Masarykova univerzita



Descargar 0.93 Mb.
Página13/37
Fecha de conversión10.01.2017
Tamaño0.93 Mb.
1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   ...   37

5.4. Otros espacios


En la narrativa sobre Tánger, el espacio más descrito aparte de los zocos son los cafés. Introducido en las ciudades magrebíes en el siglo XIX para satisfacer los hábitos del extranjero, se convierten en populares puntos de encuentros sociales también para la población local. Surgen los cafés moros, un espacio propio de la cultura y voz masculina árabe.

La narrativa refleja esta nueva realidad y distingue, con recursos propios, entre los cafés europeos o puntos de observación de la vida en la calle y de clientela muy variada, y los cafés árabes, espacios encerrados y de ensueño, puramente masculinos, con asiduos fumadores de kiff y jugadores de domino envueltos en denso y misterioso humo y monótonas y tristes melodías tradicionales.

Los primeros suelen caracterizarse por descripciones breves y se mencionan con frecuencia los del Zoco Chico que gozan de gran fama por su ambiente cosmopolita. Por otro lado, los segundos – por su ambiente exótico y por la sensación del narrador de compartir del misterio oriental – suelen merecer descripciones mucho más extensas.

Ramón M. García por ejemplo recuerda “un pequeño café al aire libre, y bajo los árboles de la Legación de Berlín”210 donde toma yerba-buena y establece una breve conversación con un moro sentado a su izquierda. Del propio espacio ya no sabemos más. Por otro lado, su visita “á un café cantante árabe” merece una elaborada descripción de media página211. De hecho, entrar en el café moruno es penetrar en el espacio del “Otro”, es toda una experiencia. “Vagando á la ventura”, Alfonso Jarra encuentra uno de ellos:

acertamos á pasar por delante de una casa de apariencia tanto o más modesta que las otras, mas no como ellas cerrada. De la misma puerta arrancaba una escalera estrecha, pina y mugrienta por la cual, y apoyándonos en una soga que hacía de pasamanos, nos lanzamos en busca de aventuras, y dimos con nuestros huesos en una reducida pieza de pobre y extraño aspecto.212

Después de lo que parece casi un descenso a la tumba, Alfonso de Jara Seijas-Lozano distingue “a través de la densa nube de humo” que llena el café “veinte o más individuos que repartidos en corros, y con los pies descalzos y las piernas cruzadas à la usanza mora” que juegan a cartas y fuman.213. Los músicos tradicionales “hieren” sus instrumentos y les “arrancan lentas, apagadas y quejumbrosas notas”214.

Una experiencia muy similar le hace pensar a Rubén Darío otra vez en Las mil y una noches215 mientras que Vicuña interpreta en las melodías monótonas “la tristeza, la poesía, la pasión ardiente y el heroísmo de la raza”216.

Hay un elemento importante que llega a formar parte del ambiente de los cafés “morunos” tangerinos. Lo describen y usan varios autores: es un espacio adaptado y designado a los extranjeros. “Hay tapices para los del país, y mesitas para los visitantes extranjeros”217 donde pueden “saborear el espeso café del oriente y el interesante espectáculo de la multitud allí reunida”.218

La integración de un banco o mesa con sillas es inocente y en su origen, más que nada, representa el respeto hacia el visitante y sus hábitos (la manera de sentarse, en este caso). Por otro lado, estos objetos hacen “recordar” las diferencias culturales y escinden el espacio del café en dos, el árabe y el europeo, el oriental y el occidental. Sin que sea intencional, se reafirman los roles en la vida real. Los que se sientan a las mesas adquieren un dominio visual y “controlan” a los que están sentados en el suelo. Aquéllos, automáticamente, devienen en objetos de su observación. Al continuar con su descripción, Vicuña llega a tocar los dos ejes principales en la relación entre los marroquíes y los europeos:


  1. el extranjero como el sujeto/espectador y el marroquí como el objeto/parte del escenario local:

Como en galería de teatro lugareño, a nuestros pies se desarrolla la pieza219.

  1. el extranjero como aquél quien domina y el marroquí como el dominado:

¿Qué recuerdan esos hombres, que han interrumpido su charla para vibrar con los acordes de la música? ¿Por qué sus rostros se han transformado, y desciframos en el fuego de sus ojos toda la pasión de una raza conquistadora y amante de libertad? (…) todas esas imágenes de pasadas proezas y desgracias sacuden seguramente el alma de los árabes allí reunidos, condenados hoy a silencio y sometidos al poder extranjero.220

Vicuña habla desde la posición de quién respeta y admira al “moro” y de quién inclina por su imagen noble. No obstante, eso no cambia el hecho de que su discurso y las imágenes que crea corroboran los roles adoptados por el occidental (europeo) y asignados al oriental (marroquí).

De la misma manera, en el contexto temático de este trabajo – es decir, el de la representación de las ciudades marroquíes en la prosa española, hay que siempre tener presente que ninguno de sus espacios físicos se salva de la red de las complejas relaciones culturales y políticas entre el Occidente y Oriente y su imaginario. Ni los cafés.

5.5. Los habitantes


Los habitantes que atraviesan el tejido textual de Tánger pueden dividirse en los siguientes grupos a base de su religión o procedencia: musulmanes, judíos, cristianos y extranjeros de varias confesiones que o forman parte de la comunidad internacional que allí se ha establecido o están de paso como turistas o comerciantes.

En la tradición literaria, la representación de la comunidad judía tangerina tiene un papel importante, especialmente por representar lazos directos con España. Se distinguen por mantener el español como su idioma y por guardar muchas de las costumbres traídas de la península. Eso, naturalmente, despierta las simpatías de los españoles y reflexiones sobre las consecuencias de su expulsión de España.221 De hecho, el encuentro con los judíos muchas veces hace recordar o hasta añorar la España de tres culturas – el tema subyacente de Don Julián.

A pesar de eso, el elemento hebreo en el Marruecos de Goytisolo está prácticamente ausente. Por lo tanto, nos centraremos en las representaciones de la población autóctona y la comunidad extranjera.


5.5.1.Los moros


Las características generales de los “moros” suelen desenvolverse conforme a los atributos tópicos establecidos a lo largo de los siglos, oscilando entre el moro heroico, piadoso, sensual, apasionado y culto y el moro ocioso, sucio, bárbaro, ignorante, fanático e irracional.222

Así, según Alí Bey quien ya de costumbre tiende a criticar, los tangerinos son ociosos y eternos habladores que

ignoran su propia historia y las bellas artes son para ellos cosa desconocida. El Corán y sus explicaciones son la única lectura de los habitantes de Tánger. Por desgracia semejante pintura no es sino muy fiel y estos climas pueden con mucha razón llamarse bárbaros.223

En los textos sobre Tánger, también encontramos, por un lado, la recurrente imagen del moro somnoliento, sentado en los escalones de su casa o la mezquita, con aire indiferente ausentado, repasando cuentas de sus rosarios224 y el moro heroico, viril y dinámico, habitualmente en su colorido traje tradicional225.

La mirada hacia el moro que vacila entre la admiración y el desprecio no es particular a los autores hispánicos sino que está presente en la literatura occidental en general. Lo que distingue y hace más compleja la mirada hispana es el antagonismo entre la sensación de encontrarse con una gente irremediablemente diferente y la de reconocerse, en algunos aspectos, a sí mismo. Mientras que unos, como Alí Bey, Ramón M. García o Rubén Darío, destacan las inmensas diferencias entre los habitantes de las dos orillas, geográficamente tan cercanos, otros, como Federico Huesca, ven mucha semejanza.

Ahora bien, similitudes percibidas aparte, el indígena tradicional siempre permanece como un ser exótico que despierta la curiosidad del autor/viajero.

En 1924, Ángel Cabrera y Latorre afirma que los mejores lugares en Tánger “donde el turista puede estudiar mejor los tipos indígenas” son “en la Alcazaba y sus alrededores, así como en el Zoco el Barra, o Mercado de Fuera, así llamado por estar fuera del recinto antiguo de la ciudad”226. Solamente, como advierte, el moro tangerino ya no es el moro “verdadero” ya que su comportamiento y sus hábitos han sido alternados por el frecuente trato con el europeo, más que en otras ciudades marroquíes.

En 1950, Antonio Ortiz Muñoz es uno de los que reflexionan sobre los cambios abruptos que el tangerino ha experimentado:

de un salto se ha comido aquí el nativo muchos siglos de historia. (…) Yo he visto (…) en Marruecos, a los árabes de blanco turbante y a las moras con la sonrisa tapada, asaltar los modernos autobuses de ‘La Valenciana’, pero con su mentalidad fija en la Edad Media. (…) Quizá alguien esté interesado en esta barahunda de idiomas y de monedas, de atrasos y de adelantos, de ‘¡No hay más Dios que Alá!’ y ‘¡No beba usted más que Coca-cola!227

Ya un medio siglo antes, lo que distingue al moro tangerino de otros habitantes de Marruecos es el intenso contacto con el extranjero a quien se va adaptando, del cual aprende y a cuyas influencias sucumbe. Aparte de sus costumbres ‘corrompidas’ por el estilo de vida occidental, uno de sus rasgos es el poliglotismo. Ya en 1897, Ramón M. García nota que el “hijo de Tánger habla no sólo el árabe correctamente sino también el español, el alemán y otras lenguas”228, reflejando en sí el carácter babilónico de la ciudad.

El lenguaje híbrido de los tangerinos, contaminado por palabras de origen muy variado, parece ser uno de los pocos momentos donde se mezclan las vidas del moro y del occidental.

En la novela La vida perra de Juanita Narboni (1976), que destaca en la temática marroquí por su técnica narrativa229, el moro es prácticamente invisible. Se revela más bien como un sustrato que subyace bajo el mundo de los descendientes de europeos o inmigrantes y que, progresivamente, empieza a amenazar la vida establecida de los protagonistas.

Vázquez desvela la dificultad o hasta imposibilidad de los europeos de reconocer que su mundo está inevitablemente marcado por la cultura que los rodea. La idea de la contaminación intercultural está sutilmente sugerida por la contaminación del lenguaje de la protagonista.230


5.5.2. Personajes callejeros


Aparte de la población mora en su conjunto, aparecen grupos de personas que más atención atraen por su “rareza”, exotismo o carácter pintoresco. Por ser los más visibles y observados, quedan también entre los más retratados.

Pertenecen aquí los aguadores, santos y artistas callejeros, entre los que destacan los dominadores de serpientes y los halaiquís, cuentistas tradicionales. Se pueden incluir también los mendigos por su aspecto mezquino llevado al extremo:

Los mendigos son horribles; nada tan aparatoso como algunos de los desgraciados, de cuyo rastro apenas quedan más que los agujeros purulentos de los ojos y otra caverna en el lugar de la nariz. (…) pasan la vida acurrucados en un rincón pidiendo limosna con voz quejumbrosa.231

Éstos tienen una procedencia muy variada y como constata Baroja, “los hay de todos colores; pero principalmente mulatos”232.

Dichos “personajes” se hacen parte inseparable del escenario local y se pueden observar sobre todo en los lugares públicos más frecuentados, es decir los zocos.

No obstante, como trasluce del artículo de Ricardo Orsatti233 publicado en 1943, aunque hay quienes aún subsisten, algunos de estos personajes típicos van desapareciendo del ambiente tangerino234.

Dada la importancia que juegan los cuentistas en la obra de Goytisolo, vamos a reparar algo más en el personaje del halaiquí, o sea el xej-el-clam tangerino. Téngase en cuenta que cuando Goytisolo conoce Tánger, el narrador tradicional ya había desaparecido de su ambiente. No obstante, los testimonios proporcionados por autores anteriores a Goytisolo completan la imagen del halaiquí que nuestro autor conoce en Marrakech y (re)crea tan magistralmente en Makbara.

Al no entender el idioma, los autores se fijan principalmente en el impacto visual, las calidades acústicas y la presentación teatral que los cuentistas exhiben. Rubén Darío por ejemplo destaca sus “entonaciones admirables”235, otro latinoamericano Robert Arlt, se fija en la forma circular en que se junta el variopinto y humilde público y las técnicas usadas para captar la atención del público y para ganarse el mayor dinero posible236. Introduce también Yehá, astuto e ingenuo héroe popular237, y reproduce algunos de sus relatos.

El xej-el-clam se ganó la admiración de otro gran escritor español – Benito Pérez Galdós. Cuando Orsatti, que le acompañaba por Tánger, le preguntó qué tal le pareció el espectáculo del narrador, respondió Galdós con mucha emoción: “Calle usted, hombre. ¡No he visto cosa igual! (…) Por el gesto gráfico, por su actitud, por su mímica expresiva, lo he entendido casi todo”238.

5.5.3.La ciudad-cóctel


La base de la población tangerina ha sido, tradicionalmente, formada por los musulmanes y judíos. Con el tiempo, la comunidad extranjera va creciendo y aumentando su influencia en la ciudad, mientras que “la base civil de Tánger” 239, queda en el segundo plano. Eso ocurre, sobre todo, si se trata de textos o novelas que se centran en el ambiente cosmopolita de la ciudad.

A principios del siglo XX, la población extranjera, compuesta en su mayoría por los españoles (los más numerosos), ingleses, americanos, franceses y alemanes, se caracteriza como una población “flotante”, por su carácter siempre cambiante e inestable. Con el paso del tiempo, crece el número de los extranjeros que hacen de Tánger su casa y junto con sus descendientes crean con la ciudad unos lazos mucho más profundos. Con ellos aparecen textos que ofrecen unas perspectivas únicas (las novelas de Ángel Vázquez siendo el mejor ejemplo) y que completan las vistas panorámicas de los que se asomaban a las ventanas del “hotel Tánger”240.

El cóctel de naciones y religiones crea una población destacada por su heterogeneidad – el rasgo que tal vez mejor define los tangerinos y que ha sido retratado innumerables veces.

Una de las imágenes más originales, inspirada en procesos químicos, está creada por Alfonso de Jara Seijas-Lozano en 1903:

Heterogénea muchedumbre, compuesta de individuos de todas las castas y de las confesiones todas, por la curiosidad un instante revueltos y confundidos, como lo están, a veces por la mano de un químico y en el interior de un frasco líquidos de distinta densidad.241

La variedad humana de Tánger se mantendrá como su rasgo más distintivo también décadas después. Sea coincidencia o no, Juan Goytisolo crea para la colorida sociedad tangerina una imagen prácticamente idéntica a la de Jara Seijas-Lozano.242


5.5.4.El Tánger español


El Tánger español es un tema muy común entre los escritores hispanos. En los capítulos anteriores hablamos del “reencuentro” que experimentan los españoles en el territorio marroquí, debido a los comunes lazos históricos y similitudes paisajísticas. Tánger cabe perfectamente dentro de esta tendencia, pero ésta cobra su propia forma dentro de la particularidad de la ciudad como zona internacional y las ambiciones políticas españolas.

En muchos escritos, sobre todo a finales del siglo XIX y en las en las primeras tres décadas de siglo XX, se nota el afán de destacar la “españolización” de Tánger y la clara voluntad de los oriundos de “españolizarse”. En 1891, Ángel Muro y Catalarrá comenta la confianza y amistad que los marroquíes demuestran a los españoles, a diferencia de otras naciones, y como se “complacen en departir en nuestra lengua. A tirones transigen con el francés y con el inglés, y con el alemán mucho menos, y á los súbditos de estas naciones los soportan, pero nada más.243

A Pío Baroja, la población le parece idéntica a “una población agrícola española” y se queda sorprendido al ver que “una gran parte de los habitantes, los hebreos y los españoles, hablan castellano; la moneda que circula es española; los letreros de la tiendas, en español aparecen”244.

Puede que en Tánger se den cita ciudadanos de muchas naciones europeas. Puede que sobren los ingleses, franceses, rusos o alemanes y que estén aquí los “yankees que viven en Tánger desde hace años por su gusto y conveniencias, gastándose mucho dinero”245. Vicente Vera hace, no obstante, la siguiente pregunta retórica: “¿Pero esta es una ciudad marroquí o española?”246

Aunque este aparente predominio español está estropeado por las estadísticas que claramente demuestran el poco provecho económico que España, en comparación con otras potencias, saca de Tánger, y a pesar de que “es la que menos pito toca en este desafinado concierto tangerino”247, muchos españoles mantienen la esperanza de Luis Antón del Olmet de que “empero, Tánger tiene que ser español, debe ser español, será español”248.

La visión de Tánger como una ciudad española, salpicada por sus correspondientes ambiciones y frustraciones, se convierte en un leitmotiv recurrente en los textos de la época y el grito frustrado de Olmet resuena en el título del tratado político de Ignacio Bauer publicado una década después: Tánger ha de ser español: la opinión de España (1927).249

La independencia marroquí termina con una vida privilegiada de los residentes españoles tanto en el antiguo Protectorado como en Tánger. Pero fue en Tánger donde nació el llanto más singular por el mundo perdido, el de Juanita Narboni.

1   ...   9   10   11   12   13   14   15   16   ...   37


La base de datos está protegida por derechos de autor ©bazica.org 2016
enviar mensaje

    Página principal