Masarykova univerzita



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5.2.Las calles y la arquitectura urbana


En el capítulo 4.1.1. hemos presentado los rasgos más pronunciados y diferenciadores de las calles en la ciudad islámica, junto con las razones de su idiosincrasia. Suele ser el carácter irregular y tortuoso de las callejuelas de los barrios residenciales y el aspecto monótono de sus casas, lo que más resaltan los escritores. El casco antiguo, la kasbah, cambia poco con el tiempo. No obstante, lo que cambia con diferencia es su percepción de un autor al otro.

Empezaremos con las impresiones de Alí Bey, aunque hay que dejar claro que en el siglo XIX, los antiguos cascos marroquíes marcan grandes cambios.186 Alí Bey no esconde su poco aprecio por la arquitectura tangerina de su época en la que no encuentra nada de la gloria oriental. Los adjetivos más usados por él al referirse a este aspecto de la ciudad son “mezquino”, “grosero” o “miserable” y se destaca la ignorancia de sus constructores187.

Alí Bey marca un tono crítico que con pocos cambios retomarán otros autores más adelante, como Alermón y Dorréguis, Antonio de San Martín o el chileno Alejandro Vicuña. Todos concuerdan en que la medina, con sus casas monótonas y calles estrechas y tortuosas, no ofrece nada notable, y que los únicos edificios de cierta “regularidad y belleza”188 son las moradas de los extranjeros o de los hebreos ricos.189

Pero mientras que San Martín se queja de no ver fabulosos palacios árabes como en Las Mil y una noches190, Vicuña tiene la sensación de que el Oriente lo rodea por todas partes. ”¡Y eso a cuatro horas solamente de las costas europeas!”191

Ramón Martínez García es uno de los pocos quien sitúa el carácter laberíntico dentro de su contexto cultural. Le recuerda al viajero que “aún tenemos ejemplos abundantes en nuestra España meridional” y señala la función de las calles “semi á obscuras, cosa muy conveniente contra los ardores de un sol tropical, fin que se propusieron siempre los árabes en sus ciudades”192. También avisa que cualquier foráneo arriesga perderse, aunque “tenga el plano á la vista como yo lo tenía” 193.

En general, al describir las calles de la medina tangerina, los autores concuerdan en que son “empinadas”, “estrechas”, “tortuosas”, “irregulares” y “laberínticas”. Estos adjetivos se repiten hasta cansancio a través de los textos donde el narrador se adentra en la parte antigua de la ciudad. Si los autores difieren en algo, es la interpretación y valoración que adjudican a este espacio. En este caso depende si la medina tangerina cumple con sus expectativas en cuanto a lo exótico y de cuánto entienden (o de cuánto quieren entender) de la cultura marroquí.

Con el paso de tiempo, la medina tangerina deviene algo escondida y retrocede ante la imagen cosmopolita que llega a “representar” la ciudad. Para vivir lo oriental en Tánger, hay que buscarlo.

De hecho, en la visión de Antonio Ortiz Muñoz, las calles estrechas han desaparecido por completo. Para enfatizar su ausencia, Muñoz cita a otro autor, como si él mismo ya no pudiera verlas con sus propios ojos:


Ya no hay aquel claroscuro de calles estrechas, «donde las azoteas se acercaban y juntaban como si quisiesen contarse un secreto. (…)». Hoy, las calles son abiertas, y se llaman bulevares, y alinean rascacielos imponentes.194

La descripción de Muñoz exagera, obviamente, la nueva realidad. La medina tangerina sigue en su puesto, sólo que se ha retirado del primer plano. Lo atestiguarán otros autores que se internarán en sus callejuelas y que se perderán en su laberinto indescifrable. Juan Goytisolo entre ellos.195



5.3. El zoco


Como señala López García, “el Zoco Grande y el Zoco Chico son los lugares escogidos por los escritores para la contemplación del color local”196. De hecho, Tánger a veces parece reducido a estos dos espacios tan emblemáticos.

Cuando Fernando Amor y Mayor recuerda su visita al Zoco Grande, admite que “nada más difícil de explicar que la singular animación, el raro efecto que produce la confusión de aquel extraordinario número de personas, unas que venden y otras que compran”197. No le queda otro remedio que lanzar una lista de todo lo que se grabó en su memoria. Una larga lista de cristianos, judíos y moros con sus trajes típicos, aguadores, albornoces, chilabas, médicos empíricos, negros saltimbanquis y los ricos moros al lado de los ‘ancianos andrajosos’ que piden limosna. Y, por supuesto, el imprescindible inventario de los objetos puestos en venta, dromedarios posados y asnos rebuznando.198

El Zoco Grande es un espacio hecho de personas y de los objetos que mercantilizan, cuyo listado puede fácilmente llenar una página entera, como es el caso de Ramón Martínez García al describir esta plaza a finales del siglo XIX 199. La mayoría de los que intentan eternizar por escrito el simultáneo ataque a los sentidos de un sinnúmero de objetos, personas, sonidos, colores y olores acuden a la enumeración como la figura retórica más eficaz para este propósito.

Aparte de fascinante, el zoco puede ser también un espacio hostil. El caos visual junto con la cacofonía de voces desorientan o hasta aterran. Arrojado al Zoco Grande por la muchedumbre, Vicente Díez de Tejada se encuentra “en medio de (…) infierno”200, un símil que está en línea con los retratos orientalistas de bazares moros teñidos del aire escatológico por su aparente falta del orden y lógica201. En el zoco, lo fascinante, bello y horrible coexisten harmoniosamente. Así, “la mañana gloriosa” en el gran mercado tangerino descrito por Isaac Muñoz concluye con una imagen sumamente violenta “de un aissaua, uno de esos fanáticos devotos del santo Sidi Issa, que hacen de su sangre y del martirio de su carne una continua oración humeante y horrible”202.

Cada autor, evidentemente, aporta sus observaciones e impresiones personales, pero en su totalidad, el retrato del Zoco Grande tangerino no difiere de las descripciones del cualquier otro mercado o bazar oriental. Los protagonistas son siempre los mismos – caos, ruido, gentío y mercancía abigarrada, personajes estrafalarios que en el escenario marroquí suelen ser los aissaui, gnauis y artistas callejeros de variada índole. Cuando leemos la descripción del Zoco Grande hecha por Ricardo Ruiz Orsatti en 1943, lo encontramos tal como lo dejó Fernando Amor y Mayor en 1859 – intransitable, lleno de voces, mercancía y de cosas y personas raras203.

No obstante, a mediados del siglo, Antonio Ortiz Muñoz rompe con este cuadro estático. Aunque él también enumera los típicos elementos exóticos del Zoco, es sólo para destacar su ausencia. Para él, el zoco (como parte de la vida tradicional) ha cambiado para siempre:

el Zoco ya no es el Zoco. Huyeron al desierto las largas caravanas de camellos y los asnillos grises que los turistas alquilaban para subir a las montañas. Ya no hay encantadores de serpientes, ni faquires que escupen fuego, ni narradores de cuentos en los corros amplios y silenciosos. Donde el almuédano recuerda a todas horas que no hay más Dios que Alá, unos grandes carteles, atrayentes y vivos, afirman que no hay otra bebida que el Coca-cola.204

Como en el caso del laberinto callejero, la visión de Muñoz resalta la nueva realidad, suprimiendo, hasta el extremo y con un definido matiz de nostalgia, la antigua. Ésta no ha dejado de existir por completo, pero al negar su existencia, Muñoz afirma que la modernidad lo ha invadido todo y no hay vuelta atrás. Con este planteamiento, le da la vuelta al Ceño y sonrisa de Tánger de Fernando Sebastián de Erice, publicado un año antes. “Que el Zoco hace tiempo perdió, como Tánger, su ceño y su sonrisa”.205

En realidad, el Zoco Grande sigue tan abigarrado y exótico como antes y resurge en textos posteriores. Masificado, alternado por la sociedad consumista, adaptado al turismo, pero con sus atributos característicos, lo explora Juan Goytisolo veinte años después206.

El Zoco Chico es algo diferente. En sus descripciones se tiende a destacar la otra cara de Tánger, la cosmopolita. Allí se encuentran los cafés frecuentados por la comunidad extranjera y se sientan los expatriados de todos los rincones del mundo para disfrutar en tranquilidad del ambiente exótico a su alrededor, fumar cigarrillos o kif y discutir sobre la cultura, política o cualquier otro asunto de interés. Galdós bien repara en la atmósfera diferente de los dos espacios:

Vi el Zoco grande, concurrido de tantos mercaderes y de la pobrería pintoresca de derviches, juglares, mendigos y fascinadores de serpientes; descendí por la calle principal al Zoco chico, hervidero de judíos, de españoles y de otros europeos que han traído las modas haraganas de cafés y cantinas.207

El Zoco Chico se presta además a la comparación con uno de los ambientes más emblemáticos españoles – la Puerta del Sol en Madrid. Pío Baroja parece ser el primero en hacer paralelo al decir: “El Zoco chico es la Puerta del Sol de Tánger; se charla, se fuma, se toma café y, sobre todo, se miente, como en la famosa plaza madrileña.”208 La idea, que en su fondo encaja en la visión de Tánger como una ciudad española, es adoptada más adelante por otros autores, Giménez Caballero o Eliseo Bermudo-Soriano entre ellos. 209




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