llenas;
álamos que seréis mañana liras
del viento perfumado en primavera;
álamos del amor cerca del agua
que corre y pasa y sueña,
álamos de las márgenes del Duero,
conmigo vais, mi corazón os lleva!

IX


¡Oh, sí! Conmigo vais, campos de Soria,
tardes tranquilas, montes de violeta,
alamedas del río, verde sueño
del suelo gris y de la parda tierra,
agria melancolía
de la ciudad decrépita.

Me habéis llegado al alma,


¿o acaso estabais en el fondo de ella?

¡Gentes del alto llano numantino


que a Dios guardáis como cristianas viejas,
que el sol de España os llene
de alegría, de luz y de riqueza!
http://www.vmorales.es/Comentarios/Machado/comentario_de_VIII_Campos.pdf

Antonio Machado, “Proverbios y cantares”, XXIX, XLIV, de Campos de Castilla (1917)



    
        XXIX


  Despertad, cantores:
acaben los ecos,
empiecen las voces.
XLIV
  No desdeñéis la palabra;
el mundo es ruidoso y mudo,
poetas, sólo Dios habla
Juan Ramón Jiménez, “Álamo blanco”, de Canción (1936)

Arriba canta el pájaro
y abajo canta el agua.
(Arriba y abajo,
se me abre el alma).

¡Entre dos melodías,


la columna de plata!
Hoja, pájaro, estrella;
baja flor, raíz, agua.
¡Entre dos conmociones,
la columna de plata!
(¡Y tú, tronco ideal,
entre mi alma y mi alma!)

Mece a la estrella el trino,


la onda a la flor baja.
(Abajo y arriba,
me tiembla el alma).

Juan Ramón Jiménez, “Si yo, por ti, he creado un mundo para ti” (El nombre conseguido de



los nombres), de Dios deseado y deseante (1949)
Juan Ramón Jiménez, considerado por muchos el mayor poeta español del siglo XX, nació en Moguer (Huelva), y no perteneció propiamente a ninguna generación o escuela, aunque ciertos críticos afirman que se encuentra en la transición entre el Modernismo y la Generación del 27, en algunos de cuyos miembros ejerció un considerable magisterio.

Su trayectoria poética se inicia en el Simbolismo y el Modernismo, para ir acendrándose progresivamente y alcanzar su ideal de poesía desnuda, o pura.


Fue educado en un colegio de jesuitas, y posteriormente asistió a la Universidad de Sevilla. Publicó sus primeros poemas en revistas literarias de esta ciudad y Huelva, entre 1896-1898. Luego viajó a Madrid, invitado por los modernistas -especialmente por Rubén Darío-, quienes lo consideraban un "hermano". Habitó en la famosa Residencia de Estudiantes, donde conoció a Antonio Machado, poeta de similar categoría.
De naturaleza enfermiza y neurótica, junto con una exacerbada sensibilidad, dedicó toda su vida a la elaboración de su Obra, como él mismo la denominaba, haciendo de la poesía y de la belleza una verdadera religión. Recordamos títulos suyos principales en la lírica española, como Arias tristes, Diario de un poeta recién casado, Segunda antología poética, La estación total, con las canciones de la nueva luz, etc. En prosa escribió ensayos sobre poesía y estética, y un libro muy popular, adscrito al género del poema en prosa: Platero y yo.
La fecunda labor creativa de Juan Ramón Jiménez no hubiera sido posible sin la plena colaboración de una mujer excepcional: Zenobia Camprubí. Casada con él desde 1916, cuidará de su persona y su obra hasta la fecha de su muerte, en 1956, muy pocos días después de recibir Juan Ramón el Premio Nobel de Literatura. El poeta la sobrevivió únicamente año y medio. Ambos murieron en Puerto Rico, y están actualmente enterrados en Moguer, donde la casa de Juan Ramón Jiménez alberga un museo y una biblioteca.

LA OBRA

Dios deseado y deseante es la última obra de Juan Ramón Jiménez, que el poeta no llegó a dejar completamente terminada -si es que, debido a su insatisfacción e incesantes correcciones, llegó a concluir alguna. Recordemos que, en sus propias palabras, la Obra estaba siempre en marcha, y nunca colmaba del todo sus anhelos-.


No obstante, en su Tercera antología poética, publicada en 1957, se da un extracto de esta obra con treinta y seis poemas divididos en dos partes: I. Animal de fondo, que consta de veintinueve poemas; y II. Dios deseado y deseante, siete poemas que continúan en cierto sentido a la primera parte. Todos están escritos entre 1948 y 1949.
La importancia de este libro, aun inconcluso como está, es enorme, ya que, como el propio Juan Ramón afirmó, "contiene un ciclo completo de mi pensamiento". Además, según veremos, Dios deseado y deseante supone la culminación de la poesía entera del autor, en continua progresión, según hemos señalado al principio.
Hemos de reconocer, antes de nada, que nos hallamos ante un libro oscuro, uno de los libros más oscuros, seguramente, de la poesía española contemporánea. Pero también uno de los más intensos y lúcidos que persona alguna tenga la dicha de leer. En efecto, cuando se logra percibir su mensaje nos damos cuenta de que se trata de un libro de gran hondura lírica y, paradójicamente, aunque oscuro, de profunda transparencia. La experiencia inigualable que nos comunica es la salvación de la muerte a través de la estética, a través de la poesía, anhelo último del poeta. También el poeta inglés William Blake sostenía que el hombre había de redimirse no sólo por la ética, sino también por la inteligencia y la estética.
El año 1916, con el Diario de un poeta recién casado, constituye una fecha divisoria en su obra. A partir de ahí Juan Ramón Jiménez encuentra su madurez como persona y como artista, y su voz poética más plena y -cabe decir- auténtica. También podemos advertir desde este libro la recurrencia de un tema que viene a ser central, si bien presenta diversas modificaciones. Hay así una angustia determinada que asume las formas del temor a la muerte, el consuelo con la fama, el vacío, el deseo imperante de salvación...
Además de este tema, y a manera de compensación, se encuentran muchos poemas en los que el poeta nos habla de un vuelo, real o ficticio, símbolo explícito que indica el anhelo de trascendencia, de proyección espiritual. En estos poemas, muy frecuentemente, el alma llega a alcanzar un éxtasis en el cual se identifica con el objeto de su contemplación, y disfruta de un vislumbre de eternidad.
En los poemas que componen Dios deseado y deseante, tal sensación se hace más definida, más concreta, hasta el punto de dominar la escritura de esta obra. Puede decirse que el tema determinante del libro es el éxtasis como fin logrado, y su inefable goce. Así leemos, por ejemplo, en el segundo poema, "El nombre conseguido de los nombres":

  Si yo, por ti, he creado un mundo para ti,


dios, tu tenías seguro que venir a él,
y tú has venido a él, a mi seguro,
porque mi mundo todo era mi esperanza.

Este éxtasis, esta revelación de eternidad, le sobrevino al poeta durante el viaje en barco que realizó de Buenos Aires a Nueva York, al final del verano de 1948. Verse envuelto por completo en el azul del mar y del cielo le hizo experimentar, con más plenitud que nunca, la Belleza absoluta, y suscitó en él un intenso sentimiento de asombro y gozo que intentó plasmar en su libro.


Podemos, pues, afirmar, que Dios deseado y deseante surge de un anhelo místico que se ve al fin colmado. Pero al hablar de poesía mística no lo hacemos desde un punto de vista convencional -si puede existir convencionalismo en torno a la mística-, sino como algo absolutamente propio y personal del poeta. Él mismo expresó en las notas a la primera edición de Animal de fondo.

  "No es que yo haga poesía relijiosa usual; al revés, lo poético lo considero como profundamente relijioso, esa relijión inmanente sin credo absoluto que yo siempre he profesado.


Es decir, que la evolución, la sucesión, el devenir de lo poético mío ha sido y es una sucesión de encuentro con una idea de Dios."

El cariz de la experiencia que se vierte en esta obra es, más que místico, de índole panteísta: un sentirse identificado con el Todo, con lo Absoluto, y saber que la Belleza es Dios y que Dios es Belleza.


Existe, en efecto, una identificación del alma del poeta (lugar de residencia del dios deseado) con el entorno, el mundo exterior y su belleza -concretada en el cielo y en el mar, ambos espejo y reflejo de infinitud-, que es lo que denomina dios deseante, pues en realidad este mundo externo no le es ajeno, sino que forma parte de él. De esta manera se da una interacción poeta-mundo-poeta que es la raíz del sentir panteísta y que colma la vida y la obra en cuanto testimonio de esta experiencia única.
El poema nº 7, "Conciencia plena", lo sintetiza perfectamente:

  Tú me llevas, conciencia plena, deseante Dios,


por todo el mundo.
En este mar tercero,
casi oigo tu voz; tu voz del viento
ocupante total del movimiento;
de los colores, de las luces
eternos y marinos.

Tu voz de fuego blanco


en la totalidad del agua, el barco, el cielo,
lineando las rutas con delicia,
grabándome con fúljido mi órbita segura
de cuerpo negro
con el diamante lúcido en su dentro.

Vemos aquí al alma (lo personal) y al mundo (lo universal) ambos deificados, unidos y confundidos en el éxtasis. Se trata de un poema pletórico, donde abundan las expresiones "definitivas": conciencia plena, por todo el mundo, ocupante total, fuego blanco, totalidad del agua, órbita segura, diamante lúcido.


El poeta quiere adecuar así su lenguaje a la sensación que experimenta para poder transmitirla con la mayor fidelidad posible. Mas hemos de recordar que el trance místico es, por definición, inefable, y la palabra no llega a aprehender su misterio ni puede comunicarlo por completo. El mismo Juan Ramón afirmaba que en poesía no se puede decir plenamente, sino todo lo más sugerir.
En consecuencia, debe conformarse con intentar reproducir en el poema -y en el alma de sus lectores- esa sensación vivida. Pero como tal experiencia es inevitablemente personal, al tratar de fijarla se perderá sin remedio algo precioso, que es la esencia misma. Y el poeta, en la impotencia de su verbo, sólo podrá acercarnos a ella mediante símbolos, alusiones más o menos herméticas, veladas en mayor o menor grado.
Esta es la razón por la cual Dios deseado y deseante nos parece un libro difícil, oscuro, mas al mismo tiempo, como ese "diamante lúcido en su dentro", una vez comprendido su mensaje nos llena de claridad: una claridad sostenida en la fe absoluta en la Belleza, y así mismo de esperanza -a nosotros, lectores- de alcanzar esa comunión con el "Alma del Mundo", como decían los románticos alemanes, por medio de la eterna e inasible poesía.

Remo Ruiz
Doctor en Filología Hispánica por la UCM

Si yo, por ti, he creado un mundo para ti,

dios, tú tenías seguro que venir a él,

y tú has venido a él, a mí seguro,

porque mi mundo todo era mi esperanza.

Yo he acumulado mi esperanza

en lengua, en nombre hablado, en nombre escrito;

a todo yo le había puesto nombre

y tú has tomado el puesto

de toda está nombradía.

Ahora puedo yo detener ya mi movimiento,

como la llama se detiene en ascua roja

con resplandor de aire inflamado azul,

en el ascua de mi perpetuo estar y ser;

ahora yo soy ya mi mar paralizado,

el mar que yo decía, mas no duro,

paralizado en olas de conciencia en luz

y vivas hacia arriba todas, hacia arriba.

Todos los nombres que yo puse

al universo que por ti me recreaba yo,

se me están convirtiendo en uno y en un

dios.


El dios que es siempre al fin.

el dios creado y recreado y recreado

por gracia y sin esfuerzo.

El Dios. El nombre conseguido de los nombres.


Pedro Salinas, “El alma tenías”, de Presagios (1924)


El alma tenías


tan clara y abierta,
que yo nunca pude
entrarme en tu alma.
Busqué los atajos
angostos, los pasos
altos y difíciles....
A tu alma se iba
por caminos anchos.
Preparé alta escala
- soñaba altos muros
guardándote el alma -
pero el alma tuya
estaba sin guarda
de tapial ni cerca.
Te busqué la puerta
estrecha del alma,
pero no tenía,
de franca que era,
entradas tu alma.
¿En dónde empezaba?
¿Acababa, en dónde?
Me quedé por siempre
sentado en las vagas
lindes de tu alma.

Jorge Guillén, “Más allá”, de Cántico (1928)






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