Mariano José de Larra el casarse pronto y mal



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Mariano José de Larra - EL CASARSE PRONTO Y MAL
Así como tengo aquel sobrino de quien he hablado en mi ar­tículo de empeños y desempeños, tenía otro no hace mucho tiempo, que en esto suele venir a parar el tener hermanos. Este era hijo de una mi hermana, la cual había recibido aquella educación que se daba en España no hace ningún siglo; es decir, que en casa se rezaba diariamente el rosario, se leía la vida del santo, se oía misa todos los días; se trabajaba los de labor, se paseaba las tardes de los de guardar, se velaba hasta las diez, se estrenaba vestido el domingo de Ramos, y andaba siempre señor padre, que entonces no se llamaba «papá», con la mano más besada que reliquia vieja, y registrando los rincones de la casa, temeroso de que las muchachas, ayudadas de su cuyo, hubiesen a las manos algún libro de los prohibidos, ni menos aquellas no­velas que, como solía decir, a pretexto de inclinar a la virtud, enseñan desnudo el vicio. No diremos que esta educación fuese mejor ni peor que la del día; sólo sabemos que vinieron los franceses, y como aquella buena o mala educación no estribaba en mi hermana en principios ciertos, sino en la rutina y en la opresión doméstica de aquellos terribles padres del siglo pasado, no fue necesaria mucha comunicación con algunos oficiales de la guardia imperial para echar de ver que si aquel modo de vi­vir era sencillo y arreglado, no era sin embargo el más diverti­do. ¿Qué motivo habrá, efectivamente, que nos persuada que debemos en esta corta vida pasarlo mal, pudiendo pasarlo me­jor? Aficionóse mi hermana de las costumbres francesas, y ya no fue el pan pan, ni el vino vino: casóse, y siguiendo en la famosa jornada de Vitoria la suerte del tuerto Pepe Botellas, que tenía dos ojos muy hermosos y nunca bebía vino, emigró a Francia.

Excusado es decir que adoptó mi hermana las ideas del siglo; pero como esta segunda educación tenía tan malos cimientos como la primera, y como quiera que esta débil humanidad nunca sepa detenerse en el justo medio, pasó del Año Cristiano a Pigault Lebrun, y se dejó de misas y devociones, sin saber más ahora por qué las dejaba que antes por qué las tenía. Dijo que el muchacho se había de educar como convenía; que podría leer sin orden ni método cuanto libro le viniese a las manos, y qué sé yo qué más cosas decía de la ignorancia y del fanatismo, de las luces y de la ilustración, añadiendo que religión era un convenio social en que sólo los tontos entraban de buena fe, y del cual el muchacho no necesitaba para ponerse bueno; que «padre» y «madre» eran cosa de brutos, y a «papá» y «mamá» se les debía tratar de tú, porque no hay amistad que iguale a la que une a los padres con los hijos (salvo algunos secretos que guardarán siempre los segundos de los primeros, y algunos soplamocos que darán siempre los primeros a los segundos): verdades todas que respeto tanto o más que las del siglo pasado, porque cada siglo tiene sus verdades, como cada hombre tiene su cara.

No es necesario decir que el muchacho, que se llamaba Augusto, porque ya han caducado los nombres de nuestro calendario, salió despreocupado, puesto que la despreocupación es la primera preocupación de este siglo.

Mariano José de Larra – SPOSARSI PRESTO E MALE


Oltre a quel nipote di cui ho parlato in quel mio articolo su pegni e riscatti, ne avevo un altro fino a non molto tempo fa, conseguenza frequente quando si hanno fratelli. Questo nipote era figlio di una mia sorella, la quale aveva ricevuto l’educazione che era usuale in Spagna fino a non così tanto tempo fa; il che equivale a dire, che in casa si recitava quotidianamente il rosario, si leggeva la vita del santo, si andava a messa tutti i giorni; si lavorava nei giorni feriali, si andava a passeggio i pomeriggi delle feste comandate, si stava alzati fino alle dieci, ci si metteva il vestito nuovo per la domenica delle Palme, e il signor padre, che allora non si chiamava ancora “papà”, andava in giro con la mano più baciata di una vecchia reliquia, a perlustrare tutti gli angoli della casa, per paura che alle ragazze, con l’aiuto dal loro innamorato, capitasse fra le mani qualche libro di quelli proibiti, o peggio ancora uno di quei romanzi che, con il pretesto di convincere alla virtù, mostrano il vizio senza veli. Non diremo che questa educazione fosse migliore né peggiore di quella odierna; sappiamo solo che arrivarono i francesi, e poiché quella buona o cattiva educazione non si basava in mia sorella su principi sicuri, ma solo sull’abitudine e sull’oppressione domestica di quei terribili genitori del secolo scorso, non ci fu bisogno di molta frequentazione con alcuni ufficiali della guardia imperiale perché lei si rendesse conto che, se quel modo di vivere era semplice e ordinato, non era peraltro dei più divertenti. E difatti, per quale motivo mai ci dovremmo persuadere a vivere male questa breve vita, quando potremmo vivere meglio? Mia sorella si affezionò alle abitudini francesi, e il pane non fu più pane, né il vino vino; si sposò, e seguendo dopo la battaglia di Vitoria la sorte del guercio Pepe Botellas, che aveva due bellissimi occhi e non beveva vino1, emigrò in Francia.

E’ superfluo dire che mia sorella adottò le idee alla moda; ma poiché questa seconda educazione si fondava su basi deboli come la prima, e visto che la nostra debole umanità non sa mai fermarsi nel giusto mezzo, passò dall’Anno Cristiano a Pigault Lebrun2, e lasciò perdere messe e devozioni, senza sapere perché le lasciava più di quanto non sapesse prima perché le frequentava. Disse che il ragazzo sarebbe stato educato come si doveva; che avrebbe potuto leggere senz’ordine né metodo qualsiasi libro gli fosse capitato fra le mani, e non so cos’altro diceva dell’ignoranza e del fanatismo, e dei lumi e dell’illuminismo, aggiungendo che la religione era un contratto sociale che solo gli sciocchi sottoscrivevano in buona fede, e del quale il ragazzo non aveva bisogno per essere buono; che “padre” e “madre” erano parole arretrate, e a “papà” e “mamma” bisognava dare del tu, perché non c’è amicizia che possa paragonarsi a quella che unisce genitori e figli (salvo alcuni segreti che i secondi non riveleranno mai ai primi, e salvo qualche solenne rabbuffo che i primi daranno sempre ai secondi): verità tutte queste che rispetto tanto o più di quelle del secolo scorso, perché ogni secolo ha le sue verità, come ogni uomo ha la sua faccia.

Non c’è bisogno di dire che il ragazzo, che si chiamava Augusto, perché i nomi del nostro calendario non vanno più di moda, crescendo divenne uno spensierato, giacché la spensieratezza è il primo pensiero di questo secolo.

Leyó, hacinó, confundió, fue superficial, vano, presumido, orgulloso, terco, y no dejó de tomarse más rienda de la que se le había dado. Murió, no sé a qué propósito, mi cuñado, y Augusto regresó a España con mi hermana, toda aturdida de ver lo brutos que estamos por acá todavía los que no hemos tenido como ella la dicha de emigrar; y trayéndonos entre otras cosas noticias ciertas de cómo no había Dios, porque eso se sabe en Francia de muy buena tinta. Por supuesto que no tenía el mu­chacho quince años y ya galleaba en las sociedades, y citaba, y se metía en cuestiones, y era hablador y raciocinador como todo muchacho bien educado; y fue el caso que oía hablar todos los días de aventuras escandalosas, y de los amores de Fulanito con la Menganita, y le pareció en resumidas cuentas cosa precisa para hombrear, enamorarse.

Por su desgracia acertó a gustar a una joven, personita muy bien educada también, la cual es verdad que no sabía gobernar una casa, pero se embaulaba en el cuerpo en sus ratos perdidos, que eran para ella todos los días, una novela sentimental, con la más desatinada afición que en el mundo jamás se ha visto; to­caba su poco de piano y cantaba su poco de aria de vez en cuan­do, porque tenía una bonita voz de contralto. Hubo guiños y apretones desesperados de pies y manos, y varias epístolas recí­procamente copiadas de la Nueva Eloísa; y no hay más que de­cir sino que a los cuatro días se veían los dos inocentes por la ventanilla de la puerta y escurrían su correspondencia por las rendijas, sobornaban con el mejor fin del mundo a los criados, y por último, un su amigo, que debía de quererle muy mal, presentó al señorito en la casa. Para colmo de desgracia, él y ella, que habían dado principio a sus amores porque no se dije­se que vivían sin su trapillo, se llegaron a imaginar primero, y a creer después a pies juntillas, como se suele muy mal decir, que estaban verdadera y terriblemente enamorados. ¡Fatal credulidad! Los parientes, que previeron en qué podía venir a parar aquella inocente afición ya conocida, pusieron de su parte todos los esfuerzos para cortar el mal, pero ya era tarde. Mi her­mana, en medio de su despreocupación y de sus luces, nunca había podido desprenderse del todo de cierta afición a sus eje­cutorias y blasones, porque hay que advertir dos cosas: 1 .a Que hay despreocupados por este estilo; y 2.a Que somos nobles, lo que equivale a decir que desde la más remota antigüedad nuestros abuelos no han trabajado para comer. Conservaba mi hermana este apego a la nobleza, aunque no conservaba bienes; y ésta es una de las razones porque estaba mi sobrinito destinado a morirse de hambre si no se le hacía meter la cabeza en alguna parte, porque eso de que hubiera aprendido un oficio, ¡oh!, ¿qué hubieran dicho los pa­rientes y la nación entera? Averiguóse, pues, que no te­nía la niña un origen tan preclaro, ni más dote que su instrucción novelesca y sus duettos, fincas que no bastan para sostener el boato de unas personas de su clase. Ave­riguó también la parte contraria que el niño no tenía empleo, y dándosele un bledo de su nobleza, hubo aquélla de decirle:

—Caballerito, ¿con qué objeto entra usted en mi casa?

—Quiero a Elenita —respondió mi sobrino.

—¿Y con qué fin, caballerito?

—Para casarme con ella.

—Pero no tiene usted empleo ni carrera...

—Eso es cuenta mía.

—Sus padres de usted no consentirán...

—Sí, señor; usted no conoce a mis papás.

Lesse, accumulò, confuse, fu superficiale, vanitoso, presuntuoso, ostinato, e non trascurò di prendersi più libertà di quelle che gli erano state date. Morì, non so per quale ragione, mio cognato, e Augusto ritornò in Spagna con mia sorella, sconvolta nel vedere quanto siamo ancora arretrati noi che non abbiamo avuto, come lei, la fortuna di emigrare; e portandoci tra le altre cose la notizia sicura dell’inesistenza di Dio, perché questo lo si sa in Francia da buonissima fonte. Fatto sta che il ragazzo non aveva ancora quindici anni e già faceva il galletto in società, e citava, e discuteva, ed era ciarliero e raziocinante come ogni ragazzo bene educato; e si dà il caso che, sentendo parlare tutti i giorni di avventure scandalose, e degli amori di Tizio con Caia, finì per sembrargli necessario, per essere uomo, innamorarsi.

Per sua disgrazia piacque a una giovane, personcina anche lei molto bene educata, che in verità non sapeva governare una casa, ma sapeva divorare nel suo tempo libero, che per lei era l’intera giornata, un romanzo sentimentale con l’entusiasmo più sfrenato che si sia mai visto al mondo; suonava un po’ il piano e cantava qualche aria di tanto in tanto, perché aveva una bella voce di contralto. Ci furono sguardi e strette e contatti disperati di mani e di piedi, e varie lettere reciprocamente copiate dalla Nuova Eloisa3; basti dire che dopo quattro giorni le due mammolette si vedevano dallo spioncino della porta e facevano scivolare la loro corrispondenza dagli spiragli di questa, corrompevano la servitù con le migliori intenzioni, e infine un amico di lui, che non doveva essergli molto affezionato, presentò il signorino a casa di lei. Per colmo di sventura, lui e lei, che avevano dato inizio a quell’amore perché non si dicesse che non avevano la loro storia, finirono per immaginarsi dapprima, e per credere poi a occhi chiusi, come si suol dire, di essere davvero e terribilmente innamorati. Credulità fatale! I parenti, che previdero come poteva andare a finire quella predilezione innocente, una volta resa nota, fecero da parte loro tutti gli sforzi per tagliare il male alla radice, ma ormai era tardi. Mia sorella, con tutta la sua spensieratezza e i suoi lumi, non era mai riuscita ad abbandonare del tutto una certa predilezione per i suoi titoli di nobiltà e i suoi scudi araldici, perché bisogna ricordare due cose: 1. Che esistono spensierati di questo tipo; e 2. Che siamo nobili, il che equivale a dire che fin dalla più remota antichità i nostri avi non hanno mai lavorato per mangiare. Mia sorella aveva ancora questo attaccamento alla nobiltà, anche se non aveva più beni; ed era questa una delle ragioni per cui il mio nipotino era condannato a morire di fame se non lo si fosse sistemato da qualche parte, perché quanto a imparare un mestiere, oh!!, cos’avrebbero detto i parenti e la nazione tutta? Si venne dunque a sapere che la fanciulla non aveva poi queste origini così elevate, né altra dote se non la sua istruzione romanzesca e i suoi duetti, beni che non bastano certo per mantenere l’elevato tenore di vita di persone di quella classe. Venne anche a sapere la parte contraria che il fanciullo non aveva un lavoro, e infischiandosene della sua nobiltà, bisognò dirgli:

- Giovanotto, come mai lei viene a visitare la nostra casa?

- Amo Elenita – rispose mio nipote.

- E con quali intenzioni, giovanotto?

- La voglio sposare.

- Ma lei non ha un lavoro né una professione…

- Questi sono affari miei.

- I suoi genitori non daranno il loro consenso…

- Sì signore, lei non conosce i miei genitori.

—Perfectamente; mi hija será de usted en cuanto me traiga una prueba de que puede mantenerla, y el per­miso de sus padres; pero en el ínterin, si usted la quiere tanto, excuse por su mismo decoro sus visitas...

—Entiendo.

—Me alegro, caballerito.

Y quedó nuestro Orlando hecho una estatua, pero bien decidido a romper por todos los inconvenientes.

Bien quisiéramos que nuestra pluma, mejor cortada, se atreviese a trasladar al papel la escena de la niña con la mamá; pero diremos, en suma, que hubo prohibición de salir y de asomarse al balcón, y de corresponder al mancebo; a todo lo cual la malva respondió con cuatro desvergüenzas acerca del libre albedrío y de la libertad de la hija para escoger marido, y no fueron bastantes a disuadirla las reflexiones acerca de la ninguna fortuna de su elegido: todo era para ella tiranía y envidia que los papás tenían de sus amores y de su felicidad; con­cluyendo que en los matrimonios era lo primero el amor, que en cuanto a comer, ni eso hacía falta a los enamo­rados, porque en ninguna novela se dice que coman las Amandas y los Mortimers, ni nunca les habían de faltar unas sopas de ajo.

Poco más o menos fue la escena de Augusto con mi hermana, porque aunque no sea legítima consecuencia, también concluía de que los padres no deben tiranizar a los hijos, que los hijos no deben obedecer a los padres: insistía en que era independiente; que en cuanto a ha­berle criado y educado, nada le debía, pues lo había hecho por una obligación imprescindible; y a lo del ser que le había dado, menos, pues no se lo había dado por él, sino por las razones que dice nuestro Cadalso, entre otras lindezas sutilísimas de este jaez.

Pero insistieron también los padres, y después de ha­ber intentado infructuosamente varios medios de seduc­ción y rapto, no dudó nuestro paladín, vista la obstinación de las familias, en recurrir al medio en boga de sacar a la niña por el vicario. Púsose el plan en ejecu­ción, y a los quince días mi sobrino había reñido ya decididamente con su madre; había sido arrojado de su casa, privado de sus cortos alimentos, y Elena deposi­tada en poder de una potencia neutral; pero se entien­de, de esta especie de neutralidad que se usa en el día; de suerte que nuestra Angélica y Medoro se veían más cada día, y se amaban más cada noche. Por fin ama­neció el día feliz; otorgóse la demanda; un amigo pres­tó a mi sobrino algún dinero, uniéronse con el lazo con­yugal, estableciéronse en su casa, y nunca hubo felicidad igual a la que aquellos buenos hijos disfrutaron mien­tras duraron los pesos duros del amigo.

Pero ¡oh, dolor!, pasó un mes y la niña no sabía más que acariciar a Medoro, cantarle una aria, ir al teatro y bailar una mazurca; y Medoro no sabía más que dispu­tar. Ello sin embargo, el amor no alimenta, y era indis­pensable buscar recursos.

- Benissimo; mia figlia sarà sua quando lei mi proverà di poterla mantenere, e mi porterà il permesso dei suoi genitori; ma nel frattempo, se le vuole così bene, proprio per la sua stessa reputazione eviti di farle visita…

- Capisco.

- Ne sono lieto, giovanotto.

Il nostro Orlando ci restò di sasso, ma prese la decisione di saltar sopra a tutti questi ostacoli.

Avremmo voluto provare con la nostra penna, fosse stata questa di migliori qualità, a mettere su carta la scena della fanciulla con la mamma; ma diremo, in breve, che le venne proibito di uscire e di affacciarsi al balcone, e di corrispondere al ragazzo; e che a questo la mammoletta rispose con quattro impudenze sul libero arbitrio e sulla libertà delle figlie di scegliersi il marito, e non servirono a dissuaderla le riflessioni circa l’assoluta indigenza del suo prescelto: per lei si trattava solo di tirannia e di invidia dei suoi genitori per il suo amore e la sua felicità; e concludeva che nel matrimonio la prima cosa era l’amore, e quanto al mangiare, certo non serve agli innamorati, perché in nessun romanzo si dice che mangino le Amande e i Mortimer4, e poi, non gli sarebbero mai mancate delle zuppe d’aglio.

Dettaglio più dettaglio meno, la stessa scena si ripeté fra Augusto e mia sorella, perché, benché non si tratti di una conseguenza logica, anche lui concludeva, dal fatto che i genitori non devono tiranneggiare i figli, che i figli non debbano ubbidire ai genitori: insisteva che era indipendente, e che quanto ad averlo allevato e educato non le doveva nulla, perché l’aveva fatto per un obbligo imprescindibile; e quanto ad avergli dato la vita, meno ancora, perché non gliel’aveva data per fargli un piacere, ma per le ragioni che dice il nostro Cadalso5, con altre amenità finissime di questo tipo.

Ma anche i genitori insistettero, e, dopo aver tentato infruttuosamente vari mezzi di seduzione e rapimento, il nostro paladino si risolse, vista l’ostinazione dei familiari, a ricorrere al mezzo assai di moda di ottenere la fanciulla con una causa civile. Fu messo in atto il piano, e dopo quindici giorni mio nipote aveva già litigato apertamente con sua madre, era stato buttato fuori di casa, privato dei suoi già scarsi alimenti, ed Elena era stata depositata presso una potenza neutrale; ma si intende, di quel tipo di neutralità che si usa al giorno d’oggi; di modo che la nostra Angelica e il nostro Medoro6 si vedevano ogni giorno di più, e si amavano ogni notte di più. Finalmente spuntò il lieto giorno; vinsero la causa; un amico prestò a mio nipote qualche soldo, si unirono nel vincolo coniugale, si stabilirono a casa loro, e mai felicità fu pari a quella di cui godettero quei bravi figli finché durarono le monete dell’amico.

Ma, oh dolore! passò un mese e la fanciulla non sapeva fare altro che accarezzare Medoro, cantargli un’aria, andare a teatro e ballare una mazurca; e Medoro non sapeva far altro che discutere. Con tutto, l’amore non alimenta, ed era indispensabile cercare delle entrate.

Mi sobrino salía de mañana a buscar dinero, cosa más difícil de encontrar de lo que parece, y la vergüenza de no poder llevar a su casa con qué dar de comer a su mujer, le detenía hasta la noche. Pasemos un velo sobre las escenas terribles de tan amarga posición. Mientras que Augusto pasa el día lejos de ella en sufrir humilla­ciones, la infeliz consorte gime luchando entre los celos y la rabia. Todavía se quieren; pero en casa donde no hay harina todo es mohína; las más inocentes expre­siones se interpretan en la lengua del mal humor como ofensas mortales; el amor propio ofendido es el más seguro antídoto del amor, y las injurias acaban de apa­gar un resto de la antigua llama que amortiguada en ambos corazones ardía; se suceden unos a otros los re­proches; y el infeliz Augusto insulta a la mujer que le ha sacrificado su familia y su suerte, echándole en cara aquella desobediencia a la cual no ha mucho tiempo él mismo la inducía; a los continuos reproches se sigue en fin el odio.

¡Oh, si hubiera quedado aquí el mal! Pero un resto de honor mal entendido que bulle en el pecho de mi sobrino, y que le impide prestarse para sustentar a su familia a ocupaciones groseras, no le impide precipitar­se en el juego, y en todos los vicios y bajezas, en todos los peligros que son su consecuencia. Corramos de nue­vo, corramos un velo sobre el cuadro a que dio la lo­cura la primera pincelada, y apresurémonos a dar no­sotros la última.

En este miserable estado pasan tres años, y ya tres hijos más rollizos que sus padres alborotan la casa con sus juegos infantiles. Ya el himeneo y las privaciones han roto la venda que ofuscaba la vista de los infelices: aque­lla amabilidad de Elena es coquetería a los ojos de su esposo; su noble orgullo, insufrible altanería; su garrulidad divertida y graciosa, locuacidad insolente y cáus­tica; sus ojos brillantes se han. marchitado, sus encantos están ajados, su talle perdió sus esbeltas formas, y ahora conoce que sus pies son grandes y sus manos feas; ninguna amabilidad, pues, para ella; ninguna consideración. Augusto no es a los ojos de su esposa aquel hombre amable y seductor, flexible y condescen­diente; es un holgazán, un hombre sin ninguna habili­dad, sin talento alguno, celoso y soberbio, déspota y no marido... en fin, ¡cuánto más vale el amigo generoso de su esposo, que les presta dinero y les promete aún pro­tección! ¡Qué movimiento en él! ¡Qué actividad! ¡Qué heroísmo! ¡Qué amabilidad! ¡Qué adivinar los pensa­mientos y prevenir los deseos! ¡Qué no persuadir que ella trabaje en labores groseras! ¡Qué asiduidad y qué delicadeza en acompañarla los días enteros que Augus­to la deja sola! ¡Qué interés, en fin, el que se toma cuan­do le descubre, por su bien, que su marido se distrae con otra...!

¡Oh poder de la calumnia y de la miseria! Aquella mujer que, si hubiera escogido un compañero que la hu­biera podido sostener, hubiera sido acaso una Lucrecia, sucumbe por fin a la seducción y a la falaz esperanza de mejor suerte.

Una noche vuelve mi sobrino a su casa; sus hijos están solos.

—¿Y mi mujer ? ¿Y sus ropas ?

Corre a casa de su amigo. ¿No está en Madrid ? ¡Cielos! ¡Qué rayo de luz! ¿Será posible? Vuela a la poli­cía, se informa. Una joven de tales y tales señas con un supuesto hermano han salido en la diligencia para Cá­diz. Reúne mi sobrino sus pocos muebles, los vende, toma un asiento en el primer carruaje y hétele persiguiendo a los fugitivos. Pero le llevan mucha ventaja y no es posible alcanzarlos hasta el mismo Cádiz. Llega; son las diez de la noche; corre a la fonda que le indi­can, pregunta, sube precipitadamente la escalera, le se­ñalan un cuarto cerrado por dentro; llama; la voz que

Mio nipote usciva la mattina in cerca di soldi, cosa più difficile da trovarsi di quanto non sembri, e la vergogna di non riuscire a portare a casa tanto da dar da mangiare a sua moglie lo tratteneva fino a sera inoltrata. Stendiamo un velo pietoso sulle scene terribili derivanti da una condizione così amara. Mentre Augusto passa la giornata lontano da lei a sopportare umiliazioni, l’infelice consorte geme lottando con la gelosia e la rabbia. Ancora si amano; ma in casa dove non c’è da mangiare è tutto un discutere; le espressioni più innocenti si interpretano nella lingua del malumore come offese mortali; l’amor proprio ferito è l’antidoto più sicuro dell’amore, e le offese finiscono di spegnere gli ultimi resti della fiamma di un tempo che ancora ardeva, anche se smorzata, nei loro cuori; i rimproveri si succedono gli uni agli altri; l’infelice Augusto insulta la donna che gli ha sacrificato la sua famiglia e la sua posizione, rinfacciandole quella disubbidienza alla quale non molto tempo prima lui stesso l’aveva indotta; ai continui rimproveri segue infine l’odio.

Oh, si fosse fermato qui il male! Ma un residuo di malinteso senso dell’onore che ribolle in petto a mio nipote, e che gli impedisce di sottomettersi a occupazioni volgari per sostentare la sua famiglia, non gli impedisce di precipitarsi nel gioco, e in tutti i vizi e le bassezze che ne sono la conseguenza. Stendiamo di nuovo, stendiamo un velo sul quadro a cui la stoltezza dette la prima pennellata, e affrettiamoci a dare noi l’ultima.

In questo stato di cose miserevole passano tre anni, e già tre figli più grassottelli dei loro genitori mettono a soqquadro la casa con i loro giochi infantili. Ormai l’imeneo e le privazioni hanno strappato la benda che offuscava la vista agli infelici: quell’amabilità di Elena ora è civetteria agli occhi del marito; il suo nobile orgoglio, insopportabile alterigia; il suo chiacchiericcio divertente e spiritoso, loquacità insolente e caustica; i suoi occhi brillanti si sono spenti, le sue grazie appassite, il suo corpo ha perduto la snellezza delle forme, e adesso lui si rende conto che i suoi piedi sono grandi e le sue mani brutte; nessuna amabilità, dunque, per lei, nessuna considerazione. Augusto non è più agli occhi di sua moglie quell’uomo amabile e seducente, flessibile e condiscendente; è un fannullone, un uomo senza nessuna capacità, senza nessun talento, geloso e superbo, un despota, non un marito… e insomma, quanto vale di più l’amico generoso del consorte, che presta loro denaro e ancora promette loro la sua protezione! Che movimento in lui! Che attività! Che eroismo! Che amabilità! Che modo di indovinare i pensieri e prevenire i desideri! Che modo di insistere che lei non deve fare lavori pesanti in casa! Che assiduità e che gentilezza nel farle compagnia nelle lunghe giornate in cui Augusto la lascia sola! Che interessamento, infine, quello che si prende nel rivelarle, per il suo bene, che suo marito si distrae con un’altra…!

Oh, potenza della calunnia e della miseria! Quella donna che, se avesse scelto un compagno capace di sostentarla, sarebbe stata forse una Lucrezia, soccombe alla fine alla seduzione e alla fallace speranza di un destino migliore.

Una notte mio nipote torna a casa; i suoi figli sono soli.

- E mia moglie? E le sue cose?

Corre a casa di un amico. Non è a Madrid? Cielo! Che fulmine a ciel sereno! Ma è mai possibile? Vola alla polizia, si informa. Una giovane che risponde alla sua descrizione, insieme a un presunto fratello, sono partiti per Cadice con la diligenza. Mio nipote mette insieme i suoi pchi mobili, li vende, compra un posto sul primo convoglio e eccolo che insegue i fuggitivi. Ma questi hanno un grande vantaggio e non riesce a raggiungerli se non a Cadice. Arriva, sono le dieci di sera; corre alla locanda che gli indicano, chiede, sale a precipizio le scale, gli indicano una stanza chiusa a chiave

le responde le es harto conocida y resuena en su corazón; redobla los golpes; una persona desnuda levanta el pestillo. Augusto ya no es un hombre, es un rayo que cae en la habitación; un chillido agudo le convence de que le han conocido; asesta una pistola, de dos que trae, al seno de su amigo, y el seductor cae revolcándose en sangre; persigue a su miserable esposa, pero una venta­na inmediata se abre y la adúltera, poseída del terror y de la culpa, se arroja, sin reflexionar, de una altura de más de sesenta varas. El grito de la agonía le anuncia su última desgracia y la venganza más completa; sale precipitado del teatro del crimen, y encerrándose, antes de que le sorprendan, en su habitación, coge aceleradamente la pluma y apenas tiene tiempo para dictar a su madre la carta siguiente:


Madre mía: Dentro de media hora no existiré; cuidad de mis hijos, y si queréis hacerlos verdaderamente despreocupados empezad por ins­truirlos... Que aprendan en el ejemplo de su padre a respetar lo que es peligroso despreciar sin tener antes más sabiduría. Si no les podéis dar otra cosa mejor, no les quitéis una religión consoladora. Que apren­dan a domar sus pasiones y a respetar a aquellos a quienes lo deben todo. Perdonadme mis faltas: harto castigado estoy con mi deshonra y mi crimen; harto cara pago mi falsa despreocupación. Perdonadme las lágrimas que os hago derramar. Adiós para siempre.
Acabada esta carta, se oyó otra detonación que resonó en toda la fonda, y la catástrofe que le sucedió me privó para siempre de un sobrino que, con el más bello corazón, se ha hecho desgraciado a sí y a cuantos le rodean.

No hace dos horas que mi desgraciada hermana, después haber leído aquella carta, y llamándome para mostrármela, postrada en su lecho, y entregada al más funesto delirio, ha sido desahuciada por los médicos.

«Hijo... despreocupación... boda... religión... infeliz...», son las palabras que vagan errantes sobre sus labios moribundos. Y esta funesta impresión, que domina en mis sentidos tristemente, ha impedido dar hoy a mis lectores otros artículos más joviales que para mejor ocasión les tengo reservados.

dall’interno; bussa, la voce che gli risponde gli è fin troppo nota e risuona nel suo cuore; raddoppia i colpi; una persona nuda fa scorrere il catenaccio. Augusto non è più un uomo, è un fulmine che si precipita nella stanza; scarica una pistola, delle due che ha con sé, nel petto del suo amico, e il seduttore cade a terra in un lago di sangue; insegue la miserevole consorte, ma una finestra si apre lì vicino e l’adultera, in preda al terrore e al senso di colpa, si butta, senza riflettere, da un’altezza di più di sessanta piedi. Il grido dell’agonia gli annuncia la suprema disgrazia e il completamento della vendetta; abbandona a precipizio il luogo del delitto e, rinchiudendosi prima di essere arrestato nella sua stanza, prende in fretta la penna e scrive a sua madre la seguente lettera:


Madre mia, fra mezz’ora non esisterò più; abbiate cura dei miei figli, e se volete renderli veramente spensierati cominciate col dare loro un’istruzione… Che imparino dall’esempio del loro padre a rispettare ciò che è pericoloso disprezzare senza prima essere più saggi. Se non potete dar loro qualcosa di meglio, non toglietegli una religione consolatrice. Che imparino a controllare le loro passioni e a rispettare coloro a cui tutto devono. Perdonatemi i miei errori: sono castigato a sufficienza dal disonore e dal delitto; pago ben cara la mia falsa spensieratezza. Perdonatemi per le lacrime che vi faccio versare. Addio per sempre.
Finita questa lettera, si udì una detonazione che risuonò in tutta la locanda, e la catastrofe che seguì mi privò per sempre di un nipote che, con un cuore dei migliori, aveva fatto l’infelicità sua e di tutti coloro che lo avevano circondato.

Appena due ore fa, la mia povera sorella, dopo aver letto quella lettera e avermi chiamato per mostrarmela, prostrata nel suo letto e in preda al più funesto delirio, è stata data per spacciata dai medici.



“Figlio… spensieratezza… nozze… religione… infelice…”, sono le parole che vagano erranti sulle sue labbra di moribonda. E questa funesta impressione, che domina tristemente su tutti i miei sensi, mi ha impedito di dare oggi ai miei lettori altri articoli più allegri che tengo in serbo per loro per occasioni migliori.

1 Pepe Botellas (‘Peppino Bottiglia’) era il soprannome dispregiativo dato dagli spagnoli a Giuseppe Bonaparte, il fratello di Napoleone che divenne re di Spagna quando, nel 1808, Napoleone destituì Carlo IV confinandolo in esilio col figlio Ferdinando (il futuro Ferdinando VII). La battaglia di Vitoria, del 1813, segnò la definitiva sconfitta dell’esercito napoleonico in Spagna e ne determinò la ritirata.

2 La prima era una famosa opera di devozione; il secondo, un romanziere famoso per la scabrosità di alcune delle sue produzioni.

3 Il romanzo epistolare di Jean Jacques Rousseau, che ruota intorno a un amore contrastato.

4 Protagonisti di storie d’amore romanzesche. In particolare, Mortimer è il sublime innamorato del dramma romantico Maria Stuarda di Schiller.

5 Si allude alle parole di un personaggio nella prima delle Noches lúgubres, di Cadalso, che obietta come i figli non debbano nulla ai padri e le madri, che li hanno generati solo per il proprio piacere.

6 Nomi di due famosi personaggi dell’Orlando furioso di Ariosto: Angelica, bellissima principessa del Catai, dopo aver sdegnato decine e decine di valorosi paladini, si innamora dell’umile soldato moro Medoro, e lo sposa portandolo con sé nel Catai.





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