Menage a Magick lora leigh capítulo Uno



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Menage a Magick

LORA LEIGH


Capítulo Uno

El resplandor suave de la aureola de magia que rodeaba las lunas gemelas de Sentmar se disipaba lentamente. Los anillos gemelos eran mucho más finos de lo que lo habían sido en toda la historia escrita del planeta. Una vez, los gruesos anillos luminosos rodearon las lunas, como círculos algodonosos de color crema anchos, ricos. Ahora eran endebles, y más transparentes que nunca. La magia de la tierra se hacía cada vez más débil cada año, en vez de cada década.

Tendrían que moverse rápidamente, o sería demasiado tarde.

Los seres humanos gobernarían de nuevo la tierra y no tendrían ninguna misericordia para sus contrapartidas mágicas.

Lasan estaba en pie en el balcón superior del castillo de Veraga mirando fijamente el cielo de la noche, frunciendo el ceño mientras que observaba los fenómenos celestes. Todo lo que era Sentmar y la magia estaban ahora amenazados. Todo el equilibrio entre la justicia y la paz en su mundo estaba en juego.

-Debemos movernos rápidamente-. dijo Drago, su hermano, estaba en pie detrás de él, mirando fijamente las lunas también, su voz trato de sonar suave. -Ella no entrará en razón, Lasan. No hasta después de unión. Tendremos que comenzar no podemos vacilar durante más tiempo-.

Su impaciencia crecía. Lasan podía sentirlo golpeando en su cerebro, su impaciencia gemela. Lo entristecía el acuerdo. Drago, pese a toda su disposición y determinación obstinadas, era raramente impaciente. La paciencia natural de Lasan había servido siempre para amortiguar la vena obstinada que recorría a través de su hermano. Se pasó los dedos con fatiga a través de su pelo, después aferró la barandilla con un apretón de hierro.

-Entraremos en contacto con a reina Amoria al día siguiente-, decidió. –Como dices, no podemos esperar más tiempo-.

La Reina Amoria, era la regente de la casa de Sellane, la familia predominante de Covenani, la secta de brujas que se había separado hace centenares de años de los magos destinados para completarlas. Sin su ayuda, no podrían acercarse a la princesa Brianna de cualquier manera.

Lasan nunca había entendido totalmente la separación. El tiempo había ocultado las respuestas a sus preguntas, y los Centinelas del mago habían estado silenciosos cuando fue ante ellos con su necesidad de respuestas.

Todos sabían, incluidos él y Drago, que eran los que debían acabar con la separación. Ahora era su destino, la responsabilidad de su mundo descansaba solamente sobre sus hombros. Para preservar todo lo que les era querido, la mujer que habrían cortejado a sus corazones tendría que ser forzada a su cama.

Era un pensamiento amargo de tragar.

La única mujer creada para complementarlos, para atarlos por siempre dentro de un anillo de magia, placer y satisfacción, los había negado. Despectivamente, desdeñosamente, les había lanzado su oferta de unión a la cara, negando cualquier acoplamiento que hubieran podido compartir.

Ella era su Consorte natural, pero se apartaba de ellos en cada ocasión. Lo que no era bueno para el Covenani, Drago sonó enfurecido dentro de su mente.

-Se apartaron de nuestros antepasados como ella ahora se aparta de nosotros. Ignorando los enlaces existentes, y sus los propias necesidades. Y esto era así. Podían sentir el placer que pulsaba en su cuerpo cuando en el pasado la habían tocado. Sosteniéndola entre ellos, el calor de su cuerpo, la magia que se elevaba en su interior, atormentándolos con un nivel de la lujuria nunca habían conocido antes.

Lasan había acariciado sus labios suaves, Drago había posado sus labios sobre sus hombros suaves como el satén, explorando la delicia de su carne, calentándola entre ellos, permitiendo que ella sintiese el placer que se elevaba con cada toque.

Ella había temblado en sus brazos, lloriqueando con su boca abierta, aceptando un beso más profundo, una caricia más firme. Habían estado inflamados por su respuesta, con el directo y altísimo nivel de magia de sus cuerpos, elevándose, formando a una aureola que los habría abarcado a todos, forjando el futuro enlace.

Entonces había sido Brianna la que se había apartado lejos de ellos. Jadeando para tomar aire, con el shock redondeando sus ojos violetas y con su propia energía brillando en los oscuros orbes cuando ella les hizo frente furiosamente.

-No más retraso por más tiempo-, Drago gritó de detrás él -Ella vendrá a nosotros, Lasan. No le daremos ninguna otra opción-. Lasan suspiró profundamente.

-Pero quizás es una elección que ella necesita hacer-, murmuró. -para toda nuestra felicidad futura-.

-Está conectando eso es lo único que se requiere, no su felicidad-, su hermano gruñó. Lasan estaba bien enterado de que Drago lamentaba esto tanto como él lo hacía. Le habían dado cada oportunidad de hacer la elección por sí misma. Habían hecho todo excepto ponerse de rodillas y suplicar. Eso dolía en su orgullo.

-Inicia los preparativos-, Lasan suspiró. Necesitarían varias parejas de magos gemelos para acompañarlos, así como los protectores Centinelas, los guerreros mágicos que los resguardaban con férrea mano de la oscuridad que habría invadido sus tierras.

-Ella es nuestra, Lasan-, gruñó Drago. -No entiendo totalmente su vacilación en esto. Tendrá que aceptarnos-. Lasan se dio vuelta y miró fijamente su hermano. La brisa de la noche azotó la negra larga extensión de su pelo de su cara, revelando las líneas fuertes, determinadas de su expresión. Sus ojos eran verdes, profundos y brillantes, oscuros y de color esmeralda. Sus pómulos altos, su mandíbula firme y apretada con su cólera. Lasan sacudió su cabeza. Su carácter burlón lo llenó. Él sabía bien que la cólera de Drago provenía de su propia repugnancia a forzar esta alianza. Su rabia por que ella los había negado, a pesar de sus necesidades, a pesar del conocimiento que la llenaba, de que de hecho ella les deseaba. A pesar de sus energías y del grado avanzado de magia que poseían, no podrían romper su reserva, no podrían calmar cualquiera de los miedos que la llenaban, lo bastante como para permitir que los aceptase.

-Los Seculares están ganando en fuerza, y la fuerza oscura que los impulsa está ganando terreno. No podemos permitirnos incluso el tiempo que le hemos concedido hasta el momento-, Drago le recordó. -He llamado a gemelos de Sashtain, así como a los Alessi. Deben comenzar a presionar a sus compañeras rápidamente si queremos tener éxito-. Lasan cabeceó firmemente.

-Comenzaremos los preparativos entonces para irnos. La fiesta de Covenani comienza en dos ciclos de la luna. Asegura a un número suficiente de gemelos que los sistemas están en atención. Cauldaran y Covenani no pueden estar separados durante más tiempo-.

Hacía milenios, la secta de la hembras de los encargados de magia no habían vuelto con sus contrapartidas masculinas, ni habían expresado un deseo de hacer concesiones.

La reina Amoria tendría que ver los peligros en esto, tanto si ella lo deseaba como si no. Él conocía a la mujer por ser un buen regente, una mujer que tenía en cuenta el bienestar de su gente en el corazón. Como reina, ella era más respetada que cualquiera de sus precursores. Pero seguía siendo bruja, y determinado posiblemente a continuar la separación por orgullo y miedo a lo desconocido.

Lasan maldijo silenciosamente mientras se daba la vuelta y miraba fijamente el resplandor brillante de las lunas. La paz de la que la tierra había gozado durante miles de años podía acabar ahora si no se movían con rapidez. Cerró los ojos, pensando en Brianna, su calor, su pasión. Él le envió su tacto, una maniobra difícil considerando la distancia que los separaba. Sentía la energía de Drago uniéndose con la suya, a pesar de los otros deberes que él estaba realizando en ese momento. Una sonrisa inclinó los labios de Lasan cuando sintió su respuesta soñolienta y escuchó su quejido de pasión.



-Goza, susurró él silenciosamente. Vendremos por ti pronto, Brianna, pronto querida, y entonces conocerás nuestro tacto de verdad, así como en sueños.

* * * * *

-... conocerás nuestro tacto en verdad, así como en sueños...- Brianna oyó las palabras susurradas mientras que las manos viajaban sensualmente sobre su cuerpo desnudo. Sus pezones fueron circundados cuando ella gimió contra la sensación de una boca caliente que los envolvía, una caricia fantasmal que le hacía arquearse más cercana a ese tacto.

Apretó las manos en las mantas, sus muslos se acomodaron, presionando tan juntos que sentía una caricia peculiar entre ellos. Dioses. Ella se sacudió agitada mientras que las manos fantasmas separaban los labios de su sexo, y un golpetazo húmedo, líquido de una lengua paciente se movía a través de la raja caliente, circundando después el palpitante y dolorido brote de su clítoris.

La sensación se elevó en su interior, tirando en ella, llevándola más profundamente en un placer, más cercano al paraíso. Estaba inundada por una necesidad caliente. Ella presionó sus pechos más cercanas al calor de las manos masculinas, sabiendo el peligro, sabiendo incluso en sueño que eran los labios de Drago los que se alimentaban vorazmente de sus pezones, y la lengua de Lasan, paciente y segura la que lamía en la humedad brillante entre sus muslos. Incluso en sueños, debajo del encanto de su contacto mágico, conocía las diferencias. Sabía quién la tocaba y donde, qué magia le calentaba los pechos, y qué labios se amamantaban en su palpitante clítoris. Así como de quién eran los dedos resbalaban tentativos, suavemente dentro...

-¡Despierta! ¡Despierta, princesa! Su mal te está infectando. Ladinos, bastardos sin piedad. ¡Ahora despierta, te digo!- Un fuerte pellizco en su blando brazo y la voz ronca, temerosa de su vieja niñera hizo que Brianna se despertase de golpe. El miedo la llenó. Luces azules y verdes brillantes de magia se envolvían alrededor de su cuerpo. Eran hermosas. Tan suaves y aterciopeladas cuando la acariciaban, llenándola de calor y de deseo. Ella se sentía tan adorada...

-Engaños. El mal es lo que producen-, Elspeth gruñó cuando pellizcó Brianna otra vez, su expresión estaba llena de terror. -Bloquéalos, princesa. Ahora páralos antes de que te destrocen solo con su magia-.

Mientras que la niñera despotricaba, ella sentía un calor el sondear con suave insistencia en su vagina. Se estremeció de placer, su cuerpo crepitó de calor y necesidad. Podría sentir crecer la presión, una oleada incontrolable de tal sensación que ella casi gritó en voz alta.

Sus ojos se desorbitaron, Brianna luchó con las mantas que retorcían también alrededor de su cuerpo. Gritó de miedo al sentir ese calor, una caricia de magia, sondear suavemente en el brote firmemente cerrado de su ano. Luchó desesperadamente por pronunciar las palabras con las que bloquearía a los atrevidos magos que le habían enviado su toque a través de la distancia que los separaba.

Alzó finalmente las manos para trazar la magia que vivía en el mismo aire que ella respiraba. Ella invocó a bruja Matriarca, la diosa divinidad femenina para que la protegiese.

Su energía era tan débil como la de un novato, pero lo suficiente como para permitir que se liberara de su presa y saltase de la cama. Ella miró, casi con pesar, como las luces mágicas se disipaban lentamente y entonces desaparecían, de nuevo formando parte de la tierra y el aire alrededor de ella.

-Son fuertes-. Ella tembló, dándose la vuelta hacia Elspeth que se retorcía las manos nerviosamente. -No eran crueles, Elspeth...-.

-¿Piensas mentirme?-. La voz de Elspeth era áspera, furiosa. Su expresión dibujaba líneas llenas de odio mientras que hacía frente a Brianna. -¿Mentiría sobre mi propia niña? Cuando la sostuve, rota y ensangrentada en su muerte, víctima de su magia asquerosa?-.

Brianna sacudió su cabeza desesperadamente. Recordaba a la hija de Elspeth, había sido amiga suya y de sus hermanas. La pequeña y tímida muchacha había poseído una sonrisa simpática, pero una sombra de miedo oscurecía siempre sus ojos. Parecía siempre cuidadosa alrededor de su madre, aunque Elspeth había sido siempre buena y tranquila con Brianna y sus hermanas.

La terrible muerte de la muchacha había trastornado a Brianna y a la casa de Sellane. La violación brutal fue achacada a los gemelos magos, aunque no se encontraron pruebas de que cualquiera de ellos hubiese viajado a las tierras de Covenani.

-No, Elspeth, tú no mentirías-, susurró, pero a veces se preguntaba...

Una pequeña chispa amonestadora de suspicacia se iluminó en su interior.

-Iré a dormir con Marina esta noche-, continuó, respirando ásperamente. -No podrán encontrarme allí, cerca de madre-.

Elspeth tomó una respiración profunda, dura. Serenó sus facciones lentamente, borrándose el destello fanático, duro al ablandarse los ojos. Ella cabeceó su cabeza encanecida firmemente.

-Hazlo. Ve con tu madre, y dile que esos bastardos te asaltaron en tu propia cama-, Elspeth pidió. -Esos monstruos piensan forzar una alianza contigo. Para destruir tu cuerpo inocente. Te protegeré contra esto, mi princesa. No importa lo que cueste, te protegeré-. Brianna se movió hacia atrás lejos de la repentina llama de furia que de nuevo apareció en los ojos pálidos y envejecidos de la mujer.

Elspeth la miró de soslayo, cuidadosamente.

Brianna asió su traje y, dejándole los cargadores, salió del dormitorio. Su cuerpo todavía ronroneaba de placer, e incluso ahora podía sentir la sensación serena del débil tacto de magia de los gemelos, a pesar de el encantamiento de protección. Invocó a la bruja Matriarca para que la protegiese contra el mal oscuro.

Ella era Covenani. Si los gemelos de Veraga eran tales monstruos, ¿por qué sin embargo sentía su tacto ahora calmándola y confortándola? Podía sentir sus cuerpos como una presencia fantasmal, alta, amplia y musculosa, presionando contra ella.

Estaban en verdad dotados con una constitución que haría mirar una segunda vez a cualquier mujer. Cuando estaban en pie sus hombros y cabeza quedaban sobre ella, sus cuerpos grandes casi la empequeñecían. Tenían anchos hombros y tensos abdómenes y piernas fuertes de gran fortaleza.

El pensamiento de sus piernas la hacía temblar de placer y miedo. Recordaba bien el grueso bulto entre esas piernas el año pasado, durante la visita de su madre a las tierras de Cauldaran. Habían presionado contra ella, sus miembros tan difícilmente, tan calientes, que abrasaron su piel a través de la ropa que los separaba.

Ella respiró entrecortadamente. Por todos los dioses, no deberían excitarla así. Eran monstruos. Criaturas salvajes. Y ahora la invadían en sueños, su sueños, usando su cuerpo, sus necesidades de hembra contra ella.

La destruirían, como habían destruido a hija de Elspeth. Ella se estremeció de miedo y se encaminó hacia la seguridad de las habitaciones de su madre. Como reina, ella tenía un poder mucho más fuerte, sus protecciones la resguardaban más fuertemente. Su madre seguramente ahora prestaría atención a sus súplicas, y no permitiría más el cortejo con el que los gemelos de Veraga la presionaban. Ciertamente ahora, su madre vería los peligros. Tenía que hacerlo.
Capítulo Dos

-He dado a gemelos de Veraga permiso oficial para declarar su intención de unirse contigo como Consortes, Brianna. Llegarán pronto, no pude prohibirles venir a conocerte, antes de que se presente el reclamación.

La tarde siguiente, Brianna estaba en pie incrédulamente ante su madre y de su hermana mayor, Serena, dentro de salón del trono de la reina. No solo era su madre. Cuando la llamaron al salón del trono oficialmente, sabía que haría frente a la reina Amoria, no a su madre.

-No puedes hacerme esto-, susurró ella débilmente, sintiendo una debilidad alarmante que casi la hizo caer de rodillas. -Madre, por favor. Me asaltaron. ¿Cómo puedes recompensarlos de esa manera?-.

Ella se acercaba a la histeria. Nunca se había imaginado que confiar en su madre la noche anterior traería tales consecuencias. ¿Cómo podía suceder esto? Todo lo que había pedido era protección contra su hostigamiento, para su tacto cuando estaba dormida y era vulnerable a su magia. ¿Era esto demasiado pedir por su parte a la reina, que era también su madre?

-Brianna, no te estoy ordenando aceptar esta unión-, dijo la reina Amoria suavemente. No la Madre. La madre nunca haría tal cosa, Brianna se estremecía. -Simplemente les estoy dando mi consentimiento para cortejarte. La decisión en última instancia te pertenece a ti-. Brianna sacudió su cabeza. La expresión de su madre se reflejó en sus ojos de oro, oscuros por la preocupación. ¿Cómo podría ella tomar tal decisión?

-No entiendo esto-. Ella la unió las manos ante ella inmóvil para evitar temblar al mirar a la reina, implorando. Te he dicho en numerosas ocasiones que no acepto sus propósitos anormales. Esto no es lo que deseo-. La reina Amoria tomó una respiración profunda, controlada.

-Este castillo, Brianna, no está sin salvaguardas. Nunca está sin defensas contra la magia indeseada. No sé lo que cree tu mente consciente, pero los magos de Veraga no habrían podido alcanzarte desde fuera, dentro de tu propia cama y bajo mi protección, si de alguna manera no tuvieses confianza en ellos-. Su voz era firme. Brianna tembló bajo de su obediencia constante mientras que ella sacudió su cabeza desesperadamente.

-Es mentira-, ella susurró. –ya lo sabes las historias...-.

-Chismes infundados, Brianna. Te lo he dicho a menudo-, la reina Amoria le respondió. -los magos pueden ser muchas cosas, pero no son violadores y destructores de inocentes.

-Me niego-. Brianna rechazó tratar las palabras de la reina. Miró fijamente la pared sobre la cabeza castaño oscura de su madre, de la reina, luchando con la furia y el miedo que se elevaban en su interior. El silencio descendió en el salón del trono durante largos momentos. Al cabo de un rato de la atmósfera vino un sonido suave, burlón de las manos coriáceas que aplaudían.

-Un comportamiento maravilloso, princesa-, Garron, su preceptor, y sabio para ser un dragón del pasado y sobrevivir de magia, se materializó dentro del habitación. No era un dragón grande, quizás ocho pies en altura, sus grandes alas estaban dobladas exactamente detrás de su cabeza inclinada arrogantemente, cuando Brianna le devolvió su mirada fija furiosamente.

Ella enrojeció, recordando su última lección recibida bajo de su tutelaje, donde él la había sorprendido mirando las imágenes en los libros prohibidos. Libros en sexualidad, intimidades que incluso ahora la llenaban de una ardiente curiosidad.

-Pues como bien sabes-, él continuó, con su mejor voz de instructor. –No puedes negar su intención como tal hasta que se dirijan a la reina formalmente, en su presencia. Una petición de cortejo no es más que una forma de respeto, extendida a tu reina, y señora Madre, por parte de la secta de los magos gemelos. Tú no puedes aceptar o negarte. Solamente su querida madre-, él arqueó a la reina Amoria con un movimiento asombrosamente grácil-, tiene este derecho-. Él inclinó su cabeza para mirarla de nuevo.

Brianna frunció el ceño ante la oscura arrogancia de su voz, su postura. Las facciones coriáceas parecían arrugadas como él habló, dando una impresión de superioridad, de sabiduría. Brianna, durante el curso de sus estudios con el dragón, Garron, se había preguntado a menudo si él no había estado ante un espejo a menudo para perfeccionar esa expresión arrogante.

-No me importa nada, dragón-, gritó ella. -No seré forzada a esta alianza, o a sus deseos pervertidos. ¿Qué mujer desearía eso? ¿Ser compartida? No es natural-.

-Puede que ahora no, pero muchos en este punto discreparían contigo-, él mantuvo su tono cultivado suavemente y arañando excesivamente en sus nervios como una espina en los brazos, sus dedos se entrelazaron cuando él la miró con expresión de superioridad. -Se discute muy a menudo que lo artificial es, para los miembros de la secta de magia, estar cómo se está hoy. Desde la creación de los primeros magos gemelos ha habido siempre solo una bruja entre ellos. Y así ha sido desde el amanecer de la creación sobre este planeta, hasta la época de la separación, sucedida apenas hace milenios-.

-Garron, no te llamé aquí para que nos dieses una lección de historia-, dijo la reina Amoria rígida en una rara exhibición de frustración, con sus cejas delicadas frunciéndose en un ceño. -Te he pedido que le expliques a mi hija, en privado, lo que sabes de los magos gemelos-. Brianna que miraba el dragón de cerca, vio una llamarada de dolor en sus ojos brillantes, negros.

-Una lección de la historia-. Él se encogió negligente mientras posaba la mirada fija de Brianna. -¿No estas de acuerdo, princesa? También por supuesto, puedo proporcionarte imágenes-. La cara de Brianna enrojeció.

-Una lección para idiotas quizás-, Brianna gritó. -No veo ninguna razón para ello-.

-Eso es porque lo rechazas- La reina estaba impaciente ahora. Brianna apretó sus labios, reprimiendo un furioso torrente en su defensa. -He decretado, princesa Brianna, que se permita a los magos gemelos acudir a la fiesta de este año de Covenani. Allí pueden, si lo desean, obtener permiso oficial para plantearte el tema. Tú, y ésta no es ninguna petición, les contestarás, te será dada una cantidad de tiempo apropiado para tomar una decisión tan importante. Es mi decisión, como reina y gobernante único de Covenan, que la época de separación finalice. Los magos de Cauldaran no desean estar apartados más tiempo de nuestro país, ni de nuestras reuniones. Tú solamente, hija... - le dijo a Brianna con un tono sostenido, reteniendo su mirada-, debes saber las ramificaciones de esta decisión-

Como si no pasase nada, ella estaba sentada en su trono y mirando a los presentes en el salón. Brianna quedó sorprendida, mirando fijamente su hermana Serena llena de confusión. ¿Cómo lo haría ella para saber de tales ramificaciones? Todo lo que sabía era que su madre, que hasta este momento había sido siempre cariñosa y protectora, la arrojaba literalmente a los monstruos. ¿O su madre creía de verdad esto no era cierto? Su hermana mayor bajó hasta ella desde la elaborada silla que la proclamaba como la siguiente en la línea de sucesión. Serena suspiró resignadamente.

-Sugeriría, Brianna-, ella dijo suavemente, -Que consideras este tema un poco más en este punto. Si necesitas hablar, sabes dónde estaré-. Ella salió también del habitación, dejando Brianna en compañía del dragón.

Brianna le echó un vistazo, después bufó de la frustración. Tal era su expresión de sarcasmo. Su madre debería reinstaurar las leyes de ejecución mientras que aún estaba en el trono. Siempre había habido algún ser vivo que se lo merecía

-Deja de mover tu cabeza por esto. ¿Necesitas manuales? Le pidió divertido, haciendo aparecer una pila de libros que se materializaron repentinamente a sus pies-. Imágenes incluidas, mi querida. Recuerdo bien tu interés por ellas-.


Capitulo Tres

La reina Amoria estaba bajo el abrigo de un árbol llorando, más que enterada de la humedad en sus mejillas y la rotura en su control. Había dejado órdenes terminantes de no permitir el acceso a los jardines esta tarde, para asegurar el aislamiento que necesitaba mientras que luchaba por contener sus emociones.

Sus hijas estaban furiosas con ella. No solo Brianna, sino también Serena y Marina. No entendían su decisión, y no las culpaba. Se situó abajo en el banco de mármol, abrigada por los ramas que caían en cascada del árbol. Mirando fijamente las gotas cristalinas del líquido más lejos encima de los ramas, su corazón se apretó de agonía. El árbol de las lágrimas soportaba las lágrimas de ella, pero no las vertería.

Sin embargo, la bruja Matriarca no había oído sus súplicas. La leyenda decía si se vertían en el árbol de las lágrimas, la bruja Matriarca oiría sus necesidades y le traería solaz para su dolor. Pero Amoria sabía que no habría solaz para ella. Incluso los Centinelas del mago y la bruja Matriarca no le devolverían a sus muertos.

Ella bajó su cabeza, limpiándose las gotas del traicionero líquido que se vertían de sus propios ojos. Acaba de hacer una proclama destinada a mantener los siglos de paz dentro de Covenani. Ella, que había mantenido la idea que las brujas y los magos gemelos debían continuar estando separados, había dado el permiso a la esos gemelos para unirse con su hija. ¿Había traicionado a Brianna, como ella le había acusado? Seguramente no. Garron no le habría mentido sobre los hábitos de los gemelos de los magos. De hecho, las escapadas sexuales eran más que raras, pero su hija más joven tenía un sentido de la aventura que debería servirla bien. Sin embargo, Brianna estaba aterrorizada, aferrándose a los rumores de dolor y de muerte que los magos gemelos podrían traer a su Consortes.

Suspiró profundamente, sacudiendo su cabeza y haciendo que más lágrimas se deslizaban ahora por sus mejillas. En un momento como ahora necesitaba el consejo de D'lyell. Aferrarse a sus amplios hombros. Pero no podía ser. Había sido arrancado de su lado cuando sus niñas eran solamente bebés durante una de las batallas sangrientas con los Seculares. Y ahora, los Seculares tomaban a otro que ella amaba. Su hija preciosa ahora saldría de su hogar, viajando a las distantes tierras de Cauldaran, y se separándose de ella.

Antiguamente, cuando Sentmar y las brujas eran más fuertes, esto no habría sido ningún problema. Pero el Viaje de las Sombras era imposible ahora. Caminar a través de la distancia de algunos acres usaba increíblemente. Pero el Viaje de las Sombras a través de las montañas era inalcanzable.

-La autocompasión te está debilitando, mi reina-. Un grito de asombro salió de su garganta cuando Garron materializaba delante de ella. El dragón enorme la miró fijamente desde su altura, sus ojos negros tenían una expresión de censura y de conocimiento superior. No había habido una época en la que el dragón no le atacase los nervios.

-Eres traicionero e irrespetuoso-, ella gritó despectivamente cuando llegó a sus pies. –¿Con qué atrevimiento desafías mis órdenes y me molestas aquí?-. Él bufó. Un sonido totalmente masculino de irritación que le hacía luchar para no apretar sus dedos en puños. Rechazó exhibir tales tendencias infantiles en su presencia.

-Pensé que querrías un informe sobre tu hija-. Su voz sostuvo con afecto y exasperación iguales mientras hablaba de Brianna. -Ella es la más obstinada, querida. Puedo ver que es en verdad tu hija-. Los ojos de Amoria se estrecharon.

-Pienso que algo de su terquedad la heredó de su padre-. Ella era consciente del ablandamiento de su voz, de la vena de tristeza y lamento que translucía su tono. Desde que murió D'lyell, podría ver claramente su terquedad en los ojos violetas de Brianna.

-Hmphf-. El dragón bufó otra vez. -Tal tenacidad femenina habría podido venir de ti solamente. A pesar de que tiene un claro interés en que estos magos la cortejen, está llena de miedos y rechaza expulsarlos. Los planes pueden ir mal si no llegan pronto-. Las alas coriáceas grandes cambiaron de lugar sobre la gran parte posterior cuando él se colocó abajo delante de ella, relajándose debajo del abrigo refrescante del árbol de las lágrimas. Su cara se giró hacia ella, sus grandes ojos, parpadeando con respeto la miraban curiosamente. Amoria suspiró con fatiga.

-Llegaran pronto-, dijo amargamente ella. -Destruyendo mil años de paz. No puedo creer que deje a un lado todas las cosas por las cuales mis antepasados trabajaron-. Una risa áspera escapó del dragón. Un eco, sarcástico, la enorme bestia tenía poco respeto por la separación de Covenani y de Cauldaran.

-Oh sí, reina querida-, se quejó. -Mil años de aburrimiento y de crecimiento secular no pueden ser ignorados. Lamentemos este día hasta que nuestros más altos dioses bajen aquí abajo y aparten a los malhechores de nuestra trayectoria-. Amoria puso en blanco sus ojos ante el tono humorístico del dragón.

-Tú te burlas de mi, dragón. Tal desacato a tu reina está prohibido-. Él inclinó su cabeza, mirándola con esa mezcla extraña de inteligencia y de diversión.

-Castígame entonces-. Sus grandes hombros encogieron negligentes. –¿Azotes ante el público quizás?- Él tembló con un quejido burlón. -Azótame, mi reina, azótame-. Amoria casi se rió de la expresión de placer y de anticipación falsos que cruzaban su expresión.

-Eres una amenaza-, ella suspiró. -Deberías estar prohibido en Covenan, igual que los magos lo estaban-.

-Es posible, pero quién entonces te divertiría durante tus horas de tristeza?- le preguntó él burlón antes de ponerse repentinamente serio. -Solamente esto está bien y es bueno. He pasado dos días con tu más que obstinada hija. Pensé que quizás ahora querrías mi dictamen sobre esta situación-. Él la miró inquisitivamente. Amoria la enlazó las manos en su regazo y lo miró con paciencia.

-Procede-. Ella cabeceó, no haciendo caso de su ronco tono draconiano de impaciencia.

-Ella aceptará esta situación solamente cuando deba-, él le dijo con un gruñido retumbante que exhibía su exasperación con la princesa. -No pongas protección adicional alrededor de ella, y mantén a ese frívolo horror diciendo a la niñera que se quede en sus habitaciones durante la noche. A esa mujer le encantan los cuentos espantosos de sangre y asesinato-. Él se estremeció excesivamente. -ella explicando esas historias me iguala-.

Elspeth se convertía en de hecho un problema, Amoria lo sabía. Estaba determinada a creer que los magos gemelos habían sido los que habían violado y asesinado a su niña, pese a que Amoria le había dicho incontables veces que tal cosa era imposible. Ninguna magia había tocado a esa joven mujer, sólo el mal lo había hecho. Un mal que envió a Amoria un frío estremecimiento.

-La asustaron, Garron-, ella le recordó.

-No, mi reina, le dieron placer-. Él se levantó a sus pies impacientemente, su cólera repentina que la confundía. -Ella es su Consorte, ningún otro habría podido hacer tal cosa. No estoy de acuerdo con ello, ni los disculpo, pero quizás es la única manera sacar esas visiones de sangre y de muerte que llenan esa mente femenina suya. Ahora, ya tienes mi opinión. Estoy cansado de tratar con tales hembras y buscaré mi descanso hasta que lleguen los gemelos de Veraga. Usted puede entonces venir por mí-.

-¿Venir por ti?- ella gritó, frunciendo el ceño. –Yo no vengo por nadie, Garron...-

-Y quizás éste es tu problema-, él gruñó. –Igual que Brianna, tú has tratado tu energía alta como un miserable su oro. Se una mujer, Amoria. El venir para un hombre no es una cosa tan terrible-. La furia la hizo enrojecer brillante y caliente, pero antes de que ella pudiese azotar las escamas de su piel irrespetuosa, él desapareció.

-Oh-. Ella pateó con su pie llena furia mientras que miraba el área repentinamente vacía delante de ella. -Maldito seas, dragón. Maldita tu piel masculina gruesa-. Ella se consoló momentáneamente con visiones de un Garron relleno, sus ojos de par en par con el horror, elegantemente dispuesto en el hall de entrada a su castillo. Apretó fuertemente sus dientes mientras que luchó la inundación de cólera que pulsaba a través de ella. Dragón irrespetuoso maldito. Él era afortunado, era el último de su clase. Si no, estaría más que tentada a ejecutar su piel contrariada, lo tendría más que merecido


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