Medstar II: Curandera Jedi Michael Reaves y Steve Perry Versión 1



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Mientras las Guerras Clon desatan el caos por toda la galaxia, la situación es desesperada en el mundo de Drongar, donde las fuerzas de la República libran una lucha feroz contra los separatistas...

La anunciada ofensiva del enemigo empieza cuando los separatistas lanzan al ataque sus legiones de droides. Las tropas de carne y hueso de la República no son rivales para el duracero de los droides de combate, por muchos refuerzos que tengan.

En ninguna parte resulta eso más crudo que en la caldeada selva de Jasserak, donde los médicos y enfermeras de una pequeña unidad médica afrontan una situación imposible. Cuando los muertos y los heridos empiezan a amontonarse, los cirujanos Jos Vandar y Kornell «Uli» Divini se dan cuenta que se les acaba el tiempo.

Hasta las habilidades Jedi de la padawan Barriss Offee se ven forzadas al límite. Le espera una prueba que bien podría llevarla a su muerte, y a la de incontables seres




Medstar II:

Curandera Jedi


Michael Reaves y Steve Perry

Versión 1.1

31.10.12



Título original: MedStar II: Jedi Healer

Cronología: 20 años A.B.Y (Antes de la Batalla de Yavin)

Autores: Michael Reaves y Steve Perry

Arte de portada: Dave Seeley

Publicación del original: septiembre 2004

 

Digitalización: LorD XiaN



Revisión: Digital_Sith

Edición original: jukogo (versión 1.0 epubgratis)

Edición: Bodo-Baas (v 1.1)

Base LSW v1.1


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Hace mucho, mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…
Para mi hijo Alexander:

“Que la Fuerza esté contigo, siempre.”

MICHAEL REAVES

Para Dianne.

STEVE PERRY

UQMR-7.


Altiplanicies de Jasserack en Tanlassa, cerca de las llanuras Qarohan.

Planeta Drongar.

Año 2 después de Geonosis.

1


En aquel momento no había tiempo para pensar. No había espacio real para le la mente consciente juzgara acción y reacción, ni para decidir sobre forma y fluidez. La mente era demasiado lenta para servirle de defensa en esa situación a vida o muerte. Debía confiar en el músculo de su memoria, prescindir de cualquier conexión con preocupaciones pasadas o futuras. Debía vivir el ahora de forma absoluta y completa si quería sobrevivir a la batalla.

Todos esos pensamientos transcurrieron en el espacio de un abrir y cerrar de ojos.

Barriss Offee corto y sajo con su sable laser, girando y describiendo círculos, tejiendo, a su alrededor un escudo de energía luminoso con sus movimientos, parando disparos laser, flechas, espadas, y hasta alguna que otra piedra, sin devolver ningún proyectil contra sus atacantes. Eso era de vital importancia, además de la peor parte de la batalla «no mates a ninguno».

El maestro Kenobi había insistido en ello. No amputes brazos, piernas o cabezas. No hundas el sable laser en el cuerpo de los atacantes. Ni de los borokii ni de los januul.

Era mucho más difícil luchar para desarmar o herir que para amputar o matar. Lo correcto siempre era mucho más difícil.

Barriss lucho… A su lado, Anakin Skywalker realizaba una impresionante demostración de talento con su sable láser, aunque su técnica era algo más basta. Había entrado en el Templo mucho más tarde que la mayoría de los padawan Jedi, pero se las apañaba bastante bien. Ella percibió mediante la Fuerza e él quería más, que quería acabar con todos ellos, pero se controlaba. También pudo percibir lo mucho que le costaba hacerlo. Y le preocupaba un poco la sonrisilla que veía en Anakin mientras tejía una red energética de defensa. Parecía disfrutar demasiado con ello.

A su izquierdo, la hoja reluciente del Maestro Kenobi cosía un tapiz de luz borrosa con aroma a ozono, derribando disparos láser, bloqueando flechas y quebrando hojas de duracero casi demasiado rápido para el ojo humano. Su expresión era determinada, firme.

La Maestra Unduli tejía su defensa como si bailara, moviéndose con esa elegancia increíble flexible que le daba su toque personal, rechazando los ataques sin problemas. Barriss estaba al lado de su tutora, moviendo su hoja azul en perfecta sincronía con el sable laser verde de su maestra. Cada una de ellas era una contrincante considerable por separado; juntas, unidas en la fuerza, eran una unidad de combate más fuerte y rápida que la suma de ambas partes. Se complementaban de forma tan precisa y absoluta en las fintas, bloqueos y movimientos que muchos de los indígenas de Ansion contemplaban incrédulos la escena, incluso mientras acentuaban el ataque.

Cuando, pese a sus habilidades, la jauría siguió avanzando, Barriss sintió una oleada de miedo: era muchísimos, y controlar sin matar resultaba difícil, mucho más difícil. Pero en ese momento, al saltar y blandir su arma, la Fuerza, guiaba cada uno de sus movimientos, y el pánico inicial desaparecería. Al estar los cuatro, juntos, unidos por un mismo propósito, se dio cuenta de que jamás había sentido el fluir de la Fuerza con tanta intensidad como entonces. Estaba con Anakin y con el Maestro Kenobi, de forma casi tan completa como la Maestra Unduli. Era una sensación increíble poderosa, embriagadora, intoxicarte y abrumadora que la llenaba de confianza. «¡Podemos conseguirlo! ¡Podemos vencer a los dos ejércitos!».

Sabia de forma racional que eso no era posible, pero su convicción nacía del corazón, no de la mente. Eran invencibles. Batían a la muerte que caía de los cielos: rayos de partículas a toda potencia, flechas con punta de aguja, espadas los suficientemente afiladas como para cortar la larga melena de los ansionianos… Aquello pareció durar mucho tiempo, al menos varias horas, pero cuando por fin acabó, se dio cuenta de que el encuentro había durado como mucho diez minutos. A sus pies había docenas de armas destrozadas, y estaban rodeados de combatientes sorprendidos, absolutamente atemorizados ante las habilidades. Combativas de los Jedi.

Lo cual era comprensible…
~
Barriss sonrió al recordar el encuentro en Ansion. Había sentido la Fuerza muchas veces, tanto antes como después de entonces, pero jamás de forma tan… imponente. Ni siquiera cuando mostraron su «espíritu» a los alwari —ella con su danza, Anakin con su canto, Obi-Wan como cuentacuentos y la Maestra Luminara creando esculturas de arena giratoria con el poder de la Fuerza— se había sentido tan viva como durante esa batalla, luchando junto a su Maestra y a los demás. Una cosa era luchar sola, pero luchar en conjunto o en grupo… Eso era mucho, mucho más.

Pero aquello era parte del pasado, y si había aprendido algo durante sus años en el Templo Jedi era que el pasado podía recordarse, pero no revivirse. Ya no estaba en Ansion, sino en Drongar, ese mundo parecido a un invernadero húmedo, y aunque ya había cumplido su misión de encontrar al ladrón de la valiosa planta de bota que actuaba en aquel planeta, aún debía recibir órdenes de su Maestra respecto al siguiente paso en su aprendizaje.

Sentía cómo bullía la frustración en su interior cuando sonó la unidad de comunicación de su escritorio. La activó, y en el aire caliente flotó una pequeña holoproyeción de su Maestra. La unidad de comunicación era pequeña y no parecía funcionar bien del todo; además del parpadeo normal y del aire fantasmagórico que tenían las comunicaciones a muchos pársecs de distancia, alguna pieza del amplificador de potencia parecía desprender un olor de circuito recalentado tan sutil que ella no estaba segura de si era real o sólo se lo imaginaba. No era un olor desagradable; le recordaba las nueces klee-klee asadas.

Aunque la Maestra Unduli estaba a años luz de distancia, en Coruscant, su imagen estaba tan cerca que podía tocarla. Pero la aparición tridimensional era insustancial, y hubiera sido como querer tocar a un fantasma.

Barriss suspiró, sintiendo que la tensión se aflojaba en su interior. Había sentido profundamente la separación de su tutora. El hecho de ver a la Maestra Unduli, aunque sólo fuera en una parpadeante holoemisión de baja resolución, bastaba para ayudarla a centrarse. Y necesitaba desesperadamente poder centrarse. La reciente reubicación forzosa del Uquemer, cincuenta kilómetros más al sur para evitar la destrucción por parte de androides de combate separatistas, la muerte de Zan Yant y la incesante llegada de heridos le producían una necesidad imperiosa del consuelo y la influencia relajante que siempre había sido su Maestra.

—Bueno, supongo que mi misión aquí, en Drongar, ha terminado —dijo Barriss tras el saludo mutuo.

La Maestra Unduli ladeó la cabeza.

—¿Y qué te hace suponer eso?

Barriss contempló la imagen, sintiéndose de pronto insegura.

—Bueno… fui enviada aquí para averiguar quién robaba la bota. Los responsables, Filba El Hutt y el almirante Bleyd, ya no podrán seguir haciéndolo porque han muerto. El ejército ha asignado un nuevo almirante al mando del MedStar y los Uquemer planetarios. Pronto estará aquí y, dado el valor del cultivo de bota, es de suponer que lo habrán elegido por su honradez.

—Ésa era sólo una parte de tu misión, padawan. También eres curandera, y allí sigue habiendo gente que necesita tus cuidados, ¿no es así?

Barriss pestañeó.

—Sí, Maestra, pero…

Hubo una pausa durante la cual su Maestra la miró fijamente.

—Pero no crees que eso sea razón suficiente, ¿verdad?

—Con el debido respeto, no creo estar consiguiendo gran cosa aquí. Es como trasladar una playa de arena granito a granito. Un médico competente podría sustituirme fácilmente.

—Y crees que tus habilidades podrían ser más útiles en otra parte —no era una pregunta.

—Sí, Maestra. Así es.

La Maestra Unduli sonrió. Barriss pudo ver el brillo de esos intensos ojos azules, incluso en la parpadeante proyección.

—Ya. Eres joven, y tu deseo de ser una brillante fuerza del bien te ciega ante las cosas que te rodean y que siguen necesitando tu atención. Pero yo percibo que aún no has acabado allí, mi impaciente padawan. Sigue habiendo lecciones que aprender. También el espíritu requiere curarse, a veces tanto o más que el cuerpo. Me pondré en contacto contigo cuando crea que es hora de que abandones Drongar.

La imagen de la Maestra Unduli se desvaneció.

Barriss permaneció un rato sentada en su catre. Buscó paz de espíritu y le fue difícil encontrarla. No conseguía entender lo que pretendía su Maestra al retenerla allí. Sí, era curandera y sí había salvado algunas vidas, pero eso podía hacerlo en cualquier parte, En aquel fecundo planeta no parecía haber gran cosa que pudiera ayudarla a convertirse en una verdadera Jedi. Su Maestra debía estar buscando algún otro lugar donde ponerla a prueba de forma adecuada, que requiriera utilizar todas sus habilidades y no sólo su talento como curandera.

Pero, en vez de eso, la Maestra Unduli había decidido dejarla en aquella olvidada bola de barro donde las batallas se libraban como hacía miles de años: en tierra, entre ejércitos adiestrados para luchar procurando no dañar la valiosa bota, que allí crecía más abundante que en cualquier otro lugar de la galaxia. La bota, una planta milagrosamente adaptogénica de la que podían extraerse varias sustancias maravillosas, era muy delicada y hasta la onda expansiva de una explosión podía acabar con un cultivo entero. A veces bastaba para dañarla el rayo de una tormenta cercana, muy abundantes al ser Drongar un planeta joven y volátil. Ni la República ni la Confederación querían eso, por lo que las armas y tácticas bélicas eran primitivas en extremo. Los androides de combate se enfrentaban a los soldados clon con disparos de pistola láser en grupos pequeños y sin mucha artillería pesada o grandes rayos de energía. Daño que la planta por cuyo control peleaban ambos bandos valía su peso en piedras preciosas, nadie quería darle un susto de muerte o prenderle fuego, cosa bastante sencilla en un territorio con una rica concentración de oxígeno, pese a ser tan pantanoso. Y aunque ambos bandos empleaban ocasionalmente armamento pesado, como en la reciente incursión separatista que provoco el traslado de toda la base, casi siempre era la infantería la que combatía y sangraba por cada precioso centímetro de suelo, todo porque había que tratar a la bota con guantes de seda. Barriss se preguntó, no por primera vez, cómo había conseguido una planta autóctona tan frágil mantenerse tanto tiempo dentro del ecosistema de aquel tempestuoso planeta.

Pero esas preguntas carecían de importancia. Lo único importante era que el ladrón de bota había muerto y aun así, la Maestra Unduli la obligaba a permanecer allí. ¿Por qué? ¿Con qué objeto?

Se deshizo de aquellos pensamientos. La claridad de mente no se alcanzaba pensando demasiado, más bien era al contrario. Tenía que vaciarse, permitir a la Fuerza que le proporcionase calma y serenidad, como hacía siempre… cuando conseguía contactar con ella.

Había días en los que eso era mucho más difícil que en otros.





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