Masarykova univerzita



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8.4. El zoco


En el capítulo 4.1.2. definimos las características del zoco como el principal espacio público, donde transcurren las actividades comerciales, pero también sociales y culturales.

El espacio del mercado es muy significativo en las novelas de Juan Goytisolo, presente desde Campos de Níjar y culminante con la plaza de Xemaá-el-Fná en Makbara.407 En Don Julián, Goytisolo inserta imágenes tanto del Zoco Chico como del Zoco Grande, los espacios tangerinos más retratados y explotados en la narrativa anterior. El Zoco Chico, característico sobre todo por sus cafés, será tratado en el capítulo siguiente.

La representación goytisoliana de los mercados tangerinos mantiene los rasgos más pronunciados de la narrativa anterior, definidos en los capítulos 4.1. y 5.3. Se encuentran entre ellos la enumeración y las características temporales peculiares que distinguen claramente la urbe marroquí retratada por Goytisolo de sus representaciones de las ciudades occidentales.408

Esas características se deben, entre otros aspectos, a la explotación de las imágenes tópicas relativas a la vida de la medina, hechas estáticas y estilizadas ya por tanta repetición en la narrativa anterior.

Varios de estos “retratos anticuados” recobran nueva vida al estar sometidos a la cirugía verbal y conceptual del autor a lo largo de la narración. Exageración, ironía, lenguaje metafórico o desplazamiento del personaje rompen con las expectativas del lector y hacen mover la imagen en una dirección inesperada. Muchas veces, una escena ordinaria y de apariencia realista desemboca en un espacio puramente imaginario u onírico o en un tiempo medido de maneras diferentes al tiempo y curso histórico occidental – una táctica ingeniosa que le permite al autor aprovechar y ajustar el tiempo-espacio evocador y “literarizado” de la medina a sus fines creativos, al mismo tiempo que evita la trampa de reducir su escritura a un panfleto de crítica social.

En general, y acorde con la tradición, el zoco se presenta como un espacio que continuamente ataca los tres sentidos adormidos del europeo: la vista, el oído y el olfato:

siguiendo, al contrario, cuesta arriba, hasta la encrucijada que lleva al Zoco Grande : deteniéndote unos instantes a tomar aliento y adentrándote en la compacta multitud : reino absoluto de lo improbable : de las ventas inciertas y transacciones dudosas : hormigueo de gestos, proliferación de voces regateos que imantan a los inevitables curiosos en torno al improvisado palenque del forcejeo ritual409

La descripción cumulativa resulta el mejor recurso para esbozar el sobrecargado ambiente. “Por fin, en el Zoco Grande y su abigarrada perspectiva: puestos, barracones, bazares, campanilleo de aguadores, corrillos de curiosos, aroma de merguez y pinchitos”410.

El narrador no esconde su fascinación y, como tantos otros escritores antes de él, se encuentra trasladado a otros tiempos, “cautivo de ese primario universo de economía de trueque”411. Se niega, no obstante, a percibir la realidad embellecida “por el fausto del hollywoodiano tecnicolor : el de las películas de María Montez y John Hall con sus cromáticos mercados de los tiempos de Aladino y Alí Babá”. Los ojos del autor de Campos de Níjar se fijan en las “mujeres acuclilladas junto al pañuelo o cestillo que contienen su exigua, problemática mercancía : un manojo de hierbabuena, una docena de higos chumbos, un racimo de dátiles”412 cuya imagen se convierte en un refrán de la lucha diaria por supervivencia.

Goytisolo no alcanza (ni lo intenta) ofrecer una imagen íntima de la sociedad marroquí. Pero el narrador de Don Julián “escanea” con nitidez y sensibilidad social las imágenes impactantes de la vida pública a su alrededor, integrándolos en la estructura y los objetivos de la narración.413

En cuanto a la categoría del tiempo, la imagen del Zoco creada por Goytisolo perpetúa la atemporalidad de este espacio. La injusticia social es eterna y omnipresente y el zoco es su gran escaparate, “el sol (…) cobijando, tutor ciego, todas las lacras e injusticias del mundo”414.

Formando parte de la decadencia oriental, están los hittistes415 “hombres flacos y como sonámbulos, silenciosos, apoyados en las paredes en actitudes hieráticas y mirando sin ver: los niños pedigüeños que te tiran de la manga abrumándote con sus vocecitas quejumbrosas”416. Surge un mundo en declive, un espacio entre la vida y la muerte, personas que “aguardan en vano la barca de Carón junto a las ondas amargas y cenagosas del Cocito”417. Es otra cara del infierno percibido por Tejada y tantos otros autores.

Los fuertes olores “de descomposición: olores densos, emanaciones agrias” culminan la imagen de decadencia en la que los “estilizados, casi abstractos perros buscan en vano alimento en los desperdicios del arroyo y nubes de moscas revolotean y se posan en las melifluas montañas de pasteles: negras, velludas, pringosas”418.

Se compara esta imagen desoladora con aquella en “la prolongación de la tangerina calle de la Playa” - una zona fronteriza entre el laberinto y la línea, ya que la calle de la Playa es una de las calles largas que rodean la medina y llevan a sus afueras:

una zona europeizada donde las amas de casa se aventuran ya y en el que la compraventa adquiere un precario matiz de respetabilidad europea : olores menos fuertes, moscas menos abundantes: frutas lustrosas, verduras limpias, pasteles protegidos por un hollejo transparente de plástico419

Vemos como aparte de los valores ya mencionados en el capítulo anterior, el contraste entre línea y laberinto en Don Julián establece también el contraste entre lo “próspero” y “respetable” por un lado, y lo “mísero” y “marginal” por el otro – valores establecidos ya por la tradición literaria y un reflejo de la actualidad urbana marroquí.420

El protagonista goytisoliano se aferra a todo lo que el laberinto representa. Respira el aire de putrefacción “voluntariamente (…) con fervor catecúmeno, como en una severa y exigente iniciación órfica”421. Se distancia de la actualidad y prosperidad occidental, de los “menguados beneficios de la arrabalera, peninsular sociedad de consumo: de esa España que engorda, sí, pero que sigue muda: proclamándolo orgullosamente frente a tus engreídos compatriotas: todo lo que sea secreción, podredumbre, carroña será familiar para ti”422.

En el capítulo 5.3. hemos señalado las diferencias principales entre el Zoco Chico y Zoco Grande reflejadas en la narrativa, y el hecho de que sus elementos tradicionales, sobre todo los del Zoco Grande, van desapareciendo según estos espacios quedan invadidos por la sociedad moderna de consumo.

Cuando Juan Goytisolo conoce el Zoco Grande, los camellos, serpientes y faquires están siempre allí, en gran parte gracias al creciente turismo de masa. Éste le sirve al autor para demostrar cómo la realidad misma suele ser promocionada, empaquetada y vendida como cualquier otro objeto en el mundo consumista. Podemos escuchar a uno de los guías turísticos lanzando frases que resumen las imágenes “más pedidas y mejor vendidas” a los occidentales:

Zoco Grande, here, is good fun on market days: snake charmers, story tellers!: let us now sit outside the Café el Moro: on your right: drink mint tea to the concerts of Arab music: eastern music! its romantic mystery: genuine Moors423

El autor no deja pasar la oportunidad de “retocar” uno de los cuadros más emblemáticos del mundo oriental y se apodera de la famosa imagen de los encantadores de serpientes. Una de las “Very Important Persons venidas del otro planeta en busca de otoñales aventuras”424, una hipérbole del turista ignorante y superficial, ofrece un espectáculo imprevisto:

une vraie dame de la belle époque avec son boa : en la escena de todos los días, pero cambiarás el final : estímulo exterior? : cólera súbita? : las dos cosas a un tiempo? : nadie lo sabe, ni probablemente sabrá jamás : el hecho es que la serpiente sale de su letargo, repta, tortuosa, mediante ondulaciones afirmándose en sus escamas ventrales, se enrolla como una soga alrededor del cuello enjoyado de la mujer (…) y, bruscamente, abre su boca dilatable, destinada a tragar grandes presas y hunde los dientes huecos, situados en la mandíbula superior, en la mejilla abultada y carnosa425

“El edificante espectáculo: moralidad o fabliau, de retablo flamenco o alegoría medieval”426 deja “paralizados de estupor (…) los otros miembros del grupo”427. La moraleja está clara. La “belle époque” se terminó y el forastero ya no controla la situación. La realidad petrificada por los relatos de viaje, cuadros y postales cromáticos está liberada de su estatismo. Y lo que es más importante, se despierta al lector.

A partir del capítulo “Dos”, las imágenes, que aparecen por primera vez en las páginas anteriores, empiezan a repetirse, a veces en variaciones sutiles, a veces reconocibles sólo gracias a ciertas palabras o conceptos. En los dos últimos capítulos, insertados en nuevos contextos y adquiriendo cada vez más un aire onírico e irreal, los desplazamientos físicos del protagonista por la ciudad de Tánger llegan a ser difíciles de separar de sus complejos desplazamientos internos.



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