Masarykova univerzita



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6.4. Los habitantes


Hasta el siglo XX, la población de Marrakech está compuesta casi exclusivamente por musulmanes y judíos, mientras que la presencia de los cristianos se limita a estancias temporales de los embajadores y viajeros intrépidos.

A diferencia de Tánger, donde la población judía nunca ha tenido su propio barrio, los judíos de Marrakech residían, como era habitual, en una zona delimitada y conocida como mellah. La mayoría de los viajeros del siglo XIX describen o al menos mencionan la miseria y condiciones humillantes en las que viven. La comunidad judía de Marrakech está retratada también por Bertrana y algunos grandes escritores del siglo XX, Canetti y Orwell entre ellos. En los años 50, con la constitución del estado de Israel, muchos judíos emigran y en Marrakech queda una comunidad muy reducida.

Cuando Juan Goytisolo conoce la ciudad, el mellah tradicional ya está ocupado por musulmanes, mientras que los judíos se han trasladado a la ciudad nueva. Como en el caso de Tánger, el elemento judío brilla por su ausencia también en Makbara.

La presencia extranjera empieza a crecer después de la proclamación del Protectorado francés en el año 1912 y la imagen de la ciudad pronto cambia. En los años veinte y treinta se instala en Marrakech un importante grupo de personas ricas e influyentes, a las que siguen los artistas e intelectuales en los años sesenta. Nace la mítica Marrakech cosmopolita y profundamente exótica a la vez. Ésta, sin embargo, a diferencia de su parigual tangerino, no dispone de ninguna representación en las letras españolas.



6.4.1.Los moros


En Marrakech, Alí Bey continúa con su devastadora crítica del pueblo marroquí. Mire donde mire, se encuentra con un pueblo sucio y perezoso. Salen algo de este cuadro “los árabes de las montañas vecinas” que acuden a la ciudad para comerciar. Todos, no obstante, “tienen talla pequeña, están flacos, tostados de sol y su aspecto es repugnante”315. Como aclara a continuación, no se trata, de hecho, de árabes sino de beréberes, “una nación aparte” que tiene su propia identidad cultural, histórica y linguística.316 Alí Bey indaga en sus particularidades y hasta se empeña en encontrar libros escritos en su idioma.317 Le interesa conocer al pueblo marroquí en cuanto tal conocimiento pueda ser útil para la expansión comercial o política. Esta perspectiva marca los textos del siglo XIX en general.

Al contrario del moro tangerino, cuyos hábitos están corrompidos por el intenso trato con el extranjero, el moro de Marrakech es un moro auténtico. Como subraya Ramírez de Villa-Urrutia, “sus vicios y virtudes son los distintivos de su raza: los ha adquirido por herencia, no por contagio”318.

El gran tema, acentuado por el estado decadente de la ciudad, es el dramático declive de la raza árabe. “En vano” buscaría uno “las zambras y los poéticos amores que animaban la corte de los reyes moros de Granada por más que los actuales moradores de Marruecos desciendan de aquellos guerreros caballerescos y turbulentos”319. Encuentra sólo “una corte de fantasmas”320 que vive de una población perezosa y somnolienta.

La población que pasea por las calles estrechas de la kasbah parece, de hecho, enterrada en vida, “cadáveres ambulantes, mal cubiertos de descarnados miembros con los mugrientos jirones de un jaique; personificación los unos de la miseria, los otros del hambre, la generalidad de una resignación estoica”321.

Hay momentos, no obstante, cuando la corte y la población en su conjunto adquieren dignidad y hasta esplendor. Se trata, habitualmente, de grandes cuadros de multitudes, reunidas durante momentos festivos. “Aquel continuo agitarse de los jaiques y albornoces blancos, azules, anaranjados; aquella masa de chilabas de un blanco amarillento” puede parecer casi irreal, “un sueño, un delirio, un cuento de hadas; algo, en fin, imposible de describir”322.

Los viajeros del siglo XX persiguen unos objetivos muy diferentes de los de sus predecesores. No tienen intereses políticos ni comerciales sino que quieren, simplemente, conocer.323 Vega viaja como “aprendiz de santo, con unos ojos, falsamente musulmanes, abiertos a la vida y al paisaje”324. Su curiosidad y apreciación por el marroquí derivan, no obstante, de la función que éste cumple en el escenario oriental. Como dice, “todos los que llegamos a Marrakech, con el corazón más atento a la vida y a las cosas que los ojos a lo que señalan los mapas, sabemos que es Oriente y Mediodía”325.

Bertrana, por su parte, desea evitar los tópicos y descubrir y entender por ella misma la esencia del “otro”. Más que pinturas grandes de la población marroquí desea ofrecer retratos íntimos y auténticos. Sin embargo, se da cuenta de la dificultad de su propuesta326 y sus propias observaciones no alcanzan escapar los estereotipos. De hecho, cuanto más se acerca la realidad a lo esperado o a lo tópico, más predispuesta está la autora a aceptarla, más auténtica le resulta y mejor la entiende.

6.4.2. Personajes callejeros


La plaza de Xemaá-el-Fná es el lugar por excelencia para observar los personajes de existencia precaria y oficios extraños. No obstante, los que más interés despiertan son los cuentistas. Una y otra vez, el público se queda sin respirar al escuchar las historias de los halaiquís.

Hasta los viajeros más críticos del siglo XIX se paran para observarlos y se interesan por el contenido de las historias que cuentan. Para Antonio de San Martín son la única razón por la que menciona la existencia de plazas públicas. Explica que son poetas que improvisan “al son de un pandero con sonajas, romances de amores y de guerras contra cristianos, en los cuales como es de suponer, quedamos muy mal parados siempre”327. Se pone, de hecho, a contar a sus lectores uno de los romances traducido por el intérprete, que los acompaña.

Boada y Romeu repara en el interés y devoción con los que el público sigue los largos discursos. También él le pide al intérprete una traducción y se queda asombrado al averiguar que es una adaptación del mito de Eva y Adán, “un cuento moderno, adornado con una porción de detalles desconocidos entre nosotros”328.

Luis Antonio de Vega, quien más podría aportar a la representación del arte oral de los halaiquís de la plaza, sólo menciona “rapsodas que cantan lo que refieren”329 y sus “melopeas”330.

Bertrana, que ni entiende ni tiene un intérprete, se contenta con las expresiones y técnicas teatrales que acompañan la narración. Atraen su atención también las pausas y técnicas sofisticadas que el narrador emplea para cobrar dinero. Tal como Galdós en Tánger, se centra en los gestos y expresiones del cuentista y en las reacciones del público. Concluye que se trata casi siempre de “contes picardiosos”331.

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