Masarykova univerzita



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1.3. El “marroquismo” literario entre 1859-1939


Aunque hemos dejado claro que el interés de España por el África del Norte en general – y por Marruecos en particular – es muy anterior a su expansión militar, a mediados del siglo XIX, es a partir de la Guerra de Marruecos (1859-1860) que empieza a aumentar considerablemente el número de publicaciones que se ocupan del tema, sea en el campo de la ciencia, las letras o la política. Se puede afirmar que mientras que los países como Gran Bretaña, Francia y, en un grado, menor Alemania, Holanda e Italia dispersaban su energía tanto intelectual como militar a un nivel mundial, plasmando elementos de su ideología imperialista16 en un orientalismo que abarcaba países desde Marruecos hasta las Indias, en España se produjo un fenómeno similar pero a una escala mucho más reducida17.

Siguiendo esta tendencia, el orientalismo español se convierte más bien en un africanismo y, como observa Morales Lezcano, se integra en “la revaloración inicial del mundo árabe-beréber realizada por algunos arabistas románticos e intelectuales ensayistas del ochocientos”18. En un estudio posterior19, Morales Lezcano se expresa en términos todavía más precisos y emplea otra vez el término de “marroquismo”, esta vez refiriéndose a una tendencia general reflejada no solamente en la literatura sino en las letras y las ciencias españoles como tales:

El orientalismo español no se pudo desarrollar con la amplitud y fuerza de su correspondiente anglofrancés; en cambio, diferentes ramas del árbol de conocimiento se nutrieron en España de africanismo, es decir, de marroquismo.20

El conflicto militar en Marruecos propició una producción literaria abundante que abarca varios géneros pero que, sin embargo, ofrece poca variedad en cuanto a la presentación del tema. Predomina el contenido apologético que justifica la acción militar española y que predica la necesidad de la misión civilizadora que España debía llevar a cabo en el país africano21. El fervor bélico hacía también rememorar antiguas proezas en las que se enfrentó la nación al musulmán “infiel”.22

Debido a su carácter propagandístico, la mayoría de esta producción tiene muy poco interés literario23. Se hicieron bastante populares algunas obras por entregas (luego encuadernadas) que se publicaban semanalmente en varios diarios y que complacían al público español exaltado por el espíritu nacional. A título de ejemplo podemos mencionar a Víctor Balaguer o Gaspar Núñez de Arce. En general, la visión de esta generación se considera excesivamente pintoresca, oscilando la presentación del hombre marroquí entre paternalista y despectiva.24

En la producción de esta época destaca Diario de un testigo de la guerra de Africa (1859) de Pedro Antonio de Alarcón, conocido también como “Perico, el belicoso”, quien personalmente participó como corresponsal de guerra en las acciones militares.

Sus escritos tienen carácter de diario y, junto con el espíritu de la época, transmiten su admiración hacia el ejército español y su fe en la grandeza recuperada de España. Hay que subrayar que al mismo tiempo que Alarcón alaba las virtudes de los españoles, se expresa con respeto y admiración hacia los marroquíes, demostrando un gran interés por la alteridad de su cultura y el misterio que parece rodearlos.25 Al considerarse “admirador y enemigo de los Moros”26, la actitud de Alarcón encierra en sí las dos tendencias o enfoques que van a desarrollarse en las novelas de la temática marroquí del siglo posterior: la búsqueda del Oriente (el paraíso perdido) y la presentación del conflicto militar con los marroquíes.27

A pesar de su entusiasmo inicial, Alarcón es uno de los primeros en desvelar la insensatez de la guerra.

Hoy creo, o por mejor decir, llevo mes y medio de creer, que nuestra misión en África está cumplida por ahora; que la continuación de esta Guerra no tiene objeto; que será una calamidad para España, cuyo espíritu público anda extraviado; que los periódicos de la corte, dueños absolutos de la opinión nacional, abusan de ella para empujar nuestro Ejército hacia un abismo, movidos por el error, por la ignorancia, por un patriotismo mal entendido o por miserables pasiones, por ruines envidias, por maquiavélicos propósitos.28

La desilusión de Alarcón, tan abiertamente confesada por el autor después de los meses de exhortaciones militares y entusiasmo por la empresa bélica que presenciaba, podría considerarse el primer germen del criticismo que va a invadir las mejores novelas sobre la actuación militar en Marruecos publicadas a partir del siglo XX y entre los que podemos incluir Aita Tettauen (1905) de Benito Pérez Galdós, El Blocao (1928) de José Díaz-Fernández, Imán (1930) de Ramón J. Sender, o La Ruta (1943) de Arturo Barea29.

La Guerra de Marruecos y los conflictos posteriores se han convertido en la temática marroquí más representada en la narrativa española del siglo XX. Dada la importancia del tema, consideramos oportuno señalar que este aspecto histórico está ausente de la obra novelística de Juan Goytisolo. Sin embargo, esto no quiere decir que Goytisolo no se interese por el tema30 o que no esté familiarizado con la producción literaria relativa al tema. Son las obras de Alarcón y Galdós en particular las que han atraído su atención y las que comenta también en Crónicas sarracinas (1982).31

Dejando claro su conocimiento de los dos autores y de los estudios que analizan el tema, Goytisolo destaca la representación de Santiuste en Aita Tettaeun de Galdós como alguien quien traspasa las fronteras culturales y, al hacerlo, desvela “la realidad borrada de una España de tres culturas y castas”32. En este contexto hay que recordar que el redescubrimiento de “la España de tres culturas” de Galdós encaja en un fenómeno mucho más amplio que se reflejó particularmente en la literatura33 y que, como hemos establecido ya anteriormente, se desarrolla dentro de una expresión particular del orientalismo español. Sin embargo, como veremos a continuación, la interpretación hecha por Gilman y reafirmada por Goytisolo, discierne en la novela de Galdós el germen de una relectura radical del pasado español que se materializa solamente años después con el trabajo de Américo Castro y su obra España en su historia (1948).

Frente al Romancero de cartón-piedra de Alarcón y sus fantasías orientales a lo Chateaubriand y lord Byron, Galdós opondrá una lectura de nuestro pasado que, como muestra muy bien Stephen Gilman en un estudio reciente, presagia y anticipa la de Castro. (…) Judíos agarenos como Almudena o cristianos semitas e islamizados como Santiuste y el místico Nazarín son, en verdad, encarnaciones de un fecundo mudejarismo vital que trasciende las fronteras del campo artístico.34

En esta ocasión tenemos la oportunidad de destacar la tendencia de la literatura marroquista de remitir al pasado español, ofreciendo nuevas perspectivas. De ahí que aunque Marruecos sí se presenta muchas veces como un lugar exótico y misterioso, los lazos históricos y culturales que lo unen con la Península permiten a duras penas a los españoles una escapada y alejamiento total de su tierra natal. Junto con la realidad trágica de la guerra llevada en este país es, en nuestra opinión, otra razón por la que el tema oriental, tal como lo conocemos en la literatura francesa o inglesa, no ha hallado un suelo fértil en la literatura española.

Hay un elemento más que distingue los escritos españoles sobre Marruecos y que todavía no hemos mencionado. Al lado del reencuentro temporal – el del propio pasado, es habitual también el reencuentro espacial. En muchas ocasiones, el paisaje marroquí suele evocar en el escritor español las imágenes que se trae de su país natal (o al revés)35. El fondo exótico se une con una percepción de reconocimiento e identificación que no suelen producirse en otros escritores europeos. Al recorrer Marruecos, Alarcón se acuerda de Granada36, Galdós de Murcia y Valencia37 y Borrás de Teruel, de Guadarrama o de la serranía de Ronda:
De pronto apareció un panorama completamente español: la serranía de Ronda. El camino era el mismo que se hace por la vega rondela; a un lado, una sierra elevada, inaccesible, en la que se reflejaba el sol, haciéndola amarilla, conviertiendo en púrpura el color de rosa de las entrañas de piedra que aparecen entre sus desgarrones de la superficie.38


1.3.1.Isaac Muñoz y el sueño oriental


Emily Litvak sitúa los comienzos del exotismo y orientalismo español en los años 80 del siglo XIX.39 Originalmente, el tema oriental en España se relacionó con una “maurofilia” basada en la nostalgia andalusí y representada por autores románticos como Zorrilla, Espronceda o el duque de Rivas. En cuanto a la novela oriental ambientada en Marruecos, uno de los genuinos ejemplos que podemos mencionar es la obra de Isaac Muñoz. De hecho, el año 1913 cuando – según Litvak – se agota el sueño oriental, coincide con la fecha de publicación de la última novela de este autor.

El Oriente de Muñoz se ofrece como un lugar donde la vida es auténtica, a la vez cruel, poética y misteriosa y a dónde el escritor puede dirigirse en búsqueda de su libertad personal. El mundo del “Otro” – al estar percibido como el antipolo de la sociedad española cuyos valores castizos le agobian y donde, por ende, no se siente libre, le permite a Muñoz soñar y reinventarse a sí mismo.

Señala Mohamed Abrighach que con la obra de este autor, “se agotaron todas las posibilidades del exotismo porque éstas se gestaron con toda su intensidad (…). Toda la producción artística que vendría después de la suya, sería plasmación de un oriente fosilizado y nada original”40. No obstante, recuerda que la veta orientalista se puede observar en la literatura de tema marroquí también en la época del Protectorado, después de la independencia de Marruecos e incluso en la actualidad.

1.3.2.La cara oscura de Marruecos


Durante los conflictos militares hispano-marroquíes que tienen lugar entre los años 1909-1927, son las tragedias del Barranco del Lobo, Annual o Monte Arruit las que acabarán con la óptica romántica. “El Blocao y el Oriente” se enfrentarán cara a cara y durante años prevalecerá, sobre la luz oriental, una imagen más bien oscura de Marruecos.

Con el fracaso del ejército español en el Barranco del Lobo en 1909, comienzan a aparecer testimonios alarmantes de soldados y periodistas que denuncian la corrupción que reina en los rangos más altos del ejército y que demuestran su estado deplorable. Mencionemos por ejemplo Notas de un voluntario (1910) de Eugenio Noel, Entre la paz y la guerra (1912) de Manuel Ciges Aparicio, Memorias de un legionario (1922) de Julián Fernández Piñero o ¡Mektub! (1926) de Gregorio Corrochano, corresponsal de guerra.41 También hay que destacar el texto de Ernesto Giménez Caballero Notas marruecas de un soldado (1923), un documento valioso tanto por su calidad literaria, reconocida entre los primeros por Miguel Unamuno, como por sus observaciones de carácter cultural.

Como ya hemos sugerido, el tema de Marruecos aparece en la literatura española de la época comentada en abundancia, pero son escasas las obras de alta calidad literaria. Tampoco ayudó el hecho de que las generaciones de escritores de 1898 y 1914 no mostraron ningún interés por el problema marroquí. Hoy podemos contar con los dedos de una mano las obras literarias relativas al tema de Marruecos que fueron publicadas en el primer cuarto del siglo XX y que logran traspasar la frontera de lo mediocre. Una de ellas es la novela La pared de la tela de araña (1924) de Tomás Borrás, muy apreciada por la crítica por su realismo e imágenes de gran fuerza, algo poco común en la narrativa del tema marroquí de la época42.

Volviendo al tema de la guerra, no puede pasarse por alto el ya mencionado trío de novelas El blocao (1928) de José Díaz Fernández, Imán (1930) de Ramón J. Sender (1901-1982) y La Ruta (1943) de Arturo Barea.

Los tres autores fueron críticos implacables de la guerra y el Ejército, políticamente apoyaban la causa republicana y, al terminar la guerra civil, se fueron al exilio.43 Pero hay algo más que tienen en común:

Ahora bien, si estas novelas son anticolonialistas, lo son sin que lo marroquí aparezca de manera clara junto a la denuncia de la injusticia que supone una invasión, lo marroquí permanece en un segundo plano, como el gran y perfecto desconocido de la cuestión. Los libros pueden convertirse en una crítica de cualquier tipo de guerra.44

En El blocao, el elemento marroquí se intuye desde lejos como un elemento amenazante y en Imán, Marruecos y la vida de sus habitantes quedan prácticamente invisibles, salvo en un par de escenas. Aunque Sender expresa abiertamente sus simpatías por los marroquíes, la distancia entre el narrador y el moro es siempre insalvable. A partir de la crítica de guerra, el suelo marroquí sirve sobre todo para reevaluar los valores tradicionales españoles, entre ellos el patriotismo, el heroísmo, el sentido del destino histórico y todo lo que representa el colonialismo bajo su máscara de civilización occidental. Lo mismo podemos decir sobre la novela autobiográfica La Ruta (1943), la crítica más implacable a la presencia militar española en Marruecos. La incluimos en este capítulo a pesar del año de su publicación por una simple razón: con ella culmina la literatura de la guerra marroquí producida por autores que escribían a base de su propia experiencia.

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