Martina cole secretos de una asesina



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MARTINA COLE
SECRETOS DE UNA ASESINA

Traducido del inglés por F. G. Corugedo




Para Christopher, Freddy y Lewis, hija y nieto, dueños de mi corazón.

Y también para Sally Wilden, ¡con sus preciosos trajes y sus zapatos finos!

Para mí siempre serás Sally Wally. Compañera de juegos infantiles y virtuosa de la botella de vino de madrugada. Amiga de toda la vida, compañera para siempre.

(¿Te acuerdas del muro del insti de FP?)

Prólogo


En la lechera había mucha humedad. Las paredes de metal aumentaban el calor de aquel día de verano. Susan Dalston notó que le corría un chorrito de sudor entre los pechos y se llevó las manos a la cara con un gesto de cansancio.

—¿Alguna posibilidad de tomar algo frío?

La funcionaria de prisiones meneó la cabeza.

—Ya casi hemos llegado, tendrás que esperar.

Susan miró a la mujer darle un buen trago a una lata de Pepsi y después chasquear los labios con premeditación. Se obligó a mirar al suelo para controlar el impulso de soltarle un buen tortazo a aquella zorra con aires de superioridad. Era lo que ella quería, tener una acusación precisa contra Susan Dalston, que se jodiera su apelación por un arrebato. Pero lo que hizo fue mirar a la celadora a los ojos y sonreír.

—¿Qué te parece tan divertido?

Susan movió la cabeza con tristeza.

—Estaba pensando que, pobrecita, tener que estar aquí encerrada un día como éste. No es justo, ¿verdad que no? Y ahora encima tener que hacer todo el viaje de vuelta a Durham otra vez. Un día larguísimo, ¿eh?

La celadora asintió.

—Ay, sí. Pero esta noche me tumbaré en mi cama, tan agradable, a ver la tele, y jugar con el rabo de mi maridito. ¿Y qué harás tú? Por lo menos yo tengo algo con lo que ilusionarme.

La lechera se paró dando un salto. A Susan le dolían las muñecas esposadas. Sabía que la funcionaria podía habérselas quitado, pero también sabía que no iba a hacerlo. Esa Danby era una boqui de las duras, todas lo decían, y Susan no pensaba darle la oportunidad de decirle que no. Como asesina, con la perpetua, hacía mucho que se había resignado a ver lo difíciles que llegaban a ser las personas como Danby.

Era como si disfrutara siendo déspota con las reclusas. Susan, en cierto modo, eso lo entendía. Había escuchado que al maromo de Danby se le iban los ojos detrás de todas, que sus hijos siempre andaban con problemas en la escuela y que siempre estaban al borde del desahucio con su casa.

Las boquis eran tan cotillas como las internas.

Y comprendía que la mujer necesitase hacer de menos a cuantos tenía alrededor. La naturaleza humana, al fin y al cabo. La forma en que Danby se manejaba con su mierda de vida y su mierda de trabajo.

La lechera volvió a ponerse en movimiento y Susan soltó un suspiro de alivio. El tráfico de Londres era espantoso, sobre todo a primera hora de la tarde. Llevaba encajonada en aquella furgoneta desde las cinco y media de la mañana y sólo se habían parado una vez para ir al lavabo y tomar un bocado de algo. Danby se había llevado una buena merienda y comió y bebió todo lo que quiso sabiendo que Susan, esposada y sin espacio, no podía impedirlo.

Se abrió la mirilla y resonó una voz de hombre:

—Ya casi estamos, chicas. En cosa de diez minutos todos podremos estirar las piernas.

Dejó la mirilla abierta y a Susan le llegaron retazos de David Bowie cantando Life on Mars. Cerró otra vez los ojos y suspiró profundamente.

Danby la observaba con una expresión cerrada en el rostro.

—¡Dalston! —exclamó con un susurro imperioso.

Susan abrió los ojos y pudo apartar la cara justo a tiempo de evitar el último resto de la Pepsi de Danby que volaba hacia ella. El líquido oscuro se esparció por encima de su uniforme blanco.

—No van a dejarla salir, señora mía, a poco que yo pueda hacer.

Era una amenaza hueca y ambas lo sabían.

Mantuvo la cabeza baja y miró al suelo otra vez. Siguieron en silencio hasta que la furgoneta cruzó la entrada principal de la cárcel de Holloway. Y por fin, quince minutos después de que llegaran, les abrieron la puerta y Danby sacó a Susan medio a rastras. Al verse allí de pie a plena luz del día, al notar una brisa fresquita, hizo que le invadiera una sensación de insignificancia.

La sombría fachada de la prisión fue un crudo recordatorio de lo que la vida le tenía reservado allí dentro; el cerrarse las puertas, el estruendo metálico de las verjas, el ruido de las llaves en las cerraduras, todo lo que le cabía esperar de allí en adelante.

A pesar de que llevaba dos años viviendo de ese modo lo que le hizo comprender de lleno el asunto fue presentar la apelación: aquel mínimo atisbo de libertad elevó su conciencia de lo que era vivir en una cárcel.

Susan sabía que si no cooperaba nunca más saldría de allí y, al mismo tiempo, que nunca soltaría todo lo que le había pasado, nunca podría contarle a nadie toda la verdad. Era algo demasiado tremendo, demasiado real todavía para poder hablar de ello. Hay cosas que una se guarda dentro.

Sonrió ante lo irónico del caso.

La cachearon e hicieron la entrega sin el menor problema. Danby no dejó de soltar invectivas ni por un momento, pero la celadora de Holloway ni se molestó en responderle. Ya tenía aquello muy oído de antes.

La interrumpió en mitad de una frase y le dijo con mucha calma:

—Vuelve a la recepción principal y te llevarán a la cantina con las demás. De aquí ya no puedes pasar.

Susan se permitió una ligera sonrisa cuando la puerta se cerró de golpe ante las narices de Danby, que la miró a través de los barrotes bien separados y le guiñó un ojo a la otra mujer.

—Nos veremos, Dalston.

—No si yo te veo antes.

La celadora le soltó las esposas y Susan la siguió por un corredor polvoriento frotándose las muñecas.

—¡Mamona del norte! Durham es lo que las vuelve así... Se creen que son mejores que todas las demás funcionarias porque allí trabajan en el trullo más jodido. Bueno, pues que se vengan a probar un poco este pozo de mierda. Veintitrés horas encerradas con preventivas... ¡Si hasta las descuideras acaban por sulfurarse, imagínate las reclusas de verdad!

La guardiana abrió otra puerta más.

—¿Has comido?

Susan meneó la cabeza.

—Nada, desde esta mañana. Un chorrito de Pepsi, eso sí.

Soltó una risita, pero la funcionaria no le devolvió la sonrisa. No había entendido el chiste.

—Aquí tómatelo con calma, Dalston, lo sabemos todo de ti y de tu número de los palos. He oído en radio patio que la otra lo andaba pidiendo a gritos, y eso me basta, pero aquí no me lo repitas. Ya tenemos bastante trabajo como para tener que hacerte de niñera a ti, ¿vale? Si quieres darle lo suyo a alguna, te lo montas en la confortable intimidad de tu celda. Nada a la vista. ¿Me has entendido? ¿Eh?

Susan asintió, ya seria.

—Recuerda que aquí las lesbianas salen de debajo de las piedras y no sólo son internas. Vete con cuidado. Si haces algo, que sea con discreción, es el único consejo que puedo darte. Tu fama ha llegado antes que tú, pero eso ya te lo imaginarías. La forma en que machacaste al consorte va en tu contra desde el principio. Así que sigue mi consejo, cariño, la cabeza baja y la nariz limpia y todas saldremos ganando.

Caminaron en silencio hasta llegar junto al pabellón. El ruido que hacían cientos de mujeres era ensordecedor y aumentaba más y más según se aproximaban.

Una vez en el pabellón Susan se vio asaltada por olores y sonidos. El tufo intenso a repollo cocido del almuerzo era omnipresente, y entre él se colaban olores más agudos como el del sudor, el jabón y los desodorantes baratos. Las radios estaban a todo volumen y, para compensar, las mujeres hablaban a gritos. Susan sabía que todas observaban a la recién llegada y procuró ponerse bien derecha mientras apretaba su fardo contra el pecho. Las reclusas constituían la mezcla habitual de las prisiones: prostitutas con pelos y maquillajes exagerados, tímidas pasadoras de cheques sin fondos, artistas de las tarjetas de crédito, yonquis curtidas de caras marcadas. La misma gente en una cárcel diferente.

Todo muy deprimente, sí.

Al subir los peldaños hacia el primer rellano oyó una risotada y se volvió para encontrarse con un par de ojos verdes preciosos abiertos de par en par. Pertenecían a una chica pequeñita, como una muñequita. Y sonreía abiertamente a Susan, que casi le devuelve la sonrisa.

La celadora apartó a la chica de un empujón.

—Es una de las asesinas de niños, Dalston. Cuidado con ella. Parece un ángel, pero tiene más peligro que un perro rabioso. Tiró a su bebé a la grava desde un piso de protección oficial, en el piso dieciséis. Depresión posparto. La soltarán. Pero hasta entonces tenemos que aguantarla aquí.

Fue detrás de la funcionaria hasta llegar a una celda abierta. La celadora entró y Susan tras ella con la aprensión pintada en la cara. Nunca se sabe con quién te van a poner en la celda y hasta que la calas y lo averiguas y sabes que puedes estar tranquila es una cuestión delicada.

En la litera de arriba, con el pelo inmaculado y un maquillaje perfecto, estaba tumbada Matilda Enderby. Ojos oscuros, abundante cabellera de color castaño. Se incorporó, dio un buen repaso visual a Susan y luego se volvió hacia la funcionaria y le preguntó muy correcta:

—¿Vas a poner a ésta conmigo?

Era una voz grave, profunda, con acento de clase media.

Susan la miró a los ojos y probó con una ligera sonrisa.

La celadora no le hizo caso, se limitó a decir, seca:

—Escucha, Enderby, aquí no puedes ponerte a escoger, guapa. Renunciaste a ese derecho cuando te libraste de tu maridito. Así, como las dos estáis dentro por lo mismo, creo que vais a tener más cosas en común de lo que te piensas.

Salió de la celda y cerró la puerta tras ella.

Susan colocó el fardo en la litera de abajo y lo abrió. Lo primero que hizo fue sacar las fotos y las cartas de los niños. Luego desempaquetó las pocas cosas que llevaba y las metió en el cajón vacío de un escritorio pequeñito.

Matilda Enderby observaba todos sus movimientos.

Cuando Susan terminó se deslizó en su litera y tumbada allí contempló los rostros de sus hijos. Sobre todo el de la más pequeña.

Matilda salió de la celda y volvió con dos tazones grandes de té. Abrió un paquete de Digestas y puso unas cuantas en la litera, junto a Susan.

—¿De verdad que golpeaste a tu marido?

Susan la interrumpió.

—¿Ciento cincuenta veces con un martillo? —dijo en tono mordaz—. Pues sí, eso hice, y además fui contando los martillazos, así tenía en qué concentrarme.

Matilda asintió. Ahora hasta tenía cara de tranquilidad. Había desaparecido aquel movimiento constante de los ojos que delata a quienes observan escrupulosamente cuanto sucede a su alrededor. Ambas mujeres se quedaron un rato calladas.

—¿Y a ti qué te pasó, entonces?

Matilda puso una media sonrisa.

—¿No me has reconocido? En estos momentos soy el centro de atracción de los medios de comunicación. Voy a salir muy pronto de aquí. Lo mío fue una puñalada en el corazón, el cabrón se la tenía bien merecida después de lo que me hizo pasar.

Luego, con la voz llena de rencor, le preguntó:

—¿Tú por qué lo hiciste?

Susan se encogió de hombros.

—¿Quién sabe? —dijo.

—Bueno, seguro que tú sí lo sabes aunque no me lo digas.

Susan no respondió.

Lo que hizo fue tumbarse boca arriba en la litera e intentar dejar la mente en blanco. Jamás le había contado a nadie qué la había empujado al asesinato y no creía que llegara a contarlo alguna vez. Había demasiadas personas involucradas, demasiados secretos que preservar.

En realidad, así había sido toda su vida: una mentira encima de otra mentira, un secreto encima de otro secreto.

Ese día, más tarde, cuando se acallaron los ruidos de la prisión y echaron finalmente el cerrojo de la celda hasta la mañana siguiente, Susan se quedó a solas con sus pensamientos. Los mismos pensamientos que tenía noche tras noche. Sólo en el interior de su cabeza se permitía pensar en lo que había hecho y, mucho más importante, en por qué lo había hecho.

Sabía que para entender sus propios actos tenía que volver sobre sus primeros años. Que allí estaba la clave de todo lo que le sucedió más adelante. Después de aquellos dos últimos años oyendo hablar a aquellos psiquiatras que insistían e insistían para descubrir las razones de su crimen, Susan había comprendido al fin por qué le había hecho a Barry lo que le había hecho.



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