Masarykova univerzita



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5.6. Conclusión


En los capítulos anteriores relativos a la imagen cambiante de Tánger en las letras españolas del principio del siglo XIX hasta los años 70 del siglo XX, hemos podido observar tanto los rasgos más distintivos de la ciudad como los que la ciudad tiene en común con otras urbes marroquíes.

Entre los últimos, son los entornos puramente musulmanes, el barrio tradicional la kasbah, los zocos y los alrededores de Alcazaba, donde se presentan y ambientan las imágenes más evocadas por los que buscan el exotismo oriental. No obstante, conforme va creciendo la comunidad internacional y conforme los nuevos modos de vida van influyendo en la vida tradicional, el ambiente “moro” tangerino pierde interés para el viajero y en literatura se hace cada vez menos visible y más reducido. Eso a pesar de que la población autóctona se mantiene, y con diferencia, la más numerosa. Gradualmente, la imagen más destacada de Tánger y eternizada a través de textos prosaicos de varia índole (entre ellos muchas novelas de lo que nos atrevimos llamar el “género tangerino”), es la del Tánger cosmopolita, Tánger alegre y vicioso a la vez, la del Tánger de contrabando y la del Tánger de chau chau, Tánger cabaret y Tánger de paso – hotel Tánger. Pero también éstas son sólo algunas de sus muchas facetas, porque Tánger es mil mundos y el mundo entero. El babilonismo y la heterogeneidad cultural y social se perfilan como sus rasgos más distintivos y diferenciadores de otras ciudades marroquíes.

Hablando de los mundos tangerinos, hay también “el Tánger español”. Su presencia literaria e ideológica es la más intensa en las primeras tres décadas del siglo XX y engloba en sí el conjunto de ambiciones y frustraciones españolas de la época. Apoyándose en el prevaleciente elemento español, los lazos culturales y la amistad demostrada por los autóctonos, la imagen del Tánger español lleva a la visión de Tánger como ciudad española.

Ésta se desmorona por completo con la independencia marroquí y el fin de la ciudad como zona internacional en octubre de 1956. Tánger se quedará en la memoria occidental como uno de los tantos paraísos perdidos.



6.Marrakech en la literatura española


Marrakech, tanto como Tánger, ha alimentado la imaginación occidental desde hace siglos. Su llamada, no obstante, ha sido muy diferente. La ciudad se revela mucho más alejada, misteriosa y, sobre todo, moruna. Eso aparte, Marrakech ha seguido un curso históricamente distinto de Tánger y para el pueblo español fue por mucho tiempo prácticamente invisible.

Las razones de tal ‘invisibilidad’ son varias. Una de ellas trasluce del siguiente comentario, hecho por el diplomático, editor y viajero Adolfo Rivadeneyra en 1871:

Somos tan pocos los que salimos de Europa, que cuanto sabemos de lejanas tierras tenemos que leerlo en libros escritos por extranjeros, y casi siempre por franceses, cuyas obras por cierto, no brillan por exactas y retratan demasiado el carácter impresionable de sus autores.250

En su ensayo “Los viajes de Alí Bey”, Goytisolo comenta esa falta de curiosidad, declarando que

el genio literario de los cronistas de Indias se extinguió con nuestras conquistas. (…) La falta de intereses políticos, científicos o comerciales de España en África y Asia explica desde luego que el número de escritores, lingüistas, diplomáticos o aventureros hispanos por el mundo islámico sea tan exiguo.251

Goytisolo, quien claramente demuestra su interés por toda la producción española relativa a los países islámicos, no obstante señala que “con todo, aunque escasos y hoy olvidados, estos viajeros existen. Si la obra de alguno de ellos es superficial y mediocre, contiene la de otros reflexiones certeras y dignas de interés”252. El nombre que a continuación destaca y cuyo libro considera el “más incitante y ameno”253 es el de Alí Bey.

Fue Alí Bey quien se adentró, en 1803, en las callejuelas estrechas de la ciudad de Marrakech y cuyo libro, como ya dejamos dicho, tuvo una gran repercusión entre el público español muchas décadas después.

En la segunda mitad del siglo XIX renacen las ilusiones de la grandeza de España, que empieza a interesarse por las oportunidades que Marruecos ofrece para sus ambiciones colonialistas. Por lo tanto, varios viajeros de aquella época recorren el Imperio del norte al sur y del este al oeste y casi todos dan noticias también sobre la ciudad imperial de Marruecos, o sea Marrakech.254

La mayoría de los relatos proviene de participantes de las delegaciones (Legaciones) que tienen claros objetivos políticos o comerciales y uno de los espacios más descritos de Marrakech es por lo tanto el palacio del gobernador (Visir) y las ceremonias con las que éste recibe las visitas.255

Los autores no son literatos y muchos, como Francisco de Urrestarazu, se excusan ante el lector por no ofrecer en su trabajo “la galanura de frase y brillantez de estilo propios de los grandes escritores”. Los méritos residen, como creen, en la “exactitud y verdad sin mezcla alguna de ficción ni engaño”256.

A principios del siglo XX, el panorama político cambia y, en 1912, la ciudad llega a formar parte del Protectorat français au Maroc. España se enfoca plenamente en la franja norte donde se encuentra involucrada en varios enfrentamientos bélicos y donde realiza sus frustradas ambiciones dentro de la zona delimitada como el Protectorado español. Quedan muy pocas razones para que los españoles bajen hasta las zonas desérticas de Marrakech.

En las primeras ocho décadas del siglo XX, surge una representación literaria muy diversa de la ciudad creada por grandes personalidades, pero exclusivamente de otras naciones. Hay, por supuesto, el Marrakech francés, cuya imagen inician los escritores franceses Jérôme y Jean Tharaud poco después de la creación del protectorado257. Duele el Marrakech (1936) de George Orwell con “two hundred thousand inhabitants, of whom at least twenty thousand own literally nothing except the rags they stand up in”258. Atrae el Marrakech extravagante y seductivo del americano Paul Bowles, esbozado en su libro de viajes por África, titulado Cabezas verdes, manos azules (1963) y emociona el Marrakech del suizo Elias Canetti, plasmada en Voces de Marrakech (1967), uno de los libros más bellos escrito sobre la ciudad.

En la literatura española de la época del protectorado, Marrakech aparece muy esporádicamente. De hecho, alcanzamos localizar sólo dos títulos. El primero es el libro de viajes Marroc sensual i fanàtic (1936) de la catalana Aurora Bertrana, un libro insólito para la época tanto por algunos de sus temas, (Betrana por ejemplo visita una prisión para mujeres) como por el simple hecho de estar escrito por una mujer-viajera. El segundo, titulado Por el camino de los dromedarios (1942) viene de pluma del escritor y arabista Luis Antonio de Vega. Como el título sugiere, se trata también de un libro de viajes, basado en una expedición de Marrakech a Argelia, que el autor realizó en 1931.

En cuanto a Bertrana, Goytisolo, menciona su libro en uno de los artículos de Crónicas sarracinas, “Sensualidad y fanatismo: la creación de una imagen”259:

a relucir este volumen, hoy justamente olvidado, se debe tan sólo a su dudoso mérito de reunir en la portada los adjetivos que compendian los viejos clichés y estereotipos occidentales tocantes a la civilización musulmana.260

Obviamente, la poca apreciación de nuestro autor por la obra de Bertrana no disminuye en ninguna manera su importancia dentro de los objetivos de nuestra tesis.

Tenemos también constancia del título Luna roja en Marrakech (1947)261 del escritor barcelonés Luis Gonzaga Manegat Jiménez. No obstante, no alcanzamos hacerlo llegar a nuestras manos y tampoco encontramos referencias a su posible contenido, por lo tanto sólo mencionamos su existencia. Por otro lado, parece que la novela podía haber interesado al lector francés, para quien está traducida ya en 1948.262

Nuestros hallazgos seguramente no son exhaustivos y somos conscientes de que, a lo largo de nuestra investigación, hayamos omitido otros textos, libros o referencias que nos llevarían a más autores españoles que habían podido contribuir, de una manera modesta, al imaginario nacional sobre Marrakech. Si fue así, nos disculpamos. Insistimos, no obstante, en que hicimos lo máximo para localizarlos y que la poca visibilidad y accesibilidad de estos textos sólo confirma el olvido en el que han caído y el poco interés que despertaron entre el público y literatos españoles.




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