Memorias de la insigne academia asnal (h. 1788), contra el nuevo orden literario enciclopédico



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LAS MEMORIAS DE LA INSIGNE ACADEMIA ASNAL (h. 1788), CONTRA EL NUEVO ORDEN LITERARIO ENCICLOPÉDICO


Joaquín Álvarez Barrientos

CSIC (Madrid)


Corre el mundo de los

ignorantes e idiotas, adorando al aparente esplendor

de estos patra_eros; y de este modo se eternizan los



perjuicios y falsas opiniones

Memorias, p. 87.

En 1772 José Cadalso publicó una obra que estaba llamada a espolear la imaginación crítica de muchos literatos espa_oles de final de siglo. Los eruditos a la violeta no han acaparado la atención de los estudiosos del mismo modo que las consideradas obras capitales de su autor: las Cartas marruecas y las Noches lúgubres. Sin embargo, sin rebajar la importancia de estas dos obras, parece, a juzgar por recientes investigaciones, que Los eruditos dieron pie a que se escribieran distintos trabajos inspirados por ella, y así se ha puesto de relieve la relación que existe entre El sí de las ni_as y la obra de Cadalso; entre El café de Comella y Los eruditos, sin contar aquellas piezas que se escribieron directamente al calor que provocó su publicación.1




El autor y la edición

En esta órbita de influencia se encuentran las Memorias de la insigne Academia Asnal, trasunto paródico y general de la República Literaria, hasta el punto de que algunos consideraron su autor al gaditano, como se lee en la Apología de los asnos: “Cadalso escribió su Academia asnal contra los franceses, dada a luz en Bayona”.2

Aparecieron estas memorias firmadas por “el doctor de Ballesteros”, es decir, según Menéndez Pelayo, por Primo Feliciano Martínez de Ballesteros. Figura de interés, relacionada entre otros con Marchena y Vicente María Santibá_ez, revolucionarios como el doctor. Menéndez Pelayo aporta información sobre él al hablar de José Marchena, basándose en las memorias del vasco francés Reynon.3 De ser cierto lo que en ellas se cuenta, Primo Feliciano habría nacido en Logro_o en 1740 (pues murió con noventa a_os en 1830), de familia distinguida y habría recibido educación esmerada. A partir de aquí, cedo la palabra a don Marcelino:

Sabía bien latín, y hablaba con mucha soltura el italiano y el francés. Era buen músico, y tocaba con talento el piano y el órgano. A la edad de treinta a_os se estableció en Bayona, donde se ganaba la vida como intérprete y profesor de lenguas. Decíase que había sido novicio de los jesuitas, pero nunca pudo comprobarse. Hombre ingenioso y de ameno trato, ganó en breve tiempo muchos amigos, a quienes divertía con su gracia para contar anécdotas chistosas, y con sus originales y felices ocurrencias, cuyo gusto sabía variar según la calidad de las gentes con quien trataba. Escribiendo tenía menos donaire: publicó en castellano la famosa Academia Asnal, con caricaturas de madera: una de las más insólitas diatribas que se han escrito contra la Academia Espa_ola desde que en tiempos inmediatos a su fundación D. Luis de Salazar y Castro rompió el fuego en la Carta del maestro de ni_os y en la Jornada de los coches de Madrid a Alcalá.4

De estas escaramuzas literarias pasó pronto a otras de peor calidad. En la guerra de 1793, no contento con provocar a la deserción a los soldados espa_oles, intentó formar una legión de Miqueletes, que él se proponía mandar con título de coronel.5 Llegó a reunir unos 200 hombres, que se acuartelaron en el convento llamado de Dames de la Foi en Bayona.6
Parte de estas fuerzas pasaron a Espa_a, acogidas a un indulto, y entonces Martínez de Ballesteros formó “una nueva legión, a la cual dio el nombre de Cazadores de las Monta_as”. Con ellos combatió hasta que pasaron a depender del general La Bourdonnaye, que mandaba el ejército de los Pirineos Occidentales. Tras quedar separado del servicio, la República Francesa recompensó sus servicios con una pensión vitalicia de 800 francos, “harto peque_a para quien se jactaba de que el gobierno espa_ol había ofrecido cien mil reales por su cabeza” (p. LIX).

Murió este inquieto personaje en 1830, con noventa a_os, “muy llorado --escribe Reynon-- por las muchachas del pueblo, muchas de las cuales conservaban prendas de su amor” (p. LIX). Antes montó una fábrica de botellas, y, tras devorarla un incendio, se dedicó, gracias a sus conocimientos químicos, a “falsificar el tabaco de Espa_a” y al contrabando, consiguiendo enriquecerse.

Estas Memorias se publicaron, según el pie de imprenta, “en Bi- Tonto, en la imprenta de Blas Antón y se hallará en Bayona de Francia, 3192 de la Era Asnal” (96 pp.). Existe una segunda impresión, ya “Con las licencias necesarias”, en Pamplona, Herederos de Martínez, s.a. (96 pp.), que se encuentra en la Hispanic Society. Entre una y otra hay apenas diferencias, salvo las que se derivan de algunos detalles gráficos; así, si en la portada de la primera hay una vi_eta con un gallo, en la de la segunda lo que hay es una casa con jardín, que era el remate de una de las memorias en la primera impresión (figs. 1 y 2). También es diferente la cabecera de la primera memoria en cada una de las impresiones. Por lo demás, son idénticas, teniendo el mismo error de paginación en la 36, que aparece como 56.

De la primera hay ejemplares, al menos, en la Biblioteca de Menéndez Pelayo, en la Real Academia Espa_ola y en la Nacional de Madrid. Según Palau (II, n_ 23023), en el catálogo de Bardón, de 1948, se relaciona “un supuesto manuscrito original, adornado de 10 bellas acuarelas”.

Por ciertas alusiones internas, creo que el folleto se publicó en 1788 o poco después, primero en Bayona, donde vivía el autor, y luego en Pamplona, como recoge el pie de imprenta7. Las alusiones son éstas: se reproduce la fábula VIII, del libro IV, de las de Samaniego, de las que hay ediciones en Madrid en 1787 y 1789; hay una referencia a la última impresión por entonces del Quijote de Ibarra, que es de 1787, y se dedica un discurso a criticar el artículo de Masson de Morvilliers contra Espa_a que, como se sabe, se publicó en 1782, aunque las respuestas españolas menudearon entre 1786 y 1788. Con fecha de ese a_o, concretamente del 30 de julio, se da un “Decreto de la terrible Academia Asnal contra Monsieur Masson” (pp. 75- 76), que coincide con la campa_a contra la publicación en espa_ol de la obra, iniciada por Sancha ese mismo mes y a_o.8

Era habitual que las obras de crítica, sátira política y de costumbres aparecieran anónimas o con pseudónimo, y así, en esta ocasión, el autor y el impresor disimularon su nombre y los datos que pudieran servir para localizarlos. Por eso, también, los grabados xilográficos que acompa_an al texto van sin firma de grabador ni de dibujante.

En la portada se indica que esta entrega es el tomo primero, aunque parece que no se publicaron más, y la obra se abre con la consabida alusión a que no se escribe un libelo ni se ataca a personas concretas, además de con el verso de Persio: Apposita intortos extendit regula mores (Sátira V, 38).9
Ecos de la ‘Academia Asnal’

El texto del "doctor de Ballesteros" encontró cierto eco en otras obras también paródicas. Por ejemplo, en algunas de las que tienen en su título alusiones a burros y asnos: Elogio del rebuzno, Apología de los asnos, etc., aunque más interesante es la mención que aparece en el Diccionario razonado, manual para inteligencia de ciertos escritores que por equivocación han nacido en España, dado el uso reaccionario que se hace de ella, que está en sintonía con lo expuesto en las Memorias, porque Martínez de Ballesteros, como muchos revolucionarios políticos, tenía una visión conservadora de la literatura: "Por los años de 1790, se publicó en Bayona de Francia un folleto en castellano intitulado la Academia asnal con una lámina en cada capítulo que representaba un burro con los atributos de la ciencia que en él se explicaba, y por cierto que causaba risa ver a un burro con su gran sombrero y peluca, gran sortija y bastón tomar el pulso a un enfermo; y a otro tocar el violín, a otro tirar líneas, etc."10

El autor, que inicia así su diccionario, aprovecha para comparar a los diputados liberales de las Cortes de Cádiz con los burros y los ignorantes a los que representan aquellos. La corriente de reacción política sintoniza con la que poco antes había parodiado los cambios que se daban en el mundo de las letras espa_olas. Para los censores “severos y tétricos”, como llamaba Cadalso a los “tradicionalistas”, tanto los modernos de entonces, como los de ahora, “por equivocación han nacido en Espa_a”.
Sátira de la República Literaria

Lo cierto es que esas críticas no son exclusivamente espa_olas, ni contra la Academia: se inscriben en una corriente europea, de la que hay testimonios en diferentes países. Unas veces se presentan como sátiras directas, otras como propuestas morales y otras como proyectos de reforma; así el anónimo “Projet pour l’établissement d’un bureau général de la République des Lettres”, aparecido en 1747 en la Biblioth_que Raisonné des Ouvrages.11 En el caso de las Memorias de la insigne Academia Asnal se ofrecen algunas propuestas de reforma y una catalogación de los diferentes tipos sociales y morales de literatos, todo ello en un marco de sátira del mundo de las letras.

Desde otro punto de vista, la obra se inscribiría en la larga serie de las que se sirvieron de burros para satirizar algo. Hay, por supuesto, mención del Asno de oro y, directamente relacionadas con la crítica del saber, están El asno erudito (1782) de Forner; las fábulas de Iriarte, en las que hay alusiones a los burros; y algunos Caprichos de Goya. Pero este folleto tiene, como se ha se_alado ya, más clara vinculación con Los eruditos a la violeta y con las Declamaciones contra la charlatanería de los eruditos, que también publicó Forner en 1787.12 Son años de campaña contra el nuevo literato y contra los cambios que se operaban en las ciencias y las letras.

Por su aire de familia, enumerar algunos de los tópicos criticados en estas memorias dará bien su perfil: se está en contra de los nuevos sistemas de difusión y divulgación del saber, como eran los diccionarios y los compendios; contra el “espíritu”, es decir, contra el “esprit”; contra los puntos de vista y el lenguaje renovado que ofrecen las enciclopedias; contra la que sería erudición violeta y afectada, que se identifica con el uso de pelucas; contra lo que aluda a crítica nacional bien fundada, como se verá en las páginas dedicadas al “caso Masson”.

Estas obras satíricas son un termómetro de los cambios que se daban en la sociedad, y uno de esos cambios era el aumento del número de los que escribían, fuerte en esos a_os (aquí se critica, igual que, por ejemplo, en el folleto de 1787 Nuevo ramo de industria cultivado por los adocenados escritores de pane quarendo). Otra crítica iba contra la rentabilidad del conocimiento, de modo que se satiriza el uso de los estudios para mejorar socialmente, así como las facilidades de acceso al saber que los compendios, memorias, resúmenes y diccionarios suponen. A este respecto, en la “Memoria XII. Verdades más que académicas” se escribe:

_Es posible que hombres doctos como Vms. se pasmen de lo que diariamente sucede? No es menester estudio, ni quemarse las cejas, para adelantar y ascender a elevados puestos en el mundo. Si los hombres literatos echasen bien sus cuentas dejarían seguramente de fatigarse, de sudar y remar en los libros para llegar a ser doctores; y se hubieran únicamente aplicado a la profesión de encantar con fanfarria y a hacer ver que las vejigas son linternas. Yo mismo, sesudos académicos, si de mi juventud hubiese estudiado el gran libro del mundo, me hubiera apercibido perdía el tiempo y el trabajo en revolver las obras de los difuntos, y que era un tonto en ponerme en la cabeza un capital del que no debía coger ni interés ni fruto alguno, cuando con un poco de temeridad y cuatro palabras bien compuestas podía abrir una tienda de mucho mayor provecho (p. 85. Mientras no se indique lo contrario, la cursiva es siempre del autor).


La idea ya había sido expuesta numerosas veces por otros escritores, pero aquí se condensan bien los diferentes elementos que concurrían en la época, y el léxico en que se expresa es en verdad elocuente. Por otro lado, conociendo la buena preparación intelectual del autor, no parece descabellado entrever quizá alguna alusión o experiencia personal detrás de esa denuncia, que le habría llevado a solucionarse la vida como profesor y traductor en Bayona.

Según estos críticos, a los otros, las letras sólo les interesan si pueden rentabilizar el esfuerzo que supone su aprendizaje, son una mercancía que se vende en una tienda y de la que, en teoría, deberían sacar provecho. Ese provecho eran los derechos de autor, que habían sufrido un cambio a mejor en su regulación como privilegios de impresión en 1763, aunque no llegarían a establecerse como tales derechos legalmente hasta las Cortes de Cádiz. Así pues no es una casualidad que la explosión de denuncias por el aumento de los que escriben se dé desde los a_os sesenta, coincidiendo con la nueva regulación que mejoraba algo las condiciones económicas del autor y de su familia, cuando aquél había muerto. La falta de esfuerzo, la fanfarria, la temeridad (esa versión conservadora del "atrévete a saber" de Kant), son los aspectos que los "antiguos" echarán en cara a los jóvenes.


Imagen y texto. Burlar para corregir

En realidad, ya se ve, la novedad de estas Memorias no está en los asuntos tratados, comentados o satirizados, que, como se ha se_alado, se inscriben en una tópica muy conocida en esos años. La novedad deviene de su inserción en la campaña contra Masson de Morvilliers (de lo que se hablará después) y en el factor visual, en los grabados que acompa_an al texto.

Edith Helman, en Transmundo de Goya, los relacionó como posible inspiración de algunos Caprichos de Goya pero, como la misma autora concluye, no hay relación entre unos y otros desde el punto de vista de la factura y la técnica, como salta a la vista (fig. 3). Sí es posible, sin embargo, que al pintor pudiera haberle interesado la sátira de unas figuras que él burló después en sus grabados, así los que dedica al "asno literato", que finalmente se tituló "Hasta su abuelo" (capricho 39), pero que también conoció el epígrafe de "También hay máscaras de borricos literatos"; a los médicos (capr. 40); al pintor, titulado "Ni más ni menos" (pero antes "No morirás de hambre", capr. 41), en el que el burro es retratado por una mona --donde se invierten los términos, pues lo habitual es lo contrario: se es un "pintamonas"--; el llamado "Bravísimo", antes "Protege las artes y se ve que lo entiende" (capr. 38), en el que un mono toca la guitarra para un burro, y el capr. 37, "¿Si sabrá más el discípulo?", en el que un asno enseña a otros. Si nada tienen que ver en cuanto a la técnica, sí me parece que Goya pudo encontrar estímulo o inspiración intelectual en las caricaturas de estas Memorias, que hablan --con un lenguaje que Goya iba a revolucionar-- de médicos, músicos, literatos, y de educación y enseñanza en general.13

Los grabados que las acompa_an son caricaturas que pretenden ilustrar los diferentes tipos de eruditos burlados. En cada una el protagonista es un asno, que va revestido de ciertos elementos que identifican su actividad, además de llevar en muchos casos unos versos que aluden o descifran los atributos de la iconografía.

En mi opinión, las estampas representan aquellas ramas del saber más frecuentadas por los violetos o nuevos literatos y, por tanto, encontramos un orador (Asinus orator), con toga y quevedos (casi todos los llevan), haciendo referencia a la dimensión pública y exhibicionista del saber, pero también a la credulidad de los auditorios (fig. 4); un matemático “sedens in cathedra”, con compás y libro de fórmulas (fig. 5); un bailarín (Asinus saltator), con casaca y espadín, que representa a los, para el autor, modernos petimetres tontilocos (fig. 6); un médico, con bastón y peluca (fig. 7); un noble, cuyo discurso establece el parangón entre la nobleza y la cultura, representado por el matemático; un astrólogo, con su catalejo (fig. 8); un anticuario, con lentes y jeroglífico entre las pezu_as (fig. 9); un músico con su violín (fig. 10), y un último jumento que representa en realidad a todos, vestido con toga y con las inevitables gafas (fig. 11). A este le acompa_an, como final además del folleto, los siguientes versos, que están bajo la imagen y producen, al leerlos, la impresión de encontrarse ante un espejo que refleja... la propia imagen asnal:

Mira..., _me ves?, pues yo también te veo.

Soy un ASNO, soy BURRO, soy JUMENTO,

soy modelo de tontos, soy muy feo,

soy copia de ignorantes; de escarmiento

soy la piedra del Tribunal febeo;

soy prototipo de poco entendimiento.

_Tienes tú más...? _Tus modos...? _Tu cabeza...?



Los frenos nos trocó Naturaleza (p. 96).14
Estas estampas, de un grotesco basto y simple, no recrean una imagen o un tópico, no aportan información adicional a lo que se encuentra en los textos, sólo representan visualmente algo de lo que describen las memorias, pero sin aludir a ellas. Tampoco se hace en los discursos referencia a las imágenes, y ninguna va firmada, como ya se indicó. En realidad, por la colocación de los grabados, habría que hablar más de una yuxtaposición de imágenes y texto, que de complementos o adornos. Los burros representados son simplificaciones: el animal sobre dos patas, normalmente ataviado con toga o casaca, con quevedos, a veces peluca, pero siempre destacando las grandes orejas. Sobre ese maniquí se colocan los adminículos que caracterizarán a cada tipo.

Hay que destacar que, en esta parodia del mundo letrado, no hay lugar para las mujeres, ni bachilleras ni cultas latiniparlas. Seguramente no por respeto sino porque no entrarían en el horizonte del autor.

Las ilustraciones no suponen una clasificación de los eruditos; la clasificación, desde un punto de vista moral y utilitario, se encuentra en el texto, y se ordena desde los defectos de los literatos. Así, por ejemplo, tenemos al “Doctor Guindo”, nacido en “el País de ignorancia”, disertador sobre cosas inútiles, que recibió la comisión de “averiguar en cuantos grados de color se distinguía el barro de París al de Londres”;15 al “Doctor Molienda”, que es el pesado monotemático (p. 54); al “Doctor Entremetido o Doctor Pegote”, el muerto de hambre que a todas las mesas se acerca;16 al “Doctor Batueco”, que no ha escrito nada; al “Doctor Ganso”, presuntuoso y pagado de sí mismo que alambica palabras y discursos. Éste, que no tiene talento pero sí dinero, compra las obras de otros para recitarlas como propias, y así, “para el día de su admisión, le dispuso cierto Dómine un discurso sobre las Norias de viento, por el precio de quince reales y dos maravedíses de vellón, que después de muchos sudores y de angustias recitó de memoria” (p. 57).

No parece que fuera esta última conducta del todo excepcional, a juzgar por los rumores existentes. Aunque no tenemos muchas noticias al respecto, sí hay algunas que tienen a Juan Pablo Forner como protagonista y nos descubren una faceta del personaje hasta hace poco escondida: un Forner todoterreno que escribe por encargo y habría redactado más de uno de los discursos de ingreso o apertura de sesiones académicas que, como propios, leyeron otros colegas.17 A esos académicos habría que añadir los doctores Sentencia, Contradicción, Miseria, Misterios, etc. Toda una taxonomía desde los defectos de conducta y morales que podemos padecer los que nos dedicamos al estudio.

Esta denuncia se completa con diferentes propuestas, tendentes a reordenar y corregir la República de las Letras. Una de ellas detalla cuál debería ser la conducta del escritor en tanto que individuo, un modelo que proyecta el tópico de la aurea mediocritas clásica, adaptado al respeto a los mayores como expresión del inmovilismo, que asume la humilitas para neutralizar la curiosidad. Los versos son un alarde porque bajo la propuesta moral de equilibrio, necesaria para dedicarse al estudio, se esconde el intento de paralizar cualquier afán de novedad literaria:

Nunca reine el exceso en tus recreos;

y sean moderados tus deseos,

el trabajo arreglado,

el reír limitado,

el dolor, aunque justo, no tan vivo

que pueda ser notado de excesivo.

Atento escucharás a los mayores

en edad, dignidad. Darás honores

a los sabios, letrados y doctores.

En tus dudas consulta muy atento

a los hombres de juicio y de talento.

No presumas saber, que es arrogancia

el pretender ser sabio con jactancia.

En tu porte y hablar sé comedido;

en tus conversaciones muy medido.

En tu modo de andar y en tus acciones

moderado serás; y no blasones

de nobleza adquirida, que el tenerla

es natural; procura merecerla.

No contradigas, si no con buen modo;

no echarás las sentencias por apodo.

Haz que la razón brille de manera

que anivelada en todo tu carrera

a un justo modo y término expediente

adquieras el nombre de prudente (pp. 59- 60).


Se expresa con concisión el modelo moral y cultural que defienden estas Memorias, del que se ofrecerán más datos después en su relación con la política, que entra en colisión con lo que era el nuevo hombre de letras europeo y, por tanto, espa_ol, que desafiaba las autoridades heredadas, el control de los senex y la mediocridad reverente del pasado que negaba toda novedad, porque ésta era perversa. El hombre de letras, como el de ciencia, buscará al público y, ante él, hará gala de sus conocimientos. Será un bel esprit, un filósofo o un erudito a la violeta; pero siempre será, para los que se creen más cultos y sesudos, una figura negativa. Y esta postura conservadora respecto del desarrollo de las letras parece compartirla Martínez de Ballesteros; quizá, para esas fechas, no convertido aún en revolucionario o, quizá, como se indicó, revolucionario político pero no literario.

Otra propuesta, más general, se refiere a la institución literaria. Lleva por título “Nuevo Código de Leyes del Parnaso Espa_ol” y desde luego está relacionado con intentos similares anteriores, como los diferentes de Quevedo, Cervantes, López de Sedano, Moratín (y el posterior de Clarín, Apolo en Pafos), dirigidos a reformar y dignificar las letras proporcionando modelos estéticos; pero tiene a su vez otra vertiente, de más relieve, que ata_e a la selección y disposición de los miembros de la República Literaria espa_ola, que puede vincularse con el Parnasse réformé que Gabriel Guéret escribió en 1667 precisamente porque “todo está cambiando en la República de las letras”, además de con el ya citado “Projet pour l’établissement d’un bureau général de la République des Lettres”, y con la obra de Saavedra Fajardo, reeditada precisamente en 1787, con notas alusivas al estado de la literatura y los escritores en esa época.

Como el aumento de los literatos y la vulgarización de la cultura son amenazas claras, si no realidades preocupantes, el "doctor de Ballesteros" da unas normas para seleccionar a los poetas, así como para renovar el clasicismo de la poesía espa_ola18, siempre dirigidas a minimizar el número de los que se dediquen a las letras.

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