Marchitas ya las juveniles flores


El cuarto «Cántico» de Jorge Guillén



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El cuarto «Cántico» de Jorge Guillén


Ricardo Gullón
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La publicación del cuarto Cántico de Jorge Guillén es uno de los más importantes sucesos de la poesía española contemporánea. Al cabo de cuatro ediciones llega a completarse esta admirable obra que de sesenta y cinco poemas, en 1928, ha pasado a trescientos treinta y cuatro en 1950. La edición actual se anuncia como la primera completa; el poeta considera conclusa la tarea emprendida treinta y un años antes, y dirige su esfuerzo en otras direcciones.

Cántico es un fruto lentamente madurado y ya en plenitud; plenitud conseguida del modo más natural. Esto no es una figura retórica sino exacto reflejo de la realidad. Los poemas surgieron obedeciendo a un impulso irresistible, a la necesidad de cantar el mundo en todos sus momentos, aspectos y dimensiones. El júbilo de ser y el júbilo de existir provocan el «cántico» del poeta, cristalizando en poesías que responden a múltiples incitaciones.

Diez mil versos para registrar las sensaciones de un hombre sin cesar deslumbrado por la maravilla de ser e incitado a proclamarla líricamente. Cántico aumentó, según señaló Casaduero al aparecer la tercera edición, como un árbol que por el normal desarrollo de su tronco y sus ramas va creciendo y ensanchándose hasta alcanzar su debido tamaño. Los nuevos poemas vienen a colmar los huecos existentes en el organismo previsto. Prodigio de equilibrio y de madurez, no importa demasiado, ahora que lo vemos completo y perfecto, discriminar cuáles fueron los primeros poemas y cuáles los últimos. La tarea sería curiosa y a propósito para poner en claro la evolución de Guillén, su tendencia a pasar de lo esencial a lo existencial, pero realmente en los versos de 1928 estaban anunciados los de 1950 y en el hombre de hoy sigue operante y actual el alma de ayer.

El volumen, compuesto a lo largo de seis lustros -1919-1950 son las fechas destacadas por el poeta- tiene sorprendente unidad. Por encima de los posibles cambios de acento y de tendencia, esa unidad de tono y de espíritu demuestra la firmeza de la posición vital y estética del poeta.

Eugenio Frutos, en un estudio reciente calificaba certeramente de «existencialismo jubiloso» la actitud guilleniana. Sí: las experiencias contenidas en sus poemas corresponden a vivencias propias, y precisamente surgen a través de la imagen justa, de la imagen útil para colmar la necesidad expresiva. Esas vivencias, como Frutos ha visto, funden lo que es con lo que existe: ser es existir y existir es ser, dinámicamente, activamente.

Los críticos de esta poesía destacan la significación que en ella tiene la palabra «ser». Moreno Villa lo señala y también la importancia del júbilo; Dámaso Alonso advierte: «no se puede comprender la poesía de Jorge Guillén sin darse cuenta de que su tema central, el que una y otra vez vuelve explícitamente a su verso, pero que de modo constante da unidad y sentido a toda la obra, es el tema del ser; el libro podría llamarse Cántico o "gozo del ser". De aquí que el tema sea a la par lo que da a la poesía de Guillén su entusiasmo, su sereno frenesí»; Jorge Guillén, dice Casalduero, «está cantando el ser. Ser y asombro de ser»; «quiere ser entre las cosas, viendo sus masas, su belleza o su imperfección», escribe Blecua, y precisa que este «ser» se deleita en la perfección del instante.

2

El cuarto Cántico conserva la estructura de los dos anteriores. Cinco partes, tituladas Al aire de tu vuelo, Las horas situadas, El pájaro en la mano, Aquí mismo y Pleno ser, tres de las cuales -primera, tercera y quinta- se subdividen en tres o cinco grupos cada una. En la edición presente los poemas antiguos han recibido distinta ordenación y los nuevos se mezclan con ellos, encuadrándose en diferentes lugares dentro de las partes a que corresponden.

Registra una novedad considerable: los títulos de los poemas, tanto en el cuerpo de la obra como en el índice, van impresos con tipos de vario tamaño. Y en libro tan trabajado y construido esta diferencia no puede sino tener un sentido que, en mi opinión, consiste en señalar los puntos cruciales, apuntando las líneas de fuerza que al poeta le importa destacar. Ni en los grupos de sonetos y décimas, ni en los demás de la tercera parte, subraya Guillén composición alguna, aun cuando sí altera el orden con que figuraban en la edición anterior.

Cierto número de poemas últimos corresponde a lo que pudiéramos llamar el ciclo familiar, notorio en el tercer Cántico y ahora emergente en todos los apartados de la obra. Resultaría aleccionador seguir a lo largo de ella la corriente que revela el sentimiento suscitado en Guillén por la contemplación de los juegos y andanzas del «feliz insensato», del nieto. Pues en esa corriente va disuelto el corazón de aquél, el claro impulso apasionado que le vincula a la vida.

Los Arranques, encantadores de movimiento y naturalidad, describen al niño en la naturaleza, junto al mar o en la hierba. El niño es un grito, suma exaltación de la vida, catarata:







Precipitándose corre










con tumulto de roturas










una alegría que cae










de bruces sobre la espuma.








una fuerza de deleitosa de contemplar, pues en la alegría del niño siente el poeta confirmado el placer de estar en la vida, la codicia por las excelentes cosas que la criatura desearía acumular: campo, cielo, mar... La autenticidad del minúsculo personaje se revela mejor que en nada en sus juegos y por eso Guillén recoge instantáneas en cuya gracia intuye secretos. Feliz insensato es la descripción de un vuelo gratuito y puro por el cielo cándido de la incansable niñez que en su debilidad se basta.








Vive con tu fe,










ríe sin porqué.








La delicia de inventar el mundo, de descubrirlo, es una de las constantes del sentimiento jubiloso de Guillén. Y la vida del niño es un incesante descubrimiento, una revelación de armonías que son claridades. En dos de las décimas ahora incluidas, se apunta la revelación del espíritu en los labios, en los ojos, en la actitud expectante de la criatura. El travieso diablillo está presente en Cántico y le sentimos en constante diálogo con «el autor», es decir, con el abuelo; diálogo humanísimo y eterno, renovado en la expresión, que alcanza la intensidad y la concentración habituales en Guillén.



3

De vez en cuando, cadáver insepulto, reaparece en «ensayos» y artículos polémicos la acusación que desde hace veinticinco años suele formularse contra esta poesía como contra la de casi todos los poetas de la generación de 1925: «la deshumanización». Acusación injusta. Pocas obras contemporáneas tan humanas y humanizadas, tan henchidas de ese fervor que desborda del corazón y sin perder calor cordial cristaliza en poemas de diamantina sinceridad.

La retórica convencional con que suele disimularse la ausencia de sentimiento verdadero, quedó desplazada por este viril amor del hombre al mundo y las criaturas, exaltado por la contemplación del nieto cuya peripecia cotidiana observa con limpio entusiasmo. Da rubor insistir sobre verdades tan obvias, pero los errores tienen la piel dura y es menester combatirlos con perseverancia. Álcese el lector hasta el clima de Cántico y advertirá que estos poemas son resultado de una experiencia directamente ligada a la realidad.

Veamos, por ejemplo, el poema titulado Luz natal. La experiencia es sencillamente esta: el poeta, vuelto a la patria, se sitúa frente a la llanura castellana, en un punto delimitado por breve referencia geográfica. Junto a Valladolid, en la luz de Castilla, se siente en plenitud y reflexiona sobre el entrecruzarse de las sangres, venidas








¿Desde dónde hacia dónde?








Las generaciones y el tiempo; la deuda a los padres y alegría de ser bajo este cielo, en esta lengua e historia. En la luz natal el poeta se advierte entero y verdadero, y salvando el abismo canta su lealtad a la tierra.

Canta y afirma una vez más, con plena fe, la vida:







Que los muertos entierren a sus muertos,










jamás a la esperanza.










Es mía, será vuestra,










aquí, generaciones.










¡Cuántas, y juveniles,










pisarán esta cumbre que yo piso!








Pinares, trigales, chopos... y la Primavera. Si en el curso del poema surgen imágenes torvas, recuerdos mal venidos, el poeta, tras mirarlos cara a cara, no negándolos, sino afirmándose y afirmando su esperanza, a pesar de ellos, vuelve a su optimismo vital, a la convicción de que la vida seguirá en la alegría y la esperanza.

Este examen de conciencia efectuado a la luz de Castilla, oculta su patetismo en la fluidez y en la tersura del lenguaje; una exclamación o un interrogante bastan para expresar la emoción; una simple repetición del pronombre yo, la segunda vez entre signos de interrogación, sugiere el asombro por el venturoso azar de haber nacido allí y entonces.

Este sentimiento, justamente por no ser exclusivo, cuando logra (como en este caso) una expresión coherente y sencilla, puede ser muy significativo. La vida es un don:








. . . . . . . . . . . . . . . ¡Regalo!










Regalo para quien










¡ah! nada merecía,










no era nada ni nadie.









tal don de la existencia, de la energía recibida del padre y transmitida al hijo (o a la obra). Consciente de su existir lanza ese Gracias que más de una vez vibra en Cántico. Gracias a la vida y al Creador que la otorga.

La permanente voluptuosidad contempladora de Guillén reaparece en Tiempo libre, poema extenso situado entre dos espléndidos cantos de amor: Anillo y Sol en la boda (éste también nuevo). Tiempo acaso de vacación, acaso disfrutado en el campus de algún college americano. Si el aire de Castilla le lleva a una densa meditación sobre el ser en el tiempo, la estirpe y el espacio, la naturaleza extranjera, vigilada y dirigida con mano hábil y prudente, le incita a la contemplación desinteresada de la belleza, a entregarse al puro goce de ver. No sería difícil apuntar algunas consideraciones sobre los cambios, sutiles cambios de actitud, determinados en el espíritu del poeta por el distinto paisaje contemplado.

El poeta se sabe parte del mundo y el mundo le colma de evidencias (evidencias, verdores, es decir, verdores, evidencias), de hermosura esplendente, que él acierta a retener con segura intuición de lo más bello. Hervor de vida:








En las tan entregadas










corolas










se zambullen avispas, abejorros,










y con todo el grosor










menudo de su cuerpo










-venid-










pesadamente sobre los estambres










gravitan










durante unos segundos exquisitos.









Nótese la palabra: exquisitos. Avispas, libélulas, flores, hierbas, el agua con sus habitantes. Es verano y la clara tarde niega el misterio:








Veo bien, no hay fantasmas,










no hay tarde vaporosa para fauno.









Las presencias son en la luz estival rotundas y luminosas. Si hay enigma está en el agua del estanque, cuando el espectador se asoma a ella buscando su imagen -conato de fantasma-, en el cambiante espejo. En la poesía de Guillén los enigmas son corteses (recuérdese Más allá); los fantasmas, conocidos, y el contemplarlos, risible, porque no ignoramos su verdadera sustancia. En este poema proclama la creencia en la realidad del ser, en una realidad que consiste en estar y vivir en el mundo, y rechaza el espectro descarnado que el estanque le brinda:








¡No! Así yo no me acepto.










Yo soy, soy... ¿Cómo? Donde estoy: contigo,










mundo, contigo. Sea tu absoluta










compañía siempre.










¿Yo soy?










Yo estoy.








Creo que el existencialismo guilleniano nunca se afirma de modo más tajante. Aquí con nuevo matiz: el poeta refleja el mundo, es espejo de la creación y, gracias al mundo, «es» más íntegramente, vive el esplendor de la tarde y lo ama con intensidad -reflejar es amar-. La presencia de las muchachas, de las flores, del bosque, son dádivas. Los encantos del mundo encuentran eco extasiado en el alma de quien al recibirlos se les entrega:








Soy vuestro aficionado, criaturas.








Los murmullos de arboledas y aguas vivas son en esta poesía señales de sosiego, de vida propia y enteramente humana, de vida en claro. Quizá en Cántico no hay poema tan revelador como el recién incorporado: Noche del caballero. La cita del capítulo 20 de la primera parte del Quijote nos enseña que el caballero es el soñador manchego, y la noche, la transcurrida junto a los batanes. La elección del tema está cuidadosamente realizada, pues en ese episodio muestra Cervantes cómo el alba, iluminando las cosas, las restituye su forma, su verdadero ser. Renuente a la aceptación del misterio, la poesía de Guillén surge con ansia de claridad, traspasada de luz, porque la inteligencia del autor no acepta lo confuso, lo turbio, lo inhumano.



4

Poesía humanísima, hecha desde el hombre y para el hombre, informada por una exigencia de transparencia que rechaza las sombras. Con ánimo jubiloso afronta la penumbra, y a su paso el bosque se disuelve en frondas, aromas, brisas... Y quizá, quizá








Si no velase ahora el ya elegido









podrían triunfar en la noche los pavores. Pues acaso haya en la sombra un adversario, un enemigo. La noche cerrada se abre por la decisión del caballero, del alma para quien la soledad es descanso y que en vez de negar lo extraño, admitiéndolo, se resuelve a buscarlo. ¿No hay una suposición, una admisión del misterio como posible, en quien lo combate? Algún día será preciso examinar despacio los poemas de Cántico y ver si no quedan en ellos vestigios de una actitud distinta de la predominante. Sin duda, la mentalidad de Guillén tiende a lo claro, a lo ordenado, a lo jubiloso; sin duda, su mundo es de una coherencia sin par, mas, justamente por eso, los indicios (indicios minúsculos) que puedan revelar zonas de la conciencia no sometidas a la disciplina mental del poeta, deberán ser analizados escrupulosamente.

En Ariadna, Ariadna habla de un caos, pero fecundo; en Más allá, de enigmas «corteses», pero enigmas. Ya sé que todo el poema está escrito en otro sentido, mas importa notar las expresiones que testimonian en dirección contraria a la manifiesta. Noche del caballero hace pensar en esa posible exploración del misterio dentro de una poesía que lo niega, pero que lo niega cuando interviene el ánimo dilucidador, no objetivamente. Lo central del poema es el caballero que domina la noche, la convoca y atrae a su puño; la discordancia, el contratiempo







lo atajará quien vela.








Entre los cuatro sonetos ahora incorporados al volumen encuentro uno, Con el duende, que fortalece la tesis apuntada. Todo el lado nocturno de la vida -desorden y la angustia son, desde luego, oscuros para este poeta implica la presencia de un duende, una compañía secreta que incita a cantar.

No puedo estimar ahora tal aspecto de la creación guilleniana; antes de concluir este rápido examen de la última edición de su magna opus sólo quiero llamar, la atención sobre otra de las piezas nuevas: el gracioso Aire bailado, publicado en esta revista hace pocos meses. El Guillén más dinámico, libre, alígero, dibujó en las sueltas estrofas de la composición:







Parejas... Y prorrumpen.










Del aire en conmoción emergen










-no de mágica nube-










los cuerpos de la música,










y por su gloria alzados y ya ilustres,










pasan, giran, fugaces.










. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .










Ese ritmo es ya línea.








La delicia del baile es otra manifestación del goce de vivir, del complacerse en vivir. El verso, dividido por los signos de puntuación -pasan, giran, fugaces-, expresa con la concentración necesaria las gracias del baile, cuando las parejas valsan bajo las resplandecientes arañas y las figuras de los bailarines se multiplican en los espejos. El verso tiene un ritmo que, especialmente en las partes centrales del poema, es reflejo del baile descrito.

Aparece Aire bailado en la cuarta parte de Cántico, en la titulada Aquí mismo, que es donde noto mayores y más sustanciales aumentos. Catorce poemas, entre los cuales figuran fragmentos tan importantes como Luz natal, El infante, Vario mundo, Vida extrema, Las cuatro calles, Noche del caballero... Faltan, en cambio, cinco de los incluidos en la tercera edición: Aire de mar a tierra, Una ventana, El horizonte, Entre las soledades y Una puerta (los cuatro últimos pasaron al grupo de Las horas situadas).

Explicar, siquiera sumariamente, estas transformaciones exigiría espacio de que no dispongo. Baste señalar cómo el rigor guilleniano no ha cedido un ápice y se mantiene hoy, sobre la obra hecha, tan vigilante y exigente como treinta años atrás.


Gerardo Diego, “Río Duero, río Duero”, de Soria (1923)

Río Duero, río Duero,
nadie a acompañarte baja,
nadie se detiene a oír
tu eterna estrofa de agua.

Indiferente o cobarde,


la ciudad vuelve la espalda.
No quiere ver en tu espejo
su muralla desdentada.

Tú, viejo Duero, sonríes


entre tus barbas de plata,
moliendo con tus romances
las cosechas mal logradas.

Y entre los santos de piedra


y los álamos de magia
pasas llevando en tus ondas
palabras de amor, palabras.

Quién pudiera como tú,


a la vez quieto y en marcha,
cantar siempre el mismo verso,
pero con distinta agua.

Río Duero, río Duero,


nadie a estar contigo baja,
ya nadie quiere atender
tu eterna estrofa olvidada,

sino los enamorados


que preguntan por sus almas
y siembren en tus espumas
palabras de amor, palabras.

 Federico García Lorca, “La luna vino a la fragua”, de Romancero gitano (1927)





Romance de la luna, luna

A Conchita García Lorca

La luna vino a la fragua
con su polisón de nardos.
El niño la mira, mira.
El niño la está mirando.

En el aire conmovido


mueve la luna sus brazos
y enseña, lúbrica y pura,
sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.


Si vinieran los gitanos,
harían con tu corazón
collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.


Cuando vengan los gitanos,
te encontrarán sobre el yunque
con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,


que ya siento sus caballos.

Niño, déjame, no pises


mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba


tocando el tambor del llano.
Dentro de la fragua el niño,
tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,


bronce y sueño, los gitanos.
Las cabezas levantadas
y los ojos entornados.
Cómo canta la zumaya,
¡ay, cómo canta en el árbol!
Por el cielo va la luna
con un niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,


dando gritos, los gitanos.
El aire la vela, vela.
El aire la está velando.

Federico García Lorca, “Ciudad sin sueño”, de Poeta en Nueva York (1929-30, publicado en 1940)









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