Masarykova univerzita Filozofická fakulta Ústav románských jazyků a literatur Bakalářská diplomová práce



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6.2 La sombra de lo que fuimos

La novela premiada se abre con «el primer asalto a un banco en la historia de Chile» (Sepúlveda, 2009: 63), el asalto de la sucursal Matadero del Banco de Chile realizado en 1925 por cuatro hombres, entre ellos Buenaventura Durruti y Francisco Ascaso, los anarquistas españoles prominentes, y el abuelo del Pedro Nolasco González.

Avanzamos en el tiempo hacia los noventa y pasamos un día de julio en la capital, Santiago de Chile. Durante toda la historia llovizna, llueve a mares e incluso hay tormenta con relámpagos.2

Cacho Salinas, un exiliado que ha vuelto a su país natal después de trece años del destierro en París está encargado a comprar pollos asados. Mientras llueve Cacho se pone a conversar con el vendedor, un comunista, que también estaba exiliado, en Suecia, en Gotemburgo (Sepúlveda, 2009: 17-22).

Entramos en una disputa violenta entre los esposos, Concepción García y Coco Aravena, «un aficionado a las películas, a la música, a la literatura social, a los clásicos de la canción protesta» (Sepúlveda, 2009: 30). Concha, frustrada por la vida con un inútil, tira un tocadiscos por la ventana. En la calle gris y abandonada no hay nadie excepto un hombre, un veterano, que recibe el golpe fuerte con el tocadiscos en la cabeza y se cae. Coco, sale para averiguar las heridas del hombre. Éste no da señales de vida (Sepúlveda, 2009: 31).

Lucho Arancibia resuelve el crucigrama de un dominical de El Mercurio. También es un alma más de los que lucharon por Allende en 1973. Lucho pasó por «el campo de concentración de Puchuncaví, del que salió, según él mismo, con un plomo fundido» (Sepúlveda, 2009: 78). Lucho suele pensar en voz alta:

¿Por qué no ponen palabras inteligentes que tengan que ver con nosotros? Por ejemplo: diez letras, campos de concentración en el que si te sacaban de noche no regresabas nunca. Puchuncaví. Ocho letras, lo que sientes cuando tus viejos van a verte a la cárcel y te dicen que tu hermano Juan ha muerto acribillado a tiros en un basural. Tristeza. Seis letras, qué sientes si al abrir un agujero en la tierra encuentras tres esqueletos con las manos atadas a la espalda y uno lleva los zapatos de tu hermano Alberto. Bronca.

(Sepúlveda, 2009: 35)

Cacho Salinas viene a su galpón. Son viejos amigos de la Joven Guardia comunista, «de los años sesenta, cuando las muchachas comunistas anudaban el pañuelo rojo a los cuellos de los compañeros» (Sepúlveda, 2009: 37).

El hombre muerto por el golpe del tocadiscos resulta ser Pedro Nolasco González, a quien esperan Cacho Salinas y Lucho Arancibia. Mientras los policías determinan la identidad del muerto según registros de dactilogramas. Es un viejo conocido ya que su prontuario es «una larga lista de denuncias y condenas leves por delitos menores, raros, inusuales» (Sepúlveda, 2009: 60).

Al galpón de Lucho Arancibia viene Lolo Garmendia, otro compañero de los tiempos remotos. Conversan sobre sus vidas en exilio y en Chile pinochetista. Y Cacho Salinas llega a saber que Lolo Garmendia prepara un asalto (Sepúlveda, 2009: 79).

Al registrar los bolsillos del muerto, Coco Aravena encuentra un revólver y un papelito con número de teléfono apuntado (Sepúlveda, 2009: 31). Se lleva ambas cosas, llama al teléfono y le indican la dirección del galpón de Arancibia (Sepúlveda, 2009: 88-89). Los policía vienen a interrogar a Concha y ella les dice la verdad sobre el accidente y que su esposo ha salido con el revólver (Sepúlveda, 2009: 91-99).

Concha se emboracha por el miedo y la tristeza y recuerda su viaje a Berlín dónde asistió dos semanas a un curso intensivo de alemán:

Estaba en Berlín, caminaba feliz mirando las vitrinas de Kurfürstendamm, pensaba subir a la cafetería de los almacenes Hertie [...] y desde ahí mirar los techos de una ciudad que cuando la recibió tenía algo de isla [...] pues amaba vivir en una ciudad en donde las gentes se preocupaban por el otro [...] Amaba Berlín desde el día en que, junto al cónyuge empecinado en dormir durante todo el vuelo, aterrizaron en Tempelhof y una pareja de muchachos intensamente rubios que podían ser los hijos que no tuvo la abrazaron exclamando: «¡Bienvenida a Berlín, compañera!».

(Sepúlveda, 2009: 44-45)

El caso del muerto subversor investiga Crespo, un inspector experimentado, y una detective joven, Adelita Bobadilla, «la detective orgullosa de ser parte de la primera promoción de polis con las manos limpias, de los que en 1973 todavía no habían nacido o eran muy pequeños para ser torturadores y aliados del narcotráfico» (Sepúlveda, 2009: 58).

Coco llega al galpón y todos se reconocen como viejos compañeros de los tiempos de Allende. Les cuenta la verdad sobre la muerte de Pedro a los tres. Juntos recuerdan al Pedro, La Sombra, y sus acciones después del Golpe de Estado; al anarquista, al Robin Hood a la chilena (Sepúlveda, 2009: 125-143).

Los cuatro deciden asaltar «un café con tetas» llamado El Dragón Feliz ya que Pedro le indicó a Lolo que allí estaba escondido un tesoro. En una falsa pared encuentran una maleta con millones de dólares (Sepúlveda, 2009: 151-158).

El inspector Crespo y la detective Adelita Bobadilla acuden primeros al lugar del robo y encuentran una caja con ciertos documentos que registran las cuentas de los militares de Pinochet corrompidos,

[...] el reparto del botín: casas de asesinados, vehículos recibidos a cambio de un salvoconducto para salir del país, objetos de arte saqueados y vendidos en prestigiosas galerías europeas, acciones entregadas a cambio de salir de los centros de tortura, joyas recibidas para la reconstrucción nacional y, sobre todo, sobornos.

(Sepúlveda, 2009: 169)

Los dos policías llaman los periódicos, las radios, las televisiones y para los periodistas leen en voz alta en contenido de los documentos con todo lujo de nombres y cifras.

«Dicen que al mediodía de aquel 16 de julio había dejado de llover sobre Santiago» (Sepúlveda, 2009: 170).

El libro está lleno de recuerdos, de la nostalgia por la juventud, por la lucha por las ideas y contra la dictadura. Con humor recuerda el caos, la «creatividad» y la anarquía de los años del gobierno de Allende (p. ej. Sepúlveda, 2009: 49-55). Al mismo tiempo advierte de los horrores de la dictadura o «del gobierno militar, o régimen autoritario, como dicen los que desterraron la palabra dictadura del diccionario» (Sepúlveda, 2009: 60). Cree que sin castigos para los asesinos el país no se libera nunca, no supera su pasado. Pedro dice: «Soy la sombra de lo que fuimos y mientras haya luz existiremos]» (Sepúlveda, 2009: 15) y con él el autor tiene esperanza de que y un día cesará la lluvia y todo lo oculto detrás de ella sale a la luz del sol y el país podrá por fin empezar de nuevo.


6.3 Hot line

La novela corta cuenta una historia de un detective rural. Se llama George Washington Caucamán, «lleva pura sangre mapuche en las venas» (Sepúlveda, 2003: 19) y vive y trabaja en su «amado mundo austral» (Sepúlveda, 2003: 5). En especial lucha contra los cuatreros y contrabandistas. Un día sorprende a los cuatreros, dispara y hiere a uno que resulta ser el hijo del general Canteras. Como castigo lo mandan a la capital a trabajar en el departamento de delitos sexuales (Sepúlveda, 2003:15-24).

El detective está acorralado en la «ciudad rodeada por símbolos de invierno» (Sepúlveda, 2003: 92) donde «el frío y la humedad traspasaban la ropa con insistencia» (Sepúlveda, 2003: 34). Tampoco la gente le cae bien; como si la sombra del miedo estuviera todavía presente: «Se cruzó con unos pocos transeúntes de andar apresurado. Todos andaban con el cuerpo encogido e inclinado, como si una flecha se les hubiera clavado en el medio del vientre» (Sepúlveda, 2003: 34).

Sin embargo, pronto traba amistad con Anita Ledesma, una taxista, que pasó dos meses en Villa Grimaldi3, un infierno en la Tierra, y perdió en 1973 a un compañero que desapareció: «Vivimos juntos dos años, hasta que un día de noviembre del setenta y tres lo sacaron de la facultad y se transformó en un recuerdo, una carpeta, un desaparecido más» (Sepúlveda, 2003: 62).

En el departamento de Caucamán viene una pareja de actores, María Lombardi y Sergio Téllez, que regresaron del exilio y al no poder encontrar ningún trabajo montaron una empresa de la línea caliente. Pero pronto empezaron a recibir llamadas amenazantes que les aseguraban que iban a pagar por su pasado y traiciones a la patria:

El tiempo tiene mil voces y la mayoría son crueles. Esa voz del tiempo se presentaba masculina, ronca, segura. Se dirigía a los homosexuales, a las putas, a los curas rojos, a los sindicalistas, asegurando que muy pronto pagarían por sus inmoralidades y traiciones a la patria. Luego, la cinta continuaba con un fragmento del Venceremos, seguía con un par de frases del último discurso de Allende, para dejar paso al llanto, a los gritos desesperados, a los ruegos de piedad, a los aullidos, a las respiraciones entrecortadas de gentes arrancadas del desmayo y devueltas a las garras del dolor.

(Sepúlveda, 2003: 63-64)

El detective registra el archivo de grabaciones en la Radio Tierra para averiguar a quién pertenece la voz del hombre (Sepúlveda, 2003: 70). Es del mismo general Canteras que aparte de amenazar a la pareja trata de vengarse en el detective por su hijo (Sepúlveda, 2003: 89).

Caucamán mata a dos hombres del general que le siguen y captura al tercero. Lo interroga sobre el servicio para Canteras durante la dictadura. Entre otras atrocidades el preso menciona los «centros operativos»:

Casas que teníamos. Casas que les quitamos a los rojos y servían para los interrogatorios [...] algunos se iban, morían en los interrogatorios, otros se suicidaban, a otros simplemente los mataban por el puro gusto de hacerlo. Luego los abrían, les vaciaban las tripas y los tiraban al río, o al mar, para que se los comieran los peces [...].

(Sepúlveda, 2003: 84)

El detective lleva al preso al cerro de San Cristóbal y llama a los jefes de éste. En un espectáculo público detiene a Canteras y a sus hombres. La novela termina con «Amanecía sobre la capital» (Sepúlveda, 2003: 92); todo se despeja y los asesinos pagarán por sus barbaridades.

En Hot line el escritor señala que incluso después de la derrota de Pinochet en las elecciones, los generales y los milicos siguen creyéndose «los dueños de la cancha, de la pelota y del árbitro. Y por desgracia es así.» (Sepúlveda, 2003: 19-20) y que «en Chile [...] todo cambió para que todo siguiera igual» (Sepúlveda, 2003: 10). La idea principal del libro es, igual que en La sombra de lo que fuimos, la justicia para los maltratados y el tribunal imparcial para los asesinos.
7. Comparación
En la obra de ambos autores aparecen los temas característicos de la literatura del exilio tal como los define Marra-López (2004). El pasado determinante y la juventud dedicada a la lucha por temas que sentían esenciales traspasan sus relatos. Por eso el énfasis que ponen en cuestiones de recuerdos, olvidos, de la memoria. Ma Teresa León aviva su memoria para añadir su historia a las otras de los exiliados: «Sí, desterrados de España, contad, contad lo que nunca dijeron los periódicos, decid vuestras angustias y lo horrorosa que fue la suerte que os echaron encima. Que recuerden los que olvidaron» (León, 1998: 404). Lo importantísimo es no olvidar: «Sigo escribiendo sobre los muertos. Memoria para el olvido» (León, 1998: 496). Acentua que hay que conservar los recuerdos y difundirlos: «No, no, aunque parezcamos mendigos, los españoles debemos seguir pidiendo, contando, hablando, iluminando las cárceles oscuras para que la gente mire, vea y compare» (León, 1998: 474). En este punto coincide Ma Teresa León con Luis Sepúlveda que dice en sus novelas prácticamente lo mismo:

Todas y todos los que quedamos en esa mesa llevamos cicatrices visibles en los cuerpos y otras casi invisibles bajo la piel [...] en la fuerza de los abrazos está la máxima que nos une y nos permite caminar con dignidad, mirar sin vergüenza a nuestros hijos [...] Esa máxima dice: ni olvido, ni perdón.

(Sepúlveda, 2010: 42)

Además, para Ma Teresa León la memoria es un asunto sumamente personal ya que su abuela, su madre y la autora misma padecían el mal de Alzheimer (Torres, 1988). Por eso quiere aferrar los recuerdos, da vueltas a los acontecimientos de su vida, los mima y repite. Así pues, el motivo de la memoria aparece también en otras obras suyas, como en Juego limpio, donde el personaje principal dice: «Sospecho que a nadie le interesan estos latidos de mi sinceridad, por eso voy escribiéndolos. Me interesan a mí. Son mi memoria» (León, 2000: 22).

No obstante, mientras que para los desterrados recordar era una obligación, para los que se quedaron, tal como lo menciona Luis Sepúlveda: «El olvido fue una necesidad urgente [...] Muchos hombres y mujeres que se conocían se negaron a sí mismos en una epidemia de amnesia necesaria y salvadora» (Sepúlveda, 2009: 69).

A veces, la memoria tiende a traicionarlos, como advierte Williams: «[...] and no whiteness (lost) is so white as the memory of whiteness [...]» (Williams, 1962). Luis Sepúlveda, igualmente, señala en La sombra de lo que fuimos la debilidad de la memoria: «Nunca confíes en la memoria, pues siempre está de parte nuestra; adorna lo atroz, dulcifica lo amargo, pone luz donde sólo hubo sombras. La memoria siempre tiende a la ficción» (Sepúlveda, 2009: 170) y esa flaqueza la relaciona con la dificultad de regresar del destierro: «Quiso responder que del exilio no se regresa, que cualquier intento es un engaño, una absurda tentativa por habitar en un país guardado en la memoria. Todo es bello en el país de la memoria, no hay percances en el país de la memoria. El país de Peter Pan es el país de la memoria» (Sepúlveda, 2009: 40).

Naturalmente, Ma Teresa León y Luis Sepúlveda se preocupan en sus obras por sus respectivas patrias. León busca: «Una patria para reemplazar a la que me arrancaron del alma de un solo tirón» (León, 1998: 81). Y con el paso de los años la encuentra: «[...] mi patria son mis amigos. Y no me equivoco jamás (León, 1998: 413). Lo comenta otra vez en otro pasaje de sus memorias: «Nuestra patria iba a ser desde este momento en adelante nuestros amigos» (León, 1998: 508),

Luis Sepúlveda no expone en sus libros directamente lo que significa para él la pérdida de su patria. No obstante, es posible rastrear su añoranza por Chile en sus novelas que tratan los temas ecológicos como Mundo del fin del mundo. Para Luis Sepúlveda la patria no es algo abstracto sino que su patria es físicamente el terreno chileno, en especial su parte austral.4 No usa el término de patria a menudo, por lo general se refiere a «el país» y sus cambios después de el supuesto regreso de la democracia. Los personajes de Luis Sepúlveda que volvían del exilio:

[...] andaban desorientados, la ciudad no era la misma, buscaban sus bares y encontraban tiendas de chinos, en su farmacia de infancia había un topless, la vieja escuela era ahora un negocio de autos, el cine del barrio un templo de los hermanos pentecostales. Sin avisarles, les habían cambiado el país.

(Sepúlveda, 2009: 97-98)

Sin embargo, los cambios externos sólo disimulaban que por dentro, Chile seguía el mismo, «[...] nada había cambiado en ese país de mierda, todo, la casa, la policía y hasta el mismo aire estaba controlado por los militares» (Sepúlveda, 2003: 76).

Los pseudo cambios del país se relacionan con otro gran punto común de ambos autores que es la justicia. Ma Teresa León pregunta «¿Tendremos siempre que contar con la muerte para solucionar problemas de España? ¿Nunca con la justicia?» (León, 1998: 108). Para Luis Sepúlveda, la justicia se convierte casi en una obsesión omnipresente en sus novelas: «No existía la justicia y solamente los cretinos o los cobardes podían confiar en que alguna vez el pañuelo paternal del Estado les sacaría las lágrimas lloradas o contenidas por más de treinta años» (Sepúlveda, 2009: 70). Le indigna que: «Dieciséis años de dictadura bastaron para convencer a los criminales de que la impunidad era la ley en Chile» (Sepúlveda, 2003: 77) y lo esclarece en otro libro suyo titulado Historias de aquí y de allá:

[...] el presidente Alwyn reconoce oficialmente que durante la dictadura se cometieron más de dos mil asesinatos, y al mismo tiempo informa de que no se darán a conocer los nombres de los asesinos, ni serán juzgados, entonces pienso en la pureza de esos rostros, en esa pureza que no perdieron, que les arrebataron en nombre de «la Patria» y otros vocablos huecos, sin sentido, que hoy son repetidos como una invocación para alcanzar la reconciliación nacional. Y la bronca me libera por fin de la esclerosis y soy capaz de escribir estas líneas pese a la amarga certidumbre de saber que no cambiarán nada.

(Sepúlveda, 2010: 28)

Sepúlveda no quiere conformarse con que nadie es «ni culpable ni inocente» (Sepúlveda, 2003: 37), y que «ahora estamos en democracia y debes perdonar a los que te hicieron daño» (Sepúlveda, 2003: 65). Y brevemente esboza la mentalidad de los chilenos que caracteriza como «unos cagones con miedo a nuestro propio pasado» (Sepúlveda, 2009: 63). También su personaje, Cacho Salinas, se sorprende al encontrar «a un chileno con opinión propia y, además, sincero» (Sepúlveda, 2009: 18-19). Con respecto al carácter nacional, Isabel Allende, compatriota de Luis Sepúlveda, añade que: «La franqueza nos choca un poco, somos disimulados, preferimos hablar en eufemismos ([...] tortura es «apremios ilegítimos»)» (Allende, 2009: 144-145). En su libro titulado Mi país inventado, en que Allende recuerda y comenta el pasado y el presente de Chile, no puede abstenerse de exponer su opinión acerca de la dictadura:

Los crímenes perpetrados en la sombra durante esos años han ido emergiendo inevitablemente. Ventilar la verdad es el comienzo de la reconciliación, aunque las heridas tardarán mucho en cicatrizar, porque los responsables de la represión no han admitido sus faltas y no están dispuestos a pedir perdón. Las acciones del régimen militar quedarán impunes, pero no pueden ya ocultarse ni ignorarse.

(Allende, 2009: 184)

También ella cree que hay que sacar toda la verdad sobre la dictadura a la luz para poder empezar de nuevo.


Un sentimiento que se produce inevitablemente en el destierro es la soledad: «[...] hay una soledad compartida que se llama destierro. Cada uno añadimos a ella una amargura diferente (León, 1998: 501). Aunque uno está acogido en otro país, sigue sintiéndose solo: «Los exiliados somos como los lobos, adonde vamos nos unimos a jaurías que no son las nuestras, pero participamos, cazamos juntos, y sin embargo la luna nos invita a alejarnos para aullar de soledad» (Sepúlveda, 2010: 72). La soledad y la tristeza, el sentimiento de culpabilidad de seguir viviendo rivalizan con la felicidad y el agradecimiento de haberse salvado: «Estaban felices los que habían perdido cuanto tenían, menos la vida. Respiraban aún [...] Y hay una entrega casi infantil a la alegría para combatir nuestro remordimiento de habernos salvado mientras los otros [...]» (León, 1998: 463-464). En otra parte de sus memorias vuelve a aparecer el sentido de la culpabilidad: «Nos parecía que traicionábamos con nuestra suerte de respirar aún a tantos compañeros hundidos en la sombra de los cárceles» (León, 1998: 393). Cuarenta años después otro intelectual, Eduardo Galeano,5 desterrado de Uruguay, sentirá lo mismo:

Persigo a la voz enemiga que me ha dictado la orden de estar triste. A veces, se me da por sentir que la alegría es un delito de alta traición, y que soy culpable del privilegio de seguir vivo y libre [...] Estar vivos es una pequeña victoria. Estar vivos, o sea: capaces de alegría, a pesar de los adioses y los crímenes, para que el destierro sea el testimonio de otro país posible. A la patria, tarea por hacer, no vamos a levantarla con ladrillos de mierda. ¿Serviríamos para algo, a la hora de regreso, si volviéramos rotos? Requiere más coraje la alegría que la pena. A la pena, al fin y al cabo, estamos acostumbrados.

(Galeano, 1998: 205-206)

También Vladimir Nabokov, el escritor ruso exiliado en 1919 escribe en su asilo en Berlín A Letter That Never Reached Russia donde pretende refundir su soledad, su tristeza y dolor en la felicidad, porque la felicidad es lo único que perdura todo:

Listen: I am ideally happy. My happiness is a kind of challenge. As I wander along the streets and the squares and the paths by the canal, absently sensing the lips of dampness through my worn soles, I carry proudly my ineffable happiness. The centuries will roll by, and schoolboys will yawn over the history of our upheavals; everything will pass, but my happiness, dear, my happiness will remain, in the moist reflection of a streetlamp, in the cautious band of stone steps that descend into the canal's black waters, in the smiles of a dancing couple, in evertything whith which God so generously surrounds human lonelines.

(Nabokov, 2006: 140)

No obstante, para Luis Sepúlveda y los demás que pasaron por las cárceles de los dictadores, a veces no es posible gozar plenamente de la vida conservada, los persiguen fantasmas del pasado: «Por la taza pasaron muertos flotando en las aguas más densas y oscuras del río Mapocho, cadáveres de dirigentes sindicales de la textil acribillados en las mismas puertas de la fábrica» (Sepúlveda, 2009: 95). A los torturados la angustia y el sufrimiento vuelven siempre:

Hubo un momento en que el dolor comenzó y desde entonces no se detuvo nunca, venía aunque no lo llamaras, sombra de ala de cuervo repitiéndote al oído: Ninguno quedará. Ninguno quedará vivo. Son muchos los errores y las esperanzas que habrá que pagar [...] Iban cayendo, uno tras otro, los seres queridos, culpables de actuar o de pensar o de dudar o de nada.

(Galeano, 1998: 177).

Aparte de aprender a vivir con placer otra vez, es preciso no olvidar de soñar, es la capacidad esencial para los exiliados: « [...] todos los desterrados de España tenemos los ojos abiertos a los sueños» (León, 1998: 97). El poeta norteamericano, Langston Hughes, que participó en la guerra civil española, escribió el poema titulado Dreams:

Hold fast to dreams
For if dreams die
Life is a broken-winged bird
That cannot fly.
Hold fast to dreams
For when dreams go
Life is a barren field
Frozen with snow.

(Hughes, 1994)

Y Luis Sepúlveda le da razón al poeta. Al recordar a uno de sus amigos exiliados, a Jorge Enrique Adoum, el literato ecuatoriano, lo aprecia mucho «[...] porque entre las muchas cosas que me enseñó está el valor de los sueños compartidos» (Sepúlveda, 2010: 115).

Será por la esperanza que proporcionan los sueños a los que perdieron todo; se puede sustituir la realidad perdida por el sueño por realizar. El sueño vuelve a dar el rumbo a la vida: «[el perro] tan redondos sus ojos mirando esa pelota que corre y persigue como nosotros perseguimos los sueños que corren delante» (León, 1998: 467). De hecho, si vamos persiguiéndolos a lo largo de toda la vida, nos la dulcificarían hasta el final amargo:

[...] Well—

all things turn bitter in the end

whether you choose the right or

the left way

and—

dreams are not a bad thing..



(Williams, 1917)

Y de este final inevitable Ma Teresa León está plenamente consciente. Le surgen imágenes de los momentos de guerra, un zapato color de rosa con una pie de una niña preciosa que se un minuto antes del bombardeo asomaba del balconcito (León, 2000: 45-46), los muertos amontonados en las casas de Toledo y la lluvia de las balas cayendo bajo sus pies (León, 1998: 314-315) y muchos más que le advierten que la muerte puede llegar en cualquier minuto. La muerte ronda a la autora que, sin embargo, todavía no está preparada:

Estoy cansada de no saber dónde morirme. Ésa es la mayor tristeza del emigrado. ¿Qué tenemos nosotros que ver con los cementerios de los países donde vivimos? Habría que hacer tantas presentaciones que no acabaríamos nunca [...] ¿tenemos derecho a morir sin concluir la historia que empezamos?

(León, 1998: 97)

Otro de los temas personales, relacionado con el anterior, que tocan en sus libros ambos escritores es la llegada de la vejez y la pérdida de los amigos que van muriéndose. Ma Teresa León se despide de ellos recordándolos en su Memoria de la melancolía; Luis Sepúlveda deja hablar a Cacho Salinas:

No. No eran la Joven Guardia. La juventud se había quedado diseminada en cientos de lugares, arrancada a jirones por los golpes de picana eléctrica en los interrogatorios, sepultada en fosas secretas que lentamente aparecían, en los años de cárcel, en habitaciones extrañas de países más extraños todavía, en regresos homéricos a ninguna parte, y de ella no quedaban sino himnos de lucha que ya nadie cantaba porque los dueños del presente decidieron que en Chile no hubo jóvenes como ellos fueron, jamás se cantó La Joven Guardia y las muchachas comunistas no tenían en los labios el sabor del futuro.

(Sepúlveda, 2009: 38)

En este punto volveremos hacia el papel que juegan los amigos y los camaradas en la vida de ambos autores. Luis Sepúlveda no ostenta sus amistades, aunque en una entrevista admitió: «[...] detesto la soledad profundamente, vivo en compañía, tengo miles de amigos, una enorme familia, me encanta que me interrumpan cuando estoy trabajando, que me hagan sentir vivo siempre. Eso de la soledad del escritor, es un mito de idiotas, eso no existe» (Cornaz, 2014). En La sombra de lo que fuimos comenta la pérdida de la amistad:

Estos dos hombres [...] fueron amigos. Tuvieron planes de prolongar la amistad y conservarla inmune al paso de los años, y fueron compañeros, cómplices en el esfuerzo por hacer del país un lugar si no mejor, por lo menos no tan aburrido, hasta que llegó esa mañana lluviosa de septiembre y a partir del mediodía los relojes empezaron a marcar horas desconocidas, horas de desconfianza, horas en que las amistades se desvanecían y de ellas no quedaba más que el aterrorizado llanto de las viudas o las madres.

(Sepúlveda, 2009: 68)

Ma Teresa León está siempre rodeada de gente, incluso no puede: «recordar algunos nombres, pero sí el surco que dejaron algunas gentes. Pasaron y marcaron» (León, 1998: 139). Como hemos demostrado antes, los amigos son su patria. Le ayudan a sobrepasar todas las adversidades, incluso la época de la guerra se convierte, gracias a ellos, en «Días felices. ¿Felices los días de guerra? ¿Está usted loca? Y yo añado, para evitar la agresión de los que no entienden: los mejores de nuestra vida [...] Sí, era una maravilla de fraternidad, de comunicación, de paridad en los peligros. Había comenzado la defensa de Madrid» (León, 1998: 380).

Cuando Ma Teresa León consuela a su marido que saludó a los oyentes de la radio parisiense en América Latina exclamando ¡Camaradas!, y supone que está en peligro de perder el trabajo por eso, utiliza las siguientes frases: «[...] camarada era nuestra palabra de todos los días, el pan de nuestra amistad humana. Nos reconocíamos por ella. Te quedó en los labios [...] Durante tres años la repetimos. Es una de las pocas hermosuras que sacamos de España» (León, 1998: 403).

Para Ma Teresa León, la gente es el mundo entero; las personas con las que nos encontramos nos determinan: «Porque siempre necesitamos a quien nos abra el camino del cononcimiento, quien nos indique con su ejemplo dónde se han de ir colocando nuestros pasos» (León, 1998: 140). Y através de ellos, de todos con los cuales topamos podemos conocerse a nosotros mismos:

Nos traemos adentro una carga inquietante de gustos y de gestos ajenos que se nos van quedando enganchados. Y es que pasamos, pasamos constantemente sin detenernos entre cosas y gentes que nos cruzan y tampoco se detienen porque van de camino y seguimos andando y apenas nos dejan la manera de sonreír, la frase hecha, la superstición, la manía, el gesto de la mano [...] A veces así recogemos cosas tontas, basuras, cristales, agua o maravillas. Somos el producto de lo que los otros han irradiado de sí o perdido, pero creemos que somos nosotros. ¡Qué equivocados vamos hacia la muerte! Yo siento que me hice del roce de tanta gente [...] del beso, de la caricia, del insulto, del amigo que nos insinuó, del que nos empujó, del que nos advirtió, del que callado apretó los dientes y sentimos aún la mordedura [...] Todos, todos. Somos lo que nos han hecho, lentamente al correr tantos años. Cuando estamos definitivamente seguros de ser nosotros, nos morimos. ¡Qué lección de humildad!

(León, 1998: 146-147)

Y si por si acaso no hay ningún amigo cerca, siempre hay algún perro peludo acompañando a la autora. A todos esos familiares de cuatro patas les rinde homenaje en su libro en varias páginas (León, 1998: 466-468). La simpatía que tiene Ma Teresa León a los amigos y a la compañía se refleja asimismo en la importancia que les da en sus memorias que abundan en anécdotas de sus seres queridos, mientras que describe más bien vagamente por ejemplo los lugares dónde le tocaba a vivir: al referirse a la Quinta del Mayor Loco, la casa en que vivían un tiempo frente al río Paraná, expresa sobre todo sus sentimientos y las historias de personas que antes vivían en la casa y que regresaban como fantasmas (León, 1998: 424-429).

Luis Sepúlveda, al contrario, precisa detalladamente los lugares por los que pasó. De tanto viajar saca la conclusión de que «La vida tiene muchos lugares: uno se llama país, otro se llama exilio, otro se llama dónde diablos estoy» (Sepúlveda, 2008: 84) y los incluye en sus novelas. Sobre todo el sur de Chile y su naturaleza espléndida están dibujados minuciosamente y con cariño. Para él, la naturaleza chilena es su verdadera casa. No obstante, una poesía melancólica la encuentra también en las ciudades europeas:

Cacho Salinas añoró ciudades esplendorosas bajo la lluvia. Una era Bilbao, llena de lugares acogedores donde refugiarse; otra Gijón, que invitaba a caminar bajo el aguacero a lo largo del Muro de San Lorenzo; otra Hamburgo, con sus calles adoquinadas multiplicando las luces. Santiago no podía ser más triste bajo la lluvia.

(Sepúlveda, 2009: 19)

Con la capital de su patria, Santiago de Chile, sin embargo, no tiene mucha piedad. Es una ciudad donde «los débiles rayos de un sol demasiado lejano aumentan su tono gris rata» (Sepúlveda, 2003: 30). Santiago encarna la dictadura, la desesperación, allí se terminó la democracia y allí debe empezar su renovación con la punición de los culpables.


Los escritores exiliados aparte de retratar de su punto de vista la situación política en sus países, tienden confiar a sus novelas los más profundos sentimientos, los afectos y la conmoción que trae la pérdida del hogar; también los temores que pasaron. Eduardo Galeano escribió: «En mi pecho, plaza de toros, pelean la libertad y el miedo» (Galeano, 1998: 46). Y Ma Teresa León y Luis Sepúlveda hablan, con cierto orgullo, del miedo que lograron dominar: «Y nuestra victoria, una victoria sobre nosotros mismos, sobre nuestro miedo, nuestra angustia diaria» (León, 1998: 96), o por lo menos ajustarse a él: «No existen los valientes, sólo las personas que aceptan ir codo a codo con su miedo» (Sepúlveda, 2009: 170).

Una vez concluida la contienda y asumida la derrota, hay que rehacer y remodelar la vida. Con la derrota republicana, a Ma Teresa León «se le había caído el alma, la había perdido, la encontró diseminada y rota. Recogerla no era cosa de minutos ni de horas ni de vida» (León, 1998: 80). La vida antigua queda destrozada: «Es tiempo de derrota, de contar muertos, de empezar de nuevo y, sobre todo de mantener la moral» (Sepúlveda, 2009: 139). Ma Teresa León dice: «Nosotros somos los desterrados de España, los que buscamos la sombra, la silueta, el ruido de los pasos del silencio, las voces perdidas [...] Dejadnos las ruinas. Debemos comenzar desde las ruinas» (León, 1998: 98).

Lo inquietante es que no se sabe nada de nada sobre un regreso posible: «Los desterrados no creen nunca que su puesto en el país nuevo es definitivo. Hay una interinidad presidiendo todos los actos de su vida. Por eso no comprábamos muebles. Para qué, si pronto regresaríamos a España» (León, 1998: 464). Ma Teresa León se acostumbró a esa incertidumbre: «Todo parecía estático y durable para toda la vida, pero nosotros hemos ido siempre perdiendo nuestras eternidades, dejándolas atrás a lo largo de nuestra vida, siempre con los zapatos puestos para echarnos a andar» (León, 1998: 429). También Luis Sepúlveda asumió el papel de errante. Al viajar se encontró con muchas personas desterradas e insinua que el exilio estigmatiza a los expatriados:

[...] descubrieron las mismas sombras, las mismas ojeras, el mismo glaucoma histórico que les permitía ver las realidades paralelas o leer la existencia contada en dos líneas narrativas condenadas a no coincidir: la de la realidad y la de los deseos. Los náufragos del mismo barco tienen un sexto sentido que les permite reconocerse, como los enanos.

(Sepúlveda, 2009: 20)

Hasta ahora nuestros escritores coinciden en sus experiencias vitales de exilio, en sus visiones del mundo, de la justicia y de la igualdad, etc. Pero ¿hay algo que separa a Ma Teresa León y Luis Sepúlveda en cuanto al exilio? Según mi opinión, hay un asunto en que difieren. Ma Teresa León seguía creyendo en la Unión Soviética, en el comunismo como una herramienta para la mejor sociedad. Sobre los horrores del estalinismo escribe unas líneas breves:

Iban a regresar los olvidados, a aparecer los desaparecidos y los muertos. El gobierno soviético acaba de ponerse de pie para decir la verdad, cosa que otros gobiernos no se hubieran jamás atrevido a hacer. Pero la gran Rusia había sabido arrodillarse, devolviendo la palabra a los muertos y a los olvidados y a los que sufrieron persecución y a los que nunca se citaba para no sacarlos del sueño de su muerte.

(León, 1998: 336-337)

En cambio, Luis Sepúlveda ya no sigue con el comunismo, posiblemente porque tuvo la oportunidad de vivir en sus propias carnes los efectos del comunismo al funcionamiento del Estado y también conocer a fondo los crímenes comunistas que emergían sucesivamente. Esas barbaridades que ocurrieron en la URSS Sepúlveda designa como «[...] la estupidez del estalinismo» (Sepúlveda, 2010: 39). Sin embargo, no rechaza las ideas sobre la sociedad justa e igualitaria, y las experiencias de su juventud roja las acaricia y las recuerda con cariño, y al mismo tiempo con sátira y humor. Un ejemplo es la narración de Cacho Salinas sobre su cargo de interventor de una avícola en 1971 (Sepúlveda, 2009: 49-56).
Como hemos comprobado, ambos literatos comparten la visión del mundo justo igual que los sentimientos de nostalgia y melancolía que acompañan a los desterrados, sin embargo, estos sentimientos se manifiestan de un modo diferente en la obra de nuestros autores. Ma Teresa León los expresa con todas las sutilezas femeninas, explora su corazón hasta el fondo, expone sus sentimientos, da vueltas y más vueltas al pasado; si bien es una luchadora, una defensora de la cultura, de la causa femenina.

En cambio Luis Sepúlveda siente bronca, rencor, está indignado por la victoria de la injusticia, por la destrucción de la naturaleza igual que de la sociedad y reclama el castigo, la victoria del derecho. Sabe que no se puede cambiar lo que pasó y cree que es indispensable para la reconciliación nacional que se reconozcan los crímenes y que los criminales reciban las penas merecidas.


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