Masarykova univerzita



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3.La ciudad islámica


En el presente capítulo vamos a abordar el tema de la ciudad islámica como un espacio que tiene sus propias características y su propia historia de interpretación por parte de la cultura occidental.

Se presentará una visión e interpretación urbanística actual de la ciudad islámica con el objetivo de mejor entender su organización espacial y sus funciones. Aquel entendimiento, a su vez, debería ayudarnos en la discusión y análisis de las imágenes evocadas por los literatos españoles y, por supuesto, por el propio Juan Goytisolo.



3.1. El concepto de la ciudad islámica tradicional


La ciudad islámica tradicional representa algunos rasgos que se repiten a través del extenso mundo musulmán y que la distinguen claramente de las ciudades occidentales.106

En las primeras décadas del siglo pasado aparecen los primeros intentos de estudiar el concepto de “la ciudad islámica” como tal y se trata de definir el porqué de sus peculiaridades urbanísticas.

Aunque algunos estudios tal vez no se libran de la óptica occidental que, según el urbanista M. Suleiman Shinaq, resulta en la producción de imágenes ambiguas y hasta distorsionadas107, es innegable que gradualmente se llega a una mejor comprensión del espacio urbano islámico.

Los pioneros en los estudios relativos a la ciudad islámica tradicional fueron los hermanos Marçais. En su artículo “L'Islamisme et la vie urbaine" (1928)108, William Marçais señala que el Islam es básicamente una religión urbana y enumera unos cuantos elementos característicos de la ciudad islámica: una gran mezquita del viernes, suq o el mercado y los hammams, es decir, baños públicos. Más tarde, su hermano Georges Marçais presentó otros rasgos propios de la ciudad islámica que tenían que ver con la disposición económica y de la población. Marçais distingue entre los barrios comerciales y residenciales, apunta a la segregación de barrios residenciales de acuerdo con el factor étnico o especialización y señala la jerarquía de los comercios en el mercado, al ubicarse los más limpios en la proximidad de la mezquita. Hay que subrayar que todos los ejemplos mencionados para apoyar aquella generalización provenían de las ciudades del Magreb.109 Como indica Aida Y. Hoteit, su trabajo “fue el primer paso en la construcción de una imagen mental o arquetípica de la ciudad musulmana”110.

Aparte de lo mencionado, el rasgo más pronunciado y característico del espacio de la ciudad islámica (lo que hoy suele designarse como kasbah), es el núcleo de la ciudad, el compacto y laberíntico caserío con simples fachadas, donde los únicos espacios abiertos suelen ser los patios interiores.

Fue especialmente este rasgo diferenciador el que ha sido interpretado por algunos investigadores despectivamente, como un ejemplo de la inferioridad de la cultura islámica frente a la occidental. Según el geógrafo británico Robert E. Dickinson, entre otros, las ciudades islámicas carecían de cualquier planificación u organización. En su estudio The Western European City (1951), Dickinson literalmente habla de ciudades sin plano, amasijos de edificios y casas y laberintos imposibles de descifrar, incluso con un mapa, que se desarrollan “como compactos asentamientos campesinos sin ninguna clase media organizada y sin ninguna idea de plan o autoridad”.111

Unos años antes, en su artículo “Urbanisme medieval et droit musulman”112, otro investigador Robert Brunschvig se había planteado la siguiente pregunta:

cómo la antigua ciudad romana de aspecto abierto, regular y bien diseñada ha podido transformarse, sobre el mismo sitio, en una ciudad musulmana con calles tortuosas y complicadas, de aspecto a veces de laberinto, con casas encerradas, que se complace a culs-de-sac, a repliegues de sombra, a rincones secretos.113

Como veremos a continuación, las respuestas a la organización del espacio en la ciudad islámica residen en los factores medioambientales y bioclimáticos por un lado, y en los culturales y sociales por otro. Entre los últimos destacan la ley islámica y los conceptos religiosos caracterizados por un pronunciado respeto para la privacidad y sus ideales de igualdad.

Es bien conocida la comparación entre la ciudad aristotélica, como la suma de sus habitantes-ciudadanos, y la ciudad islámica, como la suma de un determinado número de creyentes. Las exigencias religiosas como la ablución y oración con orientación a la Meca llevaron a los rasgos más pronunciados de la ciudad islámica ya que determinaban la edificación de las mezquitas con sus alminares desde los que convocar a los creyentes y se reflejaban en la construcción de aseos, fuentes y baños públicos, el hammam.

Además de su función religiosa, el hammam desempeñaba un rol social muy importante. Al no existir otro tipo de espacio público de “ocio”, fue éste el sitio informal para discusiones, tanto entre los hombres como entre las mujeres.

El carácter profundamente religioso de la vida musulmana influía hasta en el diseño de la propia casa que encarnaba el derecho a la privacidad proclamado por Mohamed114 y la idea de igualdad de todos los creyentes ante Dios.

Ya que nadie debe perturbar la vida privada del otro (es decir, ver más de lo que ve en la calle), los edificios respetaban cierta altura, las ventanas no solían abrirse a la calle sino al patio y las vistas de las azoteas fueron limitadas por muros que las rodeaban. Las puertas de las casas no debían colocarse frente a las de los vecinos y las calles pequeñas o sin salida se convertían en espacios residuales o semi-privados, a veces separados entre sí por puertas.

El respeto al otro y el proclamado sentido de igualdad lo transmitían también las fachadas sin decoración que poco distinguían una casa de otra. Los que tenían recursos, adornaban sus casas y levantaban unas fachadas suntuosas en su interior, para su contemplación privada, sin ostentación y respetando así a los que de tales recursos carecían.115 Sobre todo este último aspecto es poco comprensible para un occidental y lo veremos con frecuencia también en la literatura. Para dar un ejemplo, así se extraña la intrépida viajera y autora catalana Aurora Bertrana al encontrar la casa que llevaban buscando en el laberinto de las callejuelas de Fez:

quan ja haveu perdut el nord completament, veieu el moro, o la mora, que s’atura davant d’una porta baixa plena de travessers de ferro, de Claus monumentals, de teranyines i de misteri. No capiu que un home ric i significat pugui viure darrera d’aquella entrada misteriosa.116

3.1.1.La calle


Las calles de la ciudad islámica materializan el concepto que regía la vida urbana estrictamente dividida en la vida privada y pública. Las calles comerciales de la medina son relativamente anchas y regulares y sirven como un espacio “para la comunicación ajetreado, bullicioso, polifacético” donde la “acción y devoción tenían que combinarse convenientemente”117.

Por otro lado, las calles de los barrios residenciales fueron concebidas para pasar pero no para demorarse en ellas. A diferencia de las ciudades occidentales, la ciudad islámica se forma desde dentro (es decir, desde la casa), hacia fuera. Allí es la casa la que le da su forma a la calle y no al revés, como suele ser el caso de las ciudades occidentales. Como ha demostrado Chueca Goitia en varios de sus estudios, de ahí que tantas calles de las ciudades islámicas creen un verdadero laberinto, con sus culs-de-sac, rincones y ángulos inesperados, provocando la sensación en el transeúnte de haber penetrado en terrenos privados.118

El carácter laberíntico de las ciudades islámicas se explica también por otros factores más, el legislativo (relacionado con el religioso), el climatológico y el psicológico.

El espacio segmentado y “caótico” de los barrios residenciales fue fomentado con el reparto hereditario regido por la ley islámica, al fikh.119

El hecho, de que en gran parte del Dar-el-Islam (al que pertenece también el Magreb) las temperaturas pueden subir muy alto, favorecía calles estrechas que con su sombra y con su efecto termorregulador protegían de la deslumbrante luminosidad y el agobiante calor. Traduciendo estas calidades al lenguaje literario, podemos leer por ejemplo sobre las calles de Tetuán: “¡Oh calles de ensueño esas estrechas, silenciosas, cubiertas con una larga parra, por donde el sol se cuela sólo a goterones de oro y en las que el aire es de color violeta!”120.

En cuanto al factor psicológico, Chueca nos recuerda el sentido intimista que el musulmán logra crear hasta en los lugares públicos. También se ha apuntado al efecto del cansancio y agotamiento que, a diferencia de calles cortadas y tortuosas, suelen producir en el caminante calles largas y abiertas, sin mojones y rincones para descansar.121

Otra de las funciones de la trama que forman las calles tortuosas y sin salida fue también el control de la circulación y la defensa. La gente forastera se encuentra en un tejido de calles con muy pocos puntos de referencia, entre casas de la misma altura y hechas del mismo material, con muchos callejones para elegir.122

3.1.2.El zoco


En la zona central encontramos el zoco como un espacio público por excelencia, donde reina la actividad comercial y artesanal. De hecho, habitualmente se trata de varios zocos especializados en diferentes productos que demuestran una clara organización en su posición con respecto a la mezquita. Los comercios más cercanos a ella son las librerías donde el creyente puede conseguir el Corán y otros libros como fuente de conocimiento. Siguen las perfumerías, mercado de tejidos, cerámica y de comestibles. Más alejados del centro (de la mezquita) y en los barrios más pobres y marginados se situaban tiendas o talleres ruidosos o malolientes, como las tenerías y carnicerías.

El zoco principal además sirve como espacio de encuentro social y cultural, donde se podía (y en ciertos casos todavía puede) escuchar a los narradores y artistas tradicionales retratados con tanta frecuencia en la literatura sobre el mundo oriental.



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