Marguerite yourcenar o la forma de la historia 3 primera parte la vida errante 11



Descargar 0.89 Mb.
Página4/24
Fecha de conversión15.09.2017
Tamaño0.89 Mb.
1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   24

OCIO VERANIEGO


Aquel verano, un poco antes de agosto, Zenón marchó como todos los años a saturarse de verdor en la casa de campo del banquero. Esta vez no fue, como en otras ocasiones, a la tierra que Henri-Juste poseía desde siempre en Kuypen, en la comarca de Brujas: el hombre de negocios había adquirido la propiedad de Dranoutre, entre Audenarde y Tournai, así como la antigua casa señorial que en ella se encontraba, restaurada tras la partida de los franceses. Había renovado aquella mansión en un estilo más de moda, con plintos y cariátides de piedra. El grueso Ligre se lanzaba, cada vez con mayor frecuencia, a comprar fincas rústicas, que acreditan casi arrogantemente la riqueza de un hombre, y hacen de él, en caso de peligro, un burgués perteneciente a más de una ciudad. En Tournaisis, redondeaba palmo a palmo las tierras de su mujer Jacqueline; cerca de Amberes, acababa de comprar la propiedad de Gallifort, anejo espléndido a su comercio de la plaza de Saint-Jacques en donde operaba ya, en compañía de Lazarus Tucher. Gran Tesorero de Flandes, propietario de una refinería de azúcar en Maestricht y de otra en las Canarias, recaudador de impuestos en la aduana de Zelanda, propietario del monopolio de alumbre para las regiones bálticas, garante por un tercio, junto con los Fugger, de las rentas de la Orden de Calatrava, Henri-Juste se codeaba cada vez con más frecuencia con los poderosos de este mundo: la Regente de Malinas lo ponía en un pedestal; el señor de Croy, que le debía trece mil florines, había consentido recientemente en apadrinar al hijo recién nacido del mercader, y ya se había fijado la fecha, de acuerdo con Su Excelencia, para celebrar en su morada de Roeulx la fiesta del bautizo. Aldegonde y Constance, las dos hijas aún muy jovencitas del gran hombre de negocios, llevaban ya cola en sus vestidos.

Su pañería de Brujas no representaba, para Henri-Juste, más que una empresa caduca, que se veía obligada a soportar la competencia de sus propias importaciones de brocados de Lyon y de terciopelos de Alemania. Acababa de instalar, en los alrededores de Dranoutre, en el corazón de la tierra llana, unos talleres rurales, en donde ya no le importunaban con los impuestos municipales de Brujas. Se estaban montando allí, por orden suya, unos veinte telares mecánicos fabricados el pasado verano por Colas Gheel, siguiendo los dibujos de Zenón. Al mercader se le había antojado probar con aquellos obreros de madera y metal, que no bebían ni vociferaban y diez de los cuales hacían el trabajo de cuarenta sin pretextar que subían los víveres para pedir aumento de paga.



En un día fresco, que ya olía a otoño, Zenón se dirigió a pie a dichos talleres de Oudenove. Montones de obreros parados, en busca de trabajo, invadían la comarca; apenas diez leguas separaban Oudenove de los esplendores pomposos de Dranoutre, pero la distancia hubiera podido ser la que existe entre el cielo y el infierno. Henri-Juste había cobijado a un grupito de artesanos y de encargados de taller, de los que antes tenía en Brujas, en un viejo edificio, acondicionado de cualquier manera, a la entrada del pueblo. Aquel albergue tenía mucho de tugurio. Zenón vislumbró a Colas Gheel, borracho aquella mañana, y cuyos platos lavaba un pálido y taciturno aprendiz llamado Perrotin, al mismo tiempo que vigilaba el fuego. Thomas, que se había casado hacía poco tiempo con una muchacha de aquellas tierras, se pavoneaba por la plaza, enfundado en una casaquilla de seda roja que había estrenado el día de su boda. Un hombrecillo enjuto y espabilado llamado Thierry Loon, y que de devanador había ascendido súbitamente a jefe de taller, mostró a Zenón las máquinas que al fin habían montado, y a las que los obreros habían tomado ojeriza, tras haber fundado en ellas la extravagante esperanza de ganar más y trabajar menos. Empero, otros problemas preocupaban ahora al clérigo; aquellos armazones y contrapesos ya no le interesaban. Thierry Loon hablaba de Henri-Juste con obsequiosa reverencia, pero le echaba a Zenón una mirada esquinada, deplorando la insuficiencia de víveres, los chamizos de madera y de cascote que a toda prisa habían construido los administradores del mercader, las horas de trabajo, que eran más que en Brujas, al no regirse por la campana municipal. El hombrecillo echaba de menos los tiempos en que los artesanos, sólidamente anclados en sus privilegios, retorcían el cuello a los obreros libres y hacían frente a los príncipes. Las novedades no lo asustaban: apreciaba lo ingenioso de aquella especie de jaulas en donde cada obrero gobernaba simultáneamente, con manos y pies, dos palancas y dos pedales; pero aquella cadencia demasiado rápida agotaba a los hombres, y los mandos complicados requerían más cuidado y atención de los que poseen los dedos y las cabezas duras de los artesanos. Zenón sugirió unos ajustes, pero el nuevo jefe de taller no pareció hacerle caso. Aquel Thierry, seguramente, no pensaba más que en deshacerse de Colas Gheel: se encogía de hombros al mencionar a aquel blandengue, al emborronador cuyas elucubraciones mecánicas no tendrían, finalmente, más efecto que el de arrebatar el trabajo a los hombres y hacer que el paro empeorase, al beato a quien de repente le había dado por la devoción, contrayéndola como si fuera la tina. Desde que ya no disponía de las comodidades y amenidades de Brujas, el borracho, después de beber, adoptaba el tono contrito de un predicador en la plaza pública. Todas aquellas gentes pendencieras e ignorantes repugnaron al clérigo; comparados con ellos, los doctores forrados de armiño y saturados de lógica cobraban algún peso.

Poca consideración le valieron a Zenón sus talentos mecánicos en el seno de su familia, que lo despreciaba por su indigencia de bastardo y al mismo tiempo lo respetaba hasta cierto punto por su futuro estado de sacerdote. A la hora de cenar, en el comedor, el clérigo escuchaba proferir a Henri-Juste pomposos dichos sobre la conducta que debe adoptarse en la vida: siempre hablaba de evitar a las doncellas, por miedo a algún embarazo; a las mujeres casadas, por miedo al puñal, y a las viudas, porque lo devoran a uno. Había que cultivar las rentas y rezar a Dios. El canónigo Bartholommé Campanus, acostumbrado a no exigir de las almas más de lo poco que podían dar, no desaprobaba aquella tosca cordura. Aquel día, los segadores habían visto a una bruja meando maliciosamente en un campo, para conjurar la lluvia sobre el trigo ya casi podrido por insólitos chaparrones. La habían arrojado al fuego sin más proceso. Se mofaban de aquella sibila que creía tener poderes sobre el agua y no había podido resguardarse de las brasas. El canónigo explicaba que el hombre, al infligir a los malvados el suplicio del fuego, que sólo dura un momento, no hacía sino regirse por la conducta de Dios, que los condena al mismo suplicio, pero eterno. Aquellas palabras no interrumpían la copiosa colación de la noche; Jacqueline, acalorada por el verano, gratificaba a Zenón con sus carantoñas de mujer honesta. La gruesa flamenca, embellecida por su parto reciente, orgullosa de su tez y de sus manos blancas, conservaba una exuberancia de peonía. El sacerdote no parecía darse cuenta ni del corpiño entreabierto, ni de los mechones rubios que rozaban la nuca del joven clérigo, inclinado sobre la página de un libro antes de que trajeran las lámparas, ni del sobresalto de cólera del estudiante que despreciaba a las mujeres. En cada persona perteneciente al sexo femenino, Bartholommé Campanus veía a María y a Eva a un tiempo, a la que derrama, para salvación del mundo, su leche y sus lágrimas, y a la que se abandona a la serpiente. Bajaba los ojos sin juzgar. Zenón salía, caminando con paso ligero. La terraza rasa, con sus árboles recién plantados y sus pomposas rocallas, pronto dejaba lugar a los prados y tierras de labor. Una aldea de casas con tejados achaparrados se ocultaba bajo el cabrilleo de los almiares. Mas ya había pasado el tiempo en que Zenón podía tumbarse cerca de las hogueras de San Juan, al lado de los campesinos, como antaño hacía en Kuypen, en la noche clara que abre el verano. Tampoco en las noches frías le hubieran cedido un sitio en el banco de la fragua en donde unos cuantos rústicos, siempre los mismos, se apiñaban al buen calor, intercambiando noticias, entre el zumbido de las últimas moscas de la temporada. Todo ahora lo separaba de ellos: la lenta jerga pueblerina, sus pensamientos apenas menos lentos y el temor que les inspiraba un muchacho que hablaba latín y leía en los astros. En algunas ocasiones, arrastraba a su primo y ambos corrían sus aventuras nocturnas. Bajaba al patio, silbando bajito para despertar a su compañero. Henri-Maximilien saltaba por el balcón, aún entorpecido por el sueño profundo de la adolescencia, oliendo a caballo y a sudor tras las volteretas de la víspera. Mas la esperanza de topar con alguna moza que se dejara revolcar a orillas del camino o con el vino clarete que bebían a traguitos cortos en la posada, en compañía de algún carretero, pronto conseguía espabilarlo.

Los dos amigos se adentraban por tierras de labor, ayudándose uno a otro a saltar las cunetas, y se dirigían hacia la fogata de un campamento de gitanos o hacia la luz rojiza de una taberna distante. Al volver, Henri-Maximilien se jactaba de sus hazañas; Zenón callaba las suyas. La más tonta de aquellas aventuras fue una en que el heredero de los Ligre se introdujo de noche en la cuadra de un tratante de caballos de Dranoutre y pintó dos yeguas de color de rosa; su propietario, al día siguiente, las creyó embrujadas. Un buen día se descubrió que Henri-Maximilien había gastado, en una de aquellas correrías, unos ducados que le había robado al grueso Juste: medio en broma, medio en serio, padre e hijo llegaron a las manos. Los separaron igual que se separa a un toro de su torillo cuando se embisten uno a otro en el cercado de una hacienda.

Pero lo más corriente era que Zenón saliera solo, al alba, con sus tablillas en la mano. Se alejaba por el campo, a la búsqueda de no se sabe qué clase de conocimientos emanados directamente de las cosas. No se cansaba de sopesar y estudiar con curiosidad las piedras, cuyos contornos pulidos o rugosos, y cuyos tonos de herrumbre o de moho nos cuentan una historia, testimonian de los metales que las formaron, de los fuegos o las aguas que antaño precipitaron su materia y coagularon su forma. Por debajo de las piedras, se escapaban unos insectos, bichos extraños de un infierno animal. Sentado en un cerro, miraba cómo ondulaban, bajo el cielo gris, las llanuras abultadas de cuando en cuando por largas colinas arenosas, y pensaba en tiempos remotos, cuando el mar ocupaba todos aquellos amplios espacios en donde ahora crecía el trigo, dejándoles al marchar la conformidad y rúbrica de las olas. Pues todo cambia: la forma del mundo y las producciones de esa naturaleza que se mueve y cuyos momentos ocupan siglos. Otras veces, su atención, que se volvía de repente fija y furtiva como la de un cazador, se dirigía hacia los animales que corren, vuelan y se arrastran en lo profundo de los bosques; se interesaba por las huellas exactas que dejan tras de sí, por sus períodos de celo, su emparejamiento, su alimentación, sus señales y sus estratagemas, y por su modo de morir, al ser golpeados con un palo. Le atraían con simpatía los reptiles calumniados por el miedo o la superstición humana, fríos, prudentes, medio subterráneos, y que encerraban en cada uno de sus rastreros anillos una especie de sabiduría mineral.

Una de aquellas tardes, en el momento más ardiente de la canícula, Zenón, seguro de sí gracias a las instrucciones de Jean Myers, se comprometió a sangrar a un granjero, al que le había dado una congestión cerebral, en lugar de esperar los socorros inciertos de un barbero. El canónigo Campanus deploró aquella indecencia. Henri-Juste, echándole leña al fuego, se quejó amargamente de que los ducados perdidos en sufragar los estudios de su sobrino no iban a servir más que para que éste acabara con una lanceta y una bacía. El clérigo soportó aquellas amonestaciones con un silencio preñado de odio. A partir de aquel día, prolongó sus ausencias. Jacqueline creía en algún amorío con la hija de un granjero.

Una vez cogió pan para varios días y se aventuró hasta los bosques de Houthuist. Aquellos bosques eran lo que quedaba de las grandes arboledas existentes en tiempos paganos: de sus hojas caían extraños consejos. Mirando hacia arriba, contemplando desde abajo aquellas espesuras de verdor y de agujas de pino, Zenón volvía a enfrascarse en especulaciones alquímicas emprendidas en la escuela o a pesar de ella. En cada una de aquellas pirámides vegetales hallaba el jeroglífico hermético de las fuerzas ascendentes, el signo del aire, que baña y nutre estas bellas entidades silvestres; del fuego, cuya virtualidad llevan dentro de sí y que tal vez las destruya un día. Pero aquellas ascensiones se equilibraban con un descenso: bajo sus pies, el pueblo ciego y oloroso de las raíces imitaba, en la oscuridad, la infinita división de las ramitas en el cielo, orientándose con precaución hacia no se sabe qué clase de nadir. Aquí y allá, una hoja que amarilleaba antes de tiempo delataba bajo el verde la presencia de los metales con que había formado su sustancia y cuya transmutación operaba. El empuje del viento combaba los altos árboles como lo hace con el hombre el destino. El clérigo se sentía libre como los animales y como ellos amenazado; equilibrado como el árbol entre el mundo de abajo y el mundo de arriba; doblegado él también por las presiones que sobre él se ejercían y que no cesarían hasta que muriese. Mas la palabra muerte no era todavía más que una palabra para aquel hombre de veinte años.

Cuando llegó el crepúsculo, advirtió que en el musgo había señales de árboles derribados; un olor de humo lo condujo en la noche ya oscura hasta la choza de unos carboneros. Tres hombres, un padre y sus dos hijos, verdugos de árboles, dueños y servidores del fuego, obligaban a éste a consumir lentamente a sus víctimas, transformando la húmeda madera que silba y se estremece en carbón que conserva para siempre su afinidad con el elemento ígneo. Sus harapos se confundían con sus cuerpos casi etíopes, pintados de hollín y de cenizas. Los pelos blancos del padre, las crines rubias de los hijos sorprendían en torno a las caras negras y sobre los negros y desnudos pechos. Aquellos tres, tan solos como anacoretas, casi habían olvidado todas las cosas del mundo, o quizá no las supieron nunca. Poco les importaba a quién reinaba en Flandes, ni si estaban en el año 1529 de encarnación de Cristo. Resoplaban, más que hablaban, y acogieron a Zenón como los animales del bosque acogen a otro de los suyos; el clérigo no ignoraba que hubieran podido matarlo para robarle sus vestiduras en vez de aceptar una porción de su pan y de compartir con él su sopa de hierbas. Avanzada la noche, medio ahogado en su choza llena de humo, se levantó para observar los astros como de costumbre y salió al área calcinada que parecía blanca en la noche. La hoguera de los carboneros ardía lentamente. Era una construcción geométrica tan perfecta como los fortines que hacen los castores o como los panales de las abejas. Una sombra se movía sobre campo rojo; el más joven de los dos hermanos vigilaba la masa incandescente. Zenón le ayudó a separar con un gancho, los leños que se quemaban con demasiada premura. Vega y Deneb resplandecían entre las copas de los árboles; los troncos y las ramas ocultaban las estrellas más bajas en el cielo. El clérigo pensó en Pitágoras, en Nicolás de Cusa, en un tal Copérnico cuyas teorías recientemente expuestas habían sido calurosamente acogidas por algunos y violentamente atacadas en la Escuela, y un sentimiento de orgullo lo invadió al pensar que pertenecía a aquella industriosa y agitada raza de los hombres que domestica al fuego, transforma la sustancia de las cosas y escruta los caminos de los astros.

Despidiéndose de los carboneros sin más ceremonias, como si se despidiera de los corzos del bosque, volvió a ponerse en camino con impaciencia, como si el objetivo que señalaba a su espíritu estuviera muy cerca y como si, al mismo tiempo, fuera preciso apresurarse para alcanzarlo. No ignoraba que estaba gozando de sus últimas horas de libertad y que de allí a algunos días tendría que volver a su banco del colegio, con el fin de asegurarse para más tarde un puesto de secretario de obispo, encargado de redondear suaves frases latinas, o una cátedra de Teología desde la cual sería conveniente no dejar caer sobre sus auditores más que palabras aprobadas o permitidas. Por inocencia, debida a su juventud, se imaginaba que nadie hasta entonces había albergado en su pecho tanto rencor hacia el estado sacerdotal, ni había llevado tan lejos la rebelión o la hipocresía. De momento sólo el grito de alarma de un arrendajo, o los golpecitos de barreno del pájaro carpintero constituían sus oficios de la mañana. Una boñiga de animal humeaba delicadamente sobre el musgo, dando testimonio del paso de una bestia de la noche.

Una vez en el camino real volvió a hallar los ruidos y gritos del siglo. Una banda de rústicos excitados corría con cubos y horcas: una granja muy grande y aislada estaba ardiendo, incendiada por uno de aquellos anabaptistas que ahora pululaban por doquier, y mezclaban su odio a ricos y poderosos con una forma particular de amor a Dios. Zenón compadecía desdeñosamente a aquellos visionarios, que saltaban de una barca podrida a otra que hacía agua, y de una aberración secular a una nueva manía, mas el asco a la densa opulencia que lo rodeaba lo ponía, a pesar suyo, del lado de los pobres. Un poco más lejos halló a un tejedor que acababa de ser despedido y que tuvo que optar por las alforjas del mendigo para buscar subsistencia en otra parte. Envidió a aquel miserable por ser más libre que él.


1   2   3   4   5   6   7   8   9   ...   24


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal