Masarykova univerzita Filozofická fakulta Ústav románských jazyků a literatur Bakalářská diplomová práce



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Masarykova univerzita

Filozofická fakulta
Ústav románských jazyků a literatur

Bakalářská diplomová práce
2014 Ladislava Filipová

Masarykova univerzita
Filozofická fakulta

Ústav románských jazyků a literatur

Španělský jazyk a literatura

Ladislava Filipová

El reflejo del exilio en las novelas de

María Teresa León y Luis Sepúlveda

Bakalářská diplomová práce

Vedoucí práce: Mgr. Athena Alchazidu, Ph.D.

2014

Prohlašuji, že jsem diplomovou práci vypracovala samostatně s využitím uvedených


pramenů a literatury. Dále prohlašuji, že tištěná verze je shodná s verzí elektronickou, která je uložena v ISu.

.................................................

Ráda bych poděkovala za cenné rady a pomoc při psaní bakalářské práce paní Mgr. Atheně Alchazidu a mé rodině za všestrannou podporu.

Ojos tristes, por la banda

de babor... ¿Adónde irán?


-¿Adónde van,

capitán?
Ojos tristes, que verán

las costas que otros no vean...
-Sin rumbo van.

...Mis ojos tristes, sin rumbo...

Rafael Alberti

Índice

1. Introducción

Casi medio siglo separa a la autora española Ma Teresa León del escritor y periodista chileno Luis Sepúlveda. Y más de treinta años pasaron entre el fin de la Guerra Civil Española y el Golpe de Estado de Augusto Pinochet en Chile. En ambos conflictos, la extrema derecha vencedora impuso un régimen de represión y terror, lo que provocó un cambio brusco de la vida de ambos escritores, o sea, la necesidad del exilio que les salvó del encarcelamiento y posiblemente de la muerte.

El objetivo del presente trabajo es comprobar cómo afectó la experiencia trágica de la pérdida de la seguridad del hogar a dos literatos de países y épocas distintas, específicamente, cómo se refleja dicha experiencia en su obra. Hemos escogido el libro Memoria de la melancolía de Ma Teresa León y dos novelas cortas de Luis Sepúlveda, La sombra de lo que fuimos y Hot line, para buscar los rastros del exilio en ellas y compararlos.

Exiliarse significa marcharse de la patria por razones políticas (Sánchez, 2001: 1015). Por eso vamos a esbozar primero la situación política en los países de origen de Ma Teresa León y Luis Sepúlveda para coprender mejor el trasfondo de sus condiciones personales y los motivos que les condujeron a abandonar sus patrias.

Ambos intelectuales izquierdistas participaron activamente en la lucha por la democracia, como lo declaran ellos mismos. Si bien llevaban plumas en lugar de armas, las experiencias de los conflictos bélicos y las violaciones de los derechos humanos afectaron profundamente su existencia, y, probablemente también su creación, sus obras literarias. Aparte de la ideología marxista que influyó de cierta manera a ambos autores, también el ambiente cultural de la época formó su arte. Así pues, en otro capítulo, vamos a trazar el entorno artístico de las épocas correspondientes, las tendencias y la influencia de otros escritores a nuestros autores.

A continuación vamos a prestar atención al fenómeno de exilio y a las características de la literatura de exilio. Ese intermedio breve podría ayudarnos a comprender mejos los libros de Ma Teresa León y Luis Sepúlveda y ubicarlos dentro de la vasta literatura de los autores afectados por el destierro de sus patrias.

Y por último vamos a analizar la Memoria de la melancolía de Ma Teresa León, igual que La sombra de lo que fuimos y Hot line de Luis Sepúlveda. Vamos a intentar a descubrir sus experiencias vitales, en especial, su condición de exiliados, reflejadas en las obras mencionadas y vamos a confrontarlas unas con otras para encontrar posibles analogías o diferencias.


2. La situación política en España de la preguerra y en Chile de los años 70
2. 1 España de la preguerra

El 14 de abril de 1931 España proclama la República y un gobierno provisional presidido por Niceto Alcalá Zamora con representantes de los partidos republicanos y el socialista asume pacíficamente el poder mientras que el rey Alfonso XIII huye de España.

Por la Constitución aprobada a finales de 1931, España se convierte en un Estado republicano, democrático, laico, descentralizado, con cámara única, sufragio universal y Tribunal de Garantías al cuidado de la pureza constitucional. La República debe ser el régimen que resolviera de una vez por todas las lacras seculares del campo español, imponiendo una más justa distribución de la propiedad y haciéndola más productiva. Bajo la presidencia de Manuel Azaña se levantan escuelas, se sujetan a los militares y se aprueba el Estatuto catalán. En los años treinta España está afectada por la crisis y su exportación baja brutalmente. El liberalismo económico se hunde y arrastra en su derrumbe, en el ánimo de la burguesía, a todo liberalismo, que, en otro plano, se muestra incapaz de defenderle de la escalada del comunismo (García y Gonzáles, 2002: 565-574).

En 1933 nace la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA) bajo el liderazgo del catedrático José María Gil Robles, a la par que el grupo monárquico encabezado por Antonio Goicoechea establece Renovación Española. En noviembre de 1933, José Antonio Primo de Rivera funda Falange Española, contraria al liberalismo y al marxismo, de ideología fascista y empapada de un violento nacionalismo españolista. En las elecciones de este mismo año, la derecha triunfa. El presidente Alcalá Zamora llama a Lerroux a formar gobierno. Se radicalizan los dirigentes y militantes del PSOE (Partido Socialista Obrero Español) y de UGT (Unión General de Trabajadores), dirigidos ambos por Largo Caballero. En las continuas manifestaciones autoritativas y antiparlamentarias de algunos dirigentes de CEDA, los socialistas creen ver una amenaza fascista. Desde la primavera 1934, la directiva del PSOE se manifiesta resuelta a tomar el poder por la fuerza, rompiendo la legalidad republicana y reemplazar la política moderada practicada hasta entonces por otra abiertamente revolucionaria. En Asturias se sublevan los trabajadores y la revuelta de los obreros está reprimida en sangre por el ejército africano. Las represalias se extienden a todo el país.

Nuevas elecciones están convocadas para febrero de 1936. Se forma el Frente Popular, integrado por las izquierdas y gran parte de las fuerzas progresistas y representaciones anarcosindicalistas, y conquista el poder. La República se encuentra asfixiada por el radicalismo proletario, la degradación del orden público y por la violencia callejera de la Falange (García y Gonzáles, 2002: 565-574). La situación es muy compleja: contra la República lucha también gente que ve derrumbarse los cimientos de su vida, es decir, la fe católica, el respeto por la historia y la convicción de la integridad territorial de la patria (Ubieto et. al, 2007: 700).

El 17 de julio de 1936 la guarnición de Melilla se subleva y declara el estado de guerra en Marruecos. Empieza la guerra civil. Es una guerra total en la que se utiliza por vez primera el terrorismo sistemático sobre la población civil, en forma de bombardeos y represalias aniquiladoras. Las fuerzas militares republicanas se enfrentan con el disciplinado ejército de Marruecos con Francisco Franco a la cabeza. Franco, jefe político y militar de la España nacional a partir de octubre de 1936 defiende «la España, una, grande y libre». Mientras los republicanos matados por la falta de alimentos básicos resisten con armas suministradas con grandes dificultades por la URSS. Juan Negrín, el jefe de gobierno republicano desde el mayo de 1937, no quiere rendirse a la espera de que algún acontecimiento internacional resolviera el conflicto. Con la caída de Cataluña el coronel Segismundo Casado, rebelándose contra su gobierno, ordena a los defensores de Madrid desistir (García y Gonzáles, 2002: 575-583). El 28 de marzo de 1939 cae Madrid y el 1 de abril termina la Guerra civil con la victoria de Franco (Ubieto et. al, 2007: 708).

El fin de la contienda no trajo la paz a los españoles, sólo les regaló orden pero orden policial. Sucedieron exilios, ejecuciones, encarcelamientos, depuraciones. Cerca de los 90% de los intelectuales se protegían en el exilio, dejando sin maestros a sus compatriotas. También la situación socio-económica de la gente no podía ser más calamitosa (García y Gonzáles, 2002: 587).

Así la guerra civil provocó el éxodo más de medio millón de personas. Para unos, el camino fue corto, y de Francia regresaron en los primeros años a una España que ya no reconocían como suya: allí les esperaba la feroz represión de una dictadura dispuesta a dictarles la muerte. A otros, les aguardaba una Europa en guerra, y la continuación de la barbarie fascista contra la que habían luchando en España. Otros cayeron víctimas de la violencia o la muerte organizada, del hambre, de la enfermedad en los campos de refugiados del sur de Francia; de castigo y trabajos forzados y de exterminio. Finalmente, los auténticos privilegiados para aquella situación, fueron los que consiguieron llegar a la seguridad de las tierras americanas en un número cercano a los 50 000 (Naharro-Calderón, 1991: 11-12).


2.2 Chile a principios de los años setenta

En 4 de septiembre de 1970 tuvo lugar la elección presidencial y su resultado otorgó la primera mayoría relativa (36,3%) a Salvador Allende Gossens, el candidato de la Unidad Popular, que congregaba a los partidos Comunista, Socialista y Radical, más los grupos pequeños. Jorge Alessandri de la derecha tuvo 34,8 % y Radomiro Tomic Romero 28,9 % de los votos (de Ramón, 2003: 184). Según la tradición, en la segunda vuelta electoral celebrada cincuenta días después de realizada la primera, que entonces correspondía dirimir al Congreso Pleno, se respetaba la primera mayoría relativa (de Ramón, 2003: 184).

En estos cincuenta días la derecha se empeñó en avivar el temor al comunismo y al marxismo en general; algunos de los conspiradores contra Allende se dedicaron a colocar bombas en Santiago y en las provincias; más la campaña de terror hecha por ciertos órganos de prensa relacionados con la derecha provocaron una grave corrida en los bancos y en las asociaciones de ahorro y préstamo, seguida de una caída importante de la Bolsa de Comercio, de una disminuición de las inversiones y de una fuga de capitales y dólares (de Ramón, 2003: 184-6).

Sin embargo, de acuerdo con la tradición y tras firmar el Pacto de garantías constitucionales (que fundamentalmente profundizaban las libertades de prensa, de trabajo, de enseñanza, de derecho de reunión, participación social y profesional de las Fuerzas Armadas, etc.) Salvador Allende fue elegido presidente el 24 de octubre de 1970 (de Ramón, 2003: 187).

Para poder llevar a cabo el programa económico de la Unidad Popular (que incluía p. ej. expropiaciones de las empresas claves para el desarrollo económico y social del país) dentro de las normas del sistema democrático se pusieron en acción decretos dictados durante la brevísima vigencia de la República Socialista en 1932 que permitían estatalizar las empresas más grandes y la mayoría de los bancos hasta el fin de 1972. Se produjeron una declinación de la producción, una alta inflación, una escasez de bienes y, finalmente, la aparición del mercado negro. La desunión dentro de la Unidad Popular frenaba el trabajo del gobierno y ayudaba a la oposición. También la violencia, los atentados a instalaciones de servicios públicos, huelgas, obstrucción parlamentaria cerrada y permanente jalonaban tres años del régimen de la Unidad Popular (de Ramón, 2003: 191-200).

Pese a desabastecimiento, la violencia callejera y otros síntomas, los aliados de Allende obtuvieron un 43,4% del total de los votos enl la elección al Congreso Nacional. Pese al triunfo de los partidos opositores, éstos no alcanzaban a los dos tercios de los senadores que eran necesarios para destituir al presidente (de Ramón, 2003: 203). El 26 julio de 1973 se declaró el paro general de los gremios apoyado por el gobierno de Estados Unidos. El 23 de agosto, la Cámara de los Diputados acusó al Ejecutivo de haber transgredido reiteradamente la Constitución, por lo cual se había colocado al margen de la legalidad. Este acuerdo fue, más adelante, muy citado como justificación del golpe militar y constituye la coronación de todos los esfuerzos de la derecha por deslegitimar el gobierno de la Unidad Pupular (de Ramón, 2003: 205).

A finales de agosto de 1973 el general Carlos Prats, Comandante en Jefe del Ejército de Chile, renunció a su cargo para evitar la sublevación del ejército y fue sucedido por el general Augusto Pinochet (de Ramón, 2003: 225-226). En martes el 11 de septiembre 1973 por la mañana las fuerzas marinas se apoderaron de Valparaíso y dentro de pocas horas el ejército en la capital se incorporó al golpe de estado ocupando las emisoras de radio y asediando La Moneda, el palacio presidencial. Allende rechazó la propuesta de salir del país con su familia en un avión y decidió quedarse en el palacio bombardeado por las fuerzas aéreas chilenas dónde murió probablemente por su propia mano (Chalupa, 2012: 421-422).

La revolución «con empanadas y vino tinto» (de Ramón, 2003: 193) terminó. Pinochet inició una terrible dictadura contra su pueblo desarmado que duraría 17 años. Declaró el estado de sitio, clausuró el Congreso, decretó la censura informativa e ilegalizó los partidos de la Unión Popular, declarando los restantes «en receso». Tales medidas fueron acompañadas de una represión contra los llamados «subversivos», principalmente comunistas y socialistas, que permitió a la DINA (Dirección de Inteligencia Nacional, la policía secreta) encarcelar, torturar, asesinar y hacer desaparecer a miles de chilenos. El Informe Rettig de 1991 comprobó la muerte y desaparición de 2 115 personas, si bien otras muchas no han podido comprobarse. Los desaparecidos de han estimado en unas 11 000 personas. Unos 200 000 chilenos lograron exiliarse (Lucena, 2007: 299-300).
3. El ámbito cultural en España de la preguerra y en Chile de los años 70
3.1 Literatura de España de la preguerra

En este capítulo vamos a comentar los impulsos más relevantes para la creación de la autora aunque somos conscientes de que la paleta de las influencias es mucho más amplia.

Ma Teresa León ya en su juventud vivía en un ambiente plenamente cultural. Sus tíos, los Menéndez Pidal, le transmitieron la pasión por la historia remota de España, por la poesía de romances; la condesa de Pardo Bazán regalándole a Ma Teresa una novela suya le deseó en la dedicatoria «seguir el camino de letras» (León, 1998: 90).

Su primer libro, Cuentos para soñar, editó en 1928. En este libro, igual que en otros relatos y novelas de esta época y también de las épocas posteriores, se nota la influencia de la vanguardia, del surrealismo sobre todo (Torres in León: 2003:11), que se opone al realismo y al materialismo e invoca la imaginación (Breton, 2001). Al casarse con Rafael Alberti, Ma Teresa León conoció un grupo de literatos que luego se denominarían la Generación de 1927.

Fueron publicaciones editadas fuera de España las primeras en presentar, en 1924, como nuevo fuente literario orgánico lo que ahora se denomina grupo o generación del 27. Sus jóvenes componentes habían ido entrando en escena de manera aislada, a través de las revistas de la última vanguardia de España y La Pluma. A la par se estrechaban relaciones entre sus autores. Hay que reseñar que la Residencia de Estudiantes en Madrid funcionaba como catalizador y plataforma de gestación del grupo que formaban prosistas creadores (Pedro Salinas, Benjamín Jarnés, Edgar Neville y Antonio Marichalar), ensayistas y críticos (Juan Chabás, José Bergamín, Guillermo de Torre, Dámaso Alonso), autores de teatro (Frederico García Lorca, Claudio de la Torre) y poetas (Jorge Guillén, Gerardo Diego, Rafael Alberti, Luis Cernuda, Vincente Aleixandre, Federico García Lorca, Emilio Prados, Manuel Altolaguirre) .

Y ¿por qué la generación de 27? En 1927 se celebró en Sevilla el homenaje público a Góngora por el tercer centenario de su muerte (Debicki, 1997: 31). El concepto de «generación del 27» se acusa a veces de ser una creación crítica autopropagandística de un grupo de amigos. En el ensayo redactado en 1948 por Dámaso Alonso se reconoce la ausencia de una motivación histórica, de un preciso influjo literario, de caudillaje, y hasta de una comunidad de técnica o de inspiración; se sustenta, en cambio, la validez de denominación generacional en estos elementos: «coetaneidad, compañerismo, intercambio, reacción similar ante excitantes externos» (García, 1984: 245-253).

Casi todos ellos tenían un conocimiento excelente de la literatura occidental, que continuaron ampliando con el tiempo. La poesía española de la Edad Media, del Renacimiento y del Siglo del Oro tuvo la mayor influencia en ellos; les ofrecía modelos de la transcendencia que buscaban en su arte, y contribuía a que muchos desarrollaran una postura tradicionalista. Las conferencias y los estudios que varios de ellos realizaron en torno a Luis de Góngora, así como los simposios y las actividades que el grupo organizó en su honor, sirvieron para afirmar una poesía que es a la vez ingeniosa, pulida, imaginista y significativa: una poesía representaría perfectamente el ideal de incorporar y hacer presentes los valores humanos universales (Debicki, 1997: 35), el poema es una realidad perfecta, pura y perrene situada por encima de la vida cotidiana (Debicki, 1997: 39).

Esta generación creció con la herencia de la visión simbolista del arte y lentamente se definió como protagonista de una alta modernidad (Debicki, 1997: 35). Su idealismo, por supuesto, fue posible gracias a la relativa estabilidad de la sociedad española durante la década de los veinte, a la facilidad con que circulaban las ideas y los conceptos estéticos, a las conexiones entre Madrid, París y Londres, y al hecho de que los poetas procedían de la clase media alta (Debicki, 1997: 40).

No podemos olvidar que Ma Teresa León es también la representante de la literatura de compromiso (Torres in León, 2003: 11), tan extendida en la época de la preguerra y durante la guerra civil. El año 1930, es el más fecundo para la difusión de revistas, folletos y libros, una vez librado el corsé primorriverista. También el mundo editorial se polariza en izquierdas y derechas y toma partido. Se produce una auténtica explosión de novelas revolucionarias y se traduce la literatura rusa y la pacifista, resultantes de la Revolución de Octubre en 1917 y de la gran guerra. Una de las revistas revolucionarias es la Octubre fundada en 1933 por Rafael Alberti y Ma Teresa León, que sólo alcanza los seis números y está impregnada de las ideas marxistas (García, 1984: 619-623).
3.2 Literatura de Chile en los años 70

Es significativo que al buscar información sobre los autores y movimientos literarios chilenos en las páginas de la Biblioteca Nacional de Chile, la década de los años setenta no aparece por separado igual que las caracterizaciones de otras décadas del s. XX y movimientos artísticos de la historia literaria de Chile.1 Sólo algunos datos se hallan en la década anterior y en la posterior. Eso demuestra claramente una ruptura, un vacío que se produjo después del Golpe de Estado causado por el éxodo de los intelectuales perseguidos por el régimen o por el enmudecimiento y el exilio interior de los que se quedaron.

Los escritores de la generación del 60, también llamados de la «Generación del 72», o «Los novísimos», o pertenecientes a la «Generación Emergente», están marcados por los fuertes acontecimientos históricos que ocurrieron a partir de los últimos años de la década de los 60. Estos hechos han determinado frente al público y la crítica el destino de sus obras, las que introducen en sus contenidos la atmósfera conflictiva de su tiempo. Surgen estos escritores después del llamado boom literario latinoamericano. Es una generación irreverente en muchos sentidos, desagradable al comienzo para los críticos literarios por el afán de ruptura con los moldes lingüísticos y por su separación de las referencias emanadas de sus modelos anteriores. Estos autores se formulan un programa que pretende revolucionar las letras chilenas. Aparecen dotados de sólidas lecturas de escritores extranjeros, especialmente norteamericanos, de un profundo conocimiento de las técnicas literarias y de una formación humanística intensa. Sus textos logran muchas veces acusar, denunciar, desenmascarar, mostrar los microscópicos fragmentos que dan sustancia a la realidad, como si fuera otra y distinta. Al comienzos de los años 70 la capacidad creativa de estos escritores adquiere nuevos rumbos, quizás caminos inesperados debido a la presión que ejercen sobre su sensibilidad los ecos de las luchas sociales que conmueven al país y a gran parte del continente (Jerez, 2002: 101-102).

Jerez (2002: 105-106) afirma que se subvaloran las obras que produce esta generación durante los tres años de Allende, y también los textos que surgen durante y después del golpe militar. Dice:

[...] al escribir sobre las maquinaciones del poder o sobre los vicios de gobernabilidad en nuestros pueblos, o cuando la novela se ocupa de un dictador, sobre un ángulo del dictador, y de personajes oprimidos, o torturados, se está escribiendo sobre seres humanos, sobre conductas y reacciones, sobre hechos que son el objetivo de la literatura: el alma humana, el pensamiento humano, cualesquiera sean las categorías de realidad por las que se incline el escritor.

(Jerez, 2002: 105-106)

En la generación del 70 pertenecen los autores nacidos entre 1935 y 1949, entre ellos destacan: Isabel Allende, Poli Délano, Ana María Del Río, Ariel Dorfman, Diamela Eltit, Cristián Huneeus, Fernando Jerez, Luis Sepúlveda, Antonio Skármeta y Mauricio Wacquez (Jerez, 2002: 113-117).

Desde principios de la década habían surgido diversas iniciativas culturales: aparecieron revistas, se formaron grupos literarios y las innumerables actividades realizadas en conjunto con los poetas y las universidades. Sin embargo, lo que realmente los cohesionó fue el Taller de Escritores de la Universidad Católica, iniciado en 1969, y a partir del cual la mayoría de sus miembros publicaron abundantemente entre 1966 y 1973. Esta generación fue apoyada por una prolífica industria editorial, que fue desarrollándose paulatinamente, hasta que a partir de 1971 presentó un auspicioso despegue. Sellos tales como Universitaria y Nascimento, motivaron la creación de colecciones que difundieron la narrativa chilena y latinoamericana.

Si bien los narradores de esta promoción marcaron un hito importante, no debe desmerecerse la actuación sobresaliente de autores de otras generaciones en esta década, por ejemplo, Carlos Droguett y José Donoso (Memoria Chilena, 2013a).

4. El exilio y la literatura del exilio


4.1 El exilio

El trasfondo histórico-legendario de los exilios u ostracismos es inmenso: los echados de Edén, la expulsión de Caín, la condena de Sócrates o el exilio de Arístides, el destierro del Cid, la diáspora de los judíos, el aislamiento de Napoleón, entre otros, hasta los continuos exilios del siglo XX y los de hoy día (Zahareas, 1999: 375).

El fenómeno del exilio se ha repetido casi sin excepciones en todos los periodos de la historia de España, en la que diferentes grupos sociales y políticos se han visto afectados por él. A pesar de esta constante presencia histórica, el uso del término «exilio», así como de su derivado «exiliado», es de muy raro uso en español hasta 1939. Hasta entonces, «exilio» siempre había sido empleado como sinónimo de «destierro», definido a su vez como «pena que consiste en expulsar a una persona de lugar o territorio determinado, para que temporal o perpetuamente resida fuera de él». Esta práctica punitiva se aplicaba ya en la antigua civilización griega, siendo codificada siglos más tarde por el Derecho Romano. Podía ser temporal (fygé), con una duración media que solía rondar los diez años, o definitiva (aeifygía) (Sánchez, 2008).

La pena del destierro no se limita, sin embargo, a las sociedades clásicas o modernas: «El peor castigo es el exilio, la expulsión de la familia y de la tribu, más temida que la muerte» (Allende, 2006: 84) explica Inés Suárez, la conquistadora de Chile, en el siglo XVI retratando la sociedad de los mapuches, indios salvajes que habitaban el territorio chileno antes de la llegada de los españoles.

En Chile, el exilio ha tenido un carácter fundamentalmente político y se ha institucionalizado en el sistema legal chileno como pena a delitos contra la patria, traición, conspiración o sublevación. Durante el período colonial, el destierro incluía tanto la expulsión de personas fuera del territorio, como la prisión o destierro en zonas apartadas del país, lo que posteriormente se llamó relegación. La fecha que dio inicio al destierro masivo de personas en el país fue el año 1767, cuando se expulsó a los jesuitas de todas las zonas bajo el dominio del rey de España Carlos III. Desde entonces, y hasta la actualidad, son miles los chilenos que, como consecuencia de las diversas crisis políticas que ha enfrentado la sociedad chilena, han debido vivir el exilio. Primero a causa de las guerras de la independencia, luego de las guerras civiles de 1851 y 1859 y, al finalizar el siglo XIX, debido a la Guerra Civil de 1891. Durante el siglo XX, bajo la tiranía de Carlos Ibáñez del Campo entre 1927 y 1931, algunos chilenos vivieron el exilio y bajo el gobierno del radical Gabriel González Videla éste fue legalizado bajo la "Ley de defensa de la democracia" de 1948. Sin embargo, fue durante la dictadura del general Augusto Pinochet (1973-1989), cuando salió de Chile el mayor número de exiliados políticos de la historia de Chile (Memoria Chilena, 2013b).

Así pues, en ambos países tenemos una larga tradición de deshacerse de los oponentes por medio de su expulsión del país o por la amenaza de muerte, directa o indirecta, si no emigran por su propia voluntad.


4.1 La literatura del exilio

La variedad de textos sobre los exilios, además de las diversas etiquetas que se apegan a los exiliados, ofrecen un saco donde caben las cuestiones palpitantes respecto a las relaciones problemáticas entre el «individuo» y el «estado»: escepticismos, dilemas, neurosis, desadaptaciones, destiempos, responsabilidad moral, miedos, indignaciones éticas, deseos de volver, nostalgias, venganzas y, sobre todo, la oscilación entre la desesperanza y la voluntad (Zahareas, 1999: 375). Los textos del exilio son muchas veces testimoniales, por lo que tienen que luchar con otra lacra, además de la de su desplazamiento, es decir su catalogización como inferiores, como testimonios «demasiado realistas» y no como «literatura» de refinado formalismo (Naharro-Calderón, 1991: 18)

La vida se transforma en literatura en muchas formas. Una de ellas y la más directa es el relato en primera persona en sus distintas variantes: Memorias, Diarios, Autobiografías. Es difícil deslindar el contenido de las Memorias y de la Autobiografía. Ya en el siglo XIX estas dos palabras estaban lejos de significar algo distinto y tener entidad propia. En el caso de las Memorias se hace más hincapié en los acontecimientos externos del personaje. Utiliza la Historia para reinterpretarla con la perspectiva del tiempo, además de clarificar los acontecimientos puntuales que el autor considera importantes para entender el pasado, mientras que la autobiografía suele estar relacionada sólo con la vida de la persona. En los Diarios la vida está expresada más directamente con sus avatares cotidianos (Monforte, 1999: 493-494).

Mientras que la autobiografía clásica, como la historia que es de un individuo que se realiza y sabe alcanzar su plenitud, exalta al narrador, en la autobiografía del exilio gira todavía la rueda de la fortuna triturando sueños y dejando al narrador en al curiosa posición de no querer ser quien es (Pope, 1991: 373).

En las obras literarias de los escritores exiliados aparece un conjunto de temas tratados con mayor frecuencia, según Marra-López (2004). El primer tema es el pasado. El tiempo pasado es el de mayor significación para el narrador, el único que verdadera y realmente, no de una manera ideal, está unido a la patria, la verdadera vida con sentido y esperanza, lúcida y con un cierto orden. Regresan a la infancia y adolescencia, etapas matizadas de inocencia, alegre esperanza humana, el fabuloso descubrimiento del mundo, llenas de recuerdos puros y entrañables y la apariencia del primer amor. Y insistentemente rebuscan en el pasado relacionado con la guerra civil, una trágica experiencia existencial, que se convierte en un leit motiv obsesionante en la obra de los narradores ausentes. De una importancia comparable es el presente de los autores exiliados, la adaptación a la nueva sociedad y la nueva cara del mundo; la angustia del narrador no participante en los asuntos de su patria. A menudo, los esritores se refugian en la abstracción, en el intelectualismo o en el simbolismo. Y por último, el tema muy frecuente es la España inventada y el problema del soñado y temido regreso, que es la razón por la que viven, el mayor anhelo enfrentado en duro choque con la realidad. Los exiliados coinciden en que la emigración no termina con el regreso; que uno vuelve a una tierra distinta. Dicho con Juan Ramón Jiménez «no ser de ningún otro país ni nunca un español» (Marra-López, 2004: 509-522). A estos temas universales de los autores desterrados, la literatura hispanoamericana del exilio añade uno más, el indigenismo (Cymerman, 1993: 531).

Está visto que existe un repertorio de rasgos y temas tratados con frecuencia, y hasta con obsesión, en la literatura del exilio. Más adelante vamos a averiguar la presencia de estos temas en los libros escogidos de Ma Teresa León y Luis Sepúlveda.


5. María Teresa de León

5.1 La vida de María Teresa León

María Teresa León Goyri nació en 1903. Estudió en la Institución Libre de Enseñanza y se licenció en Filosofía y Letras. Empezó a publicar en el Diario de Burgos. En 1929 se encuentra en la casa madrileña de los Menéndez Pidal, sus tíos, con Rafael Alberti, quien iba a ser su compañero por unos cincuenta años (Torres in León, 1998: 8-9). Se casan en 1932 por lo civil y tras serles otorgada una pensión para estudiar el movimiento teatral europeo comienzan a viajar por Berlín, la Unión Soviética, Dinamarca, Noruega, Bélgica y Holanda. Ma Teresa León participa en la fundación de la revista Octubre, en la que publicará su obra Huelga en el puerto (1933). En 1934 vuelven ambos a la Unión Soviética para asistir al Primer Congreso de Escritores Soviéticos. Tras el estallido de la Revolución de Asturias se van a los Estados Unidos, para recaudar fondos para los obreros damnificados (Anónimo, 2003).

Al estallar la guerra civil Ma Teresa León y Rafael Alberti están en Ibiza. En cuanto regresan a Madrid empieza la acción, el compromiso y una ejemplar labor de protección y desarrollo de la cultura en las peores circunstancias posibles (Torres in León, 1998: 12). Ma Teresa León trabaja de secretaria de la Alianza de Escritores Antifascistas, funda la revista El Mono Azul, y participa en la Junta de Defensa y Protección del Tesoro Artístico Nacional que traslada las obras de arte del Museo del Prado y de El Escorial (Anónimo, 2003).

Después de la derrota republicana se exilian a Francia, Argentina e Italia. En París viven hasta finales de 1940, trabajando como traductores de la radio francesa Paris-Mondial y como locutores para las emisiones de América Latina. Durante 23 años viven en Argentina donde nace su hija Aitana. En 1963 se trasladan a vivir a Roma. El 27 de abril de 1977 vuelven a España (Anónimo, 2003). Ma Teresa León sigue militante activa del PCE (Partido Comunista de España). Sus últimos días vive la escritora en una residencia de ancianos de Majadahonda y muere víctima del mal de Alzheimer el 13 de diciembre de 1988 (Torres, 1988).
5.2 Memoria de la melancolía

En su libro de memorias la autora recuerda los acontecimientos cruciales de España igual que los detalles íntimos de su vida; describe, explica, lucha, canta y llora.

Ma Teresa León no redacta un diario, ni sigue el transcurso natural de la vida, prefiere captar pedazos de recuerdos, jirones de colores, de olores, de sonidos, de voces, de imágenes, tal como le vienen. El pasado es un cuadro impresionista.

Al principio, al referirse a su infancia, Ma Teresa León habla de sí en tercera persona, como de alguien a quien contempla, de quien quiere mantener una distancia. También de lejos observa su familia: a la madre celosa; a la tía, la famosa María Goyri y su hija Jimena, la prima de María, a la que admiraba. Parece que su infancia no era precisamente dichosa: «Las voces solas se han quedado dentro. Mejor no oírlas. Tapizarse los oídos, subirse las sábanas hasta los ojos...No quiero oír mi infancia» (León, 1998: 74).

Se nota la influencia del ambiente cultural que rodeaba a Ma Teresa León, en especial en la casa de sus tíos; «No entendió la niña. Se rió. Empezaba a darle vergüenza el no saber. Quería saberlo todo» (León, 1998: 90).

Sucesivamente ella del relato pasa a ser yo, como la autora madura y agarra ella misma las riendas de su destino. En esa época conoce al poeta uniendo su vida a la de él: «Rafael y yo no desuniremos nuestras manos jamás [...] Ya no estoy sola, ya no me contesta el eco cuando hablo en voz alta. Empiezo, empiezo por mi cuenta y riesgo la vida» (León, 1998: 167, 203).

Pinta las peripecias de los viajes por Europa, por ejemplo a Noruega, a Moscú o a México y otros países de América Latina, de los que escribe: «Sentimos la tragedia de esta tierna y hermosa América, de estos territorios divididos para poder vencerlos mejor» (León, 1998: 253).

Relata su participación en la guerra civil. Se detiene largamente en estos «[...] días fraternales y limpios» (León, 1998: 286) cuando «la cadena de la camaradería funcionaba, emocionándonos» (León, 1998: 274). Y aclara que éstos fueron «[...] años del más feliz momento de la inteligencia española» (León, 1998: 479).

Dedica pasajes extensos a sus compañeros, amigos, camaradas, poetas, que pueblan las páginas y también a su trabajo para la Alianza de Intelectuales Antifascistas, para las Guerrillas del Teatro del Ejército del Centro y para la Junta de Incautación del Tesoro Artístico, que salvó valiosos cuadros del Museo del Prado y los trasladó a Ginebra. Menciona el famoso Congreso Internacional de Escritores Antifascistas celebrado en Madrid, Barcelona y Valencia en plena guerra en 1937. Y con profunda tristeza recuerda los últimos días de la guerra civil:

¡Y será verdad que quieres tanto a España como piensas? Sí, es que yo pienso con la sangre del corazón. ¿Y será verdad que rezas todas las mañanas? Sí, rezo lo que en el poema del Conde Fernán Gonzáles ya dijeron: Señor, por nuestros pecados, no destruyas a España. Pero la destruían. Yo he oído los últimos latidos de su alma.

(León, 1998: 357)

Relaciona el fin de la guerra con la noticia sobre la muerte de Antonio Machado, un poeta muy respetado y amado por Ma Teresa León y sus amigos: «Todo, todo se nos concluyó aquel día y con aquella noticia. Nos habíamos quedado sin aliento. Nuestra literatura de combate expiraba. Federico, muerto al comenzar la agonía; Antonio Machado, al terminarla. Dos poetas. Ninguna guerra había conocido jamás esa gloria» (León, 1998: 345). En estos momentos ya estaba todo decidido. Las últimas brigadas sangraron en las calles de Madrid ya rendido, y la muerte aguardaba a sus valientes defensores. Al matrimonio Alberti no les quedaba sino la huida de España y el exilio: «¿Y recuerdas que salimos juntos de España en un avioncito pequeño y rojo» (León, 1998: 362)?

De Orán donde aterrizó su «libélula roja» (León, 1998: 366) llegaron a Marsella y después a París, donde trabajaban para la radio, sin embargo, como dice Ma Teresa León: «Veíamos extenderse las sombras» (León, 1998: 459), y por eso partieron rumbo a América Latina. Se instalaron en Buenos Aires, donde nació su hija Aitana y se quedaron veinticuatro años: «Alabada seas, ciudad hermosa de América, por habernos resuscitado!» (León, 1998: 420).

Ma Teresa León explica en sus memorias minuciosamente lo que significa el exilio que para ella tiene «el olor a ilusiones molidas» (León, 1998: 332):

Sentada en esta tierra de nadie que es el destierro, veo a veces alrededor mío un charco de sangre. No puedo incorporar de nuevo a mis venas la que voy perdiendo [...] Los que escriben nos dicen que se sienten ahogados, envueltos en una gasa impalpable que les quita la respiración libre de la boca. ¿Y nuestra soledad?

(León, 1998: 186)

Es una soledad en el fondo del corazón causada por la privación de la patria y de la esperanza. No obstante, añade que: «Nosotros jamás hemos estado solos» (León, 1998: 458-459). Más adelante vamos a tratar el papel de los amigos en la vida de Ma Teresa León con más detalles.

En el exilio Ma Teresa León no para de trabajar incansablemente, escribe cuentos, guiones para la radio, la televisión o el cine; nos aclara: «Escribo con ansia, sin detenerme, tropiezo, pero sigo. Sigo porque es una respiración sin la cual sería capaz de morirme. No establezco diferencia entre vivir y escribir» (León, 1998: 430).

El consuelo le trae por ejemplo la escritura de la biografía novelada de doña Jimena Díaz de Vivar, la mujer del Cid. La autora se identifica con Jimena, el prototipo de las valientes mujeres españolas:

Siempre ha habido que luchar contra los que nada entienden de los derechos de los hombres honrados, y los hombres honrados tenían que alejarse para conquistar de nuevo la vida, toda hecha de trabajos, en lugares lejanos e inhóspitos. En esta dispersión española le ha tocado a la mujer un papel histórico y lo ha recitado bien y ha cumplido como cumplió doña Jimena, modesta y triste [...] Y se contará la pequeña epopeya diaria, el heroísmo minúsculo de los labios apretados de frío, del hambre, de los trabajos casi increíbles.

(León, 1998: 432-433)

Ma Teresa León vive con su familia en Buenos Aires también durante la era de Juan Domingo Perón. Se dan cuenta de que otra vez se encuentran ante un régimen antidemocrático: «Comprendíamos que fuera se representaba un teatro verdad hecho con soldados que iban ocupando los lugares estratégicos de Buenos Aires, tomando posesión de las palabras, de los gestos, de las viejas banderas [...] Decididamente siempre somos inoportunos» (León, 1998: 454). Los censuradores impiden publicar los textos de Ma Teresa León en la televisión y en la radio. Ya puede realizarse únicamente en Mucho Gusto, una revista para las amas de casa (León, 1998: 458).

La situación política en Argentina marcada por golpes de estado y sublevaciones de militares les obliga a los Alberti a hacer las maletas otra vez y partir rumbo a Europa. Llegando a Roma, el último exilio, Ma Teresa León nota ya la vejez acercándose: «[...] mira y habla como entonces [...] creyendo que es entonces y han distribuido mal los papeles y le han dado por equivocación el de la vieja» (León, 1998: 103).

Por la casa del matrimonio Alberti en la Ciudad Eterna pasan los españoles que se quejan de la situación política en España: «Hablaban de la angustia española de estar sin voz ni voto y la rabia que les daba la obligación impuesta de realizarse entre toros y football y cantos o nada» (León, 1998: 104). Ma Teresa León dice al respecto: «Y lo más extraño es que vuestra razón es exactamente igual a la razón de nuestra juventud» (León, 1998: 105).

Además las visitas provocan una nostalgia profunda por pequeñas cosas de la vida en la patria lejana: «Y hoy ¿cómo preguntar a los que entran en mi casa y se sientan a mirarnos como piezas de museo, si sigue manando la fuente, el arroyito, si los pinos protegen a los amantes? [...] Debo tenerles envidia por lo que tienen y yo no tengo (León, 1998: 104). La edad y la nostalgia empujan a la autora a terminar el libro de sus recuerdos.

«Así es la nostalgia; un lento baile circular. Los recuerdos no se organizan cronológicamente, son como el humo, tan cambiantes y efímeros, que si no se escriben desaparecen en el olvido» (Allende, 2009: 165), describe de una manera semejante Isabel Allende su propia añoranza de la escritora desterrada.

También la pérdida de sus amigos resulta muy dolorosa para Ma Teresa León. En las últimas páginas de sus memorias cuenta anécdotas de sus amigos, recuerda a los que van muriéndose, por ejemplo a Miguel Hernández, Ernesto Hemingway o Luis Cernuda. Al final reconoce que: «Y encadenada vivo a los recuerdos abusando de la paciencia de los que me escuchan» (León, 1998: 442).

En resumen, Memoria de la melancolía es la obra que, aunque adscrita al género autobiográfico (o autoginográfico), posee, en mayor o menor medida rasgos de libro de viajes, de crónica personal de la guerra civil, de relato del exilio de la España peregrina, de alegato político y propagandístico a favor de la democracia y de la República española, de apunte generoso de hombres sin nombre, de retrato de artistas e intelectuales europeos y americanos, de relato de desarraigo (Bravo, 2000: 149-150).

Como hemos visto, toda su vida Ma Teresa León mantenía viva la memoria de esos tres años de la guerra civil que parecieron claves para ella. Y no sólo porque la condujeron al exilio, sino, sobre todo, porque la fortalecieron, le dieron la fe en sí misma, y dichos recuerdos le proporcionaron el ánimo y la energía para la vida posterior. La guerra la incorporó entre los defensores de la democracia y le dio el sentido de la vida.
6. Luis Sepúlveda
6.1 La vida de Luis Sepúlveda

Luis Sepúlveda nació en 1949. Tras terminar la enseñanza secundaria en Santiago, estudió producción teatral en la Universidad Nacional. En 1969 recibió una beca escolar de cinco años para estudiar en Moscú, que le fue retirada a los cinco meses por mala conducta. Por esa época trabajó en la administración Salvador Allende en el departamento de cultura, a cargo de una serie de ediciones baratas de clásicos (Anónimo, 2013).

Tras el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973 fue encarcelado dos años y medio. Gracias a la sección alemana de Amnistía Internacional obtuvo libertad condicional y fue puesto bajo arresto domiciliario. Se escapó pero dentro de un año fue apresado de nuevo y condenado a veintiocho años de cárcel por traición y subversión. Otra vez intervino la Amnistía Internacional y su sentencia fue convertida en exilio de ocho años.

En 1977 fue a Uruguay pero, como la mayoría de sus amigos uruguayos y argentinos estaban muertos o en la cárcel por sus respectivas dictaduras, fue primero a São Paulo, Brasil y luego a Paraguay. Tuvo que irse de nuevo por el régimen local y al fin se quedó en Quito, Ecuador, con su amigo Jorge Enrique Adoum. Dirigió el teatro de la Alianza Francesa, empezó una compañía teatral y más tarde tomó parte en una expedición UNESCO para observar el impacto de la colonización en los indígenas shuar. En esta expedición vivió con los shuar durante siete meses y trabajó con las organizaciones indígenas para hacer un borrador del primer plan para la alfabetización de la federación de los campesinos Ibambura, en los Andes (Anónimo, 2013).

En el 1979, se unió a la brigada internacional Simón Bolívar que luchaba en Nicaragua. Tras la victoria de la revolución trabajó como periodista, labor que continuó en su traslado a Hamburgo (Alemania). Desde el 1982 hasta el 1987 navegaba en una de las embarcaciones de Greenpeace y luego fue coordinador entre varias secciones de la organización. El reconocimiento mundial le llegó con la publicación de Un viejo que leía novelas de amor. En 2001 debutó como director cinematográfico con la película Nowhere. En la actualidad vive en Gijón, España (Anónimo, 2013).

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