Michael drosnin



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EL NUEVO

CÓDIGO SECRETO

DE LA BIBLIA




MICHAEL DROSNIN


www.formarse.com.ar

El nuevo código secreto de la Biblia

Título original: Bible Code II. The Countdown

© One Honest Man, Inc., 2002.

por la traducción, Rafael Santandreu, 2003

© Editorial Planeta, S. A.,

Primera edición: mayo de 2003

Digitalizador:  Nascav (España)

L-01 – 09/01/04



contraportada

En 1997, Michael Drosnin consiguió un bestseller mundial con el código secreto de la Biblia. Este código fue descubierto por un famoso matemático israelí y comprobado por la Agencia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, que refrendó su validez. Michael Drosnin ya predijo, usando este código, el asesinato de Itzhak Rabin un año antes de que aconteciera. Ahora vuelve a utilizar esta potente herramienta de análisis matemático del texto de la Biblia para descifrar lo que nos depara el futuro.

En El nuevo código secreto de la Biblia, Drosnin nos muestra cómo los atentados del 11 de setiembre de 2001 estaban codificados en la Biblia. El autor nos cuenta cómo advirtió a la Administración Bush del inminente peligro en agosto de 2001 y nos conduce a través de una serie de prodigiosos descubrimientos hasta la más terrible de las predicciones: «guerra mundial», «holocausto atómico» y «fin de ios días» están codificados en la Biblia junto a una fecha: 2006.
Michael Drosnin demuestra que el mensaje de la Biblia está claro: una guerra nuclear mundial estallará como consecuencia de un atentado terrorista en Oriente Medio. Todavía estamos a tiempo de evitar el fin del mundo.

Para mi familia, para mis amigos, para todos aquellos que tienen fe, una vez más.
Y ocurrirá un tiempo de angustia,

como no ha habido desde que hubo nación.

Libro de Daniel 12: 1


Para resolver un problema hasta el momento indescifrable,

tenemos que dejar abierta la puerta a lo desconocido.

Richard Feynman, Premio Nobel de Física
INDICE
Introducción
Uno El fin de los días

dos la clave del código

Tres Clinton

Cuatro Existe

Cinco Arafat

Seis El arca de acero

Siete Sharon

Ocho El código de la vi Da

Nueve La invasión

Diez Extraterrestre

Once Bush

Doce El viaje del héroe

Trece la cuenta atrás
Epílogo

Notas


Apéndice

Agradecimientos


INTRODUCCIÓN
Durante tres mil años, la Biblia ha mantenido oculto un código en su interior.

Ahora, gracias a la informática, ha sido descifrado y sabemos que puede revelarnos el futuro.

Hace cinco años publiqué un libro acerca de ese descubrimiento. El científico que lo había hallado era un famoso matemático israelí, Eliyahu Rips.

Aquel libro puso en conocimiento de todo el mundo el código de la Biblia. En verdad creí que mi pequeña contribución en esta aventura había finalizado. Yo sólo soy un periodista y no tengo nada de profeta, científico o estudioso de la Biblia.

Pero lo cierto es que el código bíblico siempre ha estado presente en mi mente. No deja de asombrarme. Yo no soy religioso, ni siquiera creo en Dios, de manera que no puedo ni imaginar cómo es posible que exista un código en la Biblia que revele sucesos acaecidos después de la redacción de la misma.

Pero de una cosa estoy seguro: el código es real.

Una y otra vez he sido testigo de que las predicciones de la Biblia se hacen realidad. Incluso advertí a un primer ministro de que el código anunciaba su asesinato. Tiempo después tuve que presenciar horrorizado cómo lo mataban. Y sucedió en el momento exacto en que la Biblia había predicho.

Una vez más, los terribles hechos del 11 de setiembre de 2001 también fueron anunciados. Al parecer, todo estaba escrito en ese texto de tres mil años de antigüedad.


Desde el principio de mis investigaciones me reuní con grandes científicos de Estados Unidos e Israel y hasta confirmé el código con un experimentado decodificador de la Agencia Nacional de Seguridad estadounidense, el centro clandestino que crea y rompe códigos para la inteligencia militar americana.

Para confirmar cada uno de los hallazgos, aprendí hebreo y trabajé estrechamente con un traductor israelí.

Tuve muchos encuentros con el matemático que descubrió el código, el doctor Eliyahu Rips, uno de los más grandes expertos en la teoría de grupos, el campo de las matemáticas en el que se basa la física cuántica.

Confirmé con el doctor Rips la significación matemática de todas las informaciones halladas, además de sopesar las probabilidades calculadas mediante un programa informático que creó Rips junto con el doctor Alexander Rotenberg.

En ningún momento fui ajeno al clamor de las críticas que surgieron en contra de Rips. Incluso llegué a desear, sobre todo al principio, que alguien aportara pruebas de que no era real; eso me hubiera liberado de una responsabilidad que no deseaba y que sentía que me superaba.

Pero ningún crítico encontró evidencia alguna de que el código bíblico no fuera real. Todo lo contrario: cada vez se fueron acumulando más evidencias a favor de que la Biblia predecía el futuro (véase Apéndice).

Finalmente, tres hechos me obligaron a continuar con mi investigación: los atentados del 11 de setiembre, prueba brutal de que las advertencias de la Biblia eran una tremenda realidad; la espiral de violencia en Oriente Medio que amenaza con provocar una guerra global, y un increíble descubrimiento que podría conducir a la verdad última que se halla tras el código bíblico. Este libro es la historia del inicio de una investigación. Lo que buscamos ahora es la clave que nos permita descifrar todo el código. Con ella conoceremos tanto nuestro pasado olvidado como todo nuestro futuro.

Y en este momento de la humanidad, esta búsqueda es urgente. Porque el código de la Biblia nos advierte que, si todo sigue igual, tan sólo disponemos de cuatro años más de supervivencia.


EL FIN DE LOS DÍAS
A las 8 horas y 48 minutos del 11 de setiembre de 2001 me despertó el estruendo de una explosión que cambiaría el mundo para siempre.

Conecté la radio para oír un boletín especial de noticias: un jumbo había colisionado contra una de las torres del World Trade Center.

Subí corriendo a la azotea de mi edificio justo a tiempo de presenciar el choque del segundo Boeing 767 contra la otra torre, que estalló inmediatamente en llamas. Obviamente, no se trataba de ningún accidente. Los dos aviones habían sido secuestrados por terroristas. Nueva York estaba siendo atacada.

Durante más de una hora permanecí solo en mi azotea, contemplando con creciente horror e incredulidad cómo ardían los dos edificios de 110 plantas, monolitos plateados símbolo del bajo Manhattan, lugar en el que resido. El espectáculo era dantesco: gigantescas llamaradas anaranjadas salían de los agujeros que habían dejado los impactos; enormes columnas de humo cubrían el cielo de la Gran Manzana.

De repente, una de las torres se derrumbó. Simplemente se vino abajo. Después, se desplomó la segunda. Ambas desaparecieron para dejar una nube de polvo que lo invadía todo. En un instante desaparecieron las dos.

Mi mente no podía asumir la magnitud de la tragedia que habían presenciado mis ojos. Se trataba de una desgracia de dimensiones bíblicas; parecía una de aquellas terribles profecías del Antiguo Testamento.


Corrí escaleras abajo en busca del antiguo código que almacenaba mi ordenador: el código de la Biblia. Sospechaba que allí podría encontrar la confirmación de lo ocurrido; la revelación de lo que estaba por venir.

Ese código secreto, descubierto por un célebre matemático israelí, ya había desvelado otros terribles eventos ocurridos miles de siglos después de que fuese escrita la Biblia.

Ahora me revelaba a mí lo que acababa de presenciar. Lo que recién habían visto mis ojos desde mi azotea estaba escrito en la pantalla de mi ordenador en caracteres hebreos.

Ese texto de tres mil años de antigüedad tenía codificada la expresión «torres gemelas». Un poco más allá se podía leer «avión». Y a estas palabras se le cruzaba la siguiente frase: «provocó su caída, su derrumbamiento».

Era cierto. Lo que acababa de presenciar aquel 11 de setiembre de 2001 se hallaba codificado en un texto de tres mil años de antigüedad.

Estaba asistiendo a ello con un solo pensamiento en la cabeza y cuando la primera torre cayó lo expresé en voz alta: «Dios mío, es real.»

Lo que de veras me conmovió no fue el ataque, sino lo que la Biblia predecía que iba a ocurrir después.

De hecho, ya había predicho los asesinatos de John F. Kennedy e Itzhak Rabin. En realidad, todo había sido desvelado con anterioridad, desde la segunda guerra mundial hasta el Watergate, desde el Holocausto hasta Hiroshima, desde la conquista de la Luna hasta la guerra del Golfo. En algunas ocasiones pudimos encontrar las predicciones con anterioridad y los hechos sucedían tal y como decía el código.

Una vez más, allí estaban todos los detalles. De una forma repentina y brutal, tuve la absoluta certeza de que el código bíblico era auténtico.

Así que cuando los aviones se estrellaron contra las torres, al tiempo que contemplaba el despliegue de aquel horror, tuve visiones de un futuro demasiado terrible para ser real. Sin embargo, eso era lo que nos vaticinaba el código. De repente, todo aquello me pareció enteramente verosímil.

Durante cinco años había estado advirtiendo a líderes gubernamentales de todo el mundo de que una antigua profecía iba a convertirse en realidad, que el Apocalipsis anunciado por las tres grandes religiones occidentales estaba codificado en la Biblia, que nos íbamos a tener que enfrentar a un Armagedón real —una guerra mundial nuclear que empezará con un atentado terrorista en Oriente Medio— dentro de una década. Pero realmente ni yo mismo podía creerlo del todo. ,.

El presidente Clinton había recibido en Camp David mi libro y una carta ,-donde le advertía de que nos enfrentábamos a una guerra en Tierra Santa que podría engullir a todo el mundo.

«He dudado sobre si debía exponerle todos los vaticinios, porque sé que suenan muy apocalípticos», le dije a Clinton, al que advertí de la situación sin darle toda la información. No podía acudir al presidente con un mensaje sobre la destrucción del mundo.

Pero a lo largo del año pasado decidí que debía explicarles a los grandes mandatarios (al presidente de Estados Unidos, al primer ministro de Israel y al líder de los palestinos) que, según el código de la Biblia, existe un claro y definitivo peligro: el fin de los días.

Me he sentado junto a Yasir Arafat en su cuartel general de Ramala, con Simón Peres en Tel-Aviv, con el hijo de Ariel Sharon en Jerusalén, con el jefe del gabinete de la Casa Blanca de Bill Clinton y les he dicho que es posible que sólo dispongamos de cinco años para salvar al mundo. Pero nadie se ha hecho eco de la advertencia.

Justo el día antes de los ataques del 11 de setiembre volví a telefonear a la Casa Blanca para comprobar si el nuevo presidente, George W. Bush, había recibido la carta que le había mandado advirtiéndole de que la tercera guerra mundial podía ya estar en marcha mientras él estaba allí sentado en su despacho.

Mi carta, enviada más de un mes antes de los atentados terroristas de Nueva York y Washington, decía:

«En estos momentos, el código de la Biblia nos previene de que el mundo

puede enfrentarse a una guerra mundial que empezará en Oriente Medio. Ésta puede ser la guerra definitiva. Y todo ello puede haber empezado ya mismo.

«Este momento crítico ha sido vaticinado con mucha claridad.

»Las palabras "Bush", "Arafat" y "Sharon" están codificadas juntas en la expresión "fin de los días", el gran peligro del que hablan las tres grandes religiones occidentales.

»Y el código de la Biblia expresa ese peligro en términos modernos: se habla de "holocausto atómico" y "guerra mundial". Ambos están codificados junto con el mismo año, 2006.»

El 11 de setiembre, el mismo presidente dijo que su país estaba en guerra, que la «primera guerra del siglo había empezado». Y en una columna del New York Times se leía el titular: «La tercera guerra mundial.»

Pero hasta el 11 de setiembre ni siquiera yo creía por completo en ello. Yo no soy religioso. Ni siquiera creo en Dios. Soy un periodista de investigación laico y escéptico. Empecé mi carrera como reportero de sucesos en el Washington Post, trabajé cubriendo información económica en el Wall Street Journal y todavía mantengo los pies en el suelo. Confieso que aunque escribí el libro que dio a conocer el código de la Biblia en todo el mundo, me levantaba todos los días dudando de la veracidad del peligro anunciado.

La mañana del 11 de setiembre me desperté con el suceso que probaba que el código es real.

De repente, ya no había lugar a la duda. Ya no hablábamos sólo de Israel, sino también de Estados Unidos y Nueva York. Se trataba de la ciudad en la que vivo. Unas manzanas más allá de mi hogar. Y lo vi con mis propios ojos.

El ataque a Nueva York, el ataque al World Trade Center; ese horror inconcebible, no sólo estaba codificado de antemano en la Biblia, sino que yo mismo lo había detectado mucho antes con mi programa de descodificación.

Lo hallé en 1993, justo después del primer atentado fallido a las mismas Torres Gemelas. «Torres Gemelas» estaba codificado en la Biblia junto con «el aviso, la masacre», y todo ello cruzado por la expresión «terror». Además, esta última palabra aparecía en otra ocasión junto con «caerán y se derrumbarán».

Pero pensé que se trataba del pasado, no del futuro. Nunca se me ocurrió que tal rayo cayese dos veces sobre el mismo sitio, que hubiese otro ataque terrorista en los mismos dos monolitos ocho años más tarde. Y mucho menos que tendría éxito y que derribaría las torres.

He de confesar que tampoco pensé en buscar en el código la palabra «avión». Como le dije a un amigo de la CÍA, el mismo día del atentado: «Nadie podía haber imaginado que iba a suceder de esa forma.» Él me respondió: «Al parecer, alguien sí lo sabía.»

Fue una lástima. No había podido entender la advertencia hasta después de la tragedia. Había estado oculta en la Biblia durante tres mil años. Ahora era obvia. Allí estaban todos los detalles.

El científico que descubrió el código bíblico, Eliyahu Rips, también halló el vaticinio sobre el 11 de setiembre ese mismo día, en su casa de Jerusalén. De hecho, me envió la tabla con las palabras codificadas por correo electrónico desde Israel.

Cuando hablé con el doctor Rips, una de las principales autoridades mundiales en teoría de grupos (un campo de las matemáticas en el que se basa la física cuántica), me explicó que ya había calculado las probabilidades del mensaje oculto.

Las probabilidades de que aparezcan juntas, por casualidad, las tres palabras clave —«torres», «gemelas» y «avión»— en el mismo fragmento de la Biblia son, al menos, de uno entre diez mil.

Todavía había más. La Biblia también mencionaba a Osama bin Laden. Rips había encontrado una secuencia codificada simple que lo declaraba culpable —«el pecado, el crimen de Bin Laden»—, situada en el Génesis, donde el texto directo habla de «la ciudad y la torre».

Asimismo, en esa porción del texto original, la Biblia decía: «he aquí que el humo subía de la tierra como el humo de un horno».

El nombre del líder de los secuestradores, el piloto del primer avión que colisionó contra las torres, Mohammed Atta, también se hallaba en la Biblia. Era increíble, pero allí estaba, codificada en la Biblia, la expresión «terrorista Atta». En el mismo lugar, unas palabras para describirlo: «hombre egipcio».

Como sabemos todos, aquel día todavía hubo otro objetivo: la sede del ejército norteamericano en Washington. El Pentágono fue golpeado por un tercer avión secuestrado una hora después del primer ataque a Nueva York. Eso también se hallaba codificado.

«Pentágono» aparecía una vez en la Biblia, atravesado por la palabra «dañado». Una vez más, las predicciones de ese texto de tres mil años de antigüedad eran exactas. Uno de los cinco lados del Pentágono había caído, pero el edificio todavía seguía en pie.

El vocablo «emergencia» acompañaba a «Pentágono» y, acto seguido, la palabra «de Arabia». De hecho, días después conocimos la noticia de que la mayor parte de los terroristas procedían de Arabia Saudí.

La advertencia del mayor ataque terrorista de la historia de la humanidad, del primer ataque foráneo al hasta ahora invulnerable Estados Unidos, se hallaba codificada en la Biblia desde hace tres mil años. Pero nadie acertó a detectarlo hasta que fue demasiado tarde.

Y ahora el código advertía que ello conduciría a la guerra. «La próxima guerra» cruzaba el nombre hebreo de las Torres Gemelas. En el mismo lugar se podía leer «terrorista».

Lo que decía el código era escalofriante. Este ataque era el inicio de una guerra, la que declaró Bush, una guerra contra el terrorismo internacional que muchos predecían que iba a durar años, yo podía ver perfectamente el texto codificado que plasmaba el horror del momento. Una vez más, las palabras «torres» y «gemelas» aparecían juntas en el mismo lugar que el texto directo dejaba claro que la cuenta atrás ya había empezado: «el fin de los días».

Me había pasado años intentando avisar a los gobernantes de Washington y Oriente Medio de que se avecinaba un peligro de dimensiones bíblicas, tal y como sugerían las profecías y ahora, desde mi casa de Nueva York, mis ojos estaban contemplando esa realidad.

Y yo tenía claro que esto era sólo el inicio. A partir de ese momento, nos esperaba algo demasiado horrible para la imaginación humana.

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«Un criptograma enviado por el Todopoderoso», el «puzzle de Dios, el rompecabezas de todos los hechos pasados y futuros preordenados por la mano divina».

Así describía sir Isaac Newton el código bíblico. Hace trescientos años, el primer científico moderno, el hombre que descubrió la gravedad y sentó las bases de la mecánica de nuestro sistema solar, el genio que inventó las matemáticas avanzadas, emprendió la búsqueda del código secreto de la Biblia que podía revelar el futuro de la humanidad.

Durante más de tres mil años (desde que se conoce la Biblia) ha habido gente que ha creído que había algo escondido en el texto sagrado. Grandes secretos que sólo conocían altos sacerdotes, revelaciones que respondían a una fórmula esotérica, a alguna forma de magia, a una nueva ciencia.

Pero la solución al misterio estaba reservada a un inmigrante ruso en Israel. Eliyahu Rips, un matemático que había sido encarcelado por motivos políticos en la antigua Unión Soviética, encontraría aquel antiguo código oculto.

Hoy sabemos que Rips consiguió descifrar el código porque poseía una herramienta de la que carecían todos sus antecesores: un ordenador.

El código de la Biblia poseía una especie de mecanismo de relojería. No podía ser abierto hasta que fuese inventada la informática.

Indudablemente, la inteligencia que creó el código podía prever el futuro y diseñó su lenguaje de manera que sólo pudiera ser descubierto en estos momentos. Era evidente. El código podía haber sido diseñado para que fuese hallado por Newton hace trescientos años. O podía haber estado destinado a los hombres del futuro (dentro de trescientos o tres mil años), pero en es caso hubiese requerido de una nueva tecnología.

Sin embargo, alguna inteligencia muy avanzada codificó la Biblia de manera que pudiésemos descifrarla en este momento de la historia de la humanidad. «Ésa es la razón de que Newton no pudiese hallarlo —dijo Rips—. Tenía que ser abierto mediante un ordenador. Estaba "sellado" hasta el "fin de los días".»

De todas formas, cuando Eli Rips empezó su búsqueda del código de la Biblia, hace cerca de veinte años, no estaba pensando en el «fin de los días»

Tan sólo trataba de resolver un acertijo matemático. «Encontré palabra codificadas con un nivel de probabilidad mucho menor que por azar. Enseguida supe que me hallaba detrás de algo importante —recordó Rips—. Lo hallamos gracias a la potencia de cálculo del ordenador.»

Rips descubrió el código bíblico en la versión hebrea del Antiguo Testamentó, el texto original de la Biblia, tal y como fue escrita en su día: las palabras que, según el propio texto, Dios le entregó a Moisés en el monte Sinai hace 3 200 años.

Rips eliminó todos los espacios entre las palabras y transformó la Biblia en un continuo de letras de 304 805 caracteres.

En realidad, lo que estaba haciendo era restaurar la Biblia a su forma original, según habían dicho multitud de sabios antiguos. Según la leyenda, así recibió Moisés la Biblia de Dios: «como un texto continuo, sin espacios entre las palabras».

Rips ideó un programa de ordenador que buscaba palabras en ese texto continuo, saltándose un número constante de caracteres. Las nuevas palabras revelaban una información impresionante.

Todo el mundo puede crear un código como éste (aunque no de estas dimensiones). Se trata de construir un discurso manifiesto debajo del cual «codifica un texto a base de saltarse letras. Por ejemplo:

Entre Cojos OsadoS

La palabra oculta, tras saltos de cuatro letras, es: ECOS.

Pero nadie, ni siquiera Newton, podía releer toda la Biblia contando letras a mano, comprobando todas las posibles combinaciones de letras formadas a saltos. Se trata de un trabajo monumental que empieza en la primera letra y acaba en la última, que va hacia adelante y hacia atrás. Sólo un ordenador puede trabajar a la velocidad necesaria para realizar una lectura similar.

Ahora sabemos que sólo un ordenador puede desentrañar la información entretejida en el código de la Biblia. Mediante su uso, una y otra vez surgen palabras, nombres, fechas y lugares, que contradiciendo todas las leyes del azar, están fuertemente relacionados.

Y todas esas palabras ocultas forman crucigramas encriptados. Cada vez que descubríamos una palabra o frase nueva, comprobábamos que se hallaba ligada a otras formando un nuevo crucigrama. Todas las palabras, conectadas de esa manera, ofrecen información detallada acerca de sucesos actuales.

Eso es lo que hace que el código de la Biblia sea algo único. Es posible que en cualquier otro libro encontremos una secuencia azarosa que forme la expresión «Torres Gemelas»; pero no unida a la palabra «avión». Uno puede encontrar «Bin Laden», pero no unido a «la ciudad y la torre». Uno puede encontrar «las torres», pero no unido a «la próxima guerra» y «el fin de los días». «Sólo en el código de la Biblia encontramos información consistente y coherente —dice Rips—. Nadie ha encontrado jamás algo así en ningún otro libro, en ninguna traducción o texto hebreo, excepto en la Biblia.»

Cuando Rips publicó su hallazgo en una revista matemática norteamericana, muchos científicos se mostraron escépticos. No podían ponerle tacha a la investigación, pero tampoco eran capaces de creerse los resultados. Era demasiado impresionante para ser verdad: un código en la Biblia que revelaba sucesos futuros.

Un descodificador experimentado de la Agencia de Seguridad Nacional, un centro clandestino de escucha estadounidense situado en las inmediaciones de Washington, tuvo noticias del asombroso descubrimiento israelí y decidió investigar el caso.

Harold Gans se había pasado la vida creando y rompiendo códigos para servicios secretos norteamericanos y estaba seguro de que el código de la Biblia era «ridículo, cosa de diletantes».

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