Mi familia y otros animales de Gerald Durrell



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Texto 1.

Mi familia y otros animales de Gerald Durrell.

—Esta mañana tuve carta de George... dice que Corfú es maravilloso... ¿Por qué no hacemos las maletas y nos vamos a Grecia?

—Bueno, querido; si tú quieres —dijo Mamá desprevenida.

En lo tocante a Larry solía tener buen cuidado de no dejarse comprometer.

—¿Cuándo? —preguntó Larry, algo sorprendido ante la concesión.

Mamá, advirtiendo haber cometido un error táctico, bajó cautamente las Recetas fáciles de Rajputana.

—Pues creo que lo más sensato sería que tú fueras por delante, querido, a preparar el terreno. Después nos escribes, y si me dices que aquello está bien, nos vamos todos —dijo astutamente.

Larry la miró con desmayo.

—Lo mismo dijiste cuando propuse ir a España —le recordó—, y dos meses interminables me pasé sentado en Sevilla esperando que aparecieseis, mientras vosotros no hacíais más que escribirme kilométricas cartas sobre el alcantarillado y el agua de beber, como si yo fuera el secretario del Ayuntamiento o algo así. No; si vamos a Grecia, iremos todos a la vez.

—Exageras, Larry —dijo Mamá en tono ofendido—; de cualquier forma, yo no me puedo ir así como así. Hay cosas que hacer en esta casa.

—¿Cosas? ¿Qué cosas, diablos? Véndela.

—Pero hijo, no puedo —dijo Mamá, escandalizada.

—¿Por qué no?

—Porque acabo de comprarla.

—Mejor: así la vendes a estrenar.

—No seas ridículo, querido —dijo Mamá con firmeza—; eso ni pensarlo. Sería una locura.

De modo que vendimos la casa y huimos del triste verano inglés, como una bandada de golondrinas migratorias.

Todos viajamos ligeros, cargados sólo con lo que considerábamos mínimos ingredientes de la vida. Al abrir el equipaje para la inspección de aduana, el contenido de nuestras maletas revelaba fielmente el carácter e intereses de cada uno. Así, el equipaje de Margo contenía una multitud de vestimentas diáfanas, tres libros sobre adelgazamiento, y un ejército de frasquitos con diversos elixires garantizados para curar el acné. La maleta de Leslie encerraba un par de jerséis de cuello vuelto y unos pantalones arrollados alrededor de dos revólveres, una pistola de aire comprimido, un libro titulado Sea su propio armero y un botellón de aceite que se salía. Larry iba acompañado de dos baúles de libros y una cartera que contenía su ropa. El equipaje de Mamá se dividía sensatamente en ropa por un lado y diversos volúmenes de cocina y jardinería por otro. Yo viajaba sólo con aquellos artículos que juzgaba necesarios para aliviar el tedio de un largo viaje: cuatro libros de historia natural, un caza—mariposas, un perro y un tarro de mermelada lleno de orugas, todas ellas en inminente peligro de volverse crisálidas. Así, plenamente equipados según nuestros criterios, abandonamos las viscosas costas de Inglaterra.



Francia anegada en lluvias y tristona, Suiza como un pastel de Navidad, Italia exuberante, olorosa y vocinglera, quedaron atrás, reducidas a un confuso recuerdo. Con un estremecimiento, el barquito se separó del tacón italiano hacia el mar crepuscular, y, mientras dormíamos en nuestros sofocantes camarotes, en algún punto de aquella extensión de agua plateada por la luna cruzamos una invisible línea divisoria para entrar en el mundo luminoso y encantador de Grecia. Lentamente filtróse en nosotros la sensación del cambio, y así, al amanecer despertamos inquietos y salimos a cubierta.

A la luz del alba el mar se desperezaba alzando tersos músculos de olas azules, y la espuma de nuestra estela, tachonada de brillantes burbujas, se abría tras de nosotros como una blanca cola de pavo real. A Levante amarilleaba el cielo pálido. De frente, una mancha de tierra color chocolate, envuelta en niebla y cercada de espumas en su base. Era Corfú: aguzamos la vista en busca de la forma exacta de sus montes, sus valles, sus picachos, sus gargantas y sus playas, pero sólo se distinguía una silueta. Hasta que, de pronto, el sol surgió en el horizonte, y el cielo se tornó azul esmaltado, como el ojo de un arrendajo. Las interminables, minuciosas curvas del mar flamearon un instante, y al punto se tiñeron de oscura púrpura moteada de verde. Alzóse la niebla en jirones tenues y rápidos, y ante nosotros apareció la isla, con sus montañas como amodorradas bajo un arrugado cobertor marrón, los pliegues salpicados del verdor de los olivares. Por la costa se sucedían playas blancas como el marfil entre ruinosos torreones de brillantes rocas blancas, doradas, rojas. Rodeamos el cabo septentrional, un estribo redondo de acantilados rojizos horadados por una serie de cuevas gigantescas. Las oscuras olas arrastraban nuestra estela hacia ellas, y a su misma boca se chafaba silbando ansiosa entre las peñas. Al otro lado del cabo desaparecieron los montes, y la isla descendía suavemente, empañada por el resplandor verde y plata de los olivos, con aquí y allá un amonestador dedo de ciprés contra el cielo. En las calas el agua tenía un color azul de mariposa, y aun por encima del ruido de las máquinas nos llegaban, zumbando débilmente desde la costa como un coro de vocecillas, los gritos estridentes y triunfales de las cigarras.

(…)Corríamos por una carretera blanca cubierta de un estrato de polvo sedoso que se alzaba como una hirviente nube a nuestro paso, toda ella flanqueada de chumberas formando una empalizada de placas verdes hábilmente apoyadas unas en otras, salpicadas de bolas de rojo fruto. Dejamos atrás viñedos en los que las pequeñas y achaparradas cepas se vestían de un encaje de hojas verdes, olivares cuyos troncos horadados nos dirigían mil muecas sorprendidas desde su oscura sombra, y listados cañaverales que agitaban sus hojas como una multitud de banderitas verdes. Al fin coronamos a toda marcha una colina, y Spiro pisó el freno deteniendo el coche en medio de una niebla de polvo.

—Hemos llegados —dijo, apuntando con su carnoso dedo índice—; ésa es la villa con baños, como ustedes querían.

Mamá, que durante todo el trayecto había venido con los ojos firmemente cerrados, los abrió ahora cautelosamente y miró. Spiro apuntaba hacia una suave curva de la colma asomada sobre el mar brillante. La colina y los valles circundantes formaban como un edredón de olivares, reluciente como un pez allí donde la brisa movía las hojas. A media pendiente, protegida por un grupo de altos y esbeltos cipreses, asomaba la villa, como una fruta exótica rodeada de verdor. Los cipreses cabeceaban levemente en la brisa, diríase que afanados en pintar el cielo aún más azul para nuestra llegada.



La villa era pequeña y cuadrada, plantada en su jardincito con aspecto rosáceo y arrogante. Las contraventanas, cuarteadas y despintadas por algunos sitios, habían adquirido al sol un delicado tono verde pastel. En el jardín, rodeado de altos setos de fucsia, los macizos de flores formaban complicados dibujos geométricos, delineados con cantos blancos. Del ancho justo de un rastrillo, los senderos de piedra blanca contorneaban trabajosamente macizos apenas mayores que un sombrero de paja: macizos en forma de estrella, de media luna, de triángulo o de círculo, rebosantes de enredadas madejas de vegetación salvaje. De los rosales caían pétalos como platos, rojos de fuego o blancos, lisos y satinados; las caléndulas, como constelaciones de hirsutos soles, contemplaban el paso de su progenitor por el cielo. A ras de suelo los pensamientos asomaban entre el follaje su rostro aterciopelado e inocente, y las violetas se inclinaban lánguidas bajo sus hojas acorazonadas. La tupida buganvilla que recubría el balconcillo de la fachada se adornaba festivamente de flores color magenta en forma de linterna. En la penumbra del seto de fucsia, mil inquietos capullos se estremecían expectantes. El aire cálido se espesaba con el aroma de cientos de flores marchitas, trayendo el murmullo amable y apacible de los insectos. Apenas vimos la villa, quisimos quedarnos; parecía estar aguardando nuestra llegada. Era como sentirse vuelto a casa.

Texto 2.


Platero y yo de Juan Ramón Jiménez

“Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro.

Lo dejo suelto, y se va al prado, y acaricia tibiamente con su hocico, rozándolas apenas, las florecillas rosas, celestes y gualdas… Lo llamo dulcemente “¿Platero?”, y viene a mí con un trotecillo alegre que parece que se ríe, en no sé qué cascabeleo ideal…

Come cuanto le doy. Le gustan las naranjas mandarinas, las uvas moscateles, todas de ámbar; los higos morados, con su cristalina gotita de miel…

Es tierno y mimoso igual que un niño, una niña…; pero fuerte y seco por dentro, como de piedra. Cuando paseo  sobre él, los domingos, por las últimas callejas del pueblo, los hombres del campo, vestidos de limpio y despaciosos, se quedan mirándolo:

-        Tien´acero…

Tiene acero. Acero y plata de luna, al mismo tiempo”.

Texto 3.
Momo de Michael Ende


En verdad, el aspecto externo de Momo era un poco extraño y tal vez podía asustar algo a la gente que da mucha importancia al aseo y al orden. Era pequeña y bastante flaca, de modo que ni con la mejor voluntad se podía decir si tenía ocho años o ya doce. Tenía el pelo muy ensortijado, negro como la pez, y parecía no haberse enfrentado nunca a un peine o unas tijeras. Tenía unos ojos muy grandes, muy hermosos y también negros como la pez y unos pies del mismo color, pues casi siempre iba descalza.

Texto 4

La Barraca de Vicente Blasco Ibáñez


En el centro de estos campos desolados, que se destacaban sobre la hermosa vega como una mancha de mugre en un manto regio de terciopelo verde, alzábase la barraca, o más bien dicho, caía con su montera de paja despanzurrada, enseñando por las aberturas que agujerearon el viento y la lluvia su carcomido costillaje de madera. Las paredes, arañadas por las aguas, mostraban sus adobes de barro crudo, sin más que unas ligerísimas manchas blancas que delataban el antiguo enjarbergado. La puerta estaba rota por debajo, roída por las ratas, con grietas que la cortaban de un extremo a otro. Dos o tres ventanillas, completamente abiertas y martirizadas por los vendavales, pendían de un solo gozne, e iban a caer de un momento a otro, apenas soplase una ruda ventolera.
Aquella ruina apenaba el ánimo, oprimía el corazón. Parecía que del casuco abandonado fuesen a salir fantasmas en cuanto cerrase la noche; que de su interior iban a partir gritos de personas asesinadas; que toda aquella maleza era un sudario ocultando debajo de él centenares de cadáveres.  

Texto 5.

Gafas de Wikipedia, la enciclopedia libre


Las gafas, también conocidas como lentes (en este caso la acepción es en género masculino) o anteojos son un instrumento óptico formado por un par de lentes sujetadas a un armazón, que se apoya en la nariz mediante un arco y dos patillas que ayudan a sostenerlas en las orejas.

Son una combinación de dos productos sanitarios las lentes y la montura que el profesional óptico/optometrista adapta a un paciente determinado en base a la corrección precisa en cada ojo, su distancia interpupilar y la montura escogida. Se usan principalmente para compensar defectos de la vista, tales como la miopía o el astigmatismo, aunque también existen gafas especiales para proteger a los ojos en actividades en las que exista un riesgo para éstos (en este caso si no tienen corrección óptica no son producto sanitario). Funcionan enfocando la luz a través de las lentes para compensar los defectos visuales.



Existen también gafas bifocales en las que combinan dos lentes de distinta graduación en una sola, indicadas para pacientes présbitas permitiendo al usuario ver a lo lejos y de cerca; y las lentes trifocales permiten además ver a una distancia intermedia. Estas últimas ya no se usan mientras que los bifocales se usan cada vez menos a favor de las lentes progresivas.


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