Marguerite yourcenar o la forma de la historia 3 primera parte la vida errante 11



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PRIMERA PARTE
LA VIDA ERRANTE


Nee certam sedem, nee propriam faciem, nee munus ullun peculiare tibi dedimus, o Adam, ut quam sedem, quam faciem, quae muñera tute optaveris, ea, pro voto, pro tua sententia, habeas et possideas. Definiita ceteris natura intra praescriptas a nobis leges coercetur. Tu, nullis angustiis coercitus, pro tuo arbitrio, in cuius manu te posui, tibi illam praefinies. Medium te mundi posui, ut circumspiceres inde commodius quicquid est in mundo. Nec te caelestem ñeque terrenum, ñeque mortalem ñeque immortalem fecimus, ut tui ipsius quasi arbitrarius honorariusque plastes et fictor, in quam malueris tute formam effingas...

PICO DE LA MIRANDOLA



Oratio de hominis dignitate

No te he dado ni rostro, ni lugar alguno que sea propiamente tuyo, ni tampoco ningún don que te sea particular, ¡oh Adán!, con el fin de que tu rostro, tu lugar y tus dones seas tú quien los desee, los conquiste y de ese modo los poseas por ti mismo. La Naturaleza encierra a otras especies dentro de unas leyes por mí establecidas. Pero tú, a quien nada limita, por tu propio arbitrio, entre cuyas manos y o te he entregado, te defines a ti mismo. Te coloqué en medio del mundo para que pudieras contemplar mejor lo que el mundo contiene. No te he hecho ni celeste, ni terrestre, ni mortal, ni inmortal, a fin de que tú mismo, libremente, a la manera de un buen pintor o de un hábil escultor, remates tu propia forma...

EL CAMINO REAL


Henri-Maximilien Ligre proseguía, a pequeñas etapas, su camino hacia París.

De las contiendas que oponían al Rey y al Emperador, lo ignoraba todo. Únicamente sabía que la paz, que databa tan sólo de unos meses, empezaba ya a deshilacharse como un traje usado durante mucho tiempo. Para nadie era un secreto que François de Valois seguía echándole el ojo al Milanesado, como un amante desafortunado a su hermosa; se sabía de buena tinta que trabajaba calladamente para equipar y reunir, en las fronteras del duque de Saboya, un ejército flamante, encargado de ir a Pavía para recoger sus espuelas perdidas. Mezclando retazos de Virgilio con las escuetas narraciones de viajes de su padre el banquero, Henri-Maximilien imaginaba, más allá de los montes acorazados de hielo, filas de caballeros que bajaban hacia unas extensas y fértiles tierras, tan hermosas como un sueño: llanuras rojizas, fuentes borbotantes en donde beben blancos rebaños, ciudades cinceladas como arquetas, rebosantes de oro, de especias y de cuero repujado, ricas como almacenes, solemnes como iglesias; jardines llenos de estatuas, salas repletas de valiosos manuscritos; mujeres vestidas de seda, amables con el gran capitán; toda clase de refinamientos en la pitanza y la orgía, y encima de mesas de plata maciza, dentro de frasquitos de cristal de Venecia, el aterciopelado brillo de la malvasía.

Unos días antes, había abandonado sin gran disgusto su casa natal de Brujas y su porvenir de hijo de mercader. Un sargento cojo, que se alababa de haber servido en Italia en tiempos de Carlos VIII, le había remedado una noche sus gloriosas hazañas y descrito a las mozas y sacos de oro a los que echaba mano al saquear las ciudades. Henri-Maximilien le había pagado sus fanfarronadas con un vaso de vino en la taberna. De regreso a casa, se había dicho que ya era hora de comprobar por sí mismo lo redondo que es el mundo. El futuro condestable dudó si se enrolaría en las tropas del Emperador o en las del Rey de Francia; acabó por jugarse la decisión a cara o cruz; el Emperador perdió. Una sirvienta propaló sus preparativos de marcha. Henri-Juste asestó primero unos cuantos puñetazos al hijo pródigo y luego, calmándose al contemplar a su hijo menor, que se paseaba por la alfombra de la sala con su faldón largo, deseó socarronamente a su hijo mayor que le soplara un buen viento de popa en la compañía de los locos franceses. Un poco de amor paternal y un mucho de vanagloria, por afán de probarse a sí mismo cuan grande era su influencia, le hicieron prometerse que escribiría a su debido tiempo a su agente en Lyon, Maese Muzot, para que recomendase a aquel hijo indomable al almirante Chabot de Brion, quien tenía deudas con la Banca Ligre. Por mucho que Henri-Maximilien pretendiera sacudirse el polvo del mostrador familiar, no en balde se es hijo de un hombre que puede subir o bajar el precio de los productos, y que concede préstamos a los príncipes. La madre del héroe en ciernes le llenó la bolsa de vituallas y le dio a escondidas dinero para el viaje.

Al pasar por Dranoutre, en donde su padre poseía una casa de campo, persuadió al intendente para que le dejara cambiar su caballo, que empezaba ya a cojear, por el más hermoso animal que había en las cuadras del banquero. Lo vendió en cuanto llegó a Saint-Quentin, en parte porque aquel magnífico caballo hacía aumentar como por encanto las cuentas que en la pizarra escribían los taberneros y en parte porque su lujosa montura le impedía gozar a su gusto de las alegrías que da el ancho camino. Para que le durase algo más su peculio, que se le escurría de entre los dedos más aprisa de lo que hubiera querido, comía, en compañía de los carreteros, el tocino rancio y los garbanzos de las más ruines posadas y por las noches dormía encima de la paja; mas perdía de buen grado en rondas y en naipes todo lo que había economizado en el alojamiento. De cuando en cuando, en alguna que otra granja aislada, una viuda caritativa le ofrecía su pan y su cama. No se olvidaba de las buenas letras y se había llenado los bolsillos con unos libritos encuadernados en piel, tomados como anticipada herencia de la biblioteca de su tío, el canónigo Bartholommé Campanus, que coleccionaba libros. A mediodía, tendido en un prado, se reía a carcajadas de una chanza latina de Marcial o también, soñador, mientras escupía melancólicamente en el agua de un estanque, imaginaba a una dama discreta y prudente a quien él dedicaría su alma y su vida en unos sonetos al estilo de Petrarca. Se quedaba medio dormido; sus zapatos apuntaban al cielo como torres de iglesia; las matas altas de avena le parecían una compañía de lansquenetes con blusones verdes; una amapola se convertía en una hermosa muchacha con la falda arrugada. En otros momentos, el joven gigante se casaba con la tierra. Lo despertaba una mosca, o bien el bordón del campanario de una aldea. Con el gorro caído sobre la oreja, unas briznas de paja en sus cabellos amarillos y un rostro largo y anguloso, todo nariz, bermejo por efectos del sol y del agua fría, Henri-Maximilien caminaba alegremente hacia la gloria.

Bromeaba con los que pasaban por allí y se informaba de las noticias. Desde la etapa de La Fère, un peregrino lo precedía por el camino a una distancia de unas cien toesas. Iba deprisa. Henri-Maximilien, aburrido por no tener con quién hablar, apretó el paso.

—Orad por mí en Compostela —dijo el jovial flamenco.

—Habéis acertado: allí voy —contestó el otro.

Volvió la cabeza bajo el capuchón de estameña marrón y Henri-Maximilien reconoció a Zenón.

Aquel muchacho flaco, de cuello largo, parecía haber crecido por lo menos la medida de un codo desde la última aventura que ambos habían corrido en la feria de otoño. Su hermoso rostro, tan pálido como siempre, parecía atormentado y en su forma de andar había una especie de hosca precipitación.

—¡Salud, primo! —dijo alegremente Henri-Maximilien—. El canónigo Campanus os ha estado esperando todo el invierno en Brujas; el Rector Magnífico en Lovaina se arranca las barbas por vuestra ausencia y vos reaparecéis así, a la vuelta de un mal camino, como alguien a quien no quiero nombrar.

—El Abad Mitrado de Saint-Bavon de Gante me ha encontrado un empleo —dijo Zenón con prudencia—. ¿No es acaso un protector confesable? Pero contadme más bien por qué andáis haciendo de pordiosero por los caminos de Francia.

—Puede que tengáis vos algo que ver en ello —respondió el más joven de los dos viajeros—. He dejado plantados los negocios de mi padre lo mismo que vos la Escuela de Teología. Pero ahora que os veo pasar de un Rector Magnífico a un Abad Mitrado...

—Bromeáis —dijo el clérigo—. Siempre se empieza por ser el famulus de alguien.

—Antes prefiero llevar el arcabuz —dijo Henri-Maximilien.

Zenón le echó una mirada de desprecio.

—Vuestro padre es lo bastante rico como para compraros una compañía de lansquenetes del César Carlos —dijo—, en el caso en que ambos estéis de acuerdo en pensar que el oficio de las armas es una ocupación conveniente para un hombre.

—Los lansquenetes que mi padre podría comprarme me gustan tan poco como a vos las prebendas de vuestros abates —replicó Henri-Maximilien—. Y, además, sólo en Francia puede uno servir bien a las damas.

La broma cayó en el vacío. El futuro capitán se detuvo para comprar un puñado de cerezas a un campesino. Ambos se sentaron a la orilla de un talud para comer.

—Heos aquí disfrazado de necio —dijo Henri-Maximilien, mientras observaba con curiosidad los hábitos del peregrino.

—Sí —dijo Zenón—. Pero ya estaba harto de abrevarme en los libros. Prefiero deletrear algún texto con vida: mil cifras romanas y árabes; caracteres que tan pronto corren de izquierda a derecha, como los de nuestros escribas, tan pronto de derecha a izquierda, como los de los manuscritos de Oriente. Tachaduras que son la peste o la guerra. Rúbricas trazadas con sangre roja. Y en todas partes signos, y aquí y allá, manchas aún más extrañas que los signos... ¿Puede haber algún hábito más cómodo que éste para hacer camino pasando inadvertido...? Mis pies vagan por el mundo como un insecto entre las páginas de un salterio.

—Muy bien —dijo distraídamente Henri-Maximilien—. Mas ¿por qué ir hasta Compostela? No puedo imaginaros sentado entre frailes gordos y cantando con la nariz.

—¡Huy! —dijo el peregrino—. ¿Qué me importan a mí esos gandules y esos becerros? Pero el prior de los Jacobitas de León es aficionado a la alquimia. Mantenía correspondencia con el canónigo Bartholommé Campanus, nuestro buen tío e insípido idiota, que en ocasiones se aventura, como sin querer, hasta los límites prohibidos. El abad de Saint-Bavon también le escribió, disponiéndolo a que me enseñe lo que sabe. Pero tengo que darme prisa, porque ya es viejo. Temo que pronto olvide su saber y se muera.

—Os alimentará con cebolla cruda y os hará espumar su sopa de cobre especiada con azufre. ¡Que os aproveche! Yo espero conquistar, con menos trabajo, mejores pitanzas.

Zenón se levantó sin contestar. Entonces, Henri-Maximilien dijo, mientras escupía los últimos huesos de cerezas por el camino:

—La paz se tambalea, hermano Zenón. Los príncipes se arrancan los países igual que los borrachos se disputan los platos en la taberna. Aquí, la Provenza, pastel de miel; allá, el Milanesado, pastel de anguilas. Puede que de todo esto caiga alguna migaja de gloria que llevarme a la boca.

Ineptissima vanitas —repuso con sequedad el joven clérigo—. ¿Os sigue importando el viento que de bocas sale?

—Tengo dieciséis años —dijo Henri-Maximilien—. Dentro de otros quince, ya veremos si por casualidad me he convertido en un Alejandro. Dentro de treinta años se sabrá si valgo o no tanto como el difunto César. ¿Acaso voy a pasarme la vida midiendo paños en una tienda de la rue aux Laines? La cuestión es ser un hombre.

—He cumplido veinte años —calculó Zenón—. Poniéndome en el mejor de los casos, tengo por delante de mí cincuenta años de estudio antes de que este cráneo se convierta en calavera. Quedaos con vuestros humos y vuestros héroes de Plutarco, hermano Henri. En cuanto a mí, quiero ser más que un hombre.

—Yo voy hacia los Alpes —dijo Henri-Maximilien.

—Yo —dijo Zenón—, hacia los Pirineos.

Ambos callaron. El camino llano, bordeado de álamos, extendía ante ellos un fragmento del libre universo. El aventurero del poder y el aventurero del saber caminaban uno al lado de otro.

—Mirad bien —continuó Zenón—. Más allá de aquel pueblo, hay otros pueblos; más allá de aquella abadía, otras abadías, más allá de esta fortaleza, otras fortalezas. Y en cada uno de esos castillos de ideas, de esas chozas de opiniones superpuestas a las chozas de madera y a los castillos de piedra, la vida aprisiona a los locos y abre un boquete para que escapen los sabios. Más allá de los Alpes está Italia. Más allá de los Pirineos, España. Por un lado, el país de La Mirandola; por el otro, el de Avicena. Y más lejos, el mar, y más allá del mar, en las otras orillas de la inmensidad, Arabia, Norea, la India, las dos Américas. Y por doquier los valles en donde se recogen las plantas medicinales, las rocas en donde se esconden los metales, que simbolizan cada momento de la Gran Obra, los grimorios depositados entre los dientes de los muertos, los dioses que ofrecen sus promesas, las multitudes en que cada hombre se cree el centro del universo. ¿Quién puede ser tan insensato como para morir sin haber dado, por lo menos, una vuelta a su cárcel? Ya lo veis, hermano Henri, soy en verdad un peregrino. El camino es largo, pero yo soy joven.

—El mundo es grande —dijo Henri-Maximilien.

—El mundo es grande —aprobó gravemente Zenón—. Quiera Aquel que acaso Es dilatar el corazón humano a la medida de toda la vida.

Y de nuevo callaron. Al cabo de un momento, Henri-Maximilien, dándose un golpe en la cabeza, se echó a reír.

—Zenón —le dijo—, ¿os acordáis de vuestro compañero Colas Gheel, el hombre aficionado a las jarras de cerveza, hermano vuestro según San Juan? Ha dejado la fábrica de mi buen padre en donde, por cierto, los obreros se mueren de hambre y ha regresado a Brujas. Se pasea por las calles, con un rosario en la mano, mascullando padrenuestros por el alma de su Thomas, a quien vuestras máquinas trastornaron el juicio, y os trata de sostén del Diablo, de Judas y de Anticristo. En cuanto a su Perrotin, nadie sabe dónde está; Satán se lo habrá llevado.

Una fea mueca deformó el rostro del joven clérigo, envejeciéndolo.

—Todo eso son patrañas —comentó—. Olvidemos a esos ignorantes. Sólo son lo que son: carne bruta que vuestro padre transforma en oro, del que heredaréis algún día. No me habléis ni de máquinas, ni de cuellos rotos y yo no os hablaré de yeguas extenuadas, en fianza del chalán de Dranoutre, ni de mozas embarazadas, ni de los barriles de vino que desfondasteis el pasado verano.

Henri-Maximilien, sin contestar, silbaba distraídamente una canción de aventurero. Ya no hablaron más que del estado de los caminos y del precio de las posadas.

Se separaron al llegar a la siguiente encrucijada. Henri-Maximilien escogió el camino real. Zenón tomó un camino secundario. Bruscamente, el más joven de los dos volvió sobre sus pasos, alcanzó a su compañero y le puso la mano en el hombro:

—Hermano —dijo—, ¿os acordáis de Wiwine, aquella mocita pálida a la que defendíais cuando nosotros, que éramos unos golfos, le pellizcábamos las posaderas al salir del colegio? Dice que os ama. Pretende hallarse unida a vos por una promesa; hace algunos días rechazó los ofrecimientos de un regidor. Su tía la abofeteó, y la tiene a pan y agua, pero ella resiste. Os esperará, según dice, si es necesario hasta el fin del mundo.

Zenón se detuvo. Algo indefinible pasó por su mirada y se perdió en ella, como la humedad de un vapor en un brasero.

—Tanto peor para ella —dijo—. ¿Qué hay de común entre esa niña abofeteada y yo? Otro me espera en otra parte y a él voy.

Y se puso de nuevo en marcha.

—¿Quién os espera? —preguntó Henri-Maximilien estupefacto—. ¿El prior de León, el desdentado ese?

Zenón se dio la vuelta:

Hic Zeno—dijo—. Yo mismo.

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