Masarykova univerzita



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9.1.Orientalism de Edward Said


En 1978 sale Orientalism de Edward Said, un estudio revolucionario, que introduce una crítica sistemática de la óptica adoptada por los países occidentales hacia las culturas consideradas como orientales o exóticas.

Para Goytisolo, la obra de Said nace en un momento perfecto. Una vez que ha “hecho cuentas” con España, el autor se desprende de su mirada centrada en la Península y se lanza al mundo como Juan sin Tierra. Su escrutinio primordial de la relación entre el hispano y el “moro” se abre a las consideraciones más amplias sobre las relaciones de la literatura/pensamiento occidental con el Oriente, y el mundo árabe en especial. La obra de Said le ofrece, en este aspecto, un importante instrumento teórico.

El intelectual palestino, profesor de literatura inglesa comparada y director del Arab Studies Quarterly, proporciona una revisión del orientalismo, es decir, de los estudios orientales, al caracterizarlo como “un estilo occidental que pretende dominar, reestructurar y tener autoridad sobre Oriente”535, demostrando cómo el estudio y representación de Oriente han ayudado a consolidar los antiguos clichés y estereotipos y cómo han servido a los intereses coloniales e imperiales.

Said señala hasta qué punto el texto, la tradición y las estructuras heredadas del pasado y adaptadas por ciertas disciplinas (como la filología) se superponen a un conocimiento objetivo de Oriente como realidad geográfica y cultural, y como hacen que éste sea “menos un lugar que un topos536.

Al estudiar detalladamente la imagen del “Otro” creada a través de todo tipo de representaciones, tanto visuales como textuales, el trabajo de Said propugna una nueva vía de conocimiento y análisis crítico que llegan a emplearse también en la crítica literaria.537

Por otro lado, es gracias al trabajo de Américo Castro y Juan Goytisolo, con los que se va familiarizando después de 1978, que Said se da cuenta “no solo de cuánto hubiera deseado saber más acerca del orientalismo español mientras escribía mi libro durante los años setenta, sino de hasta qué punto España es una notable excepción en el contexto del modelo general europeo cuyas líneas generales se describen en Orientalismo538. En su prólogo a la nueva edición española, Said aclara que su análisis de estudios orientales se limita, principalmente, a los casos de las potencias imperialistas principales de Gran Bretaña, Francia y, posteriormente, Estados Unidos.

Como señala, a diferencia del Oriente lejano e inaccesible creado por los conquistadores, viajeros, literatos y académicos anglosajones y franceses, la imagen del Otro en España surge de una intimidad cultural, histórica y hasta geográfica.539

En ambos casos, no obstante, el Otro es un factor determinante en la constitución de la identidad cultural europea/Occidental540, a la que se añade, en el caso de España, el forjamiento de la identidad nacional.



9.2.Vista panorámica


A diferencia de Don Julián, los protagonistas de Makbara no están confinados al espacio de una ciudad marroquí, sino que se mueven libremente por el país541, de tal manera que la ciudad de Marrakech forma parte de un panorama marroquí más amplio. Sus murallas ocres contrastan con la blancura de la ciudad de Larache y el vasto desierto de las regiones sureñas con el azul infinito del Atlántico.

El ángel caído añora la libertad de albedrío y desea “caminar, caminar, perderse en el desierto”542. Una vez que emprende el camino en búsqueda de su novio marroquí, deja atrás escenas del campo más bien oscuras que bucólicas, evocando la ambigüedad estética del occidental ante la realidad marroquí.543

El meteco, nacido en la jaima, “vuelve sobre sus pasos”544 a los parajes de la niñez, acordándose de su vida nómada. A veces, sus memorias se vuelven nostálgicas545, pero en otras ocasiones ofrecen cuadros muy sombríos546. La ambigüedad es omnipresente. La medina de Marrakech, que aparece por primera vez en el capítulo V, forma parte de ella.

La presencia de Marrakech en Makbara empieza y termina con la plaza de Xemaá-el-Fná, cuyas propiedades destacadas por el autor van moldeando tanto la imagen de la ciudad en la novela como la estructura y particularidades del propio texto.

El último capítulo constituye un texto aparte, ya que su contenido no participa en la parte ficticia de la novela sino que presenta/recrea el espacio de Xemaá-el-Fná que la ha inspirado. Con el capítulo XIV, al terminar el halaiquí su narración, la palabra pasa al autor/narrador que abiertamente admite su condición de “observador” occidental. El capítulo final proporciona, por un lado, el marco narrativo de la novela pues toda la narración anterior ocurre dentro de su espacio y, por el otro, al simplemente describir la realidad circundante, enlaza con la tradición de los relatos de viaje. No hay más ficción. Es el propio autor quien observa, enumera, interpreta y quiere entender el espacio a su alrededor. En su condición de foráneo también remite a consejos de guías turísticas que había consultado para poder acercarse mejor al ambiente singular de la plaza. Su mirada se desliza por la superficie, se detiene en detalles y se para en el horizonte. No sorprende que el sugerente cuadro panorámico de Marrakech enrojecido por la puesta del sol y con el Atlas al fondo, aparezca precisamente en este capítulo:

redoble de tambores al atardecer, cuando el sol cobrizo, tras la Kutubia, magnifica y realza los fastos urbanos con esplendores de tarjeta postal : verde jubiloso de las palmeras del jardín público, ocre vivaz de casas e inmuebles oficiales, atmósfera serena de azul imperturbable, contrafuertes lejanos del Atlas empenachados de un blanco purísimo547

La observación que acabamos de citar está hecha desde la plaza de Xemaá-el-Fná, el referente principal en la constitución de otros espacios en Makbara. La imagen entera de Marrakech en Makbara está relacionada, de alguna manera, con esta plaza.

Los protagonistas evocan el zoco en sus pensamientos o se acercan a él físicamente, como atraídos por un imán, para escapar de su existencia mísera y marginal, para recuperar su libertad y dignidad o, simplemente, para poder soñar. De hecho, a lo largo de la novela, podemos distinguir una compleja relación entre el centro y la periferia.

Hay otro factor clave en la interpretación más amplia de la representación de Marrakech en la novela estudiada. Como señalamos en el capítulo 5.1., los viajeros del siglo XIX dejaron un testimonio de la ciudad de Marrakech hecha ruinas y paralizada en su decadencia – una ciudad-cementerio que parecía habitada por personas muertas en vida. Según opinamos, esta imagen recurrente está reflejada en la novela. De hecho, el propio título de la novela significa “cementerio” en árabe. En el capítulo 9.5.1. nos detendremos también con más detalle en la presencia del cementerio que en la novela adquiere una función bastante compleja. De momento, no obstante, quisiéramos subrayar la importancia del título en cuanto a las expectativas que crea y en cuanto pueda relacionarse con la imagen decadente de Marrakech (Oriente) en la tradición literaria.

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