Masarykova univerzita



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4.2. Los tiempos de la medina


Debido tanto a sus características particulares, como a un conjunto de motivos estéticos, culturales e ideológicos, la ciudad islámica se perfila en la literatura española como un espacio atemporal, ajeno al desarrollo de la sociedad occidental, incluso opuesto a él.

Independientemente de los valores que al final se le adjuntan, la medina está teñida de un aire onírico o “cuelga” en un tiempo pasado, en una época por la que Europa pasó hace siglos.

Es un espacio apropiado para escapar de la sociedad mecanizada e industrializada y para experimentar sensaciones fuertes. La descripción de la medina y la de su ambiente preindustrial obedece a ciertos códigos estéticos. Se resaltan imágenes pintorescas y exóticas y se evoca la impresión de volver en el tiempo, de trasladarse a la antigüedad. A esta interpretación se prestan todavía las ciudades marroquíes como Chefchauen, Tetuán, Rabat, Marrakech o Fez. Así, la ciudad de Fez sigue siendo a finales del siglo XX “una ciudad dormida en el pasado y despertada de pronto, para ellos, turistas vulgares, con todo el hechizo del Islam”133, o se desvela como “tiempo convertido en polvo, adherido a su caminar; escenas bíblicas usurpadas a las antiguas escrituras”134.

Aparte del placer estético que la sensación del “viaje al pasado” produce, muchos autores se fijan en el “retraso” urbanístico de la medina. El tono negativo reina sobre todo en textos apologéticos de las primeras décadas del siglo XX, cuyo objetivo principal fue demostrar el subdesarrollo de la sociedad marroquí y justificar la acción militar española y la necesidad de la misión civilizadora.

La literatura española cuenta también con un factor específico, debido a los lazos históricos y culturales entre los dos países del Estrecho y a la compleja mirada hispánica hacia el “moro” como resultado de éstos. Las similitudes identificadas suelen relacionarse directamente con épocas históricas concretas, como el período del Al-Andalus y la Edad Media, lo que refuerza la sensación de volver en el tiempo. Eso ocurre tanto con los aspectos visuales y urbanísticos de la medina como con sus habitantes. 135

Como ya hemos mencionado, la experiencia española en Marruecos – a diferencia de otras nacionalidades europeas – es particular gracias a la sensación de “reencuentro” a la hora del contacto con el paisaje, el urbanismo y la cultura marroquí. Esa sensación del “reencuentro”, “similitud” o “reminiscencia” producida por el espacio marroquí es una constante cuyo hilo podemos trazar hasta la narrativa más reciente:

Con sus fachadas encaladas y sus calles cada vez más empinadas, Xauen parece en la quietud de la tarde uno de esos pueblos andaluces de las montañas, donde la luz se remansa y se queda dormida al pie de los portales. También hay jardines sombríos, sobre cuyos muros se derraman los jazmines.136

En el pasado, aquel reencuentro fue con frecuencia matizado por la noción de superioridad de la cultura andalusí con respecto a la cultura marroquí presenciada y también por el esfuerzo de usar los lazos históricos para justificar la actuación española en Marruecos.

En su artículo “Los arabistas españoles y Marruecos: de Lafuente Alcántara a Millás Vallicrosa”137, Manuela Marín analiza como presenta la sociedad marroquí el arabista y hebraísta José María Millás Vallicrosa138 en su estudio España y Marruecos: interferencias históricas hispanomarroquíes, publicado en 1943. Como Marín demuestra, cualquier semejanza entre las dos culturas se remitía al pasado:

Para los españoles, lo reconocible en Marruecos era, por ejemplo y entre otras cosas, el impacto visual de una arquitectura que adornaba muchas ciudades españolas; casi siempre, esa innegable similitud se califica como lo hace Lafuente. Es decir, se utiliza para realzar la superioridad andalusí – con su componente ‘hispánica’ – sobre lo marroquí y, en cualquier caso, para mantener esa similitud en un pasado irrecuperable.139

Esta mirada tiene también su vertiente literaria. El ejemplo que proporcionamos a continuación proviene de la novela La pared de tela de araña (1924) de Tomás Borrás. En el capítulo “Aparición de la edad media”, podemos leer la siguiente descripción de los habitantes de Xauen, con tipología simplificadora de carácter positivo justificado por las alusiones al pasado esplendor andalusí:

Hombres pálidos, como una palidez llena de distinción debida a que el sol no entra en la olla de montañas dentro de la cual está Xauen, todos tienen cara de poeta. Altos, delgados, en actitud llena siempre de gracia, se ve que son los hijos de aquellos que en Córdoba construían con mármoles, formaban horóscopos, rimaban versos, traían del mundo cosas refinadas, exportaban el aceite, el vino y el álgebra. Esbeltos y líricos, los moros de Xauen también cecean y en algunos rostros hay un espejismo romano.140

Una imagen muy reiterada y evocativa del pasado es la de la vida laboral expuesta a simple vista. Sea en Tánger, Tetuán, Fez o Marrakech, los artesanos están siempre presentes, siguiendo con su labor milenaria, con los oficios de sus padres y abuelos, con sus talleres humildes abiertos al mundo.

El estudio de Marín señala, entre otras cosas, como la vida contemporánea de los marroquíes presentada por Millás Vallicrosa queda “invisible” por su constante identificación con el pasado de la cultura occidental de cuya evolución histórica queda completamente aislada. “Parece como si de repente os hubierais retrotraído a aquellos siglos medievales, llenos de un encanto primitivo y poético, a una vida en la cual las horas discurren libres y pausadas sin los agobios y preocupaciones de la vida europea” y “el encanto de la vida artesana de la Edad Media se conserva en estos barrios de babucheros, tejedores, tallistas etc.”141

Marín resalta como aquellas escenas pintorescas se presencian con un goce esteticista sin que el viajero se plantee cualquier

interrogante sobre el espectáculo que se le brinda. Este paisaje encantador y detenido en el tiempo está poblado de tipos perfectamente definidos, categorías humanas en las que no existen los individuos como tales.142

La conclusión de Marín es perfectamente válida para una gran cantidad de textos literarios en los que aparecen escenas de la vida laboral tradicional. En su totalidad suelen ser inofensivas, positivas, tachadas de exotismo y, al mismo tiempo, reconfortantes al reafirmar, indirectamente, la noción del atraso tecnológico de la sociedad musulmana con respecto a la occidental.

En sus paseos por Tetuán Vicente Aleixandre se deleita, por ejemplo, con observar los talabarteros, los sastres y los orfebres, “todos trabajando a la vista, lentos y sosegados, con esa especie de señorío tan largamente decantado que llega como a ofrecer una superficie respetuosa”.143

Como veremos más adelante, Goytisolo procesará este motivo de una manera sumamente singular en las dos novelas, Don Julián y Makbara.

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