Masarykova univerzita



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6.1. Vista panorámica


Marrakech yace en el desierto, a pie de las majestuosas montañas del Atlas. La medina está protegida por grandes murallas cubiertas de cal rojiza que se inflaman con la bajada del sol y al visitante le dan bienvenida numerosos palmerales que rodean la ciudad. Sin embargo, no todos los viajeros del siglo XIX comentan el magnífico panorama que la ciudad ofrece desde lejos.

Como ha dicho Edward Said, una de las situaciones “que favorece la actitud textual” es “cuando un ser humano entra en contacto con algo relativamente desconocido y amenazante que, hasta entonces, había estado lejos de él. En tal caso no sólo recurre a las experiencias que ha tenido y que se pueden aproximar a esa novedad, sino también a lo que ha leído sobre el tema”263. Los libros y guías de viajes se convierten, por decirlo de alguna manera, en manuales que dan la explicación de una realidad geográfica concreta y facilitan su entendimiento y “uso”, creando a la vez una serie de expectativas.

Para los españoles del siglo XIX que se aventuran hasta Marrakech, el texto “base”, o sea, la imagen prefabricada de Marrakech, viene de las manos de Alí Bey.

Aunque éste presta más atención a Tánger, Marrakech también ocupa varias páginas. Según la costumbre, la imagen global dibujada por Alí Bey es de decadencia y desolación:

La ciudad de Marrakech o Marruecos, antigua capital del reino de este nombre, arruinada por una continuación de guerras desastrosas y despoblada, además, por el azote de la peste, no es hoy día sino sombra de su esplendor antiguo.264

La medina, rodeada de una muralla de treinta kilómetros, no está solamente “arruinada” y “despoblada” sino que presenta toda una imagen de “asombrosa destrucción”265.

Es cierto que cuando Alí Bey conoce la antigua “perla del Sur”, ésta lleva ya casi un siglo sumergida en un estado de anarquía y guerras internas.266

Aún así, la imagen apocalíptica presentada por Alí Bey no se debe solamente al estado en el que se encontraba la ciudad al principio del siglo XIX, sino también al hecho de que la actitud del autor es excesivamente crítica y la estética romántica todavía no tiene cabida en su pensamiento.

Alí Bey por ejemplo declara que Marrakech “presenta un cuadro tanto más triste, cuando no hay la menor sombra de comercio. Las artes y ciencias tampoco pueden prosperar faltándoles estímulo, pues Marruecos carece de escuela alguna importante”267. No obstante, es precisamente a partir del siglo XIX cuando varios países europeos empiezan a demostrar su interés por la región norteafricana y se establecen primeros contactos comerciales entre Marrakech y Gran Bretaña.

España también envía sus delegaciones, cuyos miembros producen más bien reportes ‘técnicos’ con datos útiles en cuanto a los fines económicos y políticos. En general, tales reportes confirman el declive de la ciudad y la reducción de la población por epidemias y revoluciones.268

Tristeza y ruina son las características más reiterantes de la antigua medina. “A ciertas horas que los moros están en sus mezquitas ó habitaciones, se asemeja Marruecos á una de esas poblaciones arruinadas de que se conservan vestigios en lo interior del Asia”269 dice Salvador Valdés en sus Apuntes sobre el Imperio de Marruecos (1859) medio siglo más tarde. No hay pavimentación, no hay sanidad, no hay policía. La ciudad está retrasada en todos aspectos y de lejos parece más bien un cementerio, compuesta de edificios “semejantes á las sepulturas inglesas”270.

Antonio de San Martín quien viaja con la embajada de Merry Colom, reitera en lo aislado y desconocido del país y de la ciudad.

Al acercarse a su destino, divisa primero “espesos bosques de palmeras que rodean á la ciudad de Marruecos, á la ciudad desconocida, populosa é inhospitalaria, que yace soñolienta, aletargada y triste entre las palmeras de sus jardines, y á la sombra de las altas cumbres del Atlas, cumbres que parecen velar por su inalterable sueño”271. La historia se ha olvidado de Marrakech. Es un lugar atrasado, si no muerto. El título de su libro Ciudad de sueño es toda una ironía, ya que no alude al encanto de la urbe sino “al tristísimo silencio que en ella reina generalmente”272.

Ni la grandeza de su historia ni la grandeza de sus alrededores parecen remediarlo. La ciudad sigue misteriosa, pero su aspecto es desolado, sombrío y lúgubre. Y “más bien que la corte de un poderoso monarca, parece un poblachón medio despoblado próximo á quedar convertido en ruinas”273.

Las impresiones positivas, y más de acuerdo con lo que los viajeros esperan del Oriente, se limitan a recepciones en la corte, audiencias, obsequios del gobernador y descripciones de los palacios y jardines de Mamunia. Sólo pocos dejan constancia de que la ciudad, en su totalidad, puede resultar encantadora.274

En las últimas décadas del siglo XIX, las opiniones e imágenes se diversifican. En Allende al Estrecho (1895), Boada y Romeu por ejemplo percibe cierto orden en el caos. El pueblo está dirigido por un Sultán despótico, pero “todos hacen lo que mejor les parece, y esta encantadora libertad es uno de los sellos más característicos de las ciudades marroquíes”. No hay policía, pero tampoco hay crimen. “La gente discute, se acalora, grita, pero difícilmente acaba mal la cosa.” No hay sanidad, la basura está por todas partes, pero “raras veces se desarrollan enfermedades infecciosas”275.

Aunque, al final, entona con sus predecesores en que se trata de un “pueblo ruinoso y decadente”276, es capaz emocionase con la belleza inusual de la ciudad vista desde una azotea y vivir su sueño oriental:

¡Aquello no era Marrakeix!

¿Era un sueño?.... Entre un inmenso jardín donde cimbreaba toda clase de árboles, veíanse casas blanquísimas, patios risueños, elegantes alminares, relucientes cúpulas, y tejados. A un lado, un grupo de altísimas palmeras cobijaba la blanca cúpula de un santuario; más allá, las vetustas murallas de la Alcazaba, con sus torreones dando frente á la ciudad.277
Llegado el siglo XIX a su final, las imágenes de desolación y ruina alternan cada vez más con imágenes emocionantes, llenas de vida y color. Sin embargo, en este momento va cambiando el panorama político. Como ya señalamos en los capítulos anteriores, con el nuevo reparto territorial entre los poderes imperiales a principios del siglo XX, la ciudad de Marrakech cae dentro del dominio francés y se retira del enfoque visual del autor español.

Los que la visitan vienen con ilusiones de captar el espíritu y los últimos momentos del antiguo Oriente. Porque, como escribe Luis Antonio de Vega:

Marruecos se nos marcha. Marruecos se nos ha marchado ya. (…) No sabemos la suerte que le está reservada al viejo Imperio del Sol Poniente, que debió ser tan pintoresco y agradable en la época despótica y anárquica que precedió a la intervención europea y del que todavía alcanzamos a recoger retazos.278

Las maneras de viajar pueden ser distintas. Mientras que Vega llega en dromedario, vestido de marroquí y presumiendo de un alto nivel de árabe, Bertrana llega en autobús, sin camuflar su identidad y sin hablar el idioma. Los objetivos son, no obstante, parecidos: conocer y disfrutar del Oriente/Marruecos auténtico.

La ciudad de Marrakech ha pasado mientras por una metamorfosis espectacular, al menos lo que concierne la mirada del viajero del siglo XX. Ahora es una ciudad majestuosa. Es “el Bagdad de Occidente”279, “una ciudad maravillosa” de “deliciosa tonalidad”280, ardiente como un fuego a la puesta del sol. Es “la roja ciutat dels sahàrics”281 que de lejos destaca por “la elegancia de un bosque maravilloso de palmeras”282.

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