Masarykova univerzita



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9.5.Otros espacios


Aparte del ambiente de la plaza de Xemaá-el-Fná, hay muy pocos espacios que completan la imagen de la ciudad de Marrakech.

De paso, como parte del itinerario diario del protagonista entre la tenería y el zoco, se mencionan los elementos de la ciudad nueva, “jardines públicos, calles bien trazadas” y “square de Foucould”585.

Junto con de la plaza, la tenería es, de hecho, el único otro espacio descrito con más detalle. El barrio de los curtidores se encuentra ya fuera de la muralla que rodea la medina y es el escenario principal del capítulo VI, titulado “Dar Debbagh”586. Narrado desde la perspectiva de uno de los trabajadores, la tenería presenta imágenes verdaderamente infernales. “Nada me determinaba a esta muerte”, dice el protagonista, “nací ligero y móvil, desde niño soñaba con el edén”587. En la tenería está enjaulado, enterrado en vida. Mientras que le enfocan las cámaras fotográficas de los turistas que lo observan del alto de la muralla, su destino es “empozarse, chapotear en el fango, curtir pellejos, descomponerse en vida”588. El tiempo que se ha parado en la animada y medieval plaza de Xemaá-el-Fná, se ha parado también en la maksura589 marrakchí. Si leemos la descripción de una curtiduría del siglo XV en la novela histórica El manuscrito carmesí de Antonio Gala, parece que no hay distancia temporal entre ella y la de Makbara:

Un día bajé al infierno de las curtidurías por una cuesta resbaladiza y repugnante tapizada de pelos, lanas, boñigas, regatos pestilentes. … Los curtidores y sus aprendices trabajan silenciosos y rítmicos. En medio de ese cráter hostil, sobre el filo de los pilones, semidesnudos, con las piernas teñidas, adoptan harmoniosas y elegantes posturas, semienvueltos en vapores que brotan como un vaho de una garganta viva. Acuclillados, con cortantes y feroces utensilios, limpian de pelos y desigualdades el revés de las pieles.590

La tenería es la cara oscura de Marrakech en Makbara, el gran cementerio de personas enterradas en vida, el Marrakech de los relatos del siglo XIX. Es el símbolo de la periferia marroquí de cuyos tentáculos el protagonista intenta escapar, dirigiéndose todos los días hacia la Kutubia.

9.5.1.El cementerio


Ya antes de abrir la novela, el lector entra en el espacio del “otro”. Para quien no entienda el árabe, su título sugiere poco. Hay que tener curiosidad, buscar significados. Makbara quiere decir “cementerio”.

En su estudio La novelística de Juan Goytisolo (1984), Jesús Lázaro ofrece tres posibles funciones del título en la interpretación del libro: mundo occidental considerado como makbara, makbara como el símbolo del “cierre del ciclo vital, donde la vida y la muerte no son contradictorias, sino complementarias” y el cementerio islámico como “centro de regocijo por ser lugar de encuentro de los amantes” 591.

En su primera función, makbara puede simbolizar el oscuro ambiente del subterráneo de Pittsburgh y de las minas en Francia592. Sin embargo, hay que tener en cuenta también las tenerías de Marrakech y la vida dura del protagonista en su propio país, que le hace abandonarlo. Por nuestra parte, ya señalamos una posible relación entre la recurrente imagen del cementerio en relación con la ciudad de Marrakech y los retratos decadentes del país esbozados por los viajeros del siglo XIX.

La segunda función, sugerida por Lázaro, está alineada con el concepto islámico de la muerte. El cementerio islámico simboliza el jardín paradisíaco al cual el hombre vuelve después de la muerte y donde los cuerpos se colocan de tal manera como para tener “la misma relación con la quibla tanto en vida como después de la muerte”593. Está concebido como un espacio donde la vida y la muerte se complementan594 y Goytisolo no es el primer autor español en reparar en ello.

A menudo, los cementerios fueron lo primero que el viajero encontraba al acercarse a la ciudad marroquí, ya que suelen ubicarse fuera de sus muros y cerca de las comunicaciones principales, a veces sin vallado alguno. Llenos de flores y árboles, producen una imagen agradable y acogedora. Alarcón primero confunde el cementerio de Tetuán con “un barrio extramuros” y después exclama que “nadie habrá visto campo santo tan primoroso y alegre como aquel”595. Giménez Caballero, por ejemplo, se refiere al cementerio árabe como “un huerto de placer”, donde todo el pueblo viene a convivir con sus muertos, cantar, orar y celebrar sus fiestas” 596.

En varios de sus ensayos597, Goytisolo aprecia la coexistencia de la vida y la muerte en la cultura islámica, y la compara con la actitud hacia la muerte en la moderna sociedad occidental donde, al suscitar “un sentimiento de angustia y rechazo”, pasa a una especie de clandestinidad.598

Entre ciudades que parecen cementerios y cementerios que parecen ciudades, Goytisolo erige una “muerta ciudad recorrida por los hálitos de vida, Eros y Tánatos mezclados”, animada por “jóvenes, muchachas, grupos familiares” que pasean “entre tumbas anónimas (…) cargados con cestos y paquetes, prestos a una alegre jornada campestre” y donde “los niños juegan ociosamente al fútbol encima de borradas sepulturas599.

Otra experiencia muy similar a la del cementerio de Marrakech está descrita en el ensayo “La ciudad de los muertos”. Allí “los habitantes de las zonas mixtas cuelgan sus prendas recién lavadas entre los cipos o estelas de las tumbas, los chiquillos juegan a encaramarse a éstas”600. Goytisolo admite que tal coexistencia de vivos y muertos es un hecho extraordinario también en el mundo islámico, pero que ésta no sería posible si no fuera por la acepción general de la muerte como parte de la vida en el mundo islámico.

En Makbara, la imagen del cementerio como el reino de Eros y Tánatos está llevada a sus últimas consecuencias en las escenas eróticas que toman lugar sobre las tumbas de makbara601 - de allí la tercera función sugerida por Lázaro. El cementerio como lugar escogido para encuentros amorosos por las parejas “clandestinas”, podría entenderse, por ejemplo, como una exacerbación de la proverbial sensualidad oriental y su objetivo, como afirman algunos autores, podría ser el de provocar la buena moralidad cristiana y burguesa602. Obviamente, no hace falta señalar que dichas imágenes resultan sacrílegas también desde el punto de vista musulmán.

Cualquiera que sea la intención, el efecto artístico y la interpretación de las escenas “escandalosas” en la makbara, entendemos que la clave para su lectura yace otra vez en la plaza de Xemaá-el-Fná. Al apoyarse en los estudios de Bajtin, Goytisolo compara la halca con el ambiente de los mercados y plazas medievales donde todo era permitido. “Los discursos se entremezclaban, las leyendas se vivían, lo sagrado era objeto de burla sin cesar de ser sagrado, las parodias más ácidas se compaginaban con la liturgia”603.

El narrador simplemente disfruta de sus derechos de halaiquí. Narrar, burlarse, profanar, ofender, alabar, predicar, hacer soñar. Lo peor que puede pasar es que el público abandone la halca sin pagar. Esto, no obstante, no es algo que le preocupe al autor.

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